Introducción
El tema que se me ha propuesto: «Las dimensiones de la formación permanente vicentina», abarca prácticamente toda la actividad de San Vicente al frente de su comunidad «lazarista», pues él fue quien reunió, animó, educó, envió y sostuvo en la misión al manojo de gente ya madura que se le adhirió.
Fueron llegando también los jóvenes a «formarse para la misión» y el Santo los acogió y los confió a algunos de sus ya firmes colaboradores y él mismo ayudó desde arriba en la formación. Pero la obra propia del Señor Vicente fue la de la formación de sus misioneros en la vida cotidiana de San Lázaro mediante la oración común, las celebraciones litúrgicas, las conferencias espirituales-pastorales, las repeticiones de oración, los avisos, los retiros espirituales, los diálogos y encuentros personales y todo el tejemaneje de la administración compleja y polifacética del extenso priorato de San Lázaro. Al mismo tiempo sus cartas, a las que gastaba atención y tiempo, muy solícito, y las visitas a las casas más remotas de París, transmitieron su mensaje formador. Y sorprende que, como se lo ve mirando los índices de sus obras, en los últimos diez años de su vida sean más sólidos y numerosos sus mensajes formativos: él era plenamente conciente de su responsabilidad, del peso de su autoridad, de la acogida de que gozaba y tenía un celo pastoral ardiente y perspicaz que lo proyectaba a la realidad de su familia tanto en una perspectiva global de pasado, presente y futuro, como en una percepción pedagógica del caso individual y del detalle formativo en sus familias domésticas. Así que toda la formación, que emanó del Señor Vicente, fue formación permanente, destinada a madurar, alimentar, preservar, corregir y promover a sus misioneros ya iniciados en la vida y el trabajo «vicentino».
Analicemos someramente algunos rasgos o dimensiones de esa labor formativa de nuestro Fundador.
1. Ante todo una FORMACION HUMANA
El Santo era conciente de que le grupo de sus colaboradores in-mediatos era pobre en los valores humanos de la cultura, de relación social, de educación en general como decimos hoy día; eran pobres gentes del campo que el Señor sacó detrás del rebaño para ponerlos a evangelizar a su pueblo y formarle buenos curas. Por lo mismo, a partir de esa conciencia de sus condiciones humanas, se ocupó en formarlos bien en actitudes y relaciones humanas a la altura del ministerio sacerdotal y en corregir en ellos los modales o conductas que olieran a instalación o comodidad sensual y mundana en el oficio sacerdotal. Hay textos que nos lo ofrecen de cuerpo entero en su empeño de formar curas limpios, caballerosos, diligentes, serviciales. Veamos: los que no querían tanto trabajo ni tanta diversidad de misiones eran «un comodón, misioneros comodones y manejados porel amor a su propia comodidad y al descanso…».1 Y como buen forma-dor tenía y ofrecía perspectivas de crecimiento y de maduración: «Sila Compañía, estando todavía solo en la cuna, ya es así, con cuantamayor razón lo será cuando haya crecido en edad y haya adquirido másfuerzas de las que ahora tiene».2 Y en una repetición de oración de julio de 1655 gritaba: «Buscamos la sombra, no queremos salir al sol;nos gustan tanto las comodidades: pedimos ayuda a gritos si se nospide un triz más de trabajo que de ordinario. Mi aposento, mis libros,mi misa… y todo eso ¡Basta! ¿Ser misionero es querer tenerlo todo apedir de boca? Dios es nuestro proveedor, El socorre todas nuestrasnecesidades y más que lo que necesitamos, nos de la comodidad y hastamás… No sé si nosotros pensamos lo suficiente en agradecérselo…».3
Y el hombre verdadero debe ser un hombre de trabajo, diligente, capaz. Oigámoslo: «El Señor Duval, gran doctor de la Iglesia, decía queun eclesiástico debe tener más trabajo del que pude cumplir realmente,pues cuando la desocupación y la pereza se apoderan de un eclesiástico,todos los vicios le llueven de todos lados… Fuimos hechos para traba-jar… y un misionero, un verdadero misionero, un hombre de Dios, unhombre que tiene el espíritu de Dios, todo le parece bueno y posible, loemprende todo, lo puede todo».4 Ese sentido del sacerdote como hom-bre de trabajo es un rasgo fundamental del cuadro vicentino del sacerdote ideal.
El Santo hace una distinción muy importante en este campo de los valores humanos del sacerdote: hay que pensar no tanto en el quehacer cuando en el ser. Lo que vale en la persona es el ser, las virtudes, la oración, la entrega real a Dios. El quehacer fluye de allí y aun puede darse artificialmente al margen de esa realidad existencia; pero se evapora, no «consiste», no pesa de veras. Leámoslo: «Unmisionero que no pensara sino en la ciencia, en predicar bien, en decirmaravillas en una región, en promover todo un pueblo a la compunción… tal hombre, que descuida su oración y los otros ejercicios de suregla, ¿tal hombre es un misionero? ¡NO! Está faltando a lo principalque es su propia perfección».5 Se trata, valorando la vida así, de hacerse digno de ayudar a los otros. Bello enfoque este del ministerio sacerdotal: no es una mecánica de ritos y de palabras, de influencias y climas de piedad, sino un servicio a la gracia y al Espíritu, una mediación entre el hombre cristiano y el mundo de sus gracias y carismas. Allí donde mejor expresa el Santo su opción por los verdaderos valores humanos es en la famosa conferencia del 6 de diciembre de 1658, sobre el fin de la Congregación, ya citada arriba, donde, al final de la charla se pregunta: «Pero… ¿quién será el que nos va a apartar delbien que hemos comenzado? Serán los espíritu libertinos, libertinos,libertinos que no buscan sino divertirse y que, con tal que haya quecomer, no se ocupan de otra cosa. ¿Quiénes van a ser? Serán… mejorno lo digo. Serán tipos instalados — (al decir esto ponía sus manosbajo los sobacos imitando a los perezosos…), tipos que no tienen sinouna pequeña periferia y que limitan su perspectiva y su proyecto de vidaa cierto círculo dentro del cual se encierran como en un punto y noquieren salir de allí. Y si uno les muestra alguna meta más allá y ellosse animan a mirarla, luego retornan a su centro como los caracoles a suconcha».6 El hombre debe pues ser libre, entusiasta para el trabajo, garboso y animoso para cumplirlo, superando esas fallas humanas tan bien descritas con palabras y gestos en el discurso del Santo.
2. Luego una FORMACIÓN CRISTIANA
Siguiendo a sus maestros y formadores cristianísimos, el santo tenía la oración como la cima y la síntesis de los valores cristianos. En ella nos abrimos a Dios para acogerlo y escucharlo y para entregarle lo que tenemos y somos y suplicarle lo que nos hace falta, con fe, con seguridad de esperanza, con entrañas de amor a El más que de autodefensa e interés por lo mío.
En la repetición de oración del 10 de agosto de 1657, el Santo resume muy bien los valores de la buena oración en nuestra vida: «Así pues, entreguémonos muy bien todos nosotros a esta práctica de laoración, pues es por ella por donde nos vienen todos los bienes. Si perseveramos en nuestra vocación es gracias a la oración, si tenemos éxito en nuestros trabajos es gracias a la oración. Si no caemos en el pecadoes gracias a la oración, si perseveramos en la caridad, si nos salvamos,todo es gracias a Dios y a la oración. Dios, así como no rehúsa nada ala oración, tampoco otorga nada sin oración».7
Muy realista, el santo sabe por su experiencia propia y por su ministerio misionero y comunitario que la formación pasa por el pecado y tiene que contar con la tentación para ser real y humana, cristiana y progresiva. Por eso cuando selecciona las cinco virtudes y máximas evangélicas lo hace para lograr en sus hijos la verdadera libertad cristiana. Dice textualmente en la conferencia del 22 de agosto de 1659: «Los hijos de Dios son los que gozan de una verdaderay perfecta libertad, pues es solo en el amor de Dios donde esta seencuentra. Las máximas se reducen a estos tres puntos: al amor de lapobreza, a la mortificación de los placeres y a la sumisión a la voluntadde Dios. Ponen pues a la persona en la libertad cristiana».8 Qué interesante este enfoque antropocéntrico de las cinco virtudes, que uno no esperaría de un hombre tan abnegado y tan desasido de valores humanos y terrenos como el Señor Vicente. Pero es que su fe es contemplación de la obra de Dios y no puede menos de descubrir en ella el cuidado del hombre que siempre está presente en la mente y en las obras de Dios. Así que la sencillez triunfa de la mentira y de la doblez, hace que sea el amor de Dios el que se transparente en nuestros actos y triunfe en nuestra vida. La humildad es igualmente el amor de Dios que triunfa sobre nuestro orgullo y amor propio y destruye en su raíz la vanidad o valoración de lo que no vale. La mansedumbre el santo la llama, acordándose de san Francisco de Sales, dulzura y la resume en «soportar a nuestro prójimo en sus flaquezas» y no perder la paciencia aun en los extremos de la incomodad y el fastidio. La mortificación es para el Santo el camino para lograr las tres primeras virtudes y para poder vivir bien en comunidad y en plan de misión. Y el celo es un amor en el corazón que nos lleva a buscar ser agradables a Dios y bien útiles al prójimo: «Si el amor deDios es un fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es surayo. El celo es lo que hay de más puro en el amor de Dios».9 Fijémonos, pues, cómo San Vicente saca del evangelio y de la tradición cristiana esos valores o rasgos de la fisonomía del misionero y trata de inculcarlos y proyectarlos en la vida y misión de sus hijos como verdadero formador de una comunidad ya madura en años y avanzada en experiencias pastorales. Es formación permanente en su más pura y genuina forma. Nosotros, ¿qué o a quién tenemos hoy aquí que llene ese vacío del Señor Vicente al frente de nuestras comunidades «ya» formadas…? Es una pregunta que no puedo menos de formularme al darme cuenta del peso enorme que significó para la naciente comunidad vicentina la presencia y la labor formadora del Fundador, y por otro lado de lo pobre, lo rutinario, lo inconsistente del conjunto de medios de formación permanente que manejamos hoy y aquí. ¡A ver como reaccionamos!
3. Una FORMACION COMUNITARIA
Es muy importante para la humildad vicentina y para el realismo jurídico y eclesial en que vivimos, esa distinción que repite tanto nuestro Santo de que los obispos y los religiosos de votos solemnes están en estado de perfección adquirida y nosotros en estado de buscar y tender a la perfección.10 Pero superando marcos jurídicos, el Santo le quema toda la leña a ese fuego del amor a la perfección y promueve con todas sus fuerzas la búsqueda de lo mejor para su comunidad. Basta una ojeada a las reglas comunes para percibir el clamor del Santo por la perfección cristiana, la búsqueda de la perfección cristiana en su comunidad. Me gustó mucho un renglón de la conferencia del 7 de noviembre de 1959 (fecha probable). Dice: «Losvotos nos alejan de todas esas cosas, de esos bienes — temporales — que son la causa de la pérdida de tantas almas. Una de las ventajas quehay en este estado es el reposo de que uno goza al renunciar a todasesas cosas».11 Y esa valoración de la libertad de espíritu el Santo la proyectaba en el celo pastoral para organizar la caridad y para dedicarse a la oración en comunidad. Pero cómo era de exigente y de recio para exigir la observancia de las reglas internas de la comunidad, en sus conferencias y avisos de superior: es el espíritu que ilumina la parte final de una charla sobre los retiros espirituales en San Lázaro. Oigamos apartes: «Ahora esta casa de san Lázaro sirve paraacoger a los pecadores que son enfermos cubiertos de lepra espiritualque curan por gracia de Dios… Pero qué motivo de vergüenza si noshacemos indignos de tal gracia… Y ¿cuál será la causa de esto? Si se lepide a un pobre misionero relajado: Señor, quisiera ayudar a este ejercitante durante su retiro. Esto sería un gran fastidio para tal misionero.Si no se excusa no hará otra cosas sino arrastrar la escoba… Tienetanta gana de darse gusto y tanto fastidio de perder un ahora de sutiempo para atender un ejercitante, una hora que sería la mejor empleada en todo el día…«.12
El Santo era pues un formador pleno y eficiente: no callaba lo que había que corregir a la vez que valoraba el buen clima de búsqueda de la perfección que advertía en su comunidad.
4. DIMENSIÓN SACERDOTAL
Para el Señor Vicente la fundación de su congregación de la misión obedeció a dos factores que desde la realidad lo preocupaban enormemente: el primero la situación del pobre pueblo, especialmente el de las aldeas y campiñas maltratadas por las guerras y sus secuelas, el hambre, la pobreza extrema y el abandono de quienes podían y debían ayudarles: gobierno, sociedad, iglesia… El segundo, la situación deteriorada del clero: era un refugio o punto de llegada de gentes sin cultura ni vocación, sin formación ni perspectivas pastorales, sin disciplina ni ciencia teológica, que se «metían» a la profesión de clérigos como lugar de medro y solución económica de sus angustias existenciales, y que desde luego en vez de adoctrinar escandalizaban, en vez de ayudar al pueblo lo explotaban, en vez de sacrificarlo lo corrompían con su antitestimonio y eran una pesadilla para obispos y jerarcas ansiosos de una renovación eclesial. Por eso San Vicente a la evangelización de los pobres agregó otra meta a su Pequeña Compañía: la formación del clero diocesano. Ad salutempauperum et clero disciplinam. Son impresionantes sus quejas y sus ponderaciones del mal que le hacen a la iglesia los malos sacerdotes. Oigamos: «Oh señores y hermanos míos — exclama en una conferenciaen San Lázaro en septiembre de 1655 — cómo debemos rezar a Diospor esto y cómo debemos trabajar para afrontar esta gran necesidad dela Iglesia que está siendo arruinada en muchos lugares por la mala vidade los sacerdotes. ¡Son ellos los que la pierden y la arruinan! Y no essino muy cierto que la depravación del estado eclesiástico está siendo laprincipal causa de la ruina de la Iglesia de Dios. Estuve en días pasados en una reunión en que participaban siete prelados, los cuales,reflexionando sobre los males que se ven en la Iglesia, decían claramente que son los eclesiásticos la principal causa de ellos».13 Y hace luego un recuento geográfico y sociopolítico de los países de Europa para analizar fenómenos como la herejía y las guerras religiosas que socavan los fundamentos de la fe cristiana. Un hombre bien informado, al día en los datos de la problemática eclesial y con la visión y el corazón abiertos a buscar soluciones al delicado asunto.
Y, palabra más palabra menos, repite lo mismo tres años más tarde (conferencia del 6 de diciembre de 1658) hablando del fin de la Congregación: «Se puede pensar que todos los males que vemos ennuestro mundo podrían atribuirse a los curas. Decir esto podría escandalizar a algunos, pero es necesario que yo muestre por la grandezadel mal, la importancia del remedio. La Iglesia no tiene peores enemigos que los mismos sacerdotes, de ellos nacieron las herejías…, Lucero, Calvino… Por ellos prevalecen los herejes, el vicio reina y la ignoranciaerige su trono en medio del pobre pueblo».14
Pero esa desazón y ese rigor fluyen de la gran valoración de fe y de caridad que el Santo hacía del ministerio sacerdotal: «Daos cuenta,hermanos míos, de cuan superior es el oficio de los eclesiásticos a lasdemás dignidades de la tierra y de cómo debéis tener una alta estima delos sacerdotes, cuyo carácter es una participación en el sacerdocioeterno del Hijo de Dios, que les dio poderes…».15 Y de todo esto, nega-tivo en las críticas y positivo en los elogios y valoraciones, tiene que brotar una preocupación y una ocupación muy definida por la for-mación del clero en los seminarios y en su comunidad: «Oh Salvador,— exclamaba en una conferencia de julio de 1655 — si un buen curapuede hacer tanto bien, cuánto mal hará uno malo cuando se lo pro-pone. Oh Dios, y cómo es de trabajoso volverlos a poner en buenestado. Oh mi Salvador, cómo deben darse nuestros pobres misionerosa Vos para contribuir a la formación de buenos sacerdotes ya que estaes la tarea más difícil, la más elevada, y la más importante para lasalvación de las almas y del progreso del cristianismo».16
Detengámonos — vale la pena — en un ministerio sacerdotal siempre prioritario y definitivo en la pastoral y hoy más que nunca ubicado en primera línea por el Vaticano II: la predicación de la Palabra de Dios. Verdaderos talleres de oratoria sagrada se tenían en San Lázaro según una repetición de oración de agosto 16 de 1655 17 , en que el santo programa las reuniones para escuchar y criticar experiencias y modelos de sermones. Allí fue donde — el 20 de agosto del mismo 1655 — presentó y defendió el famoso pequeño método: «Consiste enpredicar ‘en apôtre’, como apóstol, a la apostólica, con un discursocomún, así buenamente, con sencillez, familiarmente, como predicabanlos discípulos y los apóstoles, como predicaba Cristo mismo: es un granfavor que Dios ha hecho a esta pequeña y menguada Compañía, quetengamos la dicha de imitarlo en esto».17 Y recogía gustoso la vox populi de París en las parroquias y en la misma corte, que decía: «Éstesacerdote predica bien, predica a la misionera, como apóstol: ‘A la mis-sionaire, en apôtre’. La sencillez, pues, hermanos míos, prediquemos aJesucristo y a las almas, digamos lo que tenemos que decir simplemente,buenamente, humildemente pero fuerte y caritativamente; no busquemossatisfacernos a nosotros mismos sino a Dios… todo el resto no es sinovanidad y orgullo, pura soberbia…».18 «Un predicador me hablaba últimamente de esto y decía: Señor, cuando un predicador busca el honor y el ruido popular, se entrega a la tiranía del público y soñando en hacersenotar por hermosos discursos se convierte en esclavo de la reputación».19
En conclusión podemos decir que el Santo manejó todas las herramientas para trabajar en la formación del clero, tanto en la inicial de los seminarios, como en la permanente de los retiros, conferencias, sesiones de estudio, entrevistas personales, visitas y cartas. Unas herramientas eran, digamos espirituales, como la oración, el testimonio de vida, la consejería oral y escrita… otras estructurales o pastorales como las Conferencias de los martes, los seminarios, las reuniones, los ejercicios y cursos de formación para sacerdotes maduros, la acogida fraterna en San Lázaro y en las casas de provincia de la Congregación. Pero en ambos campos, en el espiritual y en el pedagógico, en el de la gracia y el de la técnica, el de la mística y el de la práctica, el Santo entregó toda su fuerza espiritual y todas sus capacidades de persuasión a la formación de buenos curas y a la reforma y perfeccionamiento de los sacerdotes maduros que él recibía en san Lázaro, sea para su comunidad, sea para el clero diocesano. El Santo recorrió todos los caminos y utilizó todos los medios tanto humanos como cristianos, de psicología y de gracia, personales y de dimensión comunitaria y emprendió la tarea inmensa y ardua de reformar, — volver a formar, darle una segunda definitiva formación-al clero francés de su momento histórico.
No me alcanzan ni el tiempo ni las capacidades para ponerme a hacer una proyección al momento actual y local de la situación de nuestro clero, de lo poco que logré presentar de la formación vicentina permanente de un clero ya comprometido en la experiencia pastoral y ya testigo de sus límites, éxitos y fallas en la misma. Solo quiero presentar dos conclusiones muy simples:
- El volumen e intensidad del trabajo vicentino en la formación del clero se volcaron precisamente en la formación permanente de un clero maduro en edad, rico en experiencias vitales, ansioso de un reencuentro con ideales pastorales esfumados pero de todos modos dócil a la gracia de conversión y de cambio que lo llamaba a retomar las riendas de un andar de veras apostólico.
- Esa formación permanente tuvo rasgos y dimensiones muy claras en lo humano, lo cristiano, lo espiritual, lo comunitario y lo pastoral de la vida sacerdotal, cubriendo así plenamente la imagen del sacerdote y devolviéndole a la Iglesia un clero bien calificado en sus valores humanos, fervoroso y sólido en la vida espiritual, integrado en la comunidad presbiteral y con una visión y un compromiso misionero muy fecundo en la acción ministerial.
- ANDRÉ DODIN, «Saint Vicent de Paul: Entretiens spirituels aux mission-naires», Aux Éditions du Seuil, Paris 1960, 150.
- Ibid.
- Ibid., 157.
- Ibid., 159.
- Ibid., 497.
- Ibid., 509.
- Ibid., 369-370.
- Ibid., 721.
- Ibid., 728.
- Ibid., 790-791.
- Ibid., 792.
- Ibid., 877-878.
- Ibid., 266.
- Ibid., 502.
- Ibid., 505.
- Ibid., 867.
- Ibid., 209ss. 18Ibid., 215.
- Ibid., 436.
- Ibid., 638.






