Las Hijas de la Caridad en la Iglesia
Las Hijas de la Caridad, libres de todo lazo externo, introducirían en la Iglesia un nuevo estilo de vida consagrada: el servicio de los pobres. Constituyeron algo nuevo que vendría determinado por sus obras, su modo de vivir y el espíritu que las animaría. Ello haría exclamar a San Vicente:
«Desde las mujeres que sirvieron al Hijo de Dios y a los apóstoles, no ha surgido en la Iglesia de Dios institución alguna para este fin. Tenéis la suerte de estar entre las primeras convocadas a esta tarea, vosotras, pobres aldeanas e hijas de artesanos» (IX, 15-16).
«¿Quién oyó hablar nunca de semejante obra? Ha habido muchas órdenes religiosas, se han fundado multitud de hospitales para asistir a los enfermos y muchos religiosos se han consagrado a su servicio. Pero nadie jamás vio hasta hoy que se cuidara a los enfermos en sus habitaciones. Si enfermaba alguien en una familia pobre, el marido era separado de la mujer, la madre de sus pequeños, el padre de su familia» (IX, 235).
«No, hermanas mías, jamás se ha visto a nadie hacer lo que, por la gracia de Dios, hacéis vosotras; es inaudito, hijas mías, hacéis algo nunca visto» (X, 549-555).
1. Ambiente histórico respecto a la vida religiosa en los tiempos de San Vicente
Para comprender mejor el gozo entusiástico del santo, habría que conocer brevemente cuál era la legislación vigente en ei siglo XVII.
Tomaremos aquí la descripción que hace el P. Vernaschi en su tesis sobre «Hijas de la Caridad para este tiempo».
«San Agustín encomiaba ya la vida de aquellas mujeres que deseaban servir al Señor en castidad y que vivían completamente apartadas de los hombres. Pero quien por primera vez dicta una norma clara sobre la clausura perpetua es San Cesáreo de Arlés en su Regla para las vírgenes: Si, después de separarse de sus padres, alguna desea renunciar al mundo y agregarse a la santa grey, que no salga del monasterio en la vida. También los concilios prohiben a las monjas salir de los monasterios, salvo que no tengan alternativa.
El Papa Bonifacio VIII es quien primero legisla propiamente sobre la clausura. Desea poner remedio al peligroso y detestable estado de ciertas monjas, y prescribe que permanezcan en sus monasterios observando clausura perpetua. No es lícito salir, excepto por muy grave enfermedad. Nadie, por honorable que sea, podrá entrar.
Pero existieron aún monasterios abiertos y cerrados. En la época del Concilio Tridentino, la situación hizo necesario un canon sobre la clausura de las monjas, tanto activa como pasiva. El Concilio renueva la constitución Periculoso, de Bonifacio VIII, e impone la clausura estricta o bien su restauración donde no se observa. Queda prohibido a las monjas profesas salir del monasterio, aun por breve tiempo, bajo ningún pretexto, excepto con legítima causa aprobada por el obispo. Se prohibe a todos la entrada en el monasterio, excepto si obtienen licencia del obispo o del superior; de otra suerte incurren en excomunión.
Se daban abusos. Santa Teresa refiere en el c. VII de su Vida: Porque tomar yo libertad, ni hacer cosa sin licencia, digo por agujero o paredes o de noche, nunca me parece lo pudiera acabar conmigo, en monasterio hablar de esta suerte, ni lo hice… Parecíarne a mí que con advertencia y de propósito miraba muchas cosas, que poner la honra de tantas en ventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas, que era muy mal hecho… Por eso me parece a mí me hizo harto daño no estar en monasterio cerrado; porque la libertad que las que eran buenas podían tener con bondad, porque no debían más, que no se prometía clausura, para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado al infierno si con tantos remedios y medios el Señor, con muy particulares mercedes suyas, no me hubiera sacado de este peligro. Y así me parece lo es grandísimo monasterio de mujeres con libertad, y que más me parece es paso para caminar al infierno las que quisiesen ser ruines, que remedio para su flaqueza.
Casi todos los papas sintieron la necesidad de intervenir una o más veces. El decreto conciliar era oscuro: no se sabía si atañía también a los monasterios abiertos.
El 29 de mayo de 1566, la constitución Circo pastoralis, del Papa Pío V, resolvía esta duda:
- Todas las monjas tenían que observar la clausura, aunque por abuso o costurnbre no lo estuviesen haciendo; el Concilio de Trento había dejado subsistir costumbres opuestas con vigencia inmemorial.
- Las terciarias con votos solemnes que vivían en común debían observar la clausura; las de votos simples serían inducidas a profesar solemnemente y abrazarla.
- Se prohibía a las religiosas sin votos solemnes admitir novicias, so pena de que los votos fuesen nulos.
En suma, para ser religiosa era necesario hacer votos solemnes y observar clausura, siguiendo una de las cuatro reglas aprobadas. Para la mujer, esos eran los constitutivos de la vida religiosa.
En los monasterios abiertos hay resistencias, fugas. Algunos obispos moderaban los decretos, permitían a las monjas salir por razones de salud u otros motivos.
El 1 de febrero de 1570, con la constitución Decori, Pío V determina meticulosamente las causas de salida: un gran incendio, caso de lepra o epidemia expresamente atestiguada y reconocida por escrito. Incurren al instante en excomunión mayor quienes salgan ilegalmente o permitan salir, para ser sólo absueltos por el Papa; pierden el oficio o dignidad y se hacen ineptos para éstos.
El 23 de diciembre de 1581, con la constitución Dubiis, Gregorio XIII impone asimismo severas penas. En la bula Salvatoris Nostri, del 5 de junio de 1590, Sixto V prescribe a las monjas que no se dejen ver sin velo, excepto de los propios padres, hermanos y hermanas; irán en compañía de otra monja o de la priora, y no saldrán del monasterio.
Los fermentos renacentistas habían activado no sólo la promoción del hombre, sino también la de la mujer, que entraba a compartir los bienes de la cultura. En el campo espiritual, la mujer quiso tomar parte en el apostolado, no se contentó ya con la contemplación. Los fundadores, como Angela Merici, Mary Ward, Fierre Fourier y Alix Le Clerc, esbozaban una nueva concepción de la vida religiosa que era preciso desarrollar.
El apostolado de la mujer: ¡qué gran fuerza al servicio de las almas! ¿No podrían las mujeres lo que, desde 1540, habían podido los clérigos regulares y los jesuitas? Parecía abrirse un camino, pero había fracasos, y los éxitos eran sólo parciales. La ley de la clausura se ostentaba intangible: no se concebía a una mujer haciendo apostolado por el mundo adelante. Las ursulinas, las canonesas de San Agustín, las religiosas de Nuestra Señora, conciliarán la educación de la juventud con la clausura; Mary Ward será condenada, y los acontecimientos forzarán a San Francisco de Sales a hacer de sus visitadoras de los pobres monjas de clausura.
La mentalidad de la época quería para la mujer o el muro o el marido. La mujer, casada o encerrada en un convento; no había vía media. La religiosa fuera del claustro era un escándalo, y era difícil cambiar esta mentalidad. No se habían recorrido, para la mujer, las etapas de las órdenes mendicantes y los clérigos regulares; ellas permanecían ancladas en el siglo XI. El Estado reconocía y protegía esa situación; la Iglesia recurría al Estado para reprimir los abusos.
San Vicente de Paúl aprende en los errores ajenos, en la experiencia, en las necesidades del tiempo. Poco a poco caen los prejuicios y la mujer se abre camino, un camino amplio, ilimitado. El éxito de Vicente es pleno y día vendrá en que la Iglesia retire todas sus reservas: la promoción de la mujer al apostolado está definitivamente asegurada.
Había ya precedentes, pero San Vicente tiene el mérito de prolongar, ampliar, completar lo que otros apenas iniciaron. Para que una mujer ejerciese el apostolado, era todavía preciso que renunciara a considerarse religiosa: tenía que ejercerlo por lo libre. Oficialmente, las Hijas de la Caridad no serán religiosas. De hecho tenderán a la más alta perfección por la práctica de una caridad sin límites.
Las leyes, por fortuna, no serán aplicadas en todo su rigor. Poco a poco, los obispos comienzan a aprobar las nuevas congregaciones de votos simples, como las ursulinas de San Carlos Borromeo, el mismo año en que Gregorio XIII renueva la prohibición de su predecesor. La Santa Sede incluye en todas las aprobaciones una saludable cláusula cuyo contenido es: no hay intención de aprobar el instituto mismo.
Las Hijas de la Caridad se contentaron largo tiempo con la aprobación del arzobispo de París; luego obtuvieron la del legado pontificio. Más tarde todavía era preciso dar los debidos pasos cerca de la autoridad civil. La Iglesia de Francia conocía un solo jefe administrativo, desde que habían cesado los concilios nacionales y provinciales: el rey. El Real Consejo comenzaba a desempeñar funciones de concilio y tomaba decisiones sobre todas las materias clericales, mientras no tocasen a la fe y a la moral.
El Consejo trataba de manera particular la fundación de conventos y la creación de nuevas órdenes religiosas. Sus decisiones eran intimadas por la Patente. La Patente era de todo punto necesaria. Un principio comúnmente admitido en Francia era: ninguna comunidad religiosa puede establecerse ni erigir monasterios sin licencia expresa del rey. El soberano tiene el derecho de ser informado para impedir lo que contraría a los intereses estatales o a la disciplina eclesiástica. Sin la Patente, las comunidades carecían de existencia legal. De ella dependía la personalidad jurídica de los institutos en territorio francés; merced a ella se convertían en sujetos de derechos, ejercían por derecho la actividad propia del instituto, adquirían el necesario patrimonio, emprendían un proceso, gozaban de la protección del rey.
Pero la Patente debía ser aún registrada por el Parlamento: éste ganaba así el control de todos sus efectos.
Las Hijas de la Caridad obtuvieron por primera vez la Patente después de su aprobación episcopal en 1646. Extravióse, y en noviembre de 1657 se firmó una nueva que fue registrada por el Parlamento el 16 de diciembre al año siguiente».
2. Tentativas de vida apostólica
Hemos visto cómo intentos similares al de San Vicente habían tenido que resignarse al acostumbrado ideal de vida religiosa. Mary Ward, fundadora de las Damas Inglesas, precedió al santo en la iniciativa. Ella no estaba llamada a vivir entre los muros de un convento. Necesitaba acción y lleva al campo femenino la fórmula de los jesuitas, cuyo trabajo en Inglaterra era conocido por ella. Durante casi veinte años, entre vicisitudes, logra hacer varias fundaciones, pero al fin, en 1631, el instituto es suprimido. Mary Ward, dice el P. Vernaschi, ha incurrido en una única culpa: se ha anticipado a su tiempo en un siglo.
San Vicente de Paúl, que no hará alusiones a las Damas Inglesas, sí hablará con frecuencia de las Ursulinas, fundadas por Santa Angela de Méricis en 1535. Hablará de su obra y de su estilo de vida, pero contemplará las dificultades por las que atraviesan y las modificaciones que sufren para ser acercadas a la vida religiosa tradicional.
San Vicente también hablará a menudo de las Visitandinas, fundadas por su gran a.migo San Francisco de Sales junto a Santa Francisca de Chantal, de las que el santo llegó a ser director, a la muerte del fundador. Las Visitandinas fueron fundadas para realizar obras de misericordia espirituales y corporales. Pero tampoco se logró este intento sin aproximación a la tradicional vida religiosa, pues San Vicente dirá a sus Hijas de la Caridad que han de ser más virtuosas que las Visitandinas, pues éstas se recluyen, mientras que ellas tienen que estar en el mundo…
El P. Vernaschi, en su ya mencionada tesis, dirá:
«Luisa de Marillac alude en 1630 a otro instituto: las Hijas de la Cruz. En cuanto seculares, son un precedente de las Hijas de la Caridad. Su fundadora, Madame de Villeneuve (Marie de l’Huillier), ha sido visitandina. Se propone instruir a la infancia, en particular a las niñas pobres. Esta idea se remonta a 1619, cuando Madame de Villeneuve obtiene el apoyo de Francisco de Sales. Este le entrega copia de las primitivas constituciones de la Visitación y se alegra de que otros puedan llevar a cabo su proyecto. Se formó, pues, una comunidad, primero con solas promesas, y desde el 4 de agosto de 1641 con votos simples, en dependencia de los obispos.
Francisco podía aquí considerarse padre y ellas eran de todo punto seculares: votos simples o privados, sin clausura ni hábito especial. Sus constituciones fueron aprobadas por el arzobispo de París el 27 de abril de 1646, luego por el cardenal de Vendome el 19 de mayo de 1668 y, finalmente, por el Papa Pío IX el 22 de noviembre de 1853.
Madame de Villeneuve y las Hijas de la Cruz estuvieron en estrechas relaciones con San Vicente, quien apoyó el nacimiento del nuevo instituto. Muerta madame en 1650, la acción de Vicente es vital para las Hijas de la Cruz: evita que se disuelvan y halla en Madame de Traversay una protectora del instituto.
El reformador religioso de Lorena, Pierre Fourier, sufre a causa de la ignorancia de la juventud, en especial de las muchachas. Predica las excelencias de la virginidad y atrae a las dos primeras colaboradoras: Alix Le Clerc y Gante André. Alix y sus compañeras trabajan para mantenerse, instruyen a las niñas en la doctrina y enseñan a éstas a coser y gobernar la casa. Se llaman Hijas de la Bienaventurada Virgen María y llevan vida mixta.
El 29 de julio de 1559 fundan su primera casa. Las críticas, la oposición, no se hacen esperar. Pierre evita apenas la ingerencia del obispo de Toul y se acoge al cardenal de Lorena, quien da su aprobación. Las dificultades, incomprensiones, intransigencias, continúan hasta la aprobación de Urbano VIII, pero entonces son ya religiosas de clausura.
Existían comunidades al servicio de los enfermos, desde la Edad Media. Sus miembros no siempre estaban vinculados por voto ni observaban estricta clausura. Algunas se obligaban de modo especial al cuidado de los enfermos. Los estatutos de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén instan a tratar a los enfermos con bondad y caridad, como a los señores de casa. Entienden los votos como una consagración al servicio de los pobres, particularmente de los enfermos, lo que constituye su primer compromiso, que prevalece sobre otros. Los Hospitalarios de San Lázaro de Jerusalén hacían voto de caridad, o sea, de recibir y servir a los pobres.
El 19 de julio de 1640, San Vicente alude a los Hospitalarios de Italia, quizá los Siervos de los Pobres fundados por San Camilo de Lellis, pues, según la bula Illius qui pro gregis Domini, de Gregorio XIV, los miembros de esta congregación debían siempre cuidar enfermos, aun apestados (IX, 25).
En el Hótel-Dieu había agustinas. Estas hacían voto de servir a los pobres enfermos. Tuvieron por esta época a una celosa reformadora: Genoveva Bouquet, que recibe ayuda de Vicente y de las Damas de la Caridad. Sus constituciones no dejaban lugar a duda: el servicio a los pobres enfermos tenía la preeminencia, era un honor, como una plegaria. Su vocación es más activa que contemplativa: ante la asistencia a los pobres, han de abandonarlo todo, por espiritual que sea.
San Vicente dice a las Hijas de la Caridad: Vuestra vocación y la de las religiosas del Hôtel–Dieu están entre las más grandes que conozco (IX, 131, 141).
Las Hospitalarias de la Charité Notre-Dame tenían un hospital en la Place Royale, en París: Sirven a los enfermos sin salir de casa, mientras que las Hijas de la Caridad van a domicilio (IX, 583). Según sus reglas, recogen sólo a mujeres, no a hombres (X, 124)».
3. Originalidad de Vicente de Paúl
a) Experiencia de las Cofradías.
Vicente de Paúl, que nunca tiene prisa, que no quiere adelantarse a la Providencia, que es el hombre pnidente que hace de la vida su más valiosa experiencia, para quien todos los acontecimientos son Dios, sigue infatigable buscando su voluntad.
Así, apenas tomó posesión de la parroquia de Chátillon-les-Dombes, él mismo nos cuenta:
«Estando yo cerca de Lyon, en una población de la que la providencia me había hecho párroco, un domingo, mientras me revestía para celebrar la santa misa, vinieron a decirme que a una distancia de un cuarto de legua todos estaban enfermos, sin que quedase uno para asistir a los demás, y todos en una miseria indecible. No dejé de recomendarlos con mucho afecto en el sermón y Dios tocó el corazón de los oyentes, de suerte que todos se compadecieron de aquellos desgraciados.
Después de mediodía hubo reunión en casa de una buena señora, para ver de qué modo se les podría ayudar, y todos estaban dispuestos a visitarlos y confortarlos de palabra y socorrerles con los propios medios.
Después de vísperas tomé conmigo a un hombre, vecino de la población, y nos pusimos en camino para ir a verlos. Encontramos mujeres que nos adelantaban, y de allí a poco otras que volvían. Y como era verano y hacía mucho calor, las buenas mujeres se sentaban al borde del camino para descansar y refrescarse. Total, hijas mías, eran tantas que hubiérais creído ver una procesión.
… se miró el modo de socorrerlos y yo propuse a todas aquellas buenas personas, que la caridad había conducido a aquella casa, que se turnasen día por día para hacer la olla no sólo a aquéllos, sino a cuantos se presentasen en lo sucesivo. Aquél fue el primer lugar donde se estableció la Caridad» (MV 1, 90, 103-104, 108- 109; SV IV, 58-59, 208, 243-244; XI, 2-5, 169-172; XII, 7-8, 82).
Vicente de Paúl pone a experiencia el método durante unos meses y pronto hace los reglamentos de las Caridades (noviembre-diciembre de 1617), porque temía que una buena obra comenzada «se viniera abajo en poco tiempo, si para mantenerla no hubiese alguna unión y vinculación espiritual».
Estas Caridades se habían de difundir con gran rapidez por las tierras del señor de Gondi. La Caridad de Chátillon sería modelo durante mucho tiempo y contribuiría a la conversión de muchos. El santo afirmará que las Cofradías de la Caridad «hacen maravillas».
Más tarde, en 1625, Vicente de Paúl fundará la Congregación de la Misión, cuyos sacerdotes se servirán de las Caridades como medios eficaces para hacer perpetuar el fruto de la misión.
El P. Vernaschi, en su tesis citada, dirá:
«Luisa de Marillac fue un regalo de la providencia a las cofradías de la Caridad. Tenía un deseo ardiente de entregarse al servicio de los pobres. Vicente, que esperaba signos todavía más claros de los designios de Dios sobre esta alma elegida, la envía, desde 1629, a visitar las caridades que se habían fundado (MV I, 245, 246; SV I, 51, n.; X, 73, 75, 81…; IX, 77, 244,601).
En 1630 surge la Caridad de San Salvador de París. En 1631, seis parroquias de París tenían caridades. El ejemplo había cundido y bien pronto no hubo casi parroquia, en la ciudad o en los suburbios, sin su asociación. San Vicente y Santa Luisa pusieron esmero particular en la Caridad de su propia parroquia, San Nicolás; Luisa quedó al frente de ella».
b) De las «siervas pagadas» a las «siervas vocacionadas».
Las Caridades de París estaban forrnadas por señoras de la nobleza. En esto se diferenciaban de las Calidades del campo. El reglamento exigiría que los servicios fueran hechos personalmente. Pero serios obstáculos habían de oponerse a ello. Unas veces en las farrxilias de las señoras; otras, la repugnancia que a ellas mismas les produciría el hacer tan bajos servicios, tanto que se hacían sustituir por sus sirvientas. Nos lo dice el propio San Vicente: «La experiencia enseña que las señoras nobles en la Cofradía tienen dificultad en llevar los alimentos a los pobres enfermos, hacerles las camas, darles los medicamentos y prestarles los servicios más bajos» (Coste XIII, 569-570, 579, 557, 566, 573).
Este inconveniente era grave. Además, faltaban también escuelas y maestros para los pobres. Buscaron, pues, chicas de origen humilde que impartieran instrucción y prestaran los servicios necesarios.
«Encontré en una misión a una buena campesina que se había entregado a Dios para instruir a la juventud en cualquier ocasión que se presentase. Dios la inspiró venir a verme y yo le propuse el servicio de los pobres. Ella aceptó con gusto al instante y la envié a San Salvador, la primera parroquia en que se estableció la Caridad» (IX, 209).
«Margarita Naseau.
Era una pobre vaquera sin instrucción, que había aprendido a leer y escribir a costa de una gran tenacidad, pues apenas tuvo maestro o maestra fuera de Dios. Después instruía a otras muchachas de su pueblo y, por fin, decidió ir de una aldea en otra, con otras dos o tres compañeras que ella había formado, para instruir a la juventud. Dios la llamó al servicio de los pobres enfermos de París y, aunque se sentía muy inclinada a proseguir el camino de la instrucción a la juventud, Ibandonó esa ocupación para abrazar otra que tenía por más perfecta y necesaria. Dios quería que fuese la primera Hija de la Caridad, servidora de los pobres enfermos de París, la primera que tuvo la suerte de entrenar a las demás en el modo de enseñar a las jovencitas y de cuidar a los pobres enfermos» (IX, 77, 78; I, 76, n. 6; IX, 79, 602;X, 101; I, 185, 187).
Margarita Naseau dio su vida en el servicio de los pobres, hasta sus últimas consecuencias. Murió contagiada de la peste que padecía una niña junto a la que se acostó.
A Margarita habrían de seguirla otras aldeanas, dando así comienzo humildemente a la COMPAÑIA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD. San Vicente diría: «Preguntad a la señorita Le Gras si pensaba en la Compañía. iAy de mí! Ni remotamente. Y yo puedo deciros ante Dios que no pensaba en absoluto. ¿Quién lo pensaba? Dios, hijas mías, que sabía bien lo que iba a hacer. El formó vuestra Compañía» (IX, 601, 208, 131,245, 455-456).
c) Una «comunidad nueva» en la Iglesia.
De manera concisa y clara recoge Vernaschi un nuevo período histórico de la Compañía.
«El 29 de noviembre comienza para las Hijas de la Caridad un nuevo período; se prolonga hasta 1645. Era necesario prevenir a las jóvenes aldeanas contra los peligros y urgía además constituir un fondo de reserva. Las jóvenes, pues, fueron confiadas a la señorita Le Gras y comenzaron a formarse en la piedad y en el modo de servir a los pobres. No era una formación abstracta, apartada de la realidad, sino inserta en el mundo pobre y sufriente. Ya antes de entrar en casa de la señorita, las jóvenes debían servir en una cofradía parroquial. Se producía allí una primera selección (II, 549, III, 54; IX, 456; X, 101; XIII, 548, 566, 570, 573, 579, 580).
En este periodo se estaba ya fundando fuera de París; eran redactados reglamentos y estatutos. El 25 de marzo de 1642, Luisa y otras cuatro hermanas hicieron votos (XIII, 539, 551; V, 353; X, 638).
El 20 de noviembre de 1646, Juan Francisco Pablo de Gondi, auxiliar de París, aprobaba la Compañía, baja la forma de cofradía particular, con el nombre de Servidoras de los pobres de la Caridad. Era, desde este momento, una asociación de derecho diocesano distinta de las Damas de la Caridad. Estaban sujetas al ordinario del lugar, pero éste delegaba su autoridad en Vicente mientras plugiese a Dios conservarlo en vida (XIII, 558).
La situación de la Compañía era aún frágil. Lo hecho por el arzobispo de París podía ser deshecho por su sucesor. En 1647 se cursó, a través de la reina Ana de Austria, una súplica al Papa para que la Compañía dependiese de Vicente y sus sucesores, mas sin resultado. Ahora bien, esta dependencia era ardientemente deseada por Luisa. Cuando se quiso reconocer legalmente a la Compañía, nadie encontró la aprobación original de 1646, y hubo de elevarse una nueva solicitud. Juan Francisco Pablo de Gondi, arzobispo de París, era ahora el cardenal de Retz. El 18 de enero de 1655, desde Roma, aprobaba una vez más la Compañía; quedaba de nuevo erigida en cofradía o sociedad particular con el nombre de Servidoras de los pobres de la Caridad. La dirección era confiada a Vicente y, después de él, a sus sucesores, los superiores generales de la Congregación de la Misión. El acta de establecimiento era firmada por Luisa y Vicente, el 8 de agosto de aquel mismo año (XIII, 566, 571- 577).
Pero Retz estaba desterrado en Roma: cuidaba poco de defender unos derechos que no ejercería. ¿Tendrían ese mismo desinterés otros arzobispos? ¿Hasta qué punto estaba sujeta a ellos una Compañía que se había difundido en muchas otras diócesis? Entre tanto, los fundadores morirían. En 1668, el cardenal Louis de Vendóme era legado «a latere» de Clemente IX, quien, con su autoridad apostólica, el día 8 de junio confirma finalmente la aprobación del arzobispo de París.
Se ha impugnado una y otra vez la autoridad de los superiores generales de la Misión sobre las Hijas de la Caridad. El 8 de julio de 1882, el Papa León XIII declaraba, a través de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares:
Nada debe innovarse en el gobierno de la Compañía de las Hijas de la Caridad, pues, según los indultos pontificios, incumbe al Superior General de la Congregación de la Misión regir y gobernar…
Era una exención de hecho, pero implícita. El privilegio de la exención por derecho fue solicitado formalmente el 12 de agosto de 1946, punto crucial, pues significa que las Hijas de la Caridad se adaptaban al Código de Derecho Canónico. El I de julio de 1954, las constituciones son aprobadas por la Sagrada Congregación de Religiosos».
Las Hijas de la Caridad, «comunidad nueva» en la Iglesia, son «llamadas y reunidas por Dios para honrar a Nuestro Señor jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres» (Reglas Comunes). Sus fundadores la.s exhortarán continuamente a servir a los pobres con DULZURA, RESPETO y CORDIALIDAD. San Vicente llega a decir a las hermanas: «Los pobres son vuestros amos y señores».
Un servicio realizado con humildad, sencillez y caridad, será la obsesión del santo, y así se lo dirá mil veces a sus hijas en sus innumerables conferencias. Estas tres virtudes, les dirá, «son como las tres potencias del alma» y harán que constituyan el espíritu de las Hijas de la Caridad.
Santa Luisa dirá también que «la Compañía sirve a los pobres que carecen de todo. Proponeos sólo servir a los pobres…». Y San Vicente lo completará diciendo: «Las Hijas de la Caridad están sólo para los pobres enfermos que nadie atiende».
Todo este legado vicenciano, del que tantos volúmenes hay escritos, podría condensarse hoy, para definir a las Hijas de la Caridad, como lo hacen sus constituciones actuales:
- Entregadas a Dios.
- En comunidad.
- Para el servicio de los pobres, de todos los pobres.
- Por todas partes.
- Con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad.
Y con ese bagaje las Hijas de la Caridad llegarán a todas las partes del mundo…
Dimensión social de la Compañía de las Hijas de la Caridad
Es casi imposible abordar la dimensión social de una obra, si no se la sitúa en el marco adecuado. Así, pues, querer hablar de la dimensión social de la Compañía de las Hijas de la Caridad, como obra de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac, exige conocer quiénes son sus contemporáneos, y más en concreto, quiénes son los pobres del siglo XVII. Y esto aunque sea de manera muy somera.
El P. Ibáñez Burgos, en su obra «San Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo», dice que «el pobre varía a través del espacio y del tiempo. Cada época produce sus pobres. La referencia a la misma enseñanza evangélica induce, incluso, a tomar actitudes y opciones muy diversas en la manera de comprender y de vivir la pobreza o de luchar contra ella… El estudio de la Historia Social del siglo XVII revela una doble realidad: la pobreza aparece con diversos rostros y los pobres están clasificados en categorías diferentes. El mundo de los pobres es diverso. Sin embargo, esta diversidad no hace desaparecer su unidad. Por esta razón, se requiere precisar las semejanzas y diferencias fundamentales que unen y separan a los pobres que viven en la sociedad o que permanecen al margen de esta misma sociedad, es decir, al pobre, al mendigo, al vagabundo…
El significado de la palabra pobre, en el siglo XVII, no se reduce al sentido económico. En sentido amplio del término, pobre es el que sufre, el que se encuentra en la desdicha, el humilde. En sentido más estricto, pobre es el que se encuentra viviendo continuamente en la penuria, en la necesidad».
Siguiendo al mismo autor, dice que «el siglo XVII considera pobres a quienes están constantemente amenazados de caer fácilmente en la pobreza, desde la incertidumbre en que se encuentran todos los días de poder conseguir los medios necesarios para poder vivir. Esta preocupación constante es sumamente reveladora de las inestabilidades de las masas populares. Ello indica, y en definitiva explica, que el siglo XVII llame pobres a quienes están acechados cada día por la pobreza y, al más mínimo incidente de la coyuntura histórica, se ven envueltos en ello. Los inventarios realizados en Beauvais, Amiens, Lyon, París, confirman que muchos pequeños campesinos, obreros de la ciudad y del campo, pequeños artesanos, son asistidos por la caridad pública o privada. Los pobres, en consecuencia, se reclutan sobre todo en el mundo del trabajo, entre quienes no poseen ningún bien. Por eso, muchos campesinos, a causa de diversos incidentes, se enrolan en el pauperismo, y muchos artesanos, que no pueden alimentar con su salario a su familia, tienen que ser socorridos. No hay que extrañarse, pues, del sentido tan amplio del término pobre».
Y continúa el P. Ibáñez Burgos «que si es difícil y sutil determinar las variaciones del umbral de la pobreza, y de esta manera poder catalogar a los pobres, sus consecuencias son, por el contrario, muy claras. La más inmediata consiste en forzar a la mendicidad a la mayoría de la clase humilde. La prueba está en que, por todas partes, los pobres, incluso si ellos no mendigan, envían o permiten fácilmente vagabundear o mendigar a sus hijos.
Entre los adultos, la tipología de mendigos se parece demasiado a la de los pobres. En sus filas existen ancianos y viudas, pero también se encuentran enfermos, jóvenes, obreros sin trabajo. Infortunados que no tenían más que su trabajo para vivir y que ya no pueden trabajar, o que su trabajo no les da para vivir. Pobres y mendigos son con relativa frecuencia los mismos en los períodos de crisis sociales».
La tesis que expone el P. Ibáñez Burgos, en el capítulo IV de su citada obra, es francamente apasionante e ilustra maravillosamente el tema, pero es imposible seguir transcribiéndola aquí. Baste este «flash» que concluye con los últimos párrafos del mencionado capítulo.
«Durante la guerra franco-española, y sobre todo durante y después de Ia Fronda, es difícil distinguir a los profesionales de la mendicidad y del vagabundeo, de los pobres obreros y campesinos obligados a abandonar su trabajo y a mendigar su vida para poder subsistir. El vagabundeo aumenta y los campesinos se unen en grandes grupos para poder defender su existencia. Reaccionando instintivamente contra su sociedad y un poder, intentan subsistir por el robo y el crimen…».
Vicente de Paúl, conmovido ante el espectáculo de una multitud de pobres campesinos convertidos en mendigos, escribe estas palabras el 8 de octubre de 1649: «Los pobres que no saben a donde ir ni qué hacer, que sufren y que se multi-plican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor».
La intervención del poder central intentará afrontar el problema de la miseria, de la mendicidad y del vagabundeo, decretando por edicto real, en abril de 1656, la creación del Hospital General de París, donde pobres y mendigos serán encerrados.
El espectáculo de miseria vivido por Vicente de Paúl no había sido tan grande en Francia como lo era en aquella época. El país estaba en lamentable situación a todos los niveles. Las guerras de religión, las guerras civiles complicadas con las extranjeras, habían dado lugar a un abandono total del campo, después de haber sido devastado por los ejércitos; las ciudades rebosaban obreros sin trabajo, vagabundos de todas clases. Los hospitales se quedaban pequeños y no daban abasto; ni siquiera el viejo Hospital General era capaz de albergar a tanto enfermo, en el cual estaban «amontonados unos sobre otros», en expresión de Hanotaux.
En este escenario va a tener su expresión y expansión la dimensión social de Ia Compañía de las Hijas de la Caridad, impulsada por Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Ellas intentan socorrer las miserias a los refugiados en los caminos, a los enfermos en sus propios domicilios, en los hospitales, recogiendo a los ancianos abandonados, a los niños expósitos…
Vicente de Paúl sufre en su carne dolorosamente el intento de «encerrar a los pobres», de hacerlos desaparecer de las calles, de la sociedad, porque constituyen una lacra para Francia. No se distingue entre ellos al que es un pobre campesino, un obrero sin trabajo, del que es un vagabundo de profesión, si está enfermo como si no. Todos han de ser recluidos y condenados a morir fuera de la sociedad…
Vicente de Paúl había vivido la experiencia de una caridad mal organizada, cuando era párroco en Chátillon-les-Dombes. El conoce también la situación deplorable de los hospitales y se pone a trabajar en este campo. Con las Hijas de la Caridad y las Damas del Hótel-Dieu, participa en la reforma y en la organización de estos establecimientos de enfermedad y de miseria. A partir de 1639, las Hijas de la Caridad no sólo atenderán a los enfermos en sus domicilios, sino que también lo harán en los hospitales. La exhortación que Vicente de Paúl hace en los reglamentos para la atención a los enfermos, invita a pensar en la ternura más grande que pueda dispensarse…
El despliegue social de la obra de Vicente de Paúl abarca cualquier aspecto, porque la miseria de su tiempo también llegaba a todos los rincones.
Así, la obra de los niños expósitos es también encomendada a las Damas y a las Hijas de la Caridad. Vicente de Paúl conoce el abuso que se tiene con estos niños, que eran vendidos y utilizados para excitar la piedad del público, y lograr así que les diesen limosna, luego los dejaban morir de hambre. En 1638, a pesar de las dificultades que encontró, se ocupa de esta nueva obra, que no será respuesta a ningún programa previsto, sino que tendrá éxito gracias al buen sentido organizador de Vicente o a lo que llamamos hoy una gran «mentalidad social».
Advirtiendo las dificultades que las Hijas de la Caridad tienen en este trabajo, les dirá: «Es un trabajo duro, cierto, hijas mías, pero es motivo de agradar a Dios».
La acción de Vicente de Paúl en esta obra, con la imponderable ayuda de Luisa de Marillac, marca un claro progreso social en el siglo XVII. Los prejuicios que existían acerca de los expósitos, se quiebran ante la obra de Vicente, a través de la cual enseñó a su tiempo cómo debe actuarse para que resulte eficaz.
En expresión de Dirvin, «la obra de los expósitos fue el primer intento organizado con criterios modernos en el campo del bienestar de la infancia. llegaría a ser una de las obras principales de las Hijas de la Caridad» («Santa Luisa de Marillac», pág. 154).
A lo largo del camino de Vicente de Paúl, es una constante en su vida, algo que le compromete de continuo, el luchar contra toda pobreza. Es claro en él que, para cumplir perfectamente la ley del amor, su testimonio ha de basarse en un servicio hecho a los pobres, en una entrega total a ellos, a partir del «don de sí». Y a esta constante añadirá otra: la de organizar la caridad.
Así instruirá continuamente a sus Hijas de la Caridad, lo mismo que a los sacerdotes de la Misión y a las Damas, que han de estar abiertos y muy atentos a las necesidades nuevas que van surgiendo y a las posibilidades que la Providencia de Dios depare para aliviar esas necesidades.
A Vicente de Paúl le duele la esclavitud de los pobres. Su gesto continuo está orientado a liberarles de la pobreza material y espiritual, de esa pobreza que no afecta sólo al tener, sino al ser.
Toda esta obsesión de Vicente de Paúl la traducirá en lo que él llama «amor afectivo y efectivo»; y así, en febrero de 1653, dirá a sus Hijas de la Caridad:
«… Un corazón que ama a nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo que produce a su vez el amor efectivo… que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres, emprendido con alegría, entusiasmo, constancia y amor. Estas dos clases de amor son como la vida de las Hijas de la Caridad…».
Por eso, Vicente de Paúl y Luisa de Marillac no dudan tampoco en hacer de las Hijas de la Caridad, en 1640, las siervas de los condenados a galeras. Las dan un reglamento en el que queda patente la preocupación por las hermanas y por los pobres forzados. Aquí encomienda a las Hijas de la Caridad una de las tareas más duras y delicadas que pudieran haberse hecho en aquel tiempo. El lo sabe y por eso las dirá: » i0h, hermanas, qué felicidad servir a estos pobres forzados!». Y más tarde las enviará también a los campos de batalla…
Como una de las fuertes consecuencias de las guerras fue la incultura a que se vio sometida Francia, a Vicente de Paúl y Luisa de Marillac les preocupaba también el abordar este nuevo tipo de miseria, nueva llamada de Dios. Sin embargo, no era fácil que las Hijas de la Caridad pudieran afrontarla, ya que entre ellas mismas abundaban Ias analfabetas.
Pero ello no podía obstaculizar el ardor de los dos santos. Luisa, que estaba perfectamente instruida en las letras y en las artes, se constituye en maestra, a la vez, de sus Hijas y de las niñas pobres.
Y así la Compañía, comprometida cada vez más, «urgidas por la calidad, se lanzan a la instrucción de la juventud». En mayo de 1641, Luisa de Marillac recibe la aprobación para su primera escuela en París:
«En razón de nuestra dignidad de chantre de dicha Iglesia de París, el mantenimiento y gobierno de las pequeñas escuelas de la ciudad, de los arrabales y afueras de París, nos atañe y nos pertenece, y habiéndoos encontrado digna de llevar las escuelas, después de nuestro exarnen, después de la opinión de su párroco y del testimonio de todos los demás dignos de crédito, conociendo la vida de usted, costumbres y religión católica, le concedemos a este respecto la licencia y otorgamos la facultad de dirigir las escuelas y ejercerlas en la calle llamada el Barrio de San Lázaro, en el distrito de San Dionisio, y con el cargo de enseñar a las niñas pobres solamente y no a otras, y educarlas en las buenas costumbres, letras gramaticales y otros piadosos y honestos ejercicios, habiendo tomado antes su juramento de dirigir diligente y fielmente las dichas escuelas según nuestros estatutos y ordenanzas…» (A.R.B., Luisa de Marillac, colocada después de la carta número 41),
Con el sentido de justicia de Vicente de Paul, escribe a Luisa de Marillac, refiriéndose a un catecismo cuya doctrina le parecía a ella elevada para las Hermanas:
«Sería bueno que se lo leyera a nuestras Hermanas y usted misma se lo explicase, con el fin de que todas lo aprendieran y lo profundizaran para enseñar, pues, ya que es necesario que enseñen, es preciso que sepan» (A.R.B., consejo de 22 de marzo de 1648).
Y, posteriormente, en una de sus conferencias, dirá a las Hermanas:
«La Sagrada Escritura dice que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, y el alma debe preferirse al cuerpo. Así, pues, es cosa necesaria el que las Hijas de la Caridad instruyan a los pobres en las cosas necesarias de la salvación, y para esto es preciso que estén instruidas primeramente ellas mismas, antes de poder enseñar a los otros» (Coste X, 627).
¿Qué se puede deducir de este despliegue de acción caritativa de Vicente de Paúl a través de las Hijas de la Caridad? ¿Qué clase de espíritu está infundiendo en ellas? ¿Cómo no explicarse su estrategia al colocarlas en medio del mundo, de una manera secular?
Las Hijas de la Caridad, en sus orígenes, beben en su santo fundador unos criterios de acción caritativa y social, cuya proyección se extenderá por los siglos futuros y a lo largo y ancho de la geografía del mundo.
De Vicente de Paúl aprenderán que las necesidades y los acontecimientos son los signos más evidentes de la voluntad de Dios. Y que la acción debe estar orientada a establecer una unión con Dios. Por ello dirá: «Todas estas cosas deben ser realizadas por el único motivo de agradar a Dios y para imitar en ello, en cuanto sea posible, a Nuestro Señor Jesucristo, que hizo siempre las mismas cosas y por el mismo fin…».
Infundirá en las Hijas de la Caridad la idea de que la pobreza sólo puede tener sentido como medio para solidarizarse con quienes la padecen, pero que es necesario asumirla como un mal y, desde ahí, liberar a los hombres de ella. Por tanto, una acción caritativa al estilo vicenciano arranca a las Hijas de la Caridad una crítica radical que las empuja a ejercer una acción liberadora.
La identidad vicenciana a través de Luisa de Marillac
Luisa de Marillac, en apariencia una mera ejecutora de los criterios de Vicente, es la «mujer fuerte» que dinamiza eI pensamiento del santo y lo hace vida en sus Hijas de la Caridad, a las que instruye día a día y para las que vive totalmente entregada, al mismo tiempo que para los pobres.
Luisa de Marillac es la piedra sobre la que el Gran Artífice, Dios, por medio del mejor cincel, Vicente, va logrando el modelo más perfecto de Hija de la Caridad para todos los tiempos: humilde, sencilla, caritativa, cuya intuición en el tiempo fue sin precedentes. Logró uno de los mejores medios de mantener viva la Compañía: la unidad, en la dependencia del Superior General de la Misión. Este logro, tan discutido a veces hasta por «los de casa», es el que hace que las Hijas de la Caridad mantengan su espíritu en plena vitalidad. Ese «espíritu», que los PP. Paules contribuyen a alimentar con sus enseñanzas, aprendidas también del padre común: Vicente de Paúl.
Puesto que el gran santo de la caridad solía decir «firmes en el fin, flexibles en los medios», las Hijas de la Caridad han cambiado, sin duda, en su forma de ejercer la caridad; pero, porque la Compañía es una comunidad apostólica, el apostolado sigue siendo su razón de ser.
Por mucho que cambien las «formas», los «dinamismos» heredados de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac, están ahí:
«Las Hijas de la Caridad, fieles a su bautismo y en respuesta a un llamamiento divino, se consagran por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad.
Un mismo amor anima y dirige sus servicios: por la fe saben que es Dios quien las espera en los que sufren. San Vicente expresa esa unidad dinámica de su vida cuando dice: ‘Sois pobres Hijas de la Caridad que os habéis entregado a Dios para el servicio de los pobres’ » (Constituciones Hijas de la Caridad, 1.4).
«La regla de las Hijas de la Caridad es Cristo, y se proponen imitarle bajo los rasgos con que la Escritura le revela y los fundadores le descubren: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Eva.ngelizador de los Pobres.
Para seguirle más de cerca y prolongar su misión, las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que les permiten estar disponibles para el fin de la Compañía: el servicio de Cristo en los pobres. Todas y cada una confirman personalmente su donación total al Señor en la Compañía por medio de votos anuales» (Const., 1.5).
«Los fundadores vieron en la vida fraterna uno de los apoyos esenciales de la vocación de las Hijas de la Caridad. Esa vida común y fraterna se desarrolla en la comunidad local, donde las hermanas colaboran con fe y alegría, dan testimonio de Cristo y rehacen sus fuerzas con miras a la misión» (Const., 1.6).
«Las Hijas de la Caridad contemplan a Cristo, a quien encuentran en el corazón y en la vida de los pobres, donde su gracia no cesa de actuar para santificarlos y salvarlos. Tienen la preocupación primordial de darles a conocer a Dios, anunciarles a Jesucristo, su única Esperanza, y decirles que el reino de los cielos está cerca y es para ellos… En una mirada de fe ven a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo, y se esfuerzan por servirle en sus miembros dolientes ‘con dulzura, compasión, cordialidad, respeto y devoción’ » (Const., 1.7).
«Del Hijo de Dios aprenden las Hijas de la Caridad que no hay miseria alguna que puedan considerar como extraña a ellas. Cristo interpela continuamente a su Compañía por medio de sus hermanos que sufren, de los signos de los tiempos, de la Iglesia… Múltiples son las formas de pobreza, múltiples también las formas de servicio, pero uno solo es el amor que Dios infunde en las que ha llamado y reunido…» (Const. 1.8).
Qué duda cabe que, al leer este corto elenco de las constituciones de las Hijas de la Caridad, se está poniendo de relieve lo que fuera la preocupación de Vicente de Paúl, vivida por Luisa de Marillac y transmitida a sus Hijas, de generación en generación:
- Vivencia de la fe y la caridad: «Un mismo amor anima y dirige su servicio…».
- Sentido y actitud de siervas: «Sois pobres Hijas de la Caridad…».
- Sensibles ante los pobres y ante las múltiples formas de pobreza: «Del Hijo de Dios aprenden… que no hay miseria alguna que puedan considerar como extraña…».
- Disponibilidad, secularidad: «Enviaron a las Hijas de la Caridad al encuentro con los pobres… y las dieron por monasterio las casas de los enfermos; por celda, un cuarto de alquiler; por capilla, la parroquia; por claustro, las calles de la ciudad y las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios; por velo, la santa modestia…» (Cfr. Const., 1.9).
Y así podríamos seguir y no agotar el tesoro vicenciano puesto a descubierto, asomándose a la vida de Luisa de Mari, Ilac y de cuantas la secundaron.
Fidelidad a los orígenes y renovación para nuestro tiempo
Hasta aquí no era difícil seguir tras las huellas de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac, puesto que se trataba más de una «mirada al pasado». Las dificultades empiezan cuando hay que situarse en un presente, donde el primer dato de «fidelidad» tiene que ser la justicia y la objetividad para poner las cosas en su justa medida. Más difícil aún será intentar ponerse en clave de futuro.
1. Fidelidad. ¿En qué?
La Compañía de las Hijas de la Caridad, desde el Concilio, ha hecho verdaderos esfuerzos de renovación, que no es necesario poner de relieve porque están ahí. Bien es verdad que, de no haberse dejado «empolvar» durante algún tiempo por el peso y el paso de las circunstancias, la Compañía hubiera podido «vivir de las rentas». ¡Era tan grande el capital que heredaron!
Mas, es de temer que durante algún tiempo no hiciéramos buen uso de él, empezando a malgastar la hacienda:
- ¿Acaso perdiendo la disponibilidad?
- ¿Institucionalizando el servicio?
- ¿Perdiendo la libertad e hipotecando nuestra originalidad por un falso entendimiento de fidelidad a la Iglesia?
- ¿Dañando nuestra «secularidad» por una no comprensión de la diversidad de los carismas, de la estrategia vicenciana, y en «fidelidad» mal entendida a las normas de la Iglesia?
- ¿Viendo como bueno todo, sin distinguir que, aunque así sea, «el pan de casa siempre es mejor».
La letanía analística podría no terminarse. Sólo el Santo Espíritu podría dictaminar…
Felizmente, hoy, las aguas empiezan a volver a su cauce. La Compañía redescubre con ilusión y ojos nuevos su carisma de «servicio de los pobres», y lo está redescubriendo con una fuerza arrolladora tal que, ¡ojalá!, todas las Hijas de la Caridad sepamos asimilar convenientemente. Habremos de tener mucha paciencia. El peso institucional va a ser lo más difícil de descargar de nuestros hombros. Ello hará más lenta la recuperación de nuestra agilidad.
Tengo la impresión de que las Hijas de la Caridad estamos de nuevo como Vicente de Paúl tras la guerra de la Fronda: miseria a derecha e izquierda. Y también por la guerra, guerra del odio, del egoísmo y de la incomprensión, que de nuevo ha generado pobres, huérfanos, presos, ancianos, drogradictos…; la más variada gama de marginados que grita a la Compañía: ¡Fidelidad aquí y ahora, si queréis que sea verdad que Vicente vive…!
2. Fidelidad. ¿Cómo?
Aquí no hay nada que inventar. En definitiva, se trata de «ser» y «vivir» para no incurrir en contradicción o pecado contra la Luz, al haber logrado, por una parte, llegar a conocer mejor nuestra identidad y, por otra, no dedicarse resueltamente a vivida (Cfr. Ecos de la Compañía núm. 4, abril 1981, P. Lloret).
«Ser hoy siervas de los pobres —ha dicho nuestra Superiora General, Sor Lucía Rogé— en la línea del carisma primitivo que recibieron los fundadores, significa responder a una llamada a la conversión tan desconcertante y radical como lo fuera en el siglo XVII.
Hemos de reconsiderar las verdaderas perspectivas que nos presenta nuestro carisma con sus imperativos.
En primer lugar, existimos para los pobres.
Segundo, estamos para servirles en sus necesidades corporales y espirituales. Somos sus siervas. En una visión de fe, somos las siervas de Cristo en ellos. Los pobres tienen derecho a poder reconocer a sus siervas a través de la pobreza de su estilo de vida, de cómo comparten sus mismas inquietudes, de una solidaridad que se expresa también en la oración por ellos y en nombre suyo.
Siervas, sirvientas… ¿Qué hemos de entender por ello? Tenemos que volver a la idea de disponibilidad absoluta ante sus necesidades, para prestarles servicios que nadie, fuera de nosotras, les presta. Lo mismo que cuando se trataba de los enfermos del siglo XVII, tales servicios tienen que contribuir:
- A permitirles subsistir, a hacer que se les respete, a promocionados, a devolverles la confianza y la Esperanza.
- A restablecerles en su dignidad humana, corporalmente —mediante la limpieza, por ejemplo— y espiritualmente, con la estima y la amistad.
- A darles amor, anunciándoles la Buena Noticia con el testimonio de nuestra vida y, siempre que sea posible, con la palabra.
Saber aceptar, como nuestras hermanas que servían a los galeotes y como lo que debía ser el trabajo en un hospital psiquiátrico del siglo XVII, un servicio desprovisto en apariencia de toda eficacia inmediata, prestar un servicio gratuito, pero, a la vez, testimonio de otra dimensión del hombre…; servicio que, en nuestros días, esperan también tantos marginados y asociales… todos los que no pueden vivir sin el apoyo individual y colectivo que les aporta la institución» (7 de septiembre de 1981, en: Ecos de la Compañía núm. 11, noviembre 1981).
Y espigando un poco más adelante en la misma conferencia dirá:
«Tenemos que organizar nuestra reforma. Su primera etapa es nuestra conversión… Conversión del corazón hacia sólo Dios… `Sólo Dios basta’, gracia de verdad y de fidelidad…, gracia de renovación, de creación de fundaciones nuevas. Reformarnos para entrar en la verdad total de la esencia de la vocación, vivir con el mismo deseo de autenticidad, como San Vicente dijo, hablando del servicio a los pobres, pero también tocante a la humildad, a la obediencia, a la caridad fraterna, a la unión con Dios…» (lb., o.c.).
¿Estará aquí insinuando la Superiora General de la Compañía la necesidad de una Hija de la Caridad a lo Teresa de Jesús? Algo así. Mas su intuición la matizará con una sana ironía diciendo: «Quiero terminar esta proposición de reforma no pidiéndoles que pasen ustedes a ser Hijas de la Caridad ‘descalzas’, sino Hijas de la Caridad SIERVAS».
Será bueno añadir aquí que, entre los medios más eficaces para la conversión y, por ende, para la fidelidad, se encuentra la formación. Y ella es, sin lugar a dudas, la tarea que viene realizando la Compañía de las Hijas de la Caridad, de una manera sistemática y acertada, que genera un continuo cambio en el estilo, a todos los niveles. Viene igualmente clarificando no sólo el concepto, sino el contenido de la autoridad como servicio, de la oración como necesidad vital, de la comunidad como apoyo imprescindible, del envío y de la misión como realizaciones evangélicas…
Según el pensamiento de los fundadores, las Hijas de la Caridad no son religiosas. Sus votos —privados y renovables anualmente— ratifican la entrega que viven desde su incorporación a la Compañía y garantizan la continuidad y la calidad del servicio a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo. Es este servicio el que las convierte en Hijas de la Caridad.
A este fin tiende la formación, cuyo objetivo global es permitir un continuo descubrimiento del proyecto de Dios sobre cada Hija de la Caridad y sobre la Compañía entera, asumido por la propia comunidad.
3. Fidelidad. ¿Cuándo?
Aunque suponga un retroceso en el tiempo, es de justicia, para responder a esta pregunta, hacerlo con una gran maestra de la Compañía, cuyo paso fugaz por ella como Superiora General quizá también nos haya hecho a las Hijas de la Caridad tener sólo un recuerdo fugaz suyo. Se trata de la M. Guillemin, promotora de uno de los cambios en la Compañía que ha marcado su historia de manera decisiva. (¿Ofreció la M. Guillemin al Señor su vida por esta empresa?).
Precisamente en los momentos en que ella había sido llamada a ser auditora del Concilio Vaticano II, marcaba a la Compañía el «ítem» más importante de la renovación.
Con las primeras luces del año 1967, escribía a las Hermanas:
«Ha sonado una hora crucial en la que todo lo que vive en la Iglesia ha de renovarse o morir… Va en ello la salvación eterna de cada una de nosotras y la suerte de la Compañía en la Iglesia. Los próximos años deben ser años de renovación espiritual. En este período tan rico de la vida del mundo y de la Iglesia, todo lo mediocre está llamado a desaparecer. La Iglesia no necesita para nada de Hijas de la Caridad mediocres; la Iglesia y el mundo necesitan santos…
¿Y en qué consiste esta renovación que se nos pide? Consiste, en primer lugar, en encontrar de nuevo la gracia del primer llamamiento…, fortificar nuestra fe en los grandes principios evangélicos sobre los que hemos cimentado nuestra vida…, auscultar nuestro corazón y nuestra conducta para saber si creemos aún en ellos…, comprobar nuestro estado de salud en la vida espiritual, sus manifestaciones, su ritmo, su valor, sus relaciones con nuestra vida profesional y apostólica…, redescubriendo el sentido de nuestra vida, viviendo de oración y en caridad… La caridad que debemos a nuestros hermanos es, ante todo, interior… Amar a nuestros hermanos es servirles, es obrar con justicia respecto a ellos, es ayudarles a ser artífices de su promoción humana y sobrenatural…» (Cfr. Circular 1 de enero de 1967).
Constatar la Vida del Espíritu a través de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, es sencillamente evocar nombres: Margarita Naseau, Catalina Labouré, Susanne Guillemin y tantas otras Hijas de la Caridad cuyos nombres están escritos en el cielo y los que están por escribirse… que, ¡ojalá!, sean todos los que constituyen el catálogo de la Compañía a lo largo de tres siglos y medio…
Cáritas y las Hijas de la Caridad
En justa correspondencia al marco en que se escribe este artículo, es decir, la revista «Corintios XIII», que ha querido dedicar sus páginas a hacer un homenaje a Vicente de Paúl, en el IV Centenario de su nacimiento, es obligado decir una palabra más.
Y esta palabra va a ser breve y sencilla. Quiere referirse a la vinculación existente entre la Compañía de las Hijas de la Caridad y CARITAS, como órgano de la acción caritativa y social de la Iglesia.
Para las Hijas de la Caridad, Cáritas es marco adecuado que la Iglesia les ofrece para su «servicio a los pobres».
Los objetivos básicos de Cáritas son el desarrollo integral del hombre y la transformación progresiva de la sociedad.
Es evidente que estos objetivos, después de todo lo expuesto, quedan patentes en el legado vicenciano hecho a la triple familia.
Bien es verdad que, por otra parte, es claro que la acción caritativa y social de la Iglesia —Cáritas— tiene que venir realizada, como es obvio, por toda la Iglesia, es decir, por todos los católicos, religiosos y laicos, pues en última instancia no se trata sólo de un legado vicenciano, ni siquiera paulino, es el legado de Cristo a los hombres de buena voluntad, comprendido en su Evangelio. Es el legado de quien «no vino a ser servido, sino a servir», clel que fue enviado «para dar la vida por sus ovejas».







