La pedagogía de santa Luisa

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Alfonsa Richartz · Año publicación original: 1998 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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1. La Comunidad en sus orígenes

luisamarillacEl 29 de noviembre de 1633, Luisa, con el consentimiento de Vicente de Paúl, había acogido en su casa a cuatro o cinco jóvenes con el fin de prepararlas para el servicio a los pobres enfermos en las Caridades y proporcionar una base espiritual a su asistencia caritativa. Gracias a su formación, llegarán a ser, sin que aspiren a otra cosa, «pobres Hijas de la Caridad totalmente entregadas a Dios para el servicio de los pobres», según la expresión de Vicente de Paúl.

En el transcurso de los ocho meses siguientes, el señor Vicente explicó a las Hermanas, en tres conferencias, el orden del día establecido para ellas, o, dicho en otros términos, su reglamento. La cuarta conferencia no tuvo lugar sino seis años después. Fue, por lo tanto, Luisa quien asumió el cargo principal y la parte más importante en la formación de las Hermanas.

De la correspondencia entre Vicente y Luisa de Marillac sacaremos los criterios según los cuales han de formarse las Hijas de la Caridad. No era una tarea fácil esta formación. Y así podemos leer en una carta de Vicente a Luisa:

«No dudo de que no sean tal y como me las describe usted; pero hemos de esperar que se formarán… Bueno será que les diga usted en qué consisten las virtudes sólidas, sobre todo la de la mortificación, interior y exterior, de nuestro propio juicio y de nuestra voluntad, el no insistir en los recuerdos, la mortificación de la vista, del oído y de los demás sentidos; la mortificación en el hablar, en el afecto que tenemos a las cosas malas, inútiles y aun a las buenas, por amor a Nuestro Señor, que así se comportó; y habrá que afianzarlas mucho en esto, sobre todo en la virtud de la obediencia y en la de la indiferencia» (Síg. I, 305).

El señor Vicente constató con satisfacción y alegría el buen éxito de este trabajo educativo. No obstante, la formación de las jóvenes del campo era para Luisa de Marillac gran tarea, tanto más cuanto que nunca se la veía completamen­te terminada. Caídas y recaídas forman parte de la naturaleza humana. Pero, al cabo de unos años, a Luisa le pareció constatar cierto éxito en sus esfuerzos como se ve cuando escribía así al señor Vicente:

«Fue tal día como mañana cuando las primeras empezaron a reunirse el Comu­nidad, aunque muy pobremente; de esto hará unos cinco o siete años. He tenido esta tarde un pensamiento que me ha llenado de alegría y es que así como, por la gracia de Dios, son ahora mejores que al principio, después de los pocos años que espero estar todavía en la tierra, las que Dios ponga a su lado atraerán sobre ellas más bendiciones por sus buenos ejemplos. Es lo que deseo con todo mi corazón…» (Santa Luisa de Marillac, Corr. y Escr. C. 39, pág. 52).

Durante aquellos años —serán en definitiva los veinte siguientes— Luisa de Marillac se entregó con toda su alma a la gran tarea de la fundación de la Com­pañía y formación de sus hijas. A partir de 1640, como así lo decidió el señor Vicente, a aquellas «Hijas», a aquellas «jóvenes», se las llamará «Hermanas»: «Pienso que será más humilde llamar a las Hijas de la Caridad con el título de Hermanas que con el de «jóvenes» (o «hijas»)» (Síg. II, pág. 120, hacia 1640).

2. La finalidad educativa que se proponía Luisa

La principal finalidad de los esfuerzos de santa Luisa en la formación de las Hermanas coincido con el fin principal de la Compañía: el cumplimiento de la Voluntad divina en el servicio a Cristo en los pobres. En numerosas cartas, Luisa orienta a las Hermanas hacia la comprensión de este gran objetivo. Absolutamente todo en la existencia de Luisa está dirigido al cumplimiento de la voluntad de Dios. Llega hasta el punto de preferir la destrucción de la Compañía que el saberla fuera de la línea de la voluntad divina. El conocimiento del designio de Dios y su cumplimiento suponen y exigen la fidelidad al espíritu de nuestra vocación.

Luisa explica a las Hermanas la importancia de tender hacia las virtudes pro­pias de una Hija de la Caridad: la humildad, la sencillez, el amor a Dios y a los pobres, la pobreza, la castidad y la obediencia. Y precisamente en esta enseñanza matizada y a la vez profunda es donde reside todo el abanico de su pedagogía.

3. Las predisposiciones personales de Luisa

La propia educación de Luisa, la experiencia de su vida, su piedad esclare­cida, en una palabra, su fuerte personalidad, constituyen la sólida base de la formación pedagógica que Luisa ofrece con prodigalidad a aquellas mujeres que se esfuerzan por alcanzar una vida santa, bajo una nueva forma de entrega ca­ritativa, vivida en una comunidad religiosa.

Luisa se dirige a todo ser humano con su cortesía natural, fundada en el respeto a la persona. De ahí proceden su sencillez y su discreción. Sin dudarlo, podemos adelantar que su vida espiritual eleva su cortesía y su respeto al prójimo al nivel de la verdadera caridad, y que su modestia y su discreción se transforman en humil­dad y en abnegación cristiana. Gracias a su inteligencia y a su experiencia de la vida, puede animar fácilmente con tales virtudes las realidades cotidianas. ¿No es, al fin y al cabo, la vida de cada día, el campo por excelencia de la santificación? Esa es la encrucijada de los caminos que nos lleva ya al cumplimiento de la volun­tad de Dios, ya al callejón sin salida de nuestras cortas miras personales. Luisa de Marillac conoce bien esas alternativas. Y sabe orientar, interpretar y encontrar el sentido de los acontecimientos diarios de tal suerte que las Hermanas se sienten arrastradas a una relación directa con Cristo. La vida diaria se convierte para Luisa en signo y rasgo a través del cual Dios le manifiesta su voluntad. Esa manera de ver es lo que comunica a sus Hermanas. Y está tanto más preparada para ello cuanto que, por su parte, se dedica a ejecutar la voluntad de Dios. Luisa se dedica a buscar personalmente el cumplimiento de la voluntad de Dios, de una manera absoluta e incondicional. Pero su vida y su acción ejemplares, su aspiración radical a adquirir las virtudes, su profunda humildad y su intenso amor a Dios, todo ello, no puede permanecer oculto. Las Hermanas lo veían, sentían su efecto; la chispa del ejemplo brotaba e inflamaba a las jóvenes, impulsándolas hacia una conducta dig­na de admiración. Es impresionante constatar en Luisa las múltiples formas de guiar, animar, entusiasmar, alentar y estimular a las Hermanas.

4. El estilo de educación que usa Luisa en su correspondencia

4.1. Pedagogía de la individualización

Cuando Luisa escribe una carta, se dirige ante todo a esa persona. Sabe muy bien que el origen, el nivel cultural, el temperamento y el carácter de las Hermanas son muy diversos. Mientras unas necesitan cierto rigor, otras requieren que se las tranquilice y se las aliente. Por ejemplo, Luisa escribe a una Hermana Sirviente de Chars: «Yo pensaba haberle dicho muy claro que el señor Vicente me había indicado que era preciso dejar de tocar la campana para sus ejercicios, por varias razones que ahora sería demasiado largo indicar y que además no es necesario para ustedes, que saben es cuestión de obediencia…» A continuación, Luisa explica cuáles serían las consecuencias de ese toque de campana en pueblos en los que no hay más que dos Hermanas. Y añade otra razón para no hacerlo: «¿No es eso llamar la atención cuando Nuestro Señor nos enseña a hacerla en secreto si sólo afecta a nuestro interés particular?»

Luisa enfoca el problema sin rodeos. Juliana lo comprenderá así. El final de esta carta prueba el buen entendimiento que existe entre ambas: «Le agradezco, querida Hermana, la buena fruta (que me ha enviado); pero como nos promete enviarnos más, le ruego que la rodee bien de hierba, dentro de la cesta e incluso entre las frutas, porque todo ha llegado golpeado. No nos ha dicho si el pastel lo había hecho usted. Si es así, es usted una buena repostera. Nuestras enfermas y delicadas se lo agradecerían de corazón si fueran ellas quienes le escribieran. Y también lo harían por sus frutas».

Sabemos así quiénes fueron las que se comieron las cosas buenas… El final de la carta es muy característico de Luisa. Deja las cosas sin importancia de la vida diaria para entrar espontáneamente en Dios. «Suplico a la bondad de Dios le conceda un aumento de sus gracias, y a sor Genoveva un gran deseo de su perfección» (Santa Luisa, Escr. y Esp. C. 381, 1 de septiembre de 1651).

Un estilo personalizado y un contenido realista los encontramos también en la carta siguiente: «Mi muy querida Hermana: ¡Pues bien!, de nuevo ha tenido usted una lamentable caída!; presenta usted la falta de nuestra Hermana de manera distinta a como es. Esta Hermana se había impacientado mucho al ver varios gatos en torno a usted y a ella, durante la oración, y usted dice que es que desagradan a otra Hermana… ¡Dios mío, Hermana! ¡Qué amable es la verdad! ¡Cuánto tiempo hace que le he rogado que se deshaga usted de esos animales, y ni lo tiene en cuenta! ¡Y una Hermana faltará por no obedecerla a usted con prontitud!… Consuélese con la esperanza de que los Ejercicios le harán bien… Ruegue a Dios que me conceda la humildad…» (Id., C. 728, pág. 656).

No todas las Hermanas pueden soportar ese lenguaje tan claro. Y Luisa no quiere desalentar. Las Hermanas tienen que sentir la seguridad de que las ama y las estima. Por eso, a veces, su consejo adopta otra forma: estimula y alienta.

4.2. Pedagogía de estimular y alentar

Al escribir a determinadas Hermanas, da a sus recomendaciones el estilo de un estímulo, de un aliento que no deja traslucir directamente la reprensión como tal. Esta forma se encuentra en Luisa con bastante frecuencia. Así ocurre, por ejemplo, en la carta dirigida a las Hermanas de Chantilly: «Alabo a Dios con todo mi corazón por la gracia que su bondad les ha concedido de servir de edificación en el lugar en el que le place emplearlas; pero tengan buen cuidado de estarle reconocidas mediante la práctica de las virtudes que les pide, sobre todo una gran cordialidad y buena inteligencia entre ustedes. ¿Estoy equivocada en reco­mendarles esta virtud sin la que no podrían, no sólo ser buenas Hijas de la Caridad, sino ni siquiera buenas cristianas? Quiero creer también que guardan con la mayor exactitud que pueden sus sencillas reglas, sin perjuicio para los pobres, cuyo servicio debe ser siempre preferido a todo; pero de la manera que es preciso y no según su propia voluntad. Les hemos enviado sus estampas del año, iguales en todo a las nuestras: es esa santa (santa Genoveva) la que debe mostrarnos nuestro oficio, puesto que ella fue tan feliz sirviendo a los pobres en la persona de Nuestro Señor, así como nosotras servimos a Nuestro Señor en la persona de los pobres…» (Id., C. 316, pág. 309).

Este fino recuerdo de la finalidad y del sentido de nuestra acción es discreto y afectuoso. Es de admirar la perseverancia obstinada con la que Luisa presenta en todas las ocasiones posibles, a las Hermanas, esa elevada finalidad. En sus cartas encontramos expresiones que nos sorprenden por su hábil progresión.

4.3. Pedagogía de la confianza en las posibilidades del otro

Las cartas de Luisa reflejan una pedagogía de la confianza. Ponen de relieve ciertos sentimientos, dando por supuesto que las virtudes y buenas acciones propuestas son ya una realidad o se hallan en vías de serlo. Esta idea podríamos expresarla mediante esta frase un tanto banal pero que encierra una realidad:

«Tendemos a ser un reflejo de la imagen que los demás se hacen de nosotros: el juicio de los demás nos condiciona y moldea».

La carta siguiente ilustra esa idea:

—   con relación al afecto fraterno:

«Alabo a Dios con todo mi corazón por el sincero afecto hacia su Hermana que Su Bondad pone en usted: eso es lo que mantiene la unión y la tolerancia mutua… Y lo que hace que no lleguen a hablar mal la una de la otra cuando tienen que hablar la una de la otra porque si ocurre cualquier cosa pequeña entre ambas, después de ha­berse pedido perdón, todo queda olvidado» (Id. Corr. y Escr. C. 545, pág. 502).

—   con relación a la utilización de las pequeñas ganancias (sor Cristina Rideau será nombrada tesorera en 1660):

«Si llega a ahorrar algo, empléelo en el sostenimiento de ustedes, pues sé muy bien que no quiere atesorar, por la gracia de Dios. Ama usted demasiado la santa pobreza y la confianza en Dios, que son los dos pilares de la Compañía de las Hijas de la Caridad» (Idem).

4.4. Pedagogía de la estima

La pedagogía de Luisa, pasando a través del testimonio de la estima, aparece de manera más especial en sus cartas de los años siguientes. Es una forma dictada sin duda por su modestia y más especialmente por su profunda humildad y su respeto a la persona. Ese respeto a la persona es una constante en la vida y en la correspondencia de Luisa que toma a la persona en serio. Sí, toma en serio ante todo a sus Hermanas. Nunca encontramos en ella el menor alarde de presun­ción, sino más bien —y con frecuencia de manera asombrosa— el ruego de que se pida por ella para que Dios le conceda la humildad.

4.5. Pedagogía del testimonio

Luisa recomienda sin cesar a las Hermanas la humildad. En la carta siguiente, dirigida a una Hermana Sirviente, lo hace, como ya hemos visto otras veces, a través de una recomendación indirecta: «…Me parece que hago mal en hablarle de ello (de lo que ha citado más arriba), al decirle que mi impotencia para obrar me ha hecho ver con mucha claridad la diferencia entre una Hermana Sirviente que dice: «hagamos», y una que se contenta con decir: «haga», y no pone ella manos a la obra; porque en el primer caso, se pone una al igual con sus Herma­nas y en el segundo se sale de la igualdad y del trabajo y se aísla en su auto­ridad…»

Y más adelante: «Creo, querida Hermana, que no tiene usted tiempo que dar a otra cosa ni a otra finalidad que al servicio de los pobres, y que no le vendrá al pensamiento que está usted obligada a visitar o a escribir a las personas religiosas o a las señoras, a menos de que haya una gran necesidad de hacerlo. Sí tiene algún tiempo de más, creo que estará mejor empleado en ganar algunas monedas trabajando para sus pobres, o bien instruyendo a algún pobre enfermo diciéndole algunas buenas palabras encaminadas a su salvación, que empleán­dolo en hacer cumplidos… La seguridad que tengo de su amor y su firmeza hacia su vocación, me hace decirle francamente todo lo que se me viene al espíritu y darle todos los consejos que creo deber darle porque preveo deben ser de pro­vecho para aquéllas de las que pienso quiere Dios servirse para hacer subsistir la Compañía en el espíritu de sencillez y humildad de Jesucristo. Si no la cono­ciera a usted bien y no tuviera la seguridad de que recibe bien y con tolerancia lo que le digo, me guardaría mucho de actuar así con usted…» (Id., C. 713, pág. 642).

Entre otras cosas, este texto revela la preocupación de Luisa por la permanen­cia de la obra.

5. El punto fuerte de la pedagogía de Luisa, lo que motiva sus esfuerzos

A pesar de su temperamento, inclinado a inquietarse, Luisa da testimonio aquí de una gran firmeza cuando se trata de buscar en todo la voluntad de Dios y la disposición firme para cumplirla. Cuanto más la alejan los años de la fecha de la «Luz de Pentecostés» (en 1623), tanto más parece que el resplandor de aquella Luz ilumina los acontecimientos de cada día.

Después de su peregrinación a Chartres (1644) y la primera aprobación de la Compañía —primero como «Caridad»—, Luisa, en una obediencia de fe sin reser­vas, va progresando por el camino de la construcción y de la consolidación de su obra, al mismo tiempo que hace avanzar a sus compañeras por el mismo camino.

5.1. El conocimiento del designio de Dios

Las directrices del señor Vicente y la vida de Luisa, profundamente interior y rica, encuentran su expresión en una síntesis maravillosa, y a través de numerosas cartas, destinadas a formar a las Hermanas espiritualmente. En fe y humildad, ama a sus Hermanas, a las que considera como dones de Dios y como el cumplimiento de aquella «su luz de Pentecostés». Por eso, cada una de ellas es merecedora de todo su afecto. Y a esa tarea se entrega con toda la riqueza de sus dones de espíritu y de corazón. Forma, escucha, ayuda, recomienda, aconseja, encamina imperceptiblemente a las Hermanas hacia los mayores sacrificios. En esto, su pedagogía es una verdadera escuela de santidad.

5.2. Escuela de santidad

En este aspecto, coloca muy alto el listón referente a la autoeducación de aquellas Hermanas. No todas tienen la misma capacidad. No todas saben corres­ponder a sus esperanzas. Entonces, Luisa escribe largas cartas a las comunida­des. Con frecuencia, en esas cartas se dirige a cada una y, según los casos, formula reproches, elogios, palabras de aliento… que las Hermanas comprenden bien. En todo caso, esas cartas las guardaron como tesoros. Si no lo hubieran hecho, hoy no las tendríamos.

6. Los objetivos inmediatos que se señala santa Luisa

Luisa debe poder contar con las Hermanas de las casas alejadas de París. Para esto desarrolla todo su saber psicológico. Recomienda a las Hermanas:

6.1. El coraje, la valentía

Con una sencilla recomendación, dice a las Hermanas cómo empezar la jorna­da: «Le ruego diga a todas nuestras Hermanas que las saludo y les pido que todas las mañanas se levanten con nuevos ánimos de servir bien a Dios y a los pobres… Adoremos y amemos siempre las disposiciones de la Divina Providencia, único y verdadero apoyo de las Hijas de la Caridad…» (S. L. Corr. y Esc. C. 218, pág. 225).

6.2. La tolerancia mutua

Construir la vida de comunidad y mantener en el hogar el espíritu de amor, de atención y de tolerancia requieren una gran exigencia. Luisa lo sabe. En el servicio a los pobres, la bondad y la tolerancia son igualmente importantes. Luisa evoca la razón principal de esforzarse en la cordialidad cuando escribe: «¿Dónde están la dulzura y la caridad hacia nuestros queridos amos, los pobres enfermos, que han de conservar tan cuidadosamente? Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que son los miembros de Jesucristo, eso nos llevará infaliblemente a que disminuyan en nosotras esas hermosas virtudes… Renuévense, pues…, recordando que El las ha conducido, por su Providencia, al lugar en que se encuentran y las ha hecho vivir juntas… Si nuestra Hermana está triste, si tiene un carácter melancólico o demasiado vivo o demasiado lento, ¿qué quiere que haga si ese es su natural?, y aunque a menudo se esfuerce por vencerse, no puede impedir que sus inclinaciones salgan al exterior. Su Hermana, que debe amarla como a sí misma, ¿podrá enfadarse por ello, hablarle de mala manera, ponerle mala cara? ¡Ah, Hermanas mías!, cómo hay que guardarse de todo esto y no dejar traslucir que se ha dado usted cuenta, no discutir con ella, sino más bien pensar que pronto, a su vez, necesitará que ella observe con usted la misma conducta. Y eso será, queridas Hermanas, ser verdaderas Hijas de la Caridad, ya que la señal de que un alma posee la caridad, con todas las otras virtudes, es la de soportarlo todo…» (Id. C. 115, págs. 117-118).

6.3. La entrega sin reserva

Un poco más tarde, escribe a la misma comunidad para estimular a todas las Hermanas a un nuevo empezar en la búsqueda de la virtud. Luisa tiene, para cada una de las Hermanas en particular, una palabra de aliento. En unas frases hace alusión al rasgo del carácter de la Hermana que requiere ser vigilado o que ha de desarrollarse. Se dirige, en primer lugar, a aquélla que tiene, probablemente, un poco de instrucción: la Hermana Sirviente; veamos lo que ésta puede leer: «¿Está usted muy animosa? ¿Hace como el Buen Pastor que expone su vida por el bien y conservación de las ovejas que tiene a su cargo? Así quiero creerlo; porque, si es cierto que no siempre tenemos ocasiones de exponer nuestra vida, no nos faltan, en cambio, las de sacrificar nuestra voluntad para acomodarnos a la de los demás, de romper con nuestros hábitos e inclinaciones… de vencer nuestras pasiones para no excitar las ajenas… para vivir en la estrecha unión de la verda­dera caridad de Jesús Crucificado…» A continuación, se dirige de manera parti­cular a cada una de las Hermanas, como, por ejemplo: «Diga a sor María Marta que espero lo sea no sólo de nombre, sino efectivamente, porque al llamarse María tiene que vivir en una gran pureza, dulzura y modestia, dispuesta a sacri­ficarse por todos, y su nombre de Marta la obliga a una gran exactitud para cumplir su Regla en todos sus quehaceres…» (Id. C. 119, pág. 123).

6.4. La perseverancia

En una nueva fundación (Serqueux), las Hermanas tenían muchas contradiccio­nes a las que hacer frente y superar. Luisa sabe darles seguridad y convencerlas para que se mantengan firmes:

«¡Ah, queridas Hermanas!, ¡cuánto consuelo me parece que tienen en medio de tanta fatiga!, ¡buen ánimo! Trabajen en su perfección aprovechando tantas ocasiones que tienen de sufrir los malos modos, de ejercitar la dulzura, la paciencia, y de vencer todas las contradicciones que encuentren» (Id. C. 140, pág. 142).

6.5. La magnanimidad

«Tengan un gran corazón que no encuentre nada difícil por el santo amor de Dios, en el que soy, y en el de su Hijo Crucificado…» (Id. C. 140, pág. 142).

6.6. La intensidad en la entrega

En la época de la Fronda, la miseria cotidiana toma tales proporciones que quedamos admiradas ante la fuerza del carisma de las Hermanas para hacer frente a tan grandes aflicciones. Observemos que Luisa no retira del todo a sus Hermanas de las zonas peligrosas, sino que las deja en ellas e incluso las envía. Sabe entusiasmar a las Hermanas para que acepten los mayores sacrificios por Jesucristo. Sabe también motivar y justificar este espíritu de abnegación y de sacrificio. En una carta a las Hermanas de Brienne, leemos:

«En nombre de Dios, mis queridas Hermanas, no se desanimen por sus trabajos ni por pensar que no tienen más consuelo que el de Dios. ¡Ah, si supiéramos los secretos de Dios cuando nos pone en tal estado, veríamos que debería ser éste el tiempo de nuestros mayores consuelos! ¡Pues qué! Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también y no quiere darles más alivio. Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo, y permanezcan en paz. Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y ese ha de ser su consuelo, porque si estuvieran ustedes en la abundancia, sus corazones no podrían soportarlo viendo sufrir tanto a nuestros (señores) y amos. Por otra parte, si Dios castiga a su pueblo a causa de nuestros pecados, ¿no es razonable que suframos con los demás? ¿Quiénes somos noso­tros para creer que estamos exentas de los males públicos? Si la bondad de Dios no nos expone a las miserias más grandes, démosle gracias por ello, y estemos persuadidas de que es sólo su misericordia, sin ningún otro mérito» (Id. C. 410, pág. 388).

6.7. La confianza en la divina Providencia

Por lo que se refiere a las Hermanas que sirven a los niños expósitos en el castillo de Bicétre, Luisa teme lo peor. El ejército había establecido su campamen­to en los alrededores del castillo. A pesar de su gran inquietud, Luisa escribe a las Hermanas de una manera tranquilizadora, invitándolas a la confianza en la divina Providencia para vencer todo pánico:

«…mis queridas Hermanas… Estoy segura de que (Dios) les infunde valor y ánimo suficientes para morir antes que permitir que Dios sea ofendido por ustedes, y que su modestia da a conocer que pertenecen al Rey de reyes a quien todas las potencias están sometidas. Cuide usted de que nuestras Hermanas estén siempre todas juntas y tengan mucho cuidado con las niñas mayores, a las que deben tener siempre a la vista o encerradas en la escuela, aun cuando así no puedan prestarles a ustedes ningún servicio. ¡Animo, queridas Hermanas! ¿Y quién ha de tenerlo más que ustedes, puesto que se hallan en la aflicción y en el ejercicio de la caridad? ¡Ah! ¡cómo se complace Nuestro Señor al ver los sentimientos de amor que parten de sus corazones, la sumisión a su santa voluntad que acepta todo lo que esa voluntad quiere en ustedes y de ustedes! No dudo de que, todas y cada una, han pensado en hacer una buena confesión con todas las disposiciones necesarias, sobre todo, el propósito de ser en adelante sus fieles servidoras re­nunciando más que nunca a ustedes mismas…

P.D. Aunque les hablo de confesarse, no crean, queridas Hermanas, que intento infundirles el temor de que van a morir. No, de ninguna manera; es para ayudarles a que estén siempre en gracia de Dios, de tal suerte que El tenga siempre su mirada puesta en ustedes» (Id. C. 276, pág. 274).

Cuanto más aumenta el número de Hermanas y de establecimientos, Luisa es más consciente de que Dios es quien guía y gobierna estas obras. Lo que noso­tras no podemos, sobre todo, es ponerles obstáculos. La confianza en su direc­ción providencial y en el cumplimiento de la Voluntad divina han de ser siempre la primera máxima, como lo atestigua el contenido de una carta a una Hermana que se encontraba inquieta y descontenta de la situación, en una nueva fundación (Ussel):

«No se inquieten si pasa mucho tiempo sin que vean las cosas en el estado en que podrían desearlas; hagan lo que buenamente puedan con gran paz y tranqui­lidad para dejar lugar a las disposiciones de Dios sobre ustedes, y no se preocu­pen de lo demás…» (Id. C. 654, pág. 593).

6.8. La humilde aceptación del sufrimiento reparador

A una Hermana que era inclinada a la crítica y al mal humor, Luisa traza un programa de santificación que podría ser nuestro programa de vida. En él aparece un pensamiento que, sin duda, medita con frecuencia en su oración: La justicia divina nos castiga severamente si no correspondemos a nuestra vocación. Vea­mos el texto:

«…les deseo… sean santas para trabajar útilmente en la obra de Dios, porque no basta con ir y dar, sino que es necesario un corazón purificado de todo interés y no dejar nunca de trabajar en la mortificación en general de todos los sentidos y pasiones, y para ello, queridas Hermanas, hemos de tener continuamente ante la vista nuestro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo a cuya imitación es­tamos llamadas no sólo como cristianas sino también por haber sido elegidas por Dios para servirle en la persona de sus pobres; sin esto, queridas Hermanas, las Hijas de la Caridad son las personas más de compadecer de todo el mundo, y si llegaran a desconocer las gracias de Dios y a ser infieles a ellas, creo que la divina justicia no las castigaría nunca lo bastante severamente en la eternidad» (Id. C. 257, pág. 259).

Con estas miras espirituales, una de las preocupaciones de Luisa es la de estabilizar a la joven comunidad en un género de vida sencillo.

7. La preocupación constante por un estilo de vida pobre y sencillo

Luisa desea vivamente que las Hermanas lleven una vida de estilo pobre y modesto escogiendo alojamientos y casas sencillas. En ese aspecto, la misma santa Luisa era ejemplar. Para el arreglo de la Casa Madre, no admitía más que piedras viejas, lo que no resultaba muy halagador para un arquitecto. Cuando se trató de que concedieran un nuevo alojamiento a las Hermanas en Bernay y de su instalación por los concejales, Luisa moderó la prisa de las Hermanas, escribién­doles esta prudente reflexión:

«Créame, querida Hermana, cuando veo establecimientos tan espléndidos, en los que todo sonríe al principio, temo siempre por lo que venga detrás… Pienso, Hermana, que cuando se trate de buscarles alojamiento definitivo, tendrá usted cuidado en elegir una vivienda propia para unas pobres muchachas» (Id. C. 475, pág. 444).

El amor de Luisa por la pobreza encuentra su orientación en la del Hijo de Dios. Vivir como Jesucristo significa honrar la pobreza del Hijo de Dios. Lo repite a sus Hermanas en varias ocasiones. Ciertamente, las Hermanas eran pobres. Por su origen social, con frecuencia conocían la pobreza. Ahora bien, estas jóvenes vuelven a encontrar en comunidad una vida de restricciones que tienen que llevar ellas mismas. Además, tratan mucho con las Damas de la Caridad: de ahí la tentación de acceder a una vida más confortable. Luisa educa tanto con su propio ejemplo como por sus palabras, que descubren, sin rodeos, los fallos, después se enderezan, construyen y comunican dinamismo. La pedagogía de Luisa no tiene nada que ver con un método calculador o con un ejercicio de poder. Luisa recuer­da la gran gracia de la vocación que reclama una respuesta de amor por Jesús Crucificado y una fidelidad ejemplar que intenta siempre ajustarse al proyecto divino. Ella quisiera convencer, suscitar y fortalecer la buena voluntad de cada Hermana. Veamos un ejemplo:

«Y usted, querida sor… ha vuelto a caer en sus malas costumbres… Hija mía, hágase un poco de violencia… Yo creo… que la causa de la mayor parte de las faltas que comete es que maneja usted dinero y que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere seguir mi consejo, deshágase de esa afición… y excítese al amor a la santa pobreza para honrar la del Hijo de Dios, y por este medio conseguirá lo que necesita para ser verdadera Hija de la Caridad. De otro modo, dudo mucho de su perseverancia… Y ahora, ¡ánimo, mi buena Hermana! Espero que no habrá de despreciar mis pobres consejos, y siendo así, reconociendo cuán digno es Dios de ser amado y servido… especialmente haberla puesto en ese lugar en que tantas bendiciones ha derramado sobre su santo empleo…» (Id. C. 15, pág. 32).

8. La actitud que hay que adoptar ante los graves problemas que surgen

8.1. El recuerdo de la humildad y del amor a la cruz

a) El jansenismo

La joven Comunidad encuentra obstáculos que no proceden ni de las Herma­nas ni del carácter de las Hermanas. Hay dificultades graves que amenazan la existencia de una obra o de todo un establecimiento. Es el caso, por ejemplo, de un error de la época: el jansenismo. Las dos Hermanas de la ciudad de Chars se veían en conflicto entre lo que les ordenaba el párroco jansenista, su confesor, y los principios de su comunidad. Las Hermanas habían superado ya situaciones conflictivas de doctrina muy delicadas en las que se debatían los teólogos. Y, no solamente no supieron mantener la calma, sino que no dieron testimonio de un comportamiento prudente. El párroco mandó a una de las Hermanas que maltra­tase ante su vista a una niña de trece años. La Hermana se opuso a ello. A consecuencia de este incidente, el sacerdote negó la comunión a la Hermana, a la vista de todos. La Hermana le dirigió, ante la gente, palabras duras, relativas a las diferentes medidas vejatorias que él le hacía sufrir. Luisa pidió disculpas al párroco por el enfado de la Hermana debido a su temperamento.

Pero, por lo que se refiere al acontecimiento en sí, Luisa se pone de parte de las Hermanas. Sabe que debe sostener su perseverancia: es la manera de resistir, lo que la Hermana debe aprender. Por último, las Hermanas tuvieron que retirarse de Chars (ver Id. C. 592, C. 593).

b) La muerte prematura de muchas Hermanas

Otro problema que se plantea en esa época era el de la muerte prematura de muchas Hermanas. Ciertamente, la esperanza de vida en aquel tiempo no era muy elevada. Pero la muerte lleva consigo vacíos dolorosos. Por lo que a Luisa se refiere, estas pérdidas no pueden superarse más que en la cruz de Cristo.

8.2. La evidencia de la disponibilidad

Lo sorprendente es la evidencia de la disponibilidad en la que Luisa sabe que se encuentran sus Hermanas frente a la muerte. ¿Es el espejo de su propia disponibilidad o es que ha formado a las Hermanas para esta capacidad de la entrega de sí, serena y sólida? Veamos cómo se dirige a una Hermana de treinta y tres años, que se encuentra muy grave:

«Adoro con todo mi corazón la orden de la divina Providencia que parece querer disponer de su vida,. si la santísima voluntad de Dios es que le entregue usted su alma, ¡bendito sea su santo nombre!; bien sabe el dolor que me causa no poderla asistir en este último acto de amor, que estoy segura va usted a hacer, de entregar voluntariamente su alma al Padre Eterno, con el deseo de honrar el instante de la muerte de su Hijo. Nuestra buena sor Isabel le lleva la seguridad del afecto de todas nuestras Hermanas y el deseo de que las recuerde en el cielo cuando Dios le haya hecho a usted misericordia…» (Id. C. 91, pág. 98).

8.3. La convicción de fe

Esta gran disponibilidad va a estar sostenida por la convicción firme de que Dios va a escuchar las oraciones de la Hermana:

«Recuerde usted, pues, querida Hermana, las necesidades de la pobre Compañía a la que Dios la ha llamado; sírvale de abogada ante su bondad para que se digne cumplir sus designios sobre ella; y si su bondad se lo permite, ruegue a nuestros ángeles de la guarda que nos ayuden. Adiós, querida Hermana, suplico de todo corazón a Jesús Crucificado que la bendiga con todas las virtudes que El practicó en la Cruz…» (Id.).

8.4. La adhesión del corazón y de la voluntad

Luisa siente, cada vez, dolorosamente la muerte de una Hermana, pero es también la ocasión de enseñar a sus hijas, de manera natural, imperceptible y en una situación determinada, la adhesión del corazón y de la voluntad al designio de Dios. No vacila en decir:

«Hemos de acatar de buen grado el divino beneplácito que ha dispuesto de nuestra buena Hermana, a quien no me atrevo a llorar. ¡Que la voluntad de nuestro absoluto Señor se cumpla siempre por nosotras y en nosotras!» (Id. C. 79, pág. 88).

8,5. El sentido de lo concreto y de las medidas prácticas

A pesar de la pena tan grande que tiene, Luisa se enfrenta con esta realidad dolorosa ayudando a las Hermanas a que cumplan todo lo necesario para los fune­rales. Sus consejos son de gran valor, porque conoce el precio de las velas, el nom­bre del cerero, la calle en que vive… Da consejos concretando quién debe informar a quién. Nada queda olvidado. Así aprenden las Hermanas a conocer el ambiente de luto causado por el fallecimiento de una Hermana y cómo podrá encontrar su expresión más sencilla, digna y afectuosa. Más adelante, leemos en la misma carta:

«El señor Vicente nos ha dado orden de que se la entierre esta tarde después de vísperas. Le ruego avise usted al señor cura para saber si está de acuerdo. La vigilia se cantará de cuerpo presente, y el funeral será el miércoles.

Ocúpese, por favor, de que haya seis hachas de media libra cada una y seis cabos de medio cuarterón. Estoy pensando que podía usted tomar las seis hachas de la iglesia y así no habría que comprarlas.

Hacen falta también cuarenta velas para las Hermanas, de dos liardas cada una. Que se la entierre en la sepultura de la difunta sor Micaela. Se precisa un ataúd y una corona de flores blancas; que nuestras Hermanas de San Nicolás avisen a las de San Benito, San Esteban y a las de los niños; a las demás, las avisaremos nosotras».

Y después, Luisa confía en su compañera: «No sé si se me olvida algo, usted suplirá lo que a mí se me olvide».

Indica también la dirección de la tienda de velas: «… tiene usted un cerero en la Plaza Maubert. Mande un recado a la señora Metay (Dama de la Caridad), que la ayudará para todo eso» (Id. C. 79, pág. 88).

8.6. El compartir un beneficio espiritual

Sin embargo, la organización de los funerales, no es todo. Luisa no deja pasar el fallecimiento de una Hermana sin dirigirse a la Comunidad. Toma parte y alienta; en realidad, era ella la que necesitaba más consuelo. Pero permanece fiel a su adhesión a la voluntad de Dios y no deja de transmitir a las Hermanas cierto beneficio espiritual que ella sabe sacar de la experiencia de la muerte de una compañera. Escribe:

«Es verdad que hay que alabar y bendecir a Dios por todo y pedir por ella; les ruego que el ejemplo de sus virtudes, especialmente su sumisión y su amor al servicio de los pobres, les sirva para tener con Dios la fidelidad que le deben» (Id. C. 263, pág. 264).

9. Conclusión

En la vida agitada y excesivamente precaria de este tiempo, el temor podía ser un compañero permanente. Por eso es tanto más admirable ver la superación que Luisa realizó en su propia vida. No existe prácticamente ninguna carta en la que Luisa no anime a las Hermanas a confiar las exigencias, las dificultades y las agitaciones de la vida de todos los días al cuidado y a la dirección de la divina Providencia. Su valor encuentra apoyo en la voluntad de Dios. En la cruz, supo acoger la vida cotidiana con todo lo que le reservó como voluntad de Dios, como expresión de su amor, como su Providencia, para llevar este amor al prójimo, a Cristo en la persona de los pobres. En una carta, dice:

«…ruego (a la Compañía) renueve su buen ánimo de servir a Dios y a los pobres con mayor fervor, humildad y caridad que nunca; trabajando por mantener el recogimiento interior en medio de sus ocupaciones, especialmente en la de estar sometidas al beneplácito divino, abandonadas a la Providencia y no entregadas a un cuidado ansioso por conocer todos los movimientos de su espíritu, lo que con frecuencia termina en virtud imaginaria… La perfección no consiste en eso, sino en la sólida caridad» (Id. 638, pág. 580).

Encontramos constantemente en Luisa una acertada mezcla de lo espiritual y del sentido práctico.

Al final de una carta que hace elevar el espíritu de las Hermanas hacia Dios, Luisa da rápidamente —impulsada por esta misma caridad— un buen consejo a una Hermana que tiene dificultad para oír:

«Para la enfermedad de sor Ana hay que ponerle una gota de aceite de ruda en el oído, por la noche antes de acostarse, tapándolo con un poco de algodón; no hay nada mejor» (Id. pág. 581).

Y la frase siguiente —la última— podría dirigirse a todas nosotras:

«Sean, pues, animosas avanzando por momentos por el camino en el que Dios las ha puesto para que vayan hacia El» (Id. C. 426, pág. 402).

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