San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (07)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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VII. Las Hijas de la Caridad (1633)

Siervas de las siervas de los pobres

Si a Vicente le daba pena la enfermedad de Luisa, Luisa no tenía menores motivos para temer por la salud de Vicente, que precisamente por entonces —en 1631—sufrió un ataque más fuerte de aquel mal a las piernas, que había empezado a padecer desde el año 1615 cuando estaba en casa de los Gondi. Los dolores llegaron a ser tan agudos que tuvo que interrumpir los largos viajes a los que le empujaba continuamente su celo apostólico : sólo pudo montar a caballo, pero con trabajo. Entonces Lui­sa redobló sus propios trabajos y los pobres la vieron acudir a donde quiera que se pidiera ayuda: a curar en­fermos, a alimentar hambrientos, a instruir analfabetos, sobre todo niños y niñas. Bajo su tacto delicado las con­fraternidades reflorecían, el orden se restablecía, las fuen­tes de la asistencia se dilataban y las prácticas religiosas se reanudaban: en una palabra en todas partes se volvía a poner en vigor el reglamento originario y por este medio se reavivaba el espíritu vicentino : el fruto era siem­pre una mayor unidad entre las hermanas de la cari­dad, de donde nacía una entrega más sistemática al ser­vicio regular de los pobres. Muchas dificultades, muchas discusiones locales, muchas incomprensiones…, con su gracia, con su inteligencia, con su ejemplo, Luisa solucio­naba todas las dificultades, eliminaba todos los desórdenes.

Una asistencia semejante a las confraternidades, di­fundidas por toda Francia, prestaban, en menor escala, otras mujeres piadosas, como la du Fay, la Pollalion, la Sevin, la Goussault, la Guérin… Sólo que no todas estas señoras se prestaban a hacer, como la Marillac, todos los servicios que fuera preciso, hasta preparar la olla y lle­varla a los tugurios para distribuir su contenido entre los pobres, hacer sangrías, limpiar llagas y barrer bu­hardillas… ; es decir, no todas se hacían siervas, ni te­nían el consentimiento de sus familias para serlo.

Por esto Vicente pensó en poner siervas a disposi­ción de las señoras: siervas, que llevaran el espíritu del Evangelio.

La primera que se presentó fue Margarita Naseau, una vaquera pobre e ignorante, que poseía una gran cua­lidad, un amor a Dios y a los hermanos tan intenso que, para servir a los analfabetos, aprendió ella misma a leer y a escribir y después se ofreció a san Vicente para dar lecciones a las muchachas del campo. Vicente la puso al trabajo, en Villepreux y en otras partes ; y la apreció grandemente por su paciencia en las privaciones y por su caridad para con los miserables ; los cuales, como suele suceder, si apreciaban los servicios de las señoras aristó­cratas, despreciaban los de una probrecita de su misma condición.

Al conocer la confraternidad de la caridad de París, Margarita deseó ponerse al servicio de los enfermos y lo obtuvo. Así surgió ante los ojos de Vicente, «la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París». Después se convirtió en el alma de la nueva confraternidad de San Salvador, a donde atrajo a otras jóvenes. Marillac tuvo en ella a la más devota co­laboradora: estaba tan enamorada de su vocación que, por servir a una muchacha apestada, la puso en su pro­pio lecho y contrajo la peste el año 1633.

Otras jóvenes abrazaron el mismo oficio de Marga­rita. Y su anhelo de servir a Dios en el prójimo resultó tan operante y fecundo, que Vicente pensó reunirlas a todas en una comunidad estable, bajo la guía de Marillac, para que su vida espiritual se sostuviera y desarrollara a través de la trama creciente de sus prestaciones perso­nales.

Y el 29 de noviembre de 1633 recogió a tres o cuatro jóvenes en la casa de Marillac, iniciándolas en un novi­ciado : lo que Luisa esperaba. Se realizaba su vocación a una vida de comunidad religiosa. Se realizaba de la ma­nera más original: imprevista. Pues en aquella época —como se ha dicho— una comunidad religiosa femeni­na era sin más una comunidad de clausura. No se con­cebía a una religiosa por la calle: menos aún a una re­ligiosa en busca de almas por barrios populares y cam­pos desiertos.

Vicente quiso realizar en las Hijas de la Caridad un laicado religioso, una vida de perfección en el laicado, exportando de los recintos de los claustros y conventos la pureza, la pobreza y la obediencia al tráfico de la vi­da ordinaria.

Para esto era preciso que las siervas de la caridad estuvieran siempre disponibles y no estuvieran sujetas a residencias, uniformes, rejas…

Y precisamente por temor a que se convirtieran en «religiosas» y por lo mismo se encerraran en un claustro como había sucedido con las Hijas de san Francisco de Sales, que también había deseado poner a la materni­dad virginal moviéndose por las calles al servicio del pró­jimo. Vicente no quiso que tomaran hábito, ni velo, ni habitaran en conventos.

Las «Hijas de la Caridad» iban dondequiera que hubiese una criatura a quien asistir.

De esta manera, estas religiosas de nuevo tipo saca­ban fuera de los claustros la santidad y la hacían circu­lar por las calles, la introducían en las familias: la en­carnaban en la vida seglar.

La hermana de la caridad fue dada a una época en que estaba tomando una importancia enorme el problema económico y social: el problema de la existencia huma­na, cuando la dialéctica evangélica empezaba a desple­garse a lo largo de las dos direcciones del espiritualismo y del materialismo. La conciencia teológica de la Igle­sia, proponiendo así, con intensidad nueva, la meditación del misterio de la Encarnación, recordaba a las almas de los bautizados el deber de encarnar el Evangelio en las obras de la vida diaria y crear de nuevo, con la caridad, la comunión de los espíritus, suscitando la Iglesia viva.

Replegándose sobre sí misma, la humanidad –en los países cristianos despertados por el cristianismo a la con­ciencia de la dignidad humana y de la justicia social—, empezaba a adquirir conciencia combativa de las injusti­cias por las que a los pies de una plutocracia de personas que gozaban de todos los placeres, yacían, sobre lechos de estiercol, masas de trabajadores desnutridos, mal alo­jados, sumidos en la ignorancia ; y de los tugurios y las cabañas se alzaba ya la primera ola de aquel odio de cla­ses que debía estallar en la revolución moderna.

Existía el peligro de separar a los pobres de los ri­cos, suscitando otro foco de la guerra civil latente, y se­parar al pueblo de la Iglesia aun por impulsos econó­mico-sociales, suscitando las causas de la descristianiza­ción proletaria.

Grandes santos de la época. intervinieron con ímpe­tu para mediar en una pacificación, para crear de nuevo el sentimiento de unidad y de solidaridad, como escala para lo divino.

Frente a una masa, que se embrutecía en el abando­no, bajo la explotación de castas farisaicas, Vicente con otros santos promovió las misiones, la asistencia, la ca­tequesis, la reeducación… Pero, entre las prestaciones de resultado más inmediato, de más clara belleza, de más viva presencia che Cristo, dio a la Hermana de la Caridad, encarnación de la iglesia Madre, inclinada sobre los hi­jos pobres, donación virginal de pan y de amor sobre los bordes de la desolación. Fue la prueba más sugestiva de la vitalidad del catolicismo, tal que frente a ella se inclinarían admirados aun los enemigos más encarnizados de la Iglesia, los descristianizadores y los scientisti, los materialistas y los ateos. Volvía María ; y esta vuelta de la feminidad, pura y sacrificada, logró reintegrar, en muchas zonas y en muchas masas, aquella vida que pa­recía mutilada mortalmente de la parte del cuerpo, de la tierra, de la economía.

En la noche profunda había aparecido una estrella. A los hombres se les había confiado un ángel, a las mu­jeres se les había abierto una carrera de sacrificios que culminaba en la cruz, pero para una vida más abundante, con una misión salvadora. El pobre entraba en el juego de las fuerzas como representante de Jesús, y el amor a los hombres despertaba la religión.

Fuera de la clausura

El fin particular, para el que habían surgido, les impedía atrincherarse detrás de una turris eburnea. Te­niendo presente siempre la realidad y la necesidad de la Iglesia, Vicente no las quería sujetas a una orden sino a la respectiva parroquia : viviendo en comunidad pero entre el pueblo. Se daba cuenta del hiato abierto entre almas consagradas y la humanidad abandonada a su suerte, fuera de los claustros: volvía a ver a Jesús, a los Após­toles y a las piadosas mujeres que iban en busca de las muchedumbres y no esperaban ser buscadas en castillos enrejados.

Queriendo definir la característica de esta compañía proletaria de mujeres, Vicente la ponía en el amor a Dios: un amor afectivo, que subía al Señor, y un amor efectivo, que bajaba a los pobres. Y bajaba con servicios de asis­tencia corporal y espiritual.

La caridad es una virtud obligatoria para todos: pero es un distintivo de las Hijas de la caridad, de tal manera que tienen que desplegarla de un modo eminente. Por eso no esperaban a los necesitados en su casa, sino que van a buscarlos a sus casas: a ejemplo de Nuestro Señor, que no esperaba que le trajeran los pecadores, enfermos e ignorantes, sino que iba él mismo a buscarlos. Si Vicente, pues, entendía la belleza del claustro y de las órdenes religio­sas, comprendía también la necesidad de mantener a los suyos fuera de aquellos límites para que, como fermento, penetraran en la masa de la que estaba hecha la sociedad que se mezclaba por las calles y los campos.

«Quien dice monja, dice clausura, y ¡ las Hijas de la caridad tienen que andar por todas partes !» No se cansaba de repetir esta advertencia, combatiendo las su­gestiones de dentro y de fuera, hechas por quienes que­rían meter a la nueva familia dentro de los moldes de la costumbre. No se cansaba de remover todas las difi­cultades que se levantaban contra la novedad revolucio­naria y genial del apostolado. Por eso quería casas mo­destas, no conventos ; hábito de pueblo, no uniformes ; nombres de familia, no títulos reverenciales o cambios piadosos; y se oponía a que las religiosas vinieran a en­cargarse de la dirección espiritual de las Hijas de la ea-. ridad o que las Hijas de la caridad frecuentaran los mo­nasterios. Ciertamente no por desprecio ; más aún, si ca­be, por todo lo contrario. Pero le parecía evidente que religiosos y religiosas, encerrados en conventos, no esta­ban en disposición de dirigir a apóstoles de la calle. Y este apostolado, nuevo cuño para mujeres, no les impedía alcanzar la mayor perfección, más aún —decía—, exigía una perfección mayor.

Y recogiendo un pensamiento de santa Catalina de Siena y de san Francisco de Sales, que había sido tam­bién de algunos Padres de la Iglesia, les preguntaba : «¿Creéis que solos los frailes y las monjas han de aspi­rar a la perfección…? Todos los cristianos tienen obli­gación de aspirar a ella y vosotras más que las monjas. No es el convento el que hace santos: es el cuidado que tiene de perfeccionarse el que está dentro».

Llevaba así la Iglesia al pueblo y el pueblo a la igle­sia: democratizaba aun la ascesis, aun la mística, preci­samente cuando, en aquellos sitios, el jansenismo susci­taba una aristocracia cerrada de la ascesis.

Mientras vivió cultivó esta espiritualidad abierta, no al mundo, sino al pueblo, instruyendo a las hermanas por medio de conversaciones (entretiens), si era posible, semanales, empezadas inmediatamente el año 1634 y ter­minadas en la cama donde murió. En estas conversacio­nes en las que, padre y maestro, iba desarrollando las ca­racterísticas de su vocación y las examinaba en todas sus aspiraciones, fue elevando su anhelo a una fusión de al­mas cada vez mayor en busca de la virtud; y un día pen­só contentarlas, concediéndoles la facultad de emitir vo­tos. Y el jueves 19 de julio de 1640, después de haberles representado una vez más la dignidad extraordinaria de una vocación, que permitía servir a «un número tan gran­de de pobres en tantos lugares y tan diversos», imitando las acciones de la Virgen, de la Magdalena, y de Marta y María, de Salomé y Susana, de Juana de Cusa y de las pia­dosas mujeres, de las que se sentían felices de ser suce­soras las Hijas de la caridad, manifestó la gran alegría que había experimentado al leer la fórmula de los votos de los religiosos hospitalarios de Italia, que sonaba así : «Hago voto y prometo guardar durante toda mi vida, pobreza, castidad y obediencia y servir a nuestros señores, los pobres».

Vicente pronunció las palabras con tanto fervor, que algunas hermanas le preguntaron si no podrían adoptar también ellas aquellos votos. «Sí, hijas mías —respondió—, pero con esta diferencia; que los votos de aque­llos religiosos son solemnes y por eso no se los puede dis­pensar ni siquiera el Papa; en cambio, los que vosotras hicierais, podría dispensarlos aun el obispo. Pero sería mejor no hacerlos, que tener intención de ser dispensadas de ellos, cuando quisierais».

Entonces le preguntaron si no podrían hacer aque­llos votos cada una de por sí. El Santo respondió que, si alguna tenía esa aspiración, se la manifestara a los su­periores y aceptara con indiferencia su decisión.

Quizás se introdujo así el uso de los votos privados. Dos años después se introdujo el uso de los votos perpe­tuos. En 1718 la práctica de toda la Compañía fue la de los votos anuales.

Mientras tanto, sus Hijas de la caridad se repartían fuera de París ; y en 1638 eran destinadas a Saint-Ger­main-en-Laye y después a Richelieu.

Aquel año, en Saint-Germain-en-Laye, por invitación de Luis XIII, Vicente inició una misión, en la que tomó parte la corte con el rey. Las predicaciones de Pavillon produjeron el efecto de convencer a las damas a adoptar una moda más correcta (poniendo fin provisionalmente a la moda «de los escotes») y de inducidas a emplear más útilmente su tiempo, sirviendo a los pobres. El rey consa­gró su persona y su reino a María.

Probablemente fue también efecto de este despertar la petición de Hijas de la caridad.

El año 1639 fueron a Angres a curar a los apestados.

En 1641 fueron a Sedan, Fontainay, Nanteuil, y des­pués a Nantes y a Chars, dos centros en los que su obra se vio turbada con interferencias, disensiones y preocu­paciones diversas. En 1652 fueron llamadas a Polonia.

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