Capítulo III. Lucha de Vicente contra el Jansenismo.
I. La herejía de los dos jefes y la Frecuente comunión.
Aun después de la muerte del patriarca de la secta, se hicieron nuevos esfuerzos por ganarse a Vicente al error, ya que Vicente mismo dijo muchas veces a uno de los suyos1, no ya solamente que el autor, sino que los primeros fautores de la nueva herejía se movieron mucho para persuadirle de sus doctrinas sobre la gracia y la libertad. Perro se encargaros ellos mismos de apartarle por la publicación de sus obras.
En 1643, había aparecido el libro de la Frecuente comunión, cuyo origen es éste. Antes de pasarse la marquesa de Sable a los jansenistas, a los que acabó por encontrar más acomodaticios que a los jesuitas, se confesaba con los reverendos padres y comulgaba con frecuencia. Anne de Rohan, princesa de Guémené, se dirigía los Srs. de Port-Royal, y no comulgaba nunca. Preguntada por su amiga, la marquesa le envió una especie de consulta que había pedido al P. de Sesmaisons, su confesor por entonces, y a la princesa le faltó el tiempo para ir a denunciarlo y ponerlo en manos de sus directores. Doble indiscreción, doble indelicadeza, de lo que éstos quisieron aprovecharse. Pensaron en hacer pública la denuncia, y la obra de Arnauld fue el acta de acusación. Este libro fue ciertamente compuesto sobre notas recogidas por SC en su cárcel de Vincennes. Es probable que otros personajes de Port-Royal pusieron la mano en él; de forma que se le puede considerar como una especie de manifiesto del partido, y como un resumen de su doctrina sobre los sacramentos. Arnauld, joven, -sólo tenía treinta y un años,- activo y predestinado al papel de batallador, le dio el nombre, un nombre de guerra.
Nada se descuidó para hacer de él una máquina terrible: se la blindó con aprobaciones episcopales y la lanzaron contra el enemigo. Es cierto que se presentó a la aprobación de los obispos el libro solo sin el prefacio. donde se encuentra principalmente el veneno, al revés que en el adagio: In cauda venenum. Fue no obstante por este prefacio por donde empezó el ataque, y por el que Vicente de Paúl entró públicamente en la lucha contra el error. Barcos había deslizado en él esta proposición: «San Pedro y san Pablo son los dos cabezas de la Iglesia que no hacen sino uno solo.»Era arruinar la supremacía pontificia y la constitución monárquica de la Iglesia. La proposición fue denunciada en Roma. Barcos quiso justificarla con dos escritos: la Grandeur de l’Église romaine… y de l’Autorité de saint Pierre et de saint Paul; y envió a Roma a dos doctores para sustentarla.
Inmediatamente Vicente se interpuso en defensa de la causa buena. Comenzó por romper un intriga jansenista en Sorbona, y al candidato adelantado por la secta para una plaza vacante opuso a un ortodoxo, al doctor Le Maistre, que recomendó con todo interés a Mazarino. Lo consiguió, según nos enseña la carta siguiente del cardenal, fechada en Fontainebleau, el 7 de setiembre de 1646:
«Monseñor, os diré como respuesta a la carta que os habéis molestado en escribirme, del 4 de este mes, que no puedo sino alabar el celo que demostráis en todo lo que se refiere a la gloria de Dios y al bien de su Iglesia. el cuidado que os tomáis en romper la intriga de los jansenistas por la elección del Sr. Le Maistre me sirve como una nueva prueba; y me agrada mucho que se haga elección de una persona que, por el testimonio que me mostráis, es tan digna de ocupar el puesto que está vacante en la Sorbona…»
Al dorso de esta carta, llevando también el sello de Mazarino, está escrito de la mano de Vicente un fragmento de una carta que vamos a transcribir:»Se hallará en esta obra a todos los autores alegados, etc…unos tras otros.» Y una nota de una escritura desconocida, al dorso de la misma carta, dice que estas palabras designan una obra de este Le Maistre, del que se acaba de hacer mención en la carta de Mazarino. Pues bien, es esta obra la que Vicente hizo llegar a Roma, para servir de memoria a los teólogos que el papa había encargado del examen del libro de los dos jefes. Se la dirigió al cardenal Grimaldi, a quien había conocido durante su nunciatura en Francia, por la carta siguiente, fechada el 4 de octubre de 1646:
«Monseñor, el asunto de la presente es renovar mi obediencia a V. E. y suplicaros muy humildemente tener a bien que os dirija algunos escritos respecto de los dos jefes san Pedro y san Pablo, que han sido hechos por uno de los más sabios teólogos que tenemos y de los hombres más de bien, y que no quiere ser nombrado. Él los ha hecho con la duda de si los haría imprimir: y habiendo sabido por la gaceta de roma que se examina en ella el libro del autor de los dos jefes, que dos doctores de Sorbona, que se encuentran en Roma ahora, sostienen ser la doctrina de su facultad, y que además, habiéndose informado la misma facultad de que se le atribuía esta opinión, se ha reunido y deputado ante Monseñor el Nuncio para desacreditar a estos doctores, asegurarle de lo contrario y suplicarle que obre de manera que la próxima gaceta mencione que se le ha atribuido falsamente esta doctrina, cosa que ha movido a este bueno y virtuoso personaje a traerme hoy estos escritos, con el fin de que yo los envíe a Roma para servir de memoria a los que Su Santidad ha señalado para examinar dicho libro. Ellos encontrarán en esta obra a todos los autores alegados para la pretendida igualdad de san Pablo con san Pedro refutados por los mismos autores cuyos pasajes alegan todos unos tras otros. Pues, ¿a quién mejor puedo yo presentar esta obra que a V. E., Monseñor, para hacer el uso que este buen doctor desea, ya que V. E, es el príncipe y protector de las cosas de nuestra santa religión, y que me habéis hecho el honor de indicarme que acuda a V. E. en todos los asuntos que se refieran al servicio de Dios.»
la intervención de Vicente y los escritos de Le Maistre produjeron el mejor efecto y, en el mes de enero del año siguiente, la proposición de las dos cabezas quedó estigmatizada por la Santa Sede
varias cartas de Vicente prueban que él solicitaba al propio tiempo en Roma la condena del libro la Frecuente comunión. Pero, esta vez encontró dificultades en principio insuperables. El libro, ya lo hemos dicho, iba revestido de varias aprobaciones episcopales. ¿Cómo se habían conseguido? Entre los obispos o doctores signatarios, unos habían sido seducidos por los artificios de Barcos y de Arnauld, escribía a Roma, el 11 de marzo de 1648, el cardenal Grimaldi, nuncio en Francia, al cardenal secretario de Estado2; los otros se habían dejado atrapar por el aire de celo y de piedad que el libro respira; dos al menos lo habían a probado sin leerlo, como lo prueba esta carta del 29 de mayo de 1653 a un vicario general de Chartres: «He respondido a la reina que era verdad que N. había firmado los libros de Jansenio y de la Frecuente Comunión; pero que fue sin leerlos, no disponiendo del tiempo suficiente; y que tenía buenas impresiones, a lo cual Su Majestad ha replicado preguntando si se podían firmar los libros in verlos; yo le he dicho que el difunto Mons de N. me había asegurado que él había firmado el libro de la Frecuente Comunión sin verlo.» –Los demás de los aprobadores pertenecían al partido
Y no obstante, estas aprobaciones, sea cual fuere su significado y su valor, de cualquier forma que se hubieran obtenido, salvaron primeramente al libro de una condena. Los obispos signatarios escribieron al papa para defender a su protegido. El nuncio Grimaldi no quiso encargarse de su carta , pero escribió él mismo de Lyon, el 19 de abril de 1644, al cardenal secretario de Estado, «que se sentía a pesar de todo obligado a notificar a Su Eminencia que había veinte doctores de Sorbona implicados en este asunto, y quince prelados muy afectos a la Santa Sede, de reputación, de piedad muy grande; y que de esta manera esperaba que no se haría otra defensa de este libro, que no se podría hacer sin gran perjuicio a la reputación de estos prelados, y que no se haría nada sin previo aviso por escrito, ni sin escuchar sus razones.»3
En consecuencia, el juicio sobre el libro de la Frecuente Comunión fue suspendido en Roma. Pero Vicente, que había juzgado admirablemente a la primera, en sí mis y en sus frutos no descuidó nada para prevenir a los suyos contra la seducción de sus doctrinas. Aquí vuelven las dos cartas del abate d’Horgny, ya mencionadas. Jean d’Horgny, nacido el 1º de noviembre de 1599, en el pueblo de Estrées, diócesis de Noyon, había sido un de los siete primeros compañeros del santo sacerdote, y el primer superior después de él del seminario de los Bons-Enfants. Era un hombre de inteligencia, buen predicador, piadoso y celoso, , pero algo inclinado a las reformas y a las novedades. Estaba en Roma para los asuntos de la Misión, en lo más caliente de los debates levantados por el libro de Arnauld, cuando escribió a su venerado Padre, para someterle, sobre este libro y sobre el de Jansenio, ideas que probaban demasiado que le gustaban sus enseñanzas. Había leído por dos veces la Frecuente Comunión, y encontraba una especie de justificación en el mal uso que se hace de la divina Eucaristía.
«Es verdad, Señor, le responde Vicente, el 25 de junio de 1648, que hay demasiada gente que abusa de este divino sacramento, y yo miserable más que todos los hombres del mundo, y os suplico que me ayudéis a pedirle perdón a Dios. pero la lectura de este libro en lugar de acercar a los hombres a la frecuente comunión, los aparta más bien de ella4. No se ve ya esta obsesión del sacramento que se veía, ni siquiera en Pascua. Muxchos párrocos de París se quejan de que tienen muchos menos comulgantes que los años pasados. San Sulpicio tiene tres mil menos. El Sr. párroco de Saint Nicolas du Chardonnet., habiendo visitado a las familias de la parroquia, después de Pascua, personalmente y y por otros, nos dice últimamente que ha encontrado a mil quinientos de sus parroquianos que no han comulgado, y así de los demás. No se ve ya casi a nadie que se acerque los primeros domingos de mes y las fiestas o muy poco y apenas más en las religiones, si no es en los jesuitas.» Pues, como nos lo ha dicho el santo antes, tal había sido el plan de SC para desacreditar a los hijos de san Ignacio. D’Horgny, habiendo insistido en una carta del 7 de agosto y opuesto a este cuadro de Vicente que él pretendía haberse producido por el libro de Arnauld, el santo le replicó el 10 de setiembre: «Puede ser lo que decís, que algunas personas se han aprovechado de este libro en Francia y en Italia; pero de un centenar que hay quizás que se han aprovechado en París, haciéndoles más respetuosos en el uso de los sacramentos, hay por lo menos diez mil a quienes ha hecho daño apartándoles del todo de ellos.» Y más adelante, recorriendo todas las objeciones o todos los argumentos del abate d’Horgny, continúa: «¿Y qué relación tiene la ordenanza de san Ignacio, que me alegáis también, con la conducta de los que alejan de la comunión, no ya por ocho y diez días, sino de cinco a seis meses, no sólo a los grandes pecadores, sino a buenas religiosas, que viven en una gran pureza, como lo sabemos por la epístola del Sr. de Langres al Sr. de Saint-Malo5? No es lo mismo detenerse en pequeñeces que advertir desórdenes tan notables y que sino a la ruina completa de la santa comunión. Y mucho menos deben poner en práctica máximas tan perniciosas gentes de bien, que tienen justo motivo de despreciarlas, y concebir mala opinión de los que las autorizan. San Carlos se guardaba muy bien de aprobarlos, ya que no recomienda nada tanto en sus concilios y en sus actas como la frecuente comunión y ordena muchas veces graves penas contra todos los predicadores que apartan a los fieles directa o indirectamente de la frecuenta comunión… En cuanto a lo que se atribuye al libro de la Frecuente Comunión de la frecuente obsesión de los santos sacramentos, yo os responderé que es verdad que este libro aparta poderosamente a todo el mundo de la obsesión frecuente de la santa comunión y de la santa confesión, aunque parezca, para encubrir mejor su juego, estar muy lejos de este plan. En efecto, ¿no se alaba altamente en este prefacio, página 36, la piedad de los que querrían diferir su comunión hasta el final de su vida, como sintiéndose indignos de acercarse al cuerpo de Jesucristo? , ¿Y no se asegura que se satisface más a Dios con esta humildad que con toda clase de obras buenas6? ¿Acaso no dice por el contrario, en el c. 2 de la 3ª parte, que es hablar indignamente del rey del cielo, decir que sea honrado por nuestras comuniones, y que Jesucristo no pude recibir más que vergüenza y ultraje por nuestras frecuentes comuniones que se hacen según las máximas del Padre Molina cartujo con todo su libro bajo apariencias de un escrito hecho a capricho? Además habiendo probado por san Denis, en el c. 4 de la 1ª parte, que los que comulgan deben estar enteramente purificados de las imágenes que les quedan de su vida pasada, por un amor divino y sin ninguna mezcla; que deben estar unidos perfectamente a Dios solo, enteramente perfectos y enteramente irreprochables, ni mucho menos que haya suavizado de ninguna manera estas palabras tan elevadas y tan alejadas de nuestra debilidad, que dándolas todas crudas, ha sostenido siempre en su libro de la Frecuente Comunión, que contienen las disposiciones que son necesarias para comulgar dignamente. Así las cosas, ¿cómo se puede hacer que un hombre que considere estas máximas y este proceder del Sr. Arnauld pueda imaginarse que desea con verdad que todos los fieles comulguen a menudo’ Es cierto, por el contrario, que no podría tener por verdaderas estas máximas, sin que al mismo tiempo se vea muy alejado de frecuentar los sacramentos7. En cuanto a mí, os confieso abiertamente que, si yo diera tanta importancia al libro del Sr. Arnauld como vos le dais, no sólo renunciaría para siempre a la misa y a la comunión por espíritu de humildad, sino que incluso sentiría el horror del sacramento, siendo verdad que lo representa respecto de los que comulgan con las disposiciones ordinarias que la Iglesia aprueba, como una trampa de Satán y como un veneno para las almas, y que trata a los que se acercan en este estado peor que a perros, puercos, y de anticristos. Y aunque se cerraran los ojos a cualquier otra consideración, para resaltar lo que dice en otros muchos lugares de las disposiciones admirables sin las cuales no quiere se comulgue, ¿se hallaría algún hombre en la tierra que tuviera tan buena opinión de su virtud, que no se creyera en estado de poder comulgar dignamente? Eso no corresponde más que al Sr. Arnauld quien, habiendo puesto estas disposiciones en un punto tan alto que un san Pablo habría sentido temor de comulgar, no cesa de presumir muchas veces en su apología de que dice la misa todos los días, con lo que su humildad es tan admirable que debemos estimar su caridad y la buena opinión que tiene de tantos sabios directores, tanto seculares como religiosos, y de tantos penitentes virtuosos que practican la devoción, de los cuales unos y otros sirven de sujeto a sus invectivas ordinarias8. Por lo demás, pienso que es una herejía decir que sea un gran acto de virtud querer diferir la comunión hasta la muerte, ya que la Iglesia nos manda comulgar todos los años. Es una herejía también preferir esta humildad pretendida a toda clase obras buenas, siendo claro que el martirio es mucho más excelente, como también decir absolutamente que Dios no es honrado por nuestras comuniones , que no recibe en ello más que vergüenza y ultraje.»
Una consecuencia inmediata de la doctrina de Arnaulf era la abolición de la misa. Vicente de Paúl lo vio enseguida y de ello habló así a su corresponsal:
«Como este autor aleja a todo el mundo de la comunión, no le importará que todas las iglesias se queden sin misa, porque habiendo visto lo que dice el venerable Beda que los que dejan de celebrar el santo sacrificio sin algún impedimento legítimo, privan a la santa Trinidad de alabanza y de gloria, a los ángeles de regocijo, a los pecadores de perdón, a los justos de auxilios y de gracias, a las almas que están en el purgatorio de refresco,, a la Iglesia de los favores espirituales de Jesucristo, y a sí mismo de medicina y de remedio: no siente escrúpulo alguno en aplicar todos estos efectos admirables a los méritos de un sacerdote que se retira del altar por espíritu de penitencia como se ve en el cap. 40 de la primera parte. Habla incluso más a favor de esta penitencia que de el sacrificio de la misa. Pues , ¿quién no ve que esta discurso es muy poderoso para persuadir a todos los sacerotes de dejar de decir la misa, ya que se gana tanto en no decirla como en decirla, y se puede decir incluso, según máximas del Sr. Arnauld, que se gana más, pues como él eleva el alejamiento de la comunión muy por encima de la comunión, es preciso también que él estime mucho más excelente el alejamiento de la misa que la misma misa»?
La separación del altar para los sacerdotes y para los fieles, esta era efectivamente la meta extrema de la teoría de Arnauld sobre la comunión. Veamos también lo que entrevió Vicente con una admirable perspicacia: «Y la moral de todo esto es que este nuevo reformador no aleja a los sacerdotes y a los laicos, sino bajo este bonito pretexto de hacer penitencia, mas para saber en qué pone esta gran penitencia que él estima tan provechosa para las almas, aparece en palabras expresas, en el prefacio, página 18, que de todos los rigores de la antigua penitencia, no se queda casi sin ninguna otra cosa que con la separación del cuerpo del Hijo de Dios, que es la parte más importante, según los Padres, porque representa la privación de la bienaventuranza, y la más cómoda, según los hombres, por que todo el mundo la tiene a su alcance. ¿Podría acaso el Sr. Arnauld mostrar con más claridad que su libro no se ha hecho sino con el propósito de arruinar la misa y la comunión, puesto que emplea toda la antigüedad para predicarnos la penitencia (de la que nunca he visto hacer un solo acto al autor de esta doctrina, ni a los que le asistían a introducirla), y que después de tanto ruido se contente con que no se comulgue? Ciertamente, los que leen su libro y no advierten en él este propósito son del número de los que habla el profeta: Oculos habent , et no videbunt ; y yo no comprendo cómo vos. Señor, podéis acusar a los adversarios del Sr. Arnauld de arruinar la penitencia porque se quejan al contrario con razón de que este autor ha hecho esfuerzos extraordinarios para probar que era necesario hacer largas y rigurosas penitencias antes de comulgar y de recibir la absolución, y que al mismo tiempo él ha declarado estas palabras expresas (con el fin de que nadie pretenda causa de ignorancia), que no se reserve otra cosa de la antigua penitencia que el alejamiento del altar?.»
En el libro de Arnauld, existe otra teoría, principio de ésta, y a la que se ha hecho alusión más de una vez en los pasajes que preceden; es la teoría de la penitencia, teoría que arruina la confesión, como la teoría sobre la Eucaristía arruina la comunión, lo que iba a arruinar, en el propósito de los sectarios, los dos sacramentos más en uso entre los fieles. El admirable buen sentido en Vicente de Paúl ha sabido desenredar también esto en el libro de Arnauld.
Como Arnauld mismo, el abate d’Horgny invocaba en este punto la autoridad del mayor reformador de la disciplina y de la piedad católica, de san Carlos Borromeo. Es verdad lo que decís, le responde Vicente en su segunda carta, -que se desarrolla por completo sobre este punto y sobre el artículo de la comunión; -es verdad que san Carlos Borromeo ha suscitado el espíritu de penitencia, en su diócesis, en su tiempo, y la observancia de los cánones de ésta, que es lo que rebela al mundo contra él, incluso a buenos religiosos, por causa de la novedad; pero no ha constituido la penitencia o, lo que sea, la satisfacción, en retirarse de la santa confesión y de la adorable comunión, si no es en los casos señalados por el canon, que nosotros tratamos de practicar en casos de las ocasiones próximas, de las enemistades, de los pecados públicos; pero estaba muy lejos de lo que se dice, que ordenaba penitencias públicas por pecados secretos, y cumplir la satisfacción antes de la absolución, como lo pretende el libro en cuestión;… y nunca se encontrará que haya establecido la penitencia pública o el alejamiento de la comunión para todas las clases de pecados mortales, ni que haya querido que se establezcan tres o cuatro meses entre la confesión y la absolución, como se practica con mucha frecuencia, y para pecados ordinarios, por estos nuevos reformadores; de manera que se pueda ver todavía exceso en dar fácilmente la absolución a todas clases de pecadores, que es lo que san Carlos deplora, no se ha de concluir por eso que esta gran santo aprobara los extremos a los que ha llegado el Sr. Arnauld, ya que son enteramente opuestos a multitud de ordenanzas que él ha dado.»
Los jansenistas arruinaban de diferentes formas el sacramento de la penitencia: exigiendo siempre la contrición perfecta como condición previa, de manera que los pecados no se perdonaban nunca por el sacramento; en lo que ellos no otorgaban al sacerdote más que el derecho de declarar la sentencia la sentencia dada en el cielo en virtud de los actos del pecador; en lo que hacían consistir únicamente el poder de atar y de desatar en la imposición o la remisión de la penitencia, y de la penitencia antigua y pública.
Viniendo a los detalles, Vicente de Paúl fuerza al libro de Arnauld a declarar sobre todo eso contra él mismo:
«Es verdad, Señor, -me digáis lo que me digáis del libro de la Frecuente Comunión, -que ha sido hecho principalmente para renovar la penitencia antigua como necesaria para entrar gracia con Dios. pues aunque el autor haga a veces como si se propusiera esta disciplina antigua sólo como más útil, es cierto que la quiere como necesaria, ya que a lo largo del libro la presenta como una de las grandes verdades de nuestra religión, como la práctica de los apóstoles y de toda las Iglesia durante doce siglos, como una tradición inmutable, como una institución de Jesucristo, y que no cesa de dar a entender que está obligado a guardarla, y de increpar continuamente a los que se oponen al restablecimiento de esta penitencia. Por otra parte, enseña con claridad que antiguamente no había otra penitencia para todas las clases de pecados mortales que la pública como se ve en el 3er capítulo de la segunda parte, donde toma como una verdad la opinión que dice que no se halla en los antiguos Padres, y principalmente en Tertuliano, más que la penitencia pública en la que la Iglesia ejerciera el poder de sus llaves9; de donde se sigue, por una consecuencia bien clara, que el Sr. Arnauld tiene propósito de establecer la penitencia pública para todas las clases de pecados mortales, y que no es una calumnia acusarle de eso, sino una verdad que se saca fácilmente de su libro, mientras se le lea sin preocupación de espíritu. Y vos, Señor, me decís que eso es falso…» Aquí Vicente excusa a su corresponsal, porque no ha conocido como él , dice, al autor de todas estas doctrinas, etc., -pasaje ya citado, -y continúa: «Me decís en segundo lugar que es falso que el Sr. Arnauld haya querido introducir la penitencia la costumbre de cumplir la penitencia antes de la absolución para los grandes pecadores. –Yo respondo que el Sr. Arnauld no quiere tan sólo introducir la penitencia antes de la absolución, para los grandes pecadores, sino que hace de ello una ley general para todos los que son culpables de un pecado mortal, lo que se ve por sus palabras sacadas de la segunda parte, capítulo VIII: «¿Quién no ve cuán necesario juzga este papa10 que el pecador haga penitencia de sus pecados, no sólo antes de comulgar, sino incluso antes de recibir la absolución?» Y un poco más abajo añade: «Estas palabras no nos muestran claramente que, según las reglas santas que este papa ha dado a toda la Iglesia, después de aprenderla en la perpetua tradición de esta misma Iglesia, la orden que los sacerdotes deben guardar en la ejecución de su poder de atar y desatar las almas, es no absolver a los pecadores hasta después de dejarlos con gemidos y lágrimas y hacerles cumplir una penitencia proporcionada a la cualidad de sus pecados.
«Es preciso estar ciego para no conocer por estas palabras, y por otras muchas que siguen, que el Sr. Arnauld cree que es necesario diferir la absolución para todos los pecados mortales hasta el cumplimiento de la penitencia; en efecto, ¿a caso no he visto yo mandar practicar esto por el Sr. SC, y no se hace todavía con respecto a los que se entregan por completo a su dirección? Sin embargo esta opinión es una herejía manifiesta.
«En cuanto a la absolución declaratoria, me decís que no necesita más que de su primer libro para hacer ver lo contrario, y me alegáis tres o cuatro autoridades para ello. –Respondo que no es de extrañar que el Sr. Arnauld hable a veces como los autores católicos: no hace en ello sino imitar a Calvino que niega treinta veces que haga a Dios autor del pecado, aunque haga por otra parte todos sus esfuerzos para establecer esta máxima detestable que todos los católicos le atribuyen. Todos los novadores hacen lo mismo, y siembran contradicciones en sus libros, a fin de que, si se los pilla en algún punto, puedan escaparse diciendo que ellos tienen en otra parte lo contrario. –Aquí el pasaje citado sobre la duplicidad de SC. -¿Cómo es que el Sr. Arnauld puede sostener seriamente que la absolución borra verdaderamente los pecados, si enseña como acabo de demostrar, que el sacerdote no debe dar la absolución al pecador hasta después de cumplir la penitencia, y que la razón principal por la que quiere que se observe este orden es «con el fin de dar tiempo al pecador de expiar sus crímenes por una satisfacción saludable,» como lo prueba ampliamente en el capítulo II de la segunda parte? Un hombre con juicio que quiere que se expíen pecados mediante una satisfacción saludable antes de recibir la absolución, puede creer con seriedad que los pecados se expíen con la absolución?
«Me decís que en cuanto a lo que el Sr. Arnauld dice que la iglesia retiene en el corazón el deseo que los pecadores hagan penitencia según las reglas antiguas, y que el Sr. Arnauld dijo que la práctica antigua y nueva de la Iglesia son las dos buenas, pero que la antigua es la mejor, y que ella, siendo una buena madres que no respira más que el mayor bien para sus hijos, desea siempre el mejor, al menos en su corazón. –Yo respondo que no se ha de confundir la disciplina eclesiástica con los desórdenes que se pueden encontrar. Todo el mundo echa la culpa a estos desórdenes; los casuistas no cesan de quejarse de ellos y de advertirlos, para que se los conozca; pero es un abuso decir que no practicar la penitencia del Sr.Arnauld sea un relajo que la Iglesia tolera con dolor. No tenemos total seguridad de la práctica del Oriente de que habláis pero sabemos que, por toda Europa, se practican los sacramentos de la forma que el Sr. Arnauld condena, y que el papa y todos los obispos aprueban la costumbre de dar la absolución después de la confesión, y no hacer penitencia pública más que por los pecados públicos. ¿No es una ceguera insoportable, preferir, en una cosa de semejantes consecuencias, los pensamientos de un joven que no tenía ninguna experiencia en la dirección de las lamas cuando escribió, a la práctica universal de toda la cristiandad?»
Es curioso oír a una mujer del mundo hablar de todas estas cuestiones de la gracia, de la penitencia, de la comunión, en todo como Vicente de Paúl. Algunos años después, en 1655, a propósito del retiro en Port-Royal de esta marquesa de Sablé que había dado lugar a la obra de Arnauld, la condesa de Choisy escribía, con mucho sentido de espíritu, a la condesa de Maure:
«A ejemplo del almirante de Chastillon, yo no me desanimo más que en la mala suerte. He sentido con dolor la ligereza de la sra. marquesa (de Sablé), quien, persuadida por los jansenistas, me ha quitado la amistad, que las carmelitas me habían procurado ante ella. Os ruego, Señora, que le digáis de mi parte que le aconsejo como amiga que no se comprometa a decir que no me ama ya, porque estoy segura que en diez días que estoy obligada a ir a alojarme a Luxemburgo11, yo la haré cambiar de chaqueta en mi favor. Entremos en materia. Ella ve entonces mal que yo haya pronunciado una sentencia de rigor contra el señor Arnauld. Que abandone su pasión como yo lo hago, y veamos si es justo que un particular, sin orden del rey, sin breve del papa, sin carácter de obispo o de párroco, se ponga a escribir sin para reformar la religión, y levantar de esa forma confusiones en los espíritus que no producen otro efecto que hacer libertinos o impíos. Hablo como sabia viendo cuántos cortesanos y profanos andan trastornados desde esas proposiciones de la gracia: «Oiga, ¿qué importa cómo sucede, ya que, si tenemos la gracia nos salvaremos y, si no la tenemos, estaremos perdidos? Y luego concluyen pon decir: Todo eso son paparruchas… Antes de todas estas cuestiones, cuando llegaba la Pascua, se quedaban como unos pasmados sin saber dónde meterse, y con grandes escrúpulos; hoy son atrevidos y ya no piensan en confesarse, diciendo: «Lo escrito escrito está. Eso es lo que han hecho los jansenistas con los profanos. En cuanto a los verdaderos cristianos, no se necesitaba escribir tanto para instruirlos, sabiendo muy bien lo que conviene hacer para vivir según la ley. Que los Srs jansenistas, en lugar de remover cuestiones delicadas, y que no conviene comunicar al pueblo, prediquen con su ejemplo, y yo tendré por ellos un respeto muy particular, considerándolos como gente de bien cuya vida es admirable, que tienen espíritu como de ángeles, y a quienes honraría, si no tuvieran la vanidad de querer introducir novedades en la Iglesia.»12
El buen sentido y la experiencia le habían enseñado tanto a la profana sobre los funestos efectos del jansenismo entre los de su clase y de su trato, como a Vicente de Paúl entre las comunidades religiosas y las poblaciones.
Atacado por todas partes, en público y en particular, Arnauld quiso explicarse; pero se hizo un barullo con nuevos errores, sin lograr aclararse con los primeros. Es lo que nos enseña Vicente como siempre en un pasaje de su primera carta al abate d’Horgny, donde vemos además que los doctores más celosos y más puros se reunían, para tratar de estas materias, en San Lázaro, convertido así el santo sacerdote, en la Sorbona, o una sucursal de la Sorbona ortodoxa:
«Una vez que el Sr. Arnauld, que dio su nombre a este libro13, vio la oposición que encontró de muchos lados sobre la materia de la penitencia pública, sobre la que quería introducir antes de la comunión, se explicó con relación a ello, de la absolución simplemente declaratoria; pero, de todas formas, quedaron todavía errores, por lo que nos dice últimamente el Sr. Legrand , maestro de Navarra, que es uno de los más sabios del siglo así como también el Sr. penitenciario (Bail), los Srs. Cornet y Coqueret, que se habían reunido allí para esta clase de asuntos y que esta declaración es capciosa, y contiene cantidad de cosas que no valen apenas más de lo que ha dicho en su primer libro. Lo que dice que la Iglesia, habiendo practicado al principio la penitencia pública antes de la absolución, sentía siempre inclinación a restablecer esta costumbre, y que de otra forma no sería la columna de verdad, siempre semejante a sí misma, pero una sinagoga de errores; eso, Señor, ¿no suena a falso? La Iglesia, que no cambia en cuanto a las cosas de la fe, ¿no lo puede hacer respecto de la disciplina? Y Dios, que es inmutable en sí mismo, ¿no ha cambiado en sus comportamientos respecto de los hombres? Nuestro Señor su Hijo ¿no ha cambiado alguna vez los suyos, y los apóstoles los suyos también. ¿Con qué fin dice este hombre pues que la Iglesia estaría en error si ella no conservara la inclinación a restablecer estas clases de penitencias que practicaba en el pasado? ¿Es eso ortodoxo? »
Suspendido largo tiempo en Roma por las razones que hemos dado, el juicio sobre el libro de Arnauld se reanudó después de la muerte de los prelados aprobadores. Cuando Arnauld fu informado de ello por el abate du Vaucel, agente en Roma del partido jansenista, le escribió el 29 de noviembre de 1685: «Ya no harán daño a nadie más que a mí.» Roma siguió adelante. Proyectada bajo Inocencio XI, La sentencia no fue dictada hasta 1690, bajo Alejandro VIII, quien condenó 31 proposiciones, entre las que se encontraban al menos cinco extraídas del libro de Arnauld, dos en particular que son el resumen y la expresión exacta de los principios censurados hace poco por Vicente como heterodoxos sobre la penitencia y sobre la comunión. Se puede decir, en efecto, de estas proposiciones lo que Bossuet dirá más tarde de las cinco proposiciones extraídas del Augustinus: «Son el alma del libro, el libro mismo.»
II. El Augustinus -Exposición teológica.
Vicente de Paúl había entrado pues en la lucha con tanta inteligencia como resolución. pero si el libro de la Frecuente Comunión había sido el manifiesto del partido y su declaración de guerra, el Augustinus era su plaza fuerte, y es acerca de este grueso in-folio donde debía tener lugar la gran pelea
El 1º de julio de 1649, Nicolás Cornet, doctor de Navarra y maestro de Bossuet, síndico de la facultad de teología, denunció cinco proposiciones que él consideraba como resumen de todas las doctrinas del Augustinus.
Pero, antes de entrar en el debate, es preciso exponer el sistema este libro. Jansenio enseña que la voluntad, como consecuencia del pecado original, había perdido el libre albedrío, es decir el poder de obrar o de no obrar. El deleite es en adelante el único móvil al que obedezca. Pues bien, existen dos deleites, uno terrestre que nos arrastra al mal, el otro celestial que nos lleva al bien, los dos en estado de lucha continua en nuestra alma, que sigue siempre y necesariamente el impulso de la más poderosa, según la palabra de san Agustín tan a menudo invocado por los jansenistas: Secundum id operemur necesse est, quod amplius nos delectat. Esta necesidad no es no obstante absoluta, sino relativa: es decir que actualmente en todo acta dado, mientras que domina un deleite, la voluntad no podría cambiar de determinación; pero en otras circunstancias, si los papeles de las delectaciones se invirtieran, la voluntad podría moverse en sentido contrario.
En este sistema, el alma es una balanza cuyas delectaciones son las pesas, y la voluntad se halla arrastrada mecánica y fatalmente al bien o al mal; ya que no es aquí la voluntad la que domina a la delectación, como en el sistema católico, sino la delectación la que domina a la voluntad. Las dos delectaciones luchan entre ellas: el asentimiento de la voluntad es lo que está en juego en el combate y el precio de la victoria.
Es del principio de la delectación superior y victoriosa de la que dimanan, por vía de rigurosa consecuencia, las cinco proposiciones famosas:
1, Algunos preceptos son imposibles a los justos, a pesar de los esfuerzos de su voluntad, con las fuerzas de que disponen en ese momento; además, no tienen la gracia que se los haría posibles, -2. En el estado de naturaleza caída, no se resiste nunca a la gracia interior. -3. Para merecer y desmerecer en el estado de naturaleza caída, la libertad de necesidad no es indispensable; basta libertad de coacción. -4. Los semipelagianos admitían la necesidad de una gracia interior preveniente para todos los actos, incluso para el comienzo de la fe; eran herejes en cuanto creían que la voluntad podía resistir u obedecer. -5. Ser semipelagiano es decir que Cristo ha muerto y ha derramado su sangre por todos los hombres.
Tales son las proposiciones que no solamente se leen en el Augustinus, sino que también, siguiendo las palabras de Bossuet, constituyen todo el libro mismo.
A este sistema oponemos la creencia católica.
El hombre ha sido creado en un estado sobrenatural, es decir que ha sido destinado a una participación de Dios tal y como es en sí mismo, a una unión con la esencia divina sin medio y sin velos. Entonces, para alcanzar este destino que sobrepasa la exigencia y las fuerzas de toda naturaleza creada y hasta posible, el hombre inocente mismo necesitaba de un auxilio sobrenatural. Ahora bien, mientras poseía aún los admirables privilegios de inteligencia y de voluntad que le había conferido su Creador, existía armonía en su ser, y además las facultades más nobles dominaban a las facultades ínfimas, la gracia de Dios no era eficaz en sí misma y la libertad humana disponía de ella a su gusto. El hombre cae, la armonía se destruye entre sus facultades, y la concupiscencia mala se establece en su corazón dominante y tiránica. Él pierde sus privilegios sobrenaturales, pero no es despojado enteramente de las fuerzas de su naturaleza. Su inteligencia, aunque oscurecida, no es absolutamente incapaz de llegar a la verdad; su voluntad, aunque herida y enferma, no está privada de toda actividad, y el mal no es necesariamente el producto de sus actos.
Dios quiere, en su misericordia, devolver a la humanidad sus derechos perdidos. El hombre entonces necesita, no sólo del auxilio sobrenatural que le era necesario en el estado de inocencia, sino de una gracia medicinal que cure, fortalezca y vuelva al bien sus facultades enfermas, debilitadas e inclinadas al mal. Siguiendo la creencia común, esta gracia es otorgada en proporciones realmente suficientes a todos los hombres justo y pecadores, pecadores empedernidos, creyentes e infieles, porque es por todos por quienes ha muerto Cristo. Todos sin embargo no llegan a su destino sobrenatural. ¿Es insuficiencia de la gracia o mala disposición y resistencia de la voluntad? ¿Existe distinción esencial entre las gracias concedidas a los hombres?
Por otra parte, Dios no podría, en su designio positivo de conducir al menos a una parte de la humanidad a un destino sobrenatural, ser contrariado por la voluntad humana. Al dar al hombre la libertad, no ha pretendido abdicar del imperio del mundo espiritual, para ponerse a su disposición y a sus órdenes. Podrá salvar siempre que lo quiera, arrancar a quien bien le parezca, siguiendo la expresión de la teología católica, a la masa de perdición, en la que habría podido, sin injusticia, después del pecado del primer hombre, dejar a la humanidad entera. Ejercerá pues sobre la voluntad humana una acción poderosa y soberana, una acción seguida de un efecto infalible. T este efecto sin embargo, infalible resultado de la acción de la gracia, será necesariamente conforme a la naturaleza de la cusa segunda que lo produce. Esta causa es libre, el efecto será libre también. Será pues a la vez infalible por parte de la acción divina a la que nada se resiste, libre por parte de la voluntad humana obrando bajo la acción de la gracia. en una palabra, Dios quiere que el acto tenga lugar, y tenga lugar libremente, porque su voluntad todopoderosa no sólo realiza lo que quiere, sino de la manera que lo quiere.
De ahí la célebres distinción entre la gracia eficaz y la gracia suficiente. Siguiendo las definiciones católicas, la gracia suficiente confiere a la voluntad un verdadero poder de resistir a la concupiscencia y de operar el bien sobrenatural, aunque con ella sola la voluntad no actúe jamás; la gracia eficaz, por el contrario, va siempre seguida de su efecto, aunque la voluntad tenga siempre el poder de resistirla.
Así, este es el problema: ¿Cómo conciliar con la necesidad de la gracia la existencia de la libertad? ¿Cómo la libertad sigue entera bajo la acción infalible y todopoderosa de la gracia eficaz? ¿Es verdaderamente suficiente esta gracia que nunca se traduce en acto? Y cuando Dios se la confiere sola al hombre, le prueba suficientemente el deseo y la voluntad que tiene de conducirle a su fin sobrenatural?
Sean las que sean las soluciones del problema, he aquí los principios que deberán ser necesariamente respetados: por parte del hombre, destino sobrenatural, pecado original, necesidad de una gracia sobrenatural y medicinal, voluntad libre y responsable; por parte de Dios, dominio soberano y absoluto sobre todas las criaturas que no podrían, que no podría detenerse en los confines de la creación inteligente y libra, voluntad real y eficaz de salvar a todos los hombres por el conocimiento de su Hijo y la aplicación de los méritos de la redención, sin que se pueda acusar nunca a su justicia, a su sabiduría ni a su bondad.
Digámoslo ahora mismo, una conciliación absolutamente satisfactoria entre los dos extremos del problema es imposible a la razón humana. ¿Cómo resolver una ecuación cuyo términos todos nos son desconocidos? ¿Qué es lo sobrenatural? ¿En qué estado ha dejado la palta primitiva a la voluntad del hombre? ¿En qué consiste la acción de Dios sobre su criatura? ¿Cuáles son los derechos de su justicia, las exigencias de su bondad y de su amor? ¿Qué son los atributos divinos? Creemos comprenderlos al compararlos con las facultades análogas de nuestra alma; pero ¿existe la menor proporción entre lo finito y lo infinito? ¿Cómo concebir la acción de Dios y su soberano dominio sobre el hombres, cómo conciliarlos con el libre albedrío, cuando se piensa en este principio incontestable, que ninguna razón tomada de la criatura podría determinar al Creador? No existe en ello esta reciprocidad de derechos y obligaciones que forma la esencia de todas las relaciones humanas. Por último, la acción del hombre está encerrada en el tiempo y repartida por las divisiones sucesivas de la vida; la acción de Dios es eterna e indivisible: ¿Llegaremos as comprender algún día las relaciones de actos temporales y sucesivos con una acción eterna y simultánea?
La razón humana ha tratado repetidas veces, no obstante, de fijarlas, de establecer conciliación entre los dos extremos. Por su parte la teología católica, ha imaginado varios sistemas para explicar la distinción de la gracia eficaz de la gracia suficiente, que parece encerrar la palabra del enigma.
Por numerosos y variados que sean estos sistemas, pueden reducirse todos a dos, de los que uno saca la eficacia y la suficiencia de la gracia de la naturaleza intrínseca de la gracia misma; el otro, del asentimiento o del disentimiento de la voluntad humana. Según unos, es de la esencia de la gracia eficaz que con ella la voluntad haga el bien, aunque al mismo tiempo ella pueda no hacerlo; y de la esencia d la gracia suficiente que con ella la voluntad no actúe nunca, aunque pueda actuar siempre. De manera que la gracia eficaz cae sobre el acto mismo, no sobre el poder, que ella supone completo, mientras que la gracia suficiente afecta tan sólo al poder, sin relación con el acto. En este sistema la gracia eficaz se llama premoción o predeterminación física, porque anteriormente a todo asentimiento de la voluntad, la empuja, la determina y la aplica al acta; y los teólogos que la siguen se llaman Tomistas, porque pretenden que su doctrina es la doctrina misma de santo Tomás.
Siguiendo a otros teólogos, la eficacia o la suficiencia de la gracia, no viene de la naturaleza intrínseca de la gracia misma, sino de la voluntad que, a su capricho, le da o le niega su asentimiento, no en este sentido no obstante que la libertad pueda añadir una virtud cualquiera a la gracia por su consentimiento, ni quitarle nada por su resistencia, sino en el sentido tan sólo que la gracia no obtiene su efecto más que en cuanto que la voluntad obedece a su impulso, y no se ve privada de él más que en cuanto que la voluntad le resiste o aporta obstáculo. Entonces, veamos cómo en este sistema, el soberano dominio de Dios y su voluntad especial de salvar a los predestinados se concilian con el libre albedrío. Dios, por su inteligencia, prevé todas las cosas posibles. Pero, por la ciencia media, o la ciencia de los futuros condicionales, que ocupa el medio entre la ciencia de los objetos puramente posibles, y la de los objetos realmente existentes o que deben tener una existencia real, él prevé lo que sucederá en consecuencia de tal condición, o incluso lo que habría sucedido, si se hubiera dado tal o cual condición. Quiere convertir a un pecador o mantener a un justo en el camino del bien, busca en los tesoros innumerables de sus gracias las que él prevé, por la ciencia media, deber inclinar su voluntad o hacerles perseverar en la virtud. Que no tiene para ellos esta predilección especial y positiva, él se contenta con enviarles gracias ordinarias, sin pensar en establecer entre el auxilio concedido y las circunstancias en que se hallan esta armonía necesaria al cumplimiento del precepto. Las primeras gracias son eficaces, las segundas suficientes solamente..
Tal es el sistema de Molina, al que no se puede negar, por distintos juicios que se puedan formar por lo demás, ser un admirable esfuerzo de la razón humana, para explicar el cuerdo de la gracia y de la libertad, acuerdo aquí bastante fácil de entender.
Sólo queda la dificultad, inmensa todavía, es verdad, que resulta de la presciencia divina, de la necesidad de la gracia y de la desigualdad de su distribución, Asimismo, en el sistema molinista, la parte resulta bastante amplia a la libertad humana. El sistema tomista, por el contrario, concede más a la gracia, respeta mejor el soberano dominio de Dios sobre la criatura inteligente, pero hace más difícil concebir la permanencia de la libertad bajo la acción divina.
III. Las cinco proposiciones, -Recurso a Roma. –Resolución e inteligencia de Vicente en la lucha.
Las cinco proposiciones denunciadas por N. Cornet fueron adoptadas por la asamblea de Sorbona. Se decidió por mayoría de votos que serían examinadas, y se nombró a los comisarios que debían hacer el informe. Pero, durante este informe, el doctor Saint-Amour amotinó a sesenta de sus colegas que apelaron al Parlamento como abuso. Los doctores ortodoxos, al ver una causa de esta naturaleza recurrida a un tribunal laico, pensaron desde ese momento presentársela a la Santa Sede. Ellos creyeron sin embargo conveniente que el cuerpo episcopal, más bien que una simple universidad pidiera un juicio al papa. Se estaba a las puertas de una asamblea general del clero. Los obispos reunidos en 1650, tenían que elegir entre dos partidos, o juzgar en primera instancia, según el derecho, al menos singular, que se arrogaba la Iglesia galicana, o someter el asunto al soberano pontífice. Un juicio en regla por la asamblea era moralmente imposible, porque los debates habrían absorbido y sobrepasado con mucho el tiempo de sus reuniones. Quedaba pues el recurso al papa; y, en efecto, los obispos resolvieron escribirle de común acuerdo. Pero, temiendo con razón que el parlamente acostumbrado a mezclarse en todo, y ya enterado del asunto de las cinco proposiciones, impidiera el recurso a Roma, si ellos deliberaban entre ellos en sesiones regladas; temiendo también esas divisiones que se llegan a sembrar tan fácilmente en las asambleas, ellos tomaron el partido de firmar, cada uno en particular, una carta común, que fue redactada por Habert, obispo de Vabres. Ésta es la carta:
Santísimo Padre,
«La fe de Pedro, que no puede fallar nunca, pide con toda la razón del mundo que, según la conducta recibida y autorizada en la Iglesia, se trasmita las causas mayores a la Santa Sede apostólica. Para obedecer a una ley tan equitativa, hemos estimado que era necesario escribir a Vuestra Santidad respecto de un asunto muy importante que afecta a la Religión. Hace diez años que nosotros vemos con gran dolor a Francia agitada por disturbios muy violentos, a causa del libro póstumo del Sr Cornelius Jansénius, obispo de Ypres, y por la doctrina que en él se contiene. Estos movimientos debían ser acallados por tanto por la autoridad del concilio de Trento, como por la de la bula de Urbano VIII, de feliz memoria, por la que pronunció contra los dogmas de Jansenio y confirmó los decretos de Pío V y de Gregorio XIII contra Baïus. Vuestra Santidad ha establecido por un nuevo decreto la verdad y la fuerza de esta bula. Mas como cada proposición en particular no ha sido notada con una censura especial, algunos han creído que había todavía lugar a sus sutilezas y a sus escapes. Nosotros esperamos que les sean quitados todos los medios, si le place a Vuestra Santidad como así os lo suplicamos muy humildemente, definir clara y distintamente qué sentimiento se ha de tener en esta materia. Por eso la suplicamos tenga a bien hacer el examen y dictar un juicio claro y cierto de cada una de las proposiciones que siguen, sobre las que la disputa es más peligrosa y la contestación más caliente.» Siguen las cinco proposiciones, y la carta continúa: «Vuestra Santidad ha experimentado hace poco cuánto poder ha tenido la autoridad de la Santa Sede apostólica para abatir el error de la doble cabeza de la Iglesia. La tempestad ha sido apaciguada al instante: la mar y los vientos han obedecido a la voz y al mando de Jesucristo. Lo que hace que nosotros os roguemos, Santísimo Padre, que pronunciéis sobre el sentido de estas proposiciones un juicio claro y decisivo, al que el Sr. Jansenio, cercano a su muerte, ha sometido su obra; que disipéis toda oscuridad, que reaseguréis a los espíritus vacilantes, que impidáis las divisiones, y devolváis a la Iglesia su tranquilidad y su esplendor. Mientras nosotros disfrutamos de este esperanza, elevamos nuestro s deseos y nuestros votos a Dios, a fin de que este rey inmortal de los siglos colme a Vuestra Santidad de largos y felices años y, después de un siglo de vida, de una dichosísima eternidad.»
Esta carta fue concertada en San Lázaro mismo, y a los ojos de Vicente de Paúl. Los principales obispos de la asamblea la firmaron al punto, cada uno por separado, y se enviaron copias a las provincias para someterlas a las firmas del resto de los prelados del reino; muchas fueron incluso enviadas en París a las comunidades religiosas<, se quería lograr como un concierto de toda la Iglesia de Francia, para que el soberano pontífice, presionado por todas partes, no retrasara su juicio.
Aquí fue donde Vicente de Paúl demostró su celo. Llevaba muchos años comprometido más que nadie en la defensa de la fe ortodoxa contra el error jansenista. Escribía al abate d’Horgny las cuatro razones siguiente de su oposición al jansenismo:
«La primera es la de mi empleo en el consejo de las cosas eclesiásticas, donde cada una se ha declarado en contra: la reina, el Sr. cardenal(Mazarino), el Sr. canciller (Séguier) y el Sr. penitenciario (Bail). Juzgad por ahí si yo he podido seguir neutral. El éxito ha hecho ver que era conveniente comportarse así.
«La segunda razón es la del conocimiento que tengo yo de los planes del autor de estas opiniones nuevas…» -Pasaje sobre SC ya citado.
«La tercera ha sido que yo he visto que tres o cuatro papas habían condenado las opiniones de Baïus, que Jansenio sostiene, como había hecho también la Sorbona el año 1560, y que la parte más sana de la misma Facultad, que son todos los antiguos, se declaran contra estas opiniones nuevas y que nuestro santo Padre ha condenado la de las dos cabezas que se quería establecer con malas intenciones.
«Y la cuarta, que yo pongo aquí la última, además de muchas otras, es la que dijo Celestino papa, Epist. 2 ad Episcopos Galliae, contra algunos sacerdotes que defendían algunos errores contra la gracia, y a los cuales estos obispos habían condenado. Este buen papa, después de alabarlos por haberse opuesto a la doctrina de estos sacerdotes, dijo estas mismas palabras: Timeo ne connivere sit hoc tacere; timeo ne illi magis loquantur qui permittunt illis taliter loqui; in talibus causis non caret suspicione; quia occurreret veritas, si falsitas displiceret; merito namque causa nos respicit, si silentio faveamos errori (-Me temo que es consentir callárselo; temo que hablen más los que permiten hablar así; ; en semejantes causas no carece de sospecha la taciturnidad; ya que si la falsedad desagradare, resplandecería la verdad; puesto que la causa nos incumbe si favorecemos al error con silencio) . Que si me dicen que es verdad con relación a los obispos y no a un particular, yo respondo que con toda probabilidad se extiende no sólo a los obispos sino también a los que ven el mal y, en cuanto depende de ellos, no lo impiden.»
Además de estas razones generales, aplicables a toda herejía, Vicente tenía otras particulares, tomadas de las doctrina de Jansenio. Entrando pues en los detalles de esta doctrina y respondiendo a las objeciones de su corresponsal quien, por una complacencia secreta , no habría querido ver a la Compañía mezclarse en este asunto, dijo más adelante:
«En cuanto a Jansenio, hay que verle o como sosteniendo las opiniones de Baïus tantas veces condenadas por los papas y por la Sorbona, como he dicho, o como conteniendo otras doctrinas que él trata allí. En cuanto a lo primero, ¿no tenemos nosotros obligación de atenernos a la censura que los papas y este docto cuerpo han hecho de esas opiniones, y a declararnos en contra? En cuanto al resto del libro, el papa prohibiendo leerlo, el consejo de los asuntos eclesiásticos, no ha debido aconsejar a la reina mantener mano fuerte en lo que el papa ha ordenado, ejecutar y hacer profesión abierta de declarase contra las opiniones de Baïus censuradas y esas especies de nuevas opiniones de ese doctor que sostienen atrevidamente las que la Iglesia no ha determinado todavía respecto de la gracia?
«Me decís por la vuestra que Jansenio ha leído diez veces todas las obras de san Agustín, treinta veces los tratados de la gracia, y que no se ve claro que los Misioneros se mezclen
a juzgar de las opiniones de este gran hombre. –Os respondo a ello, Señor, que de ordinario los que quieren establecen nuevas doctrinas, son hombres muy sabios y que estudian con gran asiduidad y aplicación a los autores de los que se quieren servir; que se ha de confesar que ese prelado era muy sabio y que, teniendo el plan que ya he dicho de desacreditar a los jesuitas, ha podido leer a san Agustín el número de veces que decís; pero eso no impide que haya podido caer en el error, y que nosotros y fuéramos excusables de adherirnos a sus opiniones, que son contrarias a las censuras que han sido publicadas contra su doctrina. Los sacerdotes tienen obligación de no adherirse, y de contradecir la doctrina de calvino y demás heresiarcas, aunque no hayan leído nunca a los autores, en los que se han apoyado, ni siquiera sus libros.
«Me decía además que las opiniones que nosotros llamamos antiguas son modernas, que hace unos setenta años que Molina inventó las opiniones que se llaman antiguas respecto de esta discusión. –Os confieso, Señor, que Molina es el autor de la ciencia que se llama Media, que no es, hablando con propiedad, más que el medio por el que se hace ver cómo se realiza eso, y de dónde viene que los hombres que tienen parecido espíritu, las mismas disposiciones y parecido grado de gracia para hacer las obras de su salvación, y que sin embargo uno lo hace y el otro no lo hace; uno se salva y el otro se pierde. Pero qué, Señor, no se trata de eso, que no es artículo de fe. La doctrina que él combate, que Jesucristo ha muerto por todo el mundo, ¿es acaso nueva? ¿No es de san Pablo y de san Juan? ¿No ha sido condenada la opinión contraria en el concilio de Mayence y otros muchos contra Godeschalcus? ¿Acaso no dice san Juan en las lecturas de Navidad que Nuestro Señor ha nacido pro liberandis hominibus, y la mayor parte de los santos no usan ese lenguaje? El concilio de Trento, en la sesión sexta, De justificatione, c. 11, ¿no trae las palabras de san Juan sobre este tema: Hunc proposuit Deus propitiationem per fidem in sanguine ipsius pro peccatis nostris, non solum autem pro nostris, sed etiam pro totius mundi? (-A éste propuso Dios como propiciación por la fe en su sangre por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo?) y en el tercero: Verum et si ille pro omnibus mortuus est? Dice luego que aún siendo así las cosas: Non omnes tamen mortis eius beneficium recipiunt, sed ii dumtaxat quibus meritum passionis eius communicatur (-No a todos sin embargo les alcanzan los méritos de su muerte, sino solamente aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión).Después de esto, Señor, llamaremos a esta doctrina nueva?
«¿Llamaremos nueva también a la que combate contra la posibilidad de la observancia de los mandamientos de Dios, contra los santos cánones del mismo concilio, y de la misma sesión, que dice que: Si quis dixerir Dei paecepta homini etiam justificato, et sub gratia constituto, esse ad observandum impossiblilia, anathema sit (-Si alguien dice que los mandamientos de Dio son imposibles de guardar al hombre ya justificado, y constituido en gracia, sea antema?
«Y la que decís, Señor, que nos importa poco saber si hay gracias suficientes, o si son todas eficaces, ¿es también nueva? ¿Acaso no está contenida en el concilio segundo de Orange, capítulo XXV? Estas son, Señor, las palabras de este concilio, por las que veréis, si no las propias palabras de gracias suficientes, por lo menos la equivalencia del sentido: Hoc etiam secundum fidem catholicam credimus, quod, aaccepta per baptismum gratia, omnes baptizati, Christo auxiliante et cooperante, quae ad salutem pertinent possint et debeant, si fideliter laborare voluerint, adimplere (-También creemos según la fe católica que, recibida la gracia por el bautismo, todos los bautizados, con la ayuda y cooperación de Cristo, puedan y deban realizar cuanto se refiere a la salvación, si quisieran trabajar con fidelidad) Y en cuanto a lo que decís que nos importa poco saberlo, os ruego, Señor, que me permitáis deciros que me parece que es de gran importancia que todos los cristianos sepan y crean que Dios es tan bueno, que todos los cristianos pueden, con la gracia de Jesucristo, operar su salvación; que les da los medios por Jesucristo, lo cual manifiesta y magnifica la bondad de Dios.
«No se puede tampoco decir que es nueva la opinión de la Iglesia que cree que todas las gracias, ya que el hombre las puede rechazar: c. IV, De justificacione.
«Decís que Clemente VIII y Paulo V han prohibido que se discuta de las cosas de la gracia. –Os diré, Señor, que eso se entiende de las cosas que no están determinadas, como las que acabo de decir, y de las otras que no están determinadas por la Iglesia. ¿Por qué lo ataca Jansenio, y en tal caso no es de derecho natural defender a la Iglesia y sostener las censuras lanzadas en contra?
«Decís que son materias de escuela. –Es cierto de algunas: y aunque otras lo sean, ¿vamos por eso a callarnos y permitir alterar el gran fondo de las verdades por esas sutilezas? ¿No está el pobre pueblo obligado a creer y, por consiguiente a ser instruido en las cosas de la Trinidad y del Santísimo Sacramento, que son tan sutiles?
«He ahí, Señor, lo que se me ocurre para haceros ver las razones que tenemos de declararnos en este encuentro frente a esas opiniones nuevas contra las cuales no veo sino dos, de las cuales una es motivo de temer que al pensar detener ese torrente de las nuevas opiniones, más se calientan los espíritus; -a lo que contesto que si así fuera, no habría que oponerse a las herejías, a los que nos quieren quitar la vida o los bienes, y que el pastor haría mal en gritar al lobo, cuando está cerca de entrar en el redil; la otra es la de la prudencia, que es puramente humana, por fundarse en el ¿qué dirán? Nos haremos enemigos… -Oh Jesús, Señor, ya no faltaba más que los Misioneros no defiendan los intereses de Dios y de la Iglesia por motivos tan baladíes y miserables, que arruinan los intereses de Dios y de su Iglesia, y que llenan los infiernos!»
con esta convicción y este ardor iba Vicente a entregarse a la buena causa: convicción de la fe, ardor de la caridad ya que, al finalizar su segunda carta decía a d’Horgny: «Me voy a celebrar en este momento la santa Misa, a fin de que dios os conceda conocer las verdades que os digo y por las que estoy preparado a dar mi vida.» Con esta espontaneidad, bajo este impulso totalmente personal, se lanzaba a la arena. Ya se decía que otros le soplaban sus pensamientos, otros le dictaban sus palabras, le componían sus cartas. Éstos otros eran los jesuitas, los autores de todo mal! Barcos, en su Défense, hará de ello, contra él y contra Abelly, el objeto de interminables proclamas. Los jesuitas, se decía, suministraban a Vicente memorias calumniosas, y le pasaban sus cartas encolerizadas que él no tenía otra cosa que endosar y lanzar contra los obispos. No se reconoce en ellas, efectivamente, se pretenderá, ni su carácter ni su estilo. Y ésa es una de las razones por las que era bueno citar casi por completo estas dos cartas a d’Horgny, escritas antes de los grandes debates y de las grandes intrigas de la pretendida cábala jesuítica. En estas dos cartas, las más largas, las más razonadas, que haya escrito jamás al menos a propósito del jansenismo, Vicente se deja llevar de su propio pensamiento y única inspiración. Y, como para refutar de antemano a Barcos y a los que y a los que se han hecho sus ecos hasta nuestros días, lo dice y lo repite. Pues hemos de creer que d’Horgny mismo, quien se inclinaba a los sentimientos del partido había dicho también con él que su venerado Padre se dejaba indoctrinar, ya que éste escribe todavía: «Ésta es la respuesta , Señor, a vuestra carta (la primera), la que no he comunicado a nadie quienquiera que sea, ni se la comunicaré nunca. Os digo además que no he hablado de ella a quien quiera que sea, y que no me he servido de quien quiera que sea en el mundo en lo que os digo, y que vos lo juzgaréis a la primera por mi estilo pobre y por mi ignorancia que no es poca. Su pobre estilo!» Está sin duda lleno de incorrecciones. Vicente no era mejor escritor que orador; era mucho más que eso. Y con todo, bajo la acción de la fe y de la caridad, se acerca con frecuencia al entusiasmo y a la elocuencia. Es por lo menos, siempre claro, neto, sensato, amable, todas las cualidades que no tenía SC. Por otra parte, ¡disponía de tan escaso tiempo cuando le llegaba el pensamiento, para cuidar su frase! Repite al final de cada una de sus cartas a d`Horgny, que no le ha dado tiempo a leerse, y menos aún de hacerlo revisar, lo que de ordinario conseguía ya que, al comparar los numerosos minutos que le quedan con las cartas enviadas, se ven acertadas correcciones en las copias .
En cuanto a su ignorancia, era mucho menor de lo que él ha dicho y han dicho. Lo que el orgullo hace en la mayoría, la humildad lo hacía en este hombre, el más humilde que haya habido: le cegaba en su inteligencia y su ciencia, como en su virtud. Y es algo lamentable ver a Barcos y a sus ecos tomar al pie de la letra estas humildes confesiones. He ahí porqué también había que citar las dos cartas a d’Horgny. Se han escrito bien gruesos libros sobre el grueso libro de la Frecuente Comunión: nada tan sensato, tan decisivo como las pocas páginas acabadas de citadas de Vicente. ¡Qué bien lo había leído, cómo lo había comprendido en sí mismo y en sus consecuencias! ¡Cómo al primer vistazo y a la primera había caído en la cuenta y había puesto el dedo en la llaga sobre los puntos digamos cardinales, en torno a los cuales gira toda la doctrina del libro! Y sus razones para oponerse al jansenismo, bien deducidas, con que seguridad separa las doctrinas de la doctrina de la Iglesia con la que querían confundirlos! ¡Cómo rasga los vanos pretextos de que se rodeaban para dar ayuda o connivencia al error, y cómo destruye los falsos motivos de este silencio, de esta inacción que el partido reclamaba, en nombre de todas las virtudes cristianas para dotar de seguridad a su obra funesta!
Y es que había estudiado, mucho más de lo que se cree, las dos doctrinas en los libros y en la oración. Se lo confiesa a d’Horgny: «Si hay algo (en su carta) además de eso (de su pobre estilo y de su ignorancia), os confieso, Señor, que he hecho algún pequeño estudio sobre estas cuestiones, y que son el tema ordinario de mis pobrecitas oraciones.» En efecto, en el proceso de canonización el Misionero Antoine Durand ha declarado haberle oído decir en una conferencia a su comunidad: «Hace tres meses que hago mi oración sobre la doctrina de la gracia, y Dios me concede cada día nuevas luces que me confirman que la fe que Nuestro Señor murió por todos, y que quiere salvar a todo el mundo14; » lo que según testimonio de Abelly repitió a personas de confianza, añadiendo que, gracias a Dios, él se añejaba cada vez más de las opiniones peligrosas que han tartado de insinuarse en los espíritus.» Los doctores, entre otros el abate de Marandé, le sometían sus escritos contra el jansenismo, y se referían a su juicio15.
Estos estudios sobre las nuevas opiniones, Vicente los había comenzado muy temprano, y mucho antes de la época en que se quiere que no haya sido más que el eco y el instrumento de los jesuitas. Tenemos de ello el testimonio en un discurso sobre la gracia, escrito de su mano, y probablemente compuesto para la instrucción de los Misioneros o de los miembros de la Conferencia de San Lázaro. Este discurso, anterior a la bula de Inocencio X, ya que no se dice nada en él de las cinco proposiciones, es concluyente a favor de la ciencia y de la acción espontánea de Vicente en la querellas del jansenismo16.
Vicente traza primero el plan de su discurso:
1º Importancia de instruirse bien sobre el litigio que está hoy en la Iglesia sobre el asunto de la gracia.
2º En qué consiste este litigio.
3º Razones de la creencia de la Iglesia.
4º Razones de los adversarios.
5º Medios de confirmarse y perseverar en la antigua creencia de la Iglesia.
Y vuelve sobre cada uno de los puntos de esta división.
1º Motivos de instruirse en el tema propuesto, a saber el peligro de ser arrastrado de otro modo al error y el interés de la salvación.
2º «En qué consiste este diferendo, que es de saber si Dios da a los hombres, yo digo a todos, tanto fieles como infieles, ayudas que nosotros llamamos gracias, para salvarse, y que nosotros podemos abusar de estas gracias para rechazarlas; y que los de las opiniones nuevas sostienen lo contrario, que no hay gracias suficientes dadas a todos, sino solamente eficaces, que no se dan más que a algunos, y que aquellos a quienes se dan no pueden abusar de ellas rechazándolas.»
Y para mejor darlo a entender, el santo busca la historia de las cuestiones de la gracia desde Pelagio hasta Baïus y Jansenio, cuyas opiniones, dice él, «han sido autorizadas por el abate de SC y su partido.»
3º Prueba luego la creencia de la Iglesia por la Escritura, los Concilios, los Padres, y por último por la razón: «Y verdaderamente, exclama el caritativo sacerdote, no sé cómo Dios, siendo una bondad infinita que abre todos los días los brazos para abrazar a los pecadores, Expandi manus meas quotidie… tendría el corazón de negar gracias a todos los que se las pidieran, y se dejara vencer por la bondad de David, que se mostraba solícito por hallar a alguien de la casa de su enemigo para perdonarle.»
Añade que si Dios negara sus gracias a algunas personas, no tendría ya derecho a mandar, ni a castigar: por consiguiente, ningún infierno; que si el hombre no obrara más que por necesidad, no habría mérito: «¿Qué mérito, se pregunta, tiene un forzado en saludar al general de las galeras? Un caballero libre de provincias le hará más honor al saludarle que diez mil forzados.»17 Ningún mérito: por consiguiente, ninguna recompensa, ningún paraíso. Entretanto, y en esta tierra, ninguna obra buena. «Y de ahí procede, en efecto, que uno de los autores de estas hermosas opiniones (SC). Una vez que entró en eso, dejó el ayuno y la abstinencia y no celebró la santa misa que antews celebraba a diario; y que su otro mismo (Arnauld) no ha hecho nunca ningún acto de virtud a la vista de los que le han conocido.»
Después de esta condena tan perentoria, en una boca tan caritativa, de los dos apóstoles del jansenismo en Francia, el santo refuta las objeciones de los sectarios, y compromete a sus oyentes a confirmarse y perseverar en la creencia de la Iglesia.
Sin duda, Vicente no era un doctor de profesión. Para otros, la polémica, los santos libros: eso era particularmente cosa de los jesuitas, siempre armados en guerra contra el error; a él, la acción, pero la acción libre e inteligente. Bajo este punto de vista, nadie ha hecho más contra el jansenismo, y Gerberon ha tenido razón al llamarle:»uno de los más peligrosos enemigos que tuvieran los discípulos de san Agustín»18 Todo lo que sigue del relato probará que nunca se ha merecido más la injuria.
IV. Sus trámites ante los obispos. –Sus cartas.
El proyecto de Vicente era conseguir el mayor número de firmas episcopales en la carta redactada por Habert, con el fin de presentarla en Roma como la voz unánime del episcopado de las Galias, Después de hacer firmar a los obispos presentes en París y a aquellos con quienes tenía relaciones más íntimas, él dirigió a los demás, el mes de febrero de 1651, la carta circular siguiente:
«los malos ejemplos que producen las opiniones de los tiempos han logrado que se resuelvan un buen número de Monseñores los prelados del reino a escribir a N. S. P. el papa para rogarle que se pronuncie sobre esta doctrina. Las razones particulares que los han llevado a hacerlo son: 1º que por este remedio, esperan que muchos se atengan a las opiniones comunes, que sin ello muchos podrían apartarse de ellas; como ha sucedido con todos, cuando se ha visto la censura de los dos jefes, que no son más que uno sólo; 2º y es que el mal pulula porque parece que es tolerado; 3º se piensa en Roma que la mayor parte de los Monseñores obispos de Francia están en estos sentimientos nuevos, e importa dar a entender que hay muy pocos; 4º por fin, que esto está confirme al santo concilio de Trento, que quiere que, si se presentan opiniones contrarias a las cosas determinadas por él, se recurra a los Soberanos Pontífices para ordenar sobre el caso. Y esto es lo que queremos hacer, Monseñor, como veréis por la misma carta, que os envío, en la confianza que tengáis a bien firmarla después de unos cuarenta prelados más que ya la han formado, cuya lista es, etc.»
Esta circular fue recibida con toda la deferencia que el santo sacerdote había inspirado desde hacía tiempo en el episcopado. Casi todos los prelados le remitieron la copia de la carta de Habert revestida de sus firmas. Ante algunos sin embargo tuvo que insistir, o incluso fracasó. El obispo de Luçon, Pierre de Nivelle, no dio respuesta. Vicente, para obedecer al precepto del apóstol: «Insiste a tiempo y a destiempo, exhorta con toda longanimidad»19, escribió por segunda vez, el 23 de abril de 1651:
«Monseñior, hace algún tiempo que me tomo la confianza de enviaros la copia de una carta que la mayor parte de los Monseñores prelados desearían enviar a N. S. P. el Papa para suplicarle que se pronuncie sobre los puntos de la nueva doctrina, a fin de que, si quisierais ser del número, tuvierais a bien firmarla. Y como no he tenido el honor de recibir ninguna respuesta, tengo razones de temer que no la hayáis recibido, o que algún mal escrito que los de esa doctrina han enviado a todas partes, para apartar a nuestros dichos Señores de este proyecto, os haya mantenido en suspenso sobre esta propuesta. Lo que hace, Monseñor, que os envíe una segunda copia, y os suplique, en nombre de Nuestro Señor, que consideréis la necesidad de esta carta, por la extraña división que se provoca en las familias, en las ciudades y en las universidades; es un fuego que se enciende todos los días, que altera los espíritus y que amenaza a la Iglesia con una irreparable desolación, si no se le pone remedio con prontitud.
«En cuanto a esperar a un concilio universal, la situación de los asuntos presentes no permite que se haga; y además sabéis el tiempo que se precisa para reunirlo, y cuánto se necesitó para el último que se ha celebrado. Este remedio está muy distante para un mal tan urgente. ¿Quién pondrá pues remedio a este mal? Es necesario sin duda que sea la Santa Sede, no sólo porque faltan los demás caminos, sino porque el concilio de Trento, en su última sesión, le remite la decisión de las dificultades que nacerán respecto de lo que ha decretado. Pues bien, si la Iglesia se encuentra en un concilio universal canónicamente reunido, como aquél, y si el Espíritu Santo conduce a la misma Iglesia, como no se permite dudarlo, ¿por qué no se seguirá la luz de este Espíritu, que declara cómo es necesario comportarse en estas ocasiones dudosas, que es de recurrir al Soberano Pontífice? Esta única razón, Monseñor, hace que os cuente en el número de los sesenta prelados que han firmado ya esta carta, sin otro plan que una simple propuesta, aparte de otros muchos que la deben firmar.
«Si alguno pensara que no se debe declarar tan pronto en una materia de la que debe ser el juez, se le podría responder que, por las razones dadas, no de be haber concilio y que, por consiguiente no puede ser testigo en él. Pero supongamos lo contrario, el recurso al papa no sería un impedimento, pues los santos le escribieron en otros tiempos contra las nuevas doctrinas, y no han dejado de asistir como jueces en los concilios donde fueran condenadas.
«Si por casualidad replicara que los papas imponen silencio, en esta materia, no queriendo que se hable de ella, que no se discuta, ni se escriba, se les podría decir también que eso no se debe entender con respecto al Papa, quien es el jefe de la Iglesia, con quien todos los miembros deben tener relación, pero que es él a quien debemos recurrir para estar seguros en las dudas y en las agitaciones. ¿A quién pues nos podríamos dirigir, y cómo sabría Su Santidad las confusiones que surgen si no se le informa para que las remedie?
«Si algún otro temiera, Monseñor, que una respuesta tardía o menos decisiva de nuestro Santo Padre diera alas a los adversarios, yo podría asegurarle que el Sr. nuncio ha dicho que tiene noticias de Roma que una vez que Su Santidad tenga una carta del rey, y otra de la gran parte de nuestros Srs. los prelados de Francia, ella procederá sobre esta doctrina. Pues, existe resolución por parte de Su Majestad de escribir; y el Sr. nuestro primer presidente ha dicho también que, con tal que la bula de la Santa Sede haga constar haber sido dada por la inquisición de Roma, será recibida y verificada en el parlamento.
«Pero ¿qué se ganará, dirá un tercero, cuando el Papa se haya pronunciado, y los que sostienen estas novedades no se sometan¿ -Eso podrá ser verdad de algunos, que han sido de la cábala del difunto Sr. de SC, quien no sólo no tenía disposición de someterse a las decisiones del Papa, que ni siquiera creía en los concilios. Ya lo sé, Monseñor, por haberlo practicado mucho, y ellos se podrán obstinar como él, cegados por en sus sentimientos; mas, en cuanto a los demás, que no los siguen más que por el tractivo que sienten por las cosas nuevas o por algún lazo de amistad o de familia, o porque piensan hacer bien, habrá pocos que no se retiren antes que rebelarse contra su propio y legítimo Padre. Hemos visto la experiencia en esto con ocasión del libro de los Dos Jefes y del catecismo de la Gracia; ya que tan pronto como fueron censurados, ya no se ha hablado más de ello.. y por lo tanto, Monseñor, es muy de desear que tantas almas sean desengañadas de lo demás, como lo han sido de eso, y que se evite lo antes posible que otras entren en una facción tan peligrosa como ésta. El ejemplo de un tal Labadie20 es una prueba de la maldad de esta doctrina.
Es un sacerdote apóstata, que pasaba por gran predicador, el cual, después de hacer muchos estragos en Picardía y luego en Gascuña, se hizo hugonote en Montauban; y, por un libro que escribió de su pretendida conversión, declara que, habiendo sido jansenista, la doctrina que ahí se tiene es la misma creencia que ha abrazado. Y en fecto, Monseñor, los ministros se glorían en sus prédicas hablando de esas gentes que la mayor parte de los católicos están de su lado y que pronto se harán con el resto21. Así las cosa, ¿qué no se debe hacer para apagar este fuego que da ventaja a los enemigos jurados de nuestra Religión? ¿Quién no se arrojará contra este pequeño monstruo que empieza a desgarrar la Iglesia y acabará por desolarla, si no se lo ahoga en su nacimiento? ¿Qué no querrían haber hecho tantos valientes y santos obispos que son en este momento, si hubieran estado en el tiempo de Calvino? Ahora se ve la culpa de los de aquel tiempo, que no se opusieron con todas fuerzas a una doctrina que debía causar tantas guerras y divisiones. También había por entonces mucha ignorancia; pero hoy que Nuestros Señores los Prelados son más sabios, se muestran también más celosos. Tal es Monseñor de Cahors, quien me escribió últimamente que le habían enviado un libelo difamatorio contra dicha carta. «Es, dice él, el espíritu de herejía que no puede sufrir las justas correcciones y reprimendas, y se arroja incontinente con violencia las calumnias. Ya estamos en la pelea, a donde siempre he creído que debíamos estar.» Y como le había pedido que se cuidara, a causa de un accidente que le había ocurrido: «Os aseguro (me dice) que lo haré, aunque no fuera más que para encontrarme en el combate que preveo tendremos que tener; y espero con la ayuda de Dios que venceremos. » Esos son los buenos sentimientos de este buen prelado. No se esperan otros de vuestra parte, Monseñor, que anunciáis y hacéis anunciar en vuestra diócesis las opiniones comunes de la Iglesia y que, sin duda, os complacerá suplicar que nuestro Santo Padre mande hacer lo mismo en todas partes, para reprimir estas opiniones suevas que simbolizan tanto con los errores de Calvino. Va en ello la gloria de Dios, la tranquilidad de la Iglesia y, me atrevo a decir, de la del Estado; lo que vemos más claramente en París que no se puede imaginar en otras partes sin ello, Monseñor, yo no os hubiera importunado con un discurso tan largo. Suplico muy humildemente a vuestra bondad que me perdone, ya que es ella la que me ha hecho tomarme esta confianza, etc.»
La víspera misma del día en que esta carta partió para Luçon, Vicente recibía una de Pavillon y de Gaulet, obispos de Alet y de Pamiers. Estos dos obispos no tenían aún en común con el jansenismo más que una inclinación, real y práctica entre ellos, a las doctrinas severas defendidas por la secta. No obstante, Pavillon, más austero todavía que su amigo, se había dejado ya iniciar por los sectarios. Algunos años antes, Ferret, párroco de San Nicolás, habiendo realizado un viaje a Alet, había regresado lleno de prejuicios favorables al jansenismo, de los que le libró Vicente mismo22. Pavillon gustaba todavía las obras del partido, y se hacía leer en la mesa la Frecuente Comunión o las Cartas del abate de SC. Pero durante el tiempo de las visitas frecuentes que le hacía el obispo de Pamiers, interrumpía esta lectura que éste no podía aguantar23. Estos dos prelados se entendieron para responder a Vicente. se negaban a suscribir la carta al Papa, pero únicamente por un falso amor a la paz, ya que se opusieron el mismo rechazo a la propuesta de los once obispos opositores.
«Hace mucho tiempo, decían en sustancia, que nos duelen las divisiones que afligen a la Iglesia. Nosotros habríamos respondido antes a la carta que habéis querido escribirnos24, si hubiéramos creído que el asunto sobre el que se deseaba nuestra resolución pedía muchos consejos y oraciones. Vamos a declararos lo que pensamos, con la sencillez y el desinterés del que vos nos habéis dado tantos ejemplos. Nosotros creemos pues que no existen apariencias de que en una agitación tan viva, y que los dos partidos creen justa, el espíritu de Dios, que es un espíritu de paz, encuentre bastante docilidad en los corazones para operar en ellos una perfecta reunión. Aunque respetemos el camino que se nos ha propuesto de pedir a la Santa Sede la decisión de las cuestiones principales de una doctrina que se juzga sospechosa, con todo nos parece importante que los obispos no se muestren sospechosos ni odiosos a ningún partido declarándose a favor de uno o del otro, con el fin de poder a su tiempo mediar más cómodamente la paz por la confianza que todos tendrán motivos de tener en ellos. Habiendo sido invitados por otros muchos obispos a querer firmar una carta escrita al Papa, contraria a la que vos nos habéis enviado, nosotros tememos, otorgando a unos lo que hemos negado a los otros, contribuir a un cisma que, en materia de doctrina y entre personas de tanto peso, puede producir grandes males y dar ocasión de burla a los libertinos y a los herejes, y de escándalo a los buenos católicos. La guerra y las divisiones que afligen al Estado y la cristiandad son un motivo más que nos hace temer que una bula dada en una estación tan agitada de disturbios, pueda cumplir con todas las formalidades necesarias y exaspere más los males en lugar de suavizarlos. No es que vayamos a querer que se continúe disputando y desgarrándose unos a otros, sino más bien que se tome una solución para restablecer la concordia. Nos parecería pues, Señor, más oportuno trabajar por unirnos todos para pedir a la Santa Sede que, ya que por nuestros pecados los hombres no están dispuestos a tratar las cosas pacíficamente, tenga a bien enviar una bula que prohíba, bajo gravísimas penas, a toda persona, de cualquier rango y condición que sea, agitar las cuestiones del tiempo en las cátedras y en las escuelas, por escrito y de viva voz, en público y en particular, hasta que juzgue el tiempo más oportuno para decidirlas; y que orden entre tanto a los obispos usar de censuras y de otras vías razonables para hacerla observar inviolablemente a todo el mundo. Es el comportamiento que hemos creído más conveniente en el estado presente de las cosas. Por lo demás, os aseguramos ante Dios que nosotros conservaremos con amor el recuerdo y el agradecimiento de las obligaciones singulares que tenemos a la gran caridad que habéis ejercido para con nosotros durante tantos años, etc. »
Pues bien esta neutralidad de mala ley que coloca en la misma línea a la verdad y al error, y que, demasiado practicada, en el siglo XVII, por algunos de los más santos y más grandes, ha hecho la fortuna del partido. Pues bien por este falso amor por esta paz engañadora, concedida varias veces a los herejes y siempre violada por ellos; paz que, en su pensamiento, no era más que el desarme para sus adversarios, y para ellos la libertad de difundir sus doctrinas.
A las razones alegadas por los obispos de Alet y de Pamiers a favor de esta política peligrosa, respondió Vicente con esta carta;
«Monseñores, he recibido, con el respeto que debo a vuestra virtud y a vuestra dignidad, la carta que me habéis hecho el honor de escribirme a finales del mes de mayo, como respuesta a las mías sobre el tema de las cuestiones del tiempo, en la que veo muchos pensamientos dignos del rango que ocupáis en la Iglesia, que parecen inclinaros a optar por el partido del silencio en las conversaciones presentes. Pero yo no dejaré de tomarme la libertad de expresaros algunas razones que tal vez puedan llevaros a otros sentimientos, y os suplico Monseñores, prosternado en espíritu a vuestros pies, que lo aceptéis de buen grado.
«Y en primer lugar, sobre el temor que declaráis que el juicio que se desea de Su Santidad no sea recibido con la sumisión y obediencia debidas a la voz del soberano Pontífice, y que el espíritu de dios no encuentre suficiente docilidad en los corazones para operar en ellos una verdadera reunión, yo os manifestaría con buena voluntad que, cuando las herejías de Lutero y de Calvino, por ejemplo, comenzaron a aparecer, si se hubiera esperado a condenarlas hasta que sus sectarios hubiesen dado muestras de estar dispuestos a someterse y a reunirse, estas herejías estarían todavía en el número de las cosas indiferentes de seguir o de dejar, y habrían infectado a más personas de lo que han hecho. Si pues estas opiniones, de las que vemos los efectos perniciosos en las conciencias, son de esta naturaleza, esperaremos en vano que los que las siembran se pongan de acuerdo con los defensores de la doctrina de la Iglesia: porque esto es lo que no hay que esperar, y lo que no ocurrirá nunca, y diferir obtener su condena de la Santa Sede es darles tiempo de extender su veneno, y es también robar a muchas personas de condición y de piedad el mérito de la obediencia que han protestado dar a los decretos del Santo Padre, cuando los vean: no desean saber más que la verdad y esperando el efecto de este deseo permanecen siempre de buena fe en ese partido, que así lo incrementan y fortifican por este medio, habiéndose adherido a él por apariencias del bien y de las reformas que predican, que es la piel de oveja de que se han cubierto siempre los verdaderos lobos para abusar y seducir a las almas.
«En segundo lugar, lo que decís, Monseñores, que el calor de los dos partidos en sostener su opinión deja poca esperanza de una perfecta reunión, a la que sin embargo habría que llegar, me obliga a responder que no existe otra reunión que hacer en la diversidad y contrariedad de los sentimientos en materia de fe y religión, que acudiendo a un tercero, que no puede ser más que el Papa, a falta de los concilios; y que el que no se quiere reunir en esta materia no es capaz de ninguna reunión, la cual fuera de aquello no es de desear siquiera: pues las leyes no se deben nunca reconciliar con los crímenes, ni juntar la mentira con la verdad tampoco.
«En tercer lugar, esta unidad que deseáis entre los prelados sería bien de desear, con tal que fuera sin perjuicio de la fe: ya que no se necesita unión en el mal ni en el error, sino aun cuando esta unión se debiera hacer, tocaría en la menor parte volver a la mayor, al miembro reunirse con la cabeza, que es lo que se busca, y teniendo al menos de las seis partes las cinco, que se han ofrecido a atenerse a lo que diga el Papa, a falta del concilio, que no se puede reunir por las guerras; y cuando después de todo, aún quedara división y, si queréis, cisma, habría que echar las culpas a los que no quieren juez, ni acudir a la mayoría de los obispos, a los que no se adhieren tampoco más que al Papa.
«Y de ahí se forma una cuarta razón, que sirve de respuesta a lo que tenéis a bien decirme, Monseñores, que uno y otro partido cree que la razón están de su parte; lo que yo concedo. Pero sabéis muy bien que todos los herejes han dicho otro tanto, y que eso no los ha preservado de la condena ni de los anatemas que les han fulminado los Papas y los concilios; no se ha visto que la reunión con ellos fuera un medio de curar el mal; al contrario se les ha aplicado el fuego y la espada, y a veces demasiado tarde, como podría suceder aquí. Es verdad que un partido acusa al otro, pero existe esta diferencia, que uno pide jueces y el otro no, que es una mala señal. No quiere remedios por parte del Papa, repito, porque sabe que es posible; y simula pedir el del concilio, porque lo cree imposible en el estado actual de las cosas; y si creyera que fuese posible, lo rechazaría igual que ha rechazado el otro. Y esto no será, a mi parecer, un asunto de burla a los libertinos y herejes, no más que de escándalo a los buenos, al ver a los obispos divididos: ya que además de que el número de los que no hayan querido suscribir las cartas escritas al Papa sobre este asunto será muy pequeño, no tenía nada de extraordinario que todos no fueran de la misma opinión en los antiguos concilios; y esto demuestra también la necesidad de que el Papa lo conozca, ya que como vicario de Jesucristo es la cabeza de toda la Iglesia, y por consiguiente el superior de los obispos.
«En quinto lugar, no se ve que la guerra que asola a casi toda la cristiandad impida que el Papa juzgue con todas las condiciones y formalidades necesarias prescritas por el concilio de Trento, en las cosas que se refieren plenamente a Su Santidad, a la que muchos santos y antiguos prelados han consultado ordinariamente y reclamado en las dudas de la fe, incluso en reuniones, como lo vemos en los santas Padres y en los anales eclesiásticos. Ahora, lejos de anticipar que un fracaso en aceptar su juicio es algo que se presume o se teme, es más bien un medio de discernir por ahí a los verdaderos hijos de la iglesia de los pertinaces.
«En cuanto la remedio que proponéis, Monseñores, de prohibir seriamente a uno y otro partido, os suplico muy humildemente que consideréis que ya se ha ensayado inútilmente, y no ha servido sino para dar alas al error: pues viendo que era tratado a la par con la verdad , se ha tomado este tiempo para proliferar; y costó demasiado desarraigarlo, visto que esta doctrina no está tan sólo en la teoría, sino que se mezcla con la práctica, las conciencias no pueden ya soportar la confusión y la inquietud, que nace de esta duda que se forma en el corazón de cada uno, a saber si Jesucristo murió por él, y otras parecidas. Se ha visto por aquí a gente, las cuales, al oír de otras que decían a moribundos, para consolarlos, que tuviesen confianza en la bondad de Nuestro Señor que había muerto por ellos, decían a los enfermos que no confiasen en eso, porque Nuestro Señor no había muerto por ellos.
«Permitidme también, Monseñores, que añada a estas consideraciones, que los que hacen profesión de la novedad, viendo que se siente miedo de sus amenazas, las aumentan y se preparan a una fuerte rebelión; se sirven de vuestro silencio como de un argumento poderoso en su favor, y hasta presumen, en un impreso que publican de sois de su opinión; y por el contrario, los que se mantienen en la sencillez de la antigua creencia, se debilitan y se desaniman, viendo que no se los apoya universalmente. ¿Y no les dolería en alma si un día, Monseñores, sus nombres hubieran servido, aunque contra vuestras intenciones que son muy santas, para confirmar a unos en su terquedad y debilitar a los otros en sus creencias?
«En cuanto llevar el asunto a un concilio universal, ¿cómo poder convocar uno durante estas guerras? Transcurrieron unos cuarenta años desde que Lutero y Calvino comenzaron a revolucionar la Iglesia hasta la celebración del concilio de Trento. Según eso, no hay otro remedio más pronto que el de recurrir al Papa, a quien el concilio de Trento mismo nos remite en su última sesión, en el último capítulo, del que os envío un extracto.
«De nuevo, Monseñores, no se ha de temer que el Papa no sea obedecido, como es bien justo, cuando se haya pronunciado; ya que aparte de que esta razón de temer la desobediencia habría tenido lugar en todas las herejías, las cuales, por consiguiente, convendría dejar reinar impunemente, tenemos un ejemplo muy reciente en la falsa doctrina de las dos pretendidas cabezas en la Iglesia, que habría salido de la misma tienda, la cual habiendo sido condenada por el Papa, se ha obedecido a su juicio, y no se habla más de esta nueva opinión.
«Por cierto, Monseñores, todas estas razones que conocéis mejor que yo, que quisiera oírlas de vosotros, a quienes reverencio como a mis padres y como a los doctores de la Iglesia, han hecho que queden actualmente pocos prelados en Francia que no hayan formado la carta que se os había propuesto anteriormente.»
Si esta carta no tuvo sobre los dos obispos un efecto directo e inmediato, contribuyó al menos a mantenerlos por algún tiempo en la sumisión a los decretos de la Santa Sede. Pero, a pesar de este fracaso parcial, Vicente lo consiguió, en sus trámites ante todos los obispos del reino25. En muy poco tiempo, sintió el gozo de ver la carta de Habert, u otra redactada sobre este modelo26, suscrita por unos ochenta y ocho obispos, es decir por la inmensa mayoría del episcopado francés. Los otros, o se callaron como Pavillon y Gaulet o escribieron una contra-carta al Papa . Éstos último no fueron más que once; y además muchos de ellos defendían menos al jansenismo de lo que le desaprobaban el modo de consulta empleado por sus colegas27.
V. Debates en Roma. –Papel de Vicente. –Condenadas las cinco proposiciones.
Abandonado por el episcopado, el partido resolvió defenderse por sí mismo en Roma. Había ya un agente a la espera; pero en una circunstancia tan crítica, creyó que necesitaba refuerzos para su abogado, y le envió a otros tres doctores, a la cabeza de los cuales, puso a Saint-Amour. Como carta de embajada, Saint-Amour, llevaba la carta de los obispos opositores.
A los tres doctores jansenistas, Vicente, informado pronto de su punto de partida, quiso oponer a tres doctores ortodoxos y, con el concurso de Olier y de Bretonvilliers que compartieron con él los gastos del viaje y de estancia en Roma, mandó salir a Hallier, Joisel y Lagault, quienes, por lo demás, se habían ofrecido para cumplir esta gran misión. Los tres eran doctores de Sorbona, de los más hábiles de la Facultad y, además, muy unidos a Vicente. También de él recibieron las instrucciones, y es a e´l a quien darán cuenta de sus gestiones. Por su parte, Vicente no descuidó nada para secundarlos, bien en Francia bien en Italia, Les consiguió ante todo cartas de la corte, y los recomendó a aquellos de sus sacerdotes que estaban destinados en Roma.
Ya era hora de que llegaran. El sedicioso Saint-Amour se esforzaba en persuadir a los dominicos de que no odiaban menos a la gracia eficaz de los tomistas que a la de Jansenio; les causaba miedo de los jesuitas, de los molinistas, los únicos que, hasta entonces hubieran actuado en Roma . Por lo demás, él y sus colegas, siguiendo la eterna táctica de la secta, no cesaban de repetir que no eran Jansenistas, que querían defender, no a Jansenio, sino la gracia de Jesucristo; que después de todo, el jansenismo no era más que un fantasma. Para dibujar bien las posiciones y fijar el debate, los doctores católicos declararon, por su lado, que no odiaban más que a Jansenio, quien desde hacía diez años perturbaba a toda la Iglesia28.
El asunto se había entablado bien. El magistrado de Valencay, embajador de Francia, con la orden que había recibido del rey y de la reina-madre, secundaba la buena causa. Los doctores echaban de menos solamente que el rey, en lugar de contentarse con escribir a su ministro y al cardenal Barberini, no se hubiera dirigido al Papa mismo, como había hecho el rey de Polonia. Vicente solicitó, en efecto, nuevas cartas de la corte29, esperando que el ejemplo del monarca arrastraría consigo a los príncipes de la sangre a una gestión parecida.
Éstos parecían bien dispuestos. El príncipe de Condé, padre del vencedor de Rocroy,, ya de vuelta de SC, si alguna estuvo a favor de él, estaba comprometido en el partido de la ortodoxia, y se mostraba no sólo lleno de fuego, sino lleno de luces contra los errores de Jansenio30. Es lo que nos dice una carta de Raconis31 a Vicente, que había llevado al obispo Lavaur, con muchas más personas de erudición y de piedad a escribir contra el Augustinus y le ayudaba con sus consejos en este asunto: «El príncipe de Condé, continuaba Raconis, me ha animado con todas sus fuerzas a continuar mi trabajo y a secundar vuestro celo por la defensa de la Iglesia de lo que yo le he hablado largo y tendido y de lo que él ha quedado encantado. Me ha encarecido dos cosas: la primera ver al Sr. nuncio, y decirle de su parte que le agradaría poder verle en alguna iglesia para hablarle de este asunto, y mostrarle la necesidad absoluta que tiene por la Iglesia y por el Estado de responder a este autor; lo que yo he realizado al punto, y he visto al Sr. nuncio, quien se ha avenido, después de una negociación bastante larga que yo le enviaría un catálogo de loas errores de Jansenio que fueron condenados en otro tiempo por los concilios o por los papas: cosa que he prometido hacer. De allí regresé a casa del Sr. Príncipe, que se sintió muy satisfecho de esta resolución, y me ha asegurado que se la expondrá como se merece a la reina y al Sr. cardenal Mazarino, y me ha renovado el segundo encargo que me había hecho de aseguraros de su celo en este asunto, con el fin de presentarlo conjuntamente con vos.»
No es probable sin embargo que las gestiones de Vicente en la Corte hayan llevado al rey a escribir nuevas cartas. Además, se estaba en plena guerra. Toda la atención se dirigió hacia ese lado, y se pensó poco por entonces en las querellas teológicas. En la carta antes citada del 21 de junio de 1652, Vicente escribe, en efecto: «Se habla muy poco ahora de estas cuestiones; es quizás porque las agitaciones de la guerra ocupan todas las mentes, y las miserias del tiempo comienzan a hacerse sentir.» Los jansenistas solos continuaban removiendo, y haciendo circular escritos clandestinos, una copia de los cuales se enviaba siempre a San Lázaro. Pero el piadoso y caritativo sacerdote, a la par que persistía en animar y sostener a los negociadores de Roma, no se empleaba en París más que en desarmar a Dios con sus oraciones y en aliviar las miserias espantosas, que todas veían en él como a su Providencia.
Abandonados a su celo, los diputados ortodoxos no disminuyeron sus esfuerzos. Necesitaban ánimos. Los jansenistas sólo buscaban dar largas al asunto, y abusaban de la lentitud ordinaria de la curia de Roma, esperando la muerte de un papa más que octogenario. Queriendo exasperar a los diputados católicos ya cansados por una temporada larga y dispendiosa, los hostigaban con sus contradicciones y calumnias, con sus argucias y sus mentiras. ¡Eso era la piedad y rigorismo del partido! A eso añadían la impudencia de presentarse como víctimas; se quejaban de que no se les quería escuchar, que les rechazaban sus memorias, etc. ¡Nuevas mentiras! Desde hacía un año entero, tenían la libertad de informar en cada momento a los consultores y a los cardenales, de viva voz y por escrito, y se les comunicaban los escritos de sus adversarios. Se había llegado hasta concederles dos, tres, cuatro, cinco audiencias ante los cardenales, cuantas fueran necesarias, y las rechazaron. Pues, una vez más, todo su plan era de ganar tiempo e impedir la bula de condena.
Pero nada cansaba la paciencia y el ánimo de los diputados ortodoxos, resueltos, escribían a Vicente de Paúl, a dar su sangre por la buena causa. Cosa más admirable, nada fatigaba tampoco la firmeza de Inocencio X. Después de más de veinticinco congregaciones, celebradas por los cardenales, quiso que se celebraran otras diez más en su presencia. A pesar de sus ochenta y un años, se complacía en permanecer hasta cuatro y cinco horas, y las hubiera prolongado aún más, sin la compasión que le producían los teólogos, que no podían ya seguir de pie. Seguía y entendía a maravilla todas las discusiones y, ante sus familiares y parientes, no sabía hablar de otra cosa. Por la noche, conferenciaba todavía con el cardenal Chigi, secretario de Estado. El propio Chigi prefería dedicar la noche a sus despachos a perderse una congregación. los cardenales imitaban un celo tan hermoso. Una providencia manifiesta empujaba a los hambres y a las cosa a una conclusión feliz.
Ante estas noticias, Vicente daba gracias a Dios y bendecía a los diputados fieles. El 20 de diciembre de 1652, escribía a Hallier:
«Doy gracias a Dios por el feliz progreso que da a vuestra diligencias de ahí; os agradezco con toda humildad por la bondad que mostráis en escribirme. Os aseguro, Señor, que no recibo gozo más grande que el que me traen vuestras cartas, y que no pido a Dios con mayor ternura en el mundo otra cosa como lo hago por usted y su asunto. También sus divina bondad me trae una buena esperanza que pronto devolverá la paz a su Iglesia, y que debido a vuestros esfuerzos, la verdad será reconocida y vuestro celo exaltado ante Dios y los hombres. Es lo que seguimos pidiéndole. Hágame saber, por favor, sus queridas noticias.»
El asunto llegaba a su fin, cuando los jansenistas de París, informados de su próxima derrota, enviaron a Roma nuevos diputados, entre los cuales estaba el famoso P. Des Mares, el más terrible campeón de la secta, en el que tenían puestas todas sus esperanzas.
Apenas llegados a Roma, Des Mares y sus compañeros obtuvieron, por el embajador de Francia, una audiencia del papa. Pidieron nueva comunicación de los escritos dados por ambas partes, y le derecho de disputa con sus adversarios. «No se trata de los escritos ni de la persona de unos y otros, respondió sensatamente el papa, sino del libro de Jansenio, en adelante suficientemente examinado. Mi predecesor Clemente VIII autorizó las disputas; también no concluyó nada; yo quiero concluir, yo las prohíbo.» Y los invitó tan sólo a exponer sus sentimientos en una gran asamblea. Fue preciso someterse a este orden. En esta circunstancia solemne, el P. Des Mares, del que Boileau dijo: Des Mares en Saint-Roch no habría predicado mejor, desplegó toda su facundia: «No me cansaré nunca de decir, refiere Saint-Amour en su Journal32, que yo nunca he oído al P. Des Mares predicar mejor en París, de lo que habló en esta ocasión. Es decirlo todo a gente que ha tenido bastante suerte de oír anteriormente algunas de sus predicaciones. Por último, habló hasta que al llegar la noche, le fue imposible leer los textos de que estaba provisto, y le dijeron, a pesar del encanto de su elocuencia, que ya había hablado suficiente. Puso no obstante en manos del papa cinco o seis manos de papel donde exponía sus ideas.»
Este prolongado y bonito discurso no fue más que una interminable declamación contra la sociedad semi–pelagiana de los jesuitas, culpable, decía Des Meres, de más de cincuenta herejías, y en favor de san Agustín y de la gracia eficaz. Después de los cual, se vio, dice el P. Annat haciendo alusión a un epigrama de Marcial, que no había comenzado a hablar todavía de las tres cabras33. Y no es sólo a través de los jesuitas como lo sabemos, sino por el mismo papa, según Lagault34. Los jesuitas, siempre los jesuitas! Pues, de los trece consultores en el asunto de las cinco proposiciones, uno sólo era jesuita, el cual se mostró tan moderado, que los jansenistas se felicitaron por ello y se aprovecharon. Los jesuitas no fueron consultados en esta circunstancia por la excelente razón que no tenían ningún crédito ante Inocencio X, quien se servía de ellos bastante poco, y no tenía entre sus preferencias a ningún miembro de la compañía, como lo confiesa Saint-Amour, p. 432 de su Journal.
Fuera la que fuese la elocuencia del P. Des Mares. Inocencio X dio por suficiente esta muestra y se negó a nuevas discusiones en una segunda audiencia. Habiéndose percatado de su plan, se había resuelto a dar un paso más. Una mañana, se encomendó a Dios, llamó a uno de sus secretarios y le dictó la Bula Cum occasione en una mañana. Para no herir susceptibilidades francesas y prepararle más fácil recepción, recortó las cláusulas ordinarias de estilo, la mandó fijar en seguida en el campo de Flore, y ese mismo día, 9 de junio de 1653, la envió a Francia con un breve particular para el rey y otro para los obispos. Hallier, Joisel y Lagault, debieron quedarse en Roma por orden de los cardenales, hasta que se tuvieran noticias de la acogida de la bula en Francia.
Los diputados católico fueron en seguida a dar las gracias a Inocencio X, quien queriendo recompensar su celo en la persona de su jefe y realizar de alguna manera la esperanza profética de Vicente, ofreció a Hallier el obispado de Toul y, al negarse, le dio un priorato en Bretaña, esperando hacerle obispo de Cavaillon, ordenó también a su datario que diera los primeros beneficios vacantes a Joisel y a Lagault. Se mostraba entonces menos generoso con el partido contrario: rechazaba bulas a un signatario de Augustinus, mandaba deponer a un general de orden favorecedor de los jansenistas, exiliaba o mandaba reprender a los religiosos sospechosos a favor de la doctrina condenada.
Concedió sin embargo una audiencia a los diputados jansenistas. Éstos le agradecieron su declaración y prometieron con lágrimas en los ojos someterse. Pero al mismo tiempo decían en Roma que no estaban condenados ni Jansenio tampoco, y muy pronto les oiremos defender en Francia esta tesis absurda e hipócrita35.
- Wateble, hermano del célebre Vatable, de quien se ha alterado así el nombre.
- Extrait des 18 tomos en folio sobre el jansenismo, Man. del Arsenal, I, 39.
- Extracto de los 18 tomos, Mns., del Arsenal, p. 40.
- Era también la idea del protestante Schoell, quien, por una feliz sustitución,, quería que el libro llevara por título, no ya de, sino contra la frecuente comunión.
- Citada anteriormente.
- Éste es el texto mismo de Arnauld: «Hay almas que estarían encantadas de poder testimoniar a Dios el dolor y el pesar que les quedan por haberle ofendido difiriendo su comunión hasta el final de su vida.» –»La humildad y confusión interior que acompañan el retraso de la comunión satisface más a Dios que toda clase de obras buenas, cuando van separadas de esta confusión que nace de la separación del cuerpo de Jesucristo.»
- Más tarde, Bossuet se hará eco de estas palabras de san Vicente de Paúl, cuando se queje «de estas nuevas máximas sobre la comunión, que no hacen sino agobiar los corazones, perturbar las buenas conciencias y separar de la comunión (Carta del 6 de setiembre de l697);» cuando responda a una religiosa de Jouarre a propósito de confesores que, apoyándose en la autoridad de los Padres citados por Arnauld, retiraban a las mejores almas de la comunión: «Yo pondré remedio a este desorden y no permitiré que se establezcan con ello falsos y excesivos rigores. Los que reúnen con tantos cuidados las sentencias rigurosas de los Padres, se sorprenderían mucho al ver aquellas que dicen que la multiplicidad de los pecados, entiéndase de los veniales, lejos de ser un obstáculo a la comunión, es una razón para acercarse a ella.» Obras, t. XXXIX, p.673.)
- En toda la correspondencia del bueno de san Vicente de Paúl, no se encontraría otro ejemplo de esta vivacidad, de este movimiento irónico.
- Arnault confundía la penitencia pública de los primeros siglos con la penitencia sacramental, la absolución exterior dada entonces al pecador después de largos años de expiación, con la absolución secreta que nunca de era negada, desde que manifestaba suficientes disposiciones, como lo demuestra el P. Petau en su sabio tratado de la Penitencia pública.
- San Gregorio Magno. –Alusión a un texto traducido infielmente por , y más infielmente aplicado por Arnauld.
- El marido de la Sra. de Choisy era canciller del duque de O rléans, quien por entonces estaba en Blois, pero cuyos asuntos se tenían en Luxemburgo.
- Manuscritos de Conrart, in-fol., t. XI, p. 279, Bibli. del Arsenal. Nos detenemos prudentemente ante un rasgo que no haría los honores al rigorismo de d’Andilly.
- Expresión muy exacta, según lo que hemos dicho de la participación de SC y de los Port-Royalistas en el libro de la Frecuente Comunión. ¿A quién pertenecía a fin de cuentas? Nadie lo podrá decir. Era la obra de la secta; y por eso Vicente lo llama en otra parte el Libro de Jansenius.
- Summ., nº 21, p. 52.
- Summ., ibid.
- Debemos comunicación de este discurso a la cortesía del Sr. Laverdet. Completó nueve páginas y media in-folio, a medio margen, formato de agenda.
- Es ésa una comparación del capellán general de las galeras.
- Hist, géner. du jans., t. I, p. 392.
- II Timoteo. IV, 2.
- Véase sobre Labadie las Mémoires de Nicerón, t. XXVIII, p. 386, y t. XXII, p. 140. Nacido en 1610, en Bourg-en-Guyenne, Jean Labadie entró en los Jesuitas en 1624, después de la muerte de su padre. Se salió en 1639, con pretexto de indisposición, y muy probablemente también expulsado por sus superiores, que habían descubierto sus ideas singulares sobre la piedad y su hipocresía. Después de recorrer varias ciudades de Guyenne, vino a París. Allí, Caumartin, obispo de Amiens, al oírle predicar, quedó tan satisfecho que se lo llevó a su diócesis. Labadie había aceptado de tan buena gana, que estaba a punto de ser inquietado en París por algunos sermones en los que había sostenido sobre la gracia algunas de las máximas que acababan de llevar a SC a Vincennes. En la diócesis de Amiens, continuó sus predicaciones sospechosas, luego, faltándole la gracia, cayó, con religiosas y seculares, en todas las abominaciones de los antiguos gnósticos. Iba a ser detenido, cuando él se fugó, el mes de agosto de 1654, en parís, donde encontró primero un refugio en Port-Royal. De allí, pasó a Bazas, luego a Toulouse, donde se entregó a horrores, pretendiendo imitar a Adán y a Eva en el estado de inocencia , añadiendo que allí donde esta el espíritu de Dios, allí está la libertad..Iban a informar de nuevo contra él, pero huyó de nuevo y, después de andar errante largo tiempo, aterrizó en Montauban donde fue acogido con los brazos abiertos por loa hugonotes y pidió ser elegido ministro. Informado por el obispo de Montauban, Vicente escribió a la reina, el 5 de setiembre de 1652, para oponerse a este sacrilegio y a este escándalo; el Sr. de Mantauban me informa que me tome el honor de escribir a Vuestra Majestad a propósito de alguien llamado Labadie, que tiene tantas opiniones extravagantes en materia de nuestra santa religión, que ha hecho tanto mal en Picardía y en la diócesis de Bazas, donde el Sr. obispo ha formado el proceso contra sus secuaces y contra él, y que finalmente, para evitar su justicia, se ha hecho hugonote en Montauban donde intriga para hacerse ministro, y que él se teme que cause más mal a la Iglesia en este estado que siendo persona particular .» Vicente pide pues a la reina que intervenga con el fin de prohibirle el ministerio, «por poseer el espíritu sedicioso, chismoso e inventor de nuevas herejías. Y no es que, añade, que el rey quiera impedir la libertad que les es dada de hacer su religión y de nombrar sus ministros, sino tan sólo para dar orden de que este mal espíritu traiga algún disturbio a la religión y al Estado, que tiene sus intereses tan ligados a los de la religión.» La intervención de Vicente no impidió a Labadie llegar al ministerio. Nosotros no seguiremos a este miserable, que fue expulsado de varios lugares como ministro, lo mismo que lo había sido como sacerdote católico. Que nos sea suficiente anotar, para la inteligencia de este pasaje de la carta de Vicente de Paúl al obispo de Luçon que, en la Declaración de Labadie, conteniendo las razones que le obligaron a dejar la comunión de la Iglesia romana para integrarse en la Iglesia reformada(Ginebra, 1656, in-12), establecía la conformidad del jansenismo que había sostenido con en calvinismo que acababa de abrazar.
- Doctrinas y conducta, todo era poco más o menos común entre ginebra y Port-Royal. Los herejes han tenido siempre un instinto maravilloso para hacerse reconocer entre ellos. Pues, los Cantones suizos, por la boca Henri Ottius, profesor en Zurich; los estados de Holanda, por la boca de Samuel Marez, profesor en Groningen; Inglaterra por sus gacetas; el protestantismo francés, por el órgano de sus principales pastores, saludaban en el jansenismo a una doctrina amiga. Jurieu (Esprit de M. Arnault, t. I, p. 230 y ss.) cita las doctrinas jansenistas sobre la justificación, la Iglesia, etc., y las adopta todas, luego añade p. 235: «Por todos estos extractos aparecen dos cosas: la primera, que el abate de SC tenía el proyecto de reformar la Iglesia y hacer una nueva religión; la segunda, que esta religión reformada sobre las ideas de este abate no estaba alejada de la de Calvino, y coincidía con ella en los principios.» Jurieu clama luego contra la mala fe de los jansenistas, que combatían a los protestantes, para engañar, mientras compartían las doctrinas del protestantismo. En su tomo II, pp. 3-30, se esfuerza todavía en probar que los protestantes defienden las cinco proposiciones en el sentido de Jansenio, y que hay en este informe, perfectas conformidad entre ellos u los `protestantes.
- Es lo que nos dice el P.-S. de la primera carta de Vicente a d’Horgny: «Me atrevo a deciros que el Sr. Ferret habiéndose liado en estas opiniones nuevas, dijo al Sr. párroco de San Juan (Abelly) que lo que ha sacado de él es la firmeza que ha visto en este miserable pecador (Vicente mismo) contra esto, en dos o tres conferencias que hemos tenido sobre este asunto. Es el Sr. párroco de San Nicolás de Chardonnet quien fue reconocido, cuando volvió a Alet, por todos que andaba en estas opiniones, de las que se se hallaba hasta tal punto fuera, que ha propuesto al Sr. de San Josse que es conveniente que formemos una especie de congregación secreta para defender las verdades antiguas. . os ruego que lo guardéis en secreto.»
- El obispo de Pamiers, en esta época, estaba todavía bajo la influencia saludable de san Vicente de Paúl. Algunos años antes, cuando era más que un simple abate de Foix, habiendo dado cuenta a Vicente de sus conversaciones con SC, el santo le expuso sus reparos y le aconsejó que rompiera este trato peligroso, como el mismo abate lo declaró en el proceso de Vincennes (Hist. du Jansénisme, por el P. Rapin, p. 342).
- Se habían retrasado tanto, que Vicente se había visto obligado a enviarles una nueva copia de la carta de Habert, como nos lo dice una carta de él al P. Dinet, del 14 de Abril de 1651: «Os suplico que me enviéis cuatro o cinco copias de la carta de los Srs. prelados al Papa: He despachado las demás. El Sr. de La Rochelle se ha excusado de firmar la que le envié hasta saber si el partido que combatimos va a hacer una carta-circular (hizo una) en tal caso, dice, yo la firmaré. El Sr. de Acqs me escribe que la firmará de buena gana y se la hará firmar al Sr. de Bayonne. No tengo respuesta de los Srs. de Alet y de Pamiers. Me temo que los paquetes se hayan perdido: por eso quiero enviarles otras (Extracto de los 18 tomos in-folio, p. 113. –Los Srs. del Arsenal, Théol. fr., nº 53.)
- Gerberon dijo de Vicente y de sus trámites: «Medio-pelagiano y medio molinista, a quien se rindieron los obispos por desembarazarse de sus acosos.»
- Mémoires, del P. Rapin, t. I, p. 370.
- Esta carta había sido compuesta en Port-Royal. –Véase en ibid., p. 380.
- Cartas de Lagault del 30 de junio y del 26 de agosto de 1652.
- Había escrito contra el libro de la Frecuente comunión unas Remarques chrétiennes et catholiques, 1644. –En este tiempo, dice el P. Rapin (Mémoires, t. I, p, 40, París, 1865), «el príncipe de Condé…tenía conferencias secretas y frecuentes con el nuncio del Papa y el canciller, por mediación del P. Vicente, para buscar juntos medios de destruir estas novedades a las que tenía aversión.»
- Carta de Vicente del 21 de junio de 1652 a Hallier y Lagault.
- Abra de Raconis no es conocido más que por Boileau, quien le ha alojado ridículamente en su facistol, canto IV.
- Journal de Saint-Amour, sexta parte, c. XXII, pp. 484, 502.
- Cavilli, p. 35.
- Carta a Vicente del 15 de julio de 1653.
- Casi todos estos detalles están tomados de las cartas de Hallier y de Lagault a san Vicente de Paúl referidas por Abelly y por Collet –Hallier dice también que los jansenistas se escaparon vergonzosamente de Roma y sin saludar a ninguno de los cardenales de la congregación. –Para más amplios detalles de este largo asunto, véase las Mémoires del P. Rapin, t. I y II.






