Luisa de Marillac, Carta 0162: Al señor Portail

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Richelieu

Hoy, 13 de agosto (1646)

Señor;

Puedo decirle que estoy convencida de que ha sido la divina Providencia, y no nosotros, quien ha enviado a Richelieu a Sor Turgis,1 ya que no pensé en ella sino la antevíspera de nuestra partida para Nantes, en donde nos encontramos desde el jueves por la tarde; pero estoy persuadida, como usted, de que lo hará muy bien, además de que le será provechoso estar ahí, porque no tiene muchas fuerzas para otro lugar al que a pesar de todo estaba destinada. Espero con la gracia de Dios y las santas instrucciones de usted, que repararán el daño que otras hicieron. Vea usted, señor, si no ha sido más bien Sor Ana, y no Sor Margarita, la que ha introducido la novedad de cofia que me hace usted el favor de exponerme, porque sé que su espíritu es muy inclinado a dárselas de entendida, de devota y piadosa, por no decir de santita, y se presenta así en todas partes. tanto con las señoras como con los pobres; gusta de decir muchas palabras de humildad que tienen toda la apariencia de ser una forma de buscar alabanzas. Mucho mal hay en todo esto, pero de todas formas no pretendo estar hablando más que de las disposiciones de la naturaleza, y espero que la gracia sepa sacar partido de ello; no me atrevería a decirle nada sobre esa propuesta de un velito, como no sea que me parece que el señor (Vicente) lo teme mucho, y con razón, aunque,repetidamente yo le he hecho la indicación, no de un velo, que es muy de temer, sino de algo que pudiera resguardar la cara del mucho frío y del mucho calor, y para ello nos ha permitido que las Hermanas nuevas lleven una «corneta» (o tocado) de tela blanca sobre la cabeza para ponerse a cubierto de esas necesidades; pero que sea de color negro no me parece factible de ninguna manera. En cuanto a los defectos que ha notado usted y otros muchos inconvenientes, tenemos, me parece, que esperar la decisión del señor Vicente.

Dios sea bendito, señor, de que pueda ponerse fin a ese abuso. Entre tanto, conozco las costumbres de ese lugar y no sé si seria conveniente que nuestras Hermanas se adaptasen a ellas más bien que a cualquier otra particularidad. La divina Providencia, adelantándose a que yo supiera lo que pensaba usted de Sor Claudia Brígida,2 hizo que encontráramos a nuestra Sor Juana3 enferma de tal suerte que no podía marchar de Angers, lo que nos hizo decidirnos por tomar a Sor Brígida, de cuyo estado pude también darme cuenta. ¿No es Dios admirable en sus disposiciones sobre nuestra pequeña Compañía? Le ruego humildemente, señor que le dé usted gracias para suplir nuestras ingratitudes.

¡Qué lección da su humildad a mi orgullo! Le diré a usted, señor, que la última vez que hablé con el señor Vicente acerca de los votos, le vi con el pensamiento de resolver si las principiantes los harían por cierto tiempo o para siempre, y yo creo que habrá tomado una resolución para la fiesta de mediados de agosto, a cuya fecha había remitido a varias Hermanas, y con tal motivo me ordenó que dejara aviso de ello al señor Lamberto.

¡Cuánto me hubiera alegrado tener el honor de verle a usted! y de saber, más o menos, el tiempo que va a necesitar todavía para terminar los asuntos que la santísima voluntad de Dios le ha encomendado. Puesto que tiene usted que ir a Gascuña, no olvide de enterarse bien para poder contestarme a todas las preguntas que le he de hacer para tener mejor conocimiento de la persona4 que nos es más querida en este mundo. ¡Cuánta satisfacción he sentido al ver lo mucho que ha trabajado usted en Angers!, y por ello es mayor mi asombro por las debilidades que aún les han quedado a las Hermanas, por las cuales y por mí, la más necesitada, le ruego continúe su valimiento con Dios, para alcanzarnos las bendiciones de que habemos menester, de manera especial para las Hermanas de este Hospital que es en extremo difícil de atender.

Me veo continuamente asediada por las visitas lo que no me deja tiempo para contestar a Sor Turgis; le suplico me disculpe ante ella y me tenga siempre en el amor de Jesús Crucificado, señor, por su muy obediente y humilde servidora.

  1. Isabel Turgis (ver C. 11 n. 1), que acababa de llegar a Richelieu en julio.
  2. Claudia Brígida (ver C. 65 n. 1,).
  3. Juana de Loudun (ver C. 158 n. 8).
  4. El señor Vicente, natural de Pouy, cerca de Dax

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