Luisa de Marillac (04)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1987 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:

Al servicio de las Cofradías de Caridad

OLYMPUS DIGITAL CAMERATanto el Sr. Vicente como la Srta. Le Gras se muestran atentos a los aconteci­mientos, esos signos a través de los cuales nos habla Dios. Una llamada del Padre Fe­lipe Manuel de Gondi, la percibió Vicente como llamada de Dios y se convirtió, así, en punto de partida de una colaboración intensa entre los dos Misioneros de la Caridad.

A fines de abril de 1629, el Padre de Gondi, el antiguo General de las Galeras, que ha pasado a ser desde hace dos años Sacerdote del Oratorio, ruega al Sr. Vicente vaya a verse con él en Montmirail, pequeña ciudad de la región de Brie situada en las tierras de la familia de Gondi. Varias veces había estado allí Vicente, y en 1621 había dejado establecida una Cofradía de Caridad. Antes de marchar esta vez, previene a la Srta. Le Gras:

«El Reverendo Padre de Gondi me dice que vaya en diligencia a Montimirail a verme con él. Esto me impedirá quizá tener el honor de verla, ya que parti­ré mañana por la mañana».

Y la carta prosigue con una invitación a la Srta. para que vaya también ella a Montmirail a visitar las diversas Cofradías de aquella región:

«¿Le dice su corazón que venga usted también, Señorita? Si así es, tendría que partir el miércoles próximo en la diligencia de Chálons… y tendríamos la dicha de verla a usted en Montmirail…».

La respuesta de Luisa no se hace esperar. Está llena de deseos de trabajar, de servir a los pobres. El Sr. Vicente parece ser consciente de que aquel viaje va a ser un acontecimiento importante. Con toda solemnidad, hace llegar a la Srta. Le Gras su «envío a misión», su hoja de ruta. El texto está inspirado en la liturgia para el itinerario de los Clérigos.

«Vaya, pues, Señorita, en nombre de Nuestro Señor.
Ruego a su divina bondad que ella la acompañe,
que sea su alivio en el camino,
su sombra contra el ardor del sol,
su cobijo de la lluvia y el frío,
lecho blando en su cansancio,
fuerza en su trabajo,
y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras buenas.»

El Sr. Vicente le explica a continuación que para esta primera visita bastará una estancia de un día o dos en cada Cofradía. Pero deja en libertad a Luisa para obrar de otro modo:

«Aunque digo dos días, su caridad tomará más si lo cree necesario y nos hará la (caridad) de escribirnos».

Este viaje a Montmiraii es, pues, el punto de arranque de una gran actividad en pro de las Cofradías de Caridad. Luisa de Marillac está en la edad de la plena madu­rez. Va a cumplir 38 años. El estado depresivo que tanto la había atormentado en el momento de la muerte de su marido, ha desaparecido. Su hijo Miguel, de 17 años, está interno en el Colegio de San Nicolás du Chardonnet. Luisa puede disponer de su tiempo.

Sin escatimar esfuerzos ni cansancio, va a ir y venir, recorrerá kilómetros a caba­llo, en diligencia, o, si es necesario, a pie. Durante el año 1630, irá, en el mes de fe­brero, a Asniéres y Saint Cloud, al noroeste de París; en mayo, a Villepreux, al oeste; en octubre, de nuevo a Montmirail, a 100 kms. al este; en diciembre, a Beauvais, al norte. En los años siguientes, sus viajes serán igualmente numerosos.

En cada una de las visitas, Luisa de Marillac reúne a las Señoras de la Caridad y les dirige la palabra. Ve cómo funciona la Cofradía, el estado de las cuentas, el come­tido de cada uno de sus miembros. Se informa acerca de la vida espiritual. Cuando es necesario, retoca el Reglamento. Además, visita por sí misma a los pobres, se intere­sa por las niñas, se las ingenia para proporcionarles una maestra de escuela.

Después de cada visita, redacta para el Sr. Vicente un informe detallaba con su propia apreciación.

«Hace un año que no hay Procurador en la Caridad de Sannois; pero un buen hombre se ha encargado siempre de apuntar los ingresos y los gas­tos… Las Hermanas de la Caridad (los miembros de la Cofradía) se han en­friado un poco en sus prácticas y con frecuencia han dejado de hacer la visi­ta a los enfermos en el día de su turno… Dichas Hermanas, o por lo menos la mayoría, dejan la comunión mensual y necesitan que se las estimule con alguna predicación…».

En Franconville, Luisa subraya las dificultades que encuentran las Señoras en sus relaciones con el Procurador, que es «muy tajante». En Herblay, la Cofradía continúa con el mismo fervor.

«En Conflans… hace mucho que se ha interrumpido el ejercicio de (visitar a) los enfermos, a causa de las enfermedades (contagiosas)».

Viendo los resultados de estas visitas, el Sr. Vicente querría que la Srta. Le G ras fuera a todas partes. Durante una estancia de Luisa en casa de su sobrina de Attichy, le escribe:

«No conviene pasar tan cerca de las Caridades de la diócesis de Beauvais sin visitarlas cumplidamente…».

Hallándose una vez en Villepreux, Luisa recibe el siguiente mensaje:

«Infórmese, por favor, de cómo va la Caridad de Crosnes… Si tuviera usted alguna cabalgadura para ir allá, no perdería el tiempo…».

Cuando alguna Cofradía marcha mal, decae o vive en tensión, el Sr. Vicente acu­de a la competencia de Luisa de Marillac para volverla al buen camino:

«Tiene necesidad de usted en la Caridad de San Sulpicio, que acaba de em­pezar, pero va la cosa tan mal, según me han dicho, que es una lástima. Quizá Dios le reserva a usted la ocasión de trabajar allí».

Un poco después, es la Srta. Tranchot, Presidenta de la Caridad de Villeneuve Saint Georges, la que reclama a la Srta. Le Gras:

«La Srta. Tranchot desea mucho verla en Villeneuve Saint Georges, donde la Caridad marcha mal, y yo creo que Nuestro Señor le reserva a usted el éxito de esta buena obra».

Todos reconocen el tacto y habilidad misionera de Luisa de Marillac. Su actitud cordial, su forma de hablar y alentar devuelve la confianza, suscita el entusiasmo. Hasta los hombres acuden a escucharla sin ser vistos.

Luisa de Marillac comunica sus reflexiones e interrogantes al Sr. Vicente que queda admirado ante la claridad de juicio de esta mujer.

«Respondamos ahora a todo lo que me pregunta usted… ¡Quiera Dios que la Señora de la Croix pueda hacer lo que usted le aconseja!… Respecto a las medicinas, ha hecho usted bien en entregarlas».

«Me parece bien todo lo que me dice de la Caridad y le ruego que proponga a las Hermanas todo lo que crea oportuno para ello, dejándolo ya estableci­do, tanto lo que me ha escrito ya, como si se le ocurre alguna otra cosa…».

Cuando así lo cree necesario, el Sr. Vicente da su opinión, pero deja toda libertad de acción a su colaboradora:

«Desea usted saber si tiene que hablar a la Caridad corporativamente (a to­das las Señoras reunidas). Así me gustaría, ciertamente; pero no sé si será fácil y oportuno. Les vendría bien. Hable de ello con la Sra. Champlin y haga lo que Nuestro Señor le inspire».

Hacia 1632, Luisa de Marillac impresionada por la miseria de los condenados a trabajos forzados en la Torre de San Bernardo, cercana a su propia vivienda, explica sus actividades al Sr. Vicente, quien le responde:

«La caridad con esos pobres forzados es de un mérito incomparable delante de Dios. Ha hecho bien en asistirles y hará bien si lo sigue haciendo en la forma que pueda…».

Pero el Sr. Vicente sabe muy bien que una acción individual corre el riesgo de no tener continuidad. Por eso pregunta a la Srta. Le Gras si no sería bueno pensar en una acción colectiva: que una de las Cofradías de Caridad se hiciera cargo de los forzados. Y en este caso podría ser la de San Nicolás «du Chardonnet», de la que Luisa era Presidenta.

«Piense un poco si podría encargarse de ellos la Caridad de San Nicolás… Pero ¿cómo? Es difícil, por eso le lanzo como de paso la idea…».

En el transcurso de los años 1629-1633, se establece un verdadero trabajo en común entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. El Sr. Vicente deja de utilizar en sus cartas la expresión «mi querida hija» que indicaba la relación Director-dirigida, y em­plea la de «Señorita», como reconociendo a Luisa una participación plena en la misión común.

Uno y otra descubren su complementariedad. El Sr. Vicente ha encontrado en Luisa de Marillac una mujer intuitiva, rápida, llena de vitalidad, siempre dispuesta al trabajo de avanzadilla. Se verá obligado con frecuencia a moderar su ardor y a recor­darle que el trabajo misionero no es activismo desbordante ni celo intempestivo.

«Temo que haga demasiado… Nuestro Señor quiere que le sirvamos con jui­cio y lo contrario se llama celo indiscreto».

«Evite trabajar demasiado. Es una astucia del diablo, con la que engaña a muchas almas buenas, el incitarlas a hacer más de lo que pueden para que luego no puedan hacer nada; y el Espíritu de Dios incita mansamente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer, a fin de que lo sigamos con perseverancia y por largo tiempo. Obre, pues, así, Señorita, se­gún el Espíritu de Dios».

El Sr. Vicente acude con frecuencia al espíritu de organización de Luisa de MariIlac, a su interés por el detalle concreto, especialmente cuando se trata de redactar los diversos reglamentos de las Cofradías:

«Le enviaré… el reglamento de la Caridad que he modificado en lo que conviene para Montreuil. Ya lo verá, y si hay algo que quitar o que añadir, díga­melo, por favor».

«Es usted una gran mujer por haber acomodado de esa forma el reglamento de la Caridad (de San Nicolás) lo encuentro muy bien».

Por su parte, Luisa de Marillac sabe que puede contar con el Sr. Vicente. En él en­cuentra un consejero seguro y prudente, un apoyo sólido, un director atento. En sus cartas a Vicente de Paúl, Luisa de Marillac habla de las alegrías que le proporciona su trabajo misionero. Con fina ironía, éste le responde:

«Dirá después de esto que es inútil en el mundo?»

De todas formas, Luisa se inquieta por los muchos elogios que recibe por todas partes. ¿No correrá peligro de dejarse coger en la trampa? Su Director la tranquiliza:

«Continúe entre tanto tranquila y una su espíritu a las burlas, los desprecios y malos tratos que sufrió el Hijo de Dios, cuando se vea usted honrada y es­timada. Ciertamente, señorita, un espíritu verdaderamente humilde se humi­lla tanto en los honores como en los desprecios y hace como la abeja que fabrica su miel tanto con el rocío que cae sobre el ajenjo como con el que cae sobre la rosa».

Informa asimismo al Sr. Vicente de las dificultades con que tropieza en su traba­jo. En Villepreux, en Mesnil, los párrocos han negado a «aquella mujer misionera» la autorización para hablar en sus parroquias. El Sr. Vicente invita con prudencia a su colaboradora a que se retire:

«Es muy difícil, Señorita, hacer algún bien sin contrariedades… creo que ha­ría usted un acto agradable a Dios si visitara al Señor Párroco, le presentara sus excusas por haber hablado a las Hermanas de la Caridad (las Señoras de la Cofradía) y a las jóvenes sin su permiso; que usted quería hacer en Vi­llepreux sencillamente lo mismo que había hecho en Saínt Cloud y otros lu­gares… Nuestro Señor sacará quizá más gloria de su sumisión que de todo el bien que podría haber hecho…».

«Honre de esta manera la humildad con que actuó el Hijo de Dios».

El acto de sumisión de Luisa de Marillac le granjeó la confianza total del párroco de Villepreux. Pero emprendió el trabajo con tanto fervor, que cayó enferma. A menu­do ha de ocurrirle que su estado de salud llegue a frenar su entusiasmo. Frecuentes jaquecas la obligan a dejar de trabajar. Las charlas que da suelen provocarle afonías. El Sr. Vicente que la sigue de cerca, le ruega que se cuide:

«Me parece que es usted un verdugo para sí misma por el poco cuidado que de usted tiene».

«Le ruego que cuide de su salud, que no es suya, ya que la destina para Dios».

En 1630, los acontecimientos políticos del Reino hieren profundamente el cora­zón de Luisa de Marillac. El 10 de noviembre, un golpe de Estado trata de derrocar a Richelieu, primer Ministro de Luis XIII. Esta jornada, que más adelante se llamó «Jor­nada de los Engañados» fue un fracaso. Los protagonistas del golpe de Estado, entre ellos Miguel de Marillac, el Guardasellos, tío de Luisa, son detenidos y encarcelados. Unos meses más tarde, el Mariscal Luis de Marillac es encarcelado también. Toda la familia está consternada. La Sra. Mariscala de Marillac muere de pena el 15 de septiembre de 1631, unos meses después del arresto de su marido. Este será decapitado el 8 de mayo de 1632, en la Plaza de la Casa de la Villa (Ayuntamiento) de París, ante una muchedumbre rugiente e incontrolada. A fines del mismo año, el tío Miguel mue­re en su prisión de Cháteaudun. Cada nueva desgracia abruma a Luisa.

«Si la paz interior se conmociona -le escribe el Sr. Vicente- pronto se calmará… ¿Por qué no lloraría usted?.. No hay mal en ello con tal de que, como el Hijo de Dios, se conforme con la voluntad de su Padre».

Otro acontecimiento, completamente distinto, va a desconcertar también a Luisa de Marillac, hacia el año 1631. Ha corrido la voz de que ella ha dado palabra a un hombre de casarse con él. Luisa, angustiada, confía su aflicción a su director. Sólo ha llegado hasta nosotros la respuesta de este último:

«iQué pena me da su pena! Pero si así lo ha dispuesto la Providencia, ¿qué remedio? Además ¿qué mal puede usted temer de ello? Pues bien, un hom­bre dice que usted le ha prometido matrimonio y no es verdad… Sufre con ello interiormente y sin haber dado motivo…».

La respuesta del Sr. Vicente muestra cuánto turbaron a Luisa aquellos cuentos. A sus 40 años, la Señorita era todavía una mujer bien parecida, podía agradar a los hombres, tenía éxitos. ¿Fue esto sólo lo que turbó a Luisa, o se dio acaso en el fondo de su corazón un conflicto, una tentación contra su voto de viudez? El final de la carta de Vicente de Paúl puede dejarlo suponer:

«Seguramente será ese uno de los mayores medios de asemejarse al Hijo de Dios que podía usted tener en la tierra y con el que adquirir gran dominio sobre sí misma, como jamás lo había tenido antes. ¡Oh! icuántas vanas complacencias se hunden de ese modo y cuántos actos de humildad se ha­cen por ese medio!. Fortalézcase interiormente contra los sentimientos de la naturaleza, y llegará el día en que bendecirá usted la hora en que Nuestro Señor la ha probado por ese lado…».

Es posible que en aquella ocasión, Luisa de Marillac hiciera la experiencia de que un voto de castidad ha de consolidarse todos los días. Una tentación no debe sor­prendernos; pide solamente vigilancia y prudencia. Ya había prevenido Cristo a sus discípulos: «Velad y orad para no caer en tentación».

Así pues, contra viento y marea, Luisa de Marillac prosigue su camino. La Luz de Pentecostés que le hizo entrever que un día estaría en una pequeña Comunidad para servir a los pobres, sigue muy presente en su espíritu. Piensa en ello durante sus ora­ciones y sus ejercicios espirituales. En una de sus meditaciones (probablemente en 1632), escribe:

«… aceptando esa ignorancia… de las vías por las que Dios quiere le sirva, me he de abandonar enteramente a sus disposiciones para ser completa­mente suya, y para preparar a ello mi alma, he de renunciar voluntariamente a todo para seguirle».

Luisa percibe que Dios va a pedirle algo más, una entrega más total. Pero espera en paz que Dios le manifieste con mayor claridad sus caminos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.