San Vicente de Paúl, maestro de oración (05)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Abbé Arnaud d'Agnel · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1929.
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Capítulo V: La oración accesible a todos.

vincent Croatia Zagreb 2Después de las páginas precedentes en que la oración mental está reconocida necesaria para toda alma prendida de amor de Dios, el siguiente capítulo sobre la posibilidad de Este ejercicio puede parecer inútil. En el momento que un acto es necesario a los cristianos cuidadosos de perfección, debe ser realizable para todos, bien entendido con la ayuda de la gracia.

Si no se encontrara a nadie que pusiera en duda esta posibilidad, san Vicente no se ocuparía de ello, cuando acude una y otra vez en sus cartas de dirección y en sus conversaciones y en sus conferencias. En su tiempo como en el nuestro, varios declaraban que les era imposible entregarse a la oración, y apoyándose en su ineptitud, se dispensaban de ella ellos mismos.

Este estado de espíritu se encuentra hoy y se presenta bajo formas idénticas. Los directores de conciencia encuentran las objeciones rechazadas por el santo, en el siglo diecisiete. En este orden de ideas, constituye un perpetuo recomenzar. De donde la utilidad de reproducir estas refutaciones siempre nuevas ya que responden a necesidades  siempre nuevas.

¿Quiénes son los contradictores con los que está en lucha el Sr. Vicente? Sin duda laicos poco instruidos en las cosas de la Religión, Cristianos que dan sus primeros pasos por el camino de la oración mental.

¡Vaya equivocación! Lejos de ser todos ignorantes o sin experiencia, la mayor parte son, por el contrario, sacerdotes y religiosas, hombres y mujeres cuyo espíritu y corazón deberían estar orientados solo hacia Dios. Varios incluso están familiarizados  con el ejercicio en cuestión ya que se entregan a él hace diez, quince o veinte años. No siendo las almas en cuestión unas cualquiera, el problema ofrece un mayor interés.

Estos contradictores, cuyo punto común es el de estimarse sinceramente incapaces de hacer oración, repartiéndose en varias categorías según la diversidad de las causas de su pretendida ineptitud. Antes de examinar la naturaleza de estas causas, se impone una advertencia general. Suponiendo sinceros a los sujetos, su buena fe no es la misma en todos. Se mezclan de ordinario factores inconscientes que la alteran un tanto y disminuyen su valor.

Al afirmar la imposibilidad para ella de recogerse y de meditar, la persona no miente ya que su afirmación es el eco de su pensamiento; pero este último no está en desacuerdo con lo que era en el momento de su formación o al menos no responde más que imperfectamente a su punto de partida. Si el sujeto pudiera abrazarla con una mirada en su evolución completa, realizaría entonces una afirmación mentirosa. Detrás de la imposibilidad de hacer oración  que alega, se le presentaría un sentimiento de pereza o de cobardía. Y de pronto se vería obligado a reconocer en su foro interno que no hace otra cosa que obedecer a su egoísmo.

Esta advertencia debe hacer reflexionar en su caso a todo el que se considere incapaz de meditar. En lugar de decirse, yo siento demasiado vivamente esta incapacidad para que sea ilusoria, es conveniente, por el contrario, considerarla a priori como tal hasta más amplia información. Casi siempre el sujeto descubrirá, mientras rememora su conducta y sondea su corazón, que le resulta más penoso que a otros entregarse a la oración y que renuncia a ella por falta de valor bajo capa de imposibilidad.

Sean las que fueren nuestras prevenciones  contra este ejercicio, tengámosle firmemente por accesible a todas las almas de buena voluntad. Es la tesis mantenida por san Vicente de Paúl y por los maestros de la vida espiritual.

Los contradictores habituales del santo le oponen su ignorancia. Meditaríamos de buen grado –dicen ellos- si nuestra cabeza no estuviera vacía de ideas. A pesar de nuestros esfuerzos, no podemos fijar nuestro espíritu en verdades abstractas. No nosd pidáis más lo imposible. Y el santo les dice y repite en todos los tonos que están en el error. Es por su parte una verdadera campaña llevada contra ellos con una obstinación sonriente. Qué interesantes en esta materia sus conferencias dadas a las Hijas de la Caridad.

La táctica del santo merece ser estudiada en detalle. Su carácter de bondad se ve dominado por la buena fe de los adversarios. Estos últimos tienen en efecto más necesidad de ánimos que de reproches: palabras duras les resultarían fatales. Lo importante es dar confianza a estos íntimos. Vicente los tranquiliza afirmando que Dios no puede negarles esta gracia de la oración después de concederles tantas otras, y tan grandes: «No, no temáis que unas pobres jóvenes de pueblo, ignorantes como pensáis que son, no deban pretender este santo ejercicio. Dios ya ha sido tan bueno con vosotras al llamaros al ejercicio de la caridad; ¿por qué pensar que os iba a negar la gracia que necesitáis para hacer bien oración? Que no se os ocurra pensarlo». Ese es un argumento válido para todas las almas de buena voluntad.

Como algunas Hermanas se quejan de no poder meditar por no saber leer, Vicente les responde que se ha encontrado con grandes santos quienes, sin ninguna letra, han tenido el don de oración. Les explica el motivo sacado del Evangelio: «Es en los corazones que no tienen la ciencia del mundo y que buscan a Dios en sí mismo, donde se complace en difundir  muy excelentes luces y muy grandes gracias. Descubre a estos corazones lo que todas las escuelas no han hallado, y les revela misterios donde los más sabios no ven gota».

El santo vuelve en estos términos sobre esta idea que tanto le importa porque ella encuadra con su humildad: «Pobres campesinos que no saben nada han recibido de Dios el don de oración y en un grado más alto que muchos otros muy sabios. Y en este sentido debemos entender lo que decía Nuestro Señor: «Padre, os confieso y reconozco que habéis ocultado las cosas que acabo de enseñar a los sabios y a los doctos y se las habéis revelado a los pequeños».

Vicente se sirve de la comparación siguiente para dar una idea de lo que es la intervención divina a favor de los sencillos: «Nuestro Señor será vuestro pedagogo. El os enseñará como se hace con los niños que no saben nada aún. ¿No veis cómo en las escuelas  se muestran las letras a los y poco a poco se les hace adelantar? Así es como Nuestro Señor obra con las jóvenes que no se estiman en nada y se creen las peores de todas».

No solo la oración instruye a los ignorantes de las verdades cristianas, sino que les hace hasta hablar de ellas con elocuencia. Qué maravillosa perspectiva abierta a hombres por su naturaleza  incapaces de iluminar a su prójimo.

El santo hace reflejarse hábilmente esta perspectiva  en los ojos de sus oyentes: «Si supierais el gozo que siente Dios al ver que  una pobre joven de pueblo se dirige amorosamente a él, oh, acudiríais con más confianza de la que yo os puedo aconsejar. Si supierais cuánta ciencia conseguiréis, cuánto amor y dulzura hallaréis en ello! Lo encontraréis todo en ella porque es la fuente de todas las ciencias.

«De dónde viene que veáis a gentes sin letras hablar de Dios, manifestar los misterios con más inteligencia de la que lo haría un doctor? Un doctor, que no tiene más que su doctrina, habla de Dios de la manera que su propia ciencia le ha enseñado; pero una persona de oración habla de ella de otra manera.

«La diferencia de los dos viene de lo que uno habla por simple ciencia adquirida, y el otro por una ciencia infusa llena de amor, de manera que el doctor, en este encuentro, no es el más sabio. Y es preciso que se calle donde se halla una persona de oración, pues habla de Dios con toda la diferencia que puede».

El santo saca a la luz, en este texto, la superioridad de las iluminaciones y de las inspiraciones  divinas sobre toda la actividad natural de la inteligencia. Ve en ello este modo sobreeminente de la gracia operante por el que el Espíritu Santo suscita pensamientos, los dirige y los especifica. De esta forma es cómo en virtud del don de sabiduría, el alma adquiere un conocimiento de Dios muy diferente del saber teológico.

No se trata de altas pero frías especulaciones sobre datos metafísicos o textos de la Escritura. Dios es conocido por decirlo así experimentalmente por su acción en nuestro interior y por el sosiego  y la alegría que se desprenden. Como lo escribe san Pablo: » El Espíritu, él mismo, da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios».

Análogo con el misterioso maná saboreado en el desierto por los Israelitas, el Ser divino se siente, se gusta, se ama.  De esta clase de experiencia resulta una certeza inefablemente dulce de la existencia de Dios y de su presencia. Los Cristianos así favorecidos siguen imperturbables en medio de las agitaciones y de las pruebas porque ven a Dios siempre y en todas las cosas: por eso hablan de él con una elocuencia a la que los más sabios no pueden llegar. Vicente revela con una palabra el secreto de esta elocuencia: su ciencia infusa está toda llena de amor; y nadie habla mal de lo que ama.

Se comprenderá mejor la superioridad de este conocimiento cuasi experimental de Dios sobre el saber especulativo después de la lectura de este texto paulino que aplica santo Tomás  al don de sabiduría: «Nosotros predicamos la sabiduría de Dios en el misterio, sabiduría que ha estado oculta y predestinada durante siglos para nuestra gloria… El Espíritu penetra todas las cosas, incluso las profundidades de Dios. ¿Qué hombre sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así lo que está Dios, nadie lo conoce sino el Espíritu de Dios… El hombre espiritual juzga de todas las cosas y no es juzgado por nadie. Pues quien ha conocido el pensamiento del Señor para poder instruirlo, sino nosotros, nosotros tenemos el pensamiento de Cristo».

Ningún maestro de la espiritualidad más convencido que el Sr. Vicente de la importancia de los dones del Espíritu Santo en la oración. Los libros y los estudios no favorecen apenas este ejercicio. Y el santo cita las palabras de san Buenaventura en respuesta a las felicitaciones de un sencillo sobre su saber. «Oh, hermano mío, para hacer bien oración, la ciencia no es necesaria, basta con amar mucho a Dios. Por eso, una mujer cualquiera y el hermano más ignorante del mundo, si aman a Dios, hacen mejor la oración que yo».

Alquien -añade el santo- informándose de santo Tomás en qué libros recogía los conceptos tan hermosos y tan elevados, recibió esta respuesta: «Señor, por favor, os llevaré a mi biblioteca». Y santo Tomás le condujo delante de su crucifijo y le dijo que no hacía otro estudio que aquél».

El agrado de Dios es conversar con los pequeños. Es un hecho de experiencia: las luces y las ternuras espirituales son con más frecuencia comunicadas a las mujeres verdaderamente devotas que a los hombres, por no decir a los sencillos y a los humildes.

El Sr. Vicente ha conocido a un labrador de las montañas de Auvergne quien, mientras llevaba el arado y guardaba las cabras, hacía oración, y hablaba de Dios tan dignamente –afirma el santo- que no hay prelado, teólogo, ni nadie que pudiera hablar así, y no espero oír hablar tan bien.

Un hecho más significativo todavía es la transformación intelectual de varios Hermanos conversos, cuyo santo es con frecuencia testigo en San Lázaro. «Hacemos la repetición de la oración en casa –escribe-. Ahora bien, por la gracia de Dios, a los sacerdotes les va bien, a los clérigos también, unos más, otros menos, pero en cuanto a nuestros pobres Hermanos, oh, en ellos se verifica la promesa que Dios ha hecho de descubrirse a los pequeños y a los humildes, pues nos maravillan las luces que Dios les da; y tal parece que es él solo, pues ellos no tienen ninguna ciencia. Este será un pobre zapatero, este será un panadero, un carnicero, y sin embargo ellos  nos llenan de asombro.

«Hablamos de ellos a veces entre nosotros, con confusión por no ser tales como los vemos. Nos decimos unos a otros: «Mirad a este pobre Hermano; ¿acaso no habéis advertido los bellos y buenos pensamientos que Dios le ha dado?  ¿no es admirable? Ya que lo que dice no lo dice por haberlo aprendido anteriormente; es desde que hace oración cuando lo sabe».

Según Vicente, estos hechos tienen providencialmente por fin probar que toda la ciencia del mundo no es más que ignorancia al lado de la otorgada por Dios a las almas seriamente entregadas a la oración.

En su deseo de impresionar  más la imaginación de sus auditoras, el santo les pone como ejemplo una figura que ha sido popular entre las Hijas de la Caridad, al Hermano Antonio: «¿Habéis visto alguna vez a una persona hablar de Dios como lo hacía este hombre? –dice-. En cuanto a mí, nunca he visto nada parecido, pues diez palabras diez palabras de su boca producían más impresión en los corazones que no os podría decir cuántas predicaciones. Estaba lleno de una unción que se comunicaba tan dulcemente a los corazones que  se sentían en comunión. ¿Y dónde había aprendido todo eso? Lo había aprendido de algunas predicaciones que había escuchado, luego meditado; y Dios se había dado a él tan abundantemente que nunca le habían hablado mejor; y esto por la oración».

Esa es con tanta exactitud como sencillez la influencia dulce, pero profunda de los hombres de oración sobre las almas. Su elocuencia no se parece a ninguna otra; no es de la Tierra: el Espíritu Santo es su inspirador. Es reconocer que no depende ni de la inteligencia, ni del saber, y que un ignorante, sin saber leer ni escribir, pude obtenerla de Dios sin poner de su parte otra disposición que una ardiente caridad.

La oración considerada bajo el punto de vista sobrenatural no tiene nada de inquietante, ni de desalentador, ni siquiera para las cabezas  más vacías y los espíritus menos abiertos. Nuestro error es considerarla de una manera demasiado humana, de ver en ella sobre todo un ejercicio de atención y de reflexión, de lo que muchos son evidentemente incapaces.

En lugar de tanto agobio por sus cualidades intelectuales, igual que si se tratara de las pruebas del bachillerato o de una licencia, es suficiente preguntarse si se ama a Dios o más exactamente si se le quiere amar con todas sus fuerzas o con todo el corazón. Se desearía solamente, si este deseo es sincero. La oración tardará poco en transformarle en una verdadera y sólida volición. Una vez admitido este principio y aceptado definitivamente este punto de vista sobrenatural, nada puede apartar de este ejercicio, e incluso todo lleva a los ignorantes a entregarse a él.

Este es un dominio que les está abierto, mientras que a tantos otros les está cerrado por su incapacidad.

¡Qué maravilla! Así como las ciencias humanas son para ellos inaccesibles, así la ciencia divina está en sus manos. Que entren allí con valor, y allí encontrarán a Dios para instruirlos. Tal vez esta instrucción tendrá lugar sin darse cuenta ellos, pero qué importa. Lo esencial es que se dé, e infaliblemente se dará. El Sr. Vicente se lo asegura basándose en el Evangelio y en hechos tan ciertos como numerosos.

Los espíritus mediocres están seguros del éxito si se colocan resueltamente en el plano sobrenatural. Su buena voluntad corre no obstante al peligro, y Vicente se lo advierte. Es el de hacer demasiado grandes esfuerzos en la oración. El santo les recomienda que actúen moderada y suavemente allí como en cualquier otra parte. «La demasiado grande aplicación del entendimiento, observa él, calienta el cerebro y produce dolores de cabeza; los actos de la voluntad reiterados con frecuencia, o demasiado violentos, agotan el corazón y lo debilitan. Hay que moderarse en todo, y el exceso no es nunca loable en lo que pueda serlo.

Prácticos para todo el mundo incluso en las más lúcidas inteligencias, estos consejos del santo lo son todavía más para los sencillos y los ignorantes. Estos últimos encuentran en ello el único método apropiado a su caso: «Debemos actuar por espíritu de fe en la oración, y considerar los misterios y las virtudes, que meditamos, en este espíritu de fe, dulcemente, humildemente, sin esfuerzos para la imaginación, y aplicar más bien la voluntad para los afectos y resoluciones, que el entendimiento para los conocimientos».

Los enfermos y los temperamentos débiles deben más que todos los demás evitar durante la oración un trabajo intelectual por encima de sus fuerzas. Bajo el imperio de esta preocupación, el Sr. Vicente ruega al Superior Louis Rivet que vigile  en particular al Sr. Fleury que sufre del hígado. Que le recomiende que se dedique a la oración sin esfuerzo y se comporte dulcemente y sin esfuerzo en ella.

En este trato con Dios, el alma puede suplir la falta de actividad cerebral por un aumento de actividad afectiva y voluntaria. Cuando la inteligencia no funciona sino con lentitud y dificultad, en vez de pedirle más de lo que puede dar, lo mejor es recurrir al corazón y a la voluntad.

El santo cita a propósito el caso de un Hermano quien confesaba ingenuamente no tener suficiente espíritu para meditar. De las facultades del alma, una sola le servía: la voluntad. Propuesto el tema, lo empleaba –según las palabras del interesado mismo- en producir afectos, pasando el tiempo en dar gracias a Dios, en dolerse de sus faltas, en implorar la gracia de imitar tal virtud de Nuestro Señor. El último acto era tomar resoluciones.

Lejos de reprocharle su conducta, el santo le aprobaba plenamente. «No os preocupéis por las aplicaciones del entendimiento, -le dijo- que no se hacen más que para la voluntad, ya que la vuestra, sin estas consideraciones, se deja llevar así a los afectos y a las resoluciones de practicar la virtud. Que Dios os conceda la gracia de continuar así».

Es bueno recordárselo una vez más a los ignorantes: la oración no es, y no debe serlo nunca, un estudio; es un diálogo con Dios en el que el alma o habla o escucha. Cuanto más tierna es esta conversación, ingenua, confiada, mejores son los frutos. No sería tratar al Eterno como a un hombre sensible al buen lenguaje antes que esforzarse en decirle bonitas frases. Contentémonos con mantenernos bajo la mirada divina.

Si el Señor habla, escuchemos sus palabras sin interrumpirlas con comentarios. Si la voz divina enmudece y nuestro espíritu no encuentra qué decir, resignémonos sencillamente al silencio. Los más sabios y los más santos se han resignado a ello. Dios no necesita  ni de hablar a las almas, ni oírlas para instruirlas y santificarlas.

Llega al momento de tratar del principal motivo ya adelantado para abstenerse de hacer oración. A falta de aceptar este estado de silencio y de inercia aparente al que acabamos de hacer alusión, hay cristianos que se hastían de un ejercicio que no les parece tener ya para ellos razón de ser; y pronto se abandonan como un vestido ya demasiado estrecho. Esta deserción temprana o tardía según los caracteres es demasiado general.

Los maestros de la espiritualidad han comprendido la gravedad del peligro y se han propuesto conjurarlo en todo momento. El Sr. Vicente emplea su celo y su perspicacia psicológica en ello. Su espíritu de previsión le lleva a señalar a las almas la prueba que los espera. Lejos de atenuarla, la muestra en todo cuanto puede tener de más penoso.

Coma cada uno de nosotros está expuesto a este género de prueba, nadie leerá sin provecho los consejos siguientes entregados por el santo a las Hijas de la Caridad-19: «Me preguntáis cómo se ha de hacer oración, porque os parece que no la hacéis. Ante todo, debo deciros, Hermanas, que no la dejéis nunca porque os parece que sois inútiles para ella. No os extrañéis, las que sois nuevas, de veros un mes, dos meses, tres meses, seis meses sin hacer nada; oh, no, no, ni siquiera un año, ni dos, ni tres. Pero no dejéis de acudir como si hicieseis mucho allí.

«Santa Teresa  pasó veinte años sin poder hacer oración. No entendía nada. Si iba al coro, decía: Dios mío, yo voy, porque la regla lo manda, pues no haré nada; mas porque lo queréis, acudiré».

Y en todos estos veinte años, aunque ella no tuviera más que desagrado, no faltó una sola vez. Y al cabo de veinte años, Dios, recompensando su perseverancia le concedió un don tan eminente que, desde los apóstoles, nunca persona alguna ha alcanzado a santa Teresa.

«¿Sabéis, Hijas mías, si Dios no quiere hacer unas santas Teresa?

«Vosotras pensáis que acudiendo a la oración, no lograréis nada porque no sentís en ello agrado: y es preciso que sepáis, Hijas mías, que todas las virtudes se encuentran allí: primero la obediencia, de la que hacéis un acto a la hora que la regla la ha mandado; la humildad, pues, pensando que no lograréis nada, tendréis un bajo sentimiento de vos misma; la fe, la esperanza y la caridad. Por último, Hijas mías, en esta acción están encerradas la mayor parte de las virtudes que os son necesarias.

Por todas estas razones, que nos muestran la bendición que Dios da a los que practican el ejercicio de la santa oración, que les sea agradable, o se sientan en aridez, debemos ahora, vosotras y yo, darnos a Dios para no faltar a ella nunca, pase lo que pase.»

Nosotros podemos todos, sacerdotes y fieles, hacer la aplicación a nosotros mismos de los consejos del santo, aunque sean dirigidos a Religiosas. Los sinsabores, sequedades, arideces se encuentran  en el mundo como en el claustro. Apenas existe vida espiritual que no sufra de esto en un tiempo o en otro. Unas veces su duración se prolonga durante diez, veinte años y más; otras es corta en extremo. ¿Por qué estas diferencias? Es el secreto de Dios que sería insensato querer sorprender.

Aceptemos las pruebas, con los ojos cerrados, aceptémoslas en toda su extensión y bajo la forma particular determinada por la Providencia.

Esta tranquilidad de corazón en este género de sufrimiento es más fácil.

Cuando se está convencido de su utilidad. Cuanto más firme y profunda sea la certeza, más plena y duradera será la aceptación.

En el tiempo de la prueba hay que decirse y volver a decirse diariamente: mi oración tan fría, tan pobre glorifica a Dios y me es útil, a pesar de las apariencias contrarias. ¿Sería razonable fiarme antes de mis impresiones personales que de las afirmaciones de un san Vicente de Paúl y de la enseñanza de los maestros de la espiritualidad? ¿Puedo yo por otra parte tener la pretensión de seguir el trabajo de la gracia dentro de mí? Si hay operaciones que desafían todo control son las acciones de Dios sobre las almas.

Comprendamos de una vez para siempre que sería pueril establecer una proporción entre  el crecimiento o la disminución de nuestra vida espiritual y los gozos o las tristezas  experimentadas en el curso de nuestras oraciones. Ayer, mi fervor sensible podía no corresponder a ningún progreso espiritual, mientras que hoy mi estado de desgana y de sequedad puede coincidir con un avance por el camino de la perfección. Me equivocaba ayer alegrándome de una cosa ilusoria, y me engaño hoy al desanimarme cuando convendría sentirse lleno de esperanza.

Como lo demuestra san Vicente, el único hecho de ser fiel a su oración cotidiana y de consagrarle siempre el mismo tiempo, a pesar del vacío de ideas y de sentimientos, no transcurre sin un desarrollo de las virtudes teologales de fe, de esperanza, de caridad, y de las virtudes de obediencia y de humildad.

Apoyándose en esta verdad absolutamente cierta, se arma uno de valor para soportar las sequedades interiores, por largas y por duras que sean.

El Sr. Vicente expone otro principio no menos cierto y no menos útil. Se trata de la procedencia y del papel  de las arideces espirituales. La naturaleza y el demonio no son siempre la causa. Dios mismo se sirve de ellas para santificar las almas y unírselas más estrechamente. Después de prodigar sus dulzuras  para atraerlas a la oración, el Señor las priva de ello cuando están bastante familiarizadas con este ejercicio para entregarse por deber y con desinterés. Al privarlas de sus consuelos, Dios, por un lado, las humilla y las separa de la Tierra, hasta que, por el otro, Él las eleva y se las une con lazos menos dulces, pero cuánto más fuertes. En definitiva es un medio del que usa el Esposo divino para hacerse querer.

Este es el principio iluminado por el santo en estas líneas tan prudentes y tan mesuradas: «Dios permite algunas veces que se pierda el gusto que se sentía y el atractivo que se tenía por la oración, y hasta que se disguste. Pero es de ordinario un ejercicio que nos envía y una prueba que quiere hacer de nosotros, por la que no hay por qué desolarse, ni dejarse caer en el desánimo.

«Hay almas buenas que son alguna vez tratadas así, como varios santos lo han sido también. Sí,  conozco a varias personas  muy virtuosas que no tienen más que desgana y sequedades en la oración; pero, como son muy fieles a Dios, hacen buen uso de ellas; lo que no contribuye poco para su adelanto en la virtud.

«Es verdad que cuando estas desganas y sequedades llegan a los que comienzan a entregarse a la oración, hay a veces motivos para temer que ello provenga de alguna negligencia por su parte». Esta última advertencia del santo es de un teólogo experimentado. Como Dios atrae de ordinario a las almas a la oración por sus dulzuras, es raro que un alma de buena voluntad, se vea privada desde las primeras meditaciones. Por eso esta alma debe juzgarse la causa de este estado. Un serio examen de conciencia le permitirá descubrir la causa de sus sufrimientos. Importa hacerlo sin confusión, ni precipitación.

El sujeto se preguntará si lleva en sus relaciones con Dios las disposiciones queridas para sacar provecho, puesto que se entrega lo mejor que puede a la oración y en condiciones favorables.

«Psicólogo prudente, Vicente de Paúl comprende el martirio que pasan las personas probadas por sequedades espirituales, y él se compadece cordialmente de su triste suerte.

«Os compadezco mucho por las penas de espíritu que sufrís, -escribe a un clérigo-porque no hay nada que aflija tanto a un alma que ama a Dios, ni la desanime más en sus primeras resoluciones, ni que la exponga más a las tentaciones, como lo hacen estas tibiezas que tenéis por las cosas de Dios y estas desganas por la oración… Por eso, mi querido Hermano, debéis pedir mucho a Dios que las aleje de vos, o que os dé la gracia de usar bien de ellas.

«Su bondad hará sin duda lo uno y lo otro si, a pesar de estas sequedades, seguís fiel a estos ejercicios. Pero por lo demás no os alarméis por veros en este estado; os es común  con cantidad de santos que han pasado por él, y espero que  se cambiará  pronto a favor y regocijo de espíritu visto que el hombre no está nunca en el mismo estado, y que Nuestro Señor ejercita a sus mejores servidores bien de un modo bien de otro para probarlos de todas las maneras. Así las cosas, tratad de acoger todos los sucesos de su conducta paternal, y permanecer firma entre sus cambios en no buscar más que a él y vuestra propia abnegación».

Esta carta del santo encierra preciosas indicaciones tanto para el gobierno de su alma como para la de los demás. Cuando alguien está cansado de la oración y que le parece imposible hacerla bien, es una torpeza recordarle fríamente los principios arriba mencionados y atenerse a ellos. Se ha de tener por natural su conmoción y darle la seguridad que un estado tan penoso se explica, más aún se comparte simpáticamente.

Los cristianos así atormentados  son proclives al escrúpulo y a la acritud, como todos los que sufren de dolores interiores mal definidos. Reproches algo secos pueden llevarlos a esto, a veces incluso simples explicaciones dadas con frialdad. El preámbulo de sincera conmiseración abre el alma a la confianza y hace más eficaces los remedios propuestos. ¡Qué reconfortante este pensamiento de una comunidad de pruebas con los santos! ¿No es cosa hábil recordar a los corazones en la angustia a rapidez con la que el hombre pasa de la tristeza a la alegría? Solo después de estos trabajos de acercamiento, predica el santo a su corresponsal el olvido de sí y la completa sumisión a la benevolencia de Dios. También les muestra las complejidades  de la hora presente cambiadas pronto en regocijo

El único medicamento indicado es la fidelidad a los ejercicios religiosos particularmente a la oración que no se puede lograr sin el espíritu de orar, firmeza de carácter y abnegación. En este sentido la renuncia, condición sine  qua non de los estados superiores de oración, es necesaria en los primeros movimientos del alma hacia Dios.

Y aquí nos vemos obligados a tratar de un pretexto detrás del cual se abrigan muchos para omitir la oración con toda seguridad de conciencia. Sacerdotes absorbidos por el ministerio parroquial o por la predicación, Religiosas dedicadas a la educación de la infancia o al cuidado de los enfermos, mujeres o jóvenes del mundo entregadas a las buenas obras, gimen por no tener el tiempo de meditar.

Estas quejas no son cosa nueva, Vicente de Paúl las ha escuchado con frecuencia, como los directores espirituales las escuchan también a su vez. Si estos últimos las toman en serio alguna vez, su ilustre predecesor, él, las daba por justificadas hasta probarse lo contrario. Nueve veces de diez, en efecto,  si la hora o la media hora de oración no encuentra su sitio en el día, la causa no es el número de las ocupaciones, ni su duración respectiva, sino una falta de orden y de previsión.

Sucede con nuestros actos diarios como con las ropas y objetos de aseo al colocarlas en una maleta para un viaje. Al disponerlas  inteligentemente, es posible colocar el doble que ponerlas revueltas. En lugar de obrar al azar, preparemos un programa de vida en relación con nuestros deberes de estado.

Fijemos la hora del levantarse, y que sea lo más matinal posible, teniendo en cuenta del descanso que exige nuestra edad y nuestra salud. Es el principal punto del reglamento ya que hallándose cronológicamente  el primero, influye sobre los demás. ¿Acaso la oración  no se omite con frecuencia totalmente o en parte, por falta de levantarse siempre a la misma hora? Esta indeterminación al comienzo de la jornada de trabajo es un elemento perturbador por el que las relaciones con Dios sufren el contragolpe. El retrasado al preguntarse, no sin inquietud, si podrá con la tarea, no duda en sacrificarlas, visto lo que se dice que a lo imposible nadie está obligado.

El medio de tener tiempo para hacerlo todo, es no holgazanear en la cama. «Si no se levanta a la hora, -advierte el santo- el tiempo pasa y no vemos solución, hay que vestirse vivamente y de este modo se deja la oración… Después de cometida esta falta, un día, se cometerá al día siguiente».

Al mismo tiempo que se encuentran impedimentos serios, Vicente declara que en general si se tiene cuidado, se encuentra el tiempo de entregarse a diario a la oración. Si por imposible no se ha hecho esta como de costumbre, que se le dedique el primer tiempo libre.

El santo juzga tan estrecha la correlación entre el levantarse matinal y la oración que dispensa muy difícilmente del primero a las Hijas de la Caridad.  Estas últimas alegan varios motivos para prolongar su sueño. Una de ellas, por ejemplo, ha estado despierta por un ligero dolor o por alguna preocupación, otras duermen más fácilmente por la mañana. Las hay que, por negligencia, se acuestan tarde. Evidentemente el último caso no merece ser tenido en consideración. Por el contrario los precedentes parecen merecerlo.

El santo tan compasivo con las miserias humanas se muestra sincero en interés de las almas. Después de una alusión a sus insomnios frecuentes, expresa en estos términos su manera de obrar: «Yo me levanto siempre a las cuatro, porque tengo ls experiencia  que me habituaría fácilmente a levantarme más tarde. Por eso, mis queridas hermanas, haceos un poco de violencia, y luego encontraréis una gran facilidad, ya que nuestros cuerpos son asnos: acostumbrados a un camino, van siempre por él. Y para hacer esta costumbre fácil sed regulares en acostaros». Médicos y psicoterapeutas son partidarios también de esta regularidad. Beneficiosa bajo el punto de vista religioso, no lo es menos bajo el doble punto de vista físico y psíquico. Los pedagogos constatan igualmente sus felices efectos. La conclusión práctica para cada uno de nosotros es llevar allí en primer lugar su atención y sus esfuerzos. Importa decirse a sí mismo una y otra vez: si quiero llegar a ser hombre de oración, debo comenzar por poner orden en mis actos y ente todo por fijar irrevocablemente el principio y el fin de mis jornadas. Que me sea agradable o penoso quedarme en la cama, no saldré de ella ni antes ni después, salvo si la necesidad me obliga o la caridad me lo impone. Cuando mi noche haya sido mala, imitaré el hermoso ejemplo del Sr. Vicente para no incurrir en una vía de abandono que me expondría, un día u otro, a algún descuido en mis tratos con Dios.

La oración es un acto tan saludable a nuestra vida sobrenatural, que mirándolo bien, más vale, para salvaguardarla, se demasiado duro para con su cuerpo que demasiado tierno. Conviene repetirlo: esta línea de conducta no es aplicable más que en caso de malestar sin gravedad.

El santo tiene por desconsiderado este género de sacrificio con los enfermos, como lo prueban las líneas siguientes  respecto de las almas demasiado generosas : » Os levantaréis a la hora (del reglamento de vida). De esta primera acción depende todo el orden de la jornada. Se ha de tomar resta costumbre valientemente, que no es tan difícil, mientras tengáis salud y hayáis reposado, por la noche, todo lo necesario, que debe ser de siete horas ; ya que si nos lo impidiera alguna enfermedad, habría que reparar, por la mañana, el tiempo que no hayamos descansado por la noche «.

Refiriendo este último texto con el precedente tomados los dos de la misma conferencia, se da uno cuenta de las preocupaciones diferentes bajo la cuales se han dicho. El santo ve en su auditorio, por un lado, Hermanas escrupulosas, propensas a mortificaciones excesivas, o  un celo demasiado ardiente, y por otro, a mujeres blandas por naturaleza y que hacen de  la menor indisposición una tragedia. Claro que recordando el texto que importa no exigir al cuerpo más de lo que puede dar sin agotamiento, se aplica a las Religiosas de la primera categoría, cuando la invitación a mostrarse enérgica conviene  solo a la del segundo grupo. Consultemos a nuestro director de conciencia para saber dónde se encuentra nuestro lugar.

San Vicente me pide hacer oración inmediatamente después de levantarme, es primeramente para que asuntos inesperados o el anuncio de noticias interesantes no me lleve a olvidarme de este deber o a cumplirlo mal. Es también, con el fin de apegarme, por decirlo así, a este acto por un lazo muy sólido, la costumbre.

¡Qué fuerza más maravillosa, en efecto, la de la costumbre! Nada más cierto, más frecuentemente constatado, con la condición no obstante de que no degenere en rutina. Si se tratara de un conjunto de movimientos corporales, esta última lejos de ser dañosa en su ejecución, la aseguraría más bien, ya que  el automatismo del Inconsciente facilita  y perfecciona el cumplimiento de los gestos una vez que han entrado en la memoria por la costumbre.

La oración, aunque afecte indirectamente  al cuerpo por la actitud adquiría que le impone, no consiste menos en una actividad consciente y libre, en la que el psiquismo entero toma parte, como se ha visto en el capítulo anterior. Por ello, la rutina es su enemiga, desde el momento que a directamente al encuentro de la esencia misma de la oación considerada al menos en sus formas ordinarias. No es que el Inconsciente no juegue en ello un cierto papel, sino que su intervención por otro lado imprevisible presupone un trabajo más o menos largo y difícil del espíritu, del corazón y principalmente de la voluntad.

Ocurre en este campo lo análogo de lo que se produce en las ciencias y las artes en las que las intuiciones fecundas van precedidas de búsquedas y de estudios pacientemente sostenidos.

¿Cómo escapar al inconveniente de la rutina a la vez que se favorece la facilidad que engendra la costumbre  por la repetición de actos semejantes ?

Hombre de experiencia si le hubo, Vicente encuentra, en la oración misma, el medio de apartarse del peligro. Este acto no será  nunca rutinario, si se verifica como debe serlo, es decir en conformidad con su naturaleza consciente y libre. En una palabra, mi meditación de hoy bien llevada me predispone a hacer bien la del día siguiente. Cuanto más atención y amor preste a estas charlas con Dios, y más me parezcan cada mañana cosa nueva, a la par que si yo llevo un espíritu distraído y un corazón indiferente, perderán pronto su sentido y su razón de ser.

Nuestras oraciones diarias forman una cadena, cuyos eslabones se parecen de ordinario. Cuántas personas no se explican el carácter rutinario de sus meditaciones. Les parece ser víctimas de una especie de fatalidad que sufran contra su voluntad, sin que haya la menor falta por su parte. La idea de su responsabilidad no toca ligeramente su espíritu, tan cegadas se ven sobre la causa del mal. Esta causa es prácticamente inexistente, desde el momento que creen la rutina inevitable. Entre gente de piedad, cada uno se lo cuenta a los otros, y esta ilusión no resulta sino más general y más profunda.

El Sr. Vicente combate un error tan perjudicial en la santificación de las almas. Nos advierte que no busquemos en otra parte que en nosotros el principio del mal. Por otro lado, su amor de Dios se indigna al vernos tan fácilmente tomar partido en semejante estado de cosas ; mientras que con la gracia divina y nuestra colaboración sería posible remediarlo. Si vuestra oración –nos dice- no es ya más que un acto automático sin valor, ni alcance, cúlpese a sí mismo, es sobre vos, y no sobre nadie más sobre quien cae la responsabilidad. ¿Por qué no haber preparado este encuentro con Dios, como preparáis la recepción de un amigo? ¿No es absurdo pretender pasar sin transición de las diversiones o de los asuntos a un acto tan diferente y de una importancia semejante?

Sin duda la mentalidad cambia bruscamente, y el alma se eleva de repente del tierra de la vida a las regiones de lo ideal, pero qué locura sería hacer estación en estos cambios para abordar a Dios sin preparación y decidirse a ello en el último momento, como se determina a la ligera en las acciones baladíes de la existencia.

El sabio, antes de emprender un sencillo paseo, sopesa los inconvenientes y las ventajas, mira si es o no es oportuno, si conviene acortarlo o prolongarlo, de hacerlo solo  o en compañía, a paso rápìdo o lento; y el Cristiano por su parte, cuando el interés de su alma está en juego, se arrojaría, con la cabeza baja, sobre la oración sin tomarse el tiempo de reponerse. ¡Que él presentaría un acto pesado por su eternidad sin acordarse rápidamente qué cosa es este acto, su fin inmediato y lejano, y el modo cómo debe hacerse para no comprometer los resultados!

El Espíritu Santo condena, en la Escritura, este descuido. Antes de la oración, prepara tu alma, recomienda el libro del Eclesiastés. Vicente comenta así este texto tan aplicado a caso presente : «La oración es una elevación del espíritu a Dios para presentarle nuestras necesidades, implorar el auxilio de su misericordia y de su gracia. Es pues muy razonable que debiendo tratar con una tan alta Majestad,  se piense un poco lo que se va a hacer, delante de quien se va a presentar, lo que se le puede decir, qué favor se le puede pedir.

«Sucede no obstante a menudo que la pereza y la flojera impiden pensar en esto; o bien, por el contrario, la precipitación y la desconsideración nos apartan de ello, con que hace que se caiga en falta de preparación. A lo que hay que poner remedio. También se ha de tener cuidado con nuestra imaginación vagabunda y corredora para detenerla, y con la ligereza de  nuestro pobre espíritu para mantenerle en la presencia de Dios, sin por ello hacer un esfuerzo demasiado grande, ya que el exceso es siempre dañino «.

Psicólogo avisado, el santo distingue dos tipos psíquicos opuestos en los que se reparten los que descuidan prepararse a la oración. El primero, con mucho el más extendido, está caracterizado por un defecto  más o menos grande de voluntad, mientras que el segundo proviene de una actividad cerebral  excesiva y mal reglada. Aquel comprende  los inactivos por temperamento que no van nunca más allá, en el esfuerzo, de lo que juzgan esencial. Bien está –piensan ellos- meditar, cada mañana, durante un tiempo dado, pero que no se les pida más. Los mejores argumentos chocarían contra un fin de no recibir.

En otros, la falta de voluntad proviene de más bien de ls pobreza de su vida afectiva que priva su valor de un precioso concurso. Es milagro que mediten diariamente ya que estos indiferentes lo hacen sin calor y sin vida. Se debe esperar de su parte una deserción próxima.

Existen por último miembros del primer grupo que no eran inactivos por naturaleza, pero han llegado a serlo al buscar sus comodidades.  Son egoístas en quienes el amor propio reviste la forma de la pereza. Si se niegan al esfuerzo, es solamente cuando el esfuerzo no es generador de placer. En eso, se distinguen  de los temperamentos flojos, de las naturalezas inertes. ¡Cuánto mayor es su culpabilidad! Sorprendámonos si no han abandonado la oración cotidiana, si este abandono no ha tenido lugar, se producirá infaliblemente y pronto, a menos que cambien de mentalidad bajo el imperio de la gracia.

El segundo tipo, al que el santo alude, se subdivide en dos categorías, cuyo punto de semejanza es llegar al desorden, pero van por caminos diferentes. Uno de estos caminos es la precipitación, el otro la irreflexión.

Quién de nosotros  no se ha encontrado con impulsivos y agitados que querrían realizar todos sus proyectos al instante mismo en que los forman. La fiebre de actuar los atormenta y los arrastra hasta el punto de no dejarle un instante de reposo. Queriendo llevarse todo de calle, estos sobrexcitados no terminan nada. Apenas se lanzan a una empresa, cuando están ya pensando en otra que no tiene nada en común con la anterior y hacia la que convergen  sus fuerzas para abandonar al punto y dirigirse hacia un fon en el que no harán gran cosa tampoco.

Este estado de espíritu engendra, en el sujeto, una inquietud y, en sus actos, un desorden contrario al dominio de sí y as la paz interior que exige la oración.  Estos agitados son por lo general más dignos de lamentar que de culpar. Su mal de orden psíquico depende más del especialista de los males nerviosos que del director de conciencia. El sacerdote que tiene el cargo de lo espiritual hará bien en comprometerlos a recurrir a un médico. Que no agraven una situación dolorosa con reproches inmerecidos. Su influencia no será saludable sino a condición de ser dulce  y paciente. Los mejor es conformar lo más posible su línea de conducta a la táctica de san Francisco de Sales en casos semejantes

Lejos de indignarnos porque un agitado haga su oración sin preparación, demos gracias a Dios porque en su inquietud y un sus prisas consagra a es este ejercicio un tiempo apreciable. Tratemos sin embargo, con la ayuda de los consejos de un psicoterapeuta, de indicarle procedimientos propios para hacerle un poco maestro de él cuasndo suene la hora de su oración.

Los no reflexivos, ellos, y son legión, son menos irresponsables que los agitados en la mayor parte de los casos. Muchos obran desconsideradamente, no por inferioridad psíquica, sino por inferioridad moral.  Los más devotos de entre ellos meditan superficialmente el modo a la manera de las gentes del mundo que conversando por pura cortesía sin prestar atención a  los lugares comunes que tratan. Este automatismo protocolar  de salón se observa  en las relaciones de un gran número de almas con Dios.

La causa de la irreflexión es el egoísmo. ¿Por qué personas dadas a las prácticas de piedad meditan por rutina sin atención, ni voluntad de sacar provecho? Sencillamente porque fuera de ellos mismos nada les interesa. Du defecto de concentración intelectual proviene de un defecto de  de vida afectiva. Para pensar fuertemente en el buen Dios durante la oración es necesario amarle que un grande y total amor. Solo las almas que arden a las que consume la divina caridad se preparan para este ejercicio, y por perfecta que sea esta preparación, les parece siempre insuficiente.

El único medio de escapar de la rutina está en el amor de Dios, es locura pretender buscar otros. Sucede con la oración hecha por orgullo, por interés o por todo otro motivo humano, como con una rama privada de savia, el alma no puede hallar en ello un reposo duradero, ya que es algo análogo a la rama muerta  que se descompone y se reduce a polvo.

El secreto de hacer cada mañana este ejercicio más nuevo, más atractivo a pesar de su repetición cotidiana, nos  es dado por el Sr. Vicente en estas líneas: «La oración es tan excelente que no se puede hacer demasiado ; y cuando más se hace, más se quiere hacer, cuando en ella se busca a Dios «.  Todo consiste en esto : buscar a Dios en lugar de buscarse a sí mismo, conscienteente o sin saberlo so color de encontrar a Dios. El éxito de este acto depende de la pureza de intención. El problema de la rutina debía ser estudiado con detalle. ¿No es un adversario particularmente temible ya que es tan difícil evitarlo? Ya es mucho mirar a la cara a su enemigo y conocer a findo sus astucias. Una vez visto, su táctica varía según los sujetos y los casos. Cuanto más familiarizados estemos con el examen de conciencia, mejor será la aplicación de esta enseñanza a nosotros mismos.

La excusa con tanta frecuencia invocada de las distracciones involuntarias para dispensarse de la oración, so pretexto que pierde de pronto su utilidad, se relaciona con el problema precedente. Se prevé cuál será la respuesta del santo. Esta nos viene formulada en términos tan claros como tranquilizadores en una conferencia a las Hijas de la Caridad: «Me diréis tal vez  que estáis tan distraídas, incluso cuando rogáis a Dios, que no podéis pasar un cuarto de hora sin distracción. No os sorprendáis, los mayores siervos de Dios se ven a veces en estas penas.

«Yo hablaba, uno de estos días, a un buen sacerdote, convertido hacía algunos años, que emplea un gran tiempo en rogar a Dios. Me decía que con frecuencia no tenía ni gusto, ni satisfacción, fuera de la de decir: ‘Dios mío, estoy aquí en vuestra presencia para hacer vuestra santa voluntad. Basta con que me veáis. Haced eso mismo».

No seremos ni sorprendidos, ni afligidos más de lo debido por estar frecuente y largamente distraídos en el curso de nuestras oraciones, si consideráramos,  de una vez por todas, las distracciones como inevitables. El ejemplo de los santos en este particular es convincente.

En lugar de inquietarse por esta miseria y sentir despecho, ¿por qué no ver en ello sobre todo una ocasión ofrecida por Dios de humillarse en su presencia y de confesar su nada?

Otra ventaja de estas penas interiores es ayudar al desprendimiento de sí. Ante la imposibilidad, que constata y de la que sufre, de mantener su atención dirigida a Dios, el alma se ve proyectada providencialmente a no querer ya la satisfacción de su propios deseos, sino únicamente el cumplimiento de lo que agrada a su Creador. No solamente quiere amar a Dios, sino que la vemos indiferente a los caminos por los que su Señor y Maestro la hará llegar a este amor. Y las distracciones involuntarias son precisamente uno de los instrumentos  de que Dios se sirve para realizar este adelanto espiritual. Este papel las transforma y las embellece a nuestros ojos. Lejos de ser un peso que nos impide progresar en la oración, ellas son más bien una ayuda inesperada y con frecuencia incomprendida.

Tomemos la resolución de no entregarnos a este ejercicio por placer,  sino por deber. En lo más fuerte de nuestras distracciones y de nuestras desganas, repitamos indefinidamente, si es necesario,  esta palabra de humildad citada por el Sr. Vicente : «Dios mío, estoy aquí en vuestra presencia para hacer vuestra santa Voluntad. Es suficiente con que me veáis».

Estemos bien seguros de que ni el éxito, ni el fracaso aparentes de nuestras oraciones no significan nada. ¡Qué necedad y que fatuidad creer que el Espíritu Santo proporciona sus gracias y sus dones a nuestro grado de atención o a la intensidad de nuestro fervor sensible! Seguir por dentro de sí la acción divina y medir así sus efectos no está al alcance de nadie.

Un último pretexto expuesto para dispensarse  de la oración es la dificultad de tenerla en viajes. El santo no la acepta.  Sus misioneros viajan lejos, la primera recomendación que les hace  es de no omitir nunca la oración mental, ni siquiera a caballo, si no tienen el tiempo de hacerla de otro modo. ¿Es lógico en circunstancias en que las tentaciones se multiplican  y resultan más acuciantes, renunciar al medio más eficaz de resistirlas?

 

 

 

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