El problema de los pobres y de la pobreza ocupa el primer plano en las preocupaciones de la Iglesia en nuestro tiempo, especialmente desde que Juan XXIII anunció al mundo, al abrir el Concilio Vaticano II (11 septiembre 1962) que la Iglesia era «preferentemente de los pobres y para los pobres».
No hay un esquema especial, ni comisión dedicada a este asunto vital para la Iglesia, en el Concilio; pero flota en el espíritu del mismo un hálito de renovación con sentido evangélico de pobreza. El Cardenal Lercaro fué intérprete fiel al decir a los Padres: «No se trata de un tema especial, sino del TEMA de nuestro Concilio. En efecto, el fin de este Concilio es «volver a la Iglesia más conforme a la verdad del Evangelio y más apta para responder a los problemas de nuestro tiempo, se puede decir que el tema central es la IGLESIA precisamente en cuanto es la Iglesia de los pobres.» (Doc. Cath., 3 mar. 1963, 321).
Hacía tiempo que esta corriente de austeridad y despego de lo material fluía por la Iglesia. Monseñor Ancel, con su obra «Del Prado»; las instituciones de Focauld, y los libros dedicados a la pobreza evangélica de religiosos y sacerdotes llegaban a todos los hemisferios y se leían con ansia de renovación.
Prelados que se desprenden de sus bienes y palacios, entre ellos nuestro hermano Monseñor Botero, en pro de la elevación humana y cristiana de sus diocesanos. Cardenales como Gerlier, que mueren en absoluta pobreza. Papas que tienen voto de pobreza y no tienen que hacer testamento de bienes materiales, como .Juan XXIII, o ceden su tiara para los pobres, como Pablo VI, que peregrina al subcontinente menos desarrollado para fundirse en un abrazo con la pobreza –religiosa india».
En este aspecto, como en tantos otros, San Vicente de Paúl cobra una actualidad palpitante y aterradora, por llevar sobre sí y su Familia «la causa de los pobres». Su «evangelizare Pauperibus’, arrancado del Evangelio es hoy la bandera de la Iglesia de la Caridad, que él levantó en el siglo XVII para no arriarla.
Nada extraño es que la numerosa Familia vicenciana se haya movilizado en Misión extraordinaria frente al peligro inminente de un «aburguesamiento comodón» al que incita el confort de Ja técnica actual y prevista. Somos la fuerza más grande de la Iglesia, entre Misioneros, Hijas de la Caridad, Damas, Luisas, Conferencias de señoras y caballeros, y estamos en todas las partes del mundo al servicio exclusivo de los necesitados de alma y cuerpo. i Qué responsabilidad sobre nuestras espaldas si no nos incorporamos a este Movimiento Renovador de la Iglesia «preferentemente de los Pobres» que son nuestra herencia…!
Al brotar providencialmente en la Iglesia los movimientos federativos de Caridad en España hacia 1945, antes en Bélgica, en Francia, en Italia y Alemania, la Familia vicenciana fue la primera en unirse—al estilo de su Fundador en la sociedad federativa secreta del Santísimo Sacramento—a las organizaciones de Caritas. Los Padres Dodin y Gielen, en Francia y Bélgica, son los teólogos de la Caridad, con sus conferencias y sus libros «San Vicente de paúl y la Caridad» y «La Caridad no muere», que están recorriendo el mundo, como sembradores de Caridad. En España, los Padres Escribano, Albiol, Rábanos y yo hemos puesto nuestra contribución al espíritu y la doctrina de «Caritas», federación de asociaciones y personas al servicio de los pobres con espíritu de igualdad y hermandad en nombre de la Iglesia, como logramos definirla en la Asamblea de 1947.
La renovación espiritual, técnica, ministerial y social de la Familia vicenciana es la empresa colosal en que estamos empeñados todos, especialmente desde el centenario de San Vicente y Santa Luisa (1960), alentados por el paternal Juan XXIII, que nos dijo, en la persona de nuestro Superior general: En nuestro tiempo, el calor de la Caridad es la primordial necesidad para evitar la perdición y encontrar en Dios la unión fraternal productora de la felicidad.» (23-1-60.) No tratamos de recorrer el camino, lento y entre espinas, de esta renovación. Sólo apuntamos en el aspecto misionero y de la Caridad algunos datos valiosos.
Nuestros hermanos los Misioneros de Francia, Bélgica y Holanda vienen celebrando reuniones de trabajo y oración comunitaria en pro de las Misiones interiores. Tengo delante el «raport» de la habida en Chartres 1963 y la de 1964, que trató a fondo y con plena sinceridad el tema vicenciano del «Evangelizar a los pobres», ayudados del canónigo Matagrin, coordinador de Pastoral en la Diócesis de Lyon, y del Padre Gielen, C. M, Consiliario de la Caritas en Bélgica. En esta última tomaron parte cuarenta y dos Padres: Misioneros, Profesores, Directores de Seminario, etc. Hicieron un examen ascético y pastoral del «Evangelizare pauperibus misit me», muy aprovechable para una profunda renovación en la Pastoral Misionera. Está prevista oca para julio de este año con el tema «Realizar la Caridad por medio del diálogo». En la relación de estas reuniones echan de menos y es una pena que la C. M. en Francia no esté ensamblada en la orgánica de Misiones, por medio del Centro Pastoral de Misiones del Interior.
En España es constante el esfuerzo renovador, si se exceptúan algunas personas rutinarias que piensan han llegado a la perfección, cuando estamos en una profunda revisión. Los Congresos, Cursillos y publicaciones misioneras de Pastoral marchan por este camino. Un resumen de esta labor renovadora será el libro de «Pastoral de Misiones Parroquiales» que nos edita el Instituto de Pastoral de la Universidad de Salamanca, y esperamos vea la luz antes de septiembre. En el tema de Iglesia y Pobreza, poco o nada se ha hecho entre nosotros aún. El nuevo aliento de las Hijas de la Caridad, con sus encuestas a escala mundial, la promoción de nuevos servicios a los pobres, con técnica moderna, dentro de la fidelidad al espíritu, es una de las esperanzas de la Iglesia de los Pobres. Las Damas y las Conferencias superan con decisión la crisis de adaptación al mundo moderno, en todos los países. España es modelo por sus Asambleas, Cursillos, Jornadas y publicaciones de Caridad, que van a culminar en la de Santiago, conmemorativa de los cincuenta años de vida caritativa. Es tarea ardua y prometedora.
El Sentido doctrinal, evangélico, la ascesis, el ministerio, la técnica y la proyección social de la pobreza y el pobre, es una cuestión vital para toda la Familia vicenciana. De la recta orientación dependerá el porvenir de la misma en la Iglesia. Unas pocas indicaciones recogidas de las publicaciones especializadas, en especial del número de «Parole et Mission», julio 1964, pueden servir como punto de partida de unas serias meditaciones y revisiones personales y de Comunidad o Familia.
1) SENTIDO EVANGELICO DE POBRE Y POBREZA es el aspecto más estudiado en nuestro tiempo, desde el libro de A. Gelin «Pauvres de Jahvé» (París, 1953) hasta el «rapport» presentado a los Padres Conciliares acerca de la Iglesia de los pobres, hecho bajo la presidencia del Cardenal Gerlier, conducido por el Padre Gautthier—quien –llevó» al Papa a Tierra Santa—y presentado por el Padre Yves Congar, O. P. Imposible resumirlo en unas líneas. Es obra propia de nuestros Profesores. El sentido profundo de la «kénosis» o abatimiento de Xto. en la Encarnación –hace que el camino hacia Dios pase por la humanidad de Jesucristo, y ésta sea inseparable del amor y servicio a los hombres, en especial a los que padecen la miseria en todas sus formas». «Por eso al atardecer de nuestra vida seremos examinados sobre el amor» (San Juan de la Cruz. Avisos y máximas, núm. 56) por lo «que hayamos hecho al más débil o pequeño de nuestros hermanos (Padre Congar). Vivir la pobreza y atender desde este plano al pobre es la síntesis evangélica que hizo maravillosamente Vicente de Paúl: «No podemos asegurar nuestra salvación y felicidad eterna si no es viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en el total renunciamiento de nosotros mismos (sentido profundo de la pobreza evangélica) por servir a Jesucristo.» (Coste, III, 392.) Léanse las máximas de San Vicente seleccionadas por el Padre V. Pardo, y puestas al final de «Espíritu y Doctrina de Santa Luisa». Madrid, 1960. El concepto de pobre y pobreza hoy ha tomado un matiz casi exclusivamente sociológico, en fuerza de un materialismo temporalista. Cierto que se ha de servir a este sector social deprimido, pero el pobre evangélico es el desprendido de los bienes, y lo ha de ser lo mismo el rico que el económicamente débil. El Cardenal Montini, en su última carta Pastoral a sus diocesanos (mayo 1963) precisó estos conceptos para poder actuar rectamente: «La miseria, o sea la privación de lo necesario en la vida, es un mal que debemos estirpar por todos los medios, porque degrada al hombre, envenena su vida y le impide volver a Dios. La pobreza económica, voluntaria u obligada, en la que se tiene lo necesario para vivir y satisfacer los deseos habituales, pero con límites estrechos que restringen los deseos a lo necesario, puede ser instrumento para una aptitud profunda y esencial hacia el cristianismo.»
La pobreza en el espíritu o evangélica: Es tener conciencia de la insuficiencia humana, de la dependencia de Dios, que quita la primacía a lo económico y a la satisfacción de los bienes terrenos. Es una liberación espiritual de la sujeción a los bienes inferiores, que da el poder de amar y obrar espiritualmente.»
2) LA IGLESIA Y LA FAMILIA VICENCIANA EN ELLA TESTIGOS DE POBREZA EVANGELICA. Para «configurarse» plenamente a Jesucristo, que siendo rico quiso ser pobre (Pf. 4, 11), la Iglesia ha de vivir en «plena libertad relativa a la abundancia o a la privación de bienes materiales» (P. Congar), y en dependencia absoluta de la Providencia para actuar con ella dentro de un mundo siempre hambriento de bienes materiales y comodidades. Así lo pidió Jesús al enviar a los doce Apóstoles y a los setenta y dos discípulos precursores de todos los Misioneros, sacerdotes, religiosos y seglares, para anunciar y establecer el Reino, hasta conseguir la Comunidad de Caridad, que es la Iglesia, con un «estilo» de pobreza espiritual, sencillez, humildad adaptación a los hermanos pobres y servicio a los mismos sin «paternalismos» de superioridad ostentosa. San Vicente aprendió este estilo evangélico a la perfección para la santidad y el ministerio misionero, especialmente entre pobres: «Es necesario que un sacerdote renuncie a todo para no tener más que a Dios» (Coste XI, 237). Por eso afirmaba que la decadencia de la Iglesia se inició al dimitir el peculio y uso particular de bienes. De este modo se explica el voto, tan riguroso en el desprendimiento y en el uso a unos sacerdotes o Hijas de la Caridad, que no son religiosos, pero í Misioneros. El Papa Juan XXIII mostró al mundo el valor de este estilo: de sana libertad, de bondad e independencia de bienes y honores, de valor, abertura de corazón y unión. Este estilo y estado de pobreza es más necesario en el mundo rural, o porque carecen de bienes abundantes, o porque su apego a ellos es primario y radical. Las personas ricas que sirven en «Las Caridades» dan ejemplo de amor y de pobreza. Es consolador y ejemplar ver cómo nuestros hermanos en Francia examinan los aspectos teológico, ascético y pastoral de la pobreza de vida en relación a «evangelizar a los pobres». «Tenemos que –convertirnos» cada día para asegurar un encuentro más eficaz entre la palabra y los hombres que evangelizamos, para tratar a los pobres sin rubor», concluyen. «Tenemos que entrar en la fraternidad de aquellos con quienes convivimos», afirma la Superiora General de las Hijas de la Caridad, en unas declaraciones a «La Croix».
3) PRE-EVANGELIZACION Y «MISIONALIZACION» DE LOS POBRES. Este es el sentido ministerial y social de la pobreza que nos pertenece, como parte esencial de la «herencia». El cuidado por los necesitados es hoy angustioso, especialmente por los subdesarrollados de bienes espirituales y materiales. ¿Cómo anunciar hoy el Evangelio a estos pobres, de qué manera será factible la entrada de ellos en la Iglesia de los pobres de Cristo y cómo se ha de conciliar esta pobreza con las apariencias externas? Todo ello pide una viva –atención» y un «compromiso», afirma el canónigo Matagrin.
«La pre-evangelización–escribe el sociólogo F. Houtart en «Parole et Mission» (p. 397)—es preocuparse del hombre en sus preocupaciones y necesidades fundamentales y en todas las etapas del problema humano, y tomar parte, con una caridad de signo social, en la elevación humana, personal y colectiva; pero siempre en función de una actitud espiritual. Esta es labor di• recta de nuestras instituciones de caridad, orientadas por nosotros en el plano doctrinal, místico y de organización vicencianos. La «misionalización» es más indispensable en la Iglesia y en la Familia vicenciana para llevar la salvación a los pobres por la palabra de Cristo, la participación en la Eucaristía hacia la gloria eterna, y esto lo mismo para implantar o «encarnar» la Iglesia, que en países católicos, estén en desarrollo económico-social o no.
San Vicente intuyó genialmente esta doble acción paralela de la Iglesia en relación a los pobres y la pobreza social: «De tal manera que si alguno cree que está en la Misión para evangelizar a los pobres pero no para aliviarles, para remediar necesidades espirituales y no las temporales, le contestó que debemos asistirles y procurar que les atiendan otros de todas las maneras, si queremos oír las consoladoras palabras del soberano Juez de vivos y muertos» (Coste, XII, 73-94. PP. Herrera-Pardo, 744) «Esto es evangelizar de palabra y de obra, es hacer lo que Nuestro Señor practicó y deben hacer cuantos le representan en la tierra por su oficio y carácter, como los sacerdotes, y he oído decir que lo que ayuda a los Prelados a santificarse es la limosna».
4) IGLESIA DE LA CARIDAD es el testimonio que hemos de presentar a los pobres, y San Vicente lo preceptúa a toda su gran Familia, «porque es la mayor necesidad, como decía Juan XXIII, del mundo y en especial de los alejados». Hay que trabajar con este sentido de Iglesia-caridad-misión-diálogo, para formar verdaderas familias de fe, de culto y de caridad universal. Maravillosa empresa, confiada en gran parte a la Familia vicenciana, en medio del pueblo de Dios en la tierra, pues «la Iglesia ha de crecer en la pobreza, la debilidad, el servicio y la contradicción, como Jesucristo, que vivió pobre, amó, sirvió, se entregó y perdonó».
Veremundo Pardo.






