M. Berthe (1622-1694?). Segunda parte

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices II.

II.- (1652-1655). Encarcelamiento del cardenal de Retz (1652). –Sentimientos de san Vicente sobre el caso. –Muerte de Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, el coadjutor toma posesión de la sede por procuración (1654); carta de san Vicente sobre el caso. –Consentimiento verbal y ficticio del cardenal de Retz en dimitir del arzobispado de París; es transferido a Nantes y se escapa de la prisión (8 de agosto de 1654). –Generosidad de san Vicente con él. –El cardenal de Retz en Roma); acogida que le hace el papa Inocencio X; el Soberano Pontífice ordena al Sr. Berthe que aloje en su casa al cardenal fugitivo; respetuosas observaciones del Sr. Berthe; el papa insiste; el Sr. Berthe obedece. –Hugues de Lionne, enviado extraordinario de Luis XIV a Roma; carta severa de Luis XIV a propósito de la hospitalidad ofrecida al cardenal de Retz; ordena el regreso a Francia de los misioneros franceses (1655), -Juicio de san Vicente sobre este incidente.


Estimated Reading Time:

Biografias PaúlesLamentablemente los trabajos y los éxitos de los misioneros en Roma y en el campo, que se sucedían casi sin interrupción, se vieron oscurecidos por una prueba llegada de la política.

«Se sabe cómo, dice el reciente historiador de san Vicente en casa de los Gondi, el Sr. Chandeleuze, el 19 de diciembre de 1652, lleno de una ciega confianza, a pesar de los muchos pareceres secretos que la aconsejaban abstenerse, el cardenal de Retz se dirigió al Louvre y cómo fue detenido por el marqués de Villequier, y de allá llevado al castillo de Vincennes.

«¿Qué debió pensar Vicente de Paúl de la detención de su antiguo alumno? Sus sentimientos en este particular no podrían ser dudosos, bien que, en los documentos de la época no queda ni rastro. El antiguo jefe de la vieja Fronda era con toda seguridad un gran culpable, pero estaba cubierto por la amnistía; príncipe de la Iglesia, arzobispo designado de la diócesis de París, revestido de un carácter sagrado, el poder civil no tenía ningún derecho a retenerle en prisión  sin juzgarle con anterioridad por una corte eclesiástica, lo que jamás se hizo mientras duró su detención. Vicente de Paúl no podía pues aprobar  esta odiosa violencia de un cardenal con respecto de otro cardenal.

El 21 de marzo de 1654, prosigue el mismo historiador, moría el arzobispo de París, Juan Francisco de Gondi. El cardenal de Retz, su coadjutor y sucesor designado, estaba toda vía prisionero en Vincennes. En la previsión de la muerte de su tío, había tenido la sagaz precaución, antes de su prisión, de dar a un miembro del capítulo de Notre Dame una procuración ante fechada, con el fin de que pudiera tomar en su nombre posesión del arzobispado. Esta formalidad fue cumplida una hora después del fallecimiento de Francisco de Gondi, para gran sorpresa y gran descontento de la corte y de Mazarino que esperaban darle por sucesor a un hombre total y ciegamente entregado a su causa, al Sr. de Marca, arzobispo de Toulouse,

«Vicente de Paúl que veía en toda justicia en la persona del cardenal de Retz a su pastor legítimo y que no hubiera visto ascender sino con una extrema repugnancia a la sede de París al Sr. de Marca, de quien Bossuet en su Defensa de las Libertades de la Iglesia galicana ha trazado un retrato de una cruda verdad, Vicente de Paúl fue uno de los primeros en regocijarse por la hábil previsión de Juan Pablo de Gondi. Así fue cómo anunciaba al Sr. Ozenne, superior de la misión de Varsovia, esta buena noticia: «Dios dispuso [264] el sábado pasado del Sr. arzobispo de París, y al mismo tiempo Mons. Cardenal de Retz tomó posesión de esta iglesia por procurador y fue recibido en ella por el capítulo, aunque siga en el fuerte de Vincennes. La Providencia le había hecho hacer una procuración a este efecto y nombrar a dos grandes vicarios algunos días antes de que fuera detenido, con el plan que tenía desde entonces de hacer un viaje a Roma, y eso en caso de que Dios dispusiera del Señor su tío durante su viaje; de suerte que sus grandes vicarios que son dos canónigos de Nuestra Señora  hacen al presente sus funciones y tenemos ordenandos por orden suya. Todo el mundo admira esta previsión por haber tenido su efecto oportunamente, o más bien bajo la dirección de Dios que no ha dejado a la diócesis un solo día sin pastor, cuando quieren darle a otro que el suyo.

«Para vengarse de Mazarino que había mandado condenar las cinco proposiciones, los hombres más movidos del jansenismo aconsejaron al cardenal cautivo que lanzara el entredicho sobre su diócesis durante la semana santa…el papa que no tenía ya nada que tratar con Mazarino después de la publicación de su bula en Francia habría aprobado el entredicho, como lo anunciaba desde Roma el abate Charrier; y Mazarino, en presencia  de este levantamiento general, se habría visto obligado a abrir a su cautivo las puertas de Vincennes. Pero, bien sea que la prisión hubiera acabado con la audacia habitual de Retz, bien que esperara ser devuelto a la libertad fingiendo entrar en negociación con la corte para tratar del canje de su arzobispado, hizo oídos de mercader a la propuesta de sus partidarios, con la firme intención de volverse atrás una vez que estuviera libre, consintió verbalmente en otorgar su dimisión de arzobispo a cambio de siete abadías con una renta de ciento veinticinco mil libras que le ofrecía Mazarino y, a la espera de que se pronunciara el papa sobre la validez o la nulidad de esta acta, fue conducido al castillo de Nantes, bajo la custodia de su pariente el mariscal de la Mailleraye. Como la dimisión del cardenal había tenido lugar durante su prisión y el papa temía al sucesor que la corte de Francia que el papa quería darle, no dudó en declarar que, habiéndose visto forzado, era nula. La cautividad de Retz amenazaba pues con prolongarse indefinidamente, cuando el 8 de agosto de 1654, burlando la vigilancia de sus guardianes, logró evadirse de castillo de Nantes.

«Desde la huida del cardenal de Retz que se había apresurado a revocar su dimisión del arzobispado de París, Mazarino, exasperado por haber sido burlado tan vergonzosamente por su más mortal enemigo, persiguió con sus más implacables rigores a quienes de lejos o de cerca se interesaba en su causa o le prestaba ayuda. A la noticia de su evasión había visto París cubrirse de fuegos de alborozo y el canto de los Te Deum cantados en las iglesias le había llegado a mosquear hasta el fondo del Louvre.

[4 notas a propósito: 1. Juan Francisco de Gondi que ocupaba esta sede desde 1622. Había sido el coadjutor de su tío, el cardenal Enrique de Gondi (1598-1622), y tuvo por coadjutor con futura sucesión a su sobrino el cardenal Pablo de Gondi, más conocido con el nombre del cardenal de Retz (1654- 1662).

2. Chantelauze, p. 342. Carta (t. III, p. 41) del 27 de marzo de 1654.

3. «A decir verdad, tan sólo por pura política se había mostrado favorable el cardenal de Retz a los solitarios de Port-Royal, cuyas doctrinas le eran absolutamente indiferentes. Para ser jansenista había que ser antes cristiano, decía un contemporáneo». (Chantelauze, p. 341).

4. Guillaume Charrier, nacido en Lyon, nombrado en la abadía de Chage, diócesis de Meaux, el mes de noviembre de 1623, murió en París en 1667. «Hombre hábil, ardiente y entregado al servicio del Cardenal». «Según las Memorias de Retz, dice el P. Rapin. (Memorias, t. II, p. 50). «Según las Memorias de Retz, dice Léon Aubineau, no habría sido despachado a Roma por el coadjutor, cuyos intereses eran sostenidos por el duque de Orléans, hasta que se hubo recibido en París la noticia de la muerte del cardenal Pancirole, es decir hacia los últimos meses de 1651. Pero Retz había tomado ya sus medidas con anterioridad y el mes de agosto de 1650 había expedido un correo y mensajes a Roma para entenderse con el cardenal Pancirole y la princesa Rossane con motivo de sus pretensiones al capelo. No dijo si el abate Charrier fue empleado en esta primera embajada». (Memorias, del P. Rapin. T. II, p. 377, nota 2).]

Varios párrocos fueron exiliados y, mediante ordenanzas reales, se prohibió a todos los amigos y servidores del cardenal proscrito, bajo pena de prisión o de destierro, tener con él ningún trato. A pesar de estas órdenes despiadadas, ningún amigo de Retz le olvidó ni se negó a ayudarle. Todas las rentas del arzobispado y de sus abadías habían sido secuestradas y se veía reducido a la más profunda desasistencia. La presidenta de Herse desafiando los rayos, hizo entre los jansenistas una fructuosa colecta cuyo producto le fue enviado a Roma, donde había encontrado refugio; y varios de sus amigos, jansenistas en su mayor parte, el Sr. y la Sra, de Liancourt, el Sr de Luynes, el obispo de Châlons y los Srs. de Caumartin, de Bagnols y de la Housaye le prestaron una suma de doscientas sesenta mil libras. Vicente de Paúl, conmovido de piedad  por la suerte de su antiguo alumno, de aquél a quien consideraba como su legítimo pastor, pidió prestados por su parte trescientos doblones para ofrecérselos. Pero el cardenal de Retz que no era hombre para y servidor el abate Charrier.

Aquí, prosigue Chantelauze, debe encontrar sitio el relato de un interesante episodio, que no se conocía hasta ahora más que de una manera muy imperfecta, del que el cardenal de Retz mismo no dice ni palabra  en sus Memorias, y cuya sustancia hemos extraído de los documentos inéditos de los archivos de los asuntos extranjeros».

Debemos al sabio historiador que nos hemos complacido en citar hasta ahora la ventaja de producir aquí las piezas oficiales mismas:

NEGOCIACIONES DEL Sr. GUEFFIER, AGENTE DE FRANCIA EN ROMA

Carta de Gueffier a Brienne

» Del 7 de diciembre de 1654.

Os conté en mi última el consejo que me había dado el ordinario de Lyon que el cardenal de Retz había llegado a Caprarole. Ahora os diré que el pasado martes de incógnito en Roma, había ido al alojamiento del abate Charrier, y el miércoles por la mañana se fue al papa de donde se le vio salir hacia las dieciocho horas en secreto y sin séquito alguno, se diría que Su Santidad le había hecho muchas caricias, asegurándole que le asistirá de buena gana en sus necesidades y que incluso ha mandado que le socorran. Se creía que permanecería algún tiempo en casa del dicho abate, pero el superior de los padres de la Misión francesa que ha tomado un bastante bonito alojamiento vecino de la Trinité du Mont, donde viven ahora doce padres de esa religión de los que seis son franceses y los otros seis Saboyanos, Loreneses e Italianos, habiendo sido llamados por el Sr. Scotti que es mayordomo del papa, le dijo que Su Santidad le había encargado que alojara va dicho cardenal en su casa y estos Padres, de lo cual se había sorprendido mucho, excusándose tanto de lo pequeño que es el alojamiento para un señor de esa calidad como del miedo a que el rey se ofendiera por recibirlo en su casa. A lo cual dicho señor Scotti respondió que no había que poner excusas, ya que el Papa lo quería así absolutamente. A lo cual dicho Padre se decidió a ir a dar cuenta al Sr. cardenal d’Este para saber lo qué convendría hacer en ese momento, quien le dijo que debía hacer lo que pudiera para impedirlo, preguntándole si no había dicho nada, y habiéndole dicho que no, le mandó que viniera a hablarme y un poco después su Alteza (el cardenal d’Este) me mandó a enterarme de lo que pasaba y la respuesta que le había dado, añadiendo que debía saber también de los Srs. cardenales Antoine, y Bichi su sentimiento sobre el asunto y que juzgaba oportuno que yo les hablase también. Seguidamente tras mi salida del alojamiento de Su Alteza, dicho superior vino a verme contarme lo mismo que él le había contado sobre este mandato del Sr Scotti tan expreso de parte del Papa. con lo cual le dije que se cuidara de hacer lo que le habían ordenado y que saliera pronto de aquella vivienda; que debía ir a decir al Sr. Scotti y rogarle que le hiciera encontrar bien al Papa, principalmente sobre el tema que el rey se habría de quejar de él y de sus cohermanos, por haber obedecido a ese mandato, pues podía  estar seguro dejando la vivienda, y lo que yo le había dicho también que debía temer que Su Majestad mandara crear un resentimiento contra él y tal vez incluso contra su congregación, pareciendo que Su Santidad al oírlo cambiaría de parecer y no querría poner a estos buenos religiosos en estos líos; habiéndole reiterado  mi consejo que debía ver lo antes posible al dicho Scotti, hecho lo cual, me vino a ver para decirme que todas estas excusas no habían servido de nada y que Su Santidad quería ser obedecida. De manera que al día siguiente, viniendo de casa de los Señores cardenales susodichos para hablarles, se encontró con la gente del cardenal de Retz que habían traído ya equipaje a su alojamiento y que comenzaban a extender tapices, lo que le obligó a ceder a esta violencia, no pudiendo ya hacer otra cosa sino avisar lo antes posible  al Sr. Vicente, su superior, con el fin de que haga saber en la corte cómo han pasado las cosas. Es verdad que los señores cardenales se han sorprendido no poco de que el Papa se haya mostrado tan pertinaz con este alojamiento, diciendo ahora que puesto que se había llegado hasta ese punto, de nada serviría lamentarse. Si dicho Superior me hubiera creído, se habría marchado de casa y se habría ido a Francia con los otros cinco Franceses que había, pero se temía algún castigo del Papa…»

Siete días después, Gueffier escribía otra vez a Brienne:

Rome, 14 décembre 1654.

» El papa le había hecho ofrecer (al cardenal de Retz) un apartamento en el palacio de San Pedro, lo que le agradeció, prefiriendo ir a vivir con estos Padres de la Misión donde está ahora, como ya os lo he escrito.

Nota: «Para que el cardenal de Retz no se creyera en deuda con los Padres de la Misión, el Papa mandó que le llevasen cuatro mil escudos».

Otra nota: «El cardenal de Retz que se había fracturado el hombro al caerse del caballo estaba lejos de curarse. Encalas se había cerrado en su huida del castillo de Nantes, a Belle-Isle, cuya pérdida fue tanto más sensible al cardenal de Retz, porque la tenía como muy irreparable. Mazarino, en previsión de la muerte próxima de Inocencio y en la esperanza de darle un sucesor que fuera menos hostil a su política y a su persona, había enviado a Roma, con el fin de dirigir a la facción francesa en el cónclave, a Hugues de Lionne en calidad de embajador extraordinario ante los príncipes de Italia.

Éste tenía otra misión que cumplir, la de obtener del nuevo Papa el nombramiento de comisarios eclesiásticos para juzgar al cardenal de Retz. Lionne era portador de un acta de acusación formidable contra el jefe de la antigua Fronda….Había llegado a Roma pocos días después de la muerte de Inocencio X, y no había tardado en enterarse que el cardenal de Retz había encontrado refugio en los Sacerdotes de la Misión. Luis XIV, a su vez, se había enterado de la noticia que el ilustre proscrito había recibido la hospitalidad en un convento francés, pero él ignoraba todavía en cuál y enviaba a Lionne las instrucciones más rigurosas contra Retz y contra los que le hubieran dado asilo: «Me han dicho, le escribía con fecha del 1º de enero de 1655, que el Papa estaba muy interesado en que el cardenal de Retz fuera recibido en una casa de religiosos franceses. ¿Cuál es la orden? Es que no se halla bien señalado, pero la sospecha no recae ni sobre la Trinité du Mont (la casa de la Misión), ni sobre Saint Antoine, ya que en la otra hay religiosos italianos y en mayor número que franceses los cuales, en ésta, no han tolerado a otra nación que la suya; y que el Superior se inclinaba a obedecer (a la orden del Papa), excusándose de la queja (de Lionne en nombre del Rey) por la que se sorprendía, por algunos malos tratos (por parte del Superior). Si hubiera repugnancia (en obedecer las órdenes del Rey) y presentaran resistencia, es mi deseo que le informéis que su tibieza en mi servicio me desagrada, y hacerle temer que mi resentimiento no se extienda más allá de su persona, para en caso de que se defienda mejor de lo que parecía dispuesto, o si hubiera tenido la fortuna que el cardenal (de Retz) hubiera preferido otra vivienda y la hubiera aceptado, le deja con miedo a un castigo seguro, si no ha tenido el valor de seguir el ejemplo del comandante de Saint-Antoine, lo que no tardaréis mucho en aclararme. Sólo me queda recordaros que debéis hablar con la gravedad y altura conveniente a un ministro del rey de Francia, sucesor de aquellos que han legado la soberanía de Roma y los derechos regios y haced, con una conducta uniforme, temerlo todo al Papa y esperarlo todo al Sagrado Colegio, con el fin de que se cambie de forma de actuar.

A algunos días de entonces el conde de Brienne, secretario de Estado de los asuntos extranjeros, escribía por su parte a Lionne:

«8 de enero de 1655.

» Se han encolerizado contra los Padres de la Misión que han recibido al cardenal en su casa. El Padre…(nombre en blanco) Jesuita, que le ha visitado, ha sido tratado de exaltado y los Padres de la Sociedad han sido los primeros en acusarle. Juzgad por ahí cuál puede ser la disposición de nuestro corazón hacia el cardenal.

Provisto de tales instrucciones, Lionne las ejecutó con tanto mayor rigor por tener que hacer olvidar a Mazarino, por un exceso de celo, sus pequeñas perfidias mientras que se había visto obligado a refugiarse en las orillas del Rin. Esto es lo que escribía a Brienne el 31 de enero: » Como todos los Franceses me han hecho la gracia de salir a verme a mi llegada, supe por uno de los míos, que él (el abate Charrier, servidor de Retz) me esperaba en mi antecámara, de donde le envié para que saliera con todos los demás. Me he comportado igual con el Superior de la Misión que también había venido insistiendo en querer hablarme para, decía él, justificarse sobre una orden expresa que había tenido del Papa de alojar a dicho Señor cardenal; pero de nuevo le mandé a decir que yo no podía verle acompañando esta segunda respuesta con la más seca reprimenda de que soy capaz en una materia semejante».

A algunos días de esto. Lionne recibió la orden de Luis XIV de expulsar de Roma a los Padres Franceses de la Misión, y así se lo cuenta a Brienne que ha ejecutado esta orden:

«8 de febrero de 1655.

«….Dejo los asuntos del cónclave para deciros que habiendo recibido vuestra nota del 9 de enero, con la orden del rey de hacer salir de Roma y regresar a Francia al Superior de la Misión y a los demás Sacerdotes Franceses de la Misión, que han alojado al Señor cardenal de Retz, envié a buscar al dicho Superior, al que entregué el original de la orden y me hice con un recibo. Él hizo salir el mismo día a los demás Padres que eran reyes, y él después de dar algunas órdenes para los papeles y los asuntos de la casa, donde se alojaban ocho sacerdotes italianos, salió también; mas por el discurso que me hizo, comprendí que él podría muy bien esperar, en el Estado de Florencia, noticias del padre Vicente. Ello ha constituido todo un triunfo en esta corte ventajoso al servicio del rey…»

No contento con este esplendoroso botín contra los sacerdotes sin defensa, Lionne prohibió a los Franceses tener ninguna relación con el cardenal de Retz, y expulsó de Roma a todos sus amigos y servidores. En cuanto a Retz, gracias a la púrpura de que estaba revestido, pudo hacer cara impunemente a todas las cóleras y las amenazas del enviado de Mazarino que solicitó inútilmente su acta de acusación ante el nuevo papa Alejandro VII.

Así contaba Vicente de Paúl al Sr. Ozenne, superior de la Misión en Varsovia, lo que había pasado a propósito de la hospitalidad que sus sacerdotes de Roma  habían dado a Retz:

«12 de marzo de 1655. Es verdad que nuestra casa de Roma se halla en un estado de sufrimiento, como lo habéis visto en la Gaceta de esa corte; y es por recibir en su casa a Mons. el cardenal de Retz, por mandato del papa, antes de tener conocimiento de la prohibición que había hecho el rey de comunicarse con él, el cual, habiendo encontrado malo este acto de obediencia para con Su Santidad y de gratitud con nuestro arzobispo y bienhechor, ha mandado al Sr. Berthe y a nuestros sacerdotes franceses  salir de Roma y de regresar a Francia, cosa que han hecho. De manera que el Sr. Berthe está ahora en Francia o a punto de llegar por pura obediencia. Yo le había escrito que os fuera a visitar antes de venir aquí, si estaba dispuesto; pero habiendo dispuesto otra cosa la Providencia, in nomine Domini, veremos cuándo y por quién os haremos visitar».

Vicente de Paúl, antes de conocer las instrucciones del rey, y cediendo a un primer impulso de su gran corazón, había dado la orden al Sr. Berthe de recibir en su casa al ilustre proscrito. Podía pues por su parte aplaudirse por esta buena intención, que el Sr. Berthe, bajo el peso de las amenazas de los agentes de Luis XIV, no había podido cumplir más que a regañadientes.

Vicente de Paúl, con el fin de hacer con toda dignidad acto de sumisión a las órdenes del rey pronunció estas palabras ante la comunidad, reunida en San Lázaro para la repetición de la oración del domingo 5 de abril de 1655: «Tenemos motivos de dar gracias a Dios por lo que acaba de pasar en el asunto de Mons. el cardenal de Retz, a quien la Misión de Roma ha recibido en su casa: 1º porque con ello hemos hecho un acto de agradecimiento, habiendo ordenado al superior de la misión en Roma que recibiera en la misión a dicho Señor cardenal; por último en segundo lugar, que se ha realizado también otro hermoso acto de obediencia, obedeciendo al mandato del rey, el cual no contento con los procedimientos del Señor cardenal de Retz, ha visto mal que se le recibiera en nuestra casa en Roma, lo que le ha dado motivos para instar al superior de dicha casa de la misión de Roma y a todos los sacerdotes misioneros franceses que estaban allí a que salieran de Roma y vinieran a Francia,  y ya tenemos al superior que ha llegado aquí. Vean cómo se siguen las virtudes unas a otras y cómo una da origen a otra, y ésta a otra también. Oh, cómo aprecio esto que la Compañía haya realizado este deber de obediencia al Soberano Pontífice. Oh, cómo deseo que la Compañía entre en los sentimientos de gratitud, y que haga una profesión particular de obedecer al Soberano Pontífice, de obedecer al rey, su Príncipe, de suerte que cuando os digan ir, ir; haced eso, hacerlo; cuando os digan, venid aquí, venir enseguida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *