San Vicente de Paúl (Renaudin). Capítulo 1

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Paul Renaudin · Traductor: Máximo Agustin, C.M.. · Año publicación original: 1929.
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Capítulo I: Los comienzos de una carrera humana

Un pequeño campesino que se levanta.

¿Habéis visto, en alguna pacífica ciudad de provincias, un día de vuelta al colegio? ¿Recordáis esas caras enrojecidas de pequeños campesinos, que recorren las calles –visita al Provisor, compra de calzado y demás menesteres –entre un padre con brazos al aire y una mamá curtida por los soles del campo? Se han enfundado ya la gorra del liceo como un triste gorro de cárcel. Sueñan con que van, durante diez meses, a perder los colores entre libros, a comerse las uñas entre tristes paredes. Dan pena estos pobres pájaros de los campos; se sabe que apenas salidos de estos años de miseria la mayor parte se sacudirán el polvo y la paja. Pero uno de ellos, quizás un leñador silencioso, se alimentará de saber y, provisto de sus pergaminos, escalará algunos grados, si no de felicidad, al menos de la consideración y de la envidia de sus semejantes.

De esta forma se representa, cualquier día de otoño de 1591 o 1592, al «pobre labrador» Juan de Paúl, y a su mujer Bertranda que llevan a la ciudad de Dacqs a su pequeño Vicente, para hacerle «estudiar», en el Colegio de la ciudad. Ya que, en ese tiempo como hoy, la instrucción era el bueno, el honrado modo de educarse. Tan solo había otro Alma Mater, la Iglesia, la que la impartía. En lugar de la reja del liceo, imaginad el portón del convento de los Franciscanos: allí fue donde Juan de Paul dio el aldabonazo.

Vicente, tercer hijo de los de Paul, o Depaul, tenía diez u once años, había nacido en abril de 1581. Ningún grabado nos ha dejado la imagen de sus rasgos de niño. Sin embargo tenemos algunos de su carácter. Verdaderos o falsos: no me atrevo a afirmar: un pequeño ramillete de tradiciones amables, de flores inocentes cuidadosamente elegidas por la piedad del recuerdo, pero que no hay razones para creerlas artificiales. Siendo hijo de campesinos y formando parte de un numeroso hogar, Vicente fue naturalmente puesto a trabajar en los campos. Guardaba los rebaños de sus padres: lo ha recordado más de una vez. En la landa que rodea al pueblo de Pouy, en los confines de las Landas y de la Chalosse, frete al gran decorado de los Pirineos, Vicente, como Geneviève, llevó las ovejas a pastar y los cerdos a la bellota. Nos le pintan como un niño piadoso que tenían una devoción a Nuestra Señora de Buglose (si bien el santuario estuviera por entonces desierto, o tal vez no existiera aún), y que rezaba también a una Virgen cuya imagen había escondido en una encina. Como un niño caritativo, de un corazoncito bueno, que distribuía a los pobres la harina que llevaba al molino. Un día les entregó toda su bolsa: treinta sueldos reunidos despacio… Les cae bien, a los Santos, una infancia amable cuando no es prodigiosa.

Añadamos también, sin miedo a equivocarnos: un niño bien dotado, de espíritu vivo y avispado, cuyos padres decían, por las noches de invierno en que se tiene tiempo de soñar: «Éste podría llegar lejos…» Pues, el único de seis hermanos, les dio la idea de hacer por él un sacrificio y sacarle de su humilde condición. ¿Por qué no hacerle de la Iglesia, a aquel hombrecito? Los Depaul no eran gente de nada. Pobres como todos los Pedazos de pan de esa triste época; pero cultivaban sus bienes, tenían su casita; podían pensar en establecer a uno de los suyos –que les permitiría aprovecharse de su fortuna. Este pensamiento, rondándoles en la cabeza sin duda, los llevó un día a Dax, y Vicente fue confiado a los Franciscanos, por sesenta libras al año. Al volver a Pouy, Juan y Bertranda soñaban con el porvenir de su chaval; ellos ya le habían puesto el pie en el estribo.

El niño no les decepcionó. Trabajó, sus maestros quedaron satisfechos. Pero las sesenta libras eran pesadas para sus padres. Fue entonces cuando un abogado de la corte de Dax, el Sr. de Comet, que era al mismo tiempo juez de la parroquia de Pouy, vino en su ayuda. Buscaba un preceptor para sus hijos. Ofreció el empleo a Vicente, a pesar de su juventud. Y aquí tenemos al pequeño campesino, a sus trece o catorce años, bastante preparado ya, bastante serio al menos para ofrecerle un medio de mantenerse por sí mismo mientras continuaba sus estudios en el Colegio y su pensión en los Franciscanos.

La bondad inteligente de Comet, el mérito del niño: tal es la feliz conjunción que comienza una fortuna. Comet no dudó en proyectar a su protegido hacia la Iglesia. Humanamente, no había mejor consejo que dar, ni mejor partido que tomar. No obstante, Vicente titubeó, se dice. ¿Modestia de súbito asustada? ¿Inquietud (bastante curiosa en esa época, en la que la Iglesia era ante todo una carrera) por no tener una vocación? Por fin, se dejó persuadir. En diciembre de 1596 (es la primera fecha del todo segura de su vida), recibió la tonsura y las órdenes menores, de manos del obispo de Tarbes.

En cinco años, era un hermoso camino. Ya no era Vicente un pequeño campesino. Un día que su padre había venido a verle, a su Colegio, se negó a bajar para hablarle: este padre con casaca y botas le hacían enrojecer. Más tarde, contando este lance a la duquesa de Aiguillon, añadía: «En lo que cometí un gran pecado». Gran pecado, no… Pequeño orgullo de un chico que comienza a sacudirse la pesada gleba natal. Joven ambición que elimina puentes tras sí… Toda su vida, el santo se ocupará con frecuencia en levantarlos, en mostrarse ligado a su bajo origen, para humillarse mejor ante los grandes que le alaban. Sorprendámosle en el momento en que, ardiendo en deseos de adelantar en el mundo, deja a un lado, con un gesto un tanto vivo, el recuerdo de estos años penosos y malolientes.

Por lo demás, otros sentimientos, más nobles, le ocupaban: y sobre todo la pasión del saber. A finales del año 1596, los Franciscanos no teniendo probablemente más que enseñarle, aceptó con satisfacción ir a proseguir sus estudios a Toulouse. Él aceptó el dinero que su padre le entregó: el precio de una hermosa pareja se bueyes vendidos por el labrador. Dax, Toulouse: el humo de su pueblecito se pierde en el horizonte. Entró orgullosamente en la ciudad del saber, donde florecía una célebre Universidad.

No lo volveremos a ver más en la vida de Vicente, el dulce paisaje de la landa de Dacqs, a la vez fino y noble, destacándose en la línea de los montes azules coronados de nieves. Una vez apenas, en 1623, por unos días, Vicente regresará a sentarse a la mesa de familia, a arrodillarse ante la Virgen de Buglose, a derramar algunas lágrimas sobre su infancia. No es desapego o ingratitud: es la vida despiadada que le encadena en otra parte. Por el contrario, no cesará apenas, creo yo, de pensar en su país, en ese secreto del corazón en el que reside la imagen de lo que no se volverá a ver más y retiene el deseo. En todo caso, Vicente de Paúl ha nacido campesino de las Landas: esta doble cicatriz no se borrará nunca.

El estudiante pobre.

El precio de un par de bueyes, la conmovedora ofrenda paterna al futuro del hijo, no era con qué llevar a un estudiante hasta los grados de teología. En Dax, el escolar había vivido de la protección de Comet. En Toulose tiene que encontrar algo distinto.

No es suficiente para poner en apuros a un Gascón de la niebla. A partir del verano del año 1598, Vicente sacrifica el descanso de sus vacaciones y lo consagra a la educación de los hijos del señor de Buzet. Buzet exhibe su castillo fuerte (con frecuencia disputado entre religionarios y católicos, en este sangriento decimosexto siglo) por encima del Tarn, a algunas leguas de Toulouse. Otros señores se unen pronto a los primeros; y ya tenemos a Vicente convertido en regente de una pensión de jóvenes aristócratas. Se hace querer, apreciar: ¿por qué el final de las vacaciones interrumpiría estos estudios? Pero Vicente no quiere abandonar los suyos. Entonces se lleva a Toulouse a su nidada de los gentilhombres. Sin duda aprendió más él con su comercio que ellos en el de él: pequeños atolondrados muy indignos de su maestro, me parece a mí. ¡Cómo desearíamos tener las memorias de uno de ellos! Pero no nos han conservado nada, ni transmitido nada. Injuriosa noche del pasado, en que tantas cosas conmovedoras se entierran, como las indiferentes.

Así pues, siete u ocho años en blanco, 1596 a 1604, al cabo de los cuales se llega a saber que el estudiante de teología se ha graduado de Bachiller: las cartas que lo certifican son del 12 de octubre de 1604. Tenía en adelante el derecho de explicar, y lo hizo en efecto, se nos dice, el Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo. Estas Universidades de la Edad Media constituían grandes organismos bien montados, bien reglados en las que la ciencia tenía sus grados y los maestros su jerarquía. La de Toulouse había sido fundada, según la orden de san Luis, por Raymundo VII, en 1228. Contaba, aparte de la facultad de Teología, con una Facultad de las Artes, una de Medicina, una de Derecho canónico y de Derecho civil. Era la más considerable, después de la de París. Imponentes estatutos regulaban los estudios, los exámenes, el ceremonial, la elección a las cátedras, la vida de los colegiados. La enseñanza se daba en conventos, en algunos de los numerosos Colegios, o en las Escuelas públicas de la Universidad. Era todo un mundo, del que nos darían mejor idea Oxford o Cambridge que nuestra Sorbonne actual. Regentes, lectores, escolares, formaban una población con frecuencia movida, trabajada por tempestades religiosas o de pasiones juveniles. Habría que ver a Vicente evolucionar, saber cómo se aprendió allí los libros y los hombres. Nos interesaría más que su diploma. De todo ese hermoso misterio de una juventud de gran hombre, no poseemos más que un pergamino oficial…

Por fin, este es Vicente de Paúl, el hijo del labrador de Pouy, provisto de doce o trece años de estudios. Con su espíritu abierto y sólido, su ardor, y una hermosa vida que sin duda nada tuvo de estudiantina, debía saber lo suficiente. No lo pongamos en duda, y que hubiera podido fácilmente sacar otros grados, argumentar al estilo Sorbona, desarmar con facilidad a algunos espadachines jansenistas, que la trataron de ignorante. Llevó su esfuerzo más allá de la ciencia y la disputa y, por mucha autoridad que haya mostrado más tarde en ciertas querellas doctrinales, él no aparecerá nunca como un Doctor. Pero es porque lo ha querido, y solo la humildad le hacía llamarse «un pobre escolar de Cuarto». Conservémosle su verdadera figura, que no se ha de simplificar hasta el exceso. Este buen hombre del campo, este apóstol caritativo, que pareció desdeñar la ciencia, había estudiado tanto como muchos otros. Y ¿no resulta curioso, esta vida de hombre de acción que, próximo a la madurez, está sumergido totalmente en el estudio?

He hablado de años en blanco: no olvido que el estudiante oscuro era también un levita y que, durante estos años de Toulouse, recibió una tras otra todas las órdenes sagradas. En septiembre, en diciembre de 1598, el subdiaconado y el diaconado-1. Un año más tarde, el 13 de septiembre de 1599, el obispo de Dax, Jean-Jacques de Sault, le otorgaba las dimisorias para el sacerdocio. Vicente habría podido ser sacerdote a los dieciocho años… Quiso prepararse durante un año más, y no fue ordenada hasta el 23 de septiembre de 1600, por François de Bourdeille, obispo de Périgueux, en la capilla de su castillo de Saint-Julien.

Se comprende este retraso, esta espera. Vicente aprovecha, con otros muchos, un abuso que sin duda no parecía escandaloso en esta época. Pero él siente vergüenza por su juventud. Y podemos añadir, yo creo, que duda ante el sacerdocio, a causa de la alta idea que se ha formado ya. No es nada para la que sentirá más tarde cuando haya conocido a Bérulle, Olier, Condren, todos los grandes restauradores de la idea sacerdotal. Escuchad lo que escribe en 1656 al canónigo de Saint Martin: «Os doy las gracias por los cuidados que os tomáis por mi pequeño sobrino, de quien os digo que nunca he deseado que fuera eclesiástico; y menos aún he tenido la idea de que se preparara para este proyecto, siendo esta condición la más sublime que haya en la tierra, y la misma que el Señor ha querido tomar y ejercer. En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que es cuando tuve la temeridad de entrar en él, como lo he sabido después, yo habría preferido trabajar la tierra a comprometerme en un estado terrible. Es lo que yo he declarado más de cien veces a los pobres del campo».

¡Extraña confesión, y tan conmovedora! Si hubiera dicho: Piénselo bien, no comprometáis a un niño a la ligera, estad bien seguro de que Dios le llama. Pero parece decir: «Yo no estoy todavía seguro yo mismo de haber sido llamado, no soy digno de este misterio temible». Un corazón repleto de los favores divinos, establecido en el amor, y que sigue doblegado por el temor. Captemos pues, en lo más íntimo de un alma, el resorte secreto que anime un día los gestos de una vida. Hasta mucho después Vicente de Paúl no se dará a la reforma del clero. Y se puede decir que la idea le vendrá del espectáculo de los hechos, de la tristeza de haber visto a tantos beneficiarios indignos, a tantos catequistas ignorantes, a tantos sacerdotes mundanos y toscos. ¿Pero le habría arrastrado esa idea si no hubiera tenido, en el fondo de sí mismo, una idea tan temible del sacerdocio? Esta emoción del joven, ante el pensamiento detener en sus manos al Dios-sacrificio, esta duda al subir al altar del Señor, mientras que tantos otros lo abordan caballerosamente, ese es el germen interior de una larga actividad. El pequeño pueblerino, que estudiaba, que adquiría sus grados, se separa hoy de sus semejantes que no aspiran más que a convertirse en hombres de Iglesia: él va a ser el sacerdote de Jesucristo.

Si se quisiera dudar, que se asista con el pensamiento a la primera misa del nuevo sacerdote. ¿A dónde va a decirla? ¿A Périgueux donde ha sido ordenado? ¿En presencia de su obispo? ¿O a Toulouse delante de sus maestros? ¿O en alguna capilla señorial, que se le ofreció sin duda? Escogió una capilla aislada en medio de los bosques, en la cima de una colina que domina un vasto horizonte. No tiene por todo decorado más que un altar dedicado a María; es un antiguo oratorio a donde los monjes benedictinos llegaron en tiempos pasados a orar en el silencio y la soledad. Es allí donde se encierra la Virgen, sin otros asistentes que un anciano sacerdote y un ayudante. «Se le ha oído decir, escribe su primer historiador, Abelly, que tenía tal aprensión por la majestad de esta acción tan divina, que temblaba por ello y que, no teniendo el valor de celebrarla públicamente, escogió más bien decirla en una capilla retirada, asistido tan solo por un sacerdote y un ayudante».

Esta vez no echamos de menos el silencio de los documentos o de los testimonios. Este sacrificio, cuya fecha exacta se nos escapa y cuyo lugar incluso no se deduce más que de tradiciones y conjeturas, nos agrada imaginarlo en una especie de cumbre misteriosa, por encima de la tierra, semejante a aquella en que Moisés conversaba con su Dios. La primera misa de san Vicente de Paúl, de quien debía hacer tanto para enderezar, en la pureza del sacerdocio, a la Iglesia de Francia degenerada, ese es uno de esos acontecimientos que la historia no registra y que sin embargos están cargados de historia –porque la Providencia ha colaborado en ello más que en tantos grandes gestos humanos.

Parece ser que, nada más ordenarse, el joven sacerdote fue nombrado para una de las buenas parroquias de su diócesis. Pero otro candidato la solicitaba ya, y planteó oposición en la curia de Roma. Vicente le cedió el paso. Se quedó en esta gran ciudad de Toulouse, donde su rastro se pierde de nuevo, durante cuatro años.

Un cadete de Gascuña en apuros

Cuando le volvemos a ver, nos va a llevar lejos… Y haremos, como hizo Vicente sin quererlo, un viaje bastante curioso.

En primer lugar, a principios de 1605, el bachiller en teología parte para Burdeos. ¿Por qué? Por un asunto «que su temeridad no le permite nombrar». ¿Su temeridad? En otras palabras, ¿su jactancia? Lo que quiere decir algún puesto de importancia, que le habrían ofrecido, y que no desvela: este Gascón no venderá nunca la piel del oso antes de cazarlo. La prosecución del asunto requería «grandes gastos», al parecer. ¿Cuánto tiempo transcurrió después? ¿Qué era exactamente? Poco nos importa, después de todo: no se hallaba en los planes de la Providencia.

De regreso a Toulouse, Vicente se entera de que se ha dado un testamento a su favor por una buena anciana de la ciudad, «el bien de la cual consistía en algunos muebles y algunas tierras, que la Cámara bi-partida (católica y reformados) de Castres le había adjudicado por trescientos o cuatrocientos escudos que un grandísimo granuja le debía». Es la buena suerte –tanto más oportuna que, aparte de los grandes gastos que se han de hacer para Burdeos, no se estudia siete años la teología sin dejar detrás de uno «algunas deudas». El pensionado de jóvenes señores no ha sido suficiente; por otra parte los padres, fieles a una costumbre desenvuelta de la época, ¿no se olvidaban de pagar al regente? Por ello, hay que convertir en realidad este sueño. Vicente se encamina a los lugares, para vender el bien. Allí, ve que «el galante» se ha marchado del lugar, para escapar de una detención que la buena mujer tenía contra él. Se ha marchado y, llevándose a otra parte sus bribonadas, se mueve en Marsella, donde tiene «buenos medios». ¿Qué piedad con semejante hombre? Aconsejado por sus amigos, su procurador, Vicente quiere partir para Marsella. Pero los viajes cuestan mucho…»No teniendo dinero para resolverlo, vendí el caballo que había alquilado en Toulouse, estimando pagarlo al regreso». Lo que le parece ser una solución completa (su Panurgo)… Pero están las costumbres del tiempo, y la hermosa presunción de la juventud, que no cree que un mal paso lleve infaliblemente a otro. También existe el remordimiento, que Vicente acabará por sentir. Ya que el caballo no fue abonado en mucho tiempo, aun cuando Vicente logró apresar a su hombre y sacarle los trescientos hermosos escudos, pagados al contado; pero malos azares sobrevinieron, pero el pequeño de Gascoña, en lugar de reponerse, se hundió más, en una palabra, su «deshonor fue grande, por haber dejados sus negocios tan embarullados».

En efecto, corriendo tras su galán, debía, de una pequeña escapada clásica, caer en la gran aventura. Un gentilhombre con quien se había alojado, le animó a volver por mar, de Marsella a Narbona, viaje más rápido y menos costoso. El viento el deseado, la mar tranquila; pero «Dios permitió» que tres bergantines turcos se presentaran de repente, les diesen la caza… Cañoneo, abordaje, buena defensa; después de todo, todo el mundo fuera de combate, no hubo otro medio que rendirse a estos «felones y peores que tigres». Encadenados, curados groseramente, zarandeados ocho días en el mar al ritmo de las correrías y robos de estos piratas, Vicente y su compañero son llevados por fin a Berbería y, apodados Españoles por temor al cónsul de Francia, los ponen a la venta como esclavos.

De esta forma se evaporaron los trescientos escudos penosamente arrancados al mal tipo de Marsella. Así acabaron, provisionalmente al menos, los líos de un joven Gascón en un mal de porvenir: durante dos años, en Berbería, bajo diversos amos, despojado de todo.

En cautividad

«Su procedimiento al vendernos fue que después de desnudarnos, nos entregaron a cada uno un par de calzones, un mantón de lino con un gorro, nos pasearon por la ciudad de Túnez… Tras darnos cinco o seis vueltas por la ciudad, con la cadena al cuello, nos devolvieron al barco para que los mercaderes pudieran ver quiénes podían comer y quiénes no, para mostrar cómo nuestras heridas no eran mortales; hecho esto, nos devolvieron a la plaza, donde los mercaderes vinieron a visitarnos, como se hace en la compra de un caballo o de un buey, haciéndonos abrir la boca para visitar nuestros dientes, palpándonos las costillas, sondeando nuestras heridas y haciéndonos andar al paso, trotar y correr, luego cargar peso y después luchar para ver la fuerza de cada uno, y mil otras clases de brutalidades.

Esto no es un episodio de novela; o al menos, si las novelas de entonces están llenas de combates de corsarios y de secuestros de cristianos, es que sus autores encontraban en la realidad estas aventuras pintorescas –pintorescas para los que no las sufrían. Desde hacía un siglo, los Musulmanes establecidos en la costa norte de África, de Tánger a Túnez, pirateaban el Mediterráneo. El bandidaje se reía de los tratados que unían Francia con la Puerta. En vano nuestro comercio veía abrirse los puertos y los mercados del Imperio otomano; en vano Enrique IV trataba con el Sultán (1604), Richelieu con los Berberiscos: la piratería continuaba, y los cruceros o las expediciones de represión no la atenuaban apenas. Mercancías y vidas humanas, a merced de una sorpresa, caían en manos de los piratas. Solamente la ciudad de Argel, al principio del siglo diecisiete contaba con veinte a treinta mil esclavos de diversas naciones. Antes de Vicente de Paúl, Cervantes, después de él, Regnard, sufrieron el mismo infortunio. Es estremecedor imaginar a estos tres hombres bajo el azote de los mercaderes de esclavos, estas tres flores de nuestra cultura en las manos de los salvajes. La Berbería estaba en nuestra puerta; mas para la gente de entonces, era un mal necesario: se defendían de él por el descuido.

Vicente mismo no se queja. Discreción o decencia, ¡qué tono de «hombre honrado» en su larga carta a Comet sobre su cautiverio! Pero su descripción nos basta para evocar sus sufrimientos físicos y morales. Afortunadamente, no cayó bajo amos demasiado malos. El pescador que le compró el primero se sintió engañado por la mercancía: un esclavo que no soportaba el mar. Se deshizo pronto de él, y Vicente cayó en manos de un hombre más interesante. Era un médico espagírico (alquimista) «el cual había trabajado cincuenta años en la búsqueda de la piedra filosofal: en vano en cuanto a la piedra, pero con toda seguridad en otras clases de transmutación de metales». El trabajo no era demasiado duro: mantener el fuego de diez a doce hornos donde cocían las cocinas misteriosas. Se conversaba, se discutía de mil y mil cosas, entre gente uno y otro de vieja cultura. El anciano «hacía todos los esfuerzos para atraerme e su ley» (religiosa) –y Vicente, estad seguro, para atraer al anciano a la suya; ¡vaya justa, qué debates, y cómo se desearía haber estado allí! Pero no estaba en la edad para cambiar las ideas del mundo; y el otro aunque joven, era un Gascón cabezudo. El espagirita sin embargo le había tomado amistad a este muchacho maligno, curioso, que servía tan bien; le ofrecía como al hijo de su corazón, su sucesión espiritual: «mucha riqueza, y todo su saber». Se ve en la pared del antro a sombra del Tentador: «Te daré todos los reinos de este mundo…» La cabeza, por suerte, no le dio vueltas: Vicente no se hizo Musulmán y no se vio a un bajá Depaul, como se vio poco después a un bajá Bonneval…

El «Gran Sultán» le ordenó que fuera a trabajar con él, y el alquimista partió de mala gana, pereciendo por el camino. Vicente cayó en las manos de un hombre originario de Niza en Saboya, que cultivaba un dominio o Temat. Se había hecho renegado como tantos otros desdichados, tentados por las ventajas que concedían los Berberiscos a los que abjuraban la religión de Cristo. Buen sectario y aprovechado del Corán, poseía tres mujeres. Vemos a Vicente en un harén. «Una de ellas era una Griega cristiana (pero cismática); tenía un hermoso carácter y me tenía mucho cariño». ¿Por qué no? Los días eran largos en el temat de la montaña y no se tiene a menudo para pasar las horas a un esclavo de esta calidad. Después de la Griega, vino la Turca a mariposear en torno a Vicente. ¿Celos de la otra mujer, curiosidad, ociosidad? No importa: el Diablo se sirve de todo, pero Dios también. Y vemos que esta Turca, que se convierte, sin saberlo, en el instrumento de «la inmensa misericordia de Dios». En efecto, «curiosa como era por conocer nuestra manera de vivir, ella me venía a ver todos los días a los campos donde yo cavaba». Lejos de las miradas, en la montaña caliente y desierta, ella llega; ellos hablan, y Vicente, suavemente, día a día, le hace «un relato de nuestro Dios». Es todo lo que él dice, pero añadamos el resto. Poco a poco el atrae a esta alma, y la ilumina. Un día cansada de escuchar hablar, la Turca le pide que cante. «Cantadme, le dice ella, las alabanzas de vuestro Dios». Vicente no tenía laúd, ni tal vez voz; pero ¿qué importa? «Al recordar el Quomodo cantabimus in terra aliena de los hijos de Israel cautivos en Babilonia me dio fuerzas para comenzar, con lágrimas en los ojos, el salmo Super flumina Babylonis y luego el Salve Regina y otras cosas más, que le satisfizo tanto que la maravilla fue mayor».

Su maravilla fue grande, sí, ya lo creo. Muchas veces sin duda, privado de todas las cosas que le eran queridas, y en especial del Santo Sacrificio, el cautivo ha cantado para sí el cántico del exilio. Esta vez, cuando el salmo brota de sus labios, está cargado con toda su larga nostalgia. Las mujeres prefieren las razones del corazón a los argumentos. Aquellas las comprende la Turca; ella escucha y llora. Nunca, piensa ella yo he amado a mi Dios como este extranjero ama al suyo. Este Dios desconocido, ella le siente presente, ella experimenta un «placer tan divino» que el Allah de Mahoma no le parece más que un ídolo.»Ella no creía que el Paraíso de sus padres y el que ella esperaba un día fuera tan glorioso y acompañado de tanto gozo como el placer que sentía mientras yo alababa a mi Dios, concluyendo que había alguna maravilla…»

En los muros de nuestras catedrales, se ven estatuas que representan, frente a la Fe, a la humanidad infiel, bajo los rasgos e una mujer con los ojos vendados, así esta Musulmana, de pie junto al extranjero quien le ha revelado al Dios de los cristianos. De pronto, cae el vendaje de sus ojos, la luz de Cristo la deslumbra. Instante de emoción sagrada, pero humana también; instante de «divino placer», para nosotros como para la Musulmana. Yo no le he conocido de esta calidad, de esta frescura arrebatadora, en la vida de Vicente de Paúl. O al menos, los demás, los ocultará cuidadosamente, «los enterrará bajo el velo del silencio». La carta a Comet es casi la única expansión de Vicente de Paúl, y además no la tendríamos, sin la piadosa astucia de un secretario que, más tarde, la salvó para nosotros, a pesar del Santo…

Plena de su descubrimiento maravilloso, la mujer se lo comunicó a su marido. Y así ella lo atrajo a la fe de sus padres, que no le había parecido tan bella… Vicente intervino sin duda y sacó al mismo tiempo a su amo de la apostasía y a sí mismo de la esclavitud. Ya que el renegado, no pudiendo abnegar en Berbería, decidió regresar a Francia. La aventura era peligrosa; diez meses transcurrieron antes de poder lograr escaparse en un «pequeño esquife», que abordó sin contratiempo en Aguas-muertas, el 28 de junio de 1607. De allí se dirigieron a Avignon, donde toda la historia fue contada al Sr. Vice-Legado, Pedro Montorio y el renegado recibido públicamente en la iglesia de San Pedro, en honor de Dios y edificación de los espectadores.

De esta forma el cautivo no ha perdido estos dos años. Fuera de la conversión y del regreso de sus amos, él ha edificado, no lo dudemos, a muchos compañeros. Sobre todo ha conocido sus sufrimientos y medido la miseria moral de los esclavos cristianos: se trata de esas cosa que se guarda en el corazón y que, un día u otro, cuando Dios quiera le inspirarán una obra que emprender. Vicente no deja que nada se escape. Es un hombre que lleva largamente en sí mismo, y de pronto echa mano de las profundidades de su experiencia silenciosa, una idea ya madura. Nunca ha hablado de su cautividad en Berbería. Pero sigue pensando en ello. Lo veremos cuarenta años más tarde. Y se pone uno a pensar que la Providencia ha puesto estos tres bergantines en la ruta de Narbona, para obligar a Vicente a ir a ver la Berbería.

En Roma

Pedro de Montorio viajaba corrientemente a Roma: se llevó a su penitente quien decididamente se arrepentía de veras, y quería inscribirse en la cofradía de los Fate bien Fratelli. Pero se lleva consigo a Vicente. ¿Por qué? Porque Vicente le ha conquistado ya. Por lo que se deduce, las razones de esta conquista son desigualmente válidas. La piedad, la inteligencia, las buenas costumbres del joven han impresionado a este hombre de Iglesia. Pero también algunos juegos de alquimia que el cautivo ha aprendido de su estagirita y que le chiflan al Vice-Legado… quiere continuar instruyéndose, y quiere deslumbrar a los prelados en la Curia romana, a quienes apasiona por igual el arte hermético. Excusémosle enseguida. El gusto de estos secretos maravillosos era muy grande en todo ese siglo (existen bastantes ejemplos en Francia), y la gente más culta se daba furiosamente a la magia. La gente de la Iglesia también, según parece. Antes de escandalizarse, se ha de saber que la alquimia se distinguía mal, o en absoluto, de la química; que la astrología parecía de un uso legítimo; y que la curiosidad por las cosas de la naturaleza no tenía otro alimento que estas investigaciones. Entre la ciencia y la magia negra, existían dudosas fronteras. Y además, no todo era descabellado en la alquimia, ni siquiera la famosa transmutación de los metales, cuyas modernas teorías sobre la unidad de la materia nos acercan singularmente… Sin duda, el peligro de extraviarse era grande, en esta selva más sendereada; pero Pedro de Montorio no daba muestras de una curiosidad malsana queriendo penetrar en ella, de un poco de puerilidad tal vez, y de vanagloria bastante risible; Ya que «mi dicho Señores tan celoso (de estos secretos que le enseño), que no quiere que me arrime a nadie por miedo a que se lo enseñe deseando tener para sí solo la reputación de saber estas cosas, las cuales hace ver a veces a Su Santidad y a los Cardenales…» Por último, era una manera para Montorio de hacer su curia… Excusemos a Vicente haber hecho la suya por los mismos medios ante Montorio. Pues es precioso tener a la vez «la buena mesa y el buen ojo del Legado; y el encanto de visitar Roma, y la seguridad después de todo de que se le mira bien y que se le proporcionará pronto algún beneficio en Francia.

Como el Vicente de Paúl de entonces en Roma es fácil de leer; se ha retratado él mismo en una o dos cartas, con una amable cubierta. Salvado de una penosa esclavitud, tiene, según parece, una especie de alivio feliz, de confianza en la Providencia y en su fortuna. Visita Roma con regocijo; entra en su patria cristiana, se le oye cantar, después del cántico del exilio, el himno del regreso. «Sentí tanto consuelo al verme en esta ciudad maestra de la cristiandad, donde está la cabeza de la Iglesia militante, donde están los cuerpos de San Pedro y de san Pablo… Me sentía dichoso de caminar por la tierra por la que tantos grandes santos habían caminado…»

Luego, vuelve a sus estudios; una especie de purificar el espíritu tras dos años de trabajos serviles. Después, piensa en su porvenir, y la imagen que se figura no ha cambiado; es un beneficio que le asegure «una honrosa retirada». Su ambición sigue modesta: volver con los suyos, darse al estudio y a la oración, socorrer a algunos desafortunados con sus rentas; ¡nada de grandezas ni de líos! Vicente tiene poca imaginación; ama, como hijo de campesinos, las realidades sólidas y pacíficas. Y las que él entrevé, las persigue con suficiente ingenuidad, y tenacidad. Dos, tres cartas urgentes, a sus amigos de Francia son para pedir los papeles de ordenación, los de los grados de teología, necesarios para el nombramiento que postula. Estos papeles se pierdan, hay que tener los otros. Vicente multiplica las llamadas, las precauciones. ¿Por qué reprochárselo, o creernos víctimas de un piadoso pudor? Por lo menos tenemos a la vista a un hombre, y no a un santo de conveniencia. En 1607, a los veintiséis años, Vicente es un buen sacerdote, más puro y más digno seguramente que tantos otros; pero quiere ser dueño de su vida, y llevarla según la sabiduría humana.

Mientras tanto, no se olvida de las deudas dejadas en Toulouse. Y está resuelto a pagarlas. Pero, bien pensado, conserva a la vista, hasta su regreso de Roma, las sumas que podría ya enviar allí, «para evitar los accidentes que pudieran ocurrir». Y piensa, con una hermosa confianza, que «todo ese escándalo se convertirá en bien». Nosotros también, pero en fin…

Cuántos otros es verdad, llevaban más ligeramente, entonces, los escrúpulos de esta naturaleza!

La llegada a París.

Vicente volvió de Roma a principios de 1608: no con un beneficio, sino, al parecer, con una misión diplomática: nueva peripecia.

Había frecuentado mucho la curia pontificia, siguiendo los pasos de su protector. Con tal que fuera mudo sobre los secretos de la Grande Oeuvre (la transmutación de los metales en oro), le contrataban para instruirse y para agradar. Allí como en todas partes, Vicente se hizo apreciar, «querer y acariciar». Que después de seis u ocho meses de estancia este joven sacerdote haya sido escogido por el Papa Pablo IV, antes que a otros grandes astutos personajes para una misión confidencial ante el rey de Francia es un impresionante testimonio de la fineza de su espíritu, como de su seriedad, su discreción y de su seguridad. Ahora bien, ¿de qué se trataba? ¿de un asunto de orden privado, de un gran plan político, de una coalición contra la casa de Austria, en la que el Papa debía entrar con los Venecianos, el duque de Saboya, el Gran duque de Toscana, sin hablar de las grandes potencias? Las conjeturas siguen abiertas. No era todavía el tiempo de la diplomacia en la plaza pública.

Sea lo que fuere, Vicente vino a París, y vio al rey. En varias ocasiones, nos cuentan. El Bearnés y el Landés, frente a frente… Se los ve, probándose, explorándose uno al otro. Casi compatriotas –y dos espíritus desligados, que sienten cierto placer en entenderse con medias palabras…

Luego todo queda en el silencio, la historia no escribe en sus tablillas ningún resultado de estas entrevistas-1.

Por eso, piadosos historiadores exclaman de admiración ante la virtud del Santo, que rechaza los presentes de Artajerjes, y desciende las escaleras del Louvre pobre como las ha ascendido. En estos peldaños, grandes figuras le hacen cortejo: Bérulle rechazando los obispados y las abadías. Francisco de Sales negándose a abandonar a «su pobre esposa de Saboya…»

Más modestamente, digamos que hay en ello algo bastante curioso. No se puede dudar que Henrique IV haya ofrecido alguna recompensa. Él andaba coqueteando con los hombres de Iglesia; él discernía entre ellos los verdaderos méritos, y se dedicaba a empujarlos. Yo pensaría mejor que lo que ofreció no agradó; el negociante, ingenua o sabiamente, lo rechazó. Se debía a su beneficio prometido por Montorio; tenía más confianza en la palabra del Legado que en la tentación del monarca. Debió desaparecer cortésmente, dejarlo para otra ocasión; Enrique IV, ocupado en otros asuntos, le dejó irse. No trato de decir cómo pasaron las cosas; adelanto una explicación que me parece conforme al estado de espíritu de Vicente en esta época. No ha sido nunca un ambicioso: más bien un obstinado de oscuridad. No se cree hecho para los grandes desempeños; no los quiere. Como se le ha visto deslizarse entre las manos de estos buenos Señores que quieren levantarle alto, ocupado tan solo en su pequeña idea propia. Él sigue su pendiente que va hacia una vida tranquila. Por lo demás, yo no me atrevo a decir que no haya en ello otra cosa que humana, una vista de la Providencia; y consiento en que haya puesto en su rechazo humildad cristiana, y también algo que se nos escapa: tal decisión que hacemos un día no sale siempre de nuestra clara voluntad, ni siquiera de nuestro inconsciente: sino de un misterio más profundo aún, donde se percibe la mano de Dios, en la sombra.

 

Notas: 1. Esto no tiene importancia. La partícula no testimoniaba ninguna nobleza, y muchos de los que la llevaban la unían a su nombre. Vicente firma con una sola palabra, pero a veces con iniciales. V.D. P. En las catas públicas o notariales se ven los dos modos de escribir el nombre. No introduzcamos, en estas variaciones de la ortografía, un pensamiento de humildad.

2. A menos que no entendiera con ello –cosa bien posible- que sus estudios en Dax no le habían llevado más lejos que hasta Toulouse, no había sido inscrito en ningún Colegio regular, y que guardara así el sentimiento de estudios irregulares, a fuerza de trabajo, -una cultura de autodidacta. No lo tomemos tan a la letra, pero no creamos tampoco que lance bromas por el placer de humillarse.

3. tenía apenas diecisiete años. Aquí comienza la irregularidad que veremos que sigue hasta la ordenación. Vicente de Paul fue ordenado sacerdote mucho antes de la edad requerida por el concilio de Trento (lo que era frecuente en aquel tiempo de desorganización y de abuso). Todos sus biógrafos siguiendo a Abelly han tratado de disimular la cosa haciéndole nacer cinco años antes… El Sr. Coste ha amplia e irrefutablemente demostrado que había nacido en 1581, y no en 1576, y por ello que fue ordenado sacerdote a los diecinueve años.

4. La capilla de Nuestra Señora de Gracia de Buzet dependía de la abadía de Nuestra Señora de Conques. No era ya, en 1600, más que una capilla votiva.

5. En la misma frase, habla de un renegado que va a entrar en un «austero convento», y de sí mismo que se va a proveer de «algún buen beneficio».

6. Se ha de confesar que no existe ningún rastro de esta misión en los Archivos de los Asuntos extranjeros. Al Sr. Coste se le ocurre dudar que haya tenido lugar. No me uno a la tradición, al reconocer que es muy dudosa.

 

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