Luisa de Marillac (12)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Años tormentosos

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAl cabo de catorce años de existencia, la Compañía de las Hijas de la Caridad se ve sacudida por una profunda crisis que desconcierta al conjunto de las Herma­nas y causa enorme inquietud a Luisa de Marillac.

Esta crisis no se presenta de pronto, de improviso. Ya a fines del año 1645, dife­rentes señales precursoras denuncian que el ardor de la llama que animaba a las pri­meras Hermanas se ha debilitado. Algunas se niegan a salir de la parroquia en que están trabajando; otras se enfrentan con su Hermana Sirviente. Se dejan oir críticas y murmuraciones: ¿Por qué vivir con tanta estrechez? ¿No se podría buscar un poco rr de bienestar? Hasta el trato dado a los Pobres encierra menos amor…

Con la preocupación de que toda la Compañía sea fiel al carisma recibido de Dios, Luisa de Marillac sugiere una Conferencia sobre el amor a la vocación. El 13 de febrero de 1646, el Señor Vicente explica a las Hermanas reunidas en la Casa Ma­dre el origen de la Compañía: el acontecimiento de Chátillon, la fundación de las Caridades. Habla detenidamente de Margarita Naseau. A lo largo de su relato y qui­zá para salir al paso de varias críticas, el Señor Vicente pone vigorosamente de relie­ve que es Dios el autor de la Compañía.

«… Dios quería que hubiese una Compañía de Hermanas que se dedi­casen especialmente a servir a los enfermos bajo aquellas Señoras».

«Dios, desde toda la eternidad, os había escogido y elegido para esto (el servicio a los pobres)».

El Señor Vicente habla con insistencia de la pobreza indispensable a las Hijas de la Caridad para servir a los pobres:

«La primera… fue una pobre aldeana; es preciso que os lo diga, hijas mías, para mostrares la Providencia de Dios que quiso que vuestra Com­pañía se compusiese de muchachas pobres, o por nacimiento o por la elección que harían de la pobreza; sí, hijas mías, hablo de mucha­chas pobres, porque es preciso que lo seáis efectivamente».

Al terminar su relato sobre la historia de la Compañía, Vicente afirma de nuevo la acción de Dios y la necesidad de una «pobreza voluntaria». A continuación, pasa a proponer medios para amar la vocación, para vivir en fidelidad a la llamada de Dios.

«Un medio para hacerlo como Dios quiere, es hacerlo en caridad, en ca­ridad, hijas mías».

Y después, repasando las diferentes dificultades con que se tropieza en la vida diaria, propone a las Hermanas que miren de frente lo que perjudica a la caridad, para intentar remediarlo: desprenderse de un «apego» excesivo a una señora, a una Hermana, huir de las críticas, desterrar las murmuraciones con las demás, combatir las antipatías entre Hermanas, hablar con amabilidad y dulzura… y, sobre todo, vita­lizar el amor a Jesucristo y a los pobres.

«… al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo… Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces al día a ver a los enfermos, y diez veces al día encontrará en ellos a Dios…» Por tanto, aficionaos mucho a los pobres, por favor».

Esta conferencia hizo reflexionar a buen número de Hermanas. El Sr. Portail, el Director, que va siguiendo con interés los acontecimientos, escribe desde Le Mans a Luisa de Marillac:

«Alabo a Dios por la misericordia que ha tenido con su Compañía purgándola de malos humores para tornarla más sana y santa».

Ana, que ha escuchado las palabras del Señor Vicente, no se encuentra dis­puesta a seguir la vocación descrita por él. Bruscamente, el 19 de marzo, sale de la Casa Madre. Luisa de Marillac escribe su disgusto al Sr. Portail, que había conoci­do a esta Hermana en Richelieu.

«… Ana, la alta, de Richelieu, tan pronto como pudo sospechar que que­ríamos quitarla, se ha escapado; fue ayer, pero no sabemos dónde ha ido. Ya ve usted, señor, si tenemos necesidad de la asistencia de sus santas oraciones, especialmente yo, que soy causa de todos estos ma­les, de los que le ruego pida a Dios perdón por mí».

¿Sospecha Luisa de Marillac que esta salida va a ser el principio de toda una serie de defecciones?… Durante su estancia en Le Mans, el Señor Portail negocia con los Administradores del Hospital la implantación en el mismo de las Hijas de la Caridad. Desearía que Luisa de Marillac fuera personalmente a acompañar a las Her­manas como lo hizo con las de Angers. El 23 de marzo, el Señor Vicente da una contestación negativa a tal deseo:

«Si lo permitiese la salud de la Señorita Le Gres y si hiciera buen tiempo, siendo después de Pascua, ella podría hacer ese viaje a Le Mans; no creo que antes pueda hacerlo…».

Una carta de Luisa, días después, da otro tipo de razones: destacan entre ellas la humildad y el pesar.

«Sería una gran presunción por mi parte creerme necesaria en los esta­blecimientos de nuestras Hermanas en los diferentes lugares a donde Dios las llama, y menos ahí donde está usted; más bien tengo que te­mer echarlo todo a perder. Pienso que lo que me hace ir a algunos lu­gares es la poca confianza que tengo en la capacidad de las Hermanas, causada por mis malos ejemplos y descuidos en dirigirlas».

Luisa de Marillac se ocupa activamente de los preparativos del viaje. La elección de las Hermanas se hace de acuerdo con el Sr. Vicente y el Sr. Portail. Juana Lepin­tre, que será la Hermana Sirviente, irá acompañada de otras tres Hermanas: Claudia Brígida y Genoveva Caillou, que tienen experiencia hospitalaria por haber trabajado en Angers, y Andrea. La partida se efectúa el 4 de mayo de 1646.

La alegría de una nueva misión se ve pronto ensombrecida por las dificultades que se presentan dentro del hospital de Le Mans. Los antiguos servidores del estableci­miento rechazan a las Hermanas. Luisa de Marillac se considera responsable de tal estado de cosas. Con fecha 25 de mayo, escribe al Sr. Portail:

«Si su caridad no conociera ya hace tiempo nuestras miserias, yo diría que nuestro buen Dios se las quiere hacer experimentar con las dificul­tades que El dispone tenga usted en la negociación del asunto en el que con tanta generosidad está trabajando por el servicio de sus po­bres. Para mí es una gran confusión el pensar que sólo nuestras ruinda­des y malas disposiciones son las que causan tanta perturbación para aceptar nuestros servicios».

Después de tres semanas de prueba y negociaciones, no hay más remedio que reconocer el fracaso de esta nueva fundación hospitalaria. Dos de las Hermanas re­gresan a París y las otras dos marchan a Angers para aportar un refuerzo a la Comu­nidad. Efectivamente, durante el transcurso de ese mismo mes de mayo, Luisa de Marillac ha recibido una carta del Sr. Ratier, Adjunto del Abad de Vaux, comunicán­dole el fallecimiento de María Despinal y la salida de Catalina Huitmill.

María Despinal, que estaba en Angers desde hacía dos años, dejaba huella en el hospital por su alegría sencilla, su gran bondad, su profundo amor a Dios y a los pobres. El Sr. Ratier escribe:

«No he visto nunca señales más evidentes de predestinación que en es­ta Hermana; y no deja de asombrarme tanto sufrimiento en tanta ino­cencia…».

A Luisa de Marillac le afecta mucho esta muerte que ocurre poco después de la de otras dos Hermanas jóvenes: María, que estaba en Saint Denis, y Jacoba Midy que «soportaba con gran paciencia ser reprendida por sus faltas; aunque le costaba trabajo quebrantar su voluntad, se sometía con gran paz».

La salida de Catalina Huitmill conmueve a la Comunidad de Angers. Catalina parecía haber entrado en la Compañía por persuasión de su hermano, Sacerdote de la Misión. En Angers, a donde llegó en mayo de 1644, demostró cierta repugnancia a cuidar a los enfermos. Poco a poco se va perfilando su intención de dejar el hospi­tal. Planea fugarse bajo un disfraz para no ser reconocida; pero no se atreve a regre­sar a París, por temor a la reacción de su hermano y de la Señorita. El Sr. Ratier, a quien esta pobre persona infunde compasión, no sabe cómo resolver su problema. Escribe a Luisa de Marillac:

«No tiene intención de obrar mal ni de perderse… Dice que nunca ha tenido vocación y que su hermano la ha traicionado comprometiéndo­la con ustedes».

Luisa de Marillac envía rápidamente un mensaje a Magdalena Mongert, Herma­na Sirviente del Hospital:

«Déle (a Catalina) completa seguridad de que la recibiremos bien y si desea dejar la Compañía para ponerse a servir, nos ocuparemos con todo cuidado de buscarle colocación; pero que se guarde de cometer la falta de marcharse como una vagabunda».

Las cartas sucesivas no vuelven a hablar de Catalina. Sin duda, regresó con sus padres.

Las dificultades van presentándose por todas partes. La Casa Madre se encuen­tra, desde hace unos meses, desconcertada por el comportamiento de Sor Jacqueli­ne, una de las primeras Hijas de la Caridad, que formaba parte del grupo del 29 de noviembre de 1633. Jacqueline, pues, muestra un espíritu crítico hacia todo lo que se hace en la Comunidad y no tiene otra idea que ir a contar su descontento a las Hermanas jóvenes. No tolera ningún reproche y a la menor observación que se le hace se pone insoportable.

En el Consejo del 28 de junio de ese mismo año 1646, el Sr. Vicente cree que debe proponer el despido de esta Hermana cuya conducta es causa de desorden. La cuestión se debate detenidamente porque Jacqueline «ha hecho muchos servi­cios a los pobres». Pero al presente parece vivir a disgusto en la Comunidad. Luisa de Marillac piensa que no puede quedarse en la Compañía y se esfuerza por buscarle una colocación; ha tenido ya algún contacto para ello con la Sra. Larnoignon.

En ese mismo Consejo se constituye la Comunidad que Luisa de Marillac se dis­pone a acompañar a Nantes a finales del mes siguiente. Se escogen seis Hermanas; entre ellas, Isabel Martín queda nombrada Hermana Sirviente.

La ausencia de Luisa se prolongará dos meses. Antes de marchar, deja todo or­ganizado para que la Compañía no se resienta de su ausencia. Juana Lepintre, que ha regresado de Le Mans, queda nombrada Hermana Sirviente de toda la Compañía. Cada quince días habrá de reunirse con las dos oficialas (consejeras) para estudiar los problemas que se presenten y con regularidad pedirá consejo al Sr. Vicente o al Sr. Lamberto. Las demás Hermanas de la Casa Madre quedan confirmadas en sus oficios; la Hermana responsable de las curas y cuidados a los enfermos; la encarga­da de la portería; la Hermana cocinera… Se designa a algunas Hermanas más anti­guas, como Enriqueta Gesseaume, Genoveva Poisson, Bárbara Angiboust, Isabel He­Ilot… para ir a visitar periódicamente a las Hermanas que trabajan en las parroquias de París.

Durante el mes de julio, Luisa de Marillac encuentra tiempo para volver a leer y corregir el texto del Reglamento de 1,4 Compañía, que habrá de ser sometido al Arzobispo de París.

El 26 de julio, Luisa, a quien acompaña Francisca Noret, se embarca con las seis Hermanas destinadas a Nantes, más Isabel Turgis que quedará en Richelieu. El relato del viaje que Luisa redacta a petición del Sr. Vicente, nos permite seguir a las viaje­ras. Es un viaje largo —14 días—, que se hace primero por camino firme hasta Or­leans; luego, navegando por el Loira. El relato está salpicado de episodios sabrosos:

«Tomamos todas la diligencia de Orleans y nos mantuvimos muy alegres sin que, por gracia de Dios, faltáramos a las observancias, ex­cepto que en las horas de oración y de silencio nos dejábamos vencer por el sueño, de lo que a veces echábamos la culpa al calor».

En Pont-de-Cé, no lejos de Angers, echan a las Hermanas de la posada en la que debían alojarse:

«… porque no quisimos que mataran unos pollos, para evitar el peligro de que los sirvieran el viernes…».

Felizmente, la mujer del cirujano las recibió en su casa, porque, según escribe Luisa, «estábamos muy cansadas».

En Nantes, las Señoras de la Caridad, algunos eclesiásticos y una multitud de gente que salen a su encuentro, las reciben con gran entusiasmo. Y las llevan en carroza hasta el Hospital, en medio de los aplausos de la población.

Luisa permanece un mes en Nantes; se entrevista con los Administradores, pre­para con ellos el contrato y los términos en que ha de quedar formulado; visita al Alcalde de la ciudad, al Vicario General de la diócesis; ve igualmente al Señor de Jonchéres, Capellán del Monasterio de la Visitación, quien acepta ser el confesor de las Hermanas y consejero de la nueva Comunidad. Durante su estancia, Luisa se ve asediada por numerosas personas que desean verla, que quieren tomar parte en el trabajo de las Hermanas, servir a los enfermos con ellas. Luisa se queja, con cierta dosis de buen humor, al Sr. Vicente:

«… Echo un poco la culpa a su caridad de los honores que aquí se nos dispensan. En nombre de Dios, señor, no engañe usted más a nadie acerca de mí, me toman por una gran señora. Yo creo que no queda ni una sola señora de distinción que no haya venido a vernos y hay personas que han venido exprofeso del campo. ¡Ah! y ¡cómo arderé un día y qué confusión será para mí! ¡Qué se cumpla la voluntad de Dios!».

En ese tiempo transcurrido en Nantes, sube con frecuencia desde el corazón de Luisa un himno de acción de gracias:

«¡Quiera Dios, mi muy Honorable Padre, que tenga yo suficiente virtud y amor para agradecer los cuidados que la divina Providencia toma de nosotras! ¡Cómo cantaría entonces sus alabanzas!»

A principios de septiembre, Luisa escribe en parecidos términos a Juana Lepintre:

«… alabo a Dios con todo mi corazón por las gracias que otorga a nues­tra pequeña Compañía, y por las bendiciones que su bondad derrama sobre el gobierno de usted. ¡Cuánto amo a nuestras queridas Herma­nas por dar tantas pruebas de fidelidad a su vocación!».

La alegría de Luisa se ve un tanto frenada por las relaciones de su hijo Miguel con un tal Conde de Mauny…

Una vez de regreso a París, se ve de nuevo absorbida por los problemas de cada día propios de la Superiora de la Compañía. Petra, que se había marchado, desea vol­ver con las Hijas de la Caridad:

«… está haciendo todo lo que puede para volver a ingresar, hasta estaría dispuesta, según dice, a ir a arrojarse a los pies de la Reina».

En la Casa Madre, Margarita, de Turenne, se niega a trabajar, se queja de todo: de las Hermanas, del trabajo, de la comida. En el Consejo del 25 de octubre de 1646, Luisa de Marillac propone se estudie su despido. El Señor Vicente da su parecer:

«… os diré, por lo que la conozco, que está aquí para dar a su padre y a su madre la satisfacción de tenerla lejos de ellos. Viviendo de la manera que vive, no creo que pueda hacer nunca nada con ustedes. En el mundo podrá hacer algo y salvarse…».

Luisa tendrá que asumir el delicado encargo de escribir a los padres de la Her­mana y al Sr. de Mondión, Párroco de Saché, que fue quien la envió.

El invierno de 1646-1647 lleva la huella de enfermedades y fallecimiento de mu­chas Hermanas. A fines de marzo o principios de abril, Luisa escribe a Isabel Turgis:

«… Desde hace seis meses hemos tenido tantas enfermas que nuestra enfermería no ha dejado de estar llena».

Ya en noviembre de 1646, Maturina muere en Saint Denis; luego la seguirá Petri­ta Fleury, Francisca de Montargis, Florencia, Hermana oriunda de Saintonge, Micae­la, la alta, de Richelieu…

A comienzos de ese mismo invierno de 1646, queda firmado el documento de erección que pone a la Compañía bajo la dirección del Arzobispo de París, lo que produce malestar a Luisa de Marillac (ver Ecos de enero).

En marzo de 1647, Luisa, apenas repuesta de una larga enfermedad, recibe, una tras otra, cinco cartas procedentes del Hospital de Nantes: una, del Sr. de Jonché­res, confesor de las Hermanas; otra, de un sacerdote del Hospital, de la Hermana Sirviente y de otras dos Hermanas. Todas estas cartas dan cuenta de los graves con flictos comunitarios que existen allá. Algunos acusan a Isabel Martín, la Hermana Sirviente:

«Trata a las Hermanas con demasiado autoritarismo y suficiencia; cuan­do les manda o les prohibe algo, es siempre con un estilo triste, extra­ño, melancólico, despechado, demasiado altanero, y continuamente las molesta por naderías, lo que las desanima mucho».

Otras cartas acusan al Capellán del hospital de entrometerse demasiado en la vida diaria de la Comunidad y apoyar a un grupo de Hermanas en contra de la Her­mana Sirviente:

«Veo a varias Hermanas nuestras tener un trato tan familiar con el Sr. Capellán, que con frecuencia los veo juntos, unas veces en las salas, otras en el desván o bien en la habitación de él, lo que me ha causado mucho disgusto. Pero cuando, estando juntos, nos ven llegar, se van por otro lado».

El clima de sospechas mutuas que reina entre las ocho Hermanas provoca inso­portables silencios, críticas y habladurías fuera de la Comunidad. De ello se resiente el servicio a los pobres, se descuida a los enfermos y llega a darse el caso de que algunos mueren sin haber recibido los Santos Sacramentos.

Luisa queda desconsolada ante ese «inmenso desorden» que reina en Nantes. Empieza por pedir una entrevista al Sr. Vicente. El Sr. de Jonchéres ha propuesto se envíe a la Comunidad un confesor extraordinario: podría ser el Abad de Angers o un amigo suyo, el Sr. d’Annemont. Es este último el que va, y el grupo de Herma­nas opuestas a la Hermana Sirviente le reciben mal. Luisa propone entonces a Vi­cente que sea él mismo quien intervenga:

«Otra cosa que me parece muy necesaria y de gran utilidad es que su caridad, si lo tiene a bien, se tome la molestia de escribir una carta pa­ra todas nuestras Hermanas, manifestándoles algo de descontento y a la vez animándolas».

Sufre profundamente con sus Hermanas estos males que pesan de una manera directa sobre ella:

«¡De verdad, mi muy Honorable Padre, esta pobre Compañía tiene mu­cho que sufrir bajo mi ruin gobierno! Por eso me atrevo a pensar que Dios ha de liberarla pronto de esa cautividad que tantos obstáculos pone a la perfección de su obra».

Nada parece eficaz para acabar con los conflictos de Nantes. Para juzgar de la situación, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac deciden enviar allá a Sor Juana Lepin­tre. Luisa anuncia a las Hermanas la visita regular:

«Sor Juana Lepintre va a verlas de parte del Sr. Vicente, y creo que su caridad me habría enviado a mí si hubiera recobrado más fuerzas des­de mi grave enfermedad. ¿Y saben por qué, mis queridas Hermanas? Para poder escuchar de sus propios labios las disposiciones en que se encuentran y de dónde pueden venir los pequeños disturbios que se acusan en su Compañía, y cómo se ha podido introducir la cizaña que parece querer sofocar el buen grano. ¡Ah, queridas Hermanas! ¡Cuán­tos motivos tengo para temer que hayan sido mis malos ejemplos los que han causado esa desgraciada influencia en sus espíritus…».

Al mismo tiempo que prepara el viaje a Nantes de Juana Lepintre, Luisa organi­za también el de Ana Hardemont y María Lullen a Montreuil sur Mer, a donde van a servir a los enfermos en el hospital, respondiendo a la llamada del Conde de Lannoy. Juana Lepintre sale de París hacia el 20 de junio; las otras dos, que van a Montreuil, el 26, después de haber recibido los consejos del Sr. Vicente y de la Señorita.

Los meses de julio y agosto también quedan marcados con la huella de acontecimientos desconcertantes y dolorosos. Luisa de Marillac se pregunta: «¿Cómo ayudar a las Hermanas a rehacerse, a vivir con mayor serenidad este período tan difícil para la Compañía?».

La Conferencia del 22 de septiembre de 1647 constituye como una mirada clara dirigida a la situación. Guíadas por el Sr. Vicente, las Hermanas reflexionan en lo que es la tentación, reflexionan en la perseverancia en la vocación.

La tentación contra la vocación puede ser una prueba —un «test», diríamos ahora — de la fidelidad a Dios; también puede presentarse después de un tiempo de negligencia en la práctica de las reglas. Un diálogo se abre entre todas las participan­tes:

«— Hija mía, ¿qué tiene que hacer una hermana que se sienta tentada y le entren deseos de dejarlo todo?

Pienso que hay que abrirse a nuestros superiores como a las perso­nas que Dios nos ha dado como guías en nuestra vocación.

¿Cree usted, hija mía que es éste un medio para vencer la tentación?

Sí, ciertamente, es un medio y muy infalible, con tal de que esto se haga sencillamente y con el deseo de seguir los consejos que se nos den, porque no hay nada que acabe tanto con los golpes del diablo como manifestarlos…

Y usted, hija mía, ¿qué hay que hacer cuando uno se siente tenta­do? ¿Qué medio cree que nos puede servir para resistir?

La Hermana respondió que era conveniente volver a leer las reso­luciones tomadas durante los retiros.

Hijas mías, ¡éste es un buen medio! Porque son pensamientos que nos han venido de Dios en el tiempo en que tratábamos más familiar­mente con El: son otras tantas provisiones que nos da para el caso de necesidad».

Al terminar la Conferencia, Vicente repite a las Hermanas que no hay que extra­ñarse nunca de la tentación. Los Santos, los Apóstoles fueron tentados. Lo que hay que hacer es tomar los medios para resistir la tentación:

«Así, pues, mis queridas hijas, amad vuestras reglas y consideradlas como el camino por el que Dios quiere conduciros hasta El…».

Poco a poco vuelve a ir reinando la tranquilidad en la Compañía. El año 1648 no registrará más que una salida y un solo despido. En Nantes, la Comunidad vuelve a cimentarse en la Caridad. Luisa de Marillac escribe a Isabel Martín, que se encuen­tra en Richelieu:

«si caminamos así en la presencia de Dios, nos ahorraremos muchas penas que nosotros mismos nos acarreamos con la búsqueda y el amor desordenado de nuestras propias satisfacciones. Quiero creer que se halla usted en tal práctica, porque sé que en verdad quiere usted amar a Dios y servirle durante toda su vida…».

Los meses de crisis han servido para lanzar a cada una de las Hermanas el reto de ser consciente de la vocación que ha recibida de Dios, vocación nueva en la Igle­sia, vocación a veces discutida en la sociedad del siglo XVII. Precisamente para man­tener la veracidad de la respuesta dada por la Compañía a esa vocación, Luisa, en noviembre de 1647, ruega una vez más al Sr. Vicente que sea él —y después de él sus sucesores— el Superior General de las Hijas de la Caridad.

En el correr de aquellos largos meses, Luisa de Marillac se ha dejado cincelar por la gracia de Dios. Persuadida al principio de que la pesada responsabilidad en aquella crisis por la que pasaba la Compañía recaía sobre ella, va descubriendo poco a poco en la misma la obra purificadora de Dios, las dificultades propias de todo cre­cimiento. La nueva «vitalidad» de la Compañía después de todos aquellos sobresal­tos, es prueba de que Dios vela por ella. Luisa comunica esa convicción profunda que ha adquirido a Juana Lepintre, la nueva Hermana Sirviente de Nantes:

«Adoremos y amemos siempre las disposiciones de la divina Providencia, único y verdadero apoyo de las Hijas de la Caridad…».

En esta época (entre 1647 y 1650), un 24 de agosto, víspera de la fiesta de San Luis, su patrono, Luisa escribe a Vicente una carta que revela su unión íntima al mis­terio de Amor de Dios, a ese misterio de la Encarnación en el que medita con tanta frecuencia:

«Mi corazón (está) todavía lleno de gozo por la inteligencia que me parece le ha dado nuestro buen Dios de estas palabras: «¡Dios es mi Dios!».

Dios es mi Dios: Luisa de Marillac exalta el don de Dios a la humanidad. Dios se ha hecho uno de nosotros en la persona de Jesucristo. El hombre es grande a los ojos de Dios.

Dios es mi Dios: Luisa de Marillac reconoce, en toda su vida, los pasos de Dios hacia ella. Sabe con certeza que Dios la ama con un amor sin medida.

Dios es mi Dios: Luisa proclama con alegría la grandeza de la vocación que ha recibido: servir a Dios, a su Dios en la persona de los Pobres.

Dios es mi Dios: Luisa no puede callar la inmensa alegría que se experimenta entregándose a ese Amor. ¡Con qué emoción se prepara al encuentro con su Dios en la Eucaristía!

Dios es mi Dios: Luisa responde a ese Amor divino con el don de todo su ser para convertirse en la sierva de su Dios, en la sierva de todas esas hijas que Dios le ha encomendado.

Luisa de Marillac, totalmente desprendida de sí misma, apaciguada en Dios, es­tá ahora disponible para la obra de afianzamiento de la Compañía que va a llevar a cabo en los últimos años de su vida.

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