San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 1, capítulo 8

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo octavo: Regreso a la casa de Gondi.

I. Nueva llamada de la familia de Gondi. Regresemos a Châtillon.

Vicente estaba allí entregado a los trabajos bendecidos de Dios que hemos contado, cuando la Sra. de Gondi, a pesar del escaso éxito de sus intentos precedentes, resolvió intentar un último esfuerzo para traerle cerca de ella. Ella consiguió también cartas del general de las galeras, del cardenal de Retz, obispo de París, del P. de Bérulle; mandó escribir a sus hijos y escribió ella misma. Pero esta vez, escogió, para llevárselo todo a Vicente, a un mensajero que pudiera el comentario poderoso de la prudencia y de la amistad. Era el mismo Du Fresne que había introducido a Vicente ante la reina Margarita, y al que Vicente, por su parte, había dado como secretario a la casa de Gondi.

Atacado a la vez por este doble asalto de la palabra escrita y de la palabra viva, Vicente se conmovió. Para resistir al primero, buscó refugio y fuerza al pie del altar. Allí, según su costumbre, leyó sus cartas, y se volvió tranquilo y firme a afrontar a Du Fresne. Se las había con un enemigo terrible, ya que Du Fresne era hombre de espíritu, y su fe, la tierna y respetuosa amistad que le unía con el santo sacerdote, protegían más allá de toda sospecha su celo ardiente por los intereses por la casa de Gondi. Así que esto devolvió a Vicente a sus primeras agitaciones e incertidumbres por las razones y las súplicas de Du Fresne, y comenzó a preguntarse si de verdad Dios le quería por más tiempo en Châtillon, si no encontraría en la casa de Gondi más ocasiones y medios de trabajar por su gloria. Du Fresne, al verle conmovido, le apremió con mayor intensidad para destruir sus últimas resistencias. Pero, sin salida, y además queriéndose tranquilizar, le dijo: «Como San Pablo, exclamáis: ‘Señor, ¿qué queréis que haga?’ Pues bien, como a san Pablo, se os responde: ¡»Id a Ananías!»

Ananías, aquí,  era el P. Bence, superior del Oratorio de Lyon, y el primer instrumento, recordamos, del que Dios se había servido para llevar al santo sacerdote a Châtillon. Vicente consintió en ir a verle y, en compañía de Du Feesne, se dirigió a Lyon. El P. Bence lo escuchó todo y, tanto para llegar a una decisión más segura como para aligerar su responsabilidad compartiéndola con los demás, concluyó diciendo a Vicente: «Volved a París, y allí, si aún queda alguna dificultad, se despejará ante los consejos de amigos sabios que os darán a conocer con toda certeza la voluntad de Dios.»

Vicente prometió obedecer, y al punto, sin compromiso alguno, escribió a la vez al general de las galeras, por entonces en Marsella, y a la Sra. de Gondi para anunciarles su próximo viaje. Poco después se volvía a Châtillon para concluir su misión santa, y Du Fresne, portador de la carta destinada a la Generala, reemprendía la ruta de París.

Días después, el 15 de octubre, recibía en Châtillon la respuesta siguiente del general de las galeras: «He recibido hace dos días la que me escribisteis de Lyon, por la que veo la resolución  que habéis tomado de hacer un viaje a París para finales de noviembre, por lo que me alegro en gran manera, esperando veros para entonces, y que concederéis a mis súplicas y a los consejos de todos vuestros buenos amigos el bien que deseo de vos. No os diré más, puesto que habéis visto la carta que escribí a mi mujer. Os ruego tan sólo que consideréis que parece que Dios quiere que, por medio de vos, el padre y los hijos sean gente de bien.» Más llena de gozo y de súplica debió ser la respuesta de la señora de Gondi.

Los días transcurrieron pronto y, llegado el término fatal, Vicente debió subir al púlpito para anunciar la cruel separación a sus queridos parroquianos y darles su adiós. «Cuando la Providencia me trajo a Châtillon, les dijo, yo esperaba no tener que dejaros nunca, Pero como parece que ha ordenado otra cosa, respetemos, vosotros y yo, y sigamos sus santas decisiones. Hallándome lejos o cerca, vosotros estaréis siempre presentes en mis oraciones; por vuestra parte, no os olvidéis nunca de este miserable pecador.»

Estas palabras fueron acogidas con sollozos y lágrimas, y el dolor de algunos estalló en gritos desgarradores. Nosotros lo perdemos todo, exclamaban, perdemos al hombre de Dios, perdemos a nuestro padre. –Sí, respondían los herejes con un sentimiento muy distinto en el delirio de su alegría, vosotros perdéis vuestro apoyo y a la mejor piedra de vuestra religión.»

Lo que le costaba sobre todo a Vicente era abandonar a sus pobres, el objeto privilegiado de su ternura. Pobre él mismo, y pobre por ellos, no tenía para dejarles más que una débil herencia. Al menos, les distribuyó sus pequeñas provisiones, sus pobres ropas. Todavía sintieron pena en aprovecharse de ellas, pues todos estos miserables despojos, que el afecto y la universal reputación de santidad del pastor transformaban en objetos preciosos y en reliquias, les fueron disputadas por los más ricos. Un hombre pobre, llamado Julien Caron, tuvo que sostener un combate en regla contra la multitud para guardarse un viejo sombrero.

II. Salida de Châtillon y entrada en la casa de Gondi.

Por fin llegó el día de la partida, día de duelo, en que el cielo brumoso y triste parecía asociarse al dolor general. toda la parroquia se reunió en la despedida del santo sacerdote. en el tumulto y desesperación de todos, se hubiera dicho una ciudad tomada por asalto. «Misericordia, misericordia!, exclamaban. –Hijos, respondía san Vicente todo en lágrimas, os encomiendo a la gracia de Dios. –¡Vuestra bendición!» respondía la multitud. Y todos cayeron de rodillas, y Vicente los bendijo por última vez.

Su único consuelo era dejar a sus queridos parroquianos bajo las dirección de aquel mismo Louis Girard que se había asociado a él al entrar en Châtillon, y a quien los canónigos condes de Lyon habían elegido como sucesor. Se tranquilizaba ante el pensamiento de que su rebaño, guardado por este digno pastor, no sería entregado a los lobos de los que él los había arrancado.1

Los pesares y la veneración de los parroquianos de Châtillon no fueron algo efímero. Cerca de medio siglo más tarde, unos cuatro años después de la muerte del siervo de Dios, Charles Demia, sacerdote y doctor en derecho, fue encargado de recoger las declaraciones de los más antiguos y principales habitantes de la ciudad que habían visto y conocido a Vicente de Paúl. A la vista de un proceso de canonización ya probable,  querían adelantarse a la muerte y arrancarle preciosos testimonios. Se establecieron dos procesos verbales, de los que hemos sacado cuanto precede. El segundo, obra propia de Demia, y la más extensa, se termina así: «Finalmente los abajo firmantes dicen que sería imposible señalar todo lo que se realizó en tan poco tiempo (¡cinco meses!) por el Sr. Vicente, y que a ellos les costaría creerlo, si no lo hubieran visto y oído. Conservan de él una estima tan alta que no hablan de él más que como de un santo. Publican en voz alta que no han tenido, ni tendrán  nunca un párroco parecido, y que los ha dejado bien pronto para ellos. Creen que lo qua ha hecho en Châtillon sería suficiente para canonizarle, y no dudan de que si se ha portado en todas partes como lo ha hecho en este lugar, lo será un día.» -¡Voz del pueblo, voz de Dios!

El día mismo de su llegada a París, 23 de diciembre de 1617, Vicente tuvo una conferencia con el P. de Bérulle y algunas otras personas esclarecidas, y al día siguiente, víspera de Navidad, entraba en la casa de Gondi. inútil expresar la alegría de toda esta piadosa familia, y sobre todo de la Generala, que le recuperaba con una felicidad igual al dolor de haberle perdido. Volvía a tomar posesión de su ángel guardián y, a fin de no tener que pasar por nuevas alarmas, le hizo prometer que no la abandonaría y la ayudaría hasta la muerte. Con el presentimiento de su fin próximo, la piadosa mujer no temía apropiarse por demasiado tiempo de un sacerdote destinado a Francia y a toda la Iglesia; y Vicente, por su parte, iluminado sin duda por la misma luz, creyó que el tiempo pedido por la Generala le era necesario a él mismo para echar los cimientos de todas sus obras con los recursos que hallaría en la casa de Gondi.

III. Misiones de Villepreux y de Montmirail. –Conversiones de protestantes.

Este tiempo, por otro lado, ¡qué maravilloso uso supo hacer en provecho de todos y en particular de los pobres pueblos del campo, entonces tan abandonados! No teniendo sino una inspección general sobre la educación de los hijos de Gondi, pudo seguir con toda libertad el atractivo que le arrastraba hacia este humilde ministerio. Logró comunicar su celo a personajes situados arriba y de verdadero mérito. Cocqueret, doctor de la casa de Navarra, Berger y Gontière, consejeros clérigos en el Parlamento de París, y vatios sacerdotes más distinguidos, se juntaron a él y se pusieron bajo sus órdenes. Desde el comienzo del año 1618, es decir algunos días tan sólo de su llegada a la familia de Gondi, Vicente organizó misiones en Villepreux, población situada a cinco leguas de París, en los pueblos vecinos y en todas las tierras de la casa, donde acompañaba de ordinario a la Generala. Ese mismo año y los siguientes, con la ayuda de sus compañeros, dio todavía numerosas misiones en las cercanías de París, en las diócesis de Beauvais, de Soissons, de Sens y de Chartres. Por todas partes, eran los mismos trabajos, las mismas bendiciones, los mismos socorros dirigidos tanto al cuerpo como al alma. Así Vicente estableció en Villepreux la segunda Caridad del reino, cuyo reglamento parecido al de Châtillon fue aprobado el 23 de febrero de 1618 por el cardenal obispo de París.

Aparte de los sacerdotes que hemos nombrado, Vicente encontraba también en otra parte, en sus misiones, rivalidad de celo: era en casa de la señora de Gondi. a ejemplo de las santas mujeres que secundaban a los apóstoles, esta mujer admirable, arrastrada por el ejemplo de su director e inflamada de ardor por la salvación de almas que creía confiadas a ella, ya que habitaban sus tierras, preparaba los caminos a los nuevos apóstoles con sus limosnas y sus favores, y volvía tras sus huellas para acabar su obra. a pesar de la debilidad de su salud y sus continuas enfermedades, iba de choza en choza, visitando a los enfermos, consolando a los afligidos, acabando los procesos, calmando las disensiones; instruía a los ignorantes, disponía a los pecadores a los sacramentos; en una palabra, de todos los colaboradores de Vicente, ninguno realizaba mejor el ideal del misionero. ¡Qué elocuente predicación, en efecto, como la vista de esta mujer noble y rica, echando mano de su oro y de su poder solamente para ganar almas a Dios!

La misión de Montmirail se señaló por la conversión de tres herejes de la vecindad. Para ahorrar tiempo al santo sacerdote, la señora de Gondi les hizo venir y aposentar en su propio castillo, donde él entro en conversación con ellos. Siguiendo el método que siguió siempre y que aconsejó más tarde a sus Misioneros, se contentó con exponerles los dogmas de la Iglesia en toda su sencillez, soslayando a la vez las disputas de la escuela y las calumnias del protestantismo; escuchó todas sus objeciones y se las resolvió con aquella caridad y precisión que eran el carácter de su raro buen sentido. Al cabo de una semana y después de las conferencias de dos horas diarias, dos se rindieron e hicieron abjuración pública de su error y profesión de fe católica.

El tercero fue más difícil de vencer. Era uno de esos espíritus presuntuosos en relación con su mediocridad, que tenía la suficiente inteligencia para construir objeciones y no para ver la respuesta, viendo la sombra y nunca la luz; uno de esos hombres de costumbres disolutas y, por ello, grandes charlatanes de moral severa, grandes enemigos de la moral relajada, buscaba en la condena de la mala doctrina o de la mala vida de algunos católicos la excusa y la justificación de sus propios vicios. Cada día llegaba a la conferencia con un arsenal de armas nuevas. «Me habéis afirmado, señor, dijo un día a Vicente, que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo. ¿Y cómo lo voy a poder creer yo, viendo, por un lado, a los católicos del campo abandonados  Pastores viciosos e ignorantes, sin estar instruidos en sus deberes, sin que la mayor parte sepan siquiera lo que es la religión cristiana; y, por el otro, las ciudades llenas de sacerdotes y monjes que no hacen nada? Tal vez en París se encontrarían diez mil que dejan  sin embargo a esta pobre gente en su ignorancia espantosa por la que se pierden. ¡Y querríais persuadirme que eso está dirigido por el Espíritu Santo! No lo creeré nunca.»

Estas palabras le llegaron al corazón. Ah, se dijo, qué terrible juicio dictará Dios contra los malos sacerdotes. Cómo vengará, en términos de la Escritura, la sangre y la pérdida de las ovejas en la indolencia de los pastores.» Y él se reafirmó en el pensamiento de dedicar su vida a la salvación del pueblo del campo. Entretanto y después de recogerse un momento, respondió al hereje: «Sin querer devolver la objeción contra vos, ni aprobar a los sacerdotes negligentes, os diré que, por ignorancia, exageráis el mal. Hay en muchas parroquias buenos párrocos y buenos vicarios. En cuanto a los sacerdotes y a los religiosos de las ciudades, muchos van a predicar y a catequizar al campo; otros se entregan a rezar a Dios y a cantar sus alabanzas de día y de noche; otros útilmente al público con los libros que escriben sirven, por la doctrina que enseñan y por los sacramentos que administran, si hay algunos inútiles y que no desempeñan como deben sus obligaciones, se trata de hombres aislados expuestos a fallar, y que no constituyen la Iglesia. Cuando se dice que la Iglesia está conducida por el Espíritu Santo, eso se entiende en general cuando está reunida en los concilios; y también en particular, cuando los fieles siguen las luces de la fe y las reglas de la justicia cristiana. Los que se alejan de esto resisten al Espíritu Santo; y, si bien son miembros de la Iglesia, ellos son no obstante de aquellos de quienes habla san Pablo, que viven según la carne y que morirán.»

Por perentoria que fuese esta respuesta, no satisfizo al protestante, quien persistió en hacer de la ignorancia de os pueblos y del escaso celo de los sacerdotes un argumento contra la Iglesia romana. Necesitaba una respuesta efectiva y viva, y Vicente pensó desde entonces en preparársela. Redoblo el celo, puso en movimiento a todos aquellos de sus amigos que tenían más talento para la predicación, y los comprometió a recorrer con él las poblaciones y pueblos para reanimar la fe y la caridad de las gentes. Al año siguiente, 1620, volvió a Montmirail con algunos sacerdotes y algunos religiosos, entre los cuales estaba Féron, entonces bachiller en teología, más tarde doctor de Sorbona y arcediano de Chartres, y Duchesne, ya doctor de la misma facultad y arcediano de Beauvais. Todos trabajaron en Montmirail y se extendieron por las parroquias vecinas, donde hicieron un bien inmenso. Era un concurso de todas las poblaciones y una alabanza universal de tantos trabajos y de tantos éxitos. El rumor llegó a los oídos del hereje empeñado en que todos se habían olvidado, menos Vicente. Vino a Montmirail, atraído por la curiosidad, y sin duda por las oraciones de santo sacerdote. asistió a las predicaciones, a los catecismos, a todos los ejercicios espirituales, primero con prevención, luego con un atractivo al que se resistía vanamente. Al fin, a la vista de tanto celo por instruir a los ignorantes, de tanta caridad por aliviar a los desdichados, a la vista sobre todo de los cambios maravillosos operados en los más humildes y los más culpables, se sintió vencido, y yendo a ver a Vicente: «Es ahora, le dijo, cuando veo que el Espíritu Santo lleva a la Iglesia romana, porque ella se ocupa de la instrucción y de la salvación de los pobres campesinos; y estoy preparado para entrar en ella cuando tengáis a bien recibirme.» -¿No os quedan ya dificultades ni dudas?» le preguntó el santo sacerdote. –»No, yo creo lo que me habéis dicho, y estiy dispuesto a renunciar en público a todos mis errores.»

Mientras tanto, siempre prudente y reservado en su celo, Vicente quiso asegurarse más de la fe y de las disposiciones de su prosélito. Le interrogó pues sobre los artículos controvertidos entre los protestantes y los católicos, y en particular sobre los puntos contra los cuales él había presentado objeciones. Satisfecho con sus repuestas, le asignó el domingo siguiente y la iglesia de Marchais, cerca de Montmirail, donde trabajaban entonces los misioneros, como día y lugar de su abjuración. El prosélito fue fiel a la cita. La asamblea era numerosa, porque el pueblo, advertido de la ceremonia, había acudido de todas partes. en medio de la atención y de la alegría general, Vicente subió al púlpito y, después de una predicación llena de acciones de gracias, llamó a este hombre por su nombre, y le preguntó públicamente: ¿Perseveráis en el propósito de abjurar vuestros errores y entrar en el rebaño de la Iglesia? –Sí, persevero, respondió éste; sin embargo, aún ,e queda una dificultad que acaba de formarse en mi espíritu.» Y, señalando con el dedo una imagen de piedra bastante mal trazada que representaba a la santa Virgen:2 «No podría creer, dijo, que hubiera en esto ninguna virtud.» Ante estas palabras la asamblea se agitó, y Vicente sorprendido de una objeción tan vulgar, y que él había esclarecido sin duda tanto, en las explicaciones precedentes, a pesar de todo,  con toda calma y con su bondad ordinaria, le replicó: «La Iglesia no enseña que haya ninguna virtud en las imágenes materiales, si no es cuando Dios quiere comunicársela, como lo puede hacer y como lo ha hizo en otro tiempo con la vara de Moisés, que hacía tantos milagros. Por lo demás, añadió, esto es elemental en nuestra fe, y hasta un niño os lo podría explicar.» Y enseguida llamando a uno de los más instruidos: «Hijo, le dijo, ¿qué debemos creer en cuanto a las santas imágenes? –Es bueno tenerlas, respondió el niño, y  rendirles el honor que les es debido, pero porque ellas nos representan a Nuestro Señor Jesucristo, a su gloriosa Madre y los demás santos del paraíso quienes, habiendo triunfado del mundo, nos exhortan con estas figuras mudas a seguirlos en su fe y en sus buenas obras.» Vicente elogió la respuesta, la comentó y volviéndose al hereje: «Confesad, le dijo, que no hay nada sólido en vuestra dificultad, y que no debía ser propuesta por un hombre tan bien instruido sobre este punto de la creencia católica. –Lo confieso, dijo el hereje, y ya nada me detiene, estoy listo.» Pero Vicente, siempre prudente y longánimo, creyó deber remitirle a otro día para dejar a sus repugnancias, si le quedaba alguna, el tiempo de fermentar, y a su resolución, si era sincera, el tiempo de reafirmarse. En el día señalado, el hereje se presentó, abjuró frente a toda la parroquia, haciendo de la verdadera fe una profesión en la que perseveró hasta la muerte.

A partir de aquel día, la Misión estaba fundada en el alma del santo sacerdote. esta conversión le hizo comprender mejor la necesidad de una compañía especialmente dedicada al servicio de los habitantes del campo, y a menudo se lo recordaba a sus sacerdotes para fortalecerlos en su vocación. «Oh, señores, les decía entonces, qué dicha la nuestra Misioneros, verificar la dirección del Espíritu Santo en su Iglesia, trabajando, como nosotros lo hacemos, en la instrucción y santificación de los pobres.»

  1. San  Vicente no presentó sin embargo su dimisión pura y simple de su parroquia hasta el último de enero de 1618, mediante acta pasada ante Thomas Gallot, notario de París; y L. Girard no fue nombrado hasta el 10 de julio del mismo año. Pero, en el intervalo, éste continuó dirigiendo la parroquia de Châtillon. –Vicente dejó a Girard los libros que él había llevado de París. En 1633 o 1636, Girard se los dio a la biblioteca de los capuchinos de Châtillon, donde se quedaron hasta la época de la Revolución. Entonces fueron dispersados y de todos los recuerdos de Vicente, no de ha podido volver a encontrar más que el reglamento autógrafo de la Caridad. –En nuestros días, Châtillon ha erigido una estatua a su más ilustre y santo pastor.
  2. Largo tiempo conservada en Marchais, en recuero de esta escena, la estatua fue rota durante la Revolucón; pero la ciudad recogió sus fragmentos, y los Lazaristas tienen hoy la cabeza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.