Años tormentosos (1645-1649)
En octubre de 1644, Luisa de Marillac fue, como sabemos, en peregrinación a Chartres para encomendar a la Santísima Virgen la Compañía y pedirle que fuera Ella por siempre su Única Madre y Guardiana. Pero allí oró también por su hijo Miguel, el domingo 16 de octubre.
«La (devoción) del domingo fue por las necesidades de mi hijo».
Poco después de su regreso, Luisa de Marillac tuvo que enfrentarse con dificultades de todo género. La conducta de su hijo Miguel hiere profundamente su corazón de madre. La Compañía de las Hijas de la Caridad se ve sacudida por la salida de Hermanas ya antiguas. Una verdadera tempestad se desencadena sobre Luisa atacando lo que más quiere: su hijo y la Compañía de las Hijas de la Caridad. De esta época de sufrimiento, Luisa saldrá crecida, serenada, pacificada en Dios.
Los problemas con su hijo Miguel
Seis semanas después de la peregrinación a Chartres, el 2 de diciembre de 1644, Luisa de Marillac escribe al Sr. Vicente una carta llena de angustia: su hijo ha desaparecido, no se sabe dónde está. Luisa deja escapar su sufrimiento y pide auxilio:
«Bien sabe usted que mi dolor y mis temores son grandes…
No puedo tener ayuda de nadie en el mundo, ni la he tenido nunca, más que de su Caridad».
¿Cuáles son, pues, los temores de Luisa de Marillac por lo que se refiere a su hijo? ¿A qué se debe tanta ansiedad? A sus 31 años, ¿no es libre Miguel de llevar la vida que quiera?
Miguel Le Gras tuvo una infancia difícil. De los 9 a los 12 años vivió entre un padre enfermo que se había vuelto muy irascible, y una madre triste y deprimida. Después de la muerte de su padre, en 1625, tiene la suerte de conocer a Vicente de Paúl que va a desempeñar con él la misión de educador reemplazando al padre fallecido.
Los años de estudio en el Colegio Mayor son difíciles. Miguel trabaja con mucha irregularidad y se muestra muy fluctuante en cuanto a su porvenir: ¿se decidirá, o no, por ser sacerdote?
Miguel tiene 20 años cuando su madre recibe en su casa al primer grupo de Hijas de la Caridad. ¿Cuál fue su reacción al ver su casa ocupada por unas muchachas que no conoce y a las que su madre dedica mucho tiempo y atención? En aquel momento, él está interno con los jesuitas para prepararse al sacerdocio. En las vacaciones, va a San Lázaro donde el Sr. Vicente le acoge con afecto.
Las relaciones entre Miguel y su madre parecen a veces tensas, hasta conflictivas. Un día, Miguel, sin duda preocupado por lo que acaba de ocurrir, va en busca del Sr. Vicente para contarle una entrevista que ha tenido con su madre.
«… he visto y hablado a su hijo y él me ha dicho, con un ánimo muy sereno y sosegado que la había visto a usted y que le había dado a usted un desvanecimiento…»
¿Qué le diría el hijo a la madre para que la reacción de ésta fuera un síncope? ¡El dolor de Luisa puede compararse al de Santa Mónica frente a su hijo Agustín!
A medida que van pasando los años, Miguel duda cada vez más acerca de comprometerse en las órdenes sagradas. Desea despojarse de la sotana, que lleva desde el Seminario Menor. A Luisa le causa un gran dolor: ¿no será una infidelidad a Dios? El Señor Vicente se muestra bastante firme:
«No he visto jamás a una mujer como usted ni que tome las cosas tan a la tremenda… La elección hecha por su hijo, dice usted, es una prueba de que la justicia de Dios descarga sobre usted… Ya le he dicho en otras ocasiones que no hable de ese modo…»
Dos años después, el Sr. Vicente sigue insistiendo con Luisa para que respete la libertad de su hijo. Una vocación no puede ser dictada por la madre; sólo Dios puede ser su autor.
«Le diré a usted que su hijo ha dicho al Sr. de La Salle que no entraba en tal estado sino porque usted lo quería; que se ha deseado la muerte a causa de esto y que por complacerla recibiría las órdenes menores. Pues bien, dígame usted si eso es una vocación…
Su voluntad no está libre para determinarse en cosa de tan grande importancia, y usted no debe desearlo… Deje a Dios que El le guíe; El es más padre suyo que usted su madre y lo ama más que usted. Déjele que sea El quien se encargue de guiarle».
La firmeza del Sr. Vicente permite que tanto Miguel como su madre vean las cosas con más serenidad. Poco a poco, Miguel va abandonando la idea del sacerdocio y busca en qué ocuparse. Encuentra otros gentileshombres de su edad y lleva con ellos una vida bastante poco seria. Luisa se inquieta mucho por la conducta de su hijo. Su desaparición en diciembre de 1644 la hiere más que la sorprende. Y sospecha en seguida que Miguel se ha fugado con una muchacha.
Unos meses más tarde se da con ellos. A la muchacha se la ingresa en las «Hijas de la Magdalena», monasterio fundado para jóvenes arrepentidas. Miguel vuelve a San Lázaro. En julio de 1645, el capellán del Monasterio de la Magdalena se hace intérprete de la muchacha que da muestras de verdadera conversión y desea volver a su casa. Luisa de Marillac desconfía de tales sentimientos. Sabe que su hijo no tiene más deseo que reunirse de nuevo con su amor. De nuevo vuelca en San Vicente toda su angustia de madre:
«… el própósito de él (Miguel) es asociarse, después del matrimonio, con los padres de la muchacha que tienen un negocio de venta de vino o retirarse a esa región para vivir en paz y sin hacer nada. Parece, pues, con toda probabilidad que el pensamiento de ella es que tan pronto como salga, él irá a buscarla.
Le pido muy humildemente perdón, señor, por hablarle de este asunto que para mí es tan reciente como el primer día, y en algunos momentos se me hace tan doloroso como no puedo ni expresarlo».
Pasan los meses y Miguel parece haber olvidado a aquella muchacha objeto de un amor pasajero. Pero su conducta sigue siendo fuente de inquietud para su madre. Un día se decide a hablarle claro. Miguel lo toma a mal y desaparece de nuevo.
¡Qué dolor tan grande! Si Dios no tiene piedad de mí, no sé lo que haré —escribe Luisa al Sr. Vicente—. Ayúdeme usted a permanecer fuertemente unida a Jesús Crucificado».
Los años 1645-1648 son para Luisa años de sufrimiento agudo. ¿Qué hace su hijo con el conde de Mauny? ¿A quién recibe en su habitación de San Lázaro? ¿Qué crimen ha cometido allí? Las cartas de esta época revelan la angustia de Luisa, su preocupación por la salvación de su hijo. En marzo de 1646, envía a San Lázaro un cuadro de la Santísima Virgen y explica al Sr. Vicente:
«… mi intención (era) que el cuadro de la Santísima Virgen fuera… para servir de ornato en un altar dedicado a la Virgen Santísima, para reparar en cierto modo las faltas de mi hijo, habiendo empleado en su ejecución algunas sortijas que me quedaban. Por eso le ruego humildemente, señor, acepte que sea en su iglesia donde se haga esta expiación, ya que he sido tan desgraciada que el delito ha salido de una de sus casas por este hijo mío…»
En abril de 1647, Luisa deja escapar una vez más, dolorosamente, el sufrimiento que le sigue ocasionando Miguel:
«¡Dios mío! ¡Cuánto sufre mi orgullo con éstas cosas y qué tranquilidad hubiera sido para mí quedar libre de ellas! La santísima voluntad de Dios no lo ha permitido, sea bendita por siempre…»
Es probable que todo el dolor actual de Luisa se vea exacerbado por la evocación inconsciente de sus sufrimientos de niña y de adolescente. En su hijo Miguel, que cuenta con 32-35 años, ¿no revive Luisa el recuerdo de su propio padre, que a esa misma edad la concibió fuera del matrimonio? ¿En lo más íntimo de su ser no anida el temor de que sea concebido un niño que llevaría, como ella, el sello del sufrimiento toda su vida?… Es muy probable…
En 1649, el Señor Vicente, con el deseo de proporcionar a Miguel una estabilidad, le nombra «baile» o «bailío», es decir, una especie de juez o administrador de justicia en las tierras de San Lázaro. Luisa de Marillac desea que su hijo funde un hogar, pero ¿cómo encontrar a la mujer que acepte unirse a él? Al día siguiente de la fiesta de la Ascensión, el Señor Vicente levanta su ánimo:
En nombre de Dios, Señorita, no se preocupe por el Sr ‘Baile. ¿No ve usted el cuidado extraordinario que Nuestro Señor ha tenido con él, casi sin usted? Deje obrar a su divina Majestad; El mostrará a la madre, que cuida de tantos niños, la satisfacción que esto le proporciona tomando cuidado de su hijo, cuidado que no podrá ella nunca superar en bondad»
Poco después, la Sra. Romilly, amiga de Luisa de Marillac, propone como futura esposa de Miguel a la Srta. Portier, cuyos padres residen en la feligresía de San Pablo, en París. Se concierta una visita entre las familias para ver lo que cada parte va a aportar al matrimonio. Como Luisa de Marillac está ausente, visitando a las Hermanas de Liancourt, el Sr. Vicente la representa. Previamente, ella le ha recomendado prudencia y discreción, como se acostumbraba en su ambiente social:
«… es costumbre que se observa en estos casos no declarar con toda claridad lo que uno tiene, a causa del perjuicio que podría resultar si el proyecto no se realizase…»
Tres días después, Vicente da cuenta a Luisa de la entrevista:
«… darán quince mil libras a esa buena señorita, y puede esperar otras tantas a la muerte de sus padres. Yo expuse en detalle la situación financiera del Sr ‘Baile’, en presencia de la Sra. de Aiguillon, que fue de parecer que esas cosas no se tratan en general, como usted pensaba…»
El Sr. Vicente es consciente de que ha obrado de manera opuesta a las recomendaciones de Luisa de Marillac; por eso se apoya en la opinión de la Duquesa de Aiguillon. Pero, ¡qué diferencia de puntos de vista entre Vicente y Luisa!
El matrimonio de Miguel y la Srta. Portier no se llevará a efecto porque el padre de la joven desea un «buen partido» para su hija. Por lo tanto se renuncia a proseguir las gestiones.
Y ahora la elección recae en Gabriela Le Clerc, hija del Señor de Cheneviéres. Las negociaciones entre ambas familias se llevan rápidamente y sin dificultades. En diciembre, Luisa comunica al Señor Vicente su alegría por la visita que va a recibir de su futura nuera: irá a verla, acompañada de su tío, para ultimar los preparativos de la boda.
Pero Luisa tiene que hacer otra gestión más difícil y delicada. Para asegurar ingresos suficientes a la nueva pareja, se trata de comprar para Miguel, según la costumbre de la época, el cargo de Consejero en la Casa de la Moneda, cargo que actualmente desempeña el Señor de la Rochemaillet, tío de Gabriela. Luisa es pobre y no tiene otro recurso que pedir ayuda a su familia. Se dirige para ello al Conde de Maure, marido de Ana de Attichy, su prima.
«Es para mí una aflicción muy grande, si, como cristiana, no tuviese que amar el desprecio que de ordinario se sigue a la pobreza…»
Luisa explica que carece de bienes, que dispone de poco dinero para dar a su hijo en esta ocasión y, con humildad, recuerda la ayuda que ella y su marido prestaron a los hijos de la familia de Attichy cuando, muy jóvenes, perdieron a sus padres. Luisa hará la misma petición a María Angélica de Atry, hija de otra prima suya: Genoveva de Attichy. Parece que ambas peticiones fueron acogidas favorablemente.
El 18 de enero de 1650 es día de gozo para Luisa de Marillac. En ese día se celebra, en la iglesia de San Salvador, el matrimonio de Miguel Le Gras y Gabriela Le Clerc. La víspera, ha recibido una esquelita del Sr. Vicente:
«Ruego a Nuestro Señor bendiga a los novios y que le dé a usted las disposiciones que dio a la Santísima Virgen cuando asistió con su Hijo a las bodas de Caná».
A principios del año siguiente, nace la pequeña Luisa Renata. Para colmo de alegría de la abuela y de las Hermanas, sus padres la llevan con frecuencia a verlas. A Luisa Renata las Hermanas la llaman familiarmente «la Hermanita».
A la hora de la muerte de Luisa, Miguel, su mujer y su hija se hallaron presentes y recibieron su bendición. El fallecimiento de Miguel ocurrirá en 1696. Luisa Renata, convertida por su matrimonio en Srta. de Ormilly, no parece haber tenido descendencia.
En 1631, Luisa de Marillac que seguía buscando la voluntad de Dios, se había preguntado si era posible conciliar su vida de madre de familia con la de formadora de las Siervas de los Pobres. El Sr. Vicente con su buen sentido y una pizca de humor, le había contestado:
«Ciertamente Nuestro Señor ha hecho bien al no tomarla como madre suya, ya que no piensa encontrar la voluntad de Dios en la preocupación maternal que El requiere de usted para con su hijo; quizá es que piensa usted que eso le impediría cumplir la voluntad de Dios en otra cosa. De ninguna manera, ya que la voluntad de Dios no se opondrá jamás a la voluntad de Dios. Honre, pues, la serenidad de la Santísima Virgen en semejantes circunstancias.»
Durante las horas de sufrimiento ocasionadas por Miguel, Luisa tuvo que mirar a María cuyo corazón tanto sufrió a causa de su Hijo: su nacimiento en medio de la mayor pobreza, el destierro a Egipto, la búsqueda ansiosa en Jerusalén, las burlas de Nazaret, la muerte en la Cruz… Como María, Luisa de Marillac experimenta en su corazón y en su carne las palabras de Jesús a sus discípulos:
«Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío».






