Monsieur Pouget, un paúl demasiado tiempo olvidado

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos vicencianosLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Efrén Abad García · Año publicación original: 2011 · Fuente: Boletín informativo, Paúles Madrid, Noviembre-Diciembre 2011.

A unos les suena de pasada. A otros, tal vez ni siquiera les suena. Pero estamos ante uno de los paúles más importantes de toda la historia de la Congregación de la Misión. Un paúl egregio y, sin embargo, demasiado tiempo olvidado. Y es de justicia que su “nombre propio” ocupe el puesto que le corresponde. Por eso, traemos a esta sección un artículo preciso y precioso, escrito por Efrén Abad en la modesta y familiar revista YUCA (nº 85, septiembre- octubre 2011). Con un estilo elegante y un conocimiento profundo, el autor traza un retrato vivo, certero hondo y emocionante del P. Guillaume Pouget, C. M., “Monsieur Pouget”.


Tiempo de lectura estimado:

En el mes de enero del año 1933, Guillaume Pouget, sacerdote de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, acudió a visitar al ilustre filósofo Henri Bergson en su casa cerca de la Porte d’Auteuil. El encuentro entre estas dos personalidades reflejaba más contradicciones que similitudes.

Pouget, un hombre desconocido, ha cumplido ya 85 años y está ciego desde hace 25 años. En contraposición, H. Bergson es considerado y aclamado como el mayor filósofo vivo de Francia y en 1927 había obtenido el Nobel de Literatura, premio que no pudo recoger en persona por encontrarse totalmente tullido y paralizado debido a un grave reumatismo degenerativo. Jacques Chevalier, un amigo de ambas personalidades, había concertado este encuentro. Sin duda, el mayor interés en esta cita recaía del lado del P. Pouget, quien ya en 1907, cuando todavía su ojo izquierdo le permitía leer algo, se había entusiasmado con la obra de Bergson La evolución creadora.

¿De qué hablaron estas dos personas tan aparentemente extrañas entre sí, sometidas ambas a su propia invalidez? En su opúsculo Bergson et le Père Pouget, Chevalier nos ha trasmitido la impresión del gran filósofo sobre la persona del humilde lazarista:

Me dejó una impresión única. Cuando uno piensa en un hombre así y en una vida así, es triste creer que un tal hombre no haya sido ponderado y no haya sido colocado en el lugar que le corresponde. El P. Pouget me trasmitió, más que ninguna otra persona, la impresión de una elevación de espíritu y de un alma que conmueven. Junto a él uno siente la solidez de la roca que permite acometer audacias legítimas. Mi hija se quedó arrobada por su extraordinario coraje. Mi mujer decía que su palabra embelesaba. Parecía que él no había tenido que hacer ningún esfuerzo para ser santo.

Un mes después de este encuentro, el P. Guillaume Pouget moría (24-II-1933) en el aposento de la Maison Mère de los lazaristas, Rue de Sèvres, 95. El funeral se celebró en la iglesia de San Vicente y la gran sorpresa de esta despedida fúnebre surge de la presencia de numerosos intelectuales de París que, al margen de sus hermanos de religión, consideran que con Monsieur Pouget se les iba un maestro excelso, un padre de su pensamiento y un intelectual eminente. Uno de estos personajes asistentes, Emmanuel Mounier, recuerda esta despedida funeraria:

Ayer despedimos a nuestro viejo amigo Monsieur Pouget. Se nos colocó detrás del altar, como un cortejo invisible, tras una larga cola de los suyos y, al final, Monsieur Pouget, en un féretro blanco cubierto por un manto aparatoso. La pobreza de un hombre en la gloria de la iglesia.

En aquel entierro estaban presentes la gran parte de los visitantes asiduos de la habitación 104, piso 2º. Sobre todo, los integrantes del Groupement du travail en commun, compuesto por varias decenas de jóvenes pensadores del floreciente catolicismo francés, la mayor parte de ellos profesores o alumnos de L’Ecole Normale Supérieure, que se proclamaban oyentes devotos del P. Pouget. Gracias a este grupo de escritores y profesores, el gran poeta Paul Claudel no tuvo reparos en denominar al P. Pouget Sócrates moderno.

De aquel difunto y de aquel día, nos queda una mascarilla del rostro de M. Pouget encargada por Jean Guitton, uno de sus más íntimos seguidores:

En la noche, posterior a su muerte, corrí a lo largo del Boulevard Montparnasse, en busca de un modelista, con el permiso del P. Superior, ya que un religioso se halla siempre desposeído de todo, incluso de sus rasgos faciales. Quizás se consiguió el más hermoso vaciado posible, debido a ese agujero de la órbita derecha que daba el aspecto, no de un durmiente, sino de un vidente. La contemplación de M. Pouget en los días de mi juventud, me ha hecho comprender, con emoción, que las dos pequeñas hendiduras, bajo la arcada de las cejas, son los dos únicos pasajes por donde se filtraba hacia nosotros el espacio, el conocimiento y la luz. (Dialogues avec Monsieur Pouget).

Terminado el entierro todo pareció desvanecerse. Aquella habitación 104, hervidero de intelectualidad, nido de saber y fontana de aprendizaje, se quedó desmantelada a los pocos días, según Guitton. Los libros de M. Pouget, sus escritos, manuscritos o mecanografiados, fueron confiados al bibliotecario o al superior de la comunidad. El resto de sus pertenencias (la desvencijada máquina de escribir Hispano-Olivetti, el encerado donde Pouget tanteaba su escritura en hebreo, la gastada y malherida vestimenta) se abrió camino hacia el trastero. La memoria de Pouget, parecía condenada a extinguirse.

Los hermanos de la Congregación no sospecharon, entonces, la riqueza intelectual de uno de los suyos, que partiendo de su primigenia dedicación a las ciencias físicas y biológicas, llegó a dominar, como nadie, el espíritu crítico de la época y aplicarlo a la teología y a la Sagrada Escritura.

En el umbral de su ceguera, Pouget se había aprendido de memoria gran parte del Antiguo Testamento en hebreo y todo el Nuevo Testamento en latín. Durante unos años, dedicó su saber bíblico a la tarea de profesor de Teología y de Sagrada Escritura en el seminario mayor de la Congregación.

La oleada modernista no le hizo sucumbir, aunque le cargó de sospechas cuando Loisy, el padre del modernismo teológico, antes de ser condenado, expresó una actitud laudatoria hacia M. Pouget, aludiendo a una carta que el casi ciego lazarista le había remitido. Ante el acecho de sospechas, Pouget fue apartado de la enseñanza teológica. Este hecho, unido a la ceguera, fatalmente avanzada, terminaron por recluirlo entre los muros de la celda.

Sin embargo, con el respeto a sus superiores y con su fidelidad a la iglesia, el P. Pouget no cesó de estudiar la teología y la Escritura desde el enfoque de un espíritu a la vez crítico y sumiso.

Henri Bergson y Jean Guitton, dos personas claves en la vida de Monsieur Pouget

En la oscuridad de su celda, sus incursiones en los textos del Viejo y del Nuevo Testamento buscaron sin cesar la conjunción entre razón y fe.

El profesor Jacques Chevalier fue uno de los primeros en recibir el eco proveniente de aquel ciego lazarista. Pronto los escasos metros cuadrados de la habitación 104 se ensancharon por todo París hasta convertirse en recuerdo y lugar de privilegio para los numerosos intelectuales inquietos, nacidos entre los vaivenes modernistas y el cobijo de la filosofía de Bergson.

A través de este fecundo grupo del catolicismo francés, la figura de Pouget se engrandece después de su muerte. En revistas, en coloquios, en la universidad y en el corazón de muchos, Monsieur Pouget aparece más vivo después de haber muerto. Los comentarios sobre su persona se suceden:

El P. Pouget está con nosotros. Su gracia y su vocación parecen haber hecho crecer lo eterno en cada uno de nosotros (Chevalier).

Jamás agradeceré lo suficiente haber conocido al P. Pouget. Cuando me encontraba en su presencia me parecía estar enfrente de la verdad (Mounier).

M. Pouget es la persona que más me ha ayudado a enlazar la exégesis bíblica con la teología (Dubable).

Este gran sabio nos recuerda en cada momento que lo que debemos creer no exige muchas palabras y que todo lo demás son conjeturas. Su verdadera misión comienza ahora. M. Pouget es un santo para nosotros (Mauriac).

He aquí un ciego lazarista que ha conferido a sus trabajos la erudición bíblica y que por su humildad y disciplina eclesiástica permanece alejado de toda publicación, pero que aparece, incluso entre los no católicos, como una de las cabezas más luminosas de esta época (Estang).

Es imposible encajar al P. Pouget en una categoría. Él era único. Él era la cumbre que sobresale sobre las cimas brumosas. No existía talla para medirlo, pero uno se veía obligado a decir que él era un grande (Legendre).

Las opiniones de sus numerosos alumnos compondrían un rosario interminable, pero el escrito fundamental, en la sobrevida de Pouget, es la obra de uno de sus más devotos admiradores: Jean Guitton.

En 1936, tres años después de la muerte de Monsieur Pouget, Jean Guitton publica en fascículos su Portrait de Monsieur Pouget. El éxito de la publicación fue tan favorable que, en 1941, el libro fue publicado por la prestigiosa Editorial Gallimard.

A partir de esta publicación, el P. Pouget se convirtió en una persona admirada y admirable en el panorama literario e intelectual francés. Las alabanzas a Guitton y a Pouget se sucedieron:

Este anciano se nos ofrece admirable. No pronuncia una palabra que no sugiera una idea enriquecedora. Aunque uno esté lejos de todo y lo ignore todo, ante él uno se siente al borde de saberlo todo (Alain)

No es extraño que Monsieur Pouget haya conmovido a la inteligencia de los que piensan lealmente en el catolicismo sin ser católicos como Bergson, Couchoud o Camus. Esto se debe a que M. Pouget, ese aldeano de Cantal, surge en el Reino del Espíritu como un hombre de fronteras (Debidour).

La opinión de Albert Camus sobre el Portrait de Monsieur Pouget es sobresaliente: No dudo que el Retrato de Monsieur Pouget ha sido leído en los medios católicos. Pero sería bueno que lectores no católicos tuvieran la ocasión de meditar sobre este libro. Por eso, yo quisiera ofrecer aquí el testimonio de un espíritu extraño al catolicismo. Hoy en día, en que la India está de moda, uno está seguro de saber lo que es un gurú. Este sacerdote me hace pensar en uno de esos maestros espirituales. Este gurú singular ha convertido la crítica histórica en un instrumento de ascesis. Él acude al sentido común para cimentar la revelación de lo que supera el sentido. No sé si M. Pouget ha sido recompensado por lo que él llevaba en el corazón.

Jean Guitton, con su Portrait de Monsieur Pouget, abrió una nueva senda de supervivencia a aquel pobre sacerdote paúl, ciego y emparedado, durante veinte años, en una habitación de un vetusto edificio del siglo XVIII. Alguien pensaría que Jean Guitton es el verdadero creador del personaje Pouget.

Sus cohermanos de la Misión, sin embargo, apenas lo tuvieron en cuenta. Guardaron sus escritos y sus libros, quizás demasiado lejos, quizás demasiado escondidos, quizás destruidos. Dejaron que la personalidad de Pouget caminara al margen de su comunidad. Sólo en 1962, ante la notoriedad evidente de su ciego cohermano, dedicaron a su memoria un número completo de la revista vicenciana Mission et Charité. El desconocimiento del P. Pouget en España es casi completo.

El P. Pouget no publicó apenas nada durante su vida. Alguna revista de la época editó artículos suyos, aislados, bajo el nombre de G. P. Besse, el apellido de su madre. Su memoria fue conservada por sus amigos. Jean Guitton escribió su Portrait de Monsieur Pouget y Dialogues avec Monsieur Pouget. J. Chevalier nos ha legado un compendio de pensamientos de Pouget en su libro Logia, y recuperó algunos pequeños tratados originales, publicados en el año 1956 con el imprimi potest del Superior General, William Slatery, bajo el título Mélanges.

Se le creía un solitario amurallado en su noche, pero la sombra de esa noche estaba atravesada por rayos de luz y de ciencia que en su erudición se convertían en una luminaria. Como diría el P. André Dodin, treinta años después de su muerte: Esta perfección sobresaliente tanto por la acumulación como por la clarificación de sus conocimientos, nos conduce a un veredicto liberador: Nunca llegaremos a clasificar y definir a M. Pouget.

Posiblemente, sí podríamos definir a este hombre, sólo y ciego, como uno de los paúles más eruditos de toda la historia de la Congregación 21 de la Misión. Y, sin embargo, los suyos apenas se enteraron.

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