Michel Montmasson (1640-1688)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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1.— Nacimiento. — Primeros años. — Ordenaciones. — Vicariato

El Sr. Michel Montmasson nació en el pueblo de Montmasson, parroquia de Marcola, diócesis de Ginebra, el 15 de enero de 1640. Sus padres no tenían fortuna, pero gente de bien que vivían en el temor de Dios con sencillez y sin reproche.

Apenas el joven Michel había alcanzado la edad de siete años, cuando sus padres le ocuparon en  guardar los rebaños en los campos y en ayudar a su padre y hermanos en la labranza, según el alcance de sus fuerzas. Estuvo algunos años en esta inocente y penosa ocupación hasta que uno de sus hermanos que iba a la escuela en casa del Sr. párroco de Saint-Sylvestre de quien eran por entonces parroquianos, vino a quejarse a su padre de algunos malos tratos  que había recibido en clase, declarando en voz alta que estba resuelto a no volver más. El pequeño Michel se ofreció a ocupar su lugar, y dijo a su padre que le agradaría que le enviase y que no temía ser maltratado. Aprendió así a leer, a escribir y los primeros rudimentos de la gramática. Dios, con estos primeros estudios, le disponía ya al santo ministerio al que le había destinado.

Cuando hubo alcanzado la edad de quince años más o menos, obtuvo de sus padres, con mucho dolor, el permiso de ir a Annecy para estudiar allí con los RR. PP. Barnabitas. Se alojó cerca del colegio, en una habitación particular que alquilaba por dieciocho sueldos al mes; vivía pobremente con un poco de pan negro que le traía uno de sus hermanos cada semana; suplía lo demás con su industria, barriendo las clases, llevando agua a los escolares de familia y haciéndoles otros pequeños servicios  por los que recibía algún auxilio. Llevaba así  durante sus estudios una vida dura y pobre, mal alimentado, mal vestido, mal acostado, pasando los inviernos sin apenas acercarse al fuego, lo que duro en extremo para un chico en una región tan fría como la de Annecy. A pesar de todas estas incomodidades, no dejaba de estudiar día y noche para ser pronto capaz de las más altas ciencias; lo alcanzó tan bien que fue siempre de los primeros y de los más ágiles escolares en todas sus clases.

No hacía menores progresos en la piedad que en las ciencias humanas; por eso fue elegido por sus maestros como preceptor de los hijos de los Srs. Bernard y Claude Buvard, dos de los principales burgueses de Annecy, lo que le sacó a de la extrema estrechez en la que había pasado los primeros años de sus estudios. Se comportó con tanta prudencia y piedad en esta ocupación, que se ganó el afecto de sus alumnos y la estima de sus parientes, que le tuvieron siempre desde entonces como a uno de sus hijos, y le distinguieron en todo momento con su afecto y ternura, hasta el punto que el Sr. Louis Bouvard, párroco  de Chapery, quiso tener el consuelo de verle decir su primera misa en su iglesia.

Cuando hubo acabado así sus estudios de filosofía y de teología, entró por primera vez en el seminario de Annecy, el 2 de noviembre de 1662, para examinar su vocación al estado eclesiástico, y para adquirir las virtudes que le son propias. Se comportó con tanta prudencia, piedad y regularidad, que fue hecho subdiácono en el Pentecostés siguiente y diácono en la ordenación de septiembre: fue ordenado sacerdote en la ordenación de la Pasión del año 1664.

Celebró su primera misa en la parroquia de Chapery, y fue nombrado vicario inmediatamente después de su ordenación. Durante los dos o tres meses que estuvo allí, fue con gran edificación por su vida santa y ejemplar, por sus catecismos, sus homilías y sus predicaciones. Había tanta unción en sus palabras, que sus oyentes se sentían conmovidos hasta las lágrimas y no podían por menos de entrar seriemente dentro de sí mismos, de deplorar los desórdenes de su vida pasada y de ponerse en situación de llevar una vida más cristiana en el porvenir.

2. – Vocación.

El párroco de Chapery hubiera deseado conservar en su parroquia a este joven sacerdote tan lleno de luces, de celo y de fervor; por ello, para asegurarse, le ofreció renunciar a su parroquia en su favor. Mons. de Aranthon, de santa y gloriosa memoria, que era entonces obispo de Ginebra, le puso otra igualmente a su disposición; pero él lo agradeció, a su párroco y a su prelado por la buena voluntad que tenían de establecerle tan joven, y protestó que no se encargaría nunca de parroquia o de beneficio con cargo de almas, teniendo bastante con la suya que salvar. Temía perderse trabajando por la salvación de los demás, hacerse secular quedándose en el siglo, y volver al espíritu del mundo en una parroquia en lugar de comunicarle el espíritu de Dios. Pensó pues seriamente en ejecutar la resolución que había tomado de hacerse Misionero, desde el tiempo de su seminario en Annecy bajo los Misioneros que llevaban su dirección. Tuvo que combatir para ejecutar este proyecto, a Mons. su obispo, que era un grade y santo prelado, sintiéndose feliz  por retenerle en su diócesis. Tenía muchas obligaciones con el Sr. párroco de Chapery, que quería poner el colmo a sus primeros beneficios cediendo su propia parroquia. Su pobre familia estaba en penuria y pensaba tener derecho a recurrir a él  en todas sus necesidades y as hallar un recurso en sus necesidades en las rentas considerables que esta parroquia le hubiera supuesto. Cerró los ojos sobre todas estas consideraciones; no escuchó los sentimientos de la carne y de la sangre.

Se encaminó pues hacia París, dejando a toda su familia frustrada de estas esperanzas humanas y desolada al ver escaparse de su seno a un beneficiario a quien consideraba ya como su apoyo y como el honor de todos los parientes. Para consolarlos, no les dio otra esperanza que la de sus oraciones y la del recuerdo que tendría de ellos en el santo sacrificio de la misa, para obtenerles las gracias que necesitaban para vivir y morir como buenos cristianos. Y no es que menospreciara a sus padres, o que no los quisiera tan tiernamente como un buen hijo los debe querer; pero sabía que el mismo que el mismo que nos ha ordenado amar a nuestros padres y madres, nos ha prohibido preferirlos a él, y contaba con la Providencia para sostenerlos según su condición. El Sr. Montmasson fue recibido en el seminario interno el 9 de mayo de 1664, y cinco o seis meses después era elegido para la Misión de Madagascar.

3. – Madagascar

En compañía de los Srs. Roguet, Boussordée, Veyrat, Cuveron y Bourot, y de tres hermanos, Nicolas Parisot, Pierre Pomadé y Antonio Moutier, se embarcó en el Havre a primeros de noviembre de 1664. No bien estuvieron a bordo, cuando la tempestad llevándolos a las costas de Inglaterra los obligó a fondear en las Dunes donde permanecieron un mes entero. De allí salieron con viento favorable, pero apenas habían desplegado las velas, cuando las cosas se complicaron, reteniéndolos ocho días en la Mancha con peligro de perderse, y cuando pensaban entrar en el puerto de Brest, la tempestad  los expulsó al Océano llevándolos a las costas de España, luego les forzó a volverse a la Rochelle, donde llegaron el 31 de diciembre. Sufrieron mucho con estas grandes agitaciones, no sólo por los mareos, sino también por otras incomodidades de la alimentación y alojamiento. No habiendo hecho provisiones más que para Brest, adonde esperaban llegar en tres o cuatro días, y no disponiendo de ropas, porque habían cargado los fardos en una pequeña barca que iba al mismo lugar, se vieron desprovistos de todo lo necesario.

Dos de estos buenos sacerdotes se hallaron tan cansados por esta primera navegación, que se vieron obligados a quedarse en Francia para quedarse allí. Los cuatro restantes, entre los que se hallaba el Sr. Montmasson, tuvieron suficiente fuerza para continuar la ruta. Como el Sr. Montmasson había parecido una de los más animados, el Sr. Alméras creyó conveniente felicitarle con una carta que le envió, el 4 de febrero de 1665, a Brest, adonde debían llegar de la Rochelle para embarcarse de nuevo.

Hallándose las embarcaciones en situación de partir de Brest, el Sr. Boussordée y Montmasson, con el hermano Pierre Pomadé abordaron el barco llamado le Taureau;  los Srs. Cuveron y Bourot hicieron las funciones de capellanes en los barcos restantes, y todos partieron con un viento favorable, en marzo de 1665.

El domingo de Pasión, los Srs. Bourssordée y Montmasson comenzaron la misión en el barco con gran fervor y edificación. La predicaron con tal éxito que marinos y pasajeros endurecidos y alejados de los sacramentos desde hacía diez años, hicidron su confesión general y se pusieron en plan de celebrar sus pascuas. Los otros señores hicieron lo mismo en sus barcos para disponer a la tripulación a celebrar bien el día de Pascua y cumplir sus deberes de buenos cristianos.

El jueves santo, el Sr. Boussordée, estando cerca del cabo Verde, quiso bajar a tierra para tomar el aire y para preparar la Pasión que debía predicar al día siguiente. El hermano Pommade descendió también para blanquear la ropa. Se colocaron en la chalupa, que estaba cargada con cinco o seis barricas para llevar agua, y con ellos iban quince o dieciséis pasajeros y doce o catorce marineros. Apenas se hubieron distanciado  un cuarto de legua del  navío, cuando una ola inundó de agua la chalupa hasta la mitad, y no pudiendo vaciarla bastante pronto, por las barricas, sobrevino otra ola que la llenó del todo y la hizo deslizarse hasta el fondo. El Sr. Boussordée, el hermano Pomadé y otros once pasajeros de su compañía se ahogaron.

El Sr. Montmasson sintió más vivamente que los otros la pérdida que acababa de sufrir del Sr. Boussordée; de vuelta al barco, debió continuar solo la misión que habían comenzado juntos. Y Dios bendijo de tal manera la misión, que no se oyó más un juramento que no fuera rigurosamente castigado, quedando establecido que quienquiera que se dejase  llevar a jurar, recibiría de él algún castigo y que, si se negara a someterse, sería castigado más rigurosamente por los oficiales del barco. El día de Pascua, el Sr. Montmasson tuvo el consuelo de ver a todos los pasajeros y a la tripulación venir a participar de las santa mesa.

Por último,  los barcos donde estaban los Srs. Cuveron y Montmasson llegaron a Madagascar el día de la fiesta de San Luis, 15 de agosto, del año 1665. El que llevaba al Sr. Bourot fue tan maltratado por el mal tiempo y tantas veces detenido por las querellas y las disensiones de sus pilotos y de sus oficiales, que se le dio por perdido; llegó no obstante el 8 de noviembre del mismo año.

4. – Tareas apostólicas

Después de la muerte del Sr. Nicolas Étienne, asesinado con el hermano Patte, por un grande del país, por odio a nuestra santa religión, cuya excelencia y santidad anunciaba tanto  en sus dogmas como en su moral, el Sr. Mounier, que era el único Misionero, sacerdote y superior de la misión de Madagascar, fue muy consolado por este nuevo refuerzo y este gran alivio que recibía. Él ocupó primero al  Sr. Montmasson y a sus compañeros en el servicio de los franceses y en aprender la lengua de los naturales del país.

El Sr. Montmasson lo aprendió con tal facilidad que el Sr. Bourot, escribiendo al Sr. Alméras sobre este asunto, le indica con admiración que parece que el Sr. Momtmasson tenga un don particular de Dios para esta lengua. «Al cabo de ocho meses más o menos ha comenzado, dice él, a catequizar, y lo hace con tal interés para los negros que cuando le toca dar el catecismo, le llegan muchos. Pero este buen  Sr. está muy débil y casi siempre enfermo». El R. P. Eghier, dando a conocer al Sr. las enfermedades del Sr. Montmasson, le decía: «Sus enfermedades son grandes y frecuentes, con convulsiones muy violentas; pero, cuando está bien, se entrega al silencio, a la regularidad más que cualquiera, y recomienda a los hermanos en particular esta regularidad a la regla».

Los Srs. Bourot y Cuveron, ya duchos en el conocimiento de la lengua malgache, ocuparon la plaza del Sr. Montmasson, y el Sr. Mounier, asociándole a sus trabajos apostólicos, le tomó como compañero de sus viajes. Durante los diez meses y más que trabajó con él en la conversión de los infieles, le dio todo el consuelo que se debía esperar de su celo. Después de tantas fatigas, los Srs. Mounier y Montmasson teníam necesidad de reposo; de vuelta a Fort-Dauphin, el primero cayó enfermo y condicido a la tumba en pocos días. Al ver llegar la muerte, la miró como el término feliz de sus trabajos y se durmió pacíficamente en el seno de su Dios.

El Sr. Alméras, informado de esta pérdida,  se apresuró a repararla enviando a esta misión a los Srs. Roguet y Jourdieu. Llegaron felizmente a Madagascar y fueron recibidos como ángeles de paz y de consolación.

El Sr. Montmasson no se había recuperado de las fatigas de su primera carrera, cuando deseaba comenzar la segunda, pero la llegada de estos cohermanos le procuró tanto consuelo que pareció darle nuevas  fuerzas. Los Srs. Bourot y Cuveron se convirtieron a su vez en los compañeros del Sr. Montmasson; recorrieron con él diferentes regiones de la isla. Los devins y los ombiasses, alarmados, se desataron contra ellos y, unidos a los grandes del país a quienes se habían ganado y que además tenían muchas quejas de los franceses, provocaron las pasiones de la multitud contra ellos y les hicieron una guerra  a ultranza.

Desde entonces los Misioneros, a la espera de coyunturas más favorables para retomar la evangelización, se restringieron a las funciones curiales de los franceses del Fort-Dauphin y de los demás dispersos en los alrededores: éstos, también difíciles de conducir por la vía de la salvación como lo habían sido los insulares, no hicieron más que añadir a sus penas y a su dolor. Cristianos de nombre y llevando una vida loca y licenciosa, no respetaban a los ministros de los santos altares y hasta sin humanidad; los veían con indiferencia que les faltaba lo necesario, cuan hubieran podido procurárselo.

No sorprende que bajo un clima devorador, no viviendo más que de privaciones, no teniendo más que agua mal como bebida, la salud de los Misioneros se viera a menudo alterada. El Sr. Montmasson tuvo mucho que sufrir, y poco tiempo después de su llegada, el superior juzgó conveniente enviarle con el Sr. Jourdié a la isla Bourbon para restablecerse; los numerosos enfermos de la colonia, que estaban allí, reclamaban además la presencia de algunos Misioneros; no pasó mucho tiempo y volvió al Fort-Dauphin.

Por último, después de trabajar seis años seguidos en esta penosa misión, abrumado de continuas debilidades, de contrariedades, de persecuciones de todas partes, incluso de parte de las personas de quienes debían esperar más protección, el Sr. Montmasson dio a conocer esta triste historia al Sr. Almeras.

5. – Memoria de los misioneros en Madagascar

El Sr. Alméras, a la recepción de la carta del Sr. Montmasson, que llegó a París a finales de noviembre de 1671, y de otras del Sr, Roguet y de los hermanos de Madagascar, deliberó sobre su regreso, y como era preciso, para destruir este establecimiento, tener el consejo de los visitadores de las casas de la Congregación, les escribió, el mes de diciembre, para pedírselo.

Los visitadores habiendo sido del parecer que había que llamar a nuestros Misioneros de Madagascar, el Sr. Alméras no pudo ejecutar esta resolución, porque no se presentó por entonces embarque, y se murió el 2 de septiembre del año siguiente 1672. El mes de enero siguiente, el Sr. Jolly, que fue elegido su sucesor, escribió pronto para esta llamada; pero no recibiendo sus primeras cartas, los Srs. Roguet y Montmasson recibieron su duplicado del navío llamado la Dunkerquoise, comandado por el Sr. Beauregard que llegó a la rada del fort Dauphin, en Madagascar, el 14 de enero de 1674. Enterados por este capitán de que Su Majestad Cristianísima no volvería a enviar barcos a aquella isla, le rogaron  que los llevara a un lugar donde pudieran encontrar a alguno de paso para Europa, a lo que accedió. Pusieron a todas prisas en orden sus principales asuntos, de manera que estuvieron todos a bordo de su navío, el 5 de marzo, con la mejor parte de sus efectos. Debiendo hacer rumbo al día siguiente, se lo prohibió un temporal que se levantó poco después de hacerse a la mar, y fue a más de tal modo que, habiendo perdido ese día las mejores anclas, y habiéndoles aguantado la última, a pesar de los esfuerzos de la tormenta, hasta el día siguiente una o dos horas después del mediodía, el navío fue lanzado a la costa y hecho añicos contra una roca; pero, por suerte, a mediodía. El capitán había hecho dejar en tierra a la tripulación, que se salvó. El poco orden en que se hizo el desembarque fue causa de que los misioneros no pudieran salvar más que muy poca cosa de lo que habían embarcado. Así que fueron retenidos  en esta isla desafortunada sin muebles, sin dinero, y desguarnecidos de las cosas más necesarias a la vida, Por suerte, habían dejado trescientos o quinientos animales en su habitación, que les aseguraron apenas  subsistir hasta la llegada del navío llamado le Blanc-Pignon, que apareció en la rada el 8 de agosto del mismo año 1674. Este navío había recibido orden expresa de no tocar en la isla de Madagascar; pero se vio obligado a ello por las enfermedades  de su tripulación, y encontró su salvación procurándosela a aquellos a los que Dios se la había destinado.

El Sr. Baron, que era su capitán, habiendo prometido trasportar a nuestros Misioneros y demás franceses a Mozambique, que pertenecía a los portugueses, donde debía hallar fácilmente embarcaciones para pasar a Europa, el Sr. Roguet fue, el 15 de agosto. A la habitación donde se alojaban los hermanos Pilliers y Guillaume para deshacerse de lo que allí tenían.

El domingo 26, dijo la santa misa y dio la comunión a estos buenos hermanos. El lunes 27, les dijo otra vez la santa misa por última vez. De vuelta al fuerte Dauphin, que sólo distaba tres leguas, se sintió apenado por dos de los más tristes accidentes; ya que se encontró con que había roto el cofre donde estaba el poco dinero que tenían y que les habían robado y, en ese instante, vinieron a decirle que nuestro alojamiento, llamado San Lázaro, , había sido asaltado por los negros del país, que se habían sublevado y habían degollado a todos los habitantes de la región de Anos, donde está situado el fuerte Dauphin. Los que escaparon de este bandidaje aseguraron que habían visto al hermano Pilliers muerto a la puerta de nuestro alojamiento, atravesado de un disparo y el brazo derecho cortado en varias partes a golpes de azagaya y que, no descubriendo nada de nuestro hermano Guillaume Galle, creían que había sido asesinado en la casa, a la que los negros habían prendido fuego inmediatamente después de este asesinato, y que, probablemente, había sido consumido. Esta horrible carnicería acabó de terminar a los franceses a salir pronto de un país bárbaro que el rey no tenía ya bajo su protección. Se embarcaron pues la noche del 9 al 10 de septiembre, tras haber prendido fuego al burgo, y al día siguiente, entre las ocho y las nueve de la mañana, estando las cosas dispuestas en el navío, se hicieron a la vela; había más de trescientas personas y solamente cuatro misioneros, a saber: el Sr. Roguet y el Sr. Montmasson y nuestros hermanos Jean Bougoin y Gérard Minser. Se había contado con hacer el trayecto de Madagascar a Mozambique en ocho o nueve horas y no se llegó hasta  mucho antes en el mes de marzo, a causa del mal tiempo y de los vientos contrarios. Las enfermedades habían entrado en el barco. Una gran parte de la tripulación murió. El hermano Jean Bourgoin fue atacado de una fiebre cálida, que le atormentó tan rudamente durante trece días que se murió, el 29 de noviembre, y fue arrojado al mar de Mozambique. Algún tiempo después, el hermano Gérard Minser fue atacado también de un fiebre violenta,  de la que murió el mes de mayo de 1675, y fue enterrado en la tierra de África, donde el Sr. Roguet y el Sr. Montmasson ya habían enterrado a varios más. Estos dos señores se quedaron solos de la Congregación, y  se vieron obligados a regresar a las Indias para encontrar algún barco con destino a Europa.

El Sr. Montmasson se quedó en el barco le Blanc-Pignon. Después de invernar cerca de tres meses, tanto en la costa de África como en Mozambique, favorables ya los vientos para el viaje de las Indias, esta embarcación partió, el 3 de julio, para Surate, adonde llegó en veinticinco o veintiséis días, sin ningún accidente molesto. Los RR. PP. Capuchinos de este lugar le acogieron con mucha bondad y caridad, según su laudable costumbre de recibir en su casa a los sacerdotes y religiosos extranjeros. Allí se quedó varios meses, y allí fue tratado de una gran enfermedad con todo el cuidado y el éxito posibles. El Sr. Roguet partió de Mozambique el 20 de agosto en un navío portugués que iba a Chaoul, ciudad de la costa de Malabar, distante de Surate unas ocho leguas, adonde llegó felizmente a finales de septiembre; y por último, el 19 de diciembre, llegó a Surate, después de diez largas jornadas de navegación muy penosa. Fue recibido en casa de los mismos Capuchinos y tratado, durante ocho días, con la misma caridad que habían tenido con el Sr. Montmasson, de lo que ambos quedaron tan edificados que se deshacían en alabanzas y admiraciones  por la caridad de estos buenos Padres.

6.- Regreso a Francia. Los Inválidos. –Versalles.

A finales de diciembre, tres navíos franceses hallándose en estado de partir, nuestros misionero s los abordaron, habiendo recibido de las manos del Sr. abate Sevin, sobrino de Mons. obispo de Cahors, llegado allá por Persia para dirigirse a Siam,  un triplicado de las cartas del Sr. Jolly para su llamada a Francia. Se hicieron a la vela el 1º de enero de 1676, y partieron de la rada de Surate con un viento favorable; Por último, después de soportar muchos temporales y peligros, llegaron a Belle-Isle el 20 de junio; tras el descanso de ocho días, partieron el 29 para Nantes, llegando la noche misma de ese día. El 1º de julio se dirigieron por agua a Angers, adonde llegaron el 3, y descansaron en nuestra casa hasta el 13, que se encaminaron hacia le Mans, donde sus incomodidades los obligaron a descansar allí en nuestra casa, y no salieron hasta el 23 para París, y llegaron a San Lázaro el 27 de julio. Fueron recibidos como apóstoles, hombres de Dios y grandes servidores de Nuestro Señor Jesucristo, que habían sufrido tanto por su gloria y por la salud de las almas.

Después de tres semanas o un mes de descanso, el Sr. Montmasson deseó tener algún empleo. Así el Sr. Jolly le envió el 20 de agosto a la Casa de los Inválidos, donde ha trabajado útilmente durante cinco o seis años en calidad de asistente de la casa; después lo establecieron en Versalles, donde fue asistente bajo los Srs. Thibault y de Jouhé, hasta que le sacaron de allí para enviarle a Argel en calidad de Vicario apostólico, para cuidar allí a los pobres esclavos cristianos. En estas dos casas, vivió con tanta regularidad,  dulzura, modestia, piedad y ayuda, que fue un modelo de la vida común más perfecta, siempre acompañada de los sacrificios más meritorios ante el Señor.

En Versalles sobre todo, donde el trabajo es grande, estaba siempre en movimiento principalmente en el tiempo de las enfermedades públicas, exponiéndose sin reserva, más que cualquier otro, a toda clase de peligros; el oficio de asistente que ejerció en esta casa hasta salir, le proporcionó una infinidad de ocasiones de practicar esta virtud en relación con los grandes y pequeños, con los de casa y con los extraños; pero nada se le resistía.

La dirección de los seminaristas, que fueron enviados allí en número de seis, en 1681, pata atender la capilla del rey, fueron también un buena ocasión de caridad. Un Misionero ha escrito: «Como las cosas no estaban no andaban por entonces tan reglamentadas como lo están ahora, y qie los seminaristas estaban continuamente con los señores mayores en el recreo, en los retiros, nosotros no geníamos más que a este buen señor que nos sostuvo un poco en el espíritu del seminario y nos preservara de los peligros del mundo y de la disipación de la Corte. Nos trataba como buen padre con dulzura, ternura, cordialidad, paciencia y bondad, sin embargo con toda la firmeza necesaria para llevarnos eficazmente a Dios. Escuchaba nuestras comunicaciones con un gran interés y nos daba nuestras pequeñas prácticas muy proporcionadas a nuestras necesidades espirituales. Nos recibía en su cuarto con bondad todas las veces que íbamos, y con un cierto tono de voz de hombre apostólico, nos tranquilizaba en nuestros temores, hacía a veces una señal de la cruz en la frente; otras, nos ponía la mano en la cabeza y nos decía: ‘Venga, mi querido hermano, ya me encargo yo de buena gana de ese pecado que teméis; no es nada; vivid contento, id a divertiros’. Lo que más admirábamos en él, era su gran regularidad, su dulzura, su modestia, su paciencia, su unión a Dios y la limpieza extraordinaria de su cuarto, que estaba siempre ordenado como un templo, sicut similitudo templi: estaba siempre tan limpio que hubiera costado encontrar en él una paja o el menor polvo. Nuestro buen rey le admiró y dijo: ‘Eso es una celda bien limpia’, cuando hizo la visita de la nueva casa que tuvo la bondad de mandar construir en Versalles. Estaba de ordinario en esta habitación como en una iglesia, arrodillado y la cabeza descubierta, y no le encontrábamos casi nunca en otra postura. Lo que nos impresionaba más todavía era su unión continua con Dios en la oración y en el transcurso del día, pues nunca perdía el recuerdo de su santa presencia, y se hallaba de ordinario en la disposición de recogimiento en que se encuentran los buenos sacerdotes antes o después del santo sacrificio; por último tenía un talento particular para disipar nuestras preocupaciones, para quitarnos los escrúpulos y consolarnos en nuestras pequeñas aflicciones ni se cansaba de nuestras impertinencias».

7. — Alger. — Vicario apostólico

Entre tantos trabajos por el servicio de Nuestro Señor y  la salvación de las almas fieles rescatadas con su sangre, conservaba siempre el deseo ardiente de sacrificar su vida en el servicio de los pobres esclavos de Argel. Desde que el Sr. Jolly le indicara que se habían puesto los ojos en él para reemplazar al Sr. Jean Le Vacher, que había sido colocado en la boca del cañón,  recibió mucho consuelo por esta noticia y se le vio una alegría muy extraordinaria, se hallaba entonces indispuesto; pero este anuncio le devolvió la salud..

La paz se había concluido por el Sr. Tourville con la república de Argel el 23 de abril de 1684. Muy pronto el Sr. Jolly,  Superior general de la Congregación de la Misión, se ocupó de designar a un Vicario apostólico para esta misión. Todos los que conocían al Sr. Montmasson, las gracias que el Señor le había otorgado, el valor y la generosidad de lo que había dado tantas pruebas, le decían con frecuencia que no debía morir en la soledad, sino que le convenía un gran teatro donde tendría la ocasión de llevar su cabeza al cadalso por la gloria de Nuestro Señor; estas palabras proféticas parecían satisfacer a nuestro santo Misionero; no obstante, por yo no sé qué presentimiento, experimentaba alguna repugnancia en ir a Argel, y tenía miedo sobre todo a pasar el mar. Por eso en esta perspectiva de la misión de Argel. Decía que si fuera designado, preferiría atravesar a pie toda Francia y España para no tener más que el estrecho de Gibraltar que atravesar en una embarcación; pero, cuando se le nombró para continuar la obra del Sr. Le Vacher, desaparecieron todas las repugnancias. El Sr. Jolly, deseando conocer si su inclinación le llevaba hacia esta misión, le manifestó un día su sorpresa porque no se ofrecía para llenar el puesto que estaba vacante en Argel. El Sr, Montmasson se limitó entonces a  decirle que no experimentaba ni satisfacción ni repugnancia por este viaje, que estaba sin reservas en sus manos para todas las funciones en las que juzgara oportuno emplearle, y que, si le quería en ese puesto, iría en el nombre del Señor y en espíritu de obediencia. El Sr. Superior aceptó la oferta que la víctima misma le hacía, y le rogó que estuviera preparado para partir dentro de poco.

El Sr. Montmasson fue propuesto a la  Sagrada Congregación de la Propaganda para realizar las funciones de Vicario apostólico y sus provisiones llegaron a París, el 8 de enero de 1685; sin embargo no salió de San Lázaro con el hermano Jacques Leclerc, hasta el 13 de octubre del mismo año (-El hermano Jacques Leclerc había nacido  el   de junio de 1658, en Gisors, diócesis de Rouen; recibido en la Congregación, en París, el 16 de julio de 1683).

Luis XIV, que había llegado a conocer al Sr. Montmasson durante su estancia en Versalles, deseó verle nada más saber que era designado para el vicariato de Argel. Conversó con él largo rato sobre su misión y sobre todo sobre Madagascar, le dijo que le contara los principales acontecimientos  que habían sucedido durante se estancia en esta isla, y se quedó muy satisfecho al igual que edificado por el celo con el que se iba a exponer de nuevo al furor de una nación bárbara e infiel, que acababa de tratar a su predecesor con tanta crueldad e inhumanidad. Su Majestad tuvo la bondad de añadir que su partida sería una gran pérdida para la parroquia y para la Corte; pero que, cuando el bien público demandaba este sacrificio, él no podía oponerse a los designios del Señor sobre él. Le prometió para el dey de Argel una carta de recomendación que mandó expedir con la fecha del 13 de septiembre de 1685.

El Sr. Montmasson, después de cuatro meses de estancia en Marsella, se embarcó para Argel, el   de febrero de 1686, en compañía del hermano Jacques Leclerc y del hermano François Francillon quien, después del martirio del Sr. Le Vacher, había llegado a esta residencia.

Llegado a Argel, el Sr. Montmasson fue conducido al dey por el intérprete de la nación francesa según el uso,  y le presentó la carta de Su Majestad Cristianísima, con el favor de la cual fue recibido muy cumplidamente. Luego hizo los presentes ordinarios de piezas de escarlata para el atuendo ordinario del dey, del escribano o secretario de estado, del aga o jefe de la milicia, y del pacha o gobernador de Argel para el Gran-Señor, al que dedicó también las visitas convenientes, haciéndole presentes muy estimados en el país, como son relojes de pared y ordinarios de Inglaterra, que señalan y suenan, y hermosos y grandes anteojos para cerca, que satisfacen su curiosidad, a causa de la necesidad que tienen para percibir de lejos las embarcaciones que hacen escala en Argel.

Tras estos preliminares y ceremonias de entrada, se dedicó ya a reconocer las necesidades de la Iglesia que le había sido confiada, la encontró en un triste estado, habiendo caído desde la muerte del Sr. Le Vacher, su predecesor, en manos de algunos mercedarios que la habían cuidado muy poco. No ahorró ni fatigas ni desvelos para restablecerla a su antiguo esplendor desempeñando por su parte los deberes de un bueno y fiel pastor.

Comenzó por publicar una orden al clero secular y regular del reino de Argel, de Túnez y de Bicerta sometidos a su autoridad, trazándoles reglas de una sabia y edificante conducta, y sugiriéndoles los mejores medios de hacerse útiles a los pobres esclavos cristianos, y hasta de trabajar  por la salvación de los herejes de diferentes sectas. En cuanto a los mahometanos, estaba prohibido bajo pena de muerte anunciarles el santo Evangelio, ni en secreto, ni en público. Si se aventuraban a hacerlo, se exponían imprudentemente a la muerte sin esperanza de ningún provecho, y la Santa Sede no aprobaba este celo. El ermitaño Pierre de la Concepción, español, fundador del hospital de los Pobres Esclavos, del que ha declarado por testamento administrador al Cónsul francés, habiéndose atrevido a hacerlo, por la sola notoriedad y evidencia del hecho, sin otro procedimiento, fue quemado vivo;  sus huesos fueron llevados a San Lázaro, poco después de su suplicio, por el hermano Dubourdieu, cuando pasó a Francia.

La residencia ordinaria del Sr. Montmasson estaba en Argel, allí desempeñaba las funciones curiales en las mazmorras, es decir en los lugares en los que los pobres esclavos se retiran durante la noche y donde se los cierra todos los viernes, que es el día de feposo para los turcos.

Aparte de estas mazmorras, donde se tenían las funciones curiales, los Misioneros tenían en su casa una bonita capilla en la que se hacían todas las ceremionias acostumbradas en las iglesias más libres de la cristiandad. Se decía la santa misa en esta capilla, y todos los cristianos libres podían asistir. Se tenían las procesiones del Jueves santo y del Corpus Christi en el patio con plena libertad, y durante todo el curso del año se tenía la libertad de conformarse en todo a los ritos de la santa Iglesia romana, madre y maestra de todas las iglesias.

Mientras que el Vicario apostólico se ocupaba de restablecer la regularidad en su clero y asegurar la asistencia espiritual de los fieles, estaba igualmente preocupado en el alivio corporal de los pobres esclavos; aparte de las visitas frecuentes y de la acogida compasiva que  les hacía siempre, les distribuía abundantes limosnas, hasta privarse de lo necesario. Supo sacar provecho de la benevolencia con la que le habían distinguido algunas personas de la corte de Versalles y les transmitió varias veces súplicas a favor de su Iglesia sufriente.

«Estos días pasados, escribía, dos cristianos que se salvaron por tierra, y siendo apresados y llevados a las manos de sus patronos, los condenó a ser cortados en trozos, o a darle al punto una suma de dinero. Todo cuanto pudieron hacer fue obtener el permiso de venir a buscarme para tener dicha suma. El miedo que tenía de que renegasen  de la fe no me dejó dudar en dar pronto satisfacción a su patrón, que incluso quería asar su carne y hacérsela comer. Traigo este ejemplo porque es reciente; pues cosas así suceden con harta frecuencia; es lo que hace que un número tan grande hayan renunciado a la fe. Hace ya mucho tiempo sin embargo, gracias a Dios que no ha sucedido esto. Esto es, monseñor lo que producen vuestras limosnas, salváis el cuerpo y el alma. Cuántas coronas os están preparadas en el cielo!»

Las necesidades sin cesar en aumento de estos pobre desafortunados, la necesidad en que se hallaba de socorrer todos los días a un mayor número de esclavos a causa de las nuevas capturas que hacían los corsarios le llevó, el 17 de julio de ese mismo año, a hacer llegar estas quejas al mismo ministro: «Os ruego, monseñor, me permitáis que con toda humildad, os pida algunas nuevas gracias. 1º Que tengáis a bien obtenerme del rey una limosna anual para los pobres esclavos. Las necesidades son tan grandes entre ellos, que sólo los que están en los lugares lo puedan creer; Dios será vuestra recompensa, yo no dejo de pedir todos los días en la santa misa por la salud del rey, por la santificación de su alma y por la vuestra.

«2º Que os plazca conseguir de Su majestad un edicto por el que se prohíba a todos los franceses que trafican en los reinos de Argel y de Túnez (de los que estoy encargado en lo espiritual) que trabajen las fiestas y domingos sin necesidad y sin el permiso del vicario apostólico o de aquellos a quienes él comisione en todos los lugares de su jurisdicción, y ello bajo la pena que os parezca, aplicable a los más pobres esclavos».

De esta forma el Sr. Montmasson continuó ocupándose de todo cuanto podía interesar el honor de la religión y el alivio de los pobres cautivos hasta la aparición, en las aguas de Argel, de la flota del mariscal de Estrées, a primeros de julio de 1688. Debió también incluir en estas funciones espirituales, durante algún tiempo, la solicitud del Consulado durante el encarcelamiento del cónsul Piole.

8. — Bombardeo de Alger. — Muerte del Sr. Montmasson.

Luis XIV, habiendo tenido numerosos motivos de descontento por parte de los argelinos, envió una flota a bombardear su ciudad. Los habitantes de argel, ante la noticia de la inminencia de la guerra, se apresuraron a llevar al campo todos sus efectos, de suerte que no quedó más que muy poca gente en la ciudad con la milicia. El Sr. Montmasson, al ver a su ministro casi inútil, pues los esclavos habían sido trasladados también, pidió igualmente permiso para transportar los muebles de la casa al campo. Mezzomorte, gobernador de Argel, se opuso a ello primero por odio contra el Vicario apostólico, por haberse negado a recibir en su casa de Argel al pariente de un renegado francés, su cazenadar y su favorito, que se había escapado de la ciudadela de Marsella, donde había sido encerrado por malversación de fondos reales. Sin embargo, por medio de algunos presentes, el Sr. Montmasson obtuvo del pacha que le consintiera salir de la ciudad. No tuvo mucho tiempo de descanso; después de seis días pasados en la residencia nueva, el 25 de junio, ante la identificación que se dio de tres embarcaciones francesas, el pacha hizo volver a la ciudad al Vicario apostólico con los dos hermanos, y poner los precintos en todos sus muebles.

Al día siguiente 26, todo el ejército naval comandado por el mariscal de Estrées, habiéndose reunido en las aguas de Argel, el pacha envió a buscar al Sr. Montmasson y al hermano Jacques Leclerc y los hizo encerrar en la mazmorra del Beylic, donde se encontraban todos los esclavos cristianos pertenecientes al Divan. Dejaron también al hermano François Francillon, que era muy conocido de los habitantes, para guardar la casa. El Sr. Momntmasson había tenido la precaución antes de su salida de Argelde poner el dinero que tenía en depósito en manos del P. Spiniosa, administrador del hospital.

Llegado delante de Argel, hacia finales de junio de 1688, el mariscal de Estrées se ocupó de mandar colocar, cuando le dejó el tiempo, las galeras con bombas y, el 26, nueve ocupaban su posición, sostenidas por nueve navíos. El 29, se llevó a bordo del navío almirante, le Magnifique, a dos esclavos, que se habían salvado a nado; contaron que había en la ciudad tres partidos:  el del dey que se hallaba en el campo delante de Otan, el de Mezzomorte pacha que estaba en la ciudad, y el de los indiferentes que no era favorable ni a uno ni al otro de los primeros y que quería tal vez arruinarlos a los dos; que Mezzomorte se inclinaba por la paz, pero que hallándose vigilado por los amigos del dey que no la quería, se acomodaba sus asentimientos, y amenazaba con bien claro con mandar colocar a los franceses en el cañón, si las bombas eran lanzadas a la ciudad.

Este aviso determinó al almirante a mandar llevar en una máquina la que se conducía casi hasta tierra, la declaración siguiente atada a una plancha en un pergamino: «El mariscal d’Estrées, vice-almirante de Francia, virrey de América, comandando el ejército naval del emperador de Francia, declara a las potencias y milicias del reino de Argel que si, en el curso de esta guerra, se ejecutan las mismas crueldades que han tenido lugar hasta ahora contra los súbditos del emperador su señor, se ejecutarán de la misma manera con los de Argel, comenzando por los más considerables que tiene bajo su poder, y que ha recibido orden de llevarse para este efecto con él. Este 29 de junio de 1688».

El capitán de un barco inglés, fondeado cerca de la ciudad, fue encargado de traerle la respuesta en el revés del escrito del almirante francés, con una carta del pacha para los turcos embarcados en los navíos y en las galeras. Mezzomorte decía al mariscal: «Decís que si nosotros ponemos a los cristianos en la boca del cañón, vos pondréis a los nuestros en la bomba; bueno pues, si arrojáis bombas, nosotros pondremos al rey de los vuestros en el cañón; y si me decís ¿Quién es el rey? Es el consul. No es porque tenemos la guerra es porque arrojáis bombas. Si sois bastante fuertes, venid a tierra o tirad el cañón con los barcos».

El 6 de junio, el guardián Bachi, habiendo hecho pasar revista a todos los pobres prisioneros, comenzó por nombrar a Piole, cónsul francés, y a otros diez, a quienes mandó señalar para ser puestos los primeros en la boca del  cañón. Luego llamó al Sr. Montmasson, a quien señaló también como a los otros diez franceses, y así a los otros, teniendo cada capitán a diez franceses para ir en compañía  con él a la muerte. Se los puso a todos en cadena, también al cónsul; no se puso sin embargo al Sr. Montmasson, ni a los dos hermanos que estaban en su compañía: se quedaron  los dos en la mazmorra unos cuatro días Mientras que el Sr. mariscal d’Estrées hacía los preparativos para bombardear la ciudad, el Sr. Montmasson por su parte hacía todos sus esfuerzos para preparar a estas pobres víctimas a la muerte: casi todos se acercaron a los sacramentos, el propio Sr. cónsul comulgó de su mano con los dos hermanos. El 1 de julio, desde las cinco de la mañana hasta las seis de la tarde, las bombas no dejaron de caer en la ciudad con un gran ruido y haciendo grandes daños. Hacia las 2 de la mañana de ese día, se trasladó a los cristianos esclavos, destinados a la muerte, de la mazmorra del Beylic a un fonduc, que es una especie de parque alejado de la ciudad a un tiro de mosquete, donde se encerraban de ordinario toda clase de animales. Hacia las 11 de la misma mañana, el guardián del puerto vino a llevarse al cónsul  a la Marine, acompañado de otros cuatro franceses, de los que tres pasaron a la boca del cañón, quedando suspendidos por los pies, a la vista del cónsul a quien colocaron con el cuarto en el lugar de donde se los había sacado. No se pueden expresar los insultos que dirigieron al cónsul, después de machacarle a bastonazos.

El 2 de julio, el tiempo no permitió bombardear. Por la mañana del 3 de dicho mes se arrojaron bombas con gran estrépito por todas partes; hacia las once de la mañana, el guardián del puerto vino a llevarse al cónsul por segunda vez y a otros cuatro franceses con él; Piole fue tan maltratado a bastonazos y navajazos que le daban por las calles, que expiró antes de ser puesto en el cañón. Murió fiel a Dios y al rey; sus cuatro compañeros fueron puestos en el cañón después de él.

El 4 de julio, las bombas hicieron fuego como de ordinario, pero no se puso a nadie en el cañón. Los capitanes que se habían quedado en el finduc con el Sr. Montmasson, advirtieron algo de  tristeza en su rostro; ante eso les respondió que no se podía impedir los primeros movimientos de la naturaleza. Le dijeron para consolarle que no debía tener miedo, que el guardián Bachi había jurado salvarle, aunque debiera poner a otra persona en el cañón en su lugar revistiéndole con su hábito o con otro parecido; ante lo cual él replicó con coraje: «No quiera Dios que nadie muera para salvarme la vida, si hay que morir, yo estoy preparado».

El Sr. Montmasson superó todas las debilidades de la naturaleza por el poder de la gracia con el que Nuestro Señor le fortaleció. Desde la mañana siguiente, 5 de julio, el capitán del puerto vino a buscarle, pidiendo al Papas francés; y, dirigiéndose al Sr. Montmasson que se paseaba por el fonduc, rezando el rosario, le preguntó primero si no era francés; a lo que respondió que no, que era saboyano y enviado por el Papa de Roma; a lo cual el capitán le dejó por un momento buscando en el fonduc al papa francés. Algún tiempo después se vio llegar a un renegado del pacha acompañado de otros más, quien abordando al Sr. Montmasson le preguntó si él no era el Vicario; le respondió que sí; entonces le dijo que era al que buscaba; se apoderó de él rápido y de los otros cuatro franceses, para llevarlos a la boca del cañón. Fue aquí donde el Vicario apostólico necesitó de toda la fe, de todo el valor y de toda la generosidad de los apóstoles.

Cuando el Vicario apostólico hubo llegado al lugar del suplicio llegó al lugar del suplicio, no le despacharon inmediatamente, le dejaron languidecer largo tiempo, y fue espectador del suplicio de los demás y de la crueldad con la que se los había tratado, antes de ser expuesto él mismo a los últimos excesos de su furor que no ejercieron del todo a la vez, sino poco a poco y progresando. Una de estas malas personas le cortó una oreja y la nariz, otra le reventó un ojo y le dio un corte en la garganta.

«Pero un hombre que sufre por Dios, como habla un Padre de la Iglesia, no mide los peligros; sólo ve las coronas que le preparan: Pericula non respicit martyr, coronas respicit. No ve ya a los verdugos que le flagelan en la tierra, está todo absorto en la contemplación de Dios y de sus ángeles que le esperan en el cielo». Tales eran las disposiciones del héroe cristiano cuya vida estamos contando.

Estos bárbaros mismos se maravillaron de su gran valor, y de ese silencio admirable con el que soportó tanta injuria, sin dar ninguna señal de debilidad o de turbación y sin proferir ninguna palabra de cólera o de indignación. Por último se le colocó en el cañón, el 5 de julio de 1688,  después de atar sus miembros en forma de cruz de san Andrés, amigo y esposo de la Cruz: O bona crux, tam diu desiderata, securus et gaudens venio ad te, suscipe me discipulum ejus qui pependit in te, magister meus Christus. – Vie ms.; et Mémoires de la Congr. de la Mission.

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