Luisa de Marillac (06)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1987 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Los primeros pasos de la «pequeña Compañía» (1633-1636)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl 29 de noviembre de 1633, la Srta. Le Gras recibe «a algunas muchachas para alojarlas en su casa y hacerlas vivir en comunidad», según refiere Gobillon, su primer biógrafo. Esta fecha señala una nueva etapa en la vida de Luisa de Marillac.

En adelante, ya no tendrá criada (hoy diríamos «empleada de hogar»). Comparte su casa, su vida, su trabajo diario con aquellas pocas campesinas que tienen el mismo deseo que ella: consagrar su vida a Dios y servirle en los Pobres. Luisa es la responsa­ble de aquel reducido grupo, de aquella nueva «cofradía» que se va constituyendo poco a poco.

María Joly, Juana, Margarita, Nicolasa, Micaela, ven pronto que se les unen otras. Proceden de los alrededores de París y vienen por su cuenta, espontáneamente; o bien las envían las Señoras de la Caridad. Algunas han oído hablar de aquel núcleo de «Siervas de los pobres enfermos» a los Sacerdotes del Sr. Vicente durante una misión predicada en su pueblo… El 31 de julio de 1634, son 12 las que se hallan presentes en la Conferencia que da el Señor Vicente. Bárbara Angiboust, de Serville, cerca de Chartres, acaba de llegar: Luisa de Marillac no tarda en descubrir su rica y fuerte per­sonalidad.

Isabel Martin, de Argenteuil, Enriqueta Gesseaume, de Villers-sous-Leu, Magdale­na Mongert, de Sucy-en-Brie; la joven Bárbara Toussaint, de Suresnes, Cecilia, la her­mana de Bárbara Angiboust, Genoveva Poisson, María Denyse, y otras más… acuden a ofrecerse para la Caridad. El Sr. Vicente y la Srta. Le G ras no dejan de advertir, sin mucho tardar, que es preciso comprobar los motivos que ias traen a París, examinar el fundamento de aquellas vocaciones. Las cartas cruzadas entre ambos dejan ver su preocupación por discernimiento.

Luisa acaba de ver a tres muchachas del pueblo de Colombes. Encantada de su conversación con ellas, da cuenta de la misma al Sr. Vicente:

«La buena de Sor Juana, de San Benito, acaba de traerme a tres jóvenes de Colombes, de muy buen aspecto, que tienen gran deseo de servir a los po­bres dondequiera se las envíe».

Con frecuencia, dichas jóvenes deseosas de servir en las Cofradías de la Caridad, se presentan directamente al Sr. Vicente:

«Vinieron ayer tres buenas muchachas de Argenteuil a ofrecerse para la Ca­ridad, enviadas por el eclesiástico a quien se le había hablado de ello y que vendrá a verme mañana para esto. No se las envié a usted, porque era de­masiado tarde cuando llegaron; pero irán a verla el viernes, según me dije­ron».

En un movimiento continuo, el Sr. Vicente y la Srta. Le Gras intercambian sus im­presiones y reflexiones sobre las decisiones que han de tornar:

«He visto a esa buena joven, Magdalena. Creo que habrá que trabajar un poco con ella, ya que sus pasiones son un poco fuertes. Mas iqué!, cuando se tiene la fuerza de superarlas, luego se obran maravillas. Recíbala, pues, por favor…

En cuanto a esa buena joven de Argenteuil que es melancólica, creo que hace usted bien en poner dificultades para recibirla; porque el de la melan­colía es un extraño espíritu».

Una muchacha que ha vivido durante cierto tiempo en un monasterio, del que luego ha salido, se presenta a Luisa. ¿Qué hacer en tal caso? El Sr. Vicente empieza por mostrar su reticencia y aconseja se obre con prudencia:

«… Esa entrada y salida de la religión indica cierta ligereza. En eso con­viene que tenga usted cuidado».

Luisa, que ha visto a la muchacha, la cual ha merecido su aprecio, insiste para que el Sr. Vicente la vea también. Después de la entrevista, éste le dice:

«Esa buena joven me parece que tiene bastante buen espíritu y buena vo­luntad. Su única dificultad es que ha estado en religión; pero me ha dicho que, al entrar allí con coacción, tenía sin embargo su corazón en la Caridad. Por eso creo que no hay peligro en intentarlo».

También se presentan viudas. Parece que a Luisa le cuesta trabajo no aceptarlas cuando así conviene, y en tales casos es Vicente quien toma la decisión:

«Me gustaría que esa viuda de Colombes supiese leer y escribir; mándeme­la para que la vea, por favor… Pero iqué! acabo de leer de nuevo su carta y veo que tiene dos hijos. ¡Qué posibilidad hay de recibirla en esas condicio­nes!».

Algo más adelante, el Sr. Vicente aconseja que se despida a una mujer viuda que la parece poco apta para el servicio a los pobres:

«… Y de la buena viuda… me parece ruda, muy melancólica y tosca. Creo que hay que despedirla con mansedumbre y decirle que hay que pensarlo mucho».

Cuando la conversación con «la postulante» que se presenta no ha dado lugar al discernimiento necesario, se le propone hacer una prueba.

«¿Qué le diré de la Srta. Laurent? Parece de buen espíritu, pero me da mie­do su edad… Sin embargo, si cree oportuno hacerla venir al Hospital Gene­ral para que pase dos o tres días, y luego ir y venir de una casa a otra… há­galo. Ella irá viendo y ustedes la verán, pero hágale comprender que se trata sólo de una prueba…».

«He visto a esa muchacha y no sé qué decir de ella, sino que me parece bien su plan de verla tres o cuatro días antes de que entre. Le he entrega­do, pensando en ello, medio escudo para que pueda vivir».

Esta prudencia tiene su explicación: algunas de aquellas muchachas que se pre­sentaban parecían tener más deseos de ver la capital y sus diversiones, que de servir a los pobres. Una de ellas, venida de Normandía, llega a dar escándalo en el Hospital General. El Sr. Vicente informa de ello a Luisa de Marillac que se halla aquellos días visitando la Caridad de Gournay:

«(Esa joven) las escandaliza (a las otras Hermanas) por su modo de com­portarse con los muchachos que vienen a verla… Ayer la mandé llamar para decirle que no hiciese entrar a los muchachos en la casa; pero no lo tomó a bien y me dijo que prefería marcharse. Hay que quedar en paz después de haber hecho todo lo que se puede hacer en casos semejan­tes».

Unos meses después, es Luisa la que refiere a Vicente la vida que lleva otra con relación a muchachos:

«… recibe regalos, buena comida, botellas de vino y pasteles de car­ne…».

Si tales casos se daban, lo cierto es que no constituían sino una pequeña minoría. Más frecuentes se presentaban los que hacían que el Sr. Vicente se maravillase ante la generosidad y fervor de aquellas primeras Hijas de la Caridad. Y no dejaba de com­partir su emoción, su admiración con su colaboradora, que más bien se inclinaba a ver lo que no marchaba como es debido y se culpabilizaba por ello.

«Doy, además, gracias a Nuestro Señor por haber concedido a sus hijas la de ser tan buenas y generosas».

En mayo de 1636, la Duquesa de Aiguillon expresa al Sr. Vicente su deseo de te­ner en su casa a una de esas muchachas para que la ayude en sus obras caritativas. El Sr. Vicente no se atreve a dar una negativa a tan generosa bienhechora. Se pone al habla con María Denyse, y ésta rehúsa la propuesta, porque, como dice:

«… había dejado a su padre y a su madre para entregarse al servicio de los Pobres, por amor de Dios, y que… no podía cambiar de planes para ir a ser­vir a esa gran Dama…»:

Bárbara Angiboust, a quien se dirige después, empieza por aceptar, perol

«… me dijo que estaba asustada de ver una corte tan grande y me rogaba que la quitase, que Nuestro Señor la había entregado a los pobres…».

Muy impresionado por las respuestas de estas dos buenas jóvenes, el Sr. Vicente concluye su relato a Luisa con estas palabras:

«¿Qué le parece, Señorita? ¿No la entusiasma ver la fuerza del Espíritu de Dios en esas dos pobres jóvenes y el desprecio que les inspira el mundo y de sus grandezas? No puede imaginar el ánimo que esto me ha dado con relación a la Caridad…».

Animo, por supuesto, y también paciencia y habilidad, necesitaba Luisa de MariIlac para enseñar a aquellas aldeanas a cuidar a los enfermos, para sostenerlas en su vida espiritual, para hacerles vivir juntas en comunidad. La diferencia de cultura y educación es tan grande entre Luisa y aquellas primeras Hijas de la Caridad!

Aquellas muchachas que venían del campo, eran en su mayoría —como las de­más mujeres del siglo XVII— analfabetas. Es, pues, necesario enseñarles a leer, a es­cribir, para que a su vez puedan enseñar a las niñas en las parroquias y aldeas. Con paciencia, en sus tiempos libres, Luisa les hace repetir las letras; compone también un catecismo breve con preguntas y respuestas para facilitar la enseñanza de la «doctri­na». El Sr. Vicente alienta los esfuerzos de una y otras:

«iDios mío! iCómo deseo que sus hijas se ejerciten en aprender a leer y que sepan bien el catecismo que usted enseña!

Una cosa es saber leer y otra muy diferente es saber enseñar a leer a otros. Tanto el Sr. Vicente como la Srta. Le G ras buscan juntos los mejores métodos pedagógicos.

«Hay que pensar un poco en la manera de enseñar a las jóvenes a que lle­ven la escuela»… escribe el Sr. Vicente.

Luisa está preparando un proyecto que somete a este último: Las Hijas de la Cari­dad podrían ir a formarse con las Religiosas Ursulinas que educan a las niñas de cla­ses pudientes. El Sr. Vicente expone su punto de vista:

«No espero mucho de esa manera de comunicarse las Ursulinas con sus hi­jas. Sin embargo, envíelas, si le parece bien».

iQué libertad y qué sinceridad entre el Sr. Vicente y la Srta. Le Gras! Cada uno expone sin temor su punto de vista, y el que vean las cosas de distinta manera no perjudica para nada su colaboración.

Luisa de Marillac prepara un reglamento de vida y lo somete al Sr. Vicente de Paúl. En él se orienta de continuo la mirada de las Hermanas hacia Jesucristo, Hijo de Dios, cuando vivía entre los hombres. Contemplando a Jesús con los enfermos, los ciegos, los cojos, será como aprendan las Hermanas a servir a los Pobres con dulzu­ra, respeto, cordialidad y compasión. Meditando en la vida del Hijo de Dios en Nazaret y durante su vida pública, las Hermanas descubrirán la belleza de la humildad, la impor­tancia de la ascesis, la grandeza de la obediencia. El primer Reglamento reza así:

«De vuelta a casa… se lee algún pasaje del Santo Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo, a imitación del Hijo de Dios».

Luisa de Marillac pide al Sr. Vicente que vaya a hablar a las Hermanas. En 1634, dedica tres conferencias a la explicación del Reglamento (de ellas sólo conservamos la tercera). Vicente sitúa el servicio a los Pobres como prolongación de la oración. Es un acto de amor a Dios y al prójimo.

«Servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus perso­nas».

La vida comunitaria no es cosa fácil. La Señorita se da cuenta de las dificultades con que las muchachas tropiezan para vivir juntas, para aceptarse, soportarse. Algu­nas llegan hasta pegar a sus compañeras. Preocupada por mantener la caridad frater­na, Luisa pide una entrevista al Sr. Vicente para reflexionar juntos en los medios que pueden tomarse para «perfeccionar» esa vida en común.

«Encuentro muy conveniente… tratar con usted a fondo de los medios de establecer una perfecta caridad entre sus hijas».

Luisa se encargará de insistir con las Hermanas en la cordialidad, la tolerancia, el afecto mutuo. El reglamento de Angers, redactado en 1640, invita a las Hermanas a una profunda amistad entre ellas:

«Se querrán mutuamente como hermanas a las que Dios ha unido con el vínculo de su amor…».

Con el deseo de afianzar la formación de sus hijas, Luisa recurre con frecuencia al Sr. Vicente. Pero éste está muy ocupado y no siempre puede ponerse a su disposición:

«Y como yo estoy hasta la coronilla preocupado por la cantidad de ejercitantes: uno preconizado obispo, un primer presidente, dos doctores, un profe­sor de teología y el Sr. Pavillon, además de nuestros ejercicios; todo esto… me impide ir a verla».

A través de las cartas de esta época, se ve cómo Vicente de Paúl va empujando poco a poco a la Señorita Le G ras a que asuma plenamente la dirección de las Hijas de la Caridad:

«Gobierne», le dice reiteradamente.

A las Señoras de la Caridad, Vicente les presenta a Luisa de Marillac como Supe­riora de las Hijas de la Caridad:

«Toda la Compañía (de las Señoras de la Caridad) considera necesario que esa casa (destinada para los Niños Expósitos) dependa de la Superiora de las Hijas de la Caridad».

Y cada vez que Vicente escribe a Luisa utiliza la expresión «sus hijas», al hablar de las Hijas de la Caridad.

«Recibí ayer su carta y la memoria del reglamento de sus hijas».

«Veré a sus hijas en particular y luego en general…».

«Sus hijas del Hospital General continúan portándose bien».

Pero Luisa de Marillac no quiere llevar sola la responsabilidad de la «pequeña» Compañía. Con fina delicadeza, contesta a Vicente: «son hijas suyas también».

«Señor, todas sus hijas se toman la libertad de encomendarse a su cari­dad».

¿Se podría descubrir a través de esta correspondencia el germen de la resistencia que habrá de oponer Vicente de Paúl a que se le considere —a él y a sus sucesores— como el Superior de la Compañía de las Hijas de la Caridad, así como el de la presión ejercida por Luisa de Marillac para conseguir su consentimiento?

Ya desde 1630, las Señoras de la Caridad apreciaron el trabajo de las primeras Siervas de los Pobres. Todas querían contar en la Cofradía de su Parroquia con jóve­nes como Margarita Naseau. Pero cuando la «sirvienta» no satisface, las Señoras pi­den que se la cambie por otra. Ordinariamente se dirigen para ello a Vicente de Paúl ya que él es el responsable de las Cofradías. Este, por su parte, informa del asunto a su colaboradora y le pide que intervenga:

«… la Srta. de la Bistrade y la Señora Forest tienen que ir a pedirle que las li­bre usted de Nicolasa, a causa de sus muchas enfermedades, y que María, que sostiene todo el peso, no puede más si no envía usted otra en lugar de Nicolasa».

La Srta. Legras reflexiona acerca de ese problema y prevé la sustitución de Nicolasa. Pero cuando se dispone a dar curso al asunto, las Señoras vuelven a intervenir porque desean quedarse con aquella:

«Ha venido la Srta. Forest para darme las gracias por la buena muchacha fuerte y robusta que pensaba usted enviarle; pero dice que no es necesario ya que su Nicolasa está mejor».

Si es cierto que la colaboración con todos es algo indispensable, también lo es que no siempre resulta fácil. Quizá pensando en ello es como Vicente y Luisa llegan a la conclusión de lo necesaria que es la indiferencia, esa disposición interior que nos lleva a no rechazar ni desear nada… sino aceptar lo que Dios nos envíe.

«Me pasa lo que a usted, Señorita, nada me resulta tan penoso como la in certidumbre; pero deseo ciertamente que Dios quiera concederme la gracia de hacerme totalmente indiferente, y a usted también. Así pues, nos esfor­zaremos por conseguir, con la ayuda de Dios, esta santa virtud».

De común acuerdo y conjuntamente, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac asumen la responsabilidad de las Hijas de la Caridad, reflexionan y hacen frente a las llamadas y a las dificultades que se presentan. Pero su acción va acompañada de una búsque­da, hecha también conjuntamente, para ver cómo vivir más en profundidad y afianzar su total pertenencia a Jesucristo.

Luisa le tiene pedido al Sr. Vicente que no deje de advertirle sus faltas. Con toda sencillez, éste le escribe:

«Procure no andar con prisas en ninguna cosa; hágalo todo con calme, como puede imaginar que lo haría el buen Monseñor de Ginebra».

En cartas que no se han conservado, Luisa ha debido de decir a Vicente que era un poco lento en sus decisiones. La respuesta de éste es una muestra de cómo apreciaba su recíproca complementariedad:

«Esta pequeña molestia (o enfermedad) me va a ofrecer la ocasión de po­der pensar un poco más en nuestros «pequeños» asuntos de la Caridad; así después, si Nuestro Señor me da vida, trabajaremos en ellos con mayor co­nocimiento de causa. Su carta me hizo ver, anteayer, que había en su espíri­tu cierto pesar por este retrasó. iDios mío! piense más bien lo feliz que es usted al tener ahí el correctivo de sus prisas».

La prudente lentitud de Vicente de Paúl va compensada por la fogosa viveza de Luisa de Marillac, a la que sirve, a su vez, de compensación. La aceptación de sus di ferencias, de su complementariedad, confiere a la obra de Dios que ambos llevan cabo un carácter equilibrado y armonioso.

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