Para san Vicente el tema cristológico de la adhesión a Cristo expresa el corazón de la vocación misionera y caritativa del sacerdote misionero. El encuentro y la relación con Cristo constituyen el perno central, «la regla».1
«El propósito de la compañía es imitar a nuestro Señor, en lamedida en que pueden hacerlo unas personas pobres y ruines. ¿Qué quiere decir esto? Que se ha propuesto conformarse con él en su comportamiento, en sus acciones, en sus tareas y en sus fines. ¿Cómo puede una persona representar a otra, si no tiene los mismos rasgos, las mismas líneas, proporciones, modales y forma de mirar? Es imposible. Por tanto, si nos hemos propuesto hacernos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afición, es menester procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas».2
Las reglas comunes trazan las líneas de un proceso educativo que conduce a conformarse a la humanidad de Cristo y que san Vicente resume en la expresión «revestirse de Cristo». Pero antes de adentramos en este argumento vale la pena detenerse un instante sobre el lenguaje simbólico al cual remite la imagen del «revestirse de Jesucristo», pues esta expresión, usada por san Vicente más de diez veces, es un símbolo religioso de gran potencia. Él la toma de san Pablo (Gal 3,27); pero el tema radica en un plano antropológico, que se encuentra reflejado en la Biblia.
1. La metáfora del vestido en el lenguaje de las Escrituras
El vestido para nuestra cultura es simplemente un medio para protegerse del frío, un adorno para el cuerpo o un medio expresivo. En todo caso es algo externo respecto al hombre. Aquello que el hombre es no depende del vestido. Es lo que dice el proverbio de la sabiduría popular: «El hábito no hace monje!; la ropa no hace al médico». No sucede lo mismo en la literatura bíblica. El vestido es un símbolo, no sólo un instrumento. Aplicado a lo divino, expresa ir hacia un contacto con Dios. El texto principal al respecto es de san Pablo: «Por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios. Losque se han bautizado consagrándose a Cristo se han revestido deCristo» (Gal 3,26-27). Con ello se expresa la experiencia de una per-tenencia plena y de una intimidad que envuelve. La fuerza del sím-bolo asegura la expresividad de esta experiencia.
Esto es posible porque el mundo antiguo en general, y el bíblico en particular, ha atribuido al vestido un significado y una «vivencia» particularmente intensos. La desnudez del cuerpo representa una vergüenza que debe ser cubierta (Gn 9,22); y Dios mismo se encarga de revestir a su criatura después del pecado, mostrando de este modo su ternura, como una madre que se preocupa de cubrir a su niño: «El señor Dios hizo unas túnicas de pieles para el hombre y su mujer y los vistió» (Gn 3,21). Estar desnudos es como estar abandonados (cf. Lc 8,27). Jesús mismo tiene esta experiencia en la Cruz: revestido de un manto real para burla y luego, despojado de sus vestiduras, muere desnudo (cf. Mc 15,20-24). Y en esta desnudez está vivamente expresada la experiencia del abandono y de la soledad. Ciertamente el cuerpo es más que el vestido (Mt 6,25), pero el vestido es una de las necesidades vitales de la persona como el alimento y la casa (1 Tim 6,8). El vestido manifiesta la persona y revela lo más querido de quien lo porta: cuando Jonatán ofrece a David su manto quiere abandonarse a su servicio y donarle su alma (1 Sam 18,4); cuando Eliseo pide el manto a Elías es porque él deseaba heredar su fuerza profética (2 Re 2,12 ss.). Es siempre en ésta prospectiva que se debe comprender el poder milagroso del vestido de Jesús (Mt 9,21; 14,36) o del apóstol Pablo (Hch 19,12). Las vestiduras emplazan a la expe-riencia de los últimos tiempos, porque el hombre será revestido «de las vestiduras de salvación» (Is 61,10) como el hijo pródigo lo fue con » el vestido más bello» (Lc 15,22) y mejor todavía como el hábito nup-cial para aquellos que participan a las bodas mesiánicas (Mt 22,12) y aún, como las vestiduras de Jesús que son radiantes en la transfi-guración o las cándidas vestiduras de los ángeles en la mañana de Pascua.
Con toda esta riqueza simbólica, cuando se habla de «revestirse de Cristo» no estamos frente a simples imágenes de efecto pintoresco, sino que nos encontramos dentro de una experiencia simbólica que manifiesta la religiosidad del creyente que se une enteramente Cristo. La relación con Él no se puede quedar a nivel de simple acercamiento, sino que hace parte de su misma persona: la cubre, la transforma, la define, la reviste. Pero no en sentido gnóstico o docético, como simple «revestimiento exterior», sino en el sentido pleno que el término «revestirse» tiene en su significado tradicional y bíblico.
2. Revestirse de Cristo: ¡un grand negocio!
La metáfora del vestido remite, como hemos visto, a una relación de intimidad con lo divino. San Vicente anota que antes de ser nosotros quienes nos «revestimos de Cristo», es Él quien se reviste de nuestra humanidad. Él nos precede y crea así una condición de reciprocidad: el creyente se encuentra previamente involucrado en la historia con la cual Dios se une por amor a nuestra humanidad. Es Dios quien reviste su divinidad con nuestra humanidad, poniendo las bases por las cuales nosotros podemos revestir nuestra humanidad de su divinidad:
Ese gran Dios, al crearnos con el plan de exigir de nosotros esa agradable ocupación de amarle y ese honorable tributo, ha querido poner en nosotros el germen del amor, que es la semejanza, para que no nos excusásemos diciendo que no podríamos pagarle jamás. Ese enamorado de nuestros corazones, al ver que, por desgracia, el pecado había estropeado y borrado esa semejanza, quiso romper todas las leyes de la naturaleza para reparar ese daño, pero con la ventaja maravillosa de que no se contentó con devolvernos la semejanza y el carácter de su divinidad, sino que quiso, con el mismo proyecto de que le amásemos, hacerse semejante anosotros y revestirse de nuestra misma humanidad.3
Porque Cristo se revistió de nuestra humanidad, a nosotros nos fue dado el poder entrar en relación con Él y revestirnos de Él. En consecuencia la experiencia propia de la fe cristiana no brota de una conciencia que produce el propio objeto; más bien, recibe una «forma», que es precisamente la forma de la humanidad de Cristo. Sin Él la conciencia creyente quedaría desnuda: estaría de frente a sí misma sin un contenido adecuado. El revestirse de Cristo, por tanto, indica un proceso de asimilación y una intimidad profunda con Jesucristo. Este es un tema central y recurrente en el pensamiento de san Vicente:
La regla dice que…, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh padre! ¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo. Ella siempre ha apreciado las máximas cristianas y ha deseado revestirse del espíritu del evangelio, para vivir y para obrar como vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la compañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras en general y en cada una en particular.4
De otra parte, el misionero, como el cristiano, alcanza la plenitud de sí mismo en base al hecho de poder estar en relación con Cristo Jesús, porque el hombre no se desarrolla por sí mismo, sino que necesita recibir las características humanas de Jesús para poder ser sí mismo. El misionero, el hombre, debe revestirse de Cristo «¡este es un gran negocio!». ¿Pero cómo?
El mundo, que se encuentra y actúa en el ánimo del hombre afec-tado por el pecado, y que por lo mismo, no hace de Cristo el propio punto de referencia, no conduce a la verdad: «La doctrina del mundosiempre lleva a la mentira, — repite convencido san Vicente — la doc-trina del mundo no da nunca lo que promete».5 La posibilidad del hombre para autorealizarse consiste entonces en hacer propios «los contornos» fijados en la humanidad de Jesús. Pero esta posibilidad no está ni de frente ni en la mano del hombre mismo. Para revestirse del espíritu de Cristo no basta verlo, ni basta «copiar» sus caracterís-ticas humanas. Se trata más bien de una obra de lo alto — enseña san Vicente —. Es el Espíritu Santo quien crea la unión entre noso-tros y Cristo, entre nuestra humanidad y la suya, realizando la comu-nión objetiva con Él o, según la imagen paulina, » una carta de Cristo escrita en el corazón» (cf. 2 Cor 3,3).
Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? —dice San Vicente— Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras», ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derramasobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu.6
Cuando un misionero actúa en comunión con Cristo, animado por su Espíritu, no obra él solo. Su actividad toma energía de la gracia, sin la cual la evangelización y la caridad serían simples actividades del hombre y no acciones sobrenaturales y divinas. De aquí que el verdadero empeño espiritual del misionero esté en dejarse llenar por Cristo, permitiendo que Espíritu Santo transcriba libremente los rasgos humanos trazados en las máximas evangélicas. Este es el modo de reaalizarse según la verdad que es Cristo. Un realismo similar al de lo sobrenatural en nosotros, ha de ser retomado si se quiere que la Compañía reviva. El peligro de ser acríticamente invadidos por una cultura hermenéutica que resbala hacia una mentalidad docetista o gnostica no ésta sólo a las puertas, sino — a mi parecer — ampliamente inserto en el tejido del vivir cotidiano. Esto produce esa caída del celo apostólico, que se reduce a un activismo y a un moralismo sin alma. San Vicente, en cambio, como aparece en los textos, está sólidamente anclado en una visión de la vida, en la cual lo divino y lo sobrenatural no son vagos pensamientos o intenciones espirituales, sino que son el ambiente creado por la presencia del Espíritu Santo.
3. Un texto significativo
El texto de mayor significado al respecto, es la recomendación hecha por san Vicente a Antonio Durand, un joven misionero de sólo veintisiete años y designado superior del seminario de Agde.
Ciertamente, padre, en todo esto (la dirección de las almas y la educación del clero) no hay nada humano: no es obra de un hombre, sino obra de Dios. Grande opus. Es la continuación de la obra de Jesucristo y, por tanto, el esfuerzo humano, lo único que puede hacer aquí es estropearlo todo, si Dios no pone su mano. No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con él; que obremos en él, y él en nosotros;que hablemos como él y con su espíritu, lo mismo que él estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado: tal es el lenguaje de la Escritura.7
El misionero en sus ministerios continúa la misma obra de Cristo de formar apóstoles y discípulos: y por tanto debe asumir personalmente la misma energía de Jesús. Debe asimilarla, de tal modo que sea Jesús mismo quien actúe en sus palabras y en sus gestos. Este típico realismo de la fe, operante en el pensamiento de san Vicente, se coloca al polo opuesto del racionalismo, aunque sea teológico, del cual está cargada nuestra época. Para éste último tipo de pensamiento, la relación con Cristo es mediante el pensamiento más que por conformación a su espíritu en la vida. No así en san Vicente. Él describe la operación de revestirse del espíritu de Cristo a partir del «desnudarse de sí mismo», haciendo así espacio a Nuestro Señor que debe tomar el puesto que ha dejado libre nuestro Yo. Se trata de una profunda reformulación de la conciencia personal, en donde la auto-conciencia es modelada por la presidencia de Cristo en nosotros.
Por consiguiente, padre, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo. Ya sabe usted que las causas ordinarias producen los efectos propios de su naturaleza: los corderos engendran corderos, etc., y el hombre engendra otro hombre; del mismo modo, si el que guía a otros, el que los forma, el que les habla, está animado solamente del espíritu humano, quienes le vean, escuchen y quieran imitarle se convertirán en meros hombres; cualquier cosa que diga o que haga, sólo les inspirará una mera apariencia de virtud, y no el fondo de la misma; les comunicará el mismo espíritu del que está animado, lo mismo que ocurre con los maestros que inspiran sus máximas y sus maneras de obrar en el espíritu de sus discípulos. Por el contrario, si un superior está lleno de Dios, impregnado de las máximas de nuestro Señor, todas sus palabras serán eficaces, de él saldrá una virtud que edificará, y todas sus acciones serán otras tantas instrucciones saludables que obrarán el bien en todos los que tengan conocimiento de ellas.8
Para que la configuración con Cristo involucre la realidad humana del misionero e ilumine su ser y su hacer, él debe vivir en un estado de «gran comunicación» con Nuestro Señor, mediante la afinación y sintonía que el Espíritu Santo realiza en él, y que se obtiene en la oración.
Para conseguir todo esto, padre, es menester que nuestro Señormismo imprima en usted su sello y su carácter. Pues lo mismoque vemos cómo un arbolillo silvestre, en el que se ha injertadouna rama buena, produce frutos de la misma naturaleza que esa rama, también nosotros, miserables criaturas, a pesar de que nosomos más que carne, ramas secas y espinas, cuando nuestroSeñor imprime en nosotros su carácter y nos da, por así decirlo,la savia de su espíritu y de su gracia, estando unidos a él comolos sarmientos de la viña a la cepa (5), hacemos lo mismo que élhizo en la tierra, esto es, realizamos obras divinas y engendramoslo mismo que san Pablo, tan lleno de su espíritu, nuevos hijos denuestro Señor. Una cosa importante, a la que usted debe atenderde manera especial, es tener mucho trato con nuestro Señor en laoración; allí está la despensa de donde podrá sacar las instruccio-nes que necesite para cumplir debidamente con las obligacionesque va a tener. Cuando tenga alguna duda, recurra a Dios ydígale: «Señor, tú que eres el Padre de las luces, enséñame lo quetengo que hacer en esta ocasión».9
La insistencia de san Vicente sobre el tipo de relación que se debe tener con Cristo se basa en el orden de la personalización espiritualcon Él más que en el orden de su imitación, entendida con el débil significado de copiar un modelo. Y aún que, en el lenguaje de la época, se hacía gran uso del término «imitación de Cristo», que orienta al pensamiento en el orden de una relación de exterioridad como la copia de frente a un modelo, san Vicente prefiere el término «seguir a Cristo»;10 y, cuando utiliza el término «imitación», lo entiende en el sentido fuerte de unión con Cristo, y no de simple copia o repetición de su manera de hacer. Por ello mismo en el lenguaje de san Vicente es significativa la insistencia de actuar de-jándose penetrar por el «Espíritu de Nuestro Señor», como cuando, por ejemplo, invita a santa Luisa a ir a visitar las «caridades» o al padre Portail a estar, en sus predicaciones, en unidad de espíritu con el Señor:
Comulgará —recomienda a Santa Luisa— el día de la partida,para honrar la caridad de Nuestro Señor y los viajes que El hizocon este mismo fin y la misma caridad, así como las penas, con-tradicciones. cansancios y trabajos que sufrió, a fin de que Elquiera bendecir su viaje, darle su espíritu y la gracia de obrar conese mismo espíritu y de soportar las penas de la forma con que Elsoportó las suyas.11 Ruego a Nuestro Señor — dice al P. Portail — que les dé abundante parte en su espíritu y en su conducta. Asípues, padre, emprenda esta santa tarea con este espíritu. Honre laprudencia, la previsión, la mansedumbre y la exactitud de Nues-tro Señor con esta finalidad…12
La referencia al espíritu de Nuestro Señor coloca el pensamiento de san Vicente fuera de una orientación moralista, porque su espiri-tualidad no está centrada sobre la repetición de aquello que Jesús ha sido y ha hecho, sino sobre el entrar en relación actual con Él, en el presente, y actuar en comunión con Él. La sola repetición sería una abstracción del tiempo, un estar fuera de la historia, contraria a la acción del Espíritu de Cristo, que por el contrario es el Resucitado que anima la historia. Algunos ejemplos:
¿Quién podrá imitarte? ¿Quién podrá aunque sólo sea hablar deesta virtud? Señor, concédenos la gracia de hablarnos tú mismode ella, las palabras de los hombres hieren los oídos, pero nopenetran en el interior; pero una de las tuyas, pronunciadas en eloído de nuestros corazones, nos hará renunciar a la vana reputa-ción por la que la mayoría de la gente se queda sin el mérito desus acciones. Hay muchas personas que son buenas en aparien-cia, pero están llenas de ese humo de la propia estimación, y poreso carecen de peso y de consistencia y se disipan como unanube.13 Cuando veáis a una hermana practicar esta virtud y quelo hace así por imitar a Nuestro Señor, podemos decir de esa per-sona que vive del espíritu de Nuestro Señor Jesucristo.14
Cuando se subraya la relación con Cristo como seguimiento, se evita la reducción moralista (o pelagiana, utilizando un lenguaje agustiniano) al entender la relación con Jesucristo, como advertía H.U. Von Balthasar: «Es necesario levantar un dique contra la tendencia casi incontenible a resbalar de la idea de seguimiento a aquella deimitación de un ‘modelo moral-religioso’».15 Sería insuficiente hablar de imitación de Jesús sin antes hablar de asimilación espiritual de su modo de ser. Para san Vicente Jesús no es un modelo, sino una Presencia viva, una Persona con la cual se debe entrar en relación en el presente. De aquí que, la relación con Cristo — y para san Vicente se trata siempre de una relación afectiva — es una operación de personalización, de modo tal que «Él imprime en nosotros su carácter e infunde el vigor de su Espíritu».
4. Entrar en relación con Cristo, mediante la oración, fuente dela misión
En la asimilación del espíritu de Cristo habíamos encontrado la llamada a la centralidad de la oración. En la oración de hecho, el misionero, poniendo la atención del corazón sobre los misterios de la vida de Jesús, queda conmovido por la benevolente gratuidad de Dios hacia la criatura y se hace receptivo de su gracia. Cuando la oración se hace bien —no tanto la búsqueda de hermosos pensamientos o racionamientos, sino estableciendo una relación afectiva con la presencia del Señor—,16 el misionero es movido a transformar los comportamientos y las operaciones de su propia persona, pues la naturaleza humana es dada a imitar aquello que ve y admira. De este modo se da un intercambio entre nosotros y Jesús, gracias al cual nos revestimos de Él, dejando que Él penetre en nosotros. Nuestros pensamientos ahora serán sus pensamientos. Nuestras actividades y nuestros afectos serán iluminados y transfigurados por Él y en Él. De hecho aquello que nosotros pensamos, o decimos, o hacemos no es más que un «pequeño fuego», mientras que allá donde está el Espíritu de Nuestro Señor todo se convierte en esplendor, que no sólo ilumina sino que también fecunda y transforma.
Fijaos en la diferencia que hay entre la luz del fuego y la del sol:durante la noche nos ilumina nuestro fuego, y con su esplendorvemos las cosas, pero muy imperfectamente, sin descubrir más que su superficie, porque este resplandor no da más de sí. Pero elsol lo llena y vivifica todo con su luz; no sólo descubre el exteriorde las cosas, sino que con su virtud secreta penetra dentro deellas, las hace obrar y que sean fructuosas y fértiles, según la cualidad de su naturaleza. Pues bien, los pensamientos y las consideraciones que vienen de nuestro entendimiento no son más queunos fuegos muy pequeños, que sólo muestran un poco por fuerael exterior de los objetos, sin producir nada; pero las luces de lagracia, que el Sol de justicia derrama en nuestra alma, descubreny penetran hasta el fondo más íntimo de nuestro corazón, excitándolo y haciéndole producir frutos maravillosos. Por tanto,hemos de pedir a Dios que sea él mismo quien nos ilumine y nosinspire lo que le agrada. Todas esas consideraciones altas y rebuscadas no son oración; son más bien con frecuencia brotes de lasoberbia. Ocurre con los que se detienen y complacen en ellas lomismo que con el predicador que se pavonease con sus hermososdiscursos y pusiera toda su complacencia en ver a los oyentessatisfechos de lo que les dice; es evidente que no sería el EspírituSanto, sino el espíritu de soberbia, el que iluminaría su entendimiento y le haría producir todas esas hermosas ideas; o, mejordicho, sería el demonio quien le inspiraría y le haría hablar deese modo17
El empeño de asimilación de Cristo en la oración encuentra su éxito pleno en la nueva autoconciencia del misionero, que aprende a vivir en la referencia a Cristo según la expresión de Gal 2,20 tan querida por san Vicente: ya no soy yo quien vive, sino que Cristovive en mí.18
Nosotros somos tus hijos, que nos ponemos en tus brazos paraseguir tu ejemplo; concédenos esta gracia. Como no podemoshacerlo por nosotros mismos, te lo pedimos a ti, lo esperamosalcanzar de ti, pero con toda confianza y con un gran deseo deseguirte. Señor, si quieres darle este espíritu a la compañía, ellatrabajará por hacerse cada vez más agradable a tus ojos y tú lallenarás de ardor para que sea semejante a ti; y este anhelo la haceya vivir de tu vida, de modo que cada uno puede decir comosan Pablo: Vivo ego, jam non ego, vivit vero in me Christus (17).¡Qué dicha poder comprobar en nosotros estas palabras: Vivoego, jam non ego, vivit vero in me Christus! Pues ya no vivimosuna vida humana, sino una vida divina, y viviremos esa vida, hermanos míos, si nuestros corazones están llenos y nuestrasacciones van acompañadas de esa intención de cumplir la volun-tad de Dios. Pues bien, si algunos pueden decir que así lo hanhecho, ¡Bendita compañía! ¡Bienaventurados todos nosotros! Sitendemos a ello, lo alcanzaremos infaliblemente. Es verdad, otrospueden decir, como yo: «¡Qué desgraciado soy al ver cómo mishermanos viven la vida de Jesucristo y son agradables a los ojosde su Padre eterno, mientras que yo vivo una vida sensual y ani-mal y merezco ser arrojado lejos de su trato, como objeto de dis-gusto para Dios! «. «Quiera su bondad que este sentimientopenetre tan hondo en nuestra alma que avergonzados de nuestracobardía, redoblemos el paso para alcanzar a los más adelanta-dos en el camino de la perfección. ¡Que Dios nos conceda estagracia!». 19
De la referencia existencial a Cristo, la vida saca sus contornos precisos. Los criterios de pensamiento y de acción, la sensibilidad, los juicios acerca del comportamiento, reciben la impronta de la comunión con Cristo. Se trata de un encuentro que envuelve, que lo abarca todo, capaz de interpretar todos los aspectos de la existen-cia. Desciende, en efecto, y transfigura la conciencia. A partir de este sagrario espiritual de la interioridad humana nace y se renueva la misión.
Nótese de hecho que, en nuestro tiempo, ya no se adhiere más al acontecimiento cristiano en base a la tradición de fe, porque se ha perdido el sentido de la historia y se han cortado los puentes con el pasado. Y tampoco es motivo para adherirse al cristianismo una con-cepción detallada y completa de la vida. Lo que aún sacude al hom-bre de nuestro tiempo es el encuentro con un cierto tipo de presencia humana, cargada de mensaje y de significado: una persona que se haya hecho «plenamente humana» gracias a la acción misteriosa, pero real, de Nuestro Señor Jesucristo en su conciencia. Son nuestras personas «revestidas de Cristo» quienes se convierten en fuente ver-dadera de la evangelización.
5. El amor al padre: contenido del espíritu de Cristo
La figura del misionero, entonces, asume la figura del discípulo de Cristo, cuya identidad consiste en estar en armonía con Cristo de modo existencial. En el pensamiento de san Vicente esta fórmula es muy simple: podemos actuar como Jesús si entramos en su espíritu:
Entremos en su espíritu (de nuestro Señor) para entrar en susacciones. No basta con hacer el bien, hay que hacerlo bien, aejemplo de nuestro Señor, de quien se dice en el evangelio que lohizo todo bien: Bene omnia fecit (12). No basta con ayunar, concumplir las reglas, con trabajar para Dios; hay que hacer todo esocon su espíritu, esto es, con perfección, con los fines y las cir-cunstancias con que él mismo lo hizo. La prudencia consiste, portanto, en juzgar y en obrar como ha juzgado y obrado la eterna sabiduría.20
Pero aun no se ha dicho todo, pues se trata de comprender en qué consiste el espíritu de Cristo. Aquí san Vicente subraya que Jesús ha transferido a su humanidad obediente la propia condición trascen-dente y divina de «ser el Hijo del Padre». Por eso Jesús, en su vida terrena, evidencia continuamente que lo humano se realiza plena-mente en el desarrollo de una relación de libre dependencia con la paternidad de Dios. Hay que decir que, en su predicación, Jesús quiere siempre mostrar que el hombre se realiza a través de una rela-ción de religiosidad con la fuente del ser. Una relación que no puede ser de temor, sino de amor, es decir de pertenencia que no oprime, sino que libera. Es el amor el que une a Jesús al Padre, y nosotros somos llevados a entrar en este amor de Dios Padre, que como dice san Vicente no abandona ni si quiera a un animalito microscópico («un ciron»)21 pues Él ama a toda la creación, y sobre todo a noso-tros. Este es el corazón de la humanidad de Cristo al que referirse y sobre el que nosotros debemos intentar realizar nuestra vida.
Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de per-fecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y deun deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de lasgrandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesante-mente… ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que esigual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor yprincipio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era?¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor quetenías a tu Padre! ¿Podía acaso tener un amor más grande, her-manos míos, que anonadarse por él? Pues san Pablo, al hablardel nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor dela forma en que lo hizo?… Sus humillaciones no eran más queamor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oracionesamor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de su amor. Su amor le dio un gran despreciodel mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores. He aquíuna descripción del espíritu de nuestro Señor, del que hemos derevestirnos, que consiste, en una palabra, en tener siempre unagran estima y un gran amor de Dios.22
Con que, «revestirse de Jesús» significa hacer nuestra humanidad semejante a la suya, viviendo en conformidad al Padre en una amorosa dependencia. En la pertenencia apasionada al Padre, en efeto, Jesús muestra también la íntima dignidad del hombre. Porque si el ser humano está custodiado por la relación de amor con la cual el Padre lo ama, su persona estará fundada y vivirá en un comportamiento de profundo y conmovido reconocimiento. Sabrá reconocer en todo lo que le suceda, un signo del amor de Dios y, sobre todo, sabrá indicar este amor a los pobres en su misión.
6. Asimilación del espíritu de Jesús en la práctica de las virtudes
La asimilación a la humanidad de Cristo, toda conforme al Padre, no llega sólo a través de la contemplación y la oración, sino también a través de la práctica de las virtudes que Jesús ha mostrado en su humanidad.
… esta estima y amor de Dios, y la conformidad con su santavoluntad, y el desprecio del mundo y de nosotros mismos, quehemos de imitar en Jesucristo para revestirnos de su espíritu, nopodrá mostrarse mejor en cada uno de nosotros que por medio dela práctica de las virtudes que más brillaron en nuestro Señorcuando vivió sobre la tierra, esto es, las que están comprendidasen sus máximas, en su pobreza, castidad y obediencia, en su caridad con los enfermos, etcétera; de forma que, si nos ponemos aimitar a nuestro Señor en la práctica de todo esto, según señalan]as otras reglas, hemos de esperar que quedaremos revestidos desu espíritu.23
Este es un aspecto característico de la orientación concreta de la doctrina de san Vicente. Las virtudes evangélicas son las operaciones que Jesús realiza y que el misionero está llamado a hacer suyas, de modo que de la unidad con Cristo consiga actuar como Cristo. La imitación es una consecuencia del haber personalizado la interioridad con Jesús. Para que el misionero viva del recuerdo y de la compañía de Cristo es necesario, ante todo, que se desnude de sí mismo. Este pensamiento en san Vicente es perentorio. Si no se da el vacío de sí mismo, Dios no puede entrar en el hombre: «Cuando nosvaciemos de nosotros mismos, Dios nos llenará de él, pues no puedetolerar el vacío».24
Pero el motivo para vaciarse de sí mismo no es de naturaleza ascética, sino de naturaleza Cristológica,25 y esto trae su razón de ser del hecho de que el Hijo al venir al mundo entró en una condición de kenosis, renunciando a la propia condición divina. Este es el modo de ser sobre el cual el hombre está llamado a modelarse. La entrada del Verbo eterno de Dios en la fragilidad humana, en la temporalidad, y por consiguiente en la decadencia y en el morir, lleva al creyente a comprender que el primer paso a dar es imitar al Señor en este abajamiento. Si no entra en tal situación, el hombre puede ilusionarse con poder estar de frente Dios, en condiciones de igualdad, a la manera farisaica, mientras que en verdad le debe todo a Él. No era necesario que Jesús escogiera la forma humana de la humillación para venir al mundo; si la escoge y la práctica, es para marcar al hombre el camino para entrar en relación con Dios. Esta llega, no por el esfuerzo y el empeño ascético que ilusiona al hombre con poder colocarse de igual a igual frente Dios, sino por la condición de quien se ofrece con su propia pobreza al amor de aquel Padre que ha dado a su propio Hijo por nosotros. De aquí la importancia, en el pensamiento de san Vicente, de participar en la acción del Espíritu que nos reviste de Cristo mediante la virtud de la humildad, considerada por Él cómo el centro de todas las virtudes.26
… que nos conceda la gracia de participar en esa humildad suyay de practicarla como él lo hizo, durante toda la vida. ¡Dichososde nosotros, si se pudiera decir de cada uno lo que san Pablodecía de nuestro Señor humillado: Humilliavit semetipsum, formam servi accipiens (6). ¡Padre eterno, que quisiste que tu Hijose revistiera de nuestra carne para ser semejante a nosotros, insimilitudinem hominum factus et habitu inventus ut homo (7),revístenos de su virtud de la humildad, para que seamos semejantes a él!.27
La conciencia serena de la propia pobreza y la coraje de imitar a Jesús en las humillaciones de la vida atrae la gracia de Dios, como los valles «que atraen sobre ellos mismos todo el agua de las montañas».28 Hay que ser conscientes de esta condición: «Somos unosmendigos; portémonos ante Dios como tales; somos pobres y ruines,necesitamos de Dios para todo».29 Es necesario estar de frente a Dios «como un pobre que descubre sus llagas y que, de esta manera,excita más a los que pasan por delante para que le den una limosnaque si se rompiera la cabeza a fuerza de convencerles de su necesi-dad».30 La conciencia de la propia pobreza es la llave que abre el corazón de Dios. Es la condición evangélica que pone Jesús a los adultos que quieran entrar en el Reino: les pide «asumir — como observa H.U. Von Baltasar — una total disponibilidad para recibircomo la de los niños, cuya situación es la de aquellos a quienes se dapor amor».31
La humildad es, pues, un estado que predispone a la realización de la unión con Cristo. Pero ésta pide aún ser un poco duro consigo mismo. A éste respecto san Vicente observa que para llevarla a cabo es necesario pasar a través de la aceptación de la humillación. Y por lo mismo, es necesario unir la mortificación a la humildad. El hom-bre lleva consigo las pasiones que lo llevan a poner su propio yo en el centro de sus sentimientos, de su propio pensamiento y de sus accio-nes. Para realizar la unión con Cristo es necesario entregarse a las virtudes que obran el abajamiento dicho: la mortificación, el des-censo, la humillación. San Vicente habla de esto muchas veces, pero con particular fuerza en la conferencia sobre la mortificación:
San Pablo dice que por el bautismo nos revestimos de Jesucristo:«Los que habéis sido bautizados en Jesucristo os habéis revestidode Jesucristo «: quicumque in Christo baptizati estis, Christuminduistis (26). ¿Qué hacemos cuando nos situamos en la morti-ficación, en la paciencia, en la humildad, etcétera? Situamos ennosotros a Jesucristo; y los que se esfuerzan en todas las virtudescristianas pueden decir, como san Pablo: Vivo ego, non jam ego,vivit vero in me Christus (27): no soy yo el que vivo, sino que esJesucristo el que vive en mí. Yo vivía, vivo ego; pero ya no vivo,vivit vero in me Christus.
Quiera Dios concedernos la gracia de hacernos semejantes a un buen viñador que lleva una hoz en su mochila para cortar todo lo que encuentra de nocivo en su viña. Y como está siempre llena demaleza, más de lo que él quisiera, tiene siempre preparada la hozen la mano para cortar todo lo superfluo apenas lo vea, para quela fuerza de la savia de la cepa llegue bien a los sarmientos, quehan de dar su debido fruto. Con la hoz de la mortificación hemosde cortar continuamente todas las malas hierbas de nuestra natu-raleza envenenada, que nunca deja de producir malas hierbascorrompidas, para que no impidan que Jesucristo, esa buenacepa de la que nosotros somos los sarmientos, nos haga fructifi-car en abundancia en la práctica de las virtudes (28).
Uno es buen viñador cuando trabaja continuamente en su viña;también nosotros seremos siempre buenos discípulos de Jesu-cristo, si mortificamos sin cesar nuestros sentidos, si procuramosreprimir nuestras pasiones, someter nuestro juicio, regular nues-tra voluntad, según las formas que hemos dicho. Entonces ten-dremos el consuelo de decir: «Me estoy despojando del viejo Adány hago lo posible por revestirme del nuevo». 32
7. Conclusión
La abundancia de textos citados muestra que la metáfora del «revestirse de Cristo» lleva a una singular concentración cristológicaen el pensamiento y en la práctica espiritual de san Vicente. Y esto trae a primer plano, en una correcta hermenéutica de su pensa-miento, la exigencia de la fe en Cristo como energía que mueve al misionero en la misión y en la caridad.
La referencia tan insistente a la fe, obliga a renunciar a una inter-pretación débil de la relación con Cristo, como si se tratara simple-mente de reproducir una copia. Para san Vicente, en cambio, la relación con Cristo es principio de personalización de lo humano por parte del misionero, mediante la acción sobrenatural del Espíritu. Tal referencia llega a poner la mirada de la interpretación en el orden ontológico como fundamento, al que el orden moral del actuar debe someterse y obedecer.
Todo esto introduce a una crítica del pensamiento de nuestro tiempo posicionado sobre la idea de que el hacer lleva en sí mismo la garantía de la propia eficacia. Sin la fe ni siquiera la caridad tendría la fuente adecuada: la caridad, de hecho, si no nace de la referencia a Cristo sería sólo una acción buena, laudable, objeto de admiración, pero difícilmente tendría la fuerza de ser principio de vida. A éste punto vale la pena invocar la fórmula que ha tenido tanto éxito en el ámbito cristiano: «Sólo el amor es creíble».33 La fórmula no es resolutiva. Es sólo introductiva. Expresa la ineficacia de todo aquello que queda fuera del amor, pero no puede garantizar la eficacia del amor. La caridad hacia los hermanos debe ir acompañada del amor de Cristo, de lo contrario se seca. Igualmente es necesario tener fe en Cristo para poder reproducir su amor en la evangelización de los pobres.
- SV XII, 130; SVP.ES XI, 429.
- SV XII, 75; SVP.ES XI, 383.
- SV XI, 145 s.; SVP.ES XI, 65.
- SV XII, 107-108; SVP.ES XI, 410 s.
- SV XII, 115; SVP.ES XI, 417.
- SV XII, 108; SVP.ES XI, 411.
- VP XI, 343; SVP.ES XI, 236.
- Ibidem, 343-344; SVP.ES XI, 236.
- Ibidem, 344; SVP.ES XI, 236 s.
- Salva una mejor investigación, la expresión suite de Notre Seigneur o deJésu Christ oppure suivre Notre Seigneur o Jésu Christ o ses maximes se encuentra en las cartas de San Vicente más veces (54 veces) que imiter o res-sembler Jesús Christ (45 veces): COSTE I, 388; II, 781; III, 526, 629; IV, 224; V, 615, 633; VII, 38, 112, 169, 317, 573; IX, 88, 171, 177, 213, 314, 345, 436, 440, 485; X, 141, 146-148, 153-155; X, 218, 221, 224, 276, 291, 299, 365, 411; XI, 1, 137, 278; XII, 19, 83, 88, 127, 157, 164, 177, 213, 215-216, 223, 227, 299, 416, 427, 443; XIII, 75. Mentras el teérmino suivre se refiere sólo a seguir a Jesús, el término imiter se refiere también a los santos, a los buenos ejemplos de la naturaleza o de los hermanos y de las hermanas. [Nota del traductor: La investigación está hecha sobre el texto francés].
- SV I, 74; SVP.ES I, 136.
- SV I, 176; SVP.ES I, 230 s.
- SV XII, 201; SVP.ES XI, 487.
- SV X, 541; SVP.ES XI, 1081.
- H.U. VON BALTHASSAR, Gloria, VII, Nuevo Pacto, p. 175.
- «Hermanos míos, he observado que en las oraciones que todos hacéis, cada uno se esfuerza en referir una serie de razones, razones y más razones; es algo que se nota. Pero no ponéis mucho afecto. El razonamiento es algo, pero no es bastante; se necesita otra cosa; se necesita que actúe la voluntad y no sólo el entendimiento; porque todas nuestras razones no consiguen fruto, si no llegamos al afecto». SV XI, 183-184; cf. SV XI, 92; SVP.ES XI, 106 s.; cf. SVP.ES XI, 786.
- SV XI, 85; SVP.ES XI, 779 s.
- SV X, 274; SV XII, 165, 225; SVP.ES IX, 867-968; SVP.ES IX, 1234; SVP.ES XI, 522.
- SV XII, 164-165; SVP.ES XI, 456-457.
- SV XII, 179; SVP.ES XI, 468-469.
- SV XII, 111; SVP.ES XI, 413.
- SV XII, 109; SVP.ES XI, 411 s.
- SV XII, 112; SVP.ES XI, 414.
- SV XI, 2; SVP.ES XI, 698.
- Cf. SV XII, 199-201; cf. SVP.ES XI, 487-489.
- «… la humildad, hermanos míos, ¿por qué no la ponemos también nosotros entre las primeras, e incluso la primera de todas, en nuestro corazón y en nuestros exámenes, sabiendo que es el fundamento de todas las demás virtudes?»: SV XII, 205; SVP.ES XI, 490.
- SV XII, 200-201; SVP.ES XI, 486-487.
- SV XI, 2; SVP.ES XI, 698.
- SV XII, 145; SVP.ES XI, 447.
- SV IV, 390; SVP.ES IV, 368.
- H.U. VON BALTHASSAR, Gloria, VII, Nuevo Pacto, p. 471.
- COSTE XII, 224-225; cf. COSTE XI, 94-95; SVP.ES XI, 522-523; cf. SVP.ES XI, 788.
- Titulo del volumen: Seul l ámour est digne de foi, de H.U. VON BALTHASSAR, ed. Seuil, 1965






