París, 7 de septiembre de 1981
En la vida de la Compañía, al igual que en la vida de las personas, hay tiempos decisivos, tiempos en que el Señor nos interpela. Tenemos que reconocer la conversión a la que provocan y a la vez corresponder a ella. ¿Cómo no nos interrogaríamos ante estos aniversarios que se nos presentan entre 1980 y 1983?
- 1980, 150º aniversario de las Apariciones de la Santísima Virgen.
- 1981, 4º centenario del nacimiento de san Vicente,
- 1983, 350º aniversario de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad.
El Señor nos obliga de manera irresistible a una relectura de su designio sobre nosotras.
La disminución del número de Hermanas, la marcha de algunas, el escaso número de entradas y el envejecimiento general, siguen siendo signos preocupantes. No incitan, sin embargo, ni al pesimismo deliberado ni a la pasividad fácil, sino al realismo de la esperanza, en la fe, si nos atrevemos a comprometernos renovadamente con nuestro carisma.
Por eso las invito a reflexionar, juntas, acerca de nuestro título de Hijas de la Caridad, siervas de los pobres.
San Vicente y santa Luisa han querido para nosotras la condición de sirvientas. Esa inspiración bebida en las fuentes que tanto deseamos encontrar de nuevo, nos lleva a profundizar en lo que ellos quisieron, en lo que tenían en su pensamiento cuando nos dieron ese título de siervas de los pobres.
Ambos conocían perfectamente el alcance de esa palabra siervas o sirvientas. San Vicente se había aproximado al mundo de los servidores en casa de los Gondi; la señorita Le Gras, antes de su viudez, tuvo sus propias sirvientas. Cuando uno y otra piensan en dar a los pobres unas sirvientas, su intención es realmente proporcionarles los mismos servicios de que se benefician los ricos gracias a su dinero.
Conocían bien las funciones y el estatuto de los servidores. Sabían muy bien que la sirvienta se encuentra en total dependencia de los amos, es como su propiedad. En cuanto persona, existe en función de los amos, como miembro de su casa. Por eso, aun externamente, el servidor y la servidora podían reconocerse por su librea, por su uniforme de servicio. No podían evadirse de su condición que abarca todos los aspectos de su vida: vida material, dependiente y pobre, actividades duras y fatigosas, vida de relación subordinada en todo a la voluntad de los amos. De forma, pues, que el nombre de sirvienta no se comprende sino en relación con el de amo.
- El amo, el señor es quien tiene autoridad, poder de decisión, derecho a que se lo obedezca, es decir, derecho a recibir el servicio pedido u ordenado.
- El amo, el maestro, es también el que sabe, el que enseña, al que se escucha.
- El amo o dueño es además, aquél a quien se respeta, a quien se teme disgustar o contrariar en sus exigencias. Y también se le ama.
Cuando se leen las instrucciones dadas por san Vicente y santa Luisa a las primeras Hermanas, se advierte que quisieron hacer una transposición tan aproximada como fuera posible, de nuestra función de sirvientas en favor de los pobres, «nuestros Amos y Señores».
Mucho se ha repetido que las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, yendo y viniendo, representan en su época una revolución en el plano de la vida consagrada en la Iglesia. Pero de la misma forma, representan también una revolución en el plano de la vida social.
¿Y ahora?
Hoy, si bien es cierto que la categoría socio-profesional de sirvientas sigue existiendo, ha disminuido sensiblemente por lo que se refiere a empleadas de hogar. Hasta la misma palabra ha llegado a ser una especie de tabú y, también, debido a la secularización, ha llegado a perder toda su referencia cristiana implícita: servidor, como referencia a Jesucristo, Servidor del Padre, servidora, como referencia a María, «la esclava del Señor».
Sin duda, se puede eliminar la palabra, hacerla desaparecer, pero no por eso desaparece la necesidad de servicio, no sólo a nivel de los particulares, sino por analogía a nivel de las grandes colectividades. Todo el personal de limpieza de nuestros aeropuertos, estaciones, grandes ciudades, cantinas diversas, todo ese personal ¿no representa a los servidores de antaño? Es verdad que han mejorado con relación a siglos anteriores. Los medios técnicos facilitan el trabajo, la categoría social se va organizando, algunos con sindicatos que defiendan sus derechos. Pero también han perdido, la dilución de la personalidad es mayor; ya no trabajan para un amo; el anonimato, la ausencia de reconocimiento y de promoción es casi total. Ahora bien, de todos es sabido que un trabajo que a nadie interesa, pronto se hace inhumano. Todavía hoy sigue siendo el último escalón de las clases sociales, con salarios insuficientes por trabajos duros y monótonos, de los que, sin embargo, nos beneficiamos todos, cada uno de nosotros.
Ser hoy siervas de los pobres en la línea del carisma primitivo que recibieron los Fundadores, significa responder a una llamada a la conversión, tan desconcertante y radical como lo fuera en el siglo XVII.
Hemos de reconsiderar las verdaderas perspectivas que nos presenta nuestro carisma con sus imperativos.
En primer lugar, existimos para los pobres.
Segundo, estamos para servirlos en sus necesidades corporales y espirituales. Somos sus siervas; en una visión de fe, somos las siervas de Cristo en ellos. Los pobres tienen derecho a poder reconocer a sus siervas, a través de la pobreza de su estilo de vida, de cómo comparten sus mismas inquietudes, de una solidaridad que se exprese también en la oración por ellos y en nombre suyo.
Siervas, sirvientas, ¿qué hemos de entender por ello? Tenemos que volver a la idea de disponibilidad absoluta ante sus necesidades, para prestarles servicios que nadie, fuera de nosotras, les presta. Lo mismo que cuando se trataba de los enfermos del siglo XVII, tales servicios tienen que contribuir:
- a permitirles subsistir, a hacer que se los respete, a promocionarlos, a devolverles la confianza y la esperanza;
- a restablecerlos en su dignidad humana, corporalmente mediante la limpieza, por ejemplo, y espiritualmente, con la estima y la amistad;
- a darles amor, anunciándoles la Buena Noticia con el testimonio de nuestra vida y, siempre que sea posible, con la palabra.
Saber aceptar, como nuestras Hermanas que servían a los galeotes, y como lo que debía ser el trabajo en un hospital psiquiátrico del siglo XVII, un servicio desprovisto en apariencia de toda eficacia inmediata, prestar un servicio gratuito pero, a la vez, testimonio de otra dimensión del hombre, servicio que en nuestros días esperan también tantos marginados y asociales, todos los que no pueden vivir sin el apoyo individual y colectivo que les aporta la institución.
Actitudes de la Hija de la Caridad
Se inspiran y tienen su fuente en las de Jesucristo, Servidor del Padre y las de María, Esclava del Señor.
1. Asumir con serenidad nuestra identidad de siervas
Lo primero de todo, la Hija de la Caridad tiene que encontrarse a gusto, feliz en su identidad. Sabe que es sierva y se sitúa en dependencia con relación a sus amos, los pobres. La meditación y la contemplación de Jesucristo enseña a la Hija de la Caridad que tiene que adoptar la postura y hasta el atuendo del servicio. «Jesús se levanta de la mesa se quita el manto y tomando una toalla se la ciñe. Luego echa agua en un lebrillo y se pone a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido».1
Se trata pues, de despojarse de su propio vestido, lo que significa dejar algo de lo que somos y adoptar el uniforme de servicio, la librea del servidor, dejarse una misma. Hasta puede traducirse exteriormente. El delantal que llevábamos hasta estos últimos años era el signo concreto de nuestra condición de siervas. La bata es hoy el equivalente del delantal; es la ropa que se ponen las personas obligadas a desempeñar un trabajo manual. Indica la sumisión a ese trabajo, es símbolo de una dependencia de lugar, de horario, de actividades. Cuando se termina el trabajo, cuando se deja el servicio, se quita uno la bata. «Estad ceñidos… y las lámparas encendidas»,2 dispuestos al servicio en espíritu y en verdad, disponibles.
La primera actitud es pues, me parece, tener ideas claras acerca de nuestra identidad de siervas y de las obligaciones que van unidas a esa función. La clase social a la que pertenecemos es la de los pobres. Nuestra dificultad, hoy, procede de que esa convicción se ha borrado un poco en nosotras; no llegamos a hacernos plenamente conscientes de ello ni a hacer comprender a los demás que lo que poseemos es en copropiedad con los pobres, más exactamente, somos las administradoras de los bienes de los pobres:
«Sabed también que -dice san Vicente, el 15 de noviembre de 1654- si alguna tomara dinero de los pobres, ¡Dios mío, no quiero creer que así sea!, pero os lo advierto, para que nunca toméis un céntimo, ni de la casa, ni de los pobres, bien sea para quedaros con él o para darlo, pues no está permitida ninguna de estas dos cosas…».3
De manera todavía más explícita, dice tres años después:
«¿Queréis entregaros a Nuestro Señor, desde ahora, con el propósito de ser siempre fieles a esto y tener cuidado de conservar el dinero de los pobres más todavía que si fuera vuestro, ya que es de Nuestro Señor, puesto que pertenece a sus miembros?».4
2. Pobreza
Y como consecuencia, la actitud de una Hija de la Caridad es un buscar la práctica de la pobreza, teniendo muy clara la idea de que el dinero que manejamos pertenece a los pobres, y mediante la supresión de todo lo que no es necesario: «No debéis desear ninguna superfluidad».5
Todo despilfarro, sea en cosas inútiles o por otras causas, debe hacernos pensar en el reproche de los Fundadores de que así nos convertiríamos en ladronas de los bienes de los pobres. Santa Luisa entra en detalles. Dando contestación a una carta de Juliana Loret, añade como postdata: «¿Quiere usted que le diga que su carta no huele a pobre?, sino que tiene un olor que no les está permitido a las Hijas de la Caridad».6 Es que los simples detalles pueden alejar a los pobres o, por el contrario, favorecer el contacto con ellos.
Los Fundadores insistieron mucho en la pobreza, que nos obliga a «hacer el propósito de no apegarnos a otra cosa fuera de Dios»,7 y además porque «si hay personas en el mundo que deben distinguirse en la práctica de honrar la vida pobre del Hijo de Dios y que están obligadas a amar la pobreza, son las Hijas de la Caridad, ya que todas manejáis los bienes de los pobres».8
3. Humildad
La verdadera pobreza va acompañada de la humildad, que es la pobreza interior. La humildad, virtud específica de la Hija de la Caridad, es inseparable del servicio: «Estáis llamadas a humillaros, a servir a Dios y a los pobres».9
San Vicente señala, poniéndolas en evidencia, las actitudes contrarias como la vanidad y orgullo oculto, porque desnaturalizan el servicio a los pobres y destruyen la fidelidad. La actitud de humildad es la del Señor Jesús: «Es el espíritu de nuestro Señor humillado, desconocido, menospreciado por todo el mundo».10
Los capiteles de nuestras catedrales nos representan a veces el lavatorio de los pies, escena en la que Jesús se presenta como servidor con la actitud propia a esa condición. El Señor está de rodillas, con la mirada alzada hacia Pedro, a quien está lavando los pies. Para una Hija de la Caridad, ésa es la actitud a la que tiene que hacer referencia, la que nos enseña a aceptar el hallarnos en posición de inferioridad, el no contar para nada. Nos pone de rodillas ante aquél a quien prestamos un servicio, servicio que no puede ser sino fraternal.
4. Dulzura
Hay otra actitud que caracteriza a la sierva de los pobres, la dulzura. Santa Luisa se hace persuasiva cuando pide que se practique esa mansedumbre: ¡»Si supieran, queridas Hermanas, qué humildad, qué mansedumbre y sumisión quiere Nuestro Señor de las Hijas de la Caridad, sufrirían si advirtieran que no las practicaban!».11
O también, de una manera más imperativa escribe: «¡Por amor de Dios! Practique una gran afabilidad con los pobres y con todo el mundo».12
5. Obediencia
Esta actitud de dulzura, unida a la función de sierva, supone la libre sumisión a la voluntad del amo. Sumisión, es decir, obediencia. Hasta por definición, la sierva obedece, o si no, no sirve. La sierva del Señor obedece según la palabra que ha recibido; está disponible para lo que se le ha pedido. Disponibilidad amorosa, obediencia libre, ambas parecen indispensables a la Señorita Le Gras. El 11 de mayo de 1646, escribe al señor Portail: «Por favor, hágale usted comprender que no basta con estar dispuestas a ir a todas partes; hay que estarlo también a querer permanecer allá donde la obediencia nos ha colocado, hasta que esa misma obediencia nos saque de allí».13
Vivir plenamente una identidad de siervas, vivir en búsqueda constante de pobreza, esforzarse por adquirir una humildad sincera que llegue a hacerse perceptible a través de nuestro comportamiento exterior de acogida, de escucha, de dulzura y de obediencia; tales son las actitudes por las que se nos puede reconocer como Hijas de la Caridad. El estudio profundo de los Fundadores y de su carisma nos permite encontrar la coherencia con nuestra identidad de siervas de Cristo en los pobres.
Surgen unas preguntas que son otras tantas propuestas de trabajo para nosotras, con miras a la Misión. Planteárnoslas de manera directa, como el Señor a san Pedro: «Pedro, ¿me amas?», puede ayudarnos a discernir los puntos urgentes de conversión.
- ¿Está Cristo en el centro de nuestra vida? Servirle corporal y espiritualmente, ¿es nuestra preocupación dominante?
- El mensaje de las Bienaventuranzas de pobreza, humildad, dulzura, ¿es más fuerte en nosotros que nuestras tendencias a poseer, a dirigir, a afianzarnos?
- ¿Seguimos y amamos a Cristo Servidor del Padre, obediente hasta la muerte?
- María, la Esclava del Señor, ¿es nuestra Maestra de vida espiritual?
No podemos contestarnos ni plenamente sí, ni totalmente no. Estas preguntas, sin embargo, nos llevan hacia un movimiento de transformación, a tomar en serio nuestro título de siervas, de sirvientas de los pobres, y por vía de consecuencia lógica, a entrar resueltamente en un esfuerzo real de la humildad, dulzura y obediencia, inherentes a dicho título.
Juntas, debemos empeñarnos en restaurar la vocación de sierva en su autenticidad, sierva de Cristo en los pobres, en la Compañía, en la Iglesia, y en ir saliendo progresivamente de nuestras posiciones y comportamientos de poder, de riqueza, que tanto contribuyen a deformar ese aspecto fundamental del carisma vicenciano.
Preguntémonos honradamente:
¿Dónde están hoy los más pobres? Si en África, en las Indias, en Madagascar. Y si hay que ir, vayamos.
¿Dónde están los más pobres en nuestros países? Tengamos la valentía de establecer pequeñas comunidades de Hermanas para hacerlas presentes en medio de los más pobres y abandonados. Pequeñas comunidades disponibles para cualquier servicio, al acecho de las necesidades y las llamadas, que sepan estar cercanas en una sencillez fraternal. Pequeñas comunidades que den testimonio de su fe por el amor mutuo y la oración. La gente necesita vernos rezar.
«…Aquí estáis pues, Hermanas, escogidas por Dios para cumplir sus designios. No puedo deciros lo que vais a hacer, pues no lo sé yo,…
Aunque estoy seguro de que vais por la gloria de Dios y el servicio del prójimo».14
Tenemos que organizar nuestra reforma. Su primera etapa es nuestra conversión. Con todo intento, empleo la palabra reforma. Vengo de Ávila. Allí he rezado a santa Teresa y he pedido nos obtenga esa gracia, al mismo tiempo que he meditado durante esos días en lo que fue la reforma para el Carmelo: gracia de escucha al Espíritu, gracia de conversión del corazón hacia Dios solo. «Sólo Dios basta»; gracia de verdad y de fidelidad; gracia de renovación, de creación, de fundaciones nuevas. Reformarnos para entrar en la verdad total de la esencia de la vocación, vivir con el mismo deseo de autenticidad, como san Vicente dijo hablando del servicio de los pobres, pero también tocante a la humildad, a la obediencia, a la caridad fraterna, a la unión con Dios.
Nuestra responsabilidad está comprometida en relación con la Compañía, con las jóvenes que se presentan, con los pobres. La posibilidad de que el mundo de hoy nos comprenda a través de nuestras actividades va unida a nuestra vida interior. Reconozcamos que hemos cedido a una interpretación errónea de la libertad, que, en consecuencia, hemos dejado penetrar en nuestra vida cierta flojedad, en el plano espiritual, en lo que se refiere a la oración, a la revisión comunitaria, a la caridad espiritual, otros tantos medios humildes que nos dejó san Vicente para que viviéramos de Dios y para Dios. No quitemos importancia a esos puntos, que la tienen muy grande en función de nuestra vida espiritual.
¿Qué lugar dejamos hoy en nuestra vida para el silencio, para la ascesis, la mortificación? Consintamos humildemente en entrar en detalles concretos. En una época en la que todo está cronometrado, vamos a hacer con honradez el cálculo, por ejemplo, de las horas invertidas en la TV. Y ahora evaluemos las consecuencias: un debilitamiento de las convicciones que ceden el paso a cierta insensibilidad frente a los verdaderos valores de nuestra identidad de siervas: la pobreza, la humildad, la dulzura, la obediencia. A consecuencia de criterios ambiguos, padecemos una alienación sutil por parte de la publicidad, que nos aleja de la pobreza y de una vida auténtica de siervas de los pobres.
Todas esas modificaciones introducidas en la jerarquía de valores vicencianos, nos transforman a nosotras también, cambian el rostro de la Hija de la Caridad. Consecuencia de ello es el deterioro del clima fraterno. La ausencia de silencio, de oración regular nos conducen en efecto a una falta de contemplación, a una pérdida del discernimiento de la voluntad de Dios, esa voluntad de Dios que siempre nos presenta el amor, «el amor a Dios, el amor entre nosotras, el amor a los pobres». Los Ejercicios son un momento privilegiado para que podamos discernir lo que tenemos que cambiar. Somos nosotras el primer lugar en que debe hacerse la reforma. Roguemos para que este deseo de reforma se apodere de cada una de nosotras y de toda la Compañía, para que no resistamos más al amor de Jesús, de Jesús crucificado a quien reconocemos en los pobres. Que ese amor nos apremie verdaderamente a dar cada vez más, con alegría de saber que hemos sido llamadas por nuestro nombre, que somos amadas y que nosotras también queremos amar en espíritu y en verdad a nuestro Señor y nuestro Dios. Quizá entonces, como ocurrió a las carmelitas en tiempos de santa Teresa, veamos acudir las vocaciones atraídas por el humilde testimonio de la verdad en nuestras vidas de siervas, totalmente entregadas a Dios.
Quisiera terminar esta charla y esta proposición comunitaria de reforma no pidiéndoles que pasen ustedes a ser Hijas de la Caridad «descalzas», sino Hijas de la Caridad siervas, y pongo entre sus manos esta recomendación de san Vicente en el Reglamento de las Hermanas de Angers (diciembre de 1639): «Lo primero que nuestro Señor pide de ellas, es que le amen como soberano y que hagan todas sus acciones por amor a Él; y la segunda, que se amen entre sí, como hermanas a las que él ha unido con el vínculo de su amor; y a los pobres enfermos como señores suyos, ya que Nuestro Señor está en ellos y ellos en Nuestro Señor».15
En esta víspera de la Natividad de la Santísima Virgen, nuestra única Madre, pidámosle con insistencia que nos ayude a tomar resueltamente el camino de la reforma, de la conversión al amor.








