San Pablo y San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Andrés Dodin, C.M. .
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Preguntar cuál sea el lugar que san Pablo ocupa en el cristianismo, es asunto angustioso que arroja la discordia entre los exegetas. Nos encontramos efectivamente ante un testigo, que no solo se ha encargado de transmitirnos la casi totalidad del dogma cristiano, sino que interpretó y adaptó éste, con miras a predicarlo no menos que a vivirlo. Puede decirse en virtud del referido hecho, que la religión toda entera conserva la impronta de la fuerte personalidad de san Pablo, y que su interpretación del cristianismo nos ha indicado la jerarquía de los dogmas, y ha orientado por entero la vida religiosa.

En cuanto a nosotros, si no aceptamos la «maqueta» tradicional del cristianismo, si, para repensar nuestra religión o nuestra piedad, queremos acudir a él como al primer eslabón de la tradición viviente, entonces la edificación y la orientación de nuestra religión interior seguirán dependiendo mucho de la penetración de esta personalidad compleja, y de las bases reales o ficticias que ella nos ofrezca. Este trabajo crítico, no osaré yo adelantar que san Vicente lo haya ejecutado. No le preocupaba, ni le quedaba holgura para él, pero puede afirmarse al menos que conoció y sintió la fuerza de irradiación del gran apóstol, y que si bien no compartía la preocupación de los humanistas y su ansia de extraerlo todo de la Escritura, sí apeló a menudo, para justificar su doctrina y guiar su vida religiosa, a la autoridad incontestada del doctor de las naciones.

Para mejor reconocer el papel que desempeñó san Pablo en la vida religiosa y en la doctrina espiritual de san Vicente de Paúl, me permitiré distinguir dos aspectos, dos semblantes de san Pablo que amaba de modo particular el fundador de la Misión:

  • ante todo, el santo, discípulo inmediato de Cristo, y que a tal título se presenta como una encarnación de la virtud;
  • luego, el autor inspirado, maestro infalible de religión al que san Vicente pedía textos «dogmáticos«, de los cuales se hacía comentador despierto, atrayente, y algo original.

Si se recorren los numerosos pasajes –superan el centenar–, en los que san Vicente parte explícitamente de san Pablo, pronto se convence uno de que éste era ante todo, para el fundador de la Misión, un personaje vivo. Le veía y le sentía como si le hubiese tratado, le conocía por intuición, en virtud de la semejanza de sentimientos y de la comunidad de ideales que constituyen la amistad. En verdad, a ambos los había unido Dios. ¿No era san Pablo un poco el patrón de san Vicente? Escuchemos a Abelly:

Tenía también una veneración y devoción muy especial a san Pablo, como quien había sido el Maestro y el Doctor de los Gentiles, y había trabajado más que todos los demás; y como llevaba su nombre, trataba también de imitar sus virtudes.1

Y lo mejor que acierta a decir Collet es:

«Respetaba singularmente el celo de san Pablo, doctor y maestro de los gentiles,admiraba sus infatigables trabajos; procuraba ser imitador suyo, como también aquél había sido imitador de Jesucristo».2

Si pese al arcaísmo de sus locuciones, escuchamos bien a esos dos testigos, vamos por el buen camino: san Pablo posaba delante de san Vicente como un modelo; pero añadamos luego, como un modelo providencial, pues, siempre atento a la orden de Dios, y a los acontecimientos que la manifiestan, gustaba el señor Vicente derecordar a sus misioneros que el primer sermón de la Misión se había predicado el día de la conversión de san Pablo, y comentaba:

Dios no hizo esto sin alguna intención en semejante día.3

De esta conversión, entrada milagrosa de san Pablo en el orden de la gracia y del servicio de Dios, extraía él preciosas lecciones. La flaqueza y la ceguera humanas se topaban allí con la omnipotencia divina, sola capaz se sostenernos y llevarnos al bien. ¡Qué imagen tan hermosa, para recordarla en medio del éxito, la de la pobreza de nuestras fuerzas! De donde concluye san Vicente:

… lo que importa es el progreso y el final. Judas empezó bien, pero acabó mal; san Pablo acabó bien, aunque había comenzado mal.4

Ahora bien, lo que impresiona más al Director de las Hijas de la Caridad es la actitud de Saulo ante Dios, actitud abnegada y sumisa, la que más derechamente conduce a la unión divina:

Cuando Dios lo derribó del caballo en el momento de su conversión, ¿qué es lo que le dijo a Nuestro Señor?: «Aquí estoy en tierra, le dijo; ¿qué quieres que haga?». No hizo otra cosa más que preguntar cuál era la voluntad de Dios; eso es la indiferencia; ya no hace lo que él quiere, ni puede decir otra cosa más que ésa:»Señor, ¿qué quieres que haga? Estoy pronto a obedecerte». Nuestro Señor le ordenó que fuera a buscar a Ananías para que le instruyera. Y así lo hizo. ¡Salvador de mi alma! ¡Quién nos diera más deseos de entrar en sentimientos semejantes!5

Es la práctica de Nuestro Señor, la de san Pablo, la del obispo de Ginebra,6 aquella que consiste en mantenerse uno indiferente. San Vicente los aúna a todos tres como maestros de acción, y considera especialmente a san Pablo como modelo de los misioneros. De hecho, éste ha seguido muy de cerca el ejemplo de Nuestro Señor, hasta el punto de darse por paradigma a los corintios, ¿no es así? Los rasgos más salientes en la vida de san Pablo se le evocan a san Vicente bañados en la luz de Cristo, ya se trate:

  • de la caridad apostólica,
  • de las mortificaciones, penas, sufrimientos,
  • o de mínimos consejos prácticos, capaces de guiar al misionero.

Uno supondría que san Vicente no iba a descuidar la mención de san Pablo cada vez que glosara la caridad. En realidad se remite a él ampliamente: de 32 citas de la 1Cor, comprobamos que la mayoría hace referencia a la caridad. La epístola a los Romanos, la de los Filipenses son asimismo puestas a contribución, y hay a menudo breves frases que alternan con el Omnibus omnia factus sum,7 tan mortificante para la naturaleza, pero tan elevado en su ideal.

San Vicente muestra un raro acierto en el comentario al párrafo 12 del capítulo II de las Reglas Comunes, verdadera variación sobre Rom 12, 14ss. Detalla, siguiendo a san Pablo, los múltiples efectos de la caridad y, de repente, en mitad de su confusión y conmoción, Jesús y san Pablo se le representan enteramente unidos en la caridad:

¡Qué cariñoso era el Hijo de Dios! Le llaman para que vaya a ver a Lázaro; va; la Magdalena se levanta y acude a su encuentro llorando; la siguen los judíos llorando también; todos se ponen a llorar. ¿Qué es lo que hace Nuestro Señor? Se pone a llorar con ellos, lleno de ternura y compasión. Ese cariño es el que lo hizo venir del cielo; veía a los hombres privados de su gloria y se sintió afectado por su desgracia. También nosotros hemos de sentir este cariño por el prójimo afligido y tomar parteen su pena. ¡Oh, san Pablo, qué sensible eras tú en este punto! ¡Oh, Salvador, que llenaste a este apóstol de tu espíritu y de tu cariño, haznos decir como él: Quis infirmatur, et ego non infirmor?: ¿hay algún enfermo, con el que yo no me sienta enfermo?8

Cristo y san Pablo son nuestros educadores en la caridad, pues los gestos de condolencia que tan bien traducen la caridad fraterna, ¿no los introdujeron ellos? ­¿De dónde viene esta costumbre? – San Vicente responde:

Sabéis mejor que yo que las bellas ceremonias de los cristianos son muy antiguas;tienen su origen en el evangelio y en las cartas de san Pablo. Los primeros cristianos solían visitarse, compadecerse y consolarse mutuamente. Esos deberes deamistad han llegado hasta nosotros, proceden del fondo del cristianismo, que hizo esto y lo sigue haciendo todavía. No se ve nada parecido entre los turcos, ni entre los indios, ni siquiera entre los judíos; nunca se descubren para saludarse.9

San Pablo ¿no estará del todo a favor de un punto que importa con gran fuerza al señor Vicente? En efecto, uno y otro apóstol concuerdan, no sólo en cuanto a la doctrina, sino además en cuanto a la manera de predicarla. De hecho san Pablo, al igual que los demás apóstoles difundió la doctrina evangélica empleando el pequeño método. El fundador de la Misión nos dice:

… los apóstoles: ¿cómo convencieron a sus oyentes de las verdades del evangelio? Predicándolas en un estilo familiar, sencillo y popular.10

Saber que se predicaba del mismo modo que el apóstol de las naciones, ¿no era un dulce consuelo? Pues no podía dudarse de que este amigo de Dios no hubiese adoptado los medios más sobrenaturales. Motivo este que san Vicente gusta de hacer valer. Un resultado: para él, un santo no es sólo un alma en posesión real de Dios; es sobre todo un hombre que ha santificado su vida y sus actos, que ha canonizado éstos uno por uno. Ejecutando esos actos, o experimentando sufrimientos, he ahí como nos hallamos en una situación privilegiada. Y no importa que la naturaleza diga lo contrario: tales las tentaciones que invierten un concepto simplista de la vida sobrenatural, y que a veces tan terriblemente nos asustan; pues bien, no son después de todo más que envidiables pruebas. Miremos a san Pablo y nos cercioraremos una vez más de nuestra teoría de la virtud y de la gracia.

Para el misionero o la Hija de la Caridad, la tentación se presenta como un tiempo durante el cual se manifiesta muy particularmente nuestra fidelidad a Dios. No desfallezcamos, pues:

San Pablo no abandonó la obra de Dios cuando se vio tentado, ni se le ocurre a nadie abandonar el cristianismo por el hecho de que se sufran en él grandes y horribles tentaciones; tampoco nos está permitido dejar de vivir por el hecho de que nuestra vida resida en la concupiscencia de la carne, en la de los ojos y en la soberbia de la vida…11

Más bien ganemos confianza, pues según la doctrina de san Pablo, las tentaciones son una señal de que adelantamos en virtud.12

Dios os ha dado leche, al principio, como se da a los niños, porque se dice en san Pablo: «Os di antes leche, pero ahora os daré comida más sólida». Dios os la ha dado…, mis queridas hermanas, mientras que erais niñas, esto es, débiles en su amor; porque a los niños se les da leche y otros alimentos según la debilidad de su edad; pero, cuando se hacen mayores, se les da pan duro. San Pablo, al comienzo de su conversión, tenía grandes consuelos, y luego tentaciones. ¿Y acaso por eso lo abandonaba todo y dejaba sus afanes? No. ¿Acaso tenía menos fidelidad por causa de esas tentaciones? No. Mis queridas hermanas, aunque estéis continuamente en sequedad y tentación, con tal que no dejéis de hacer aquello a lo que estáis obligadas, sabed que sois fieles; sí, aunque lo hagáis sin sentimiento alguno, como un animal, si así lo queréis, aunque todo le repugne a vuestra naturaleza y caiga en faltas continuamente, si a pesar de todo lo hacéis y os levantáis, es que sois fieles.

Más aún, en la tentación reconoce san Vicente

… una prueba para las almas buenas y un motivo para merecer. Quizás san Pablo no se sentía nunca tan inclinado al pecado como cuando Dios le tocó para que se convirtiera, ni más agradable a los ojos de Dios que cuando sufrió luego las más fuertes tentaciones.13

¡El pesimismo agustiniano!, que apoya esta noción suya. En lo sobrenatural hace, por lo demás, que contemple la vida de prueba como un estado ideal, en el que la gracia actúa con segura y visible eficacia. Las acciones heroicas, o simplemente buenas, que efectuamos, no siendo ellas obra de la naturaleza rebelde, vienen indudablemente de Dios.14

Me he sentido también muy afligido al leer lo que me dice de su cruz, en la que le ha clavado la Providencia, no para que usted se pierda, como teme, sino para que, como dice san Pablo, virtus tua in infirmitate perficiatur; y ya que ha sido suficiente contra las tentaciones la gracia que Dios le ha dado, tiene usted motivos para esperar esa misma gracia en esta ocasión como se echa de ver en la pureza de intención con que empieza usted las confesiones… Acuérdese, padre, que las rosas sólo se recogen de entre las espinas y que las accionas heroicas sólo se realizan en la debilidad.

La vida de san Pablo nos enseña que, gracias a las tentaciones, adquirimos o podemos llegar a dos convicciones preciosas: la de nuestra debilidad, y la de la bondad misericordiosa de Dios, que actúa a despecho de nuestra deficiencia. El señor Vicente explica a las Hijas de la Caridad:

Es el provecho que san Pablo sacaba de sus tentaciones. Si no hubiera sentido esa rebeldía, ¿cómo no se habría enorgullecido de tantas gracias como había recibido, después de haber sido elevado hasta el tercer cielo y haber hecho tantas maravillas? Cuando consideraba esos sucios pensamientos, se decía: «¡Cómo, Dios mío! ¡Si soy un miserable, yo que predico a los otros, y estoy lleno de estos malditos pensamientos! Si esas personas a las que hablo supieran que estoy lleno de los sucios pensamientos de la carne, si supieran que tengo estos horribles pensamientos, si conocieran ese lodazal en que se revuelca mi mente, ¿cómo querrían escucharme?, ¿qué dirían de mí? Sin embargo, ese pueblo se convierte. ¿Y quién es el que los convierte? No ciertamente yo, pues es imposible que un hombre tan miserable pueda hacer esas maravillas. No soy yo, Dios es el que lo hace. Por eso yo no sirvo para nada y toda la gloria es suya». Así es, hermanas mías, como san Pablo se servía de sus tentaciones para humillarse, para dar gloria a Dios por todo lo que hacía con su gracia. Es un gran consuelo para las almas buenas saber que las tentaciones no pueden hacerles daño si ellas no quieren, sino que por el contrario pueden servirles de mucho. Nos lo enseña la Sagrada Escritura.15

Nada como esta escenografía, prodigiosamente viva, para inspirarnos confianza en el momento del asalto interior. Mantengámonos firmes, el combate que trabamos es la señal más cierta de nuestra amistad con Dios.

De otro lado, algo de divino hay en la aflicción y el dolor, mientras que la vida sin penas, vida con agua de rosas, debiera hacernos sentir inquietud, como señal de reprobación, por tenerlo todo a pedir de boca: ¿no es esa la impresión?

Testigo de ello es aquel hecho de san Ambrosio, tan celebrado por la historia. Este santo llegó un día a casa de un hombre muy rico y le preguntó si había tenido alguna vez algún disgusto; éste le respondió que no y que todo le salía bien, que tenía varios hijos y que éstos le producían mucho gozo. San Ambrosio dijo: «Salgamos de aquí; no hace buen tiempo». Apenas salió, empezó a aparecer una nube por encima de la casa, se formó una tempestad, cayó un rayo en aquella casa y mató al dueño y a sus hijos17.16

Por el contrario, las tentaciones dejan seguro el fondo de nuestra alma y fomentan nuestra purificación, nos libran de todos aquellos apegos que estorban nuestro avance hacia Dios. Las tentaciones y los sufrimientos afligieron a san Pablo, al parecer, más ningún otro: pues bien, ¿no hizo ese exceso que sobresaliera su asimilación a Cristo? Como mi Padre me envió – decía Cristo a sus discípulos -, así yo os envío; y como fui perseguido yo, así también lo seréis vosotros.

Ostendam illi, dice en otro lugar, hablando de san Pablo, quanta oporteat eum pro nomine meo pati: le indicaré que mi voluntad es que padezca por mi nombre. En efecto, ¡cuánto tuvo que soportar! Es algo prodigioso. Cuesta trabajo creer todo lo que sufrió en su persona, en su honor y en su ministerio. Aquel corazón generoso y tan resignado de san Pablo se vio perseguido en muchos lugares. En Damasco tuvo que salvarse por una ventana; en otras partes recibió azotes, fue arrojado al mar, apedreado, encarcelado varias veces, despreciado, expulsado y finalmente martirizado. Estaba destinado al sufrimiento: Ostendam illi quanta oporteat eum pro nomine meo pati: yo le mostraré cuánto tiene que sufrir. Y así lo hizo. Sí, es prodigioso lo que tuvo que sufrir, prodigioso, prodigioso.17

Desde esa altura, a la que le había elevado el sufrimiento, nos habla san Pablo, y sólo con respeto hemos de recoger cada menudo consejo pastoral que tiene a bien darnos su experiencia. Escuchémosle, no nos impliquemos en «negocios seculares»18, que no atañen a predicadores del evangelio; trabajemos con desinterés, de suerte que no seamos una carga para «nuestras ovejas»19; seamos, en fin, perseverantes, pues san Pablo no cejó en su episcopado ni aun en medio «grandes dificultades».20

No costaría mucho espigar, en las obras de san Vicente, toda una seria de textos,que pondríamos bajo el epígrafe, «Siglo XVII: «El verdadero apóstol, instrucciones de san Pablo a los predicadores y a los misioneros de nuestro tiempo»». En este Vademécum de pastoral ad mentem sancti Pauli, el apóstol de las naciones, tan vivo como distante de su medio histórico, dirigiría sus consejos a los misioneros que ambicionasen pertenecer a su religión, o aun a «la de san Pedro».21 Con su lenguaje, sus preferencias, tendría un poco el aire de la Misión; por lo menos reconoceríamos su alma de fuego, aquella personalidad que era la moral viviente, y puede que la mejor réplica de la humanidad de Cristo. Ahora bien, por el hecho de haber san Vicente reconocido en san Pablo, ante todo el vivo modelo impuesto por su persona, no debe olvidarse que el fundador de la Misión hacía hábil uso, no sólo de la persona, sino también de los textos de san Pablo. Las citas más o menos comentadas del autor inspirado servían entonces de pruebas a los asertos difíciles, a los mandatos enojosos, momento en el que san Pablo aparecía como Maestro de religión.

I. El Maestro de religión

No imaginemos que lo estudió, en el sentido fuerte del vocablo: san Vicente era muy poco inclinado a la especulación, y aquellas nociones suyas que se ostentan doctrinales semejan en gran medida apuntes de canonistas. No lo estudiaba, sino que lo consultaba, aprendía y empleaba para aclarar y simplificar el sistema teórico de la vida sobrenatural. Aparte de algunas cuestiones, tales la modalidad de la imitación de la humanidad de Cristo, o la doctrina del Espíritu de Dios, debe él las líneas firmes de su espiritualidad a san Pablo y a la letra del evangelio.

A este campesino que desconfiaba de la naturaleza insidiosa y de los falaces raciocinios de nuestro espíritu, san Pablo, y la Escritura en general dábanle direcciones precisas, probadamente palpables y aptas para servir de rampa, cuando menguaba la luz o vacilaba la visión. Exigía, pues, de ellas grandes lecciones de vida, reglas para ver claro en el tumulto y para captarlo todo con justeza. Y grabados fielmente en su memoria, guardaba algunos textos decisivos, los cuales simplificaban, permitían apartar oscuridades inútiles y adueñarse de situaciones complejas. Son los textos que cita con predilección, que le retratan de cuerpo entero; ha querido pedirles la forma exacta de su pensamiento, los ha meditado, enriquecido con sus afectos y deseos, no menos que con sus sueños.

No son nada especulativos; al contrario, son muy directos, prácticos, se ven encarnados; diríanse estar hechos para suscitar imágenes, para recordar pasadas resoluciones, despertar y encauzar los sentimientos. Basta aducirlos al momento de las grandes decisiones, o aun tratándose de tomar una buena resolución, y nos indicarán en qué dirección es preciso ir.

Uno de los más significativos es por cierto el versículo 13 del capítulo 8 de la carta a los Romanos. En las obras que de él poseemos, san Vicente lo cita cinco veces, mas observemos cómo lo adapta a su propósito.

Dirá así a sor Hardemont, deseosa en demasía de abandonar su residencia:

Se hace un grave daño a usted misma, dejándose llevar de la naturaleza, ya que, sise sale con la suya, tendrá cada vez mayores dificultades para superarla, para vivir según el espíritu y para cumplir la voluntad de Dios, que es sin embargo lo que tenemos que hacer para salvarnos; de lo contrario, «si vivís según la carne, dice san Pablo, moriréis».22

Y se complace mostrando el ejemplo de Nuestro Señor a la señorita Champagne, que duda si hacer o no profesión religiosa:

Pues bien, si dirige a su vez los ojos a ese divino Salvador, verá usted, señorita, cómo él sufre incesantemente, cómo reza, cómo trabaja y cómo obedece. «Si vivís según la carne, dice san Pablo, moriréis»; y para vivir según el espíritu que vivifica, es preciso vivir como vivió Nuestro Señor: renunciar a sí mismo, hacer más bien la voluntad de otro que la suya propia, usar bien de las contradicciones y pensar que los sufrimientos son mejores para nosotros que las satisfacciones. «¿No era menester que Cristo padeciera estas cosas?», decía Él a sus discípulos, que hablaban de su pasión. Era para darnos a entender que, lo mismo que Él no entró en su gloria más que a través de las aflicciones, tampoco podemos pretender nosotros llegar a ella sin sufrimientos24.23

Estas dos largas aplicaciones seccionan el mundo en dos mitades, separan a los humanos que viven según la carne de los que viven según el espíritu. Pero la aplicación puede hacerse también en el caso de una opción más ordinaria, si no menos importante. Las Hijas de la Caridad no han de elegir entre dos vocaciones, sino entre dos maneras de vivir: una es muelle, relajada, fácil; la otra ardua, ferviente, que exige lucha incesante contra si mismo. Y ésta segunda es la que precisa adoptar:

¡Con cuánto rigor serán castigados aquellos que prefieren aguardar a hacer penitencia en el otro mundo en lugar de éste! Porque mirad, hijas mías, es cierto, y nos lo demuestran las sagradas Escrituras, que si no mortificamos nuestra carne con ayunos, oraciones u otras penitencias que se nos ordenan, es cierto que moriremos. Es san Pablo el que lo dice: «Si no castigáis vuestros cuerpos, si no hacéis penitencia y no os mortificáis, moriréis». Y no habla de esta muerte corporal, sino de la muerte eterna… Que cada una diga ahora en su interior: es preciso que me mortifique; y de esta manera nos condenaremos a nosotros mismos y purgaremos nuestros pecados. ¿No queréis hacerlo así, dado que nos lo dice san Pablo, y que lo hizo el mismo Hijo de Dios?24

La idea de san Pablo llega a hacerse tan apremiante, que se transforma en medio de practicar la virtud:

El segundo medio son los motivos que nos dice san Pablo: primeramente, cuando escribe: «El que quiera vivir según la carne, morirá» . Esto es, morirá a la vida de la gracia. El que mortifique esa misma carne, vivirá la vida de los hijos de Dios. Y yo os aseguro que una Hija de la Caridad que tenga bien mortificadas sus pasiones vivirá la vida de la gracia y será santa en este mundo y gloriosa en el otro. Me gustaría poder decírselo a todas las Hijas de la Caridad; pero como la mayoría están ausentes, os lo digo a vosotras y os aseguro, de parte de Dios, que es ése el camino de la santidad y que no hay otro. Por mucho que busquemos, no podremos salvarnos sin eso.25

Se le objeta que la pobreza es difícil, que es muy duro no desear lo que a uno satisface y agrada:

¿Qué medios habrá para mortificarse siempre y resistir continuamente a las inclinaciones que, de ordinario, nos llevan a obtener esas cosas de las que usted nos enseña que hay que huir? — Responderé a ello que es la concupiscencia de la carne la que nos obliga a emplear ese lenguaje; y vivir según la carne es morir, pero morirá la vida de la gracia, que es muy distinta de la del cuerpo. Por tanto, los que quieran satisfacerse y vivir según la carne no tienen la vida del espíritu. Moriemini, dice san Pablo; moriréis, si queréis vivir según la carne. Acordaos de lo que os digo hoy, que no podéis guardar vuestras reglas y seguir los placeres de la carne. Es incompatible. Hermanas mías, si la Compañía perece por culpa de la falta de observancia de alguna regla, será sobre todo por no haber guardado ésta27.26

Lo tomas o lo dejas: un dilema, tal es el tenor del texto. Ningún otro señala mejor lo heterogéneo de los dos órdenes, la oposición del mundo, de la concupiscencia y de la carne al Cristo que es luz, espíritu y vida.

II. La perseverancia

Hecha la opción, basta con perseverar, y san Vicente se reanima, y acucia a los demás, puesto el pensamiento en las desventajas sobrenaturales, mas no sólo en ellas, resultantes de la defección, sino además en la dificultad y cuasi-imposibilidad de convertirse. Sería preciso un verdadero milagro: ¿no la dijo san Pablo?

Santiago Rivet, año de 1640, se siente tentado a abandonar la vocación y establecerse como servidor de Juan d’Estrades, obispo de Condom. San Vicente arguye con la carta a los Hebreos, en cuanto que se aplicaría a tal situación:

[Su entrada en la Compañía vino del gusto por lo más perfecto. Retirarse es una defección,] y dice san Pablo que los que una vez han sido iluminados y han saboreado la palabra de Dios, si vuelven a caer, muy difícilmente pueden renovarse en la penitencia28.27

Ante las Damas de la Caridad se ostenta menos reservado, e interpreta el texto en función del decaimiento en un servicio, y del silencio que ofrece resistencia al requerimiento de la gracia:

… es de temer que caigáis en la desgracia de aquellos de los que habla Nuestro Señor… Y según sentencia san Pablo contra aquellos que han sido por Dios iluminados y saboreado la dicha de estar empleados en el servicio de Dios, de los cuales dice ser imposible que se salven.28

En una plática a los seminaristas, que se atormentan por emitir continuos actos de amor de Dios, san Vicente interpreta nuevamente el pasaje. Les ruega

… no calentarse tanto, moderarse, sin romperse la cabeza por hacerse esta virtud sensible y casi natural; porque al fin, después de todos estos esfuerzos no hay másremedio que relajarse, abandonar la presa; y ¡cuidado! no lleguemos a hartarnos por completo y a caer en un estado peor que el de antes, en la condición peor de todas yde la que uno casi nunca se levanta. San Pablo dice que es imposible que uno que haya amado y saboreado las dulzuras de la devoción, y luego ha perdido estos gustos y se ha aburrido, vuelva a reponerse. Cuando dice que esto es imposible, quiere decir que es muy difícil, que casi se necesita un milagro.29

Aquí no es ya el estado de gracia, aquel del cual precisa no caer, sino el de la devoción sensible y de las dulzuras. Estamos lejos de la interpretación real del texto. El momento en que san Vicente más se ciñe a ella, es probablemente cuando aplica el texto paulino a aquellos que viven mal que bien en comunidad, y a los que el superior vanamente intenta reconducir al deber:

… quedándose en el primer estado en que sabe usted que Dios le puso. ¡Quiera Dios que lo consiga! En ese caso, se podría llamar a esto una especie de milagro, pues es cierto que una comunidad que se ha dejado relajar y ha caído en el desorden no vuelve nunca al estado primero de perfección del que ha caído. San Pablo dice de una persona, que después de convertida a Dios ha vuelto a caer de ese estado, que es imposible que vuelva a levantarse, esto es, que es muy difícil; lo mismo pasa con una comunidad. Por eso, padres, mantengámonos firmes en la observancia de las reglas.30

No nos cupo el placer de hallar el sentido preciso. Sit venia! El pasaje enfrenta aún así a los mejores exegetas. Por lo demás, san Vicente brinda algo mejor que la visión de este precipicio, para ayudarnos a escalar las cumbres. Guarda y medita un asombroso texto que siempre detona su entusiasmo, le saca de sí mismo, le expone a un espectáculo magnífico y grandioso. Es el Jesús de dolorido semblante, del cual habla el apóstol en la carta a los Filipenses; un semblante que recita ante él las lecciones esenciales de la Encarnación: el amor, la humildad, la obediencia. Escuchemos con qué alma da vida san Vicente al divino modelo; una vida tejida por entero de obediencia, de la que es apenas acompañamiento la muerte:

Es preciso reconocer que debe haber algo grande en esta virtud, ya que Nuestro Señor la amó tanto desde su nacimiento hasta su muerte, puesto que hizo todas las acciones de su vida por obediencia. Obedeció a Dios su Padre, que quiso que se hiciera hombre; obedeció a su madre y a san José, su padre putativo, et erat subditus illis , y a todos los elevados en dignidad, fueran buenos o malos, de forma que todas las acciones de su vida no fueron más que un tejido de obediencia. Empezó su vida de ese modo factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis, obedeciendo hasta la muerte, incluso muerte de cruz; y por causa de eso, propter quod, su Padre lo consideró mucho, lo ensalzó y elevó. Oh Salvador, ¿qué es entonces esta virtud de la obediencia? ¡Cuán excelente tiene que ser, si la encontraste digna de un Dios! ¿Hay alguna cosa más grande que obedecer hasta la muerte infame de la cruz?.31

¡Modelo de humildad!, el Jesús que san Vicente nos muestra como tipo y fuente de nuestra humildad:

¡Dios mío!, hermanos míos, ahora que ha llegado el momento en que su divina bondad nos permite hablar de todo esto, pidámosle con toda humildad que nos conceda la gracia de participar en esa humildad suya y de practicarla como él lo hizo, durante toda la vida. ¡Dichosos de nosotros, si se pudiera decir de cada uno lo que san Pablo decía de nuestro Señor humillado: Humilliavit semetipsum, formam servi accipiens. ¡Padre eterno, que quisiste que tu Hijo se revistiera de nuestra carne para ser semejante a nosotros, in similitudinem hominum factus et habitu inventus ut homo, revístenos de su virtud de la humildad, para que seamos semejantes a él!32

Asimismo modelo y fuente de amor, pues:

¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por él? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh, amor! ¡Tú eras incomparablemente más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás!.33

En la ascensión moral de las virtudes esenciales, es el Cristo paulino quien se presenta a san Vicente como arrimo y asimismo como modelo, al que es preciso dirijamos sin cesar nuestra mirada, para imitarle e imitándole unirnos a Él. Término de la vida espiritual no puede ser más que la identificación con Cristo Jesús, identificación expresada de modo realista y vivo por san Pablo, cuando escribe a los Gálatas, Ya no soy yo quien vive, sino que en mí vive Cristo. San Vicente explana esta imagen, prolonga sus líneas, deduce cuanto contiene y aun cuanto pudiera tener oculto. No considera la asimilación a Cristo más que en su término extremo, cuando el ejercicio activo de las virtudes permite la expansión plena de la gracia. El presente «vivo» de san Pablo, que se aplica a la traza de la vida espiritual, le inquieta algo, pero se rehace aun así:

¿Qué hacemos cuando nos situamos en la mortificación, en la paciencia, en la humildad, etcétera. Situamos en nosotros a Jesucristo; y los que se esfuerzan entodas las virtudes cristianas pueden decir, como san Pablo: Vivo ego, non jam ego, vivit vero in me Christus: no soy yo el que vivo, sino que es Jesucristo el que vive en mí. Yo vivía, vivo ego; pero ya no vivo, vivit vero in me Christus.34

Luisa de Marillac había llegado a ese término, pues se aplicaba a modelar sus acciones de conformidad con la de

de Nuestro Señor. Hacía lo que dice san Pablo: «No soy yo el que vivo, sino Jesús el que vive en mí». De esa manera, intentaba hacerse semejante a su Maestro por la imitación de sus virtudes. Es lo que se vio en aquella alma tan buena que tan bien supo formarse en las virtudes de Nuestro Señor.35

Mientras tanto, si estamos decididos a hacer la voluntad de Dios, si somos virtualmente conformes a Cristo, puede decirse que se efectúa aquella identificación.

Dios ha empezado ya la tarea, Él suple nuestra flaqueza y nuestras ansias de imitación. Dirijámonos a Él, para que acabe su obra. Al final de una conferencia dice san Vicente:

Como no podemos hacerlo por nosotros mismos, te lo pedimos a ti, lo esperamos alcanzar de ti, pero con toda confianza y con un gran deseo de seguirte. Señor, si quieres darle este espíritu a la Compañía, ella trabajará por hacerse cada vez más agradable a tus ojos y tú la llenarás de ardor para que sea semejante a ti.36

Y la consecuencia:

… este anhelo la hace ya vivir de tu vida, de modo que cada uno puede decir como san Pablo: Vivo ego, jam non ego, vivit vero in me Christus. ¡Bendita compañía! ¡Bienaventurados todos nosotros! Si tendemos a ello, lo alcanzaremos infaliblemente. ¡Qué dicha poder comprobar en nosotros estas palabras: Vivo ego, jam non ego, vivit vero in me Christus! Pues ya no vivimos una vida humana, sino una vida divina, y viviremos esa vida, hermanos míos, si nuestros corazones están llenos y nuestras acciones van acompañadas de esa intención de cumplir la voluntad de Dios.37

Hemos escuchado el comentario de los mejores textos, echemos ahora una ojeada al comentador. No me lo imagino escudriñando rigurosamente la letra del Nuevo Testamento. A las veces, cuando se las ha con algún adversario, o bien se presenta a los sacerdotes de la Misión para explicar las reglas, entonces sí cita y aun da las referencias. Pero tal circunstancia es más bien rara. El género suyo, aquel en que descuella, es el de la glosa, glosa viva, ágil, espiritual, finamente conmovida, y casi siempre admirablemente adaptada o acomodada a la situación.

Ahí se siente él a sus anchas. Su lectura diaria del Nuevo Testamento, lectura en empatía, atenta, fructífera en el acopio de imágenes, le ha bastado para adueñarse del pensamiento de san Pablo. Del texto, por lo demás, retiene apenas el sentido, el alcance moral, la aplicación inmediata. Todo lo demás cae. En cambio, ¡cómo destaca en desplegar cuanto sentimiento se encierra en la Escritura!

Por su palabra se descubre la imagen, que es expuesta a plena luz, modificada, completada, animada, presentada bajo la encantadora luminosidad que le es propia y que no siempre uno esperaba.

Pues a decir verdad, no comenta a san Pablo, sino como muchos en su tiempo y siempre, se comenta a sí mismo apelando a san Pablo. Para reforzar y «canonizar» una propuesta, nada mejor que entreverar alusiones a san Pablo, o bien referencias explícitas a él. Uno se explica sirviéndose de la Escritura y «autoriza» así su explicación.

¡Peligroso sistema!, no dejo de convenir en ello.

Aun así, no deploremos demasiado un método entonces en boga y que suministra las mejores excusas a san Vicente. Vacilemos en decir mal de él, o recaería sobre nosotros mismos la maledicencia. Por otra parte, la fantasía vicenciana jamás llega al amaneramiento o a la bufonada. El señor Vicente sabe reportarse; es lo bastante serio y sobrenaturalmente cortés como para tratar descomedidamente los textos, y en general su finura, el sesgo de su espíritu – lo que llamaba él «falta de ingenio» ­le mantienen dentro del tono y ámbito de la interpretación común. Mucho más sencillo que el espiritual Camus, más alerta que Bérulle o Condren, el señor Vicente representa la exégesis viva, espontánea, no rebuscada. Catequista sin pretensiones, pese a algún juego de manos, se impone a nosotros y aun nos deleita.

  1. CEME, 613.
  2. 1874, t. II, p. 143. Cfr. Coste, El Señor Vicente (CEME). En Châtillon-les-Dombes, I, 59: «Para honrar a los dos santos que él consideraba como sus dos patronos, san Vicente y san Pablo, (el señor Vicente) fundó a perpetuidad dos misas el día de sus festividades».
  3. Abelly (CEME), 57.
  4. SVP II, 107. Carta a E. Blatiron, 9 de octubre de 1640.
  5. SVP IX, 871.
  6. SVP IX, 871.
  7. Me he hecho todo a todos.
  8. SVP XI 560. Cfr. Jn 11,35; Rom 3,23; 2Cor 11,2.
  9. SVP XI, 562.
  10. SVP XI, 172.
  11. SVP II, 19. Carta al P. Tholard, 1 de febrero de 1640.
  12. SVP IX 570. Cfr. 1Cor 3,2.
  13. SVP V, 443.
  14. SVP V, 18ss.
  15. SVP IX, 659s. Cfr. 2Cor 12, 1-7.
  16. SVP XI, 68.
  17. SVP XI, 592s. Cfr. 2 Cor 11, 24,32; Hech 9,6,16.
  18. SVP II, 376.
  19. SVP VIII, 487s.
  20. SVP VI, 249.
  21. SVP XI, 647.
  22. SVP VII, 370.
  23. 24 SVP VII, 165s.
  24. SVP IX, 966s. Cfr. 1Cor 11,31; 2Cor 4, 10.
  25. SVP IX, 697s. Cfr. 1Cor 9, 27; 2Cor 4,17.
  26. 27 SVP IX, 822s.
  27. SVP III,439. Cfr. Heb 6,4.
  28. SVP X, 939. Cfr. Lc 9,62.
  29. SVP XI, 134.
  30. SVP XI, 113.
  31. SVP XI, 486s. Cfr. Flp 2,7.
  32. SVP XI, 688s. Cfr. Lc 2: 51; Flp 2, 8.
  33. SVP XI, 411. Cfr. Rom 5, 5; 8, 11; Flp 2, 17.
  34. SVP XI, 522. Cfr. Gál 3, 27.
  35. SVP IX, 1239. Cfr. Gál 2, 20.
  36. SVP XI 457.
  37. SVP, XI, 457.

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