Los últimos años de santa Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: María Ángeles Infante, H.C. · Año publicación original: 2011 · Fuente: Anales.

Jornadas de formación para hermanas acompañantes de hermanas mayores (Los Almendros, marzo de 2011)


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1.- Introducción: acoger la ancianidad como bendición

A lo largo de esta reflexión nos vamos a adentrar en atardecer de la vida de santa Luisa de Marillac que es todo un programa para cada una de nosotras. Nos centraremos en los años que van de 1655 a 1660. Ella tenía entre 64 y 69 años y era considerada como muy mayor. Es importante tener presente que en 1655 había tenido lugar un acontecimiento notorio en la vida de Santa Luisa y en la vida de la Compañía. Se trata de la aprobación de la Compañía por el cardenal de Retz, arzobispo de París, que se encontraba en Roma, acogido por la Congregación de la Misión. El 18 de enero de 1655 fue la fecha exacta en la que el Cardenal firmó el documento.1 Y el 8 de agosto del mismo año, se leyó a las Hermanas la aprobación y se firmó el acta de erección.

Con esta aprobación, la Compañía nace jurídicamente en la Iglesia tal y como ella había recibido la inspiración del Espíritu: Una Sociedad de vida apostólica. Como el anciano Simeón ella podía exclamar: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto tu salvación» (Lc 2, 29-30). Aunque este acontecimiento es el que marca el inicio de su atardecer en este mundo, hay tres cosas llaman la atención cuando consideramos estos últimos años y también los inmediatamente anteriores:

  • Por una parte, las cruces de toda clase: fatiga física, achaques crecientes, enfermedades frecuentes y, más brumadoras aún, las pruebas morales que sufre por las Hermanas y la consolidación de la Compañía en el espíritu que Dios la ha dado…
  • Por otra parte, llama la atención la firmeza de su espíritu de fe que acompaña a su penetrante lucidez sobre los acontecimientos, y el sentimiento, a veces, de confusión y abandono de la mano de Dios, tanto a ella como a la Compañía.2
  • Por último, una actividad todavía muy notoria, a nivel de organización, formación, dirección y acompañamiento espiritual, discernimiento vocacional, entrevistas, visitas y correspondencia. Todo ello es fruto de su gran capacidad de trabajo y de la energía espiritual que recibe del Espíritu Santo, fuerza que la impulsa al amor activo a Dios, a las Hermanas y a los Pobres.

Es verdad que en las pruebas y dificultades de estos últimos años contó con el apoyo humano y espiritual de san Vicente. Ambos saben que pueden contar el uno con el otro en todas las circunstancias, pero particularmente en los momentos difíciles. En 1657, Luisa escribe le escribe en estos términos: «Las necesidades de la Compañía urgen un poco a reunirse y hablarle. Me parece que mi espíritu está todo atribulado; tan débil es. Toda su fuerza y su descanso, después de Dios, es Vd, mi muy honorable Padre».3

Centrada en Dios y alentada por el Espíritu Santo, va afrontando los acontecimientos de esta etapa de la vida como una constante bendición divina. Es la bendición de una vida santa. Vive como bendición la aprobación de la Compañía, la revisión y explicación de las Reglas a las Hermanas, las nuevas fundaciones para el servicio de los pobres, las enfermedades y achaques de la ancianidad, su testamento y su despedida de este mundo.

Todo es bendición y gracia:

  • La bendición de la FIDELIDAD A LAS REGLAS
  • La bendición de la PERTENENCIA a Dios y a la Compañía.
  • La bendición de la EXPERIENCIA del Amor de Dios vivido y comunicado en el servicio a los pobres y la formación de las Hermanas.
  • La bendición de la EJEMPLARIDAD o testimonio de vida de muchas Hermanas santas como Bárbara Angiboust.
  • La bendición de la mano de Dios en los ACONTECIMIENTOS DIARIOS
  • La bendición de la HERENCIA y continuidad del carisma por la sucesión en el gobierno de Sor Margarita Chetif
  • La bendición de ser y sentirse continuadora de la CARIDAD DE JESUCRISTO tal como lo había diseñado en el escudo de la Compañía

2.- Santa Luisa acepta achaques y preocupaciones con paz

Ella siente y ve que va envejeciendo, que se le presentan achaques frecuentes y que la muerte se acerca, mientras que todavía hay mucho por hacer. Entre abril y mayo de 1656 estuvo a las puertas de la muerte. Tan grave se sintió que vio el momento propicio para hablar con San Vicente de la sucesora. Ambos en diálogo y discernimiento común pensaron ya en la sucesora: Sor Margarita Chétif. A finales de mayo se siente ya mejor y comienza de nuevo a escribir. Las Hermanas de Angers son las primeras destinatarias después de su mejoría. Así se lo comunica ella misma: «Sus cartas han llegado justo a tiempo para acabar de curarme de una grave enfermedad que he tenido durante un mes, porque tienen que saber, queridas Hermanas, que no hay nada capaz de darme tanta alegría como el saber que todas gozan de buena salud y conocer sus disposiciones interiores sobre las que he de escribirles cuando haya recuperado mis fuerzas».4

A partir de esta enfermedad, va aceptando con paz, uno tras otro, los achaques que la van llegando mientras pone los remedios necesarios para conservar la salud hasta que Dios quiera. Así lo expresa en carta a San Vicente del 4 de enero de 1660, poco antes de su muerte: «Permítame en este nuevo año saludarle muy humildemente y pedirle por este medio su santa bendición, para que me ayude a ser fiel a Dios, mientras quiera su bondad dejarme en la tierra». 5 Y después de recomendarle algunos remedios, añade: «La experiencia que tengo de este remedio me permite atreverme a recomendárselo… Mucho quería saber noticias suyas, pero como son en verdad; me parece que Nuestro Señor me ha puesto en estado de poder llevarlo todo con suficiente paz«.6

El estado de paz y serenidad la acompañó de manera especial los últimos años de su vida, aunque mantuvo sus preocupaciones:

1ª.- La preocupación por la salud del Sr. Vicente

Desde hacía tiempo, y hasta el final de su vida, Vicente de Paúl y la Señorita Le Gras se confiaban sus dificultades de salud, y sus propuestas de remedios, pero no se quejaban de sus males. Simplemente se los comunicaban como mero desahogo de confianza mutua. La carta de Luisa al Sr. Vicente, del 14 de noviembre de 1655, nos muestra especialmente la solicitud maternal de aquella mujer de sesenta y cuatro años hacia su anciano Padre espiritual que tenía setenta y cuatro. Es alentador ver como los santos vivieron también esta preocupación por la salud en una época en que el remedio de la sangría lo era todo. Luisa piensa que las sangrías debilitan demasiado y hay que buscar otros remedios: «Permítame le diga que es absolutamente necesario que no tenga la pierna colgando ni medio cuarto de hora, ni que sienta para nada el calor del fuego; si siente frío en ella, caliéntela con un paño caliente por encima de los calzoncillos. Y si le parece, mi muy Honorable Padre, podría probar esta pomada suave… Las sangrías, unidas a su enfermedad, han debilitado su cuerpo, y cuando posa usted el pie en el suelo, el calor y los humores se concentran allá como en la parte más débil. Me gustaría que no bebiera usted tantos vasos de agua, aunque dejando que el vientre se temple y refresque… Yo tomo todos los días medio «gros de té», que me sienta muy bien, pues me da fuerzas y abre el apetito».7

Su preocupación por la salud del Sr Vicente brota del cariño y de su deseo de que siga dirigiendo la Compañía. Ella le alienta y, en ocasiones, casi le presiona. Lo expresa con la libertad y el cariño de una verdadera y profunda amistad mantenida a lo largo de toda la vida. Así el 31 de diciembre de 1658, al acabar el año escribe: «Permítame que le pregunte si ha experimentado mejoría en su pierna y si podemos esperar su pronta curación. Estamos en las últimas horas del año. Me arrojo a sus pies para suplicar a su caridad me alcance misericordia, ya que no espero otra que la que Dios me haga cuando me llame a rendirle cuentas; sólo para ese momento es para el que imploro su caridad, a causa de mis infidelidades y falta de mortificación continua que me hacen ofender a Nuestro Señor con tanta frecuencia».8

Sus consejos y propuestas medicinales son continuas: «Permítame, por amor de Dios, que le pida noticias de su salud, si va en aumento la hinchazón de sus piernas, si no disminuyen sus dolores si no tiene ya fiebre… No puedo impedirme, con confianza de hija hacia su muy Honorable Padre, de decirle que me parece absolutamente necesario el que se purgue con frecuencia, pero con purgas suaves». 9 Esta preocupación la comparte con las Hermanas. En octubre de 1655 escribía a sor Bárbara Angiboust que estaba en Bernay: «Nuestro muy Honorable Padre está un poco mal de sus piernas, y el señor Portail ha ido a hacer un viaje no muy largo. Espero que no dejen ustedes de pedir por la conservación de ambos«.10

2ª.- El afianzamiento espiritual de la Compañía:

A pesar de los achaques de salud, Luisa sigue preocupada por el afianzamiento espiritual de la Compañía. La preocupa de manera particular: la necesidad de mortificación, tolerancia y condescendencia (E.82), el espíritu simulador, cerrado y orgulloso de algunas hermanas que atenta con destruir el espíritu propio de la Compañía, razón por la que recomienza la oración al Espíritu Santo. (E. 83). Es también motivo de preocupación la buena organización de la Casa Madre como referencia para las demás comunidades, y para ello escribe un Reglamento específico (E. 91). Expresa su deseo de que las Hermanas tengan una motivación sobrenatural ante los destinos, traslados y nuevos envíos y de que la vida espiritual se cuide en primer lugar.11 Continúa enseñando y formando a las Hermanas métodos y actitudes para servir bien a los pobres prestando atención a las circunstancias y condiciones del servicio (E. 94 y 95). A estas preocupaciones añade el discernimiento de las vocaciones que llegan y preocupación porque sean buenas. Cree que no se puede admitir a cualquier joven que solicita ingresar en la Compañía. Es necesario discernir bien su vocación. Está convencida de ello.12

Pide a San Vicente que siga trabajando por la consolidación espiritual de la Compañía. Así el 1 de enero de 1659 escribe preocupada: «Me parece que queda todavía algo por hacer para el afianzamiento espiritual de la Compañía; si su caridad quiere permitirme que le envíe una memoria, lo haré aunque tenga que enrojecer de vergüenza. Todas nuestras Hermanas esperan con gran deseo el honor de verle… Dénos a Dios en la forma que El lo quiere».13 Insiste en contar con su presencia porque juzga necesaria su doctrina y sabe que la ancianidad es un momento clave para ahondar en lo esencial de la vocación. Y en la postdata de la carta comunica su situación de salud: «Mi enfermedad no me dejó terminar ayer esta carta, y empiezo el año con mucha debilidad y dolor, de espíritu y de cuerpo; por ello y por todas mis demás necesidades, pido a su caridad su santa bendición, y también para la Compañía».14

A la vez está pendiente también de que las Hermanas se comuniquen con su director para que las oriente y ayude en las dificultades. A finales de 1659, ella sabía que san Vicente estaba recluido en su habitación y que no podía salir ya de San Lázaro porque las piernas no le sostenían. Ella sabe que hay Hermanas que no le escriben, entre ellas sor Ana Hardemont, destinada en Ussel y que entonces pasaba por una situación de crisis. La motiva así: «Quizá, querida Hermana, hace mucho que no ha escrito usted a nuestro muy amado Padre, que dispone ahora de menos tiempo que nunca; aunque no puede salir de San Lázaro a causa del mal estado de sus piernas, no deja de estar abrumado de asuntos. Creo que si comunicara usted con él a él le serviría de consuelo y le contestaría».15

3ª.- La salud física y espiritual de su hijo y los miembros de su familia

En 1655, Santa Luisa se ve atormentada por la sordera de su hijo, que le había causado ya graves preocupaciones. Por eso se atreve a pedir oraciones a favor de su curación: «Suplico humildemente a su caridad me permita recomendarle la necesidad que tiene mi hijo de sus oraciones para conseguir de Nuestro Señor, por los méritos de los oprobios e injurias que tuvo que oír durante su vida humana, la curación de su sordera, si esta petición no es contraria a su soberana voluntad».16 Confía en la oración de intercesión san Vicente. Pero sabe que el Evangelio afirma que la oración será escuchada cuando dos o más se ponen de acuerdo en pedir lo mismo, por eso recurre a otras personas piadosas: « El buen Hermano Fiacrio me ha prometido empezar mañana, día de San Dionisio, una novena a la Santísima Virgen; y me ha venido al pensamiento, mi muy Honorable Padre, pedirle permiso para comulgar todos los días (de la novena) y hacer alguna otra buena acción en cada uno de ellos, con tal de que la dureza de mi corazón no me lo impida».17

A la vez, siente preocupación por la salud espiritual de su familia natural. Teme que Dios pueda ser ofendido en ella. Por eso solicita oraciones al Sr. Vicente: «Suplico humildemente a su caridad me permita recomendarle la necesidad que tiene mi hijo de sus oraciones para conseguir de Nuestro Seño… la gracia de que tome una firme resolución de no tolerar que Dios sea ofendido en su familia».18

4ª.- La salud de las Hermanas y sus actitud ante las enfermedades

Luisa de Marillac tenía un interés particular por las hermanas enfermas, pero en medio de su preocupación maternal quiere que las enfermas sean atendidas sin remilgos y dentro de las exigencias de la vocación. En noviembre de 1656 Santa Luisa revisa cuidadosamente el texto de las Reglas comunes, puntualiza y corrige lo que la experiencia le ha hado a entender que es necesario puntualizar. Había Hermanas que se cuidaban demasiado y exigiendo medios que no podían emplear los pobres. Ella revisa con cuidado los artículos de las Reglas dedicados a la atención que la Comunidad debe prestar a las Hermanas enfermas y lo modifica.

Así se lo comunica al Director, P. Antonio Portail, en carta del 29 de noviembre de 1656: «El artículo añadido o cambiado y numerado como quince,19 es muy necesario, si lo encuentra usted bien: Que las Hermanas Sirvientes propongan a la Superiora las necesidades de salud antes de emprender el medicinar a las Hermanas; algunas ya lo hacen así, pero otras las llevan, como el final del artículo lo prevé»… Y continúa escribiendo: «Omitía, señor, decirle que el artículo trece necesita más de brida que de espuela, porque tan pronto como una Hermana cae enferma, tiene que contar con pollo o ternera en el puchero e instalarse en su cama como una señorona; cuando usan así de cosas superfluas o acomodan su habitación de tal forma, suelen pretextar que son las señoras las que lo quieren, y seguramente éstas se contentarían con verlo todo limpio y ordenado».20

Seguidamente Santa Luisa desahoga su espíritu con el P. Portail y le manifiesta su extrañeza ante los caprichos de algunas Hermanas durante su enfermedad: «Quedará usted tan sorprendido como yo cuando sepa que una de nuestras Hermanas ha hecho o mandado hacer una bata, y su hermana enferma la tenía puesta ayer aunque estaba levantada; era en San Mederico. Es verdad que es muy cómodo, pero hay señoritas y burguesas en París que no la tienen; y además, señor, trae consigo consecuencias de importancia». 21 Esta y otras situaciones parecidas dieron lugar a la revisión del artículo 13 de las Reglas. Después de esta revisión, san Vicente explicó a las Hermanas el nuevo artículo, que había cambiado de número, en la Conferencia del 11 de noviembre de 1657: «El artículo 15 de las Reglas es sobre las obligaciones de las hermanas enfermas. Dice que no tienen que impacientarse ni murmurar cuando no se les trata a su gusto, imaginándose que ellas no saben tan bien lo que hay que hacer como el médico y las enfermeras, etcétera… ¡Ay, hijas mías! ¡Ser tratado a nuestro gusto! ¿Qué puede hacerse a gusto de una persona enferma? Es propio de la enfermedad que esté uno disgustado. Todo lo que se les puede decir es que tienen que obedecer al médico en todo lo que atañe a su oficio. Por ahí es por donde se conoce la virtud de una persona».22

En la misma Conferencia San Vicente añade: «Es preciso que las Hijas de la Caridad no se hagan recetar ellas mismas, sin pedírselo a la señorita Le Gras. ¿Por qué? Porque la experiencia nos ha demostrado que una de las cosas que más estropea la salud es la abundancia de remedios, sobre todo a las personas jóvenes o de mediana edad». 23 Era un momento importante para la vida de la Compañía. Aunque San Vicente y Santa Luisa no mandaron imprimir las Reglas de las Hijas de la Caridad, si se preocuparon de dar un formato digno a las copias amanuenses, después de la revisión citada. Santa Luisa lo deja bien claro en la postdata de esta misma carta al P. Antonio Portail: «Puesto que se toma usted la molestia de mandar transcribir de nuevo ese cuaderno de las Reglas, nos haría usted un favor, señor, si lo plegaran otra vez para que tuviera más consistencia y grosor y lo forraran de pergamino, además de que así se conservaría mejor en la casa».24

Cuando las Hermanas tardan en escribirle, se preocupa por no tener noticias y, sobre todo, por su salud. A partir de 1655 siente con fuerza los achaques de la vejez, pero dispone de más tiempo para escribir. Sabe que la memoria comienza a fallarle y comprende que necesita ejercitarla. Y lo hace escribiendo. Así lo refleja la siguiente carta escrita a Sor Cecilia Angiboust y sus Hermanas de Angers el 2 de noviembre de 1655: «Salude a todas nuestras queridas Hermanas, especialmente a la enferma, y dígales que les ruego me escriban todas, pero una tras otra, para que pueda contestarlas, recordando así bien sus nombres y sus personas. Me encomiendo a las oraciones de todas y soy de toda esa querida Compañía, en el amor de Nuestro Señor«.25

Al llegar las Hermanas a la fundación de Bernay, al frente de cual iba Sor Bárbara Angiboust como hermana Sirviente. El cambio de clima, el trabajo y las dificultades de los primeros momentos hicieron caer enfermas a las dos hermanas. La santa se congratula de sus primeras buenas noticias y se interesa por la salud de las dos con interés y cariño: «Veo que Dios otorga muchas bendiciones al establecimiento de la Caridad, ¡sea El bendito por siempre! Le ruego me diga cómo va su salud y la de nuestra Hermana Lorenza Dubois y si tienen muchas niñas en la escuela y muchos enfermos, así como si asisten muchas chicas mayores a la lectura los días de fiesta».26

En agosto de 1656 escribe a Sor Bárbara Angiboust, una de las Hermanas con las que santa Luisa tenía mayor confianza. Sor Bárbara estaba en Bernay, relativamente cerca estaba una comunidad de tres Hermanas en santa María del Monte. Expresamente la pide noticias de las enfermas: «Sigo muy preocupada por nuestras Hermanas de Santa María del Monte, porque Sor Claudia Chantereau continúa enferma; le ruego, querida Hermana, si se ha enterado usted de algo, me lo comunique y déme también noticias de Sor Lorenza Dubois, a quien saludo afectuosamente».27

Santa Luisa no se conforma con el interés y la cercanía en medio de la enfermedad de las Hermanas. Pide las disposiciones espirituales que ella vive como verdadera Hija de la Caridad. Dada su limitación y fragilidad de salud, tiene buena experiencia de haberse configurado con Jesucristo en la cruz por la enfermedad. No habla ni escribe de memoria. Proyecta lo que vive. Así lo expresa en carta a Sor Isabel Martin: «Nuestro buen Dios la hace, pues, participar intensamente en sus padecimientos, permitiendo que se encuentre usted bastante mal… Suplico a su bondad le dé los consuelos que El da a las almas a las que quiere santificar por este camino.

Dos cosas pueden ayudarnos mucho a ello; una, el amor que debemos tener a honrar los sufrimientos del Hijo de Dios, y otra, el pensamiento frecuente de que esta vida es de corta duración y que los padecimientos bien llevados nos conducen felizmente a la eternidad. Amémoslos, pues, querida Hermana, y hagamos muchos actos de aceptarlos de buen grado en tanto que la voluntad de Dios los quiera en nosotros.

Esté usted segura de que son una señal del amor que Dios le tiene, ya que en esto la hace en cierto modo semejante a su Hijo. Sufra usted, pues, con el mismo espíritu que El, por sumisión a todo lo que Dios quiera de usted, y sírvase de todos los medios que le proporcionen para recobrar la salud. Ruego a Sor Ana que la cuide mucho, aunque estoy segura de que ya lo hace, pero deseo lo haga con espíritu de perfecta caridad y como un deber. Ya sé, querida Hermana, que la quiere y respeta, lo que me da la tranquilidad de que no dejará de hacer cuanto usted le pida; pero al mismo tiempo le ruego a usted que le pida con toda confianza cuantos cuidados necesite; y si le aflige el estado de sujeción a que la reduce su enfermedad, en esto también debe usted, querida Hermana, ver y amar la voluntad de Dios, a quien con todo mi corazón suplico le conceda la perfección de su santo Amor».28

Poco antes de su muerte deja claro en el Reglamento de la Casa Madre cómo deben actuar las Hermanas de la enfermería que acompañan y ayudan a las Hermanas «enfermas y mayores» de la Casa: «Nuestras Hermanas Enfermeras tendrán gran cuidado de que las Hermanas enfermas estén sumisas a la voluntad de Dios, tengan gran confianza en su amor, sepan aprovechar todos los dolores que sientan ofreciéndoselos a Dios en unión de los de su Hijo y que toda su esperanza de salvación descanse en la vida y muerte de Jesús Crucificado, que tomen la resolución de servir a Dios mejor que hasta ahora lo han hecho y tener en adelante gran compasión por los pobres enfermos que sufren mucho sin otra asistencia corporal ni espiritual que lo que ellas hacen por ellos. Será bueno decirles de vez en cuando: Hermana ¿no piensa usted desde su lecho en los sufrimientos de nuestros pobres enfermos que tantas veces se ven solos, sin lumbre, acostados en un poco de paja, sin sábanas ni mantas, sin ningún alivio ni consuelo? ¿No le parece que es usted muy feliz con tantas gracias como Dios le concede?»29

3.- Desprendimientos asumidos con espíritu de fe

El paso de los años la va desprendiendo de personas muy queridas. Dos de ellas son Sor Bárbara Angiboust (27-XII-1658) y el P. Antonio Portail (14-II-1660). Simultáneamente se ve obligada a presenciar la salida de algunas Hermanas de la Compañía, hecho que la hizo sufrir tremendamente. Junto a estos sufrimientos, se dan algunas incomprensiones por parte de algunas Hermanas muy queridas como Ana Hardemont o Margarita Chétif.

La divina Providencia la va preparando para el paso definitivo a la casa del Padre que presiente ya cercana. En el mes de enero de 1659 escribiendo a Sor Andrea Maréchal de Liancourt lo expresa con espontaneidad: «Le envío su partida de bautismo, que me han enviado las Hermanas de Nantes; si ve en ella que su edad es más avanzada de lo que pensaba, tenga en cuenta que lo mismo ocurre con la muerte, pues lo cierto es que se presenta más pronto de lo que creemos«.30

Su esperanza ante la muerte es activa. La ve venir, pero como una puerta que se abre suavemente para entrar en el gozo de la infinita Misericordia de Dios y ser conducida a la plenitud de la Salvación, de la Felicidad eterna. Este avance lento hacia la meta, no la impide continuar su trabajo de animación vocacional constante a través de las cartas, vivir en plenitud la adhesión total a la voluntad de Dios, emplear las pocas fuerzas que la quedan en la formación, animación vocacional y organización de la Compañía. Entretanto la Divina Providencia la va desprendiendo y despojando de todo afecto sensible.

1.- La muerte de Sor Bárbara Angiboust, un duro golpe.

La muerte de las fieles compañeras de camino es uno de los momentos en los que la amistad se atreve a manifestar toda su ternura, convirtiéndose el afecto en fuerza para superar el violento dolor debido a la separación de un ser querido Bárbara era una de las primeras y más antiguas de la Compañía, disponible para todos los servicios que le confiaron. Mujer de plena confianza de los fundadores y llena del espíritu evangélico propio. Había ingresado en la Compañía el 1 de julio de 1634. Había pasado por más de doce destinos, siempre en lugares difíciles y de responsabilidad: galeotes, niños expósitos, fundaciones lejanas o complicadas, niños de la escuela y todos aquellos que la divina Providencia colocó en su camino. Su muerte acaecida en Châteaudum el 27 de diciembre de 1658, dejó gran vacío en el corazón de la fundadora. Era una mujer de corazón ardiente. En más de una ocasión, Santa Luisa tuvo que recomendarla prudencia en el trabajo. Prueba de su relación confiada con ella son las cuarenta y nueve cartas que santa Luisa la escribió.

La fundadora comunica la noticia a la Compañía con gran sentimiento: «Tengo una noticia que temo mucho comunicarle, querida Hermana; es que ha sido del agrado de Nuestro Señor disponer de nuestra querida Sor Bárbara Angiboust, que falleció el día de San Juan Evangelista a las siete de la mañana, después de haber seguido practicando todas las virtudes que usted le ha visto practicar».31

2.- La muerte del P. Antonio Portail, llamada inmediata

Desde 1642 el P. Portail había colaborado junto a ella como director de la Compañía. Luisa le apreciaba mucho y las Hermanas también. Es verdad que en el tema de los votos habían tenido sus diferencias, pero su discreción y buen juicio, su lealtad y caridad, le habían convertido en un colaborador discreto y seguro. Era un misionero muy querido por Luisa. A primeros de febrero de 1660 cayó enfermo, a la vez que se agravó la propia enfermedad de la fundadora. Los dos recibieron el mismo día el viático y la santa unción, pero él se adelantó y murió el 14 de febrero. Llevaban casi veinte años de amistad y acompañamiento en el gobierno de la Compañía. Vicente dio cuenta de la muerte a los suyos: «Dios nos ha querido privar del buen P. Portail. Murió el sábado día 14 de este mes [febrero], que era el noveno de su enfermedad; comenzó con una especie de letargo, que se convirtió luego en fiebre continua y en otros espasmos. Después tuvo la conciencia y el habla bastante expeditos. Siempre había tenido miedo de morir, pero al ver acercarse la muerte la consideró con paz y resignación». 32 Mientras Luisa, plenamente consciente se preparaba para el encuentro definitivo con Dios.

3.- Desprendimiento de la misión: designación de sucesora

Luisa conoció a través de los años la labor caritativa y eficaz que hacían las señoras en las Caridades de los pueblos y en las parroquias de París. Eran la salvación de los pobres. Estaba convencida de ello. Pero la experiencia, el trato con las hermanas y sobre todo la convicción clarividente de haber entendido el designio de Dios sobre la Compañía, la llevaron a comprender que la sucesora debía ser una Hija de la Caridad que tuviera virtud y experiencia. Y así se lo comunicó secretamente a San Vicente y hasta le sugirió el nombre de la sucesora: Sor Margarita Chétif. La parecía que esta hermana conocía bien la Compañía, tenía experiencia de gobierno y había manifestado poseer el espíritu de la Compañía.

El mismo san Vicente se lo comunicó a las hermanas en la Conferencia del 27 de agosto de 1660: «Durante una enfermedad de la señorita Le Gras, no ya en la última, pues como sabéis no tuve la dicha de verla, sino en la anterior. Le pregunté: «Señorita, ¿no ha puesto usted los ojos en alguna de sus hijas para que ocupe su lugar?». Ella pensaba unas veces en una, otras en otra, hasta que al final me dijo: «Padre, lo mismo que usted me escogió a mí por la divina Providencia, me parece que, tratándose de la primera vez, no es conveniente que sea por pluralidad de votos, sino que la nombre usted directamente por única vez. En cuanto a mí, creo que sor Margarita Chétif estaría muy indicada para ello… Por consiguiente, será la superiora sor Margarita Chétif».33

4.- A la espera de la hermana muerte

Todas sabemos que la salud de Santa Luisa fue siempre frágil. San Vicente lo reconoció siempre y hablaba de ello. Gobillon, su primer biógrafo, refiere que hacía mucho tiempo que estaba sujeta a graves achaques. Ya el año 1647, el Señor Vicente había escrito al Padre Blatiron, Superior de los Sacerdotes de la Misión de Génova, en estos términos: «Considero a la señorita Le Gras como naturalmente muerta desde hace diez años; y al verla se diría que sale de la tumba; tan débil está su cuerpo y tan pálido su aspecto. Pero Dios sabe qué fuerza de espíritu tiene. Sin las frecuentes enfermedades que sufre y el respeto que tiene a la obediencia, iría muchas veces de un lado a otro a visitar a su Hijas y trabajar con ellas, aunque no tenga más vida que la que recibe de la gracia».34 Las frecuentes «fiebrecillas» obligan a Luisa a detenerse, a recurrir a los médicos, que prescriben purgas y sangrías según las costumbres de entonces. Su energía le permite recuperarse siempre. Vicente de Paúl ve en ello una gracia muy particular de Dios, que sabe la necesidad que tienen de ella las Hermanas y los pobres. A partir de 1652 las recaídas son cada vez más frecuentes.

4.1.- Los achaques continúan y los recibe como algo natural y parte de la cruz

Ella nos habla en sus cartas de la enfermedad grave de 1656. Su primer biógrafo Nicolás Gobillón también afirma que en el año 1656 estuvo a las puertas de la muerte y dijo al Señor Vicente que «creía que era una llave para salir pronto del mundo, suplicándole que, como necesitaba aprender a prepararse bien a ello, le concediera por favor esta caridad, para no naufragar al cabo de esta navegación». 35 Con sorpresa de todos, se recuperó y pudo reanudar sus actividades a finales de año.

Escribiendo el 10 de junio de 1656 a Sor Francisca Ménage le expresa cuáles eran las disposiciones de su alma: «No le ha parecido bien a la bondad de Dios borrarme de la faz de la tierra, aunque haga tiempo que lo merezco. Hay que esperar la orden de la Providencia con sumisión; debemos estar todos los días en este estado, sea para la muerte de nuestros parientes y amigos próximos, o para la nuestra, o para todos los acontecimientos desgraciados, de modo que la divina voluntad no tenga motivos de quejarse de que no hayamos seguido sus órdenes»36

4.2.- La preparación para el encuentro definitivo con el Señor

Sus notas de los Ejercicios Espirituales de 1657 en los días previos a la fiesta de Pentecostés nos expresan con nitidez sus disposiciones espirituales: Deseo constante y con todo el corazón de recibir al Espíritu Santo, fuente de amor y de fortaleza: «Vivir tanto como Tú quieras, pero de tu vida que es toda amor» (E. 98; nº 260). Se propone mantener la vigilancia necesaria para vencer las tentaciones que nos presenta el maligno y poder acoger en plenitud y hacer fructificar los dones del Espíritu Santo recibidos en el Bautismo. Quiere y desea sentirse empujada a la práctica de la mansedumbre, la humildad, la tolerancia y el amor al prójimo para manifestar así el amor a la Santa Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo. Mantiene muy vivo el sentimiento de pertenencia activa a la Iglesia y a la Compañía como cuerpo místico de Cristo en el que el Espíritu Santo opera la unión y da impulso para el testimonio de vida, no sólo para el anuncio de la doctrina (E. 98; nº 262). Pide a Dios el desprendimiento de todas las criaturas y aún de la ternura de su presencia para que sólo actúe la fuerza de su Amor (E. 98; nº 259). Y cultiva estas disposiciones cada día desde su devoción singular y entrañable a la Eucaristía (E. 99)

4.3.- Última enfermedad y muerte

Gobillón nos describe con detalle los acontecimientos. El 4 de febrero de 1660 cayó de nuevo gravemente enferma. El brazo izquierdo se hinchó de forma considerable y comenzó una fuerte fluxión con fiebre muy alta. La situación aumentó en ocho días con tanta violencia, que se vio obligada a recibir el Santo Viático y la Extremaunción… No hubo medios que no se emplearan ante Dios para pedir su curación… Rodeada de su familia y de todas las hermanas presentes en la Casa Madre, Luisa recibe con gran paz el sacramento de los enfermos. En el curso de la celebración bendice a su hijo y a su familia: «Ruego al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por el poder que ha dado a los padres y a las madres de bendecir a sus hijos, que os conceda su bendición y os desprenda de las cosas de la tierra y os una a él. Vivid como buenos cristianos».

Luego, mirando a las hermanas presentes en torno suyo, les recomienda el amor a su vocación v la fidelidad en el servicio de los pobres. Numerosas oraciones se elevan al cielo pidiendo su curación. Se colocan en su brazo enfermo reliquias de San Carlos y de san Francisco de Sales. Se aprecia Una mejoría. Disminuye la fluxión y desaparece la fie­bre. La mejoría persiste durante tres semanas. Pero el 9 de marzo apareció la gangrena en su brazo. Luisa comprendiendo la gravedad de su estado y pide el Viático. Se prepara a recibir a su Dios hablando con sus hermanas de la grandeza de la Eucaristía. El 13 de marzo por la mañana, el párroco de San Lorenzo le lleva el Cuerpo de Cristo. Después de una larga acción de gracias, Luisa se dirige de nuevo a sus hermanas presentes: «Mis queridas hermanas, sigo pidiendo a Dios que bendiga y le ruego os conceda la gracia de permanecer en vuestra vocación para servirle de la manera que él espera de vosotras. Cuidad mucho del servicio de pobres, y sobre todo de vivir muy unidas con una unión y cordialidad, amándoos las unas a las otras para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor. Y pedid mucho a la Virgen Santísima que sea ella vuestra única madre».37

Estas palabras fueron recogidas por las hermanas como su testamento espiritual, Luisa de Marillac había reafirmado brevemente lo que le había parecido siempre como lo esencial para la Compañía de las Hijas de la Caridad. Gobillón añade: «Dio señales de una perfecta penitencia recibiendo su enfermedad como expresión de la justicia de Dios hacia su persona. Decía que Dios haciendo justicia, hacía misericordia. Mostró que estaba enteramente desprendida de la tierra y que tenía un deseo ardiente de unirse a Dios… Finalmente, conservó siempre la igualdad de ánimo, la dulzura, la paciencia, la sumisión a Dios y las demás virtudes que había practicado en las diferentes pruebas de su vida».38 Una de las mayores fue la que Dios le envió en esta enfermedad, privándola de la asistencia del Señor Vicente. Él se encontraba por entonces con una enfermedad tan grave que no podía visitarla; ella le mandó a pedir al menos unas palabras de consuelo escritas por su mano; pero el prudente director no creyó oportuno concederle esta gracia y sólo le envió uno de los sacerdotes de su Compañía, con la orden de decirle de su parte que ella se iba delante y él esperaba verla muy pronto en el Cielo…

«Desde el trece de marzo su enfermedad se fue agravando cada vez más hasta el quince… Descansó en el Señor y le entregó su alma el lunes de la semana de Pasión, 15 de marzo hacia las once y media de la mañana, a la edad de sesenta y ocho años. El Señor cura párroco de San Lorenzo, que estuvo allí en el final de su agonía, luego que expiró dio en presencia de la Compañía este testimonio de su virtud, de la que él tenía un perfecto conocimiento por la confesión general que le había hecho: «¡Oh que bella alma que lleva consigo la gracia de su bautismo!»».39

Santa Luisa de Marillac acogió su ancianidad como una bendición especial de Dios. Ella nos ha señalado un camino de paz y bendición: actividad en la medida en que las fuerzas lo permitan, vigilancia de los sentidos, ejercicio de la memoria, confianza, abandono, desprendimiento de las criaturas y deseo constante y con todo el corazón de recibir al Espíritu Santo, fuente de amor y de fortaleza: «Vivir tanto como Tú quieras, pero de tu vida que es toda amor«40

  1. SVP: X, 711-714.
  2. SLM: C. 721 y C. 730.
  3. SLM: C. 585, p. 536.
  4. SLM. C. 533.
  5. SLM: C. 715
  6. Ibidem.
  7. SLM: C. 515, p. 478.
  8. SLM: C. 666, p. 603.
  9. SLM: C. 715, p. 645.
  10. SLM: C. 408, p. 473; Ver también Cartas 714, 715, 717, 718, 719 y 722.
  11. SLM: C. 536 a Sor Bárbara Angiboust y Sor Lorenza en Bernay; C. 537 y C. 540
  12. SLM: C. 526 y C. 541
  13. SLM: C. 666, p. 603.
  14. Ibidem.
  15. SLM: C. 707, p. 636.
  16. SLM: C. 510, p. 474
  17. SLM: C. 510, p. 474.
  18. Ibidem.
  19. Los artículos 13 y 15, los explicaría San Vicente en la conferencia de 11 de noviembre de 1657 (SVP; Conf. esp. Ed. CEME, núm. 1765-1768 y s.).
  20. San Vicente comentó este hecho en la Conferencia del 14 de diciembre siguiente (SVP: Conf. esp. Ed. CEME, núm. 1596-1597).
  21. SLM: C. 559. p. 514.
  22. SLM: IX/2, 924.
  23. Ibidem.
  24. SLM: C. 559. p. 514. Este libro manuscrito forrado de pergamino se conserva en los Archivos de la Casa Madre.
  25. SLM: C. 513, p. 476.
  26. SLM: C. 481, p. 489.
  27. SLM: C. 550, p. 506
  28. SLM: C. 248, p. 249.
  29. SLM: E. 91, p. 799
  30. SLM: C. 668, p. 604-605.
  31. SLM: C. 670, p.
  32. SVP: VIII, pp. 236, 240, 245.
  33. SVP: IX/2, 1644-1645.
  34. SVP: III, 234
  35. SVP: V, 431
  36. SLM: Correspondencia y Escritos, E.534
  37. Gobillon, Nicolás: Vida de la Señorita Le Gras, libro IV, cap. V. Ed. española CEME, p. 188 y ss.
  38. Ibidem.
  39. Ibidem.
  40. SLM: E. 98; nº 260

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