San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (09)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Henry Lavedan · Translator: I. Fernández. · Year of first publication: 1928.
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Lo que Vicente deseaba del pobre

Al propagar así en el mayor ámbito y a precio de di­ficultades y grandes peligros el método del santo, sus dis­cípulos tenían conciencia de cumplir su más caro anhelo: efectuar el trabajo de instruir, que a sus ojos era la úni­ca llave capaz de abrir todas las puertas; instrucción com­pleta, religiosa, intelectual y moral.

El socorro y cuidado de los pobres —aunque era ne­cesario comenzar por aquí— no era sin embargo la última finalidad. Lo principal estaba aún por hacerse.

Era menester enseñarles que si habían de permane­cer siempre pobres, habían de serlo con dignidad. Después de hacerles ver sin temor sus derechos, era necesario in­culcarles sus deberes, dignificarlos ante sí mismos, quitar­les la idea de su ruina irreparable y fatal, persuadirlos que para ser respetados y estimados corno el que más, bas­taba ser respetable, en fin educarlos, yendo a la inteligen­cia a través del corazón. Aunque mediana o aletargada, la inteligencia de estas gentes era capaz de destellos admira­bles, ¡y cuántos corazones que parecían endurecidos de­finitivamente por las contrariedades, se enternecían con más facilidad que los de los dichosos y cedían al primer empuje!

Juzgando que la mendicidad nutre la pereza y esti­mula los vicios, siendo así el mayor obstáculo para la sal­vación de los pobres, la proscribió bajo pena de interrum­pir la donación de limosnas y prohibió a sus fieles el re­partirlas.

La bondad no desarmaba su rigor. Conocía admira­blemente su clientela, el carácter de la misma y el modo de tratarla. Ninguno la analizó tan bien como él. Tanto sabía reconocer, cuando era conveniente, sus virtudes, co­mo poner en claro sus defectos, artimañas y bajezas. Las miserias físicas de los pobres no le impedían ver las feal­dades morales. Las lamentaba, pero sin apiadarse mucho exteriormente, sobre todo delante de ellos. No se procu­raba el placer vano de crear seres aparte y modelos en su género, embelleciéndolos en su estima Antes sin ilusión desestima los tenía por lo que eran: por infortunados. Siempre accesible a la caridad, sin retroceder ante las olas, entraba en ellas hasta el cuello no consintiendo jamás en que lo sumergiesen. Pero esta aparente indiferencia de sentimientos que hubiera podido creerse frialdad, ¡cuán so­lícitas atenciones ocultaba! Todo lo llevado a cabo desde su tiempo hasta nuestros días en el orden de la filantro­pía Para mejorar la suerte de la humanidad doliente es creación suya. El fue el primero en concebir las grandes ideas fundamentales, no sólo de las obras que le son peculiares, sino también de aquellas que prescindiendo de directivas religiosas han sido efectuadas por laicos en es­tos dos últimos siglos. No han hecho más que copiarlo sin poder superar el modelo. Cuando preocupado por los erran­tes que quebrantados por el hambre y la fatiga veía dor­mir a la intemperie, quiso asegurarles, al menos por unas horas, una apariencia de hogar, y decidió que «se abriría un asilo en el que se daría cena y cama y al día siguiente (los sueldos al despedirlos», ese día fundó los Hospicios nocturnos. Hoy disponen éstos de cómodos dormitorios, de lechos, calefacción, lavatorios, gas y electricidad. Bien es­tá. Pero en gran parte se deben a Vicente quien vislum­bró estos resultados en su mente de visionario.

El hijo de labradores, el antiguo pastor de Pouy, su­po aprovecharse de las lecciones de su infancia. Habiendo observado que las obras urbanas son de vida precaria sin el apoyo de las rurales, propuso a las cofradías de la campaña la adquisición en gran escala de vacas y ovejas cuya venta daría buenas sumas sin mayores dispendios pues podían apacentarse en los prados comunes, como en­tonces se acostumbraba. Con su larga experiencia en la cría de ganado específica: «Las ovejas serán marcadas cada cinco años con la marca de la asociación». Para pro­curarse otra fuente de ingresos auspició la creación de «talleres» donde los muchachos y los hombres capaces eli­giesen y aprendiesen un oficio según sus aptitudes a fin de poder más tarde ganarse la vida. También en esto Vi­cente se adelantó a nuestro tiempo en la idea moralizado­ra y práctica de «la hospitalidad por el trabajo».

Nótese que no sólo se trataba de consignar en el papel el genio invertido de tales empresas, ni siquiera de ponerlas en marcha sin más ni más. También era necesario para obtener el pleno éxito, hacerlas aceptar por los espíritus, presentarlas de posible ejecución, crear a su alrededor un ambiente favorable y un entusiasmo capaz de llevarlas ade­lante. Eran estas innovaciones audaces para la época, que aún propuestas por un hombre de espíritu y experiencia como Vicente, corrían el peligro de ser acogidas con in­diferencias y fracasar. Sin embargo fue inmediatamente comprendido con sólo hablar. Sin embargo sus prédicas jamás cayeron en desierto y eran aclamadas con entusias­mo. Las multitudes acudían a él y él las hacía prisione­ras. La gloria era el tormento de su modestia, pero su obra se acrecentaba resplandeciente. Se necesitarían mu­chas páginas para enumerar sus fundaciones. En algunos sitios, muchas de ellas sólo se revelaron más tarde, como en Bourg, Trévoux, Cháloux, Mácon, donde 1846 los ar­chivos dieron a conocer el proceso verbal de una asam­blea reunida con motivo de «un sacerdote del señor gene­ral de las galeras, piadoso y devoto, autor de nuevos me­dios por los cuales provee de alivio y alimentos a los po­bres, tanto en Trévoux como en las demás poblaciones cir­cunvencinas, cuya obra había de aprovecharse para el bien común». A todo esto, apenas si se menciona el nombre del fundador en memorias y procesos verbales de la épo­ca, a pesar de ser célebre y venerado y de haber estado presente, según nos consta por otros conductos, en muchas de aquellas sesiones y asambleas. Es que su mayor placer consistía en pasar inadvertido.

Las más numerosas fueron las cofradías femeninas, sea porque fuera más fácil reunir sus individuos dada la natural inclinación de la mujer por las obras de caridad, sea porque sus cuidados tienen mayor aceptación y son mejor aceptados por los beneficiados. Las cofradías mascu­linas, de escaso número en un principio, crecieron poste­riormente y, caso maravilloso, subsistieron hasta la Revo­lución, después de la cual dieron origen a las asociaciones llamadas de San Vicente de Paúl, inspiradas en el espí­ritu del santo.

Este hombre extraordinario tan perseverante como há­bil en realizar proyectos había emprendido por entonces el apostolado de la campaña. Instruir sus habitantes po­bres y santificarlos, no sólo los pobres en el sentido común de la palabra, sino todos los demás pobres que aunque provistos de todo lo necesario, carecían en lo moral de lo más indispensable, los despojados de pensamientos religio­so, de esperanza, de bondad, de amor al prójimo… los en­durecidos y pobres de corazón, tal era uno de sus fines principales. Estos pobres interesaban al pescador de pe­cadores, pues se prometía, después de haberlos converti­do, encontrar en ellos nuevos discípulos para lanzar a su vez en los surcos el grano del Evangelio y hacerlo crecer. De igual modo que él había creado las Misiones, estas de­bían crear misioneros. Exacerbados o envilecidos por años de lucha y de masacres, presa del odio o de la inercia bestial, los pobres propiamente dichos cuyo número se ha­bía multiplicado en proporción aterradora y las demás clases campesinas menos envilecidas formaban una inmensa y lastimosa humanidad privada de todo socorro, mate­rial y espiritual> los segundos de tanto valor como los pri­meros, porque «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra…» y esta palabra era lo que Vicente ofre­cía como alimento con el pan de cada día a los que tenían hambre de todo.

Antes de llegar a realizar perfectamente, con la exac­titud prevista, la Congregación de sacerdotes de la Misión, necesitó cuatro años. Pero su paciencia era inagotable; se diría que presintiendo su obra de duración eterna, se fi­guraba poseer la eternidad. Estaba seguro de poseer el tiempo necesario.

El gran horror de los hospitales

Tan atento a los asuntos lejanos como a los que ab­sorbían actualmente su atención del momento, se hallaba presente en todo a la vez. Ya fuera por medio de cartas, ya por intermedio de sus enviados, hablaba donde esta­ba ausente y presidía las reuniones aunque su sillón de paja estuviese vacío. En todo instante y ocasión se mani­festaba su presencia en medio de los que la presentían. En toda hora estaba presente donde se le reclamaba, aun de noche, en la cual, corno una sombra amiga y tran­quilizadora, se detenía junto a los lechos respondiendo al llamado de los que le reclamaban. Su pacífica silueta ha­bitaba los muros, y los cortinados, penetraba en los sueños.

Después, súbitamente, descendía al fondo de los hú­medos sótanos, subía a los graneros ruinosos, recorría las callejuelas sombrías iluminadas de repente con su presen­cia y por fin se dirigía al hospital donde su mano se le­vantaba para bendecir y detener las blasfemias.

La imaginación más ardiente no podrá formarse una idea exacta del conjunto de dolores y de horrores que se encerraba en un hospital. La peste hacía estragos en Pa­rís de manera incesante. Durante todo el siglo XVI mos­tró el flagelo predilección constante por la capital y se vio diezmada por aquella «calamidad desencadenada por la ira de Dios, enemiga mortal de los hombres y de las bes­tias, de las plantas y de los árboles», como observa con trazos de fuego el gran Ambrosio Paré. Con la denomi­nación de peste se designaban entonces todas las enferme­dades. Montaigne contagiado de coqueluche, describe en sus «Ensayos» el pánico de su familia: «Apenas alguien comienza a sentir un dedo dolorido, se lo atribuye a todas las enfermedades, a la peste». Tanto las fiebres benignas como perniciosas, todo mal contagioso o que se creía tal, andaba en todas las bocas con el terrible nombre. Si al­guien se encontraba indispuesto, estaba apestado[/note].

La ausencia total de limpieza propagaba las infec­ciones con la rapidez del rayo. Por todas partes pululaban los muladares, estercoleros, animales muertos, basuras mal­olientes, inmundicias acumuladas. No existían cloacas y sólo pocos desagües obstruídos y fétidos. Los cementerios, situados casi siempre junto a las iglesias, eran de escasa extensión y pronto estaban repletos. En aquellos tiempos de muertes violentas y misteriosas, los cadáveres eran se­pultados a prisa y en cualquier lugar durante la noche, en los jardines, a lo largo de las caminos y tan a flor de tierra que cuando el azadón horadaba el suelo para plan­tar o edificar, arrancaba las osamentas y hasta girones de cadáveres todavía en putrefacción. ¡Qué aires los del Pa­rís de entonces! «Aire contaminado y descompuesto que corrompe nuestros espíritus y nuestros humores, engen­drando peste mortífera», escribe Abraham de la Framboi­siére, médico de Enrique IV y de Luis XIII. Y resume su receta en tres palabras categóricas : cito, longe, tarde, advirtiendo, cuando asomaba la maldita, que el mejor re­medio era «partir pronto, huir lejos, volver tarde». Las autoridades recomendaban medidas profilácticas que nun­ca se cumplían por carecer la población de los medios in­dispensables. Para ello hubiera sido necesaria una estre­cha colaboración entre la Facultad de Medicina y la Po­licía, concretada en una organización de salubridad pública. En su lugar, los servicios de limpieza pública estaban en­comendados a empresarios avaros o a los mismos vecinos, quienes los cumplían peor aún que los mismos concesiona­rios. Además los médicos de entonces carecían, con raras excepciones, del valor y honradez profesional que admi­ramos en los de hoy día. La tremenda palabra «peste» conmovía al pueblo y ejercía sobre él un influjo nefasto. Los enfermos se consideraban más como enemigos que como seres peligrosos. Se les atendía temblando. Los enfer­meros les administraban las medicinas volviendo la cabe­za y reteniendo la respiración. Es interesante leer en los tratados de la época las precauciones que se recomiendan a los que se atreven a aproximarse a los enfermos.

Interiormente debían llevar «una camisa empapada en esencias, aceites, y espolvoreada con siete polvos distin­tos; exteriormente una túnica talar de tafilete que el aire contaminado atraviesa con dificultad». Además, un dien­te de ajo en la boca, una esponja en la nariz y gafas que cubran bien los ojos. Júzguese cuán apropiado fuera este terrorífico aparato• para levantar el físico y la moral de las infortunadas víctimas que veían a los encargados de devolverles la salud tan aterrorizados o más que los mis­mos pacientes. El interior de los hospitales distaba mu­cho de ofrecer el aspecto confortable de los grabados de Abraham Bosse con sus lechos de cuatro columnas y aris­tocráticos doseles, en los cuales, sobre almohadas mullidas y entre sábanas de fino lienzo que el buril presenta de blancura deslumbrante, los enfermos sonríen a elegantes visitas.

Los sonrientes cuadros de la escuela holandesa en na­da se asemejan a las salas de un hospital, de ambiente tan repugnante, que quien se atrevía a penetrar en ellas lo bacía con el ansia imperiosa de retroceder o escapar ¿Dón­de los barreños de cobre, de bordes abombados, deposita­dos en el suelo, en cuyo interior reposan frascos de cris­tal como de vinos que se refrescan? ¿Dónde las finas ma­deras lustradas, los lienzos con blancura de manteles de altar, los pisos deslumbrantes donde se refleja el ondear de las vestes de seda? La realidad era muy diversa: ca­mastros dislocados y vacilantes, harapos inmundos impreg­nados de babas y esputos, de gratitud y polvo, endurecidos como velas de navíos; recipientes semiquebrados, va­sos de estaño o de plomo que jamás se aseaban, maderas hirvientes de chinches, (¡las había en el Louvre y hasta en el lecho real!) ¡restos inmundos lo cubrían todo y se extendían sobre el pavimento que desaparecía bajo una ca­pa lodosa o seca según el tiempo y donde los pies, cuando no chapoteaban entre las heces o chocaban con vasijas de agua sucia y deyecciones, hacían lo posible para caminar de puntillas. Por último, en la penumbra de cortinas he­chas girones por el tiempo y la polilla, yacían los pobres… pobres en el extremo de la miseria, que ostentaban sus llagas, sus deformidades y dejaban traslucir a través de rostros deshumanizados la angustia del alma ansiosa por continuar habitando los escombros del cuerpo o por liber­tarse definitivamente de ellos.

No se crea que exageramos por puro placer. Según un informe oficial acerca del Hospital de París consta que afiebrados, heridos, mujeres encintas, parturientas, sar­nosos, variolosos, estaban confundidos junto a la sala de cadáveres y disecciones. Llegaban los enfermos a este ho­rrible ambiente, sufrían, gemían agonizaban, morían y eran diseccionados sin cambiar de sitio, en comunidad. Los le­chos con capacidad para dos personas recibían seis, apre­tujadas unas contra otras y obligadas, para dar lugar, a permanecer siempre de costado. Aquello era el suplicio del insomnio Imposible imaginar el tormento de estos márti­res, casi encimados, sin distinción de edad ni de condi­ción, presa de terribles enfermedades que se contagiaban mutuamente al entremezclarse sus alientos pestíferos, sus sudores, sus lágrimas y todas las miserias de sus cuerpos que absorbidas por los harapos, quedaban sobre las vícti­mas por tiempo indefinido.

Nada digamos de la desesperación, de la cólera, de los odios que se apoderaban de aquellos seres que en el pa­roxismo del furor llegaban a arañarse, a morderse, a golpearse. No era raro encontrar más de un estrangulado. La temperatura de aquellos lechos sobrecalentados era superior a lo imaginable. Los jergones eran removidos sólo de tarde en tarde y eso en medio de los mismos enfermos sobre los cuales caían las suciedades. Al ser transportados a los patios para ventilarlos, sembraban a su paso la infec­ción a través de escaleras y corredores. Aún más: cuando algún enfermo había de ser operado no sólo se hacían en su presencia los espantables preparativos; la misma opera­ción se practicaba ante sus ojos. Basta recordar lo rudi­mentario de la cirugía de entonces para comprender el es­panto de los que eran obligados a presenciar el intolerable espectáculo. También existían los piojeros, nombre signi­ficativo que se aplicaba a los guardarropas de hombres y mujeres, donde se guardaban los harapos de enfermos de sarna y demás contaminados, con los vestidos limpios y sa­nos de otros pacientes. También… ¿A qué proseguir? De­tengámonos ante los últimos horrores que sobrepasan en mucho a los que, con perdón del lector, hemos descrito con aparente complacencia. Pero era útil y aún necesario que así fuese, —la compasión sólo se excita a menudo an­te lo repelente— para conmover los ánimos y el corazón con el estremecimiento de las cosas vistas y palpadas, las cuales, enumeradas en dos palabras sin nada penoso, arro­ja rían un velo sobre tales horrores dejando el corazón in­sensible y la mente en la ignorancia o tal vez en la incre­dulidad. Al mostrar la cruda verdad o más bien sólo una parte, hemos ahorrado fatiga al lector… y lo hemos en­gañado porque el cuadro siniestro figura en un informe oficial  redactado rigurosamente y del cual sólo hemos esco­gido algunos rasgos. Data de 1788 y fue redactado por el cirujano Tenon e impreso por orden del rey. Si pues en esa fecha por poco que hubiese progresado la medicina y la cirugía existían tales horrores, podemos deducir por comparación de lo que sucedía a fines del siglo XVIII, que pasaba por refinado, con el estado de los hospitales de París a principios del siglo XVII, cómo se encontrarían éstos cincuenta años antes. ¿Acaso en peores condiciones que las enunciadas? El pensamiento rehuye toda suposi­ción y se niega a cualquier cálculo. Pues bien, en este úl­timo ambiente penetró Vicente, entraba todos los días, a toda hora, como era en realidad y sin esperanza de cam­bio. Pero para él estaban de más las precauciones como las vestiduras de tafilete, las gafas, las máscaras, y los guan­tes. Tampoco los enfermos lo hubieran permitido. Desea­ban verlo, contemplar sus mejillas, sus ojos profundos y maliciosos, su nariz amplia, su boca, su frente sudorosa, su semblante bondadoso y las manos más envejecidas que su dueño. En aquellas mazmorras del dolor el capellán se sentía por su parte tan dichoso como aquellos a los que asistía. Expresaba a las personas inclinadas a compadecer­lo o a admirarlo, que experimentaba un gozo especial en el cuidado de los infortunados de la ciudad y diferente del que le procuraban los de la campaña que eran para él una distracción recreativa. Corno lo decía lo pensaba, lo cual no impedía que alguna madrugada le asaltasen año­ranzas de sus queridos campesinos y partiera hacia ellos con el mismo entusiasmo.

El horror máximo de las prisiones

Sin embargo no había llegado en los hospitales de Pa­rís a tocar el fondo del sufrimiento humano. Alentado por el resonante título de General de las Galeras que os­tentaba el señor de Gondi, decidió acercarse a los crimi­nales sujetos a la autoridad, de quien era también su ami­go. Con frecuencia se reprobaba no haber entrado en con­tacto con esta clase de miserables. Se hizo pues conducir a la Alcaidía y a los Tribunales, en cuyas mazmorras eran custodiados antes de ser enviados a los puertos marítimos. Permitiéronle la entrada casi arrepentidos y como aver­gonzados de lo que allí vería, presintiendo el dolor que experimentaría en la visita. La primera de éstas dejaría en Vicente un recuerdo imborrable.

Existían dos clases de prisiones ; unas subterráneas, oscuras, de paredes verdosas por la humedad y el moho, im­pregnados de salitre, de bóvedas bajas como las de una cripta o una tumba ; otras a la luz del día, que al pene­trar escasamente permitía ver el terrible espesor de los muros rocosos, las inmundas estalactitas que de ellos pen­dían y todo el arsenal de puertas acorazadas, de cerrojos, goznes, rejas, barrotes, tan gruesos como los de una jaula de leones, a través de los cuales penetraba el viento, la nieve, las ráfagas de lluvia invernal, pues las ventanas ca­recían de vidrios. Los presos eran amontonados en estas pri­siones, roídos por los parásitos y cargados de cadenas ama­, radas a las paredes que les sujetaban los tobillos y el cuello por medio de anillos de hierro, como si se tratara de perros rabiosos. El peso y estrechez de las argollas era por sí sólo una tortura. Los presos, semidesnudos, cubrían un uno, pocos andrajos su cuerpo llagado. Los había de toda edad, jóvenes, viejos y adolescentes avejentados. Al­gunos llevaban larga cabellera gris apelmazada de sucie­dad que les cubría las espaldas, y barba blanca que se ex­tendía hasta el vientre, barbas y cabellos lujuriantes de mi­seria como debieron ser los de Job y como sólo se veía en las catacumbas del crimen sobre las frentes y mentones de los cautivos olvidados. Pero a pesar del fracaso de sus vi­das y de la deshonra de los parásitos, mantenían un as­pecto venerable. Sus compañeros los ayudaban y respe­taban como a sus abuelos. Las mazmorras de la antigua Francia también tuvieron sus patriarcas.

La mayor parte eran hombres en la flor de la ju­ventud, de brutal virilidad, procedentes de la hez del pue­blo, de cabeza salvaje, frente deprimida, mandíbulas fe­roces, músculos de atleta, capaces de desmenuzar sus hie­rros con sólo quererlo; y así debían ser, pues estaban destinados al trabajo sobrehumano de las galeras. Estos des­dichados no se comportaban todos de igual manera : quié­nes yacían doblegados por el peso de las cadenas, quiénes las sacudían como osos salvajes; unos se dejaban morir de hambre mientras otros mordisqueaban la paja de sus ya­cijas y hasta hubiesen devorado a sus semejantes ; los de­más cantaban, aullaban, vociferaban echando espumara­jos de rabia o profiriendo carcajadas espantosas.

Ninguno lloraba. Todos blasfemaban. Algunos toca­dos de locura se estrellaban la cabeza contra un sillar y se mutilaban para hacerse inservibles. Así vivían semanas, meses y hasta años, sin que nadie se ocupara de ellos, en compañía de las hordas de ratas que les roían los pies, de los murciélagos que descendiendo por la noche de las bó­vedas revoloteaban alrededor de sus mejillas o se posaban sobre ellos, y de las arañas venenosas del tamaño de una castaña… En fin, aquello era el mismo infierno.

La primera vez que Vicente se presentó ante ellos, no comprendieron sus propósitos. ¿De dónde venía aquel hom­bre de negras vestiduras, sin espada, sin llave, sin garro­te? ¿Un sacerdote? ¿Cómo reconocer su carácter por el hábito? La mayor parte jamás habían visto un ministro de Dios y otros no lo veían desde tanto tiempo que ya ni re­cordaban su vestimenta. El pasado y el futuro no existía para ellos; vivían sólo en el presente, oscuro e inacabable. ¿Qué pretendía, pues, aquel «nuevo». «¿No sería tal vez —sospechaba más de uno con el rostro deformado por el odio— algún carcelero superior más feroz que los ordina­rios? ¿Qué irá a hacer con nosotros?». Los que no yacían postrados lo escudriñaban con mirada frenética. «O será – se preguntaban-  algún visitante de la corte, curioso de contemplar nuestras miserias y deseoso de complacerse en ellas?».

No eran de extrañar sus suposiciones, pues los pre­sos recibían algunas veces, aunque de tarde en tarde, vi­sitas de gente calificada que después de muchos trámites obtenían el permiso. Damas encopetadas y caballeros roza­gantes, en parejas, ricamente ataviados, entraban acompañados de un lacayo, ansiosos de presenciar el espectáculo. Este no duraba mucho tiempo. Los condenados, a quienes irritaba el lujo como un desafío, los recibían mal. Cuando no los asediaban audazmente con lamentos y quejas, los insultaban en su jerga burlándose «del bigote de sátiro» del caballero, de su barba «cola de zorra», sin molestar a las damas que veladas reían o se ruborizaban.

Con Vicente no sucedía lo mismo. Lejos de excitar bur­las u ofensas, imponía la admiración seguida del respeto. Sus vestidos eran humildes, sus zapatos bastos y polvorien­tos no eran de «moño» o de «puente levadizo». Hubiera podido pasar por un pobre de tantos. Antes de hablar son­reía y tendía las manos en ademán amistoso. Nunca se les había obsequiado con una sonrisa ni con un gesto amable. Pero cuando de sus labios salía una voz que les llamaba «amigos míos, hijos míos», cuando sus manos se acercaban a las de ellos sin temor ni repugnancia para es­trecharlas, curar sus llagas y arrancar los parásitos hun­didos en sus carnes… antes que felices se sintieron estu­pefactos. Algunos confusos y desconfiados a la vez, se sustraían a las atenciones de las manos maravillosas, hasta que vencidos repentinamente se abandonaban en un momen­to de flaqueza inefable. Creían soñar; pero no; era una palpable realidad y allí tenían para probarlo —además de la presencia del sacerdote y de sus palabras consola­doras— los cestos desbordantes de pan y de alimentos que él mismo les traía y distribuía. Y lo más admirable —ob­servaban— era que allí quedaba largo rato, sin prisa por marcharse aun cuando los cestos estuvieran ya vacíos, mos­trándose muy a gusto entre ellos, interrogándoles, pregun­tando sus nombres, informándose de su tierra natal, de sus padres, de su antiguo estado, de su salud… en fin, charlando con ellos «como si dispusiera para ello de todo su tiempo». Se sentaba sobre los jergones, sobre el banco de piedra y aun sobre la paja en putrefacción para sos­tener y levantar sus cadenas aligerándolos de ellas algunos instantes. Los exhortaba a la obediencia, al valor, al per­dón, a la bondad, mostrándoles el crucifijo con la imagen de Aquel que había sufrido los más grandes tormentos y soportado mayores suplicios que todos los prisioneros y ga­leotes del mundo. Y El era la misma inocencia! Les de­cía que si había sido flagelado y crucificado, como lo po­dían ver, y traspasado por gruesos clavos era para salvar a todos los hombres y rescatarlos, en especial a los culpa­bles como ellos. Por lo cual estaban por El salvados y pa­ra siempre! «¡Lo estáis!», les aseguraba. Aquellos desgra­ciados, que jamás en su vida habían oído cosa semejante se conmovían tanto al escuchar las palabras del santo que querían ver de cerca la cruz y tocarla. Vicente la ponía en sus manos. Ellos la pasaban el uno al otro, algunos solamente curiosos, otros impenetrables, la mayoría indife­rentes. No faltaba quien la arrebatase con gesto de ra­piña y ojos ardientes de codicia. —»¿Es de oro?», pre­guntaban señalando al Cristo de metal, de cuerpo relu­ciente. «No, es de cobre, replicaba Vicente, pero vale y lo aprecio más que todo el oro de los galeones». Y cuando algún huraño rehusaba la cruz profiriendo amenazas, el santo lejos de preocuparse pensaba: «Ya la aceptará más tarde».

Le bastó una hora en la primera visita para conquis­tar a estos rebeldes y ablandar sus corazones petrificados. Cuando los dejaba, prometiéndoles volver, veía brillar en sus pupilas de bestias cobrizas un destello de sol: ale­gría que no era solamente una expresión de gratitud in­mediata, sino también de confianza y de esperanza. Mien­tras los escasos visitantes que se aventuraban hasta allí jamás volvían, sabían que él regresaría y sin hacerse es­perar. Ya no se sentían solos y abandonados. Ahora tenían un amigo. ¡Si hubieran podido comprender la amistad del que acababan de ganar!

Vicente salió de las cárceles completamente conmovi­do. No creyó que los horrores de los hospitales pudieran ser igualados en ninguna parte, pero ahora se convencía que las prisiones los superaban en mucho. Inmediatamen­te corrió a casa del señor de Gondi, vibrante todavía de emoción y entre sollozos de dolor le contó lo que había visto. A pesar de su repugnancia por las frases solemnes le describió con exceso de detalles y en los términos más vivos el horrible cuadro que perduraría para siempre ante sus ojos, enardeciéndose hasta conjurar al general como si le dirigiese el reproche de la historia:

«Ah, señor, dedicad vuestra atención a estos pobres que os pertenecen. Como sois su señor en la tierra, así también daréis cuenta de ellos ante Dios. No niego que han merecido el castigo que sobrellevan, pero es asunto de vuestro honor y caridad atenderlos y no permitir que carezcan de todo auxilio y consuelo. ¡Apiadaos de ellos!».

Esta exhortación halló eco en el señor de Gondi.

El abominable estado de aquella multitud de reos, de la cual, como Vicente le recordara, era él señor absoluto, le era ya conocido y cuando lo pensaba al acaso experi­mentaba lástima y vergüenza porque amaba la justicia y era de buen corazón. Inmediatamente autorizó al cape­llán a tomar las medidas que estimase más eficaces para mejorar la suerte de los desventurados; al proceder así no se contentaba con satisfacer las demandas del abogado o aliviar su clientela: cumplía con una exigencia de su con­ciencia.

Impedido por su elevada posición para descender has­ta aquellos criminales y para testimoniarles una compasión que muchos interpretarían como debilidad, experimentaba un gran alivio al saberlos en manos de Vicente, mejores que las suyas. No acostumbraba el santo al enfrentar un deber absoluto y urgente calcular las consecuencias del mismo, no por temer que las dificultades del compromiso fuesen capaces de detenerle, sino porque según su parecer debería preocuparse y perder tiempo inútilmente, ya que casi siempre las cosas resultaban opuestas a sus probables predicciones.

Por eso, al defender ante el general la causa de los galeotes prefirió no considerar la aventura que aceptaba. Como siempre, siguió sin mezquindades los impulsos de su bondad.

Intentando subvenir a una necesidad momentánea, só­lo más tarde entrevió la profundidad del nuevo horizonte A penas en posesión de los poderes concedidos por el se­ñor de Gondi, trazó su plan de acción. Desde el momento en que se había declarado protector de los galeotes y se le permitía ejercer el cargo de intendente de los mismos, sus visitas por frecuentes que fueran eran poca cosa. Estaba resuelto a proscribir las inmundas mazmorras, nido de horrores y náuseas; sus prisioneros estarían en adelante y en cuanto fuese posible como en su propia casa. Con este fin acondicionó en el barrio Saint-Honoré una casa amplia y salubre. Cuando los hubo instalado allí en las condicio­nes deseadas, acometió la tarea de mitigarles el régimen, y sobre todo de instruirlos, reeducarlos y transformarlos. En lugar de hacerles aceptar, aun cristianamente, la plenitud de su catástrofe, prefirió atenuarla y reducirla al mínimum. «¡Basta ya de condenados en el otro mundo y de malditos en éste!». En una palabra: su objetivo con­sistía en probar a estos parias que habiendo sido salvados por el Galileo, ellos a su vez, cooperando con el arrepen­timiento y la docilidad, podían convertirse, aun bajo el peso de las cadenas, en hombres sin crímenes a los ojos de Dios y a los de Vicente su representante… hombres que pasa­rían al reino sin tempestades con las manos libres y as­cenderían recompensados en la barca de Pedro que nave­ga por propio ímpetu sin las fatigas del continuo remar. Tentativa insensata, decían a su alrededor, la de preten­der regenerar ladrones y asesinos caídos en lo más profun­do del vicio y la degradación. Sin embargo Vicente lo consignó. El efecto de su virtud aplicada a los gangrena­dos sobrepasó sus esperanzas. Estos monstruos insensibles que habían vertido mucha sangre pero nunca una lágrima, se conmovían temblorosos a la sola vista del capellán, y al escucharlo prorrumpían en tantos llantos como habían causado.

Muchos se convirtieron. El caso se comentaba en Pa­rís y en la corte atribuyéndolo a milagro. Como la moda lo invade todo, aun el ejercicio del bien, se introdujo la de visitar las cárceles a fin de comprobar los buenos re­sultados «de un tal señor Vicente». Lo cual sucedía no sin molestia del antiguo pastor, quien advertía con cierta malicia que hasta la virtud tiene sus carneros de Panurgo.

Hábil para servirse de lo que pudiera favorecer sus em­presas, no dudó en sacar provecho de aquellos rumores para difundir su idea en todos los ambientes y convertirla en una obra simpática y popular. Lo que ayer fuera un pensamiento digno de ser tenido en cuenta como de paso, se convertía hoy en una obra estable y Vicente, sublime impulsivo a pesar de su mente reflexiva, se sentía anegado por los ensueños de su corazón. Las señoras de Gondi y de Maignelais, las damas de la alta sociedad, los que le co­nocían y los que no le conocían acudían presurosos hacía él deseosos de ayudarle por todos los medios. Le ofrecían dinero sin que lo pidiera. El obispo de París aprobó la obra y la recomendó a sus diocesanos. La buena marcha del movimiento lo alegraba, pero su regulación le exigía grandes sacrificios. El señor de Gondi, tan entusiasmado como Vicente por esta cruzada de humanidad, la apoyó como si se tratare de su propia honra. La obra de los ga­leotes era para él, su general, corno una cuestión de fa­milia y deseaba extenderla a las prisiones de las provin­cias. El asunto estaba a punto para recibir su coronación: la consagración del rey. La cual fue acordada por Luis XIII quien otorgó a su fundador por real orden del 8 de febrero de 1619, escrita de su puño y letra, el cargo de Real capellán con renta de 600 libras anuales e idénticos honores y derechos que los demás oficiales de la marina de Levante, siendo voluntad de Su Majestad que el dicho de Paul por la dicha calidad de Real sea era adelante con­siderado superior a los demás capellanes de las dichas ga­leras.

Este importante acontecimiento convirtió al modesto sacerdote en un personaje casi oficial y ponía bajo su ju­risdicción a los forzados de las cárceles de París y de toda Francia. Parecióle entonces que el primer deber de su nuevo cargo era visitar sin tardanza los presos de las di­versas cárceles. También ésto era una misión de las mu­chas que le esperaban en el futuro. «Misionero en todo y para siempre», tal era su divisa. Difícil imaginar las fa­tigas y dificultades de tan largo camino: todas las cár­celes del reino…¡Tremenda gira! Pero Vicente después de hacer los preparativos la emprendió como si fuera un viaje de placer. El rey le había encomendado seres hu­manos, indignos de vivir según la opinión general, a no ser corno chusma sometidas al garrote y al látigo. Puesto que éste es un pueblo innumerable y reprobado, corre a posesionarse de él con hambre y sed de llevarle el pan y el vino de su advenimiento. No pudiendo quebrantar las cadenas que cautivaban los cuerpos, desataría las del al­ma y los libertaría.

Y partió.

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