Los Votos en nuestra vida

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Hijas_caridadAl poner el título a este artículo he dudado entre «Los Votos» y «El Voto». En cualquier caso, yo quisiera hablar de este compromiso como tal —y no de éste o aquel voto en particular— y de lo que dicho compromiso representa en la vocación y en la vida de una Hija de la Caridad.

Ya recuerdan los numerosos debates a que dio lugar este tema al redactar las nuevas Constituciones y durante varias Asambleas Generales. No volveremos a tra­tar este asunto propiamente dicho, porque la Instrucción sobre los Votos, que ya no tardará mucho, aportará explicaciones complementarias. Preguntémonos, sencilla­mente, dentro de la óptica de la Renovación, qué convicciones deben animarnos y cómo ha de traducirse el don, cada vez más generoso al Señor, para servirle en la persona de los Pobres, en la Compañía y según su espíritu: «Sé lo que eres…».

1. «Sé lo que eres»

Nunca mejor empleada esta frase. Efectivamente, de una Renovación a otra, la Hija de la Caridad tratará, con la gracia de Dios, de hacer pasar decididamente a to­da su vida esta «identidad» que hoy conoce más claramente a la luz de las Constitu­ciones.

Y sobre todo sabe que sus Votos son —como ya lo hemos dicho y explicado tantas veces siguiendo a los Fundadores— como el resultado de un caminar espiri­tual que la lleva a confirmar, a intensificar, a urgir mediante este compromiso sagrado «el estado de caridad» que le es propio desde su admisión en el Seminario.

En efecto, ¿qué es un voto? Bajo la definición puramente jurídica del Canon 1191, tenemos que descubrir, por lo que a nosotros se refiere, un acto de amor que pretende llegar hasta su expresión más radical en la línea propia de nuestra vo­cación.

«El Voto es la promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor, que debe cumplirse por la virtud de la religión. » (Derecho Canónico, n.° 1191).

A.- Virtud de religión

Este último miembro de la frase contiene, sin duda, lo más importante. No se trata en absoluto del «Estado Religioso», sino de nuestro vínculo como tal, del vínculo de todo hombre, y con mayor razón, de todo bautizado, con el Señor. De El dependemos hasta lo más profundo de nuestro ser natural y sobrenatural, y El solo puede dar a nuestra existencia su pleno valor de realización y de significación.

Mediante el Voto reconocemos el soberano dominio de Dios sobre nosotros, así como el culto que le debemos (de ahí esta expresión «virtud de religión») y plasma­mos este vínculo fundamental, esta total pertenencia, en una promesa inspirada li­bremente por un impulso de amor, a la vez ardiente y lleno de humilde confianza. Es lo que Santa Luisa puso muy bien de relieve:

«El Voto da al alma la libertad de entrar en una comunicación familiar con Dios. La hace entrar en una especie de pacto con El, en que el alma promete y se obliga y Dios acepta y promete también por su parte.

El alma le promete y entrega el amor que más le agrada, que es el de darse toda a El, sin reservarse el poder de disponer de sí misma; y Dios se entrega recíprocamente al alma y le asegura la comunicación de todos sus bienes.

¡Oh anonadamiento de un Dios, o más bien poder admirable de exaltar la nada a una dignidad tan alta! Bendito seáis por siempre por permitir que el hombre se entregue así a Vos y por la gracia que le con­cedéis de inspirarle ese deseo!» (según Gobillon).

B.- Un acto que se hace libremente y que es inspirado por el añor

Vemos la insistencia de Santa Luisa sobre la libertad para comprometerse a tra­vés de los Votos: Dios da el deseo pero no lo impone. Entre El y nosotros se estable­ce una sorprendente familiaridad en que cada uno, con toda verdad, da y recibe recí­procamente y esto porque se trata precisa y esencialmente de amor: sin libertad no hay verdadero amor; sin amor, no hay verdadera libertad. Pero, desde el momento en que queremos ofrecer a Dios, como dice Santa Luisa, «el amor que más le agra­da», desde el momento en que nos sentimos llamados al don total para el servicio de los pobres, ¿cómo no desear él ir hasta el compromiso más completo?

Es evidente, volviendo a la definición canónica, que esta libertad supone que sepamos bien a qué nos comprometemos. La gravedad de una promesa semejante supone que no se haga sino con una información suficiente, después de madura re­flexión y con pleno consentimiento. Si las Constituciones prevén un margen de cin­co a siete años antes de la primera emisión de Votos, es precisamente para que pue­da hacerse con la madurez requerida. La apreciación corresponde en primer lugar a la misma Hermana y a sus Superiores, a quienes informa con toda sencillez de sus disposiciones: San Vicente y Santa Luisa obraban de la misma manera. Los Votos no son ni un diploma de buena conducta, ni una obligación que habría de caer como una cuchilla en una fecha determinada. Hay, ciertamente, un plazo máximo para de­cidirse, pero debe aprovecharse este plazo, si es necesario, sin vacilación y sin ningu­na reserva mental, para una preparación más profunda.

Por otra parte, cuando la Asamblea General insistió para que se hiciera una nue­va redacción de la Instrucción sobre los Votos, puntualizó que este documento ha­bría de estar destinado a todas las Hermanas y no solamente a las principiantes; ha de permitir en cada «Renovación» una nueva toma de conciencia y ha de alimentar una nueva reflexión en la oración a nivel personal y comunitario.

C. Dimensión jurídica y dinamismo teologal

Habrán observado que el Derecho Canónico habla «de un bien mejor y posi­ble». El calificativo «mejor» es más fácil de comprender cuando se trata de una Hija de la Caridad, ya que confirma mediante el Voto aquello a lo que ya está obligada y a ello «añade», como hemos dicho ya, el «carácter sagrado» propio del Voto. En virtud de dicho Voto, su servicio a los pobres, su castidad, su pobreza, su obedien­cia, quedan sobrevalorados y se hacen aún rayas agradables al Señor, del mismo mo­do que —como reverso de la medalla— sus faltas quedan agravadas en un sentido que vamos a precisar.

De todos modos, el término «mejor» es evidente, por decirlo así: Por hermoso que sea el matrimonio, por ejemplo, la castidad perfecta en el celibato, con miras al Reino de los Cielos, es superior. El «don total», sobre todo cuando se expresa con un Voto, nos lleva a vivir la consagración bautismal con un título nuevo y radical se­gún nuestra vocación en la Iglesia.

El término «posible» puede parecer más sorprendente: «Nada es imposible para Dios», y nada nos es posible sin su gracia: «Todo lo puedo en Aquel que me confor­ta»… Aquí se abre una distinción muy importante entre la dimensión jurídica y el dinamismo teologal del Voto. Este debe referirse a un objeto concreto y bien defini­do, porque constituye un grave compromiso de conciencia. Sería absurdo compro­meterse por Voto a toda la perfección del servicio de los Pobres y de los Consejos Evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. No sabríamos nunca si verdadera­mente los habíamos cumplido — ¡incluso estaríamos seguros de lo contrario!— y nos encontraríamos con perpetuos problemas de conciencia. Por el contrario, un com­promiso de amor debe procurar, normalmente, la paz y la alegría para avanzar siem­pre más por el camino del don total y de la identificación con Jesucristo.

Por esto, a partir de esta materia concreta a la que se refiere con todo rigor el Voto como tal (dimensión jurídica), se abre una perspectiva teologal sin límites como el amor del que es expresión: la medida del amor es amar sin medida. Lejos de con­tentarnos con el mínimo que se requiere, éste se convierte para nosotros y ante el Señor, en el signo de un impulso espiritual que abarca toda la virtud correspondien­te, todo el Consejo Evangélico en cuestión e incluso todo el espíritu evangélico del cual las Reglas «son como un compendio… acomodado al uso que nos es más ade­cuado» (Coste XII, 129; Síg. IX/3, 427).

A decir verdad, esta distinción no sirve para la castidad, ya que, por Voto, nos comprometemos a «guardar la castidad perfecta en el celibato»: aquí hay coinciden­cia con el Consejo Evangélico.

En cambio, a través del Voto de pobreza, las Hijas de la Caridad se comprome­ten a una total dependencia en el uso y disposición de los bienes de la Compañía, así como en el uso de sus bienes personales: tal es la materia de su Voto propiamen­te dicho y esto es ya mucho… Pero además —y ahí comienza el dinamismo teologal— su Voto confirma y ratifica el compromiso de vivir plenamente la pobreza según su estado.

Igualmente, mediante el Voto de obediencia, se comprometen a someterse a las decisiones (observemos bien esta palabra) de sus Superiores (es decir, el Sobera­no Pontífice, el Superior General, el Director General, la Superiora General, la Visita­dora, el Director Provincial, la Hermana Sirviente en su Comunidad local) según las Constituciones; tal es la materia del Voto propiamente dicho y esto es ya mucho… Pero además —y ahí comienza el dinamismo teologal— su Voto confirma y ratifica el don total de su libertad hecho a Dios en la Compañía.

Mediante el Voto del Servicio a los Pobres, las Hijas de la Caridad se compro­meten a servir a los Pobres corporal y espiritualmente conforme a las Constitucio­nes, ya de manera directa, ya indirecta, según lo estimen conveniente sus Superio­res para el bien común. Esta es la materia del Voto propiamente dicho y esto es ya mucho… Pero además —y ahí comienza el dinamismo teologal— este Voto confir­ma y ratifica el don total para el servicio de los Pobres que hicieron desde su entrada en la Compañía y que es, por otra parte, el eje fundamental de su vida.

Si no hiciéramos estas distinciones, nuestras menores faltas, nuestras menores imperfecciones serían en cierto modo «sacrilegios»… y tendríamos motivos para perder la cabeza… Pero es cierto también que debemos evitar todo formalismo tan opuesto al verdadero amor y entrar decididamente en la «vía superior de la divina Caridad». Una «promesa» como la del Voto, es mucho más y compromete de muy distinta ma­nera que unas simples «resoluciones». Estas, sin embargo, han de ensanchar cada día nuestro corazón más allá de las obligaciones más estrictas: ¡jamás amaremos bas­tante!…

D. Votos de la COmpaía y en la Compañía

Otra precisión muy importante:

La Iglesia reconoce los Votos de las Hijas de la Caridad tal y co­mo la Compañía los comprende en fidelidad a sus Fundadores. »

Esta frase-clave de las Constituciones (C. 2.5) es a la vez muy esclarecedora y muy exigente:

Muy esclarecedora, porque los Votos así reconocidos son una garantía no solamente de lo que tienen de específico, sino también de la identi­dad de la Compañía de la que son una de las ilustraciones más impor­tantes:

Son los Votos de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Muy exigente, porque los Votos así reconocidos hay que vivirlos con toda fidelidad al pensamiento de San Vicente y de Santa Luisa en la Compañía de las Hijas de la Caridad y según su espíritu, su carisma:

Los Votos se viven en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

1. Votos de la Compañía.

La pertenencia a la Compañía —desde el punto de vista jurídico— no viene de­terminada por los Votos, pero, como todo lo demás, queda de algún modo ratificada y confirmada por ellos. Las Hijas de la Caridad han contado siempre sus años de vocación a partir de su admisión en el Seminario, que se considera como su admi­sión propiamente dicha en esta Familia espiritual. Pero para permanecer en ella se requieren los Votos en el momento previsto para ello y deben renovarse anualmente, excepto en el caso en que se conceda una prórroga o se imponga un retraso que, normalmente no deben exceder de un año. Por otra parte el ejercicio de determina­dos derechos, unido en primer lugar a la edad de vocación, exige que el compromiso en la Compañía, haya sido confirmado por los Votos, por ejemplo para participar en la Asamblea Provincial después de los cinco años de vocación, o en la Asamblea General después de los diez años de vocación (Const. 3,13).

A este respecto hay cosas muy interesantes en la Instrucción sobre los Votos, del Padre Henin, en 1701. Pregunta, por ejemplo:

  • «Las Hijas de la Caridad que aún no han hecho los Votos, ¿están obligadas a observar lo que está contenido en esta instrucción? «
  • Respuesta: «Sí, están obligadas a ello, no en virtud de los Votos, sino para disponerse a hacerlos y porque son miembros de un cuerpo de comunidad que hace Voto de pobreza, castidad y obediencia y de servir a los pobres enfermos. Ahora bien, todos los miembros de un cuerpo deben tener unión y correspondencia los unos con los otros, lo que se lleva a cabo mediante la obediencia a las Reglas y a todo lo que está contenido en los Votos que se hacen (en la Compañía) después de haber sido probada cinco años, como se practica entre las Hijas de la Caridad».

La práctica de los Votos —aunque no obligatoria todavía— se había generaliza­do, pues, suficientemente en aquella época, ya que el Padre Henin añade esto:

  • «Las Hijas de la Caridad deben saber que, cuando no hacen los Vo­tos, después de haberlos pedido y obtenido la gracia de hacerlos, pe­can gravemente, engañando a sus Superiores, y no pueden asistir a las Asambleas de elecciones ni ser elegidas en ellas válidamente para ningún oficio. Por otra parte, si hiceran los Votos de la Comunidad sin haber obtenido el permiso, éstos serían nulos, ya que no habían sido admitidas a ellos por los Superiores de París.»

Es fácil hacer la transposición de estos textos a los de las Constituciones actua­les. La emisión y la naturaleza de los Votos no se dejan en absoluto a la interpreta­ción personal.

2. Votos en la Compañía.

La fidelidad al pensamiento de los Fundadores debe comprenderse sobre todo, claro está, dentro de una perspectiva espiritual: como ellos, tenemos que juzgar la naturaleza de los Votos y su razón de ser a la luz del fin principal de la Compañía. Los Votos se hacen en ella para garantizar la estabilidad y la calidad:

  • del don total para el servicio de los Pobres y
  • del servicio de los Pobres como expresión del don total en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Si los Votos, como la reja en el locutorio del que se habla en el Consejo del 28 de junio de 1646 (C. XIII, 601 y ss.; Síg. X, 741) hubieran podido, aunque fuera poco, desviar a las Hermanas del fin principal, a ellos también se aplicarían las palabras de San Vicente: «Esto sería todo lo contrario de lo que Dios pide de vosotras». Muy al contrario, con la condición de que se comprendieran bien (y ya sabemos qué pru­dentes fueron a este respecto), los Fundadores vieron en los Votos una manera de alcanzar con más seguridad el fin de la Compañía.

También en este punto, el sentido de la pertenencia a la Compañía se encuentra reforzado. Esto es especialmente perceptible y conmovedor en el día de la Renova­ción. Con un mismo corazón, con un mismo impulso, todas las Hijas de la Caridad, de un extremo al otro del mundo, repiten —o más bien confirman— su «Sí» a una vocación que es inseparable de una «convocación», «llamadas y reunidas para un mismo designio».

Más aún que desde el punto de vista jurídico, y a condición de evitar también aquí toda ambigüedad, los Votos podrían llamarse «comunitarios», no solamente por­que son Votos de la Compañía, sino sobre todo porque son Votos en la Compañía, que crean con el Señor y entre todas las Hermanas en el Señor —y se podría añadir: con todos los pobres— un vínculo sagrado para vivir más profundamente, más per­fectamente la identidad y por tanto la unidad de la Compañía.

La misma resonancia se vive más concretamente también a nivel de cada Co­munidad local; ya sabemos la importancia de la vida fraterna en común dentro una Sociedad de Vida apostólica y más especialmente para las Hijas de la Caridad. Es evidente que el 25 de marzo —y con mayor razón en este Año Mariano— habrá de celebrarse como factor de más estrecha unión entre sí de los miembros de dicha Co­munidad en su contexto de Iglesia y de Humanidad.

«¡Que el cumplimiento de tu Voluntad sea una FIESTA!»

2. Vuelta a las fuentes

Para volver a encontrar el sentido profundo de nuestra vocación y, por tanto, de los votos que dentro de ella se pronuncian, nada es tan esencial como volver a las fuentes. Esto es lo que tratamos de hacer desde hace años, en respuesta a la invitación de la misma Iglesia.

Sin duda alguna, hay que tener en cuenta también todo lo que ha entrado des­pués de los orígenes en el patrimonio de la Compañía, especialmente lo que el Ca­non 578 llama «las sanas tradiciones», es decir, las aplicaciones, la progresiva puesta en práctica, las actualizaciones auténticas del carisma original. Pero, precisamente la «autenticidad» de estas «sanas tradiciones» está esencialmente unida a su conti­nuidad en relación con el espíritu y las intenciones de los Fundadores, en relación con la naturaleza, el fin y el carácter de su Instituto, ya que todo esto ha sido ratifica­do por la aprobación de la Iglesia.

Por otra parte, nuestra reflexión sobre los Votos —que indudablemente entran dentro de nuestras «sanas tradiciones»— ha de referirse, ante todo, a la manera en que dichos votos aparecieron en vida de San Vicente y Santa Luisa.

A. Los comienzos

1. Un mes importante: julio de 1640.

Según los documentos que han llegado hasta nosotros, el mes de julio de 1640 marca verdaderamente el «saque». San Vicente aborda la cuestión de los votos en dos ocasiones durante ese mes y, ya de entrada, de una manera muy instructiva. Por eso es importante que recordemos estos textos que son muy conocidos.

a) El 5 de julio de 1640.

San Vicente habla accidentalmente de los votos:

«Dos clases de personas en el mundo pueden permanecer en este estado (que los hace más agradables a Dios): unas están en su casa y sola­mente se preocupan del cuidado de su familia y de la observancia de los mandamientos; las otras son las que Dios llama al estado de perfección, como los Religiosos de todas las Ordenes y también aquellos que El pone en Comunidades como las Hijas de la Caridad, las cuales, aunque por ahora no tengan votos, no dejan de estar en este esta­do de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad. (Coste IX, 14; Conf. Esp. n.° 35).

Hay que observar dos cosas interesantes:

— Se puede ser «verdaderas Hijas de la Caridad» sin votos,

— Pero estos votos están ya en el pensamiento de San Vicente y no harán más que «urgir el estado de perfección» que es el de la Hija de la Caridad fiel a su vocación.

La idea de este pasaje está, pues, clara, aunque la terminología que se emplea no sea exactamente la de hoy.

b) El 19 de julio de 1640.

Esta vez San Vicente va más lejos. Vuelve intencionadamente sobre el tema de los votos y, en cierta manera, provoca en las Hermanas el deseo de pronunciarlos:

«¡Qué consolado me sentí, mis queridas Hermanas, uno de estos días! Es preciso que os lo diga. Oía yo leer la fórmula de los votos de los Religiosos Hospitalarios de Italia, que era en estos términos: «Yo, … hago voto y prometo a Dios guardar toda la vida la pobreza, la castidad y la obediencia y servir a nuestros señores los pobres». Ved, hijas mías, es muy agradable a nuestro buen Dios honrar de esta forma a sus miembros, los queridos pobres».

La copista, que no es otra que Luisa de Marillac, añade:

«El fervor con que el Padre Vicente leyó las palabras de estos votos in­dujo a algunas Hermanas a testimoniar el sentimiento que experimen­taban. Al representar la felicidad de estos buenos religiosos que se en­tregaban así por entero a Dios, le preguntaron si, en nuestra Compa­ñía, no podría haber Hermanas admitidas a hacer semejante acto».

Su caridad nos respondió de esta manera: «Sí, desde luego, hijas mías, pero con esta diferencia: que los votos de esos buenos religiosos son solemnes, y no pueden ser dispensados de ellos ni siquiera por el Papa; pero, de los que vosotras podéis hacer, el Obispo podría dis­pensar. (En esta fecha, la Compañía no se distingue verdaderamente de las Cofradías de la Caridad.) Sin embargo, valdría más no hacerlos que tener la intención de dispensarse de ellos cuando una quisiera.»

A esta pregunta: «¿Sería conveniente que las Hermanas los hicie­sen en particular según su devoción?», su caridad respondió: «que ha­bía que guardarse de ello, porque si alguna tenía este deseo, debería hablar con sus superiores, y después de eso quedarse tranquila, tanto si se lo permitían como si se lo negaban». (Coste IX, 25; Conf. Esp. n.° 57-58.)

Lo que resulta más sorprendente es la idea bastante clara que San Vicente tiene ya de los votos y que prácticamente no variará:

Se trata de votos simples, como se decía entonces, y susceptibles de dispensa. Santa Luisa escribiría, nueve años más tarde, al Abad de Vaux:

«… no se trata de votos distintos a los que un devoto o devota puede hacer en el mundo: y aun ni siquiera son así, porque de ordinario cuan­do los del mundo hacen votos, es en presencia de su confesor. » (San­ta Luisa, Corresp. y Escritos, p. 290.)

Estos votos no serán, por entonces, obligatorios, no lo serán hasta mucho más tarde: ahí es donde se aplicará la noción de «sana tradición», como lo hemos di­cho ya.

Sin embargo estos votos no se dejarán a la iniciativa personal, sino que deberán ser autorizados por los Superiores, que son los que juzgan en cada caso so­bre la oportunidad de dichos votos. Luisa de Marillac y otras cuatro Hermanas serían las primeras admitidas a ellos, los pronunciarían el 25 de marzo de 1642 y, por otra parte, los votos que emitieron fueron perpetuos.

2. Posteriormente.

Lo que va a vivir a partir de este día y hasta la muerte de los Fundadores —y aun mucho más adelante— confirma lo que acabamos de ver. Es imposible exponer­lo o hacer un resumen de lo esencial dentro de los límites de este artículo. Pase­mos a hablar enseguida de las principales constataciones.

a) Introducción progresiva de los votos.

La práctica de la emisión de los votos se introduce de una manera muy pro­gresiva y muy flexible, aunque se fue generalizando hasta el punto que, en un mo­mento dado, San Vicente habla como si todas las Hermanas hicieran votos o tuvie­ran la intención de hacerlos. De hecho se ve que viven juntas —sin que esto parezca crear el menor problema de orden jurídico ni siquiera comunitario— Hermanas sin votos, Hermanas con votos anuales, Hermanas con votos perpetuos. Es fácil adivi­nar las razones que los Fundadores tenían para ello.

San Vicente y Santa Luisa dudan entre votos perpetuos y votos temporales (cf. Carta de Santa Luisa al Señor Portail, Corr. y Escritos, p. 165).

Algunas Hermanas, después de haber hecho votos anuales durante un tiempo variable, están autorizadas a hacer votos perpetuos (cf. Car­tas de Santa Luisa a San Vicente, Corr. y Escr. p. 453-54; 600; 633).

Finalmente, los Fundadores se pronuncian en principio por votos anua­les, siempre renovables (cf. Cartas de Santa Luisa a las Hermanas de Richelieu, Corr. y Escr. p. 349-50; 453-54; al Abad de Vaux, Corr. y Escr. p. 579; al Señor Vicente, Corr. y Escr. p. 639) (2).

b) Uso práctico.

Se adopta una fórmula de votos y una cierta manera de hacerlos (la que he­mos visto aflorar desde el principio) pero esto no afecta al estatuto jurídico de las Hermanas ni a su pertenencia a la Compañía.

Es esencialmente e incluso únicamente su vida espiritual como tal, la que queda implicada: se trata de vivir una entrega cada vez más total a Dios para el servicio corporal y espiritual de los Pobres como Hijas de la Caridad. Veamos un ejemplo pintoresco pero instructivo. Sor Francisca Menage quiere renovar sus votos ¡todos los meses!… Y San Vicente le contesta, el 12 de febrero de 1659:

«Es suficiente con que renueve usted sus votos por un año; luego podrá renovarlos por otro, si siente usted devoción de hacerlos. … Me pide usted permiso para hacer esta renovación todos los meses; pero si la hace por un año entero, la hace usted al mismo tiempo para todos los meses, sin que sea necesario hacerla cada mes. Sin embargo pue­de hacerla durante ese año todas las veces que quiera, no ya para con­traer una nueva obligación de cumplirlos, puesto que la primera vez se comprometió ya a ello totalmente, sino para demostrar a Dios que está usted satisfecha de haberse entregado a él y para animarse a serle ca­da día más fiel. (Coste VII, 455; Sig. VII, 389-90).

B. ¿Y hoy?

Hemos visto cómo, según un proceso normal, los votos se hicieron obligatorios y se vieron afectados, de un modo más concreto, por implicaciones de orden jurídi­co. Pero las nuevas Constituciones han querido volver a encontrar su significación original en respuesta a la Iglesia que pedía un retorno a las fuentes y a la vez una expresión tan adecuada como fuera posible a los tiempos y el derecho actual. Lo importante, en definitiva, es esa vivencia teologal, que aprendemos de los Fundado­res y dentro de una «relectura» fiel de las Constituciones. Detengámonos en tres fra­ses, las más características a este respecto en C. 2, 5.

1) Muy pronto en la historia de la Compañía las Hermanas expresaron el de­seo de ratificar su entrega total a Dios por medio de los votos, fuente de fortaleza, alianza que tiene sus raíces en el Misterio de la Iglesia.

Reconocemos sin dificultad en este texto las dominantes que hemos señalado:

  • la ratificación, por medio de los votos, del don total hecho al entrar en la Com­pañía para servir en ella a Jesucristo en los pobres,
  • el significado esencial de estos votos en la línea del amor,
  • la inquietud por permanecer fiel a la intuición de los orígenes en la emisión de dichos votos (así como en su renovación anual).

Tenemos que reconocer que, a lo largo de la historia de la Compañía, no ha ha­bido siempre formulaciones tan adecuadas. Una preocupación legítima pero a veces excesiva por las reglamentaciones, por un deslizamiento más o menos consciente hacia otras formas de vida consagrada, por un paralelismo con los Sacerdotes de la Misión, etc… causando, parece, algunas desviaciones. Pero, es sorprendente que, todas las veces que ha habido que defender el carácter propio de la Compañía y, en especial, de sus votos, la expresión de los Superiores ha encontrado la inspiración primitiva.

Es significativo, por ejemplo, ver cómo el Padre FIAT, en una súplica a la Santa Sede, afirma (empleando como es natural la terminología de la época):

«Los votos (de las Hijas de la Caridad) no son votos públicos ni son acep­tados (recibidos) en nombre de la Iglesia. Si, por lo regular, tras un pe­ríodo de varios años en la Compañía, emiten votos anuales, dichos vo­tos son de carácter privado, sin más testigo que Dios y la propia con­ciencia. A lo más pueden compararse a los que en el mundo una per­sona piadosa haría con la autorización de su director para un mayor provecho espiritual. » (Génesis de la Compañía, p. 70).

Indudablemente hay en ello, como en las Asambleas de «aggiornamento», un deseo de ver los votos como los veían San Vicente y Santa Luisa: como el resultado de un caminar espiritual, dentro de la línea propia de la vocación. Lejos de minimizar el alcance de los votos al decir esto, se vuelven a colocar las profundas exigencias de dichos votos bajo su verdadera luz.

Por otra parte, las Constituciones evocan inmediatamente la inserción de la Com­pañía en la Iglesia. La Hija de la Caridad se entrega a Dios para participar a su manera en la misión universal de la Iglesia, en este Misterio de Alianza entre Dios y los hom­bres. Los votos tienen como base el Bautismo en Cristo:

«Los votos, dice San Vicente, «no son sino una donación que le habéis hecho de vosotras mismas (a Dios); igualmente El se ha entregado a vosotras, ya que se entrega a las almas que se dan a El por un contrato irrevocable, que nunca jamás romperá. » (Coste X, 170; Conf. Esp. n.° 1.472.)

La renovación anual de los votos permite a las Hermanas afianzar su vo­luntad de responder a la vocación, a la vez que garantiza la estabilidad de su servicio a Cristo en la Compañía: supone un acto libremente hecho y siempre inspirado por el amor.

Está claro que, también aquí, volvemos a encontrar el pensamiento profundo de los Fundadores, cuando, finalmente, se orientaron hacia los votos anuales. Evi­dentemente, había que diferenciarse de la vida religiosa y hacer que se reconociera a las Hijas de la Caridad como una «Cofradía». Había que tener en cuenta también la inestabilidad de algunas Hermanas en los comienzos. Pero, de hecho, desde su entrada en la Compañía, las Hermanas se entregan a Dios para siempre. Los votos y su renovación, les permiten por tanto, según las expresiones de los Fundadores, recibir nuevas fuerzas y nuevas gracias para perseverar en su vocación (Coste IX, 352; Conf. Esp. n.° 585), demostrar a Dios «que están muy satisfechas de pertene­cerle» cada vez más (cf. Coste VII, 455; Síg. VII, 390) y «hacerle un nuevo sacrificio de su libertad» (cf. Santa Luisa, Corr. y Escr. p. 339).

Esto significa que la espiritualidad de la Renovación requiere una seria prepara­ción, pues cada año debe marcar una nueva etapa en la profundización de la entrega total de la Hija de la Caridad. Incesantemente debe «renovar» en ella la estima por su vocación y por los votos, el conocimiento que tiene de sus obligaciones y com­promisos, su práctica de los Consejos evangélicos a partir y con miras a un mejor Servicio, su sentido de pertenencia a la Compañía, su interés por adquirir una verda­dera madurez humana y evangélica, etc…

La renovación se hace en voz baja en la fiesta de la Anunciación, día esco­gido por Santa Luisa para asociar al Fiat de la Virgen su propia donación y la de sus hijas.

Sobre la introducción de este uso en la Compañía, tenemos este pasaje de una conferencia del Padre Gicquel, Director General, el 16 de marzo de 1669:

«Nuestro venerado Padre Alméras (Superior General) enterado de que varias Hijas de la Caridad han hecho hasta ahora los votos en días diferentes y los han renovado también en diferentes tiempos, y como la fiesta de la Anunciación, el 25 de marzo, fue el día en que la Señorita Le Gras, de feliz memoria, y sus primeras Hijas fueron admitidas a los votos por primera vez por el Señor Vicente, nuestro Venerable Funda­dor, estima que toda la Comunidad se considerará dichosa de renovar los votos el 25 de marzo y así lo juzga oportuno; se avisará mediante una carta a las Hermanas que están lejos».

Efectivamente, es verdad que la fecha del 25 de marzo ocupó un lugar de predi­lección en el corazón de Santa Luisa para la emisión de los votos, aunque, en vida de ella, las Hermanas hayan sido autorizadas a hacerlos en diferentes fiestas de la Santísima Virgen como la Asunción y sobre todo la Inmaculada Concepción. De es­te modo, quería unir su «Sí» al de María-Sierva que hizo posible la Encarnación del Hijo de Dios y todas sus consecuencias, y que, finalmente, se une al «Sí» de Jesu­cristo Servidor: al «Sí» que El dice y que es El en persona como Verbo en el seno de la Santísima Trinidad, al «Sí» de obediencia que pronuncia como Verbo Encarna­do al entrar en este mundo para salvarlo.

Esta vivencia teologal vuelve a situar la vocación de la Hija de la Caridad dentro del designio misericordioso del Señor sobre los hombres. No solamente María, en su Anunciación, nos enseña las disposiciones que deben animarnos para adherirnos plenamente a este plan de Dios, sino que en Ella somos introducidos inmediata­mente en el centro mismo de este designio en referencia a nuestro Bautismo y al espíritu con el que tenemos que vivirlo. Más que nunca, en este Año Mariano, las Hijas de la Caridad querrán vivir su Renovación dentro de esta perspectiva:

«Soy toda tuya, Santísima Virgen, para ser más perfectamente de Dios. » (Santa Luisa, Corr. y Escr., p. 670.)

3. La fórmula de los votos

Aunque la fórmula de los Votos se presenta como una «declaración» (la Iglesia prefiere esta expresión que pone mejor de relieve el carácter de compromiso), y no como una oración (excepto al final, en que se implora la gracia de la fidelidad), nada nos impide —sino muy al contrario— abordarla aquí a modo de una meditación: se trata de un tema importante y esencial, si los hay, porque expresa la entrega total que la Hija de la Caridad hace de sí misma a Dios y porque ésta le promete vivir ente­ramente dicha donación, con la ayuda de su gracia.

Además de la Renovación «oficial», podemos hacer otras tan a menudo como queramos, y, más especialmente en determinadas circunstancias como nuestros Ejer­cicios y Retiros, en las principales fiestas de la Iglesia y de la Comunidad, en los días de grandes alegrías o de grandes penas. El «soplo» del Espíritu ha de prevalecer so­bre todas nuestras tempestades exteriores o interiores.

A. «En respuesta a la llamada de Cristo que me invita a seguirle y a ser testigo de su caridad hacia los pobres«

De entrada nos encontramos ya ante lo esencial, lo principal; todo lo demás se va a esclarecer y ha de comprenderse y vivirse a partir de ahí, empezando por la mis­ma fórmula de Votos:

1. Es el Señor quien llama…

La palabra «invita» es significativa: el Señor propone, no impone. El quiere una respuesta de Amor a su llamada de Amor.

Más que nunca la Hija de la Caridad que hace los Votos ha de tener «ante sus ojos, en su corazón y en sus manos» (Olier) al Cristo que le presentan las Constitu­ciones, siguiendo a los Fundadores: Adorador del Padre, Servidor fiel de su designio de Amor, Portador de la Buena Noticia a los Pobres. A El es a quien debe seguir e imitar y con quien debe identificarse cada vez más, ya que

2. El Señor nos espera en la persona de los Pobres

Aquí tenemos, pues, el corazón, el centro de la vocación. El don total, la ora­ción, la comunidad se viven en esto, para esto, a través de esto, en rigurosa unidad.

Por el mismo hecho, será el servicio a Cristo en los Pobres en sencillez, humil­dad y caridad, el que va a dar su colorido propio a las exigencias del don total, de la vida de oración, de la vida comunitaria de la Hija de la Caridad. Como Cristo y con El, va a «servir» y dar a su vida en y para ese servicio.

Sus votos son precisamente la confirmación más sagrada de este compromiso profético: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.»

B. «Yo renuevo las promesas de mi bautismo…»

Esta expresión se inspira directamente en la de Santa Luisa y nos revela su senti­do profundo de la consagración bautismal y de la pertenencia eclesial que hay que vivir perfectamente como Hijas de la Caridad.

1. Yo (fulana de tal).

No damos «cosas». Nos damos en primer lugar a nosotros mismos por entero, cuerpo, corazón, espíritu. El Señor ha puesto los ojos en su humilde sierva —como los puso en la Virgen María — y ella le hace la oblación total de su persona. Lo que cuenta, mucho más que su «hacer», es su «ser» en respuesta al designio de Dios. Su acción será la traducción de su «ser». «El obrar sigue al ser» dice un viejo adagio.

La Hija de la Caridad se lanza literalmente en El, en su Amor, tal como es, con lo que tiene de positivo y de negativo; con «eso» el Señor sabrá hacer maravillas si encuentra un corazón acogedor, disponible, lleno de confianza, que viva la senci­llez y la humildad.

2. El Bautismo «renovado».

El Bautismo nos ha purificado y ha hecho de nosotros hijos de Dios en Cristo por el Espíritu. La mayor parte de nosotros lo recibimos sin tener conciencia de ello, pero hoy se nos da la oportunidad de asumirlo. La Renovación, como indica la mis­ma palabra, está en esta línea, consciente y voluntaria de conversión en Jesús muer­to y resucitado: vaciarse de sí mismo para llenarse de El, como le gustaba decir a San Vicente. Los Votos se han comparado a un segundo Bautismo.

El Bautismo es la consagración fundamental. Por lo que a las Hijas de la Caridad se refiere, sus Votos —lo hemos dicho y repetido— no hacen sino confirmar y urgir el modo específico en que, desde su entrada en la Compañía, se han comprometido a vivir en plenitud la consagración bautismal. Aquí toma toda su fuerza la expresión de los Fundadores:

«Vivir como buenas cristianas para ser buenas Hijas de la Caridad. » (Coste X, 124-Conf. Esp. n.° 1.3931.

Las Hijas de la Caridad tienen doblemente la dicha de ser hijas de la Iglesia y, continúa Santa Luisa:

«…y siendo esto así (como Hijas de la Caridad), ¿no tendremos también un doble deber de vivir y obrar como hijas de tal Madre? Esto re­quiere una perfección muy grande. » (Sta. Luisa, Corr. y Escr. C. 198, p. 204).

Uno de los signos más bellos de esta pertenencia a la Iglesia es la emisión o la renovación de los Votos durante la celebración Eucarística, fuente y centro de la vida eclesial, acto fundamental en el que se construye la Iglesia y toda célula de Igle­sia, Memorial de la pasión de Cristo a quien las Hijas de la Caridad van a encontrar y servir en los que sufren.

C. «Y hago voto a Dios por un año, de castidad, pobreza y obediencia al Superior General de la Congregación de la Misión…»

Sin entrar aquí en discusiones de ningún género, vamos a hacer solamente al­gunas observaciones.

Los Consejos Evangélicos de Castidad, Pobreza y Obediencia se convirtieron des­de antaño en la expresión tradicional del don total al Señor. Esto se ha presentado de varias maneras:

  • haciendo referencia al ser, al tener y al obrar de la persona humana,
  • haciendo referencia a su tener, a su saber y a su poder,
  • en relación al otro, a las cosas, a la sociedad, etc.

De todas formas, es nuestro ser en su totalidad el que queda asumido en la vida bautismal y evangélica. En oposición a la triple «concupiscencia o codicia» de que habla San Juan (la carne, los ojos, el orgullo de la vida) y que se refleja en la triple tentación de Cristo en el desierto, se trata esencialmente de dejarnos identificar con El por el Espíritu como verdaderos discípulos según las Bienaventuranzas y según el camino específico por el que quiere vernos vivir como tales.

Esto es lo que dicen las Constituciones:

«…las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los Consejos Evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que les hacen estar dis­ponibles para el fin de la Compañía: el servicio de Cristo en los Po­bres. » (C. 1,5).

A nivel de los Votos, la Madre Carrére escribía el 1 de febrero de 1841:

«Nosotras somos para los Pobres, mis muy queridas Hermanas, así es como nos define San Vicente; es por ellos y para ellos solos por quie­nes Nuestro Señor nos ha llamado, nos ha reunido y porque ellos le representan nos dedicamos a su servicio. Por eso me complazco en ha­blarles principalmente de este voto en la presente circular, porque él resume todas nuestras obligaciones y porque debe ser el móvil de nues­tra conducta, incluso con relación a los demás votos que no son, por lo que a nosotros se refiere, más que la regla y el apoyo de éste. » (Cir­culares II, p. 283).

Ya recordamos el comentario de Juan Pablo II en el mismo sentido a los miem­bros de la Asamblea General de 1985 con relación al «totalmente entregadas a Dios para el servicio de los Pobres». (Ecos junio-julio 1985, p. 272.)

En cuanto al orden clásico de los tres votos, fue modificado por el Concilio que puso en primer lugar la castidad:

  • por razones espirituales: a la luz de la Alianza, la castidad expresa la consagración personal, íntima, de esposa (cf. el paralelo con Coste, X, 169; Conf. Esp. n.° 1.472): «Os entregásteis a El por completo por medio de los votos, de forma que sois sus esposas y El es vuestro Esposo».
  • por razones históricas: la virginidad consagrada, ya recomendada por San Pablo, fue la primera honrada en la Iglesia y la primera forma de vida consagrada institucional; después surgieron, según una dialéctica nor­mai, la vida en común, el compartir y la puesta en común de los bienes, así como la obediencia.

D. «Conforme a nuestras Constituciones y Estatutos… en la Compañía de las Hijas de la Caridad…»

Podemos unir estas dos expresiones:

1) Son los Votos de la Compañía

Ambas expresiones indican que se trata de Votos de la Compañía, como los he­mos explicado. Hay que comprender, pronunciar y vivir los votos tal como son reco­nocidos por la Iglesia. De hecho los reconoce precisamente como votos de la Com­pañía con sus características propias, en fidelidad al pensamiento de los Fundadores y en armonía con la legislación actual, tanto a nivel del derecho universal como del derecho particular (o derecho propio).

2) Dimensión teologal

Si las Constituciones y Estatutos especifican el contenido y el enlace de los vo­tos, aún más ponen de manifiesto la dimensión que hemos llamado teologal. Más allá de la estricta dimensión jurídica, lo que la Hermana asume es toda la vida, todo el espíritu, toda la espiritualidad de la Compañía —tal como se expresan en dichas Constituciones y Estatutos— ahí está su Regla de vida, su proyecto de vida para se­guir a Jesucristo como Hijas de la Caridad. Su servicio, su don total (castidad, po­breza, obediencia), su vida de oración, su vida comunitaria, están impregnadas y unificadas por el mismo espíritu de sencillez, humildad y caridad, que le confiere su fisonomía propia.

3) Certificación

En ese sentido hay que comprender la obligación de firmar una fórmula certifi­cando que se han hecho los votos. En esto se vuelve a un uso que estaba en vigor en tiempo de Santa Luisa y que se había perdido; de ello teníamos un vestigio en el «Yo… la infrascrita (o: la abajo firmante)» de la fórmula tradicional. Esta exigencia tiene también un aspecto jurídico que no hay que descuidar, pues se ha de saber, en todo momento, la posición de la Hermana con relación a la Compañía. Pero es más bella todavía cuando la consideramos como la ratificación personal y profunda de un ideal que una persona se compromete a vivir tan perfectamente como sea po­sible.

E. «Y de emplearme en el servicio corporal y espiritual de los pobres, nuestros verdaderos señores…»

1) El voto especial de la Hija de la Caridad

No sería acertado que la conjunción «y» nos llamara a engaño como si este 4.° voto viniera pura y simplemente a añadirse a los otros. Por el contrario, es el voto por excelencia de las Hijas de la Caridad, su voto especial como dicen las Constitu­ciones, el que les confiere lo que tienen de «específico» como tales Hijas de la Cari­dad. Hay dos formas de poner de relieve una cosa: bien colocándola en primer lugar y el resto se desprende de ella, o en último lugar y lo demás encuentra en ella su cumbre y su plenitud de significado. De todos modos, los votos se han hecho en este último orden, durante siglos, pero el famoso «para» de la fórmula primitiva de Santa Luisa no deja ninguna duda sobre la interpretación que hemos de darle, como decía la Madre Carrére, citada anteriormente.

2) En seguimiento de Cristo Servidor

En realidad esto sólo se comprende si se enfoca el Servicio como tal, la asimila­ción tan perfecta como sea posible de las actitudes de Jesús Servidor (y de María Sierva), en la línea de un despojo y de una disponibilidad que permitan encontrar al Señor actuando, por su Espíritu, en el corazón y en la vida de los Pobres. Esto ha de plasmarse hasta en los más humildes gestos del Servicio corporal y espiritual. Entonces, la perfección de la Caridad se vive esencialmente en el acto apostólico mismo, directa o indirectamente. La Hija de la Caridad que ya no puede «trabajar» continúa siendo —y quizá más que nunca— Hija de la Caridad en unión con sus Hermanas; sin escrúpulo alguno puede hacer voto de servir a los Pobres, inmolán­dose por ellos, descentrándose cada vez más de sí misma para centrarse en Cristo y, en El, en los Pobres. Cristo fue el primero en «descentrarse» de su condición divi­na para hacerse uno de nosotros, para ponerse a nuestro servicio y al mismo tiempo al servicio de su Padre:

«Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen. «

La expresión «nuestros verdaderos Señores» es un compendio de todo esto: in­vita a ver a los pobres en Cristo y a Cristo en los Pobres y también a que nosotros mismos nos forjemos un corazón de pobres según el Evangelio, para poder trabajar en su promoción plena, humana y cristiana.

F. «Concédeme, Señor, la gracia de la fidelidad por tu Hijo Jesucristo crucificado y por la intercesión de la Virgen Inmaculada«

De la fórmula declaratoria, se pasa a la forma deprecativa (oración) para pedir al Señor la gracia de las gracias, la de la fidelidad. Ya conocemos la prioridad que daban los Fundadores —y con qué insistencia— al designio de Dios sobre la Compa­ñía. Este don de Dios a la Iglesia y a los Pobres está entre las manos de todas las Hijas de la Caridad y de cada una de ellas, de generación en generación, de un extre­mo al otro del mundo. Si nuestros votos son un compromiso, son también una prue­ba de confianza en el que da el ser, el querer y el obrar; sin El no podemos nada; con El lo podemos todo.

1. Por tu Hijo Jesucristo Crucificado

Ya sabemos cómo gustaba a Santa Luisa la expresión «Jesús Crucificado». No nos está prohibido ver en esto un reflejo de todo lo que ella misma tuvo que sufrir física y moralmente y que supo unir en Fe a la pasión de Cristo. Pero, sobre todo, como hemos dicho con frecuencia, vio en este Cristo en Cruz al Servidor, fiel «hasta el extremo» a la misión que le había sido confiada por el Padre, misión que, como definió El mismo, consistía esencialmente en llevar la Buena Noticia a los Pobres.

A este Cristo es al que las Hijas de la Caridad van a encontrar y servir en sus miembros dolientes. De El han de aprender a servir con el más total desprendimiento de sí mismas, con una disponibilidad sin límites, en la pobreza de un corazón senci­llo, humilde y lleno de Amor. Sí, los Pobres son amos terriblemente exigentes, pero, a través de ellos, se perfila «el Señor», el «Maestro», quien, por otra parte, precisó bien, cuando la víspera de su Pasión lavó los pies a los Apóstoles, en qué sentido había que entender dicha palabra.

2. Por la intercesión de la Virgen Inmaculada

La invocación a la Inmaculada ha de hacerse, indudablemente, con más fervor to­davía en este Año Mariano. Ya hemos hablado extensamente de la Santísima Virgen en los anteriores números de los Ecos; teniendo en cuenta lo que allí decíamos, no nos extrañará que este título de «Inmaculada» se haya conservado en la fórmula de Votos. Se trata de todo un enraizamiento en la devoción mariana de la Compañía desde sus comienzos y, más especialmente, desde las apariciones y el mensaje de 1830.

Volvamos más bien, para terminar, a ese famoso mes de julio de 1640 en que empezó la historia de los Votos. Es Santa Luisa quien toma nota sin omitir detalle:

«El Padre Vicente, invadido de un gran fervor, empezó a elevar su cora­zón y sus ojos al Cielo y pronunció estas palabras:

¡Oh, Dios mío! Nos entregamos a Ti.

Concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una verdadera pobreza. Yo te la pido para todas nuestras Her­manas presentes y lejanas. ¿No lo queréis también así, hijas mías?

Concédenos también de la misma forma la gracia de vivir y morir castamente. Te pido esta misericordia para todas las Hermanas de la Caridad y para mí,

y la de vivir en una perfecta observancia de la obediencia.

Nos entregamos también a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida a nuestros Señores los Pobres, y te pedimos esta gra­cia por tu santo amor. ¿No lo queréis así también vosotras, mis que­ridas Hermanas?

Todas nuestras Hermanas dieron de muy buena gana su consentimien­to con testimonios de devoción y se pusieron de rodillas. El Padre Vi­cente nos dio su bendición de la forma ordinaria, pidiendo a Dios la gracia de cumplir enteramente su voluntad. ¡Bendito sea Dios! » (Cos­te IX, 26; Conf. Esp. n.° 59).

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