Luisa de Marillac (07)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Elisabeth Charpy, H.C. · Year of first publication: 1987 · Source: Ecos de la Compañía.
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Primera expansión de la Compañia (1636-1642)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl número de jóvenes que se presentaban para entregarse al servicio de los po­bres enfermos en las parroquias de París, crecía sin cesar. De 5 ó 6 que eran en no­viembre de 1633, son 12 en julio de 1634 y unas 20 a principios de 1636. El domici­lio de la Srta. Le Gras resulta demasiado pequeño para albergarlas a todas. Hay que pensar en mudarse de casa. Pero ¿dónde encontrar una lo bastante espaciosa? y ¿cómo hacer frente a los gastos de alquiler o compra de la misma?

Luisa de Marillac querría aprovechar ese cambio forzoso de domicilio para acer­carse al Sr. Vicente: hace ya cuatro años que la Congregación de la Misión está insta­lada en el Priorato de San Lázaro, al norte de París (en el actual emplazamiento de la Estación del Norte). Luisa querría que se buscara una casa en aquel sector, porque ello facilitaría las entrevistas con el Sr. Vicente y resultaría más rápida la solución de los múltiples problemas que plantea la vida de la Comunidad y el servicio a los pobres en las diferentes parroquias.

La opinión del Sr. Vicente no coincide en absoluto con la de Luisa. A él no le pare­ce conveniente que la Casa Madre de las Hijas de la Caridad esté situada cerca de San Lázaro. Y explica a su colaboradora que los inconvenientes que ve no se deben a ella sino a los riesgos que encierra «el qué dirán», cuando se vean las relaciones fre­cuentes entre Sacerdotes de la Misión e Hijas de la Caridad:

«Quizá crea que yo tengo algún motivo referente a usted por el que pienso no es conveniente que se aloje en estos barrios. No es así ni mucho me­nos!, se lo aseguro. La razón es ésta: estamos en medio de gentes que lo observan todo y juzgan de todo. Apenas nos viesen entrar tres veces en su casa, se pondrían a hablar y a sacar consecuencias…»

Temiendo haber apenado a su corresponsal con esta negativa, el Sr. Vicente añade:

«Cuando tenga el gusto de verla, le hablaré más detalladamente… entre tan­to, honre la santa alegría de Nuestro Señor y la de su santa Madre».

Luisa acepta la decisión de quien considera como Superior de la Compañía de las Hijas de la Caridad y hace gestiones para buscar una casa. La Sra. Goussault, Presi­denta de la Cofradía de Señoras del Hospital General, se informa también por su par­te. Se examinan dos casas de alquiler, una la que ha visto la Sra. Goussault, otra des­cubierta por el Sr. Vicente, quien propone ambas a Luisa de Marillac, haciendo sus comentarios:

«La casa de que me hablaba la Sra. Goussault no es aquella de la que yo le hablé. La primera es más hermosa y su precio es de 40 a 50 mil libras; el de la segunda es de 7 ú 8. La primera sería escandalosa para unas pobres Hermanas, y la segunda está demasiado alejada de la iglesia. Usted ve­rá…».

El Sr. Vicente confía plenamente en la prudencia y sencillez de Luisa de Marillac. Ninguna de las dos casas se toma en cuenta. Se continúan las gestiones y en La Cha- pelle, pueblecito situado entre San Lázaro y Saint Denis, se encuentra una casa va­cante. De ella ha hablado la Sra. Goussault al Sr. Vicente y éste invita a Luisa a que vaya a verla:

«… Le he escrito a la Sra. Presidenta Goussault que creo haría usted bien en ir a ver la Casa de La Chapelle y se enterara de cuánto piden por el alquiler… Esto le servirá también para distraerse, pues ella cree, como yo también, que el aire del campo le viene a Vd. bien. Entre tanto, esté alegre. Cuide de su salud».

La casa conviene y se procede a alquilarla. No es la Srta. quien firma el contrato de arrendamiento, porque la Compañía de las Hijas de la Caridad no está reconocida oficialmente y por eso no puede firmar un contrato en nombre de ella. En cambio, la Sra. Goussault puede actuar en nombre de las Cofradías de la Caridad que están le­galmente constituidas, y por lo tanto es ella quien se hace cargo de todos los trámites administrativos.

«… La Sra. Goussault me dijo ayer que ha firmado el contrato de la casa»… escribe el Sr. Vicente.

Sin duda fue la Cofradía de Señoras de la Caridad quien se hizo cargo del importe del alquiler, ya que, en aquellos años de la fundación, las Hijas de la Caridad no dispo­nían de recursos.

En mayo de 1636, se efectúa el traslado. Algunas Hermanas se quedan en la casa de la feligresía de San Nicolás del Chardonnet para continuar allí el servicio a los pobres enfermos. Para elegir a las que debían marchar a La Chapelle y a las que de­bían quedarse en la primera casa, ambos Fundadores se pusieron de acuerdo:

«Tendremos que vernos para ver quién se llevará Vd.».

Al margen de los trajines de toda mudanza, es probable que Luisa de Marillac propusiera a las Hermanas que honrasen, con tal motivo, a «Jesús y a la Santísima Vir­gen en su traslado de Belén a Egipto», como ella misma había escrito en uno de sus cambios de domicilio, hacia 1632. Compartiría con las Hermanas lo que había sido su propia meditación.

«Ir —vayamos— a la nueva vivienda con el propósito de honrar a la Divina Providencia que allí me —nos— lleva y ponerme —ponernos— en la dispo­sición de hacer todo lo que la misma Providencia divina disponga…»

La Providencia de Dios, a la que tanto desea Luisa de Marilla ser fiel, va a ampliar en unos años el campo de acción de las Hijas de la Caridad. El alivio de la miseria no se limitará en adelante a los pobres enfermos, sino que se extenderá a los niños pe­queños, a los condenados a galeras, a los pobres hospitalizados. La acción caritativa de las Hermanas tampoco quedará relegada a París, sino que pasará a la cercana pe­riferia, como Saint Germain en Laye, y a otras ciudades mucho más alejadas, como Richelieu, Angers, Sedan.

Para cada uno de los nuevos servicios, para cada una de las nuevas implantacio­nes, Luisa escogerá con esmero a las Hermanas que ha de enviar y les preparará un reglamento, un proyecto de vida adaptado. No dejará de acompañarlas con sus con­sejos, sus cartas y sus visitas.

Los niños expósitos

La Obra de los Niños Expósitos es el resultado de una colaboración real y eficaz entre el Sr.Vicente, la Señorita Le G ras, las Señoras de la Caridad, las Hijas de la Cari­dad y los Sacerdotes de la Misión. Esta colaboración es algo muy exigente: trabajar con otros es una fuente de paciencia y de humildad; hay que saber contar con las de­bilidades de los demás, aceptándolas y no dramatizando las dificultades; hay que sa­ber reconocer las propias limitaciones, los propios fracasos. Este trabajo en común es también fuente de caridad, por ser revelación de la presencia del Señor:

«Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos…» (Mt. 18, 20).

En París, en el siglo XVII, se abandonaban todos los años en las calles de la ciu­dad o en los pórticos de las iglesias de 300 a 400 niños. Las Comisarías de los ba­rrios se encargaban de que los recogieran y los llevaran a una casa llamada «La Cuna», donde los criaban y los educaban.

Pero, según explica el Sr. Vicente a las Sras. de la Caridad, «… esos niños estaban mal atendidos… desde hacía 50 años, ninguno de ellos había logrado sobrevivir…». No había bastantes nodrizas y una sola debía criar a cuatro o cinco niños. Por las no­ches, para impedir que lloraran, se les daban píldoras de láudano. Algunos de esos ni­ños se vendían por 8 sueldos a «mendigos» que les rompían los brazos y piernas para excitar la compasión de los viandantes. Otros se entregaban a mujeres que necesita­ban aparecer como madres. Todo este tráfico de niños permitía compensar la falta de recursos de la Cuna.

El Cabildo de la Catedral de Nuestra Señora de París tenía dicha casa bajo su res­ponsabilidad. ¿Fue acaso el Cabildo quien pidió al Sr. Vicente que acudiera en socorro de aquellos pobres niños? o ¿fue el Sr. Vicente quien, movido a compasión ante tan­tos sufrimientos, propuso emprender algo? Sea como quiera, se inició una larga refle­xión con las Señoras. En una de sus pláticas, el Sr. Vicente la resume así:

«1º … Nuestro Señor… hizo que os buscaran durante dos o tres años los Señores de «Notre Dame»,

Habéis tenido varias reuniones con esta finalidad,

Habéis rezado mucho a Dios por ello,

Os habéis aconsejado de personas prudentes…».

El 1 de enero de 1638, el Sr. Vicente pone en conocimiento de Luisa de Marillac la decisión que han tomado las Señoras de la Caridad durante su última reunión:

«En la última reunión, se tomó el acuerdo de que se le pidiera a usted que hiciera un ensayo con los Niños Expósitos; si hay algún medio para alimen­tarlos con leche de vaca y hacerse cargo de dos o tres niños. He recibido gran consuelo al ver cómo la Providencia se ha dirigido a usted para es­to…»

Las Señoras no pueden emprender solas el servicio de los Niños; Luisa piensa con emoción en esa disposición de la Providencia. Por su parte, vibra intensamente ante el sufrimiento de esos pequeños, sin padre ni madre; su corazón se abre de par en par para amar a esos niños, víctimas inocentes. Así, pues, para empezar se recibe a tres en la Casa Madre de La Chapelle. A fines del mes de enero, ese primer ensayo parece muy positivo y las Señoras muestran su deseo de que se amplíe la experien­cia.

«Hablemos… de los Niños Expósitos… ¿Qué inconveniente hay en que haga comprar una cabra y que siga haciendo una experiencia más amplia…».

Entre las Señoras surgen diversos pareceres sobre la forma de seguir adelante con la experiencia. Algunas piensan que es mejor proceder lenta y progresivamente en la admisión de los Niños, ya que es preciso tener asegurada la subsistencia. Otras, por el contrario, prefieren una solución rápida y total: sería cuestión de hacerse cargo de la Casa Cuna en su totalidad. El Sr. Vicente pide la opinión de Luisa de Marillac:

«La Srta. Hardy me sigue presionando para que reúna a las Señoras que le han dado palabra de contribuir.., ella entiende que esas señoras han de ir a la Casa de los Niños Expósitos (La Cuna) y que todo se haga allí dentro y se­gún el orden que se ha establecido. Y mi pensamiento es que sería mejor abandonar los fondos de esa casa establecida, antes que sujetarse a tantas cuentas que rendir y a tantas dificultades que superar; hacer un estableci­miento nuevo y dejar ese tal como está, al menos por algún tiempo. ¿Qué le parece?».

Luisa de Marillac aprobó el pensamiento del Sr. Vicente. En una nueva reunión de las Señoras se rechazó la propuesta de la Srta. Hardy y se resolvió alquilar una casa en la calle de los Panaderos («des Boulangers»), fuera de la puerta de San Víctor, para acoger en ella a doce niños.

«Toda la Compañía considera necesario que esa casa dependa de la Supe­riora de las Hijas de la Caridad… —escribe el Sr. Vicente a la Señorita— y que vaya usted allí a pasar siete u ocho días si su salud se lo permi­te…».

La dirección inmediata de la casa queda confiada a una Hija de la Caridad, la Sra. Pelletier. Luisa ha preparado un reglamento para la vida de la casa, reglamento que el Sr. Vicente ha revisado, así como las Oficialas —o miembros de la Junta directiva— de las Señoras, en dos asambleas. Dicho reglamento concreta el cometido de la Sra. Pelletier, sus vínculos de dependencia de las Señoras «para las cosas puramente temporales», y de la Srta. Le Gras para «las espirituales, como también para la direc­ción de las Hermanas, de las nodrizas, de los niños…». Pero la Sra. Pelletier, poco después de la instalación en la nueva casa, intriga cerca de las autoridades eclesiásti­cas y jurídicas para eliminar al Sr. Vicente y a las Sras. de la Caridad de la Obra de los Niños Expósitos y quedar ella como única dueña y señora. Durante varios meses, Lui­sa de Marillac soporta lw.t enredos de la Sra. Pelletier, la cual, finalmente, deja la Com­pañía de las Hijas de la Caridad. La Casa de los Niños Expósitos pasa a ser dirigida por otra Hermana, Sor Isabel Turgis, a quien el Sr. Vicente llama siempre la Sra. Tur­gis.

Otro tipo de dificultades van a presentarse. Se requisa la casa para alojar en ella a soldados. De esa manera los habitantes del barrio quedan exonerados de la obliga­ción de hospedar a los militares. De ello informa Luisa de Marillac al Sr. Vicente:

«Sor Turgis está muy preocupada porque el sargento de la Compañía del Señor de Castillón ha ido a decirle que le mandará soldados para alojarlos, tanto en la parte delantera del edificio como en la que ocupan los ni­ños…».

Luisa se inquieta mucho por esta cohabitación y pregunta al Sr. Vicente si no po­dría intervenir por medio de la Duquesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu o por medio de la Sra. Séguier, esposa del Canciller o, en caso necesario por medio de la Reina. El Sr. Vicente hace numerosas gestiones, pero saca la impresión de que nadie quiere to­mar una decisión.

«No hay nada seguro en lo que depende de los Grandes», le escribe a Luisa de Marillac.

Dos años después del primer ensayo hecho con los Niños Expósitos, las Señoras de la Caridad piensan que ha llegado el momento de encargarse de todos los peque­ños abandonados. Esta decisión la toman en su asamblea del 12 de enero de 1640. Y como la casa de la calle de los Panaderos no es lo suficientemente grande, se reciben algunos niños en la Casa Madre de La Chapelle. Desde la llegada de los pequeños, el 30 de marzo, Luisa de Marillac organiza el envío de los más sanos a casa de nodri­zas. Y redacta con todo detalle la lista de las partidas:

«Una niña, llamada Simona —enviada a Villars, conocido por Santo Sepul­cro, con la nodriza María Parsin, mujer de Santiago Prévault.

El mismo día, una niña llamada Magdalena Lebon —enviada a la nodriza To­masa Patricia, mujer de Dionisio, carnicero, domiciliado en Drinville, cerca de Montfort Mamaury…

Día 2 de abril, Carlos (de quien se dice debe de ser hijo de gentilhombre), y una niña: Catalina— enviados ambos a una nodriza de la casa del arrabal de San Víctor…»

En tres semanas, 20 niños quedan confiados a nodrizas cuidadosamente escogi­das por Luisa de Marillac y por las Señoras de la Caridad. Más adelante, se mandarán Hermanas a visitarlos y darse cuenta de cómo se les cría y educa. En 1649, el visita­dor será un Hermano de la Congregación de la Misión, sin duda a causa de los peli­gros que acechan por los caminos en aquella época de la guerra civil de la Fronda.

Al mismo tiempo que vela por los niños, Luisa de Marillac ayuda a las Hermanas a que superen la opinión, tan arraigada en aquella época, que hacía de los Niños Ex­pósitos «hijos del pecado». Una Hermana, en la Conferencia del 7 de diciembre de 1643, resume ese concepto negativo:

«Padre, esos niños que están con toda probabilidad concebidos doblemente en pecado, representan para nosotras una planta llena de espinas…»

Los dos Fundadores van a insistir sin cesar en la dignidad de esos niños, de esas almi­tas que, también ellas, están «rescatadas por la Sangre de Jesucristo». En el reglamen­to para las Hermanas al servicio de los Niños Expósitos, Luisa escribe:

«… se pondrán de rodillas para ofrecer a Dios todos los servicios que van a prestar a la Infancia de Nuestro Señor, en la persona de sus tiernos hi­jos…»

El Señor Vicente concluye la Conferencia del 7 de diciembre de 1643 con estas palabras:

«Al servir a estos niños… hacéis a Dios el mayor servicio que se le puede hacer, contribuís con todo vuestro esfuerzo a que la muerte del Hijo de Dios no sea inútil…».

Este servicio que pone de relieve la eminente dignidad de los Pobres, según la ex­presión de Bossuet, atestigua que la Iglesia, en todo tiempo, se ha mostrado atenta hacia los pequeños, los abandonados, que se ha preocupado de todo hombre.

Richelieu

El Cardenal de Richelieu, a principios del siglo, había edificado en sus tierras una ciudad, a la que dio su mismo nombre. Eran muchos los protestantes que habitaban en aquella región, y por eso el Cardenal pidió a Vicente de Paúl que estableciera en su ciudad una casa de Sacerdotes de la Misión. El contrato se firmó el 4 de enero de 1638 y se enviaron diez sacerdotes de la Misión a Richelieu.

El Sr. Lamberto, el Superior, apenas llegado, concibió el deseo de que se estable­ciera una Cofradía de la Caridad en la ciudad y pidió Hijas de la Caridad, petición que fue apoyada por la Duquesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu. Ya el 20 de febrero, San Vicente había puesto los ojos en Bárbara Angiboust y se la presenta de esta ma­nera al Sr. Lamberto:

«Espero enviarle una excelente Hija de la Caridad para ello, (la Cofradía de la Caridad). Sabe hacer sangrías, componer medicamentos y administrar enemas. Es la que ha preferido el servicio de los pobres al de la gran Señora de que le hablé…».

¿Es acaso la Srta. la que frena la marcha porque vacila en enviar Hermanas tan lejos de París? (Richelieu está a 320 km. y en aquella época se requerían varios días para llegar allí). ¿Quién las seguirá y sostendrá en sus dificultades?

Durante varios meses, Vicente de Paúl reitera su promesa al Sr. Lamberto. En septiembre de 1638, pregunta a la Señorita en una carta:

«La Caridad de Richelieu tiene ahora mucha necesidad de nuestra Sor Bár­bara debido a la cantidad de enfermos que hay. ¿Qué le parece, Señorita, si enviásemos alguna ayuda a esas gentes en esta necesidad? No son enfer­medades contagiosas…».

Parece como si el Sr. Vicente intentara ablandar a Luisa de Marillac al insistir en las necesidades de los Pobres; pero al mismo tiempo trata de tranquilizarla: no existe peligro para las Hermanas. Por fin, Luisa se decide a aceptar esa partida que el Sr. Vi­cente organiza muy bien. Bárbara irá acompañada por Luisa Ganset. El 1 de octubre, Vicente de Paúl comunica su alegría al Sr. Lamberto:

«He aquí dos Hijas de la Caridad que van ahí para aliviar a las Señoras de la Caridad y asistir a los pobres enfermos. Las dos saben llevar la escuela de niñas».

Luisa prepara la marcha, da consejos a sus dos Hermanas y pide al Sr. Vicente la bendición de Nuestro Señor para las dos viajeras. En su respuesta, Vicente exalta la vocación de las Hijas de la Caridad, un tanto quizá para calmar la inquietud de Luisa, a la que conmueve ese viaje tan lejos de París.

«Señorita, iqué felicidad para esas buenas Hermanas ir a proseguir la Cari­dad que Nuestro Señor ejercía en la tierra, en el lugar a donde van! ¿Quién diría al verlas juntas, con sus cofias, en la diligencia, que van para una obra tan admirable a los ojos de Dios y de los ángeles, que el Hijo de Dios la en­contró digna de El y de su santa Madre?…

En el mes de diciembre, el Sr. Vicente visita la casa de Richelieu y puede compro­bar el buen trabajo que las Hermanas llevan a cabo:

«… Las dos Hermanas sirvientas de los pobres que hemos enviado desde aquí, realizan maravillas…».

Pero unos meses más tarde (en octubre de 1639), Luisa de Marillac se entera de las dificultades de relación que existen entre las dos Hermanas. Con bastante severi­dad, las invita a una revisión de vida:

«Me he enterado que ha ocurrido lo que siempre he temido tanto, y es que su servicio, tan beneficioso para el alivio de los enfermos y la instrucción de las niñas, no ha servido de nada para la perfección de ustedes, al contrario, parece haberlas perjudicado…»

La Señorita invita a cada una de las Hermanas a que revise su comportamiento con relación a su compañera. Por lo que se refiere a Bárbara, su poca tolerancia y cor­dialidad; Luisa, su independencia de su Hermana Sirviente y su apego al dinero. Supli­ca a las dos que vuelvan su mirada hacia Cristo:

«usar de una gran mansedumbre y caridad tal y como nos las recomendó el Hijo de Dios en la Tierra…»

«excitarse al amor a la santa pobreza para honrar la del Hijo de Dios…».

El Sr. Vicente, que pasó por Richelieu a fines de noviembre, pudo constatar el be­neficioso efecto producido por la carta. Tranquiliza, pues, a Luisa de Marillac y le comunica lo que él mismo ha visto. Es verdad que la mirada del Sr. Vicente está siem­pre llena de bondad hacia sus hijas.

«Su carta ha hecho maravillas en sus hijas, que están ahora bien y conten­tas, con ganas de verla»

En aquel final del año 1639 se está preparando una nueva implantación: la de Angers. Luisa de Marillac tiene previsto acompañar a las Hermanas que irán a servir a los pobres en aquel hospital. También está prevista una parada en Richelieu, ya a la ida, ya a la vuelta, lo que colma de alegría a Bárbara y a Luisa.

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