René Alméras (1613-1672) (Capítulo 6)

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CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices III.

René Almerás, segundo Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad


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Capítulo VI

De su piedad

René Almerás, C.M.

René Almerás, C.M.

Comprendemos bajo el nombre de piedad, según san Agustín, todas las virtudes que regulan nuestros deberes para con Dios, como la fe, la confianza y la caridad, y diremos en pocas palabras cómo las ha practicado el Sr. Alméras. Él sabía que el hombre no es nada en sí mismo, y que solamente la piedad le hace encontrar en Dios a un ser verdadero y la vida sobrenatural de la gracia,  según estas palabras del profeta: Substantia mea apud te est. Por eso se entregó de manera especial al ejercicio de las las virtudes que tienen a Dios mismo como objeto, y él las ha preferido a todas las demás.

La primera es la fe; esta virtud le había llevado en materia de religión a la docilidad de los niños; ya que si bien no tenía por naturaleza el espíritu penetrante y proclive a razonar, no obstante los que le han conocido saben que en materia de fe abrazaba con una admirable sencillez todas las verdades de la religión, y que estaba de tal manera persuadido de ellas como si las hubiera visto con sus propios ojos. Por eso las razones que tenía para practicar las virtudes eran de ordinario visiones sencillas o de los divinos misterios, o de las máximas del Evangelio, como se ve en algunos cortos escritos donde ha subrayado las luces y los sentimientos que Dios le daba durante sus retiros; pero estas vistas eran tanto más eficaces cuanto más sobrenaturales, y es a este principio al que se ha de atribuir la firmeza de sus resoluciones en el bien que se había propuesto una vez. En efecto, las almas que se dirigen por esta ley de la fe sencilla son de ordinario constantes, imitando la verdad que adoran, que es siempre la misma y no cambia nunca. Sabía que el glorioso nombre de Discípulo es el primero que hayan llevado los cristianos, y él comprendía su sentido. En este mismo espíritu ha escrito san Agustín que no nos hemos llamado razonables, sino fieles: non rationabiles, sed fideles.

Decía estas hermosas palabras, que expresaban perfectamente lo que era: «Yo quiero ser discípulo de Nuestro Señor y seré feliz cuando pueda decir: Jam incipio esse Christi discipulus, es ahora cuando comienzo a ser discípulo de Jesucristo, aunque me vea en los sufrimientos y en las humillaciones». Según esta luz,  él hacía consistir la verdadera piedad en llenarse del espíritu del cristianismo, y en ese deseo se proponía vivir como cristiano, comprendiendo en esta sola palabra más de lo que podemos decir: «Debo esforzarme, decía él,  por expresar en mis acciones y en mis palabras   la idea de un verdadero cristiano  o incluso  de otro Jesucristo». Lo que añadía sin duda en el pensamiento del Apóstol que Jesucristo debía estar todo en todos, y que se hizo nuestra sabiduría y nuestra santificación, es decir, como lo explica san Jerónimo, que él se hizo no una sola virtud, sino todas las virtudes, para enseñarnos a imitarlas todas, a fin de adquirir la perfección del espíritu.

Cuando veía a personas pobres, miserables y abandonadas: «Son, decía, estas personas las que, según el cristianismo, son felices, y su estado es digno de envidia». Y si los grandes y los ricos tenían parte en este espíritu cristiano, es únicamente lo que estimaba en ellos. Un día contándole alguien lo que había pasado en una visita que había hecho  a un consejero de Estado: «Habéis visto, le respondió él,  a un buen cristiano», olvidándose de las demás cualidades de este personaje, porque no le parecían nada en comparación de aquélla. «No converso nunca con él, añadió,  sin sentirme abrasado por el ardor con que anima sus palabras, y humillado al mismo tiempo, ya que el profundo desprecio que hace del mundo y la alta estima que tiene de las virtudes me hacen ver mi poca fe y que yo no soy cristiano más que a medias».

El Sr. Alméras que tenía un alma muy cristiana en sus pensamientos, en sus sentimientos y en sus acciones, deseaba también que aquellos a quienes se admite en la congregación se establecieran primero en la práctica  sólida de las virtudes cristianas, y que se los educara en el amor a la abyección, en la mortificación de las pasiones y de los sentidos y en la abnegación de sí mismos. Estaba persuadido, con mucha razón, que este fundamento era necesario, y que las virtudes brillantes que tienen por objeto la salvación de las almas presuponen otras secretas de las que nosotros mismos somos el objeto, que el celo de la salvación de las almas debe ir precedido del celo de nuestra propia perfección, y que Nuestro Señor habiéndose retirado al desierto para ayunar, era, como dice santo Tomás, para enseñarnos con este ejemplo que no se podía entregarse uno mismo a las funciones apostólicas sino después de someter la carne al espíritu, después de domar las pasiones, post subactam carnem et domitas passiones. «Es decía él, el defecto de este espíritu cristiano el que causaría la ruina de nuestra Congregación»;  y tan convencido estaba de ello que decía frecuentemente al director del seminario: «Señor, que tengamos cristianos, que seamos buenos cristianos!» Recomendaba lo mismo a los directores  de los seminarios externos, porque no creía que pudieran inspirar a los eclesiásticos el espíritu de su santa profesión si no estuvieran llenos del espíritu cristiano.

Ahora bien, el espíritu cristiano siendo el de los hijos, porque «no hemos recibido el espíritu de los esclavos para servir a Dios en el temor, sino el espíritu de los hijos por el cual invocamos a Dios, que nos ha adoptado y le llamamos nuestro padre», no sorprenderá pues que el Sr. Alméras haya tenido una confianza filial en Nuestro Señor, y que haya dejado estas bellas palabras escritas de su mano en medio de la multitud ce sus sufrimientos y de sus asuntos: «Yo estoy en las manos de mi Dios, y en todo momento estoy en él, que es mi vida y mi fuerza; mi confianza está en él, que es muy bueno, muy sabio y omnipotente padre». Esta confianza producía la santa alegría y la paz que conservaba en sus debilidades y en las situaciones más molestas. Nunca deseó verse libre de sus males. Cuando sucedía alguna pérdida o algún otro accidente, o cuando alguna dificultad extraordinaria hacía dudar del éxito de un asunto importante, entraba en un santo recogimiento al que estaba acostumbrado; recomendaba pacíficamente la cosa a Dios, y permanecía en reposo. «En cuanto a mí, decía él, me confío en Nuestro Señor; es él quien ha formado nuestra Congregación, él la conservará. Y aunque yo deba mis cuidados y toda mi dedicación a mantener esta obra, Dios mío,  sois vos quien nos protegeréis». Y, en efecto,  Dios protegió y bendijo a la Congregación bajo su gobierno en muchas ocasiones. Cuando las debilidades le tenían atado al lecho o en su habitación sin poder salir para atender los asuntos de gran importancia para los cuales parecían necesarias su dedicación y su presencia, la Providencia intervenía, y el Sr. Alméras, abrumado de enfermedades, ha obtenido por su confianza lo que tal vez no habría podido hacer en su mejor estado de salud con mucho cuidado y trabajo. Sin esta confianza no le habrían decidido nunca  como así sucedió a encargarse  de la dirección de la Congregación; pero después de todas las resistencias, las lágrimas y las oraciones que empleó para rechazar esta carga, que creía que era demasiado pesada, , viendo que él ofendería a Dios si se oponía a sus designios, espero de alguna manera contra toda esperanza; y nuestro Señor que le ha llevado por un camino perfecto, ha dirigido tan bien las fuerzas que le daba para gobernar bien la Congregación, que él le ha dejado siempre, con grandes ocasiones de paciencia, poderosos motivos de confianza.

Las grandes pérdidas que la Compañía ha sufrido durante doce años han contribuido también a aumentar su confianza. La casa de San Lázaro se hallaba en apuros, pero él no quiso que se recortara nada de los grandes gastos que se han de hacer para sostener las misiones del campo, los ejercicios de los ordenandos, los retiros frecuentes de los externos y todas las demás obras que la Congregación ha emprendido por la salvación de las almas. Ordenó también que se continuaran las limosnas ordinarias a los pobres vergonzantes; y como alguno le dijera que había que poner más moderación: «No, no, respondió con celo, es preciso o que renunciemos al cristianismo, o que asistamos a los pobres». Oh, qué razón tenía este digno superior al hablar así, ya que la piedad cristiana es un tesoro inagotable, y que yendo animada de una santa confianza, en cuanto a recursos no tiene más el fondo que el de la Providencia, que no le falta en sus necesidades. Por eso añadía estas palabras muy dignas de un discípulo fiel de Nuestro Señor y de un sucesor del Sr. Vicente, «que Dios, cuya bondad se extiende a hacer bien a los malvados, tendría un cuidado particular de esta casa mientras que los misioneros que la habitan aliviaran a los pobres en su miseria, y consumieran sus bienes y su vida  por la conversión de los pecadores».

Paso de la confianza al amor, el gran amor que el Sr. Alméras tenía a Dios se vio principalmente en cuatro cosas que no haremos más que tocar en este capítulo. La primera es el fervor con el que abrazaba la virtud; la segunda era la pureza de intención que le llevó a buscar a dios en todas las cosas; la tercera, su entrega a conservar el recuerdo de la presencia divina; la cuarta, la conformidad de su voluntad con la voluntad divina.

Después que el Sr. Alméras  hubo seguido el consejo del Evangelio, de dejar a su padre, a su madre, sus bienes y generalmente todas las cosas, para ser discípulo de Jesucristo; después que se hubo despojado de su cargo y revestido de la abyección de Nuestro Señor en la Congregación, como a un viajero a quien se le ha quitado una carga pesada, comenzó a caminar a grandes pasos por la vía de la perfección, y en esto pronto adelantó a todos los demás. Nunca se ha advertido en ningún otro más urgencia por todos los ejercicios, por lo que más que caminar parecía volar, nunca se vio más fidelidad en las cosas pequeñas; pues si el que teme a Dios no descuida nada, con mayor razón quien le ama. Es cierto que su exactitud es casi inimitable y que tenía tanto respeto por todas las reglas y por todas las costumbres de la Congregación, que no quiso omitir ni «una iota ni un punto» en lo cual no se sabe qué admirar más  de su amor, que no quería descuidar nada, o de su humildad  que sometió tan fácilmente su espíritu a tantas cosas tan poco estimadas por las gentes del gran mundo del que apenas acababa de salir. Se mantuvo hasta la muerte en esta fidelidad inviolable en sus reglas y en sus prácticas de pobreza, de abyección, de oración, de modestia, sin dejar nada más que lo que le prohibían sus debilidades. No puedo omitir una pena que sufrió en los comienzos y que él mismo contó un día a quien escribe esto: no fue la de domar sus pasiones, porque la victoria que conquistó primeramente sobre sí mismo, al dejar el mundo, le dio una ventaja grande para someterlas pronto al espíritu; no fue tampoco, como él mismo decía,  superar los escrúpulos que atacan con frecuencia a los principiantes, porque su alma elevada, poseída desde el principio y como dilatada por el amor de Nuestro Señor, no estuvo sometida a estas angustias que proceden de ordinario de la delicadeza de corazón, que no es otra que la del amor. Pero esta pena procedió del amor ferviente que tenía de Dios. So sabiendo bien aún la condición en la que el hombre está sometido mientras es peregrino en la tierra, él se imaginaba que los efectos seguirían inmediatamente a sus deseos, y que él no cometería ya faltas, por las que sentía horror, aun por las más pequeñas; por eso, las sorpresas de la naturaleza le eran inevitables, como lo han sido a los mayores santos, él no podía llorarlas lo suficiente ni humillarse bastante; de manera que,  en la duda en que se hallaba a veces sobre lo que podía ser contrario a la perfección, no sabiendo qué hacer, porque estaba resuelto a abrazar en todas las cosas lo que hay de más perfecto para el amor de Nuestro Señor, sufría una pena tan grande que le causaba una especie de martirio.

Hemos llegado sin darnos cuenta a hablar de la pureza de corazón con la que comenzó a servir a Dios. Sabiendo pues lo que dice el Apóstol, que «la vía más excelente es la de la caridad», él se esforzaba por hacer todas sus acciones bajo el imperio y por el movimiento de esta divina virtud, y gustaba de repetir estas escasas palabras , que expresan perfectamente la disposición en que se ha visto siempre a su alma: «Todo por amor». Que si «la caridad expulsa el temor» del corazón donde reina, hay razones para creer  que el amor de Nuestro Señor ha sido el único en poseer el del Sr. Alméras. Era poco sensible a los movimientos  de este temor servil del que ya no tenía casi necesidad, y que le parecía demasiado imperfecto para servir a un Dios tan digno de ser amado. La pureza de su alma era tan grande que no quería ni siquiera amar la virtud con este regreso a sí mismo, que es permitido y laudable; por ejemplo, para ser virtuoso o para gozar del consuelo de una buena conciencia. «Es preciso, decía, desear corregirse y perfeccionarse para no desagradar a Dios, por el amor de él solo y no para no desagradarse a sí mismo «. Por este principio del puro amor de Dios estaba siempre en su santa presencia sin dejarse apartar por sus debilidades, aunque ellas atraen fácilmente todos los pensamientos del espíritu a las necesidades del cuerpo; practicaba este santo ejercicio menos por la consideración que por el afecto, ya que , como dice san Agustín, es el amor el que busca y el que halla, es el amor el que pide y el que recibe, es por fin el amor el que golpea en la puerta y es el amor al que se abre. No obstante su amor  no era impetuoso y no se dirigía a Dios a bruscos impulsos, sino por un dulce asentimiento a su santa voluntad, haciendo siempre todo lo que Dios pedía de él, y uniendo en todas las cosas su voluntad a la voluntad divina, lo que encierra sin duda una muy grande perfección . Con el fin de no interrumpir una ocupación tan útil, debiendo conversar con el prójimo, miraba a dios en él y, muy penetrado de la impresión divina, que reside en las almas, decía con admiración: «¡Oh, qué grande es Dios y qué grande es servir todo lo que es de él!» En todos los asuntos y hasta en las menores dificultades, recurría a Dios y le pedía sus luces: los que le veían todos los días pueden ser testigos fieles de ello. Por último, para no perder nunca el recuerdo de la presencia divina, aun en el agobio de sus males, tenía de ordinario el crucifijo en las manos, contemplándole al mismo tiempo que se le hablaba de asuntos; besaba de vez en cuando las llagas de los pies y de las manos, testimoniando de esta manera, sin pensarlo, la unión que tenía con Nuestro Señor crucificado.

Fue en esta escuela de Jesucristo crucificado y en la cruz misma  donde el Sr. Alméras aprendió a no tener voluntad que no estuviera conforme con la de Dios y a sacrificar no sólo los deseos de la carne, sino a veces los del espíritu; no sólo aquellos cuya codicia es una fuente fecunda y que tienden  hacia la tierra, sino los que produce la gracia y que se dirigen hacia el cielo. Se ha oído a veces al Sr, Alméras  pedir a Dios la disolución de su cuerpo y la entera libertad de su alma; era difícil, en efecto, que, viéndose en la víspera de su felicidad, sintiera estos ardores que se han notado en todas las almas que tienen un gran amor; pero en el momento que se le escapaba su expresión, como si hubiera habido en ello alguna imperfección, se recuperaba y decía a Dios: No, no, Señor, y si queréis que yo sufra todavía diez años, quince y veinte años, yo lo quiero; por último, quiero sufrir por todo el tiempo que os plazca, y me someto en todo  a vuestra adorable voluntad».

Este sacrificio que el Sr. Alméras hacía a Dios de sí mismo para vivir y para morir, y todos los demás sentimientos de amor y de confianza que tenía, estaban acompañados de una fidelidad inviolable a estos ejercicios de piedad, en particular a los que estaban señalados por las reglas, observando lo que el Apóstol recomienda a Timoteo: Exerce temetipsum ad pietatem.

Mientras que Dios le conservó las fuerzas, no pasó ni un solo día sin celebrar el santo sacrificio de la  misa. No se contentaba con llevar a él  las preparaciones ordinarias y añadir las acciones de gracias que la Iglesia ordena, sino que celebraba estos divinos misterios con disposiciones tanto más santas cuanto más conforme le hacían a Nuestro Señor crucificado. Una es que no subía al altar más que como Nuestro Señor subió al calvario, quiero decir cargado con la pesada cruz de sus debilidades; ellas le reducían al estado en que no podía hacer  esta acción sin grandes dolores, hasta el punto que era necesario que le sostuviesen unas personas  por miedo a que se cayera, y que se encontrara a veces tan débil y tan desposeído de fuerza, que estaba en algún peligro de morir en el altar. La otra disposición era puramente interior, pero la conocemos por sus palabras: es que después de consagrar el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor, él se unía él mismo a esta hostia adorable, renovando la alianza que había hecho con Dios  y las promesas por las cuales  había muerto al mundo para vivir  en Dios solo y servirle en la Congregación, pudiendo así decir con el profeta:  «Immolor super sacrificium.

La circunstancia del momento en que hacía esta renovación de sus promesas es todavía muy notable; él había elegido para ello el Memento en el que el sacerdote pide por los muertos, como protestando a Nuestro Señor  que estaba muerto totalmente a las criaturas, a fin de vivir de esta vida que está oculta en Dios, con Jesucristo. Además el mérito que tenía en una práctica tan santa, sacaba de ella grandes frutos y sobre todo ese amor ardiente que tenía por su vocación, y esta voluntad constante de permanecer en él hasta la muerte en la obediencia a la voluntad de Dios. Creía que si la sangre de las víctimas había podido afianzar el Antiguo Testamento y que si la sangre del Hijo de Dios ha hecho al Nuevo Testamento eterna Sanguis novi et aeterni Testamenti, esta misma sangre de un Dios extendida por nuestros altares debía también hacer como inmutable el pacto o la alianza que hemos hecho con él; sobre todo si esta alianza renovada a menudo en la acción del Sacrificio por las promesas que nos han comprometido felizmente en el servicio de Dios.

Antes del agobio de sus debilidades, tenía esta santa costumbre, después de decir la santa misa, servir en otra, aun siendo uno de los principales oficiales de la casa y que el rango que tenía en ella, unido a sus ocupaciones, pareciera dispensarle de este deber de piedad, al que se dedica por lo general a los más jóvenes y a los principiantes. Quería de alguna manera imitar a Nuestro Señor que, al instituir la santa Eucaristía, unió a la gloria de su divino sacerdocio una humildad profunda, y se abajó hasta verter agua en una jofaina y lavar los pies de sus apóstoles, para que nosotros siguiéramos este ejemplo. Pero cuando el Sr. Alméras se vio obligado por sus necesidades a abstenerse de decir la santa misa, su consuelo fue de oírla todos los días y comulgar en ella, uniéndose así lo más frecuentemente que podía a Nuestro Señor en este sacramento, como para estar atado a una misma cruz. Ha expresado en los pocos escritos que tenemos de él que miraba el sacrificio de la misa como la felicidad de las almas que aman a dios en la tierra, porque sólo por este sacrificio pueden ellas rendir a Dios toda la gloria que desean y que le es debida; por ello fue para él siempre un motivo de aflicción cuando se vio privado de este medio de honrar a Dios tan perfectamente en el estado de perfección en que vivimos. Lo declaró alguna vez con palabras que indicaban igualmente su humildad y su resignación al beneplácito de Dios.

No es tan sólo de esta manera como hizo ver su devoción hacia el santísimo sacramento del altar, él añadía frecuentes visitas  que ha continuado por tan largo tiempo como ha podido sostener su cuerpo lánguido. Como aquellos hebreos celosos que, cuando la cautividad les impedía trasladarse al templo de Jerusalén, se volvía hacia este  lugar santo para hacer su oración, de esta forma, hallándose retenido en su habitación por sus enfermedades, se le encontraba con frecuencia vuelto hacia el altar donde reposa el Santo Sacramento y teniendo su crucifijo en las manos. Se satisfacía, de alguna manera, con la imagen de Aquel cuya presencia amable no podía poseer. Deseaba con ardor que todos los cristianos rindieran a Nuestro Señor semejantes deberes; y cuando estaba empleado en la dirección de las Misiones, se oponía con un gran celo a las irreverencias que se cometen en las iglesias. No podía tolerar este abandono en que se ve a veces al Hijo de Dios cuando se le lleva a los enfermos; y él hablaba con tal ardor en sus predicaciones, y reprendía tan eficazmente a sus oyentes por esta falta de devoción que, en los lugares donde de ordinario nadie seguía al al Santísimo Sacramento, se veían después de esto hasta sesenta  y aun a cien personas; se ha constatado en particular en la misión  que dio en Fontainebleau.

Se pueden referir a esta devoción  que tenía por el Santísimo Sacramento las precauciones que tomó el Sr. Alméras de regular las ceremonias  de la santa misa  y de los demás oficios divinos en todas las iglesias de su Congregación. Sabía que san Pablo, después de hablar sobre la santa Eucaristía y señalar las cosas que se han de observar para comulgar, añade estas palabras: Coetera cum venero disponam: Por lo demás, yo lo arreglaré cuando llegue», palabras que san Agustín explica de las ceremonias, diciendo que cuando el Hijo de Dios instituyó la Eucaristía, no ordenó a los apóstoles el modo como se la honraría, sino que les reservó esta autoridad habiéndoles destinado al gobierno de la Iglesia; y en ese mismo lugar este gran santo reconoce que esta autoridad de los apóstoles y de los concilios es muy útil a los fieles. Por estas razones el Sr. Alméras no olvidó nada para hacer observar estas santas ceremonias instituidas  por la Iglesia en virtud del poder que ella ha recibido de su Esposo. Mandó componer sobre esta materia un libro en el que se recogen fielmente y se explican con claridad. Después de mandar celebrar cantidad de conferencias por personas capaces e inteligentes en esta materia, a las que asistía él mismo siempre que podía, hizo luego consultar a Roma sobre las dificultades que no se habían podido resolver. Después de  hacer ejecutar estas mismas ceremonias para confirmar en la práctica lo que se había podido omitir, procuró una segunda edición de este libro más amplia y más exacta que la primera, para ponerlas en toda la perfección posible. Así fue como el Sr. Alméras, que admiraba a Dios  en tantos ejercicios interiores  que hemos referido, hizo consistir también su piedad  en el cuidado de las santas ceremonias de la Iglesia, era conformarse a las palabras  que el Espíritu santo ha proferido por la boca de Salomón: Virtutis meditator pietatem exercebit et parato sacerdotio, curam sacrorum locorum et coeremoniarum geret.  –«El que busca la virtud debe entregarse a la piedad; sacerdote, él tendrá cuidado de los lugares sagrados y de las ceremonias santas».

El Sr. Alméras tenía también una singular devoción para con la santa Virgen y una gran confianza en su intercesión. De ello ha dejado señales eternas, cuando quiso que la Congregación de la Misión le hiciera una oblación irrevocable de sí misma y que se dedicara por entero a su servicio. Es lo que ella hizo con gran gozo en un acto público que los Misioneros hicieron en todas sus casas el día de la Asunción de esta incomparable Madre de Dios; ellos la escogieron por su reina y soberana, proponiéndose tributarle por siempre un respeto singular y publicar la gloria de su nombre por toda la tierra, y pidiéndole amorosamente que les concediera la gracia de imitar sus virtudes y las de su adorable Hijo, emplearse siempre eficazmente en la salvación de la pobre gente del campo y en la santificación del estado eclesiástico, por último conservar para siempre el espíritu de su vocación. Con este acto, instituido en la Congregación de la Misión, para ser renovado cada año, el Sr. Alméras ha dado a la santísima Virgen tantos siervos celosos de su honor como súbditos tendrá  esta Congregación. El día solemne de la Asunción era el más apropiado que pudiera elegir para este acto, porque es justo que los hombres honren a esta gloriosa Madre en la tierra mientras que Dios la corona en el cielo; y por otra parte, siendo este día el de su elevación, ella imita, según dice san Bernardo, las liberalidades que su Hijo ejeció con los hombres el día de su Ascensión triunfante, y como él ella les concede sus larguezas y colma de sus dones: Dabit et ipsa quoque dona hominibus.

Su devoción para con la Virgen no era menos grande en su particular como lo parecía en público; la amaba y honraba con todo su corazón, y como dice san Bernardo: Totis, medullis cordis, totis praecordiorum affectibus et votis omnibus;   y por dar alguna señal de este respeto, llevaba el rosario a la cintura y le recitaba con frecuencia, incluso durante sus debilidades, en las que le costaba tanto entregar su espíritu. Invocaba a María con confianza en todas sus necesidades, y las oraciones que rezaba de ordinario para implorar sus socorro eran estas palabras de la misma Iglesia: Maria mater gratiae: –María, madre de gracia, madre de misericordia, defiéndenos contra nuestros enemigos y recíbenos en vuestros brazos a la hora de nuestra muerte»;  o estas otras palabras de la misma Iglesia: Memento salutis auctor :  «Acordaos, oh Jesús,  autor de nuestra salvación, que naciendo en el mundo os habéis revestido de un cuerpo mortal como nosotros» . Por una de estas plegaria , el Sr. Alméras marcaba la necesidad que tenía del auxilio de la santísima Virgen, y por la otra la confianza filial que tenía en su protección, creyendo que era suficiente hacer recordar a Nuestro Señor que era hijo de esta madre para obtener de él todo lo que se le pide por su intercesión.

Pero en todos los ejercicios de piedad que el Sr. Alméras ha practicado, nada es más digno de admiración que su perseverancia en la oración, nunca la ha dejado en sus enfermedades, por muy agotado que se sintiera temiendo que la menor ocupación fuera capaz de adelantar su muerte. Parece que Dios le había otorgado la gracia de la oración de recogimiento, según lo explicaba él mismo; ya que apenas se había puesto en la presencia de Dios para poder rezar, cuando toda su atención se volvía hacia Nuestro Señor: disfrutaba de un dulce reposo y practicaba esta meditación que san Agustín, después del profeta David, llama «la meditación del corazón» ; puesto que consiste más en un amor tranquilo de la voluntad unida a Dios que en los razonamientos del espíritu , que le busca y no le posee nunca en esta vida, la hacía dos veces al día, permaneciendo largo tiempo en la capilla de la enfermería en este santo ejercicio; y si, haciéndola a veces en la enfermería misma, era interrumpido, detenía la arena  que tenía cerca, para no disminuir nada del tiempo que había destinado a ello. Con la misma fidelidad lo cumplía en los exámenes particulares y el examen general; y aunque sufriera mucho en todo  tiempo, sus sufrimientos no eran capaces de impedirle seguir  los reglamentos, hacer casi cada cosa a su hora como con mejor salud. Ha continuado así hasta el fin. Poco antes de su muerte, hallándose atado a su lecho como a una dura cruz donde debía expirar pronto, se ha observado que guardaba  todavía  casi el mismo orden de la jornada, tomando sus horas acostumbradas para callar y recogerse, o para tratar y hablar con los de la casa y con los externos que le visitaban. Así este siervo fiel ha unido la obediencia al sacrificio. Siguiendo hasta la muerte los ejercicios de piedad que nuestras santas reglas nos prescriben, ha dejado a todos los misioneros y gran ejemplo de no aflojar: mostrando a los enfermos que pueden más de lo que con frecuencia creen, y a los que gozan de salud que serían inexcusables  si no hicieran en la salud  al menos lo que él ha hecho tanto tiempo en sus enfermedades continuas.

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