San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (02)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Henri Lavedan · Translator: I. Fernández. · Year of first publication: 1928.
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Treinta sueldos

Aquellos seis años de pastorea prepararon en Vicen­te al santo. Durante ellos, en el vasto claustro de la na­turaleza, bajo el cielo sin límites, vivió en espiritual re­tiro. Sus ovejas se transformaban en hombres y para te­ner la ilusión de dirigir mayor número las multiplicaba mentalmente. La misma soledad suscitaba en él la idea y el ansia de muchedumbres. En el silencio percibía mejor la voz que lo llamaba desde las cuatro lontananzas. La lla­nura extendía ante él estepas desconocidas, espacios so­ñados que parecían esperarle. El viento marino portador de los mandatos del océano le susurraba al oído: «¡Em­bárcate!». Ante tales órdenes se sentía lleno de anhelos, de empresas misionales, inciertas todavía pero inmensas y múltiples. Entonces ante el arduo futuro los pinos osci­lantes le prometían su suave flexibilidad y su savia vigorosa y las encinas su longeva fortaleza. El presente lo ani­maba, el porvenir confiaba en él. De aquel trabajo inte­rior, de aquel brasero de sentimientos nada se trasluce. Ni interior ni exteriormente hay resplandores extraordinarios, ardores místicos, fenómenos sobrenaturales. La obra se efec­tuaba en el orden de la más absoluta simplicidad, a ocultas del niño que conservaba las gracias, la sonrisa, y la paz cándida de su edad.

Sin perder el sueño ni el apetito mostraba la quietud y el espíritu sereno de los que son llamados y elegidos.

Por otra parte el espectáculo de los tiempos que le tocaba vivir en lugar de endurecerlo como hubiera sido na­tural y de apartarlo de la benevolencia aun imposible o injusta, había por el contrario ablandado su corazón. Las maldades que le rodeaban y ofendían le habían enseñado la bondad. Lo enemigo le dictaba el perdón. Al hambre y a la sed de la miseria oponía el don del pan y el agua de la caridad. A quienes no tenían con qué cubrirse daba sus ropas. Entre todas las virtudes que germinaban en él an­tes de crecer y formar un ramillete perfecto, campeaba la caridad, destinada a ser la norma directriz y la clave de su vida entera. Por ella estrenó sus armas haciéndola en primer término florecer y fructificar.

Cuando su padre lo enviaba por la harina del pan doméstico, sucedía con frecuencia que no traía la canti­dad requerida. ¿La habría perdido o derramado por el ca­mino? ¿El nada menos? ¡De ningún modo! Es que habien­do encontrado a su vuelta un anciano, una pobre mujer, un mendigo o un imposibilitado, les había dado espontá­neamente algunas porciones. Y si después de esto no que­daba mucho, es que como sucede en los santos que Dios ha dotado generosamente, el nuestro no era de manos mezqui­nas o avaras. ¿Cómo arrostraba el padre lo sucedido? Ad­mirablemente, asegura Abelly su biógrafo, cuyas palabras son fidedignas. «De lo cual su padre que era hombre de bien —son sus palabras— no mostraba el menor enojo». Lo que en buen lenguaje cristiano significa que tal con­ducta lo entusiasmaba.

Otro hecho: El inocente niño a fuerza de trabajo y privaciones y ahorrando sus monedas había logrado for­marse un pequeño tesoro… capaz de desaparecer en la huella de uno de sus carneros, pero que él en su candor juzgaba enorme… ¡Treinta sueldos! Treinta sueldos que llevaba siempre consigo y que al vaciarlos del pequeño saco de tela contaba de tiempo en tiempo con orgullo y regocijo preguntándose: «¿Qué haré con ellos?». Pues bien, un pobre cualquiera tiene la suerte de pasar por allí. Vi­cente lo ve, se conmueve y le entrega los treinta sueldos sin quitar uno solo. «Tómalo todo». Después llamando a su perro que gruñe, se aleja pobre a su vez pero enrique cido con la limosna. ¡Treinta sueldos! La cifra de los trein­ta dineros, pero dineros sagrados que producirán en el curso de los tiempos el torrente inagotable de millones ne­cesarios a todo un pueblo de niños, de mujeres, de ancia­nos, de enfermos, de prisioneros, segunda humanidad, la de la miseria y el socorro. Los treinta sueldos del pastorcito: he aquí el punto de partida, el primer fondo social, el primer depósito.

Una pintura del siglo XVIII conservada en París, hoy en el locutorio de los Lazaristas y hasta hace poco en la Capilla de las Hijas de la Caridad, celebra la escena en que Vicente, dando todo lo que posee, comienza a darse a sí mismo. El incógnito pintor manifiesta exceso de fan­tasía. A fin de honrar mejor a su modelo lo situó sobre el fondo de un paisaje ideal adornado de montañas a cu­yos pies el pastor de la llanura jamás condujo su rebaño. Sin embargo tal como es y a pesar de sus defectos pre­ferimos esta tela a muchas otras. Admirado e invocado en ella desde más de cien años por religiosos y santas reli­giosas que jamás han discutido su valor, ha adquirido an­te sus miradas y plegarias tan potente realidad que hoy no nos atreveríamos a hacer el mínimo retoque. Sí, más vale que así haya sucedido. Ha sido pintado al natural. Hay semejanza, es verídico. Es el primer cuadro enmar­cado y suspendido en la galería maravillosa.

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Quien se imagine a Vicente extasiado en celestes vi­siones o sumergido en la oración perfecta, de seguro se equivoca. Oraba sin duda, preferentemente entre las rui­nas de Buglose, donde gustaba arrodillarse y sentarse so­bre las piedras abatidas, convertidas por el tiempo en tum­bas. Una vieja encina de las inmediaciones, existente hace cincuenta años, había sido adoptada y aderezada por él para servirle de oratorio. En el vasto tronco excavado y ahuecado por el Dios de los anacoretas levantó un pe­queño altar.

Allí acudía a recogerse, a defenderse del mistral, del sol y de la lluvia. Pero orientaba hacia fines prácticos sus pensamientos, sus oraciones, sus lentas idas y venidas, sus trabajos sin importancia, y de escaso brillo, más parecidos al ocio o a la indolencia. Las ruinas de N. Señora de Buglose sólo le retenían por el sentimiento que le inspiraba el no poder reconstruirlas. Sus ensueños eran de acción… y de buenas acciones. ¿Entregarse a la vida activa en qué y de qué modo? El no se precipitaba. Dios cuando fuera servido tendría a bien comunicárselo.

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Los horrores de tiempos lejanos y próximos no eran los únicos que en las crónicas del hogar constituían el tema habitual de las conversaciones paternales, comenzando por el degüello de San Bartolomé; la vida cotidiana ofrecía más atrocidades que posibles comentarios sobre las mis­mas.

La existencia siempre inquieta de aquellos tiempos, pa­recería ofrecer en la campaña, lejos de los centros de dis­cordia un curso más llevadero. ¡Sin embargo cuán terri­bles acontecimientos ofrecía! ¡Cuántas tempestades, terri­bles en sí o en sus consecuencias se habían desencadena­do sobre el reino! La guerra religiosa se encendía al día siguiente de paces juradas y firmadas para extinguirla. En 1656 la peste causa sólo en París treinta mil víctimas. Las tres cuartas partes de Francia incultas y saqueadas, abandonadas por el campesino, trabajadas por la batalla y fertilizada por los cadáveres. Lobos y cuervos pululan en los campos. El país tratado como botín de guerra. Vi­llas y ciudades tomadas a hierro, fuego y hambre. La vic­toria oscilante corona inopinadamente los dos partidos: a Enrique de Navarra en Coutras y al duque de Guisa en Virnory y Auneau. El duque, entonces, cuya fortuna atrae las miradas y las voluntades, en el paroxismo de la gloria, acaricia el proyecto de destronar al rey y subleva al pue­blo en los días de las Barricadas. Después el rey toma as­tutamente el desquite en los Estados Generales haciendo asesinar en su castillo de Blois, sobre las gradas de su le­cho al Jefe de la Liga, al señor de Guisa. «¡No se atreve­rían!». Su hermano acude a los clamores: Un cardenal con la cruz de oro, símbolo de su dignidad suspendida sobre el pecho. «¡Aun así se atreverán!». «¡Blandid los puñales y mueran ambos!».

La tragedia acabará antes de un año, cuando el puñal de un monje funesto se hunde hasta la empuñadura en el vientre del gran favorito destinado a reinar.

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Nadie ignora la rapidez prodigiosa con que se propa­gan en los países más apartados y privados de comunica­ciones las cosas de interés público, aun las más ocultas. Las noticias devoran las distancias a pesar de los obstáculos, traídas por las aves, en alas del viento o atadas a una flecha invisible disparada por el arquero de las nubes. Caen como del cielo: sobre la tierra los caminantes, el via­jero, el mercader, el nómada, el peregrino las diseminan en su itinerario por todos los caminos.

En casa de los Depaul se sabían sin duda, al mes de su­cedidos, los principales acontecimientos. Vicente estaba en­terado de ellos no sólo por su padre y por Su madre sino también por lo que oía.

Además de informarse por las narraciones escucha­das ávidamente, había visto pasar más de una vez aquella multitud de vagabundos contoneándose espadachinescamen­te, mitad soldados, mitad bandidos, que vendían al Tem­ple o a la Iglesia sus ballestas y sus espadas. Había visto los grupos de rateros vestidos de andrajos multicolores lle­vando a la cintura racimos de gallinas. Después de Cou­tras había visto los fugitivos de Joyeuse fraternizar con los voluntarios del Bearnés repartiéndose el botín y huyendo hacia España. Había visto surgir de improviso en el vera­no las tropas de ribaldos semidesnudos, producto y gan­grena de los ejércitos, en caravanas de mulas laceradas has­ta el azul del pellejo, provenientes de las montañas o regresando a ellas. Más de una vez lo habían sorprendido para interrogarlo, en el recodo de algún camino, los espías del bosque con apariencia de extraviados, gigantes tudes­cos de anchas espaldas y enmarañada barba rojiza u hom­bres de baja estatura, enjutos, de piel cobriza y negra ca­bellera, tan ininteligibles los unos como los otros, cuya única ocupación consistía en recorrer el país profiriendo bárbaras amenazas.

Vicente aprovechaba sus correrías por el campo para coleccionar monedas herrumbradas y espuelas retorcidas, viendo a más de un peregrino acurrucado al borde de los aguazales contemplándose la planta de los pies en carne viva deshollada por los guijarros y los había ayudado a curarse y a proseguir su camino.

Sus ojos habían visto flotar a la deriva en el Adour cunas vacías; y por las inmediaciones animales domésti­cos, perros y gatos vueltos salvajes, caballos muertos al paso de las tropas y hasta cadáveres despojados teniendo por único sudario su mortaja de insectos. También habían desfilado ante su vista religiosos recorriendo sin temor los barrancos, los llanos y los bosques, desde el amanecer has­ta entrada la noche, linterna en mano, para recoger los heridos, suministrar pan, vino y carne a los hambrientos, llegándose hasta la choza y el hospicio para asistir a los enfermos y tender a los agonizantes en su último viaje un puente de misericordia. Había visto acudir presurosos en ayuda de los humildes a los notables de Dax, a los mon­jes de Orthez, a labriegos como su padre, mujeres, jóve­nes y ancianos de toda condición y niños pastores fuertes y ágiles como él. Muchas veces se encontró en las roga­tivas ordenadas para que cesase la guerra en todo el reino.

Por entonces su espíritu estaba ya maduro por la ex­periencia, beneficio de las desgracias en los tiempos de calamidad. Grave y animoso hablaba poco como sucede en los que a fuerza de vivir en la soledad piensan más pro­fundo. A sus doce años había adquirido tal desarrollo que lo hubieran juzgado un adolescente.

Proyectos paternales

Era el momento en que su padre, de haber pensado que Vicente sería más útil en otras ocupaciones, lo hu­biera empleado junto a sí en la labranza, en el molino o en la casa, en trabajos de mayor esfuerzo y actividad. Pe­ro el jefe de la familia, siempre atento y sagaz, había com­prendido desde mucho antes que el presente y el porvenir de su hijo no se encontraban allí. ¿Había concebido el deseo y aun la ambición de que su preferido, cuyas pre­coces dotes intelectuales y morales le habían sorprendido, fuese un día capaz de honrar su apellido? ¿Ambición no­ble o justificado y secreto impulso? En resumen, su de­cisión fue siempre ofrecer y consagrar a Vicente al ser­vicio de la Iglesia, tal vez en cumplimiento de algún voto hecho en tiempos tan calamitosos para la Iglesia, y entregándole lo más caro que poseía, este buen padre y buen católico obedecía a un doble deber. Un pensamiento in­teresado, irreprochable a su solicitud, —no tememos decirlo— entraba igualmente en ese designio : asegurar a su hijo y a su familia, una vida menos precaria. Uno de sus vecinos y amigos, de condición igual a la suya, ¿no había llegado a ser prior, lo cual le había permitido aportar a sus padres, gracias a la renta de su beneficio, una ayuda inesperada? El mismo caso podía repetirse en Vicente. «En lo cual se equivocaba gravemente». Así lo afirman sin más indagaciones y con escasa perspicacia todos sus biógrafos. ¿Pero quién sería capaz de quitar a un pobre labrador el ensueño de ver a su hijo excepcionalmente dotado, en el desempeño de una brillante función aun superior al prio­rato, a la cual podría aspirar según sus méritos en la Igle sia o en el Estado? Para procurar a los jóvenes la educa­ción necesaria no existía más molestia que la elección. Un gran número de universidades y establecimientos especia­les cumplía satisfactoriamente este cometido. Pese a las ca­lamidades de la época no faltaban conventos preservados do la borrasca o rehabilitados después de ella, provistos de maestros distinguidos, los más apropiados para la educa­ción superior de los jóvenes cuando habían recibido la de la escuela parroquial. El colegio de los Jesuitas era en la región el de las clases elevadas. Las más modestas y de menores recursos acudían a los Mínimos o a los Menores. Entre estos últimos resolvió Depaul educar a su hijo.

Podríamos mencionar en pocas palabras la entrada en el convento de Das. Pero detengámonos un instante ya que señala en la vida de Vicente una fecha importante. Momento impregnado de emociones, de suprema delicade­za que no consentimos pasar por alto. Imposible no inte­resarse por el extraordinario y simpático niño en el ins­tante en que su padre le anunció la gran nueva, penetran­do en sus emociones de aquellos momentos. ¿La esperaba? ¿Lo había deseado? Poco importa. Fue para él, aun cuan­do lo esperase, una anunciación de acuerdo a sus deseos y a los del Altísimo.

El adiós a la llanura

Sin atribuírle una sensibilidad muelle, enfermiza o casi profana como suele ser la nuestra, las diversas im­presiones e imaginaciones que se apoderaron de él fueron más bien melancólicas, independientemente de su alegría.

El hombre y el niño se parecen siempre aun a siglos de distancia. Los sentimientos que hoy día experimenta el pequeño campesino cuando abandona su familia, su te­cho rústico y los campos en que naciera, para ir a la ciu­dad y entrar en el colegio o en el Seminario o dedicarse a algún oficio, poco difieren de los que pudiera sentir en semejantes circunstancias un pastorcillo de Gascuña bajo el reinado de Enrique III. Los mismos pensamientos les son comunes y naturales. Sus reacciones son idénticas.

Imaginémonos a Vicente, después de recibir la noti­cia sumido en una meditación dolorosa y dulce que lo acompaña por doquier. Cesa de ser pastor, renuncia a la tierra, sus ovejas le dejan de pertenecer. Sin embargo las ama y las añora como si ya no estuvieran ante sus ojos, aunque allí están a pocos pasos paciendo como lo hacen ha­bitualmente. Acompañado de ellas recorre los páramos y matorrales, el bosque y el oratorio de la encina, los rinco­nes antes visitados por donde otro las conducirá. El pe­rro, más cariñoso o más mohino, presiente el suceso y marcha oblicuamente con la cabeza baja. El número de días disminuye en tanto. Sólo faltan dos. Por fin llega el último: mañana es la partida. Aquella tarde permane­ce fuera hasta las últimas claridades del crepúsculo. Al despuntar la primera estrella se levanta y vuelve a casa. Pero antes, todavía en la soledad, da desde la oscuridad piadosa un adiós calmo y sencillo a las bestias indiferen­tes. No son numerosas: siete u ocho. Las acaricia; hunde sus manos, como el niño Jesús cuando jugaba con ellas, en la espesura de los vellones. El cencerro que retiñe a sus cuellos, le parece repiquetear en la sombra con dulzura inusitada. Habla a su perro que asiente comprensivo, le recomienda los carneros, la oveja grande y perezosa, el cordero travieso. El perro lo mira moviendo, la cabeza como para decir que sí. Ya están próximos a casa. Se de­tiene para acariciar la frente ardorosa del fiel amigo de su pasada infancia con el cual levantara el polvo de tan­tos caminos, a cuyo lado las márgenes del Adour lo vieran tantas veces cantar y jugar, correr y retozar y hasta con­solarse en las horas tediosas de pastoreo.

Después deja a un lado las ternezas. Grave y juicio­so entra en la casa donde su vuelta era esperada ansiosa­mente. No parece preocupado; sus padres lo están más que él. La noche pasa parecida a las anteriores. Es la última en familia y se adormece sobre el duro lecho con efluvios de aprisco. Sueño tranquilo como el agua azulada que co­rre en los arroyuelos. Se despierta muy temprano y se viste con rapidez: sus vestidos son los mismos de siempre pero él no es ya el mismo de ayer. El alumno desplaza al pastor. No más zurrón y cayado : allí están pendientes del clavo donde permanecerán… Dios sabe por cuánto tiempo.

Llega el momento final: abrazos de todos, besos de la madre, pocas lágrimas. ¿A qué llorar tanto? No va al ex­tremo del mundo, a tierra de turcos, ni siquiera a París. Vivirá allí cerca, en Dax en el convento de los Menores; para llegarse hasta el mismo basta atravesar dos pueblos en un corto viaje. Lo irán a visitar y él vendrá de vez en cuando para Navidad o Pascua. ¡En camino! ¿Pero qué alboroto es ese?

Es el perro que ladra y rasguña «para seguirle el rastro» y por eso está encerrado, porque si lo dejan ir saben que no volverá. También él quiere entrar en el Con­vento. Las ovejas balan. Es el minuto más penoso.

Por fin Vicente se aleja con su padre y desaparecen en la campiña donde sale el sol.

Lo que sigue es sencillo y fácil de suponer. A la lle­gada al colegio, bajo las arcadas del claustro, el pequeño «nuevo» es entregado a uno de sus futuros maestros, tal vez al mismo superior. Una mano cariñosa le acaricia la frente y le da dos golpecitos en la mejilla… con, mucha brevedad, porque lo principal es —escuchemos aquí las condiciones— la suma de sesenta libras anuales que pesan porque hay que entregar por adelantado.

Y he aquí a Vicente, el alumno Depaul, lejos de su familia para hacerse clérigo y ser algún día, según les descabellados proyectos paternales, aunque Dios nunca le escuchó, prior de algún claustro tranquilo, como aquel ve­cino que también fue simple labrador.

Los franciscanos

Es conocido el origen de los Franciscanos. Dependien­tes de los Frailes Menores instituidos por Francisco de Asís en el siglo XIII, vestidos de una túnica de tosco pa­ño y ceñidos de una cuerda —una verdadera cuerda con dos gruesos nudos— comenzaron por ser una orden men­dicante que se mantenía únicamente de limosnas Sólo más tarde se dedicaron a la enseñanza y en especial a la filo­sofía y teología, mereciendo bien pronto una reputación semejante a los Dominicos que en esas ciencias eran con­siderados maestros insuperables. ¿Quién no se sentirá ad­mirado al ver al pequeño Vicente, que sería toda su vida modelo de pobreza, de humildad y de caridad francisca­nas, comenzando sus estudios en casa de los hijos del po­bre de los pobres, del Poverello? ¿Dónde hallaría mejor preparación para emprender el largo camino en el que re­cién entraba con los ojos aun cerrados? ¿Dónde hubiera recibido una enseñanza más conforme al espíritu de sacri­ficios que sería la regla de su vida?

En estos comienzos era necesario trabajar con tesón, pues era mucho o mejor todo, lo que debía aprender. Co­mo sucede con los de su edad y condición, no había ha­blado hasta entonces más que el dialecto corriente de su re­gión derivado del bajo latín. Gramática y francés, litera­tura e historia, geografía y ciencias conforme al programa y a la capacidad de los jóvenes cerebros, fueron el objeto de sus estudios. Hizo tales progresos que asombró a sus profesores por su clara inteligencia y por sus cualidades extraordinarias. Cuando él intervenía en un asunto, éste se hacía claro, fácil, armonioso. Más de una vez se hubiera dicho que era él el profesor: tales eran los destellos de su comprensión y sus oportunas sugerencias. Por otra parte so vió muy pronto elevado a un nivel superior entre sus condiscípulos y sin él quererlo, por el poderoso impulso de su saber y de su dulzura al par que de sus virtudes. En este niño maravilloso la modestia crecía en proporción de la ciencia. Cuanto más crecía ésta y se manifestaba su va­lor, con tanto mayor empeño procuraba reducirla y ocul­tarla. Ignoraba el orgullo. Su piedad consolidaba sus mé­ritos y los realzaba como una corona. Era el ejemplo y la gloria del Colegio. «Mirad a Vicente e imitadlo», repe­tían los maestros a sus discípulos. Al cabo de cuatro años su perfección despedía tales rayos que no era posible acer­carse a ella sino con respetuoso espanto. «¿Qué llegará a ser?», se preguntaban los buenos religiosos. ¿Estará des­tinado a pasar como nosotros toda su vida en el encierro del claustro practicando un ministerio limitado, sin que le sea posible darle mayor extensión, como sería digno, y ampliar su medida? ¿Será éste su porvenir? ¡Qué lásti­ma! Pronto se presenta una ocasión de aliviar las inquie­tudes de sus maestros y responder a sus deseos.

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