Blatiron (Étienne), né le 6 janvier 1614, à Saint-Julien de Capel, diocèse de Clermont, reçu à Paris le 6 janvier 1638.
Duport (Nicolas), né le 22 mars 1619, à Soissons ; reçu à Paris le 5 mai 1648.
Boccone (Dominique), né le 12 novembre 1613, à Tirano, diocèse d’Albenga ; reçu à Gênes le 9 novembre 1655.
Tratebas (Antoine), né le 7 novembre 1632, Allanche, en Provence ; reçu à Paria le 7 octobre 1651
Vincent (François), né à Gandelu, diocèse de Meaux ; reçu à Paris le 2 avril 1649, âgé de trente-huit ans.
Ennery (Jean), né en 1616, au château de Makennery, diocèse de Limerick, en Irlande ; reçu à Paris le 23 septembre 1642.
Le Juge (Jérôme), né le 30 septembre 1611, à Diano, diocèse d’Albenga ; reçu à Gênes le 25 mars 1650.
San Vicente nos dice que todos los misioneros víctimas de la peste en Génova, eran sacerdotes, menos uno, que era hermano coadjutor. (Carta a Lhuillier, misionero, del 11 de diciembre de 1657.)
El Sr Étienne Blatiron, ya misionero desde hacía varios años, pasaba a Génova en 1645. Fue retenido en esta ciudad por el cardenal Durazzo, ávido de hacer evangelizar a su pueblo; pronto se le reunieron otros Misioneros.
Se entregaron al momento al trabajo de las Misiones con tal continuidad y ardor que san Vicente, tan enemigo sin embargo de la inacción, temió que sucumbieran, y les escribió que se moderaran. Pero¿ cómo hacerlo, cuando el cardenal, con la salud más débil, les daba él mismo ejemplo? Se asociaba a sus misiones como uno de ellos, entraba en todas sus prácticas y seguía a la letra su reglamento.
Parroquias divididas como pequeños Estados en guerra quedaban desarmadas por estos ministros de paz, Se fundaban cofradías de caridad en los pueblos con el óbolo del pobre; en otras partes, se establecía una Compañía cuya ocupación era enseñar a los ignorantes las oraciones esenciales y los principios de la fe, ir por la parroquia a buscar a los niños para llevarlos al catecismo.
Vicente en San Lázaro, contaba las virtudes y los trabajos de los misioneros de Génova: «Por donde podéis ver, Señor, escribía al superior, Sr. Blatiron, que la miel de vuestra colmena se extiende hasta esta casa, y sirve para alimento de sus hijos». Él le alimentaba a la vez con sus ánimos y sus santas felicitaciones; le había escrito el 12 de setiembre de 1647: «No pienso nunca en vos ni en los que están con vos más que con mucho consuelo; deseáis ser totalmente de Dios, y Dios os desea a todos para él mismo. Él os ha escogido para prestarle los primeros servicios de la Compañía en el lugar en que estáis; y para ello, sin duda os dará, gracias muy particulares que servirán como de fundamento a todas las que dará a esta nueva casa. Así las cosas, ¿cuántas gracias no debéis a su divina Providencia? ¿qué confianza no debéis tener en su protección? Pero cuál debe ser vuestra humildad, vuestra unión, vuestra dulzura de unos con otros!» Y entonces, entrando en un santo transporte, y prosternándose con ellos a los pies de su divina Bondad: «Oh Dios, exclama, oh Señor mío, sed el lazo de unión de sus corazones, haced brotar tantos santos afectos cuyo germen habéis puesto vos! Dad el crecimiento a los frutos de sus trabajos, para que los hijos de vuestra Iglesia puedan alimentarse! Regad con vuestras bendiciones este establecimiento, como a una planta nueva. Fortaleced y consolad a estos pobres Misioneros en las fatigas de sus empleos. Y por último, Dios mío, sed vos mismo su recompensa y, por sus oraciones, extended sobre mí vuestra inmensa misericordia!»
Estos deseos fueron oídos: acabamos de ver el éxito de las misiones; no menores fueron los ejercicios de los ordenandos y sobre todo de los retiros espirituales. Los retiros comenzaron por los párrocos con quienes habían trabajado los Misioneros, y ocurrieron conversiones admirables. Había párrocos que hacían pública su confesión, como públicos habían sido sus escándalos; y estas clases de confesiones, ante los hombres como de Dios se convirtieron de algún modo en regla en Génova, de manera que se decía al entrar: «Estamos aquí como en el valle de Josafat».
En eso también el cardenal Durazzo daba ejemplo. Hacía su retiro con los Misioneros, siguiendo todos sus ejercicios con una fidelidad escrupulosa, dedicando como ellos cuatro horas al día a la oración, y casi siempre de rodillas. En vano le invitaban a levantarse o s sentarse, no lo hacía casi nunca; y si el cansancio de obligaba, tan joven como un joven novicio, pedía permiso. Daba cuenta de su oración a su vez, con la sencillez de un misionero. En la habitación, en la mesa, no quería ninguna distinción, y cuando al final del retiro, le pedieron que diera su bendición a los que lo habían compartido con él, fue él quien se puso de rodillas para recibirla del Superior.
Con estos trabajos, los Misioneros cambiaron la faz de la diócesis de Génova, y sobre todo su Superior, Etienne Blatiron a quien el cardenal Durazzo proclamaba uno de los primeros Misioneros del mundo.
En 1656 y 1657, la peste llegó a poner su caridad a prueba. Las cartas de Vicente en esta época, están llenas de detalles horribles a este propósito. Al regresar de los campos a la ciudad, donde el mal iba en aumento día a día, Blatiron había encontrado las calles cubiertas de montones de cadáveres, entre los cuales a cuatro personas vivas, tiradas allí de debilidad, a la espera de convertirse pronto en cadáveres a su vez. Había cinco o seis mil muertos por semana. Sólo de lejos se atrevían a venir al socorro de esta infeliz ciudad, y nadie tenía la fuerza de ir a recoger los socorros arrojados en sus costas. Vicente escribía el 9 de septiembre de 1657: » Una barca de Savone habiéndose acercado al puerto para llevar algunos refrescos, y después de gritar muchas veces, nadie respondió; de modo que dejando en la orilla los víveres que traía, y habiendo vuelto al lugar unos días después, los encontró como los habían dejado».
En la época de esta carta, la peste había recrudecido en furor. Jesuitas, Misioneros se habían visto obligados a ceder sus casas a los apestados, alojándose ellos en una casa de alquiler. Ni los cambios de las estaciones, ni las oraciones que acababa de hacer la Iglesia con ocasión de un jubileo desviar a plaga, ni siguiera sus golpes. «Es necesarios, escribía entonces san Vicente, que los pecados del Estado cristiano sean muy grandes, ya que obligan a Dios a ejercer su justicia de esta manera. Tenga a bien su misericordia venir a su vez a visitar pronto a estas pobres ciudades y consolar a tantos pueblos afligidos por todas partes, quienes por una cosa, quienes por otra». En su profunda aflicción, encontraba que agradecer a Dios porque sus casas habían sido preservadas hasta entonces, y le rogaba que les conservara su protección hasta el final. Pero pronto el Superior mismo, Etienne Blatiron, se había contagiado en Génova, al mismo tiempo que el Sr. Edme Jolly lo era en Roma, y otros en otras partes. Qué dolor ante la noticia del peligro de estos excelentes operarios, y cuántas oraciones partieron por ellos, de San Lázaro y de todas las casas de la Compañía! De estos dos grandes siervos de Dios, uno se quedó para gobernar más tarde la Congregación; el otro con algunos de sus compañeros de heroísmo fue presa de la peste y llamado a Dios.
Escuchemos la oración fúnebre que hizo el Sr. Vicente en una conferencia: Oh, qué verdad es, Señores y hermanos míos, que debemos tener una gran confianza en Dios, y ponernos enteramente en sus manos, creyendo que su Providencia dispone para nuestro bien y provecho todo cuanto quiere o permite que nos suceda! Sí, lo que Dios nos da y lo que nos quita es para nuestro bien, ya que es por su benevolencia, y que su benevolencia es nuestra pretensión y nuestra felicidad. En este sentido, os informaré de una aflicción que nos ha sucedido, pero que puedo decir con verdad, hermanos míos, una de las más grandes que nos podían llegar es que hemos perdido el gran apoyo de nuestra casa de Génova. El Sr. Blatiron, Superior de aquella casa, que era un gran siervo de Dios, ha muerto. Se acabó. No, eso no es todo. El bueno Sr. Duport, que se empleaba con tanta alegría en el servicio de los apestados, que tenía tanto amor al prójimo, tanto celo y fervor por procurar la salvación de las almas, ha sido también arrebatado por la peste. Uno de nuestros sacerdotes italianos, el Sr. Dominique Boccone, muy virtuoso y buen Misionero, como me han contado, ha muerto al parecer en un lazareto, donde se había colocado para servir a los pobres apestados del campo. El Sr. Tratebas, que era también un verdadero siervo de Dios, muy buen Misionero, y grande en todas las virtudes, ha muerto también. El Sr. François Vincent a quien conocíais, que no cedía en nada a los demás, ha muerto. El Sr. Ennery, hombre prudente, piadoso y ejemplar, se ha muerto. Se acabó, Señores y hermanos míos, la enfermedad contagiosa nos ha arrebatado a todos estos valientes obreros; Dios se los ha llevado para sí. De ocho que eran ya no queda nada más que uno, el Sr. Le Juge quien, atacado por la peste, se curó, y sirve actualmente a los demás enfermos. Oh Salvador Jesús, qué perdida y qué aflicción! Ahora es cuando tenemos gran necesidad de resignarnos a todas las voluntades de Dios: ya que, de otra manera, ¿qué haríamos que no fuera lamentarnos y entristecernos inútilmente por la pérdida de estos grandes celadores de la gloria de Dios? Pero, con toda resignación, después de conceder algunas lágrimas al sentimiento de esta separación, nos elevaremos a Dios, le alabaremos y le bendeciremos por todas estas pérdidas, porque nos han venido por la disposición de su santísima voluntad. Mas, Señores y hermanos míos, ¿podemos decir que perdemos a los que Dios nos lleva? No, no los perdemos, y debemos creer que la ceniza de estos buenos Misioneros servirá como de semilla para producir otros más. Tened por seguro que Dios no se llevará de esta Compañía las gracias que les había confiado sino que se las dará a los que tengan el celo de ira ocupar sus lugares». (MAYNARD, Saint Vincent de Paul, lib. VI, c. III.)







