Capítulo XII
De su candor y simplicidad.
Al que la humildad ha hecho entrar en un verdadero conocimiento de sí mismo, y que sabe hacer un justo discernimiento de lo que pertenece a Dios y lo que es suyo, llega a ser como la boca de Dios, para no decir nada sino con candor y sencillez; es lo que los que han conocido al Sr. Alméras han visto en particular en él. Su rostro, su porte y sus palabras transmitían un evidente testimonio de esta virtud; se la veía en su aire y en sus movimientos, en sus discursos y en sus escritos. No solamente era desterrada de su boca la mentira, sino también todo cuanto se le parezca o lleve su imagen, como son los equívocos, los fingimientos, los términos ambiguos, oscuros, enfáticos, las hipérboles, las figuras y cosas parecidas. Tenía el corazón en los labios; hablaba y escribía con tal claridad que no dejaba ni duda ni oscuridad, sobre todo en las cartas que escribía de su propia mano, o que dictaba palabra por palabra: Son esta conducta y esta sencillez las que le hacía parecido a a la paloma, es decir benigno y buena persona para con su prójimo, sin hiel ni acritud. Creía con facilidad el bien que oía, interpretaba por el lado bueno las acciones, no sospechaba ni juzgaba a nadie sin fundamento, no podía permitir ni la maledicencia ni a los maldicientes; se olvidaba fácilmente de las faltas de los demás, recibía sus excusas y era el primero en excusarlos a todos; pero si su falta era evidente, no dejaba de convencerles, para humillarlos y abrirles los ojos, no pudiendo soportar a los espíritus dobles y disimulados. No sólo sobresalía en la sencillez de palabra y de acción, poseía también muy perfectamente la del corazón, que consiste en una rectitud de espíritu que busca únicamente a Dios, y en una pureza de alma desposeída de todo afecto desordenado; ya que, según el pensamiento de san Agustín, hoc est mundum cor quod simplex cor. Nosotros vemos que las cosas puras son simples porque son sin mezcla, ce donde se deduce que el corazón del hombre es puro cuando está únicamente poseído por el amor de Dios, sin reparto y sin mezcla de ningún afecto mal reglado. Ésta es la verdadera idea que debemos concebir de la sencillez del Sr. Alméras: no ha tenido práctica más en el corazón que la de buscar a Dios únicamente, y de buscar en todo su santa voluntad por las vías que él conocía más rectas, sin desviarse ni buscar rodeos, sin dejarse detener por el respeto humano o por la vista de alguna ventaja particular; ése era su atractivo especial; ahí estaba su punto de mira; ésa era la vía que Dios le mostraba, y por la que él le hacía caminar, sin que se desviara ni a derecha ni a izquierda.
Es también esta misma virtud la que le ha llevado sin cesar a pisotear con un vigor sin par lo que le tocaba de más según la naturaleza, para estar más sumiso al beneplácito de Dios, y a cumplir con más fidelidad su santa voluntad; sus comodidades, sus parientes, su salud y la vida no le eran nada, pues sólo le importaba Dios. No era sensible más que a los intereses de su divina Majestad; era insensible a todo lo demás. El grande y maravilloso desprendimiento de todas las cosas de la tierra, y esta única y sencilla entrega a la voluntad de Dios, transformaban su alma en singularmente bella; esta hermosura resplandecía en su exterior, cuyos movimientos estaban todos bien ordenados y en una rectitud que no tenía nada del hombre viejo.
El Sr. Alméras conocía por su propia experiencia los tesoros encerrados en esta sencillez y esta pureza de corazón, cuyos frutos le parecían tan dulces. Se tomó un cuidado extraordinario en recomendar a sus hijos esta querida virtud; esta recomendación ha sido como su testamento y el sello de tantas santas instrucciones que les había dado durante su vida: «Yo recomiendo a todo el mundo, dice un poco antes de morir, que viva en la Compañía con la sencillez y la humildad que el difunto nuestro muy honorable padre el Sr. Vicentinos ha enseñado en palabras y en ejemplos; haciéndolo les aseguro que no tendrán nada que temer sobre la Compañía; , ni por dentro ni por fuera, y que Dios la bendecirá». Estas últimas palabras merecen ser grabadas en el corazón de todos los Misioneros, ya que son la preciosa herencia de su padre, y que las virtudes que recomiendan son las columnas y los firmes apoyos de la Congregación, así como los canales de gracias y de bendiciones para ellos y para los pueblos en cuya salvación trabajan; y, por decirlo en una palabra, son espíritu y vida, ellas son verdaderamente palabras de la salvación eterna.
Capítulo XIII
De sa paciencia.
Con mucha razón se da a la paciencia la gloria de acabar y de consumar el edificio espiritual; ya que sufrir voluntariamente por Dios, sacrificarle la vida, es el mayor de todos los sacrificios, y nada se parece tanto a la muerte como el sufrimiento. Veamos cómo el Sr. Alméras ha puesto el último rasgo de la perfección en sus virtudes coronándolos con una paciencia heroica. Es constante que se debe medir la perfección de esta virtud por la grandeza de los males que se sufren, y por el buen recibimiento que se les hace. Pues bien, siguiendo esta regla, el Sr. Alméras ha poseído esta virtud en un grado eminente, pues sus penas y sus dolores han sido extremos, y su sumisión y su resignación a la voluntad de Dios han sido del todo admirables. Veamos lo uno y lo otro brevemente.
Sus dolores tienen tres cualidades que los han hecho extraordinarios: han sido muy extendidos, muy sensibles y muy largos. Su longitud se percibe en lo que él mismo ha confesado a una persona de confianza que no había gozado de salud más que tres o cuatro años desde su entrada en la Congregación, de lo que se puede concluir que los treinta últimos años de su vida han sido para él años de languidez y de dolores. Aunque se diga de ordinario que la languidez no concuerda con la violencia, Dios no obstante ha querido hacer del Sr. Alméras un hombre de dolor y una copia fiel de Nuestro Señor durante toda su vida que no ha sido más que un tejido de cruces y de aflicciones; ha estado durante todo ese tiempo sujeto a la migraña; se ha visto que con frecuencia era atacado todas las semanas, uno o dos días completos; los que padecen de este mal conocen bastante por propia experiencia qué doloroso es. Además, se ha visto atormentado de vapores de bilis que, al subir al cerebro le reducían a una especie de agonía, como él mismo ha confesado. Aunque tuviera las entrañas ardiendo y muy recalentadas, no tenía la libertad de refrescarse respirando un aire fresco que habría templado este calentamiento; pues todos saben que ha estado mortificado por un asma muy molesta que no le permitía tomar aliento sin dificultad. A este mal se añadieron escupir sangre y opresiones que le obligaron durante largo tiempo a guardar cama, sin dejarle ir al campo ni a la ciudad, ni siquiera a la huerta. Así que sufría horriblemente sin poder tomar ningún alivio; sus sentidos no sólo estaban privados de los objetos que habrían podido darle alguna satisfacción, sino que estaban reducidos a sufrir lo que les era contrario; su olfato, que era muy sensible a los olores menos fuertes, le ha proporcionado mucho ejercicio, como el gusto que difundía amarguras por todas las viandas que tomaba; de manera que las ocasiones más agradables a la naturaleza se convertían para él en una cruz y en un tormento.
Hay que añadir a todos estos males una tos que provenía de una fluxión en el pecho, y que era tan violenta que no le daba ningún reposo ni de día ni de noche y no le permitía siquiera pronunciar más de cuatro palabras seguidas; a los seis meses antes de su muerte, le redujo a no acostarse ya, viéndose así obligado a mantenerse incorporado en su lecho y a no apoyarse en el respaldo de su silla cuando estaba sentado; esta tos le hacía hacer tan grandes esfuerzos que parecía dispuesto a entregar el alma. Como a los tres meses antes de su muerte, la hidropesía se formó en su cuerpo ya agotado; aumentando la hinchazón poco a poco, tuvo que permanecer día y noche en su silla con dolores que no se podrían expresar, sobre todo cuando las llagas de sus piernas se abrieron; esta abertura era tan sensible que le obligó a hacerse tratar en el lecho, donde permaneció varios días sin poder hallar reposo en ninguna postura. Sentía dolor en varias partes de su cuerpo muchas de las cuales estaban desolladas, las demás afectadas de erisipelas; todas ardían con un fuego causado por una fiebre violenta que le consumía por dentro. Así pues los dolores del Sr Alméras han sido muy agudos, y además muy extendidos; al examinarlo de los pies a la cabeza, se podía decir de él: Non erat in eo sanitas. Pues si se necesita toda la virtud para aguantar como se debe una sola incomodidad en la menor parte del cuerpo, qué grande ha debido de ser la paciencia del Sr. Alméras para sufrir dolores tan agudos, tan extendidos, y sufrirlos durante tan largo tiempo con una admirable conformidad con la voluntad de Dios, como él lo ha hecho.
Los que han pasado la mayor parte del tiempo a su lado y le han asistido durante sus enfermedades todos han declarado que, lejos de manifestar este dolor que escapa a los más virtuosos, él parecía que su alma sacaba fuerzas de la flaqueza de su cuerpo; triunfaba de sus dolores con una entera resignación al beneplácito de Dios que le sostenía maravillosamente. Se le veía lleno de sentimientos tan santos y tan edificantes, que encantaba a todo el mundo; parecía que no sufriera más que en un cuerpo prestado, y que su alma no tuviera parte en los dolores. Se puede fácilmente creer que su espíritu estaba más en las llagas de Jesucristo crucificado cuya imagen tenía de ordinario en las manos, que en el cuerpo que le animaba; ahí es donde se retiraba y se ocultaba en el ápice de sus dolores, que encontraba muy ligeros, comparándolos con los de su Salvador y con los que él creía haber merecido. En esta disposición se le oía decir: «Es justo que un miserable pecador como yo sufra y sea castigado». O también decía cuando le mostraban compasión: «Los de mi Salvador fueron otros, él fue crucificado, y yo, yo estoy en un lecho». Otras veces exclamaba con san Agustín: «Señor, cortad, sajad, castigad, hacedme sufrir cuanto queráis»; y añadía: «Yo me he abandonado a Dios, dejadme allí; Dios tiene sus planes».
Pocos días antes de su muerte dice al hermano que le cuidaba: «El Sr. médico me ha ordenado usar perifollo y achicoria, pero decidle que conozco bien dos hierbas mejores, que son la paciencia y la conformidad con la voluntad de Dios». No contento con los males que padecía, el amor de Dios que le consumía le hacía pedir y desear los mayores. «Señor, Vos veis lo que sufro, pero no es suficiente: pero al mismo tiempo aumentad mi paciencia aumentad mis males, si es vuestro beneplácito; pero al mismo tiempo aumentad mi paciencia». Y para alimentar estos sentimientos en su alma, hacía leer en voz alta y despacio cerca de su cama, varias veces cada día, algún pasaje de la vida y de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para conformarse siempre cada vez más. Con este mismo fin tenía su crucifijo a menudo y le besaba tres o cuatro veces seguidas con mucha ternura y devoción; de allí sacaba esta sed de los sufrimientos, que muestra que él había llegado al más alto grado de la paciencia cristiana, que consiste en hacer de sus propios sufrimientos, por grandes y extremos que sean, un motivo de gozo y de consuelo. En efecto, no se podía admirar bastante qué gracioso resultaba su acceso, entre tantos dolores, dulces sus palabras y calmado y tranquilo su porte. Sin duda esta dulzura exterior procedía de la de su espíritu que gozaba de la tranquilidad en medio de los dolores de los cuales su cuerpo era presa. De este reposo interior procedía la fidelidad de sus oraciones, la elevación de su espíritu a Dios, y la libertad misma de actuar en el exterior por el gobierno de la Congregación, al que se ha dedicado con tanto cuidado como si hubiera gozado de perfecta salud. Parecía que olvidándose del todo de sí mismo, las necesidades de los demás le ocupaban esencialmente; estaba lleno de compasión por sus hijos y en particular de aquellos de los Hermanos que estaban a su alrededor, para velarle día y noche; les preguntaba a veces: «Hermano, ¿qué hora es?» y enterado, les decía: «Todavía le queda mucho que aguantar, falta mucho para las cuatro». No esperaba sin embargo ese tiempo para hacerles descansar; les hacía acostarse la mitad de la noche, a uno tras otro, y para animarlos: «Ya acaba pronto usted, les decía, tenga buen ánimo». Por último, la última noche de su vida, un Hermano quiso presionarle para que se tomara algún alimento; él respondió: «Me encuentro demasiado bien». El estado en que se encontraba, abrumado de males y de dolores, era a sus ojos como un centro en el que gustaba el reposo y consuelo, o como una felicidad que había deseado hacía largo tiempo; estaba persuadido en efecto que no había que esperar otra cosa en este bajo mundo sino sufrir; se le ha oído decir que era el medio de estar siempre en paz. Iluminado así con estas luces, no es de extrañar que haya dado tan buena acogida a las cruces y a las tribulaciones de esta vida, si las llevado todas con un valor tan magnánimo, y si ha perseverado en esta práctica hasta el último suspiro que, habiendo echado el sello a una vida tan penosa y tan dolorosa, ha sido, como tenemos motivos de creerlo, el comienzo del descanso de una vida eterna.
Falleció en la casa de San Lázaro, en París, el 2 de septiembre de 1672, a las nueve y media de la mañana, a la edad de sesenta años, después de llevar a la Congregación de la Misión en calidad de Superior general once años siete meses, con una singular edificación. Notemos que el día de su muerte y aquél en que se celebra en París la fiesta del gran san Lázaro, insigne patrón y protector de los Misioneros, que cantaban muy solemnemente en su honor la misa mayor en el momento de esta bienaventurada muerte. Así el Sr. Alméras pudo celebrar en un mismo día con los buenos Misioneros vivos y difuntos. –Manuscrito. Archivos de la Misión, en París.
En la Vida del Sr. Alméras que se acaba de leer, se ha podido remarcar por varios rasgos que se trata de un misionero contemporáneo y un testigo quien la ha escrito. Nosotros ignoramos su nombre. Veamos la Introducción que él había puesto a la cabecera de esta biografía:
«Este colección no es más que un compendio imperfecto de la vida del Sr. Alméras desde su entrada en la Congregación de la Misión, y como un dibujo torpe de sus principales virtudes. Se ha trazado sobre las Memorias que han aportado algunas personas de esta casa (San Lázaro) que le han conocido muy particularmente. Nos hemos contentado con contar simple y sucintamente las cosas según nos las traían estos fieles testigos que las han visto y oído en persona, y tan sólo hemos tratado de poner algún orden distinguiendo las diferentes materias que se han tratado. Se ha dividido pues este compendio en dos partes. La primera encierra las principales acciones de la vida de este siervo de Dios en calidad de misionero, según el orden de los tiempos que las ha realizado, y la segunda contiene un relato sucinto de sus principales virtudes. Se podrá argumentar y perfeccionar la una y la otra en el correr de los tiempos, cuando se hayan recibido las Memorias de varias personas alejadas que le conocieron. Este compendio servirá mientras tanto para dar satisfacción al afecto de sus hijos espirituales que así lo han pedido».
Esta vida se había impreso en 1839, siguiendo a la de san Vicente de Paúl. Nosotros hemos reproducido exactamente el manuscrito, contentándonos con modificar la puntuación y algunas expresiones fuera de uso ya.








