La misión de la Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Joseph Jamet, C.M. · Year of first publication: 1975 · Source: 3ª Semana de Estudios Vicencianos..
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Podemos partir de un texto que todas ustedes conocen bien, puesto que se trata del artículo 1 de las Constituciones: «Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y mo­delo de toda caridad, contemplándole y sirviéndole en la persona de sus hermanos los pobres».

Este texto, muy condensado, reproduce, con algunas variantes, el texto de las Reglas de san Vicente.

1. Dios os ha llamado y reunido «para» una misión. Esta preposición da movimiento a vuestra vida, a vuestra vocación, a «vuestro vivir juntas».San Vicente quiso para vosotras una vida consagrada apostólica; el apostolado, el servicio, pertenecen a la na­turaleza misma de la vida consagrada.

Todo, vuestra vida espiritual, el estilo de vida, la ma­nera de vivir los votos, la formación, está sometido a la misión. El servicio de los pobres, la acción, lejos de ser un peligro, un obstáculo, debe alimentar la oración, la vida comunitaria; es él el que da sentido a la pobreza, a la cas­tidad y a la obediencia. La vida consagrada apostólica está orientada hacia la Misión.

Se trata de una reorientación de la vida consagrada. Pasamos de la idea de separación a la idea de participación. Habíamos hecho de la separación espiritual del mundo, del pecado, una separación sociológica. Poníamos la levadura al lado de la masa.

2. San Vicente cambió el lugar de la vida consagrada. Del claustro pasó a la calle, a la habitación del enfermo, a las salas de los hospitales, a la clase. Conocéis la célebre fórmula: «Por monasterio, las casas de los enfermos…, etc…».

«Donde está la caridad está Dios. El claustro de Dios es la caridad, ahí vive El… Sed caritativas y Dios habitará con vosotras, seréis su claustro».

Para una monja, el Oficio, es la alabanza de Dios. Para una Hija de la Caridad, su Oficio, es el servicio de los po­bres; ése es también su claustro, puesto que lleva allí la caridad. El lugar de su vida, no es la sala de Comunidad, sino la clase, la sala del hospital, la casa del enfermo, etcétera…

Las monjas ejercían la caridad, pero esperaban que los pobres vinieran a ellas; su caridad adoptaba la forma de don.

Las Hijas de la Caridad van «hacia los pobres», van a los pobres; viven próximas a ellos por el habitat y las con­diciones de vida.

Este es el sentido de la secularidad, que no es la secula­rización. Puesto que existís para los pobres, es preciso co­nocer sus necesidades, sus condiciones de vida y de trabajo. Hay que prestar atención a la vida, a las personas, a la si­tuación real del mundo en que vivimos. Siempre tenemos tendencia a mirar a partir de nosotros mismos. San Vi­cente partió de la observación de lo real. Para él, es el pobre el que manda (recordemos la expresión, «dueños y señores»).

La caridad cambia de rostro a partir de las realidades de hoy; se diversifica según las necesidades de los países y de los lugares; hemos de hacer uso de la imaginación, modificar nuestras costumbres, inventar. «Hay que bus­car…», dice san Vicente.

Existe hoy una transferencia de lugar de la vida con­sagrada; paso de una vida nacida y desarrollada en un mundo «religioso», en instituciones religiosas, a una vida que debe «encarnarse» en las realidades humanas: el tra­bajo, el intercambio, la cultura.

Paso de una vida en cristiandad, a un mundo en vías de secularización.

Se trata de lo que la Madre Guillemin llamaba «una conversión al mundo». «El lugar de vuestra vida religiosa, decía ella, es el mundo, y nosotras vivimos su evolución al mismo título que cualquier otro hombre». Esto exige mutaciones necesarias en nuestra mentalidad y vida, que ella expresaba con esta fórmula:

«La religiosa se ve inducida a pasar:

— de una posición de posesión a una posición de in­serción;
— de una posición de autoridad a una posición de cola­boración;
— de un complejo de superioridad religiosa a un sen­timiento de fraternidad;
— de un complejo de inferioridad humana a una franca participación de la vida;
— de una preocupación de conversión moral a una preo­cupación misionera».

Estas mutaciones estaban contenidas, implícitamente, en la orientación dada por san Vicente: «ir a los pobres», «ir por todas partes». «No hay nadie que vaya en el mundo como la Hija de la Caridad».

Nuestra vida sufre la prueba de lo real, del aire libre de la vida cotidiana. Esto provoca tensiones y malestar y exige una profundización en nuestra vocación.

3. San Vicente fundó una Compañía. No estáis incor­poradas a una casa para permanecer en ella toda la vida, como las monjas; se os recibe como a un miembro del cuer­po total. Estáis dispuestas a ir a cualquier sitio; el centro de gravedad no está en la Comunidad, sino en el servicio de los pobres, que llaman.

La vitalidad de la Compañía no está fundada en las obras o en las instituciones, sino en las personas, de ahí la nece­sidad de una formación más fuerte, más personal. Lleváis en vosotras mismas vuestra clausura y vuestras rejas.

Utilizando una comparación, es la diferencia que existe entre el corset, que sostiene un organismo frágil desde el exterior y el esqueleto, que organiza y sostiene el cuerpo desde el interior. Este es el desafío de la vida consagrada apostólica. Está en el mundo sin ser del mundo. San Vi­cente no presentó a las Hijas de la Caridad una vida reli­giosa con rebaja, una vida más fácil. «No hay nadie, dice, que vaya al mundo como las Hijas de la Caridad… Por eso interesa que sean más virtuosas que las religiosas. Y si es preciso un grado de perfección para las personas que viven en religión, se necesitan dos para las Hijas de la Caridad».

Por lo tanto, la Compañía en su totalidad y en cada uno de sus miembros, existe para la misión, que condiciona tanto su vida como la formación.

¿Cuál es esta misión? Servir a Jesucristo en los pobres.

1. Encontramos la ecuación Jesucristo = pobres, que está en el corazón del pensamiento de san Vicente. Esa es su mística. Se puede tratar de distinguir los distintos modos de la presencia de Cristo. Pero para él se trata de una rea­lidad tan fuerte como la de los sentidos: «tan verdadera como que estamos aquí». Se alimenta del Evangelio. Ha meditado los textos del mismo. Jesucristo se hizo pobre; vino para los pobres. En adelante es El el que tiene hambre, el que tiene sed, el que está prisionero, el que está opri­mido con los pobres hasta el fin de los tiempos (Mat 25). «Me lo habéis hecho a mí».

Es una experiencia vivida por san Vicente. En Gannes, en Chátillon, se sintió interpelado por los pobres. Los po­bres le evangelizaron, le indicaron su misión. Son maes­tros, puesto que Jesús nos habla por ellos.

Vicente de Paúl se convierte en el señor Vicente. Asume el origen humilde, del que se había sentido tan humillado.

Se desolidariza de la sociedad que se decía cristiana y en la que él había tratado de abrirse camino, pero que «aban­donaba a los pobres a su muerte».

Reorientó su vida:

Esta fue la experiencia que entregó a sus hijos e hijas. Lo que os hace Hijas de la Caridad, no es el servicio de los pobres, sino la convicción de que sirviendo a los pobres, servís a Jesucristo. La unidad de vida se hace a este nivel. Consagración y servicio, fe y caridad, amor afectivo y efec­tivo.

Se reconoce a la Hija de la Caridad en la alegría y es­pontaneidad con que sirve a Jesucristo.

De ahí la importancia, para una vida de caridad evan­gélica, de una fe viva, alimentada y reanimada continua­mente en la oración. La caridad contemplativa fuente de la caridad activa.

En nuestra época, en la que los problemas sociales y políticos ocupan un gran lugar, se reprocha a esta fórmula: «servir a Jesucristo en los pobres», una especie de expolia­ción, de alienación respecto a los pobres; el pobre es un pretexto, un medio para amar a Dios, el único digno de ser amado.

Pero ver al Señor en los pobres, no es mirar a Nuestro Señor mientras nos ocupamos de los pobres. Nos ocupamos sólo del pobre, pero lo vemos, no como a un objeto, sino como lo ve el Señor, con respeto a su persona. La fe nos permite «volver la medalla»; este hermano desgraciado se convierte para mí en el Señor.

2. La relación con los pobres es, por lo tanto, constitu­tiva de la vida de una Hija de la Caridad. «Vuestro princi­pal asunto y lo que Dios os pide, es que tengáis gran preocu­pación del servicio de los pobres… Para eso os ha elegido y reunido Dios… Para eso ha hecho Dios la Compañía.

Este compromiso con los pobres es la continuación de la misión de Cristo. La caridad vicenciana es cristocén­trica: sale de Jesucristo por el hecho de vuestra consagra­ción y vuelve a Jesucristo mediante vuestro servicio.

Nos preguntamos con frecuencia ¿quién es el pobre hoy? ¿dónde está el pobre? ¿qué espera de nosotros el pobre?

San Vicente no se hizo estas preguntas; no dio una de­finición del pobre, ni se centró en una categoría de pobres, en cierta forma de pobreza.

La Compañía es para todos los pobres: «Vosotras de­béis, sin acepción de personas, ni de lugares, estar siempre dispuestas para ejercer la caridad. Dios os ha escogido para esto». Por lo tanto, variedad (polivalencia y univer­salidad). La Hija de la Caridad no está vinculada a una Casa, como las monjas, ni a una obra particular, como ciertas congregaciones de enseñanza, hospitalarias. Las Hijas de la Caridad están incorporadas a una Compañía, disponibles. Este es el sentido de la obediencia.

La Compañía es para los pobres en todas partes donde éstos se encuentren: después de la variedad, la movilidad, la flexibilidad. Se trata de ir «hacia los pobres». San Vi­cente, ya en su tiempo, en que las Hermanas eran poco numerosas, las había dispersado por toda Francia, en los hospitales, en los campos de batalla, en las cárceles, etc…. después en Polonia y pensaba ya en Madagascar: «Os ha­béis dado a Dios para ser buenas Hijas de la Caridad, para asistir a los pobres enfermos no en una casa solamente…, sino por todas partes, como lo hacía Nuestro Señor, que recorría las ciudades y los pueblos curando toda enfer­medad».

Disponibilidad, movilidad, esto presenta hoy muchos problemas. Pero esta idea: todos los pobres, en todas partes, debe estar presente cuando se trata de hacer la revisión de obras, del desprendimiento para responder a las necesi­dades más urgentes, cuando se trata de nuevas implanta­ciones.

No se trata de juzgar a partir de la comunidad, sino a partir de las necesidades del mundo y de la Iglesia. La Com­pañía no existe para sí misma, sino para los pobres.

La Compañía es para los verdaderamente pobres. Es otro de los criterios de san Vicente, para que, dice él, «la caridad no falta». «Con frecuencia estamos demasiado apu­rados en París para que las Hermanas puedan ir a otros enfermos que no sean más pobres; pero, además, no pode­mos consentir que los sirvan, ni siquiera a los confesores». «Las Hijas de la Caridad no son más que para los enfermos abandonados que no tienen a nadie que les sirva». Hubo algunas raras excepciones; san Vicente se enterneció con la respuesta de Bárbara Angiboust a la Duquesa de Aigui­llon: «Si usted fuera pobre, le serviría con gusto».

También esto nos presenta problemas; el mundo cam­bia; no se trata de imitar lo que se hace en un contexto social dado, sino de guardar, en la revisión de obras, la orientación fundamental: flexibilidad, audacia y también sacrificios para ir a los más pobres, hacia ellos. La Com­pañía no es toda la Iglesia, está en la Iglesia con su misión propia, respetando y admirando lo que hacen los demás.

A la Compañía, como a la Iglesia, se le invita a mirar al mundo, a ponerse a la escucha del mundo, en lugar de mirarse a sí misma. El Señor se encuentra en los más des­favorecidos y nos interpela en ellos. Este fue el método de san Vicente.

Todos los pobres, en todas partes, los verdaderamente pobres: parece una misión muy amplia y ambiciosa para una «pequeña Compañía».

No podemos estar en todas partes y servir a todos los pobres.

¿Cuáles fueron los criterios que guiaron a san Vicente? Parece que fueron dos:

1. La Providencia. Los pobres, en cierta manera, le fueron dados por Dios y le llamaron. Los pobres abandona­dos nadie se los disputa. Descubrió en Gannes la miseria del pueblo campesino y a ellos envió sus misioneros.

En Chátillon vio a los pobres enfermos abandonados. San Vicente se constituye en el prójimo, en el Buen Sama­ritano de los heridos, «de los desgraciados», «de los recha­zados de la sociedad de su tiempo», de aquellos a quienes no se escucha.

San Vicente fue un hombre atento que sabía «ver». Cuántas veces emplea la expresión: «Los he visto…». Nada de teorías sobre los pobres, sino una atención real aguzada por el amor: «El pobre pueblo se condena y muere de ham­bre».

Este debe ser nuestro método. Hay que saber mirar al mundo de nuestro tiempo. Quizá partimos, con demasiada frecuencia, de nosotros mismos, de nuestras obras, de nues­tra formación, de nuestro origen y vivimos en la satisfac­ción de nosotros mismos: «Se hace el bien en todas partes». Pero esto nos impide ver la situación de opresión y de in­justicia, los sectores desfavorecidos, nos impide oir sus llamadas. Es verdad que no podemos hacerlo todo; lo que se nos pide es que guardemos el espíritu aguzado y el cora­zón abierto, que vivamos en ese estado de inquietud de san Vicente, que hacía mucho, aunque le parecía poco para el ardor de su amor. «Hemos de correr al pobre, como se corre al fuego». La imagen es impresionante. Cuando hay fuego no se empieza por discutir las causas del incendio, se corre a apagarlo. San Vicente no fue pri­mero un sociólogo, sino un apóstol.

2. Otras veces la llamada viene de una autoridad ecle­siástica o civil; pero el principio es el mismo; no escogemos a nuestros pobres; nos los dan y es Jesucristo el que nos llama a ellos.

La Compañía está en la Iglesia; participa de la misión de la Iglesia; no le corresponde definir la pastoral sino insertarse en ella; aprender a trabajar en colaboración con el clero, con los seglares. Los obispos o las conferencias episcopales fijan las prioridades, como la misión obrera. La Compañía debe esforzarse por responder a ellas, las Hi­jas de la Caridad son Hijas de la Iglesia.

Por otra parte, la Compañía no es toda la Iglesia, se in­serta en su puesto respetando a los demás, pidiendo tam­bién ser reconocida con su finalidad propia. No se trata de compararse con los demás, de preguntarnos si estamos adelantados o atrasados. Hemos de mantener una actitud al mismo tiempo de humildad: «la pequeña Compañía» y de confianza: el Señor os ha confiado su parte predilecta: los pobres.

Esta finalidad, orientada hacia los pobres, presenta también problemas.

La Compañía, tanto a nivel general, como a nivel pro­vincial, no puede encerrarse en un solo sector o medio y en una forma única de pobreza. Para ser fiel debe admitir la pluralidad, y guardar la movilidad para responder a las modalidades nuevas. La evolución de una Comunidad es cosa delicada. Las personas y las obras son diversas: las unas quieren avanzar, las otras quieren mantener las cos­tumbres antiguas. La unidad no se realizará mediante una elección más restringida de opciones. La señal dada por san Vicente es la disponibilidad para responder a todas las lla­madas y a todas las urgencias de los pobres.

Esto exige un trabajo continuo de reflexión personal y comunitaria, a partir de un conocimiento mejor del mundo en que vivimos.

Está también el problema de la información en el interior de cada provincia; no hay que dejar a una comunidad local desconectada de lo que ocurre en el resto de la provincia. Hay que poner en pie el proyecto o plan provincial elabo­rado juntas. Que se sepa lo que hace la provincia, lo que quiere hacer. Hay que informar, dialogar, intercambiar entre las casas, para que éstas no se conviertan en islotes, de tal manera arraigadas en un lugar que queden cortadas de las demás.

Existe el mismo problema a nivel de las personas. Una Hija de la Caridad, cualquiera que sea su actividad, su pro­fesión, el arraigamiento social necesario en un medio, debe sentirse, es decir, quererse disponible para todos los pobres y sentirse parte integrante de la Compañía. Es ver­dad que hay que comprometerse a fondo y adherirse a lo que se hace, a la casa, a la obra; pero hay que mantener también esa mirada universal, el intercambio y el diálogo entre las Hermanas comprometidas en diferentes activi­dades.

Hay que guardarse de lo que se ha llamado: «la miopía del medio».

Algunos ambientes son tan típicos, tan caracterizados, como por ejemplo el medio obrero, que termina uno por sentirse sumergido en él. Sensibilizadas a sus miserias y a sus injusticias, a sus problemas, ya no se ve más allá. El medio en que se vive moldea las mentalidades y hasta las espiritualidades. Al final, corremos el riesgo de encontrar en las comunidades las tensiones, las divisiones, no diré las luchas, que existen en la sociedad. Es el problema que existe en la Iglesia. La solución, a nivel doctrinal, consiste en decir, que no hay una iglesia obrera, africana, etc., sino la Iglesia única de Jesucristo, que nace, que tratamos de hacer nacer en la clase obrera. Del mismo modo, es la misma Compañía la que está presente en el mundo obrero o en el Tercer Mundo. Adopta rostros y formas diferentes porque debe «encarnarse» diríamos, en cada medio. Pero entre las Hermanas hay un nivel de unidad superior, que es esta dimensión universal, esta disponibilidad para todos los pobres.

He dicho que el medio influencia la espiritualidad; de ahí la importancia de una alimentación vicenciana, man­tener las orientaciones fundamentales de la Comunidad. Como esta semana que organizan aquí.

Añadiré que la movilidad de las Hermanas, que fue tan grande en la época de san Vicente, es menos fácil ahora. El trabajo se ha hecho profesional, exige preparación, competencia, títulos. Una profesora no puede ser lanzada al campo sanitario de la noche a la mañana. Hay que tener también en cuenta los carismas o dones personales. Una Hermana se realiza mejor y es más eficaz en un trabajo que no está demasiado por encima de ella, ni es tampoco demasiado inferior a sus capacidades. La Compañía debe tener en cuenta las capacidades y los deseos de las Herma­nas; pero la Hermana, a su vez, debe ser capaz de aceptar los renunciamientos exigidos por el bien común.

LA RELACIÓN CON EL POBRE SE EXPRESA MEDIANTE EL SERVICIO

Para san Vicente, la palabra servicio hay que tomarla según su sentido etimológico. Las primeras Hermanas eran las «sirvientas» de las Damas de la Caridad; hacían los tra­bajos muy humildes que las Damas no podían hacer. Cuando pasaban por la calle «llevando la marmita» a los enfermos, vestidas como las «jóvenes del campo», aparecían como sirvientas y, a veces, se burlaban de ellas. Por eso su vir­tud propia era la humildad.

Esta palabra «servicio» estaba ennoblecida y tomaba una coloración mística. Jesús se había hecho siervo y Ma­ría se había proclamado «la sierva del Señor». El servicio más humilde se convertía en amor, en misión. Pero el amor se hacía servicio, guardaba su carácter humilde, penoso, desinteresado. El amor de Cristo siervo había llegado hasta el don supremo, pero no había desdeñado los gestos más humildes, como el de lavar los pies a sus discípulos.

En nuestras instituciones ocurre que las Hermanas para cumplir su oficio tienen que recurrir a empleadas para los trabajos interiores, lo que da la impresión de que son Hermanas «servidas». Es normal, pero esta situación no debería hacerles olvidar su origen. En las pequeñas implantaciones de algunas Hermanas, sucede que es la Superiora la que se convierte en sirvienta. Las Hermanas van a sus oficios, y la superiora se encarga del mercado, de la cocina. El trabajo manual, muy humilde, debe estar siempre en honor.

EN LA PERSONA DE LOS POBRES

San Vicente tuvo gran respeto a la persona de los po­bres. Para él, el pobre es una persona. La caridad es, en primer lugar, la relación humana, interpersonal, entre el pobre y la que le visita. Así, la primera obra confiada tanto a la cofradía de la Caridad como a las Hijas de la Ca­ridad, fue la visita a domicilio: ir a su casa; establecer contacto personal entre el pobre y la caridad de Jesucristo. En nuestro mundo socializado, la persona es el ser más amenazado. Las respuestas a las necesidades se conciben como soluciones sociales y es necesario hacerlo así. Pero en nuestra época, el carisma específico de las Hijas de la Caridad permanece el carisma de la relación, del encuentro.

El pobre, hoy, es el solitario, el marginado, aquel a quien no se escucha, que no es interesante, que se siente recha­zado de la sociedad, desconocido. La caridad, ejercida según el espíritu de Cristo, viene a vincular los hombres con Dios: «Si servís a los enfermos con dulzura, respeto, devoción, representáis la bondad de Dios en medio de ellos».

Esta atención primera a la persona no excluye, en san Vicente, una visión de los conjuntos sociales. Percibe el problema social de las prisiones, de los niños expósitos, de la mendicidad. Limosnero de las Galeras, su primer acto no es dar una misión, sino procurarles un local más sano. Ayudó a las víctimas de la guerra, pero también trabajo por obtener la paz. Se hizo cargo de sus responsabilidades; se comprometió; atacó, en la medida de sus posibilidades, las causas de la pobreza.

Es cierto que su obra se presenta como una obra de asis­tencia, de ayuda, de limosna, según las necesidades de su tiempo. Hoy, nos corresponde a nosotros el descubrir las necesidades de nuestro tiempo y responder a ellas; la ca­ridad cambia de rostro, se hace más social. Las religiosas, en general, están acostumbradas a prestar servicios, viven con una psicología de abnegación por los demás. Lo que hoy se pide es la manera de encontrar a los demás, de prestar atención a su vida. Esto invita a la colaboración, porque la caridad ya no puede ser individual, ni un sector reser­vado. Se nos pide una mentalidad nueva. Pero el carisma de san Vicente impedirá el que hagamos de la caridad un sistema burocrático anónimo. El pobre no es una ficha en un expediente; debe permanecer siempre una persona.

En fin, se trata de servir a los pobres corporal y espiri­tualmente.

Los dos adverbios van juntos. San Vicente parte siempre del Evangelio. Jesús vino a evangelizar a los pobres. Evan­gelizó, no sólo con sus palabras, sino también con su vida: su testimonio y sus obras. Comenzó por hacer y después enseñó. A los sacerdotes de la Misión les dirá: «Se puede decir que evangelizar a los pobres no significa solo enseñar los misterios, sino hacer las cosas predichas y anunciadas por los profetas: hacer efectivo el Evangelio. El Evangelio no sólo es una doctrina que hay que predicar; no hay que separar nunca doctrina y vida, palabra y signo u obras, evangelización y testimonio.

A las Hijas de la Caridad dirá lo mismo: «Reflexionad sobre vosotras mismas… Si hasta el presente sólo me he ocupado de dar de comer, procurar medicinas o cosas que atañen al cuerpo, no he cumplido con mi obligación».

La caridad parte de una contemplación cristiana del hombre. Dios quiere la salvación de todo el hombre; la ca­ridad se dirige, por lo tanto a toda la persona; Jesús vino a curar todas las enfermedades corporales y espirituales. No hay que preguntarse: ¿Hay que dar primero el pan (to­das las necesidades del hombre) y después Dios? ¿Hay que dar el pan para dar a Dios? La verdadera caridad no conoce estos cálculos, es desinteresada. No se da a Dios entre los demás dones, sino que se le da dando todo lo que es bueno para el hombre.

Para san Vicente la caridad es evangelizadora; el ser­vicio más humilde es misión, evangelización. «Hacer esto (dar de comer) es evangelizar con palabras y con hechos y es lo más perfecto». Tenemos tendencia a creer que evan­gelizar es adoctrinar, moralizar. La fe y la moral no se dan; se puede preparar el camino en el corazón del hombre. En muchos ambientes «la palabra edificante» no es posible, o no es posible todavía. Pero la caridad es siempre posible, si se hace con el espíritu de Cristo, se hace a Dios presente.

En resumen se puede decir: para una Hija de la Cari­dad, la caridad es desinteresada, no va al pobre por «el haber», para convertirlo; la caridad vale por sí misma: dar la salud, la cultura, ayudar a la promoción del hombre, formar parte de la obra de la salvación. La Hija de la Cari­dad debe respetar la libertad del pobre.

Pero la caridad no puede ser neutra, no puede hacer abstracción de su misión de evangelización, porque sabe que sólo Jesucristo es la salvación del hombre, de todo el hombre.

Solamente esta actitud evangélica le permite guardar el sentido y la alegría de su misión. Si permaneciera a nivel humano, social, terminaría por decirse: «Podría prestar el mismo servicio, y quizá mejor, como seglar». En la me­dida en que se sitúe en una perspectiva de evangelización, está en la perspectiva total de su vida consagrada.

En resumen, encontramos en san Vicente una doctrina y un espíritu, digamos, una inspiración: la mística evan­gélica del pobre y, al mismo tiempo, el realismo de su ca­ridad y de su servicio.

Dos miradas: una mirada a Jesucristo, evangelizador de los pobres;

Una mirada realista sobre el mundo de su tiempo. Pero, no nos dice: he aquí los pobres, como una cate­goría de personas bien definida y delimitada.

Tampoco nos dice: he aquí el programa de vuestro ser­vicio.

Las palabras que emplea: los pobres, el servicio, corpo­ral y espiritualmente, las tenemos que traducir en nuestro lenguaje del siglo xx.

No es un ideólogo, un teórico que lo ha pensado para nosotros; en ese caso no tendríamos más que ejecutar.

El ha trazado un camino; nosotras hemos de seguirlo, prolongarlo para alcanzar a los pobres de nuestro tiempo y conducirlos a Jesucristo.

Su método: contemplar a Jesucristo, «revestirnos de su espíritu», y en particular, del celo, que es «lo que hay más puro en el amor de Dios».

Y después, atención a la vida, a los conjuntos sociales, a las estructuras que secretan la pobreza. Colocarnos al lado de los pobres, próximos a ellos, con los pobres, contra la pobreza.

Esta doble mirada nos ayudará a responder a las verda­deras necesidades de los pobres mediante:

  • Un servicio real, eficaz, no con palabras, teorías, «arre­glitos», con la fantasía, sino con un trabajo profesional competente, con preparación y formación permanente.
  • Un servicio total de toda la vida, de todo el tiempo y de todas las fuerzas, a ejemplo de Cristo que llegó hasta el fin.
  • Un servicio inventivo, que no se contenta con lo que se ha «hecho siempre». San Vicente quiso que buscáramos, con prudencia, por supuesto, pero también con audacia y valentía.
  • Un servicio crítico, saber ponerse en tela de juicio, de­jarse criticar por los demás.
  • Un servicio humilde, tenemos mucho que perdonamos, hacemos tan poco y tan mal.

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