La fronda del parlamento

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Benito Martínez · Year of first publication: 1997 · Source: CEME.
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cartelPreámbulos.

Desde mayo de 1629, Luisa venía recorriendo los pueblos y las aldeas del campo. Co­nocía la amargura de los pobres campesinos y los vaivenes de sus vidas. Las cosechas de los años 1629 y 1630 fueron desastrosas a causa de las lluvias y de las heladas. El pueblo se quejaba, pero se resignaba ya que los impuestos no eran insoportables. Las cosechas normales y hasta buenas de 1631 a 1635 rehicieron las economías campesinas. Se vivía en calma y sin grandes estrecheces. Luisa escuchaba a los vecinos hablar sobre algunas revueltas en ciertas ciudades y comarcas, pero lejos de París, casi siempre en Normandía o al sur del Loira.

En mayo de 1635, mientras visitaba las Caridades, escuchó a las señoras nobles que el día 19, Francia había declarado la guerra a España y a la Casa de Austria. Hablaban de la guerra como de una aventura: sus esposos, hijos y parientes estaban reclutando solda­dos. A pesar de ello, Luisa, Vicente y otras señoras de las Caridades, junto con muchos parisinos, considerados del Partido Devoto, sintieron pena que Francia se aliara con los protestantes contra los Habsburgos defensores del catolicismo.

En julio, Luisa marchó a Beauvais a organizar las Caridades de la ciudad; la gente, si hablaba de guerra, lo hacía como de algo lejano, en las apartadas fronteras del reino, que no les incumbía a ellos. Para París y muchas regiones, era una guerra de Luis XIII, del cardenal Richelieu y de la nobleza para alcanzar gloria personal y el renombre del rey.

Al año siguiente, el ambiente de París había cambiado. Francia no estaba preparada y frente del norte se derrumbó. Las tropas españolas tomaron Corbie el 15 de agosto de 1636 y amenazaron París. Este mismo día, Vicente de Paúl escribía que la vanguardia imperial estaba sólo a 10 ó 12 leguas de la capital y que San Lázaro estaba convertido en cuartel y centro de avituallamiento del ejército francés. Francia reaccionó y contraatacó. El 14 de noviembre recuperó Corbie y el frente se alejó definitivamente a las fronteras del reino, que vivía en la Chapelle desde hacía unos meses, recogió en su casa a algunas jó­venes de Liancourt que, llenas de pánico, habían huido de la guerra, pero ella aparece serena y sin miedo.

La guerra cruzaba los campos como los caballos del Apocalipsis: regiones enteras de­negadas, cosechas y casas incendiadas, fincas arruinadas, violaciones y asesinatos, cara- amas de carros hacia París con los pocos enseres que habían podido salvar, hombres, mu­lto es y niños con el terror en sus caras.

Los impuestos

Pero la plaga de los impuestos era más cruel que la guerra misma. En estos meses amar­gos, el gobierno se encontró con una hacienda arruinada. Se imponía un aumento de los impuestos, pero la escalada fue tan impresionante que golpeó a la clase media baja como mazas mecánicas. Al comienzo del gobierno de Richelieu, los impuestos sumaban 36 mi­llones de libras, en 1639, subieron a 85 millones y en 1641 alcanzaron los 110 millones. En 17 años, habían subido el 227 %, y en tan sólo dos años, el 38’8 %.

A estos impuestos del gobierno, había que añadir los impuestos de los señores del lu­gar, los diezmos de la Iglesia y, en la mayoría de las familias, los arriendos de sus cam­pos, cada año más altos. En total, sólo de impuestos, un campesino tenía que pagar el 52 % de su cosecha.

Entre los impuestos resaltaban, por ser injustamente abusivos, la gabela y la talla. Aun­que había gabela sobre el vino y otros productos alimenticios, fue el impuesto sobre la sal el que se ha generalizado con el nombre de gabela, especialmente para el norte y el cen­tro de Francia. El Estado tenía el monopolio de la sal a un precio exagerado, con obliga­ción para cada persona de consumir un cupo determinado de sal. El contrabando de la sal era perseguido duramente hasta llegar a penalizarse con la condena a galeras.

La talla era el impuesto más considerable y más odiado de los campesinos, el más in­justo. Los nobles estaban exentos y, con el paso del tiempo, se libraron de él los funcio­narios [oficiales] y los artesanos. Los eclesiásticos lograron cambiarlo por otro menos du­ro: el cupo. También, las ciudades obtuvieron cambiarlo por otro impuesto más justo.

Era un impuesto, no sobre las personas o las rentas, sino sobre las tierras plebeyas, fue­ra quien fuera su dueño: noble, burgués, eclesiástico o rústico. Quedaban libres del pago, las tierras llamadas feudales, que pertenecían, casi en su totalidad a los nobles, eclesiásti­cos y burgueses. Es decir, la talla machacaba exclusivamente a los campesinos.

La injusticia se encontraba tanto en la enormidad del tributo como en la manera de re­caudarlo: Francia se dividía en circunscripciones llamadas generalidades o intendencias. Desde París, se fijaba la cantidad global que debía pagar cada circunscripción, y la capi­tal de cada generalidad determinaba a cada municipio o parroquia la cantidad que le co­rrespondía pagar. En cada municipio, elegían a un recaudador del tributo; si recaudaba de menos, lo completaba con sus bienes, y si recaudaba de más —que generalmente era lo ordinario— se quedaba con ello, lo que solía ser ocasión de enriquecerse. Todos los ha­bitantes procuraban librarse de la talla comprando, bien tierras feudales libres del im­puesto, bien un puesto de funcionario o bien sobornando al recaudador. De hecho, sólo lo pagaban los menos atrevidos o los más timoratos que, por lo general, eran los campesinos de clase media baja. La injusticia era más cruel por cuanto era un impuesto solidario: cuan­tos menos eran a pagar, mayor era la cantidad que pagaba cada contribuyente.

La injusticia se convirtió en brutal cuando el Estado alquiló a grandes banqueros la re­caudación de la talla por una cantidad fija y segura cada año. La banca procuraba recau­dar la mayor suma posible sin piedad ni miramiento a la situación de cada familia. Para ello, los recaudadores iban acompañados por una compañía de fusileros que, al salir del pueblo, lo habían arruinado.

Si la cosecha había sido mala, malvendían sus bienes para pagar los impuestos, cuan­do no se los habían requisado antes. No era raro, para evitar la cárcel, huir el marido o la familia entera, engrosando las caravanas de vagabundos y pordioseros. Poco a poco, se engrandecían los latifundios con las tierras de los insolventes, aumentando el paro. Ironía de la injusticia: muchas veces, las tierras requisadas se las daban en arriendo, corno un fa­vor, a los antiguos propietarios.

Ambiente de revuelta

Luisa conocía bien esta situación y frecuentemente, escuchaba las quejas continuas de la pobre gente del campo. A veces, le contaban que en otros lugares había revueltas de campesinos, aunque esporádicas, contra los recaudadores. También, oía que en algu­na provincia los pequeños nobles y hasta los sacerdotes del campo habían encabezado la rebelión, hartos de que los impuestos reales esquilmaran de tal manera a los labradores que no podían pagar los impuestos señoriales ni los diezmos ni siquiera los arriendos de los campos.

Los funcionarios [oficiales] de las provincias estaban igualmente quejosos a causa de los comisarios o intendentes. Todo oficial o funcionario era dueño de su oficio-empleo que había comprado o heredado y podía venderlo y, asimismo, dejarlo en herencia a sus hijos, mediante el pago de una cuota llamada Paulette67. El comisario o intendente, sin embar­go, era nombrado desde París para supervisar en las provincias la justicia, la policía y las finanzas. Pero desde 1635, no eran ya meros inspectores, sino verdaderos administrado­res que suplantaban a los funcionarios. Éstos cobraban menos y se abarataba el precio de su oficio o empleo, si quería venderlo. Luisa ya sabía lo que costaba vender un oficio. A ella, le costó vender el de su marido, cuando quedó viuda.

El ambiente de revuelta sorda y endémica que había por doquier se agravó por culpa de la metereología. Desde 1636 hasta 1647, tan sólo hubo cuatro años de buenas cosechas: 1640, 1641, 1642 y 1645. El aumento escandaloso de la talla se alivió un poco con la su­bida constante, aunque lenta, de los precios agrícolas hasta 1640, pero desde este año has­ta 1648, los precios estuvieron casi estabilizados.

Hacia 1648, los campesinos vivían sobre ascuas. En todo el ambiente, había una sen­sación de revuelta que sólo esperaba a alguien que la encauzara y la dirigiera hacia una revolución. La dirección de cualquier movimiento revolucionario, para que fuera efecti­vo, sólo podía venir de París. Mientras las revueltas se localizaran en la periferia, y París permaneciera en calma, el gobierno podía sentirse tranquilo. Ésta era la razón por que la Corte mimaba a la capital sin cargarla de impuestos.

La cosecha de 1646 fue mala y las heladas arruinaron la de 1647. En la primavera de 1648, se dobló el precio de cualquier clase de pan, pero no el del trigo. La Francia cam­pesina estaba estrujada como un limón, no podía dar más. Y sin embargo, el gobierno ne­cesitaba urgentemente cada vez más dinero para dar un impulso a la guerra y llegar con ventaja a la paz que se discutía en Münster y Osnabrück [Paz de Westfalia, 1649].

París

El cardenal Mazarino, Primer Ministro de Francia, pensó sacar el dinero de París. Ma­zarino y el superintendente de finanzas, Particelli d’Hemery, eran uno italiano y el otro de origen italiano. Desconocían el derecho [la Coutume] de Francia y no tenían sensibilidad sobre los privilegios y tradiciones económicas de los nobles y burgueses. Contra el pare­cer, atribuido a Richelieu, se atrevió a despertar a París, la enorme bestia que había que dejar dormir. Los burgueses de París eran dueños de innumerables tierras de cultivo en los alrededores de la capital: en 1650, poseían el 70 % del valle del Sena. Se sentían molestos por el aumento de los tributos que comprometían seriamente el pago de los arrien­dos y de los impuestos señoriales. Mazarino y Particelli, ignorando la costumbre parisi­na, se atrevieron a más: en 1644, impusieron una contribución-multa sobre las casas de las afueras de la muralla en los arrabales de Saint-Antoine y Saint-Germain, y en 1646, recargaron los impuestos sobre toda mercancía que entrara en París. Arrendadores, pro­pietarios y comerciantes se mostraron abiertamente contra el gobierno. Ya había una cau­sa para la revuelta de París. Irreflexivo, esta vez, Mazarino añadió otra:

La guerra era una fiera insaciable que devoraba todas las finanzas del Estado. Si ya no podía sacar dinero de los campesinos, lo sacaría de los burgueses funcionarios. La Corte multiplicó por dos, tres y cuatro los empleados que ocupaban cada oficina y vendió los nuevos puestos. Cada funcionario trabajaría seis, cuatro o tres meses al año. Pero el fun­cionariado antiguo lo consideró injusto, ya que habían comprado anteriormente su empleo para trabajar todo el año y ahora recibía menos ingresos y, si quería venderlo, valía me­nos de lo que había pagado. A este malestar, se añadió la bancarrota económica del go­bierno sin dinero para pagar los réditos de los préstamos que había recibido, por lo común de burgueses parisinos. En 1648, llevaba cuatro años sin pagar intereses. Los funciona­rios y los prestamistas, o simplemente los dueños del dinero, no podían aceptar la políti­ca económica del gobierno.

Las quejas se hicieron peligrosas el 1 de enero de 1648, cuando hubo que renovar la paulette. Mazarino pensó chantajear, eligiendo un aumento exagerado. El aire de revuel­ta que flotaba por los pueblos de provincia fue asumido por los burgueses de París. Sólo faltaba una cabeza directora para que estallara la revolución. El Parlamento de París se vio obligado o, mejor, se encontró con el papel de cerebro. La ocasión le llegó de una de las misiones que tenía: registrar las leyes del rey, como exigencia para que tuvieran valor civil. El Parlamento de París, constituido por burgueses, ante una guerra que no aproba­ba, se declaró inspector de hacienda, negándose a registrar algunos decretos económicos; intentó además reorganizar la economía de la nación y aprovechar la situación para hacer una reforma en las estructuras de la monarquía, en orden a establecer una corona consti­tucional y parlamentaria. La regente Ana de Austria y el primer ministro Mazarino vieron el peligro que amenazaba a la monarquía tal como era y deseaban que fuera y se opusie­ron al Parlamento.

Desde el 15 de enero hasta el 1 de agosto de 1648, París era un polvorín en el que na­die se atrevía a encender la mecha: ni el pueblo, ni los burgueses, ni los funcionarios, ni el Parlamento, ni la Corte. Hubo muchos contactos y reuniones entre la Corte y el Parla­mento, y mucho ceder, avanzar y retroceder.

Luisa en la primavera y verano de 1648.

A pesar del malestar reinante, nadie se imaginaba en París que explotarían las calles y las casas. París seguía la vida ordinaria de siempre y Luisa lo mismo. En enero, pasó bas­tantes días en Bicétre con los niños abandonados, ocupada en dejar la despensa bien abas­tecida y resueltos los asuntos68. Ahora, después de varios meses, descubrió una nueva di­ficultad que anotó en el informe enviado a Vicente de Paúl: la fachada majestuosa del cas­tillo impresionaba a la gente; creyeron que había riqueza en la casa y disminuyeron los donativos.

Luisa de Marillac dedicó los meses siguientes a escribir cartas. Toda la correspon­dencia respiraba calma y alegría. Bromeaba con su amiga Sor Bárbara Angiboust que estaba en Fontainebleau y le pedía que no se enfadase con ella por no escribirle, ya que se sentía tranquila cuando las comunidades habían sido visitadas por padres paúles. También bromeaba con Sor Carlota y Sor Francisca por haberlas destinado a Richelieu, y les daba noticias con todo detalle de sus parientes. No se olvidaba de la situación candente de la comunidad de Nantes que tanto le quemaba. Al recordar «la discordia que metió en la co­munidad el capellán anterior», les mandó que no tuvieran confianza con el nuevo, «por muy bueno que fuera, ni aunque fuera un santo que Dios hubiera resucitado». Y las preparó, a través del cumplimiento del reglamento y de la caridad, para sobrellevar nue­vas persecuciones.

En medio de esa paz, Luisa tenía presente el sufrimiento personal de algunas Herma­nas, como el de la pobre Sor Isabel Martín, constantemente enferma. La habían destina­do a Richelieu por ser un clima más benigno, pero el cambio no la había aliviado. Luisa la consoló, exponiéndole la mentalidad que tenía sobre el sufrimiento. Era la espirituali­dad del dolor que tan bien conocía Luisa:

Como punto primero, pone hacer todo lo posible por salir del sufrimiento. El punto segundo se refiere a situaciones en que no podemos evitar el dolor:

entonces, pide que lo aceptemos como una participación de los sufrimientos de Je­sucristo;

si los soportamos, nos llevan a la eternidad, pues esta vida es breve.

Hay que vivir el sufrimiento como una aceptación de la voluntad de Dios y como muestra de amor a Dios;

ya que el sufrimiento es una muestra del amor de Dios que quiere hacernos seme­jantes, en cierto modo, a Jesucristo.

El tercer punto se refiere también al momento de sufrir:

pide que ayudemos a los que sufren por obligación y por caridad;

a los que sufren, los anima a que pidan ayuda por humildad y para cumplir y amar la voluntad de Dios (c.246,248).

En estos meses, tan sólo hubo una fundación, la de Valpuiseaux. Aposentada en Pa­rís, su actividad y su nerviosismo no le permitían estar parada. Tenía que actuar y única­mente podía hacerlo a través de las cartas. Era ya tiempo de dar una configuración firme a las Hijas de la Caridad dentro de la Compañía. En este tiempo, se obligó a sí misma a aclarar y consolidar el carisma y la vocación que tantas veces les había explicado Vicen­te de Paúl en sus conferencias: para ser verdaderas Hijas de la Caridad, tenían que obser­var el reglamento y adquirir virtudes sólidas, especialmente la caridad, pues llevaban «el nombre de Hijas de la Caridad»; si Dios las ha honrado llamándolas a servirle en los po­bres, tienen que servirlo como a Él le gusta: con tolerancia y mansedumbre. Pero una Her­mana no podrá tener estas virtudes sin «una continua mortificación del juicio y de la pro­pia voluntad».

Luisa hacía años que estaba plenamente enamorada de los pobres. Servirlos bien era la pieza clave en el carisma de la Compañía, pero el servicio —pensaba— hay que de­sempeñarlo entre dos límites: ni vagancia ni sobrecargarse con un trabajo excesivo; am­bos extremos impiden servir dignamente a los pobres.

Hacía seis años que las primeras Hermanas habían hecho votos y, poco a poco, los vo­tos fueron entrando en el ser de la Compañía, no como una parte esencial ni siquiera ne­cesaria, sino como algo apetecido por muchas Hermanas. Aquellas mujeres sabían per­fectamente que no eran votos públicos, como eran los votos de las religiosas, sino votos privados, como los que podía hacer cualquier mujer piadosa en el mundo. Luisa ya no tenía miedo de expresarlos por su nombre y consideró que era el momento apropiado para establecer unas condiciones obligatorias para hacerlos:

Los votos debía pedirlos la Hermana interesada, pero a ninguna se le obligaba a ha­cerlos. Así, en la Compañía, había Hijas de la Caridad con votos y sin votos. No obstan­te, la Hermana que los deseaba se los pedía al superior general, Vicente de Paúl. Éste era el único que podía autorizarlos.

Para hacer los votos, se requería que la Hermana llevara varios arios en la Compa­ñía, haber dado pruebas positivas de madurez y perseverancia y haber llevado una con­ducta ejemplar.

Los votos se consideraban como un estímulo para avanzar en la perfección y en el servicio a los pobres.

En la tranquilidad de varios meses, pudo reflexionar despacio la solución que conve­nía dar a otro de los fines para los que se fundó la Compañía: la enseñanza a las pobres niñas olvidadas de los pueblos. Era urgente y necesario prepararse para dar catequesis, pe­ro ¿no sería demasiado orgullo para unas humildes campesinas estudiar el catecismo de San Belarmino? Lo consultó. Si bien al P. Lamberto le parecía demasiado elevado para las Hijas de la Caridad, el criterio de Vicente de Paúl fue estudiarlo para impartir la cate­quesis con suficiente preparación.

Igualmente, analizó las consecuencias que ocasionaban a los pobres el cansancio de las Hijas de la Caridad lejos de París. Después de 15 años, con aquellas mujeres y de ha­berlas enviado a regiones lejanas, detectó que algunas Hijas de la Caridad se cansaban de su trabajo o sufrían con dificultad la convivencia; es decir, añoraban volver a la capital. No se extrañó, pero pensó en el daño que podía ocasionar al servicio si las Hermanas cam­biaban con facilidad de obra o de lugar. Cortó radicalmente la tentación de pedir destino con una frase firme en su sencillez: «¿Quiénes somos nosotras que queremos escoger por nosotras mismas nuestros caminos? Dejemos obrar a Dios».

Después de 15 años, también se sentía obligada a ordenar los ingresos en la Compa­ñía. En dos meses, de Pascua a junio, habían entrado más de 15 jóvenes, atraídas por los padres paúles y las mismas Hijas de la Caridad. Pero ya no eran los años de los comien­zos. La Compañía no era ni un lugar de colocación ni una puerta para que mujeres pia­dosas ejercitaran su caridad, era una vocación, un carisma que Dios había dado a la Igle­sia de los pobres. Poco a poco, Luisa fue aclarando las condiciones de una verdadera vo­cación de Hija de la Caridad:

Primero: supuesto que las jóvenes tenían edad suficiente para poder elegir por ellas mismas, saber a qué se comprometían y tener, además, la autorización de sus padres, de­bían ser aptas para servir a los pobres y desear perfeccionarse en la santidad.

Segundo: para saber si eran apropiadas para servir a los pobres, viviendo en comuni­dad, debían tener una experiencia con las Hermanas, a poder ser en la Casa de París.

Tercero: se rechazaba a las vagas y a las habladoras sin fundamento, que no podían contener la lengua.

Los días 26,27 y 28 de agosto de 1648 en Liancourt

Así, llegó Luisa a finales de agosto de 1648. Sin haber visitado los pueblos, se sentía cansada. Había realizado un trabajo constante y fatigoso para fijar en la vida de las Hijas de la Caridad el carisma que les explicaba el superior Vicente. Y decidió tomar unos días de descanso en Liancourt, al lado de su amiga la duquesa. Por lo demás, veía todo en calma, como lo veía toda la gente. Tan ajena estaba al malestar soterrado de la capital que envió a Sor Bárbara Angiboust por los pueblos a visitar a los niños que estaban con no­drizas. Salió para Liancourt el 23 de agosto, se detuvo en Chantilly a saludar a las Her­manas y el 25 al mediodía ya había llegado a Liancourt .

Al frente de la Casa de París, dejó a Sor Isabel Hellot y a Sor Juliana Loret. Tan pron­to como llegó a Liancourt, escribió a Sor Hellot. Estaba animada. Nada menos que trece encargos le pedía; encargos de toda clase, desde insistir en que se purgase Vicente de Paúl hasta saber noticias de su hijo. Tuvo en cuenta al padre de Sor Francisca Carcireux, que buscaba trabajo, y al señor Holden, a los que había que escribir, así como a Sor Vi­centa, a Sor Juana y a la hermana de Sor Hellot que estaban enfermas; convenía además visitarlas. Estaba pendiente de los asuntos de la Compañía y de las peticiones de las Her­manas de Chantilly.

El día 27, escribió otra carta a Sor Loret, igualmente repleta de encargos. Tan sólo es­taba un poco preocupada porque se corría por aquellos pueblos que en París, el día ante­rior, había habido algo de revuelta, y daba órdenes para que se cerraran bien las puertas.

¿Qué había sucedido? El día 26, hubo feria en París —Liancourt está a 60 kilóme­tros de París—. La gente que volvió de la feria le contó a Luisa cómo la Corte eufórica por la victoria de Condé sobre los españoles en Lens el día 20, había mandado cantar en la catedral un Tedeum en acción de gracias. Luisa escuchaba un tanto inquieta lo que sucedió después del Tedeum. Aprovechando la salida de la guardia real, la reina y Ma­zarino decidieron arrestar a los presidentes Brancmesnil y Charton —que logró esca­par— y al anciano consejero del Parlamento Broussel, adorado por la gente baja, a cau­sa de su vida pobre, de su caridad y por haberse enfrentado a la Corte en defensa de los necesitados. Los campesinos le contaron que, al enterarse los burgueses de la cité, se armaron y salieron a la calle, pidiendo su libertad; este grito se extendió a la clase humilde que amenazaron a los burgueses tardos en armarse y salir a la calle. Aprove­chando la situación, vagabundos y malhechores hicieron algunos destrozos, robos y pi­llajes. El ayuntamiento mandó echar las cadenas de la calle para impedir los asaltos y obstaculizar el paso de la guardia, de los gendarmes y de la caballería que intentaban sofocar la rebelión. Por la tarde, los burgueses acudieron al Parlamento, pidiendo la li­bertad de Broussel y el Parlamento acudió a la Corte. La reina, en señal de buena vo­luntad, ordenó replegarse a la guardia y el ayuntamiento mandó recoger las cadenas y abrir los comercios. A Luisa, le aseguraron que al atardecer del día 26 todo estaba en calma.

Pero el día 28 volvió a escribir a Sor Hellot, esta vez, frases angustiosas:

«Queridísima Hermana: En el nombre de Dios, mándeme noticias del señor Vi­cente, del señor Holden, del señor de Marillac y de mi hijo. Estoy en tan gran do­lor que, si tuviera medios, me marcharía hoy mismo. Pero no me oculte nada, se lo ruego… Si el señor Vicente fuere del parecer que mi hijo se retirase a San Lázaro, le suplico humildísimamente que le haga este favor… Pongan lo más seguro posi­ble lo poco que tenemos, y lo mejor que podéis hacer es recurrir a Dios. Les rue­go que, por algún tiempo, haya siempre una o dos Hermanas delante del Santísi­mo Sacramento, para tratar de ayudar a tantas almas buenas a aplacar la ira de Dios sobre nosotros… No tengan miedo».

La noche del 26 y todo el día 27, París pareció arder. Por la tarde del día 27 y el 28, las noticias volaban por los pueblos, y rápidamente llegaron a Liancourt. París se había levantado contra la Corte. El día 27, las calles tuvieron echadas las cadenas y se habían cubierto de barricadas desde el amanecer. Se decía que había más de 1.220 barricadas de vigas, piedras, toneles llenos de arena, etc. La guardia se veía impotente para dominar las calles, y el pueblo bajo atacaba a todo el que parecía partidario de la Corte, exigiendo la libertad de Broussel. El ayuntamiento ni sabía ni podía hacer nada.

La reina se vio obligada a prometer la libertad de Broussel para la mañana del día si­guiente. Toda la noche continuó la insurrección hasta que el día siguiente por la mañana Broussel, ante el delirio de la multitud, recorrió las calles de París.

El sábado 29, París permaneció en calma. Se habían recogido las cadenas, desapare­cieron las barricadas y no quedaban ya restos de insurrección. Todo volvió a la vida an­terior. Por una carta de Vicente de Paúl, supo que la revuelta había salpicado a uno de sus parientes, al conde de Maure, el marido de su prima Ana de Attichy, y de resbalón, al mis­mo Vicente de Paúl. Ese mismo día, Luisa escribió tres cartas.

Una a Sor Hellot, manifestándole la pena grande que sentía al tener que «estar aleja­da de sus amigos, cuando los creía en peligro». La carta la escribió en el sobre de otra car­ta de la misma Sor Hellot, pues no tenía otro papel ya que la escribía visitando las Cari­dades de los pueblos.

La segunda carta se la dirigió a su hijo «doliéndose de no estar en París» y aconse­jándole sobre su dichoso asunto. Aprovecha para felicitarle por haber visitado al señor de Marillac, su pariente.

La tercera, a las Hermanas de Montreuil. En ella, todo vuelve a la rutina de los me­ses anteriores: el gobierno de la Compañía, un gobierno de asuntos caseros, donde «las dificultades ordinarias aumentan siempre en vez de disminuir». Trata de las relaciones mutuas, de cumplir el reglamento y, sobre todo, de dar a la Compañía una espiritualidad propia: imitación de Jesucristo y profundidad interior de la mortificación: «Debemos te­ner continuamente delante de los ojos nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesu­cristo, a cuya imitación estamos llamadas no solamente como cristianas sino también por haber sido escogidas por Dios para servirlo en la persona de los pobres. Sin esto, queri­das Hermanas, las Hijas de la Caridad son las personas más de compadecer del mundo». Para siempre, ha puesto la clave de la distinción entre la Hija de la Caridad y una seglar.

De nuevo, en París

Aún se quedó una semana en Liancourt, visitando las Caridades de los pueblos cerca­nos. Vuelta a París de nuevo, entró en la monotonía de animar las comunidades por me­dio de la correspondencia: Angers, Chantilly, Montreuil, Nantes, Serqueux, Bicétre y los niños abandonados.

En los meses finales de 1648, tres noticias resonaron en su alma. La enfermedad y rá­pida muerte de Sor Isabel Turgis, más joven que ella y en la que había puesto esperanzas de que fuera su sucesora al frente de la Compañía. La carta de dolor que en­vió a Chantilly es una explosión de asombro, de cariño y de agradecimiento hacia aque­lla Hermana con la que pasó tantos momentos de contento y de fatiga. Recordó los tiem­pos de la fundación de Angers, la aceptación sacrificada de ir a solucionar el malestar cua­tro años más tarde, y tantas situaciones delicadas en la que la sustituyó al frente de la Ca­sa central.

Otra noticia, agradable ésta, venía del P. Portail. Después de dos años de ausencia, re­gresaba de Roma. Con alegría, Luisa le escribió que volviera pronto, que todas las Her­manas lo esperaban para escuchar sus noticias de Roma y de Nuestra Señora de Loreto. A pesar de la vida espiritual tan elevada que llevaba, Luisa vivía con igual ilusión la piedad popular. El P. Portail, a petición suya, había obtenido del Papa para todas las Hijas de la Caridad indulgencia plenaria en el artículo de la muerte, y procuró lograr para ella poder escoger un confesor que la absolviera de todo caso y censura, cuando ella lo decidiera.

La última noticia era inquietante: No había dinero ni para los niños abandonados ni para los enfermos del Gran Hospital. Así, se lo comunicaba la señorita de Lamoignon. Lui­sa reconocía que las damas estaban agotadas económicamente y que los tiempos no eran buenos. No les pidió nada. Únicamente, les señaló caminos para encontrar dinero: que ca­da señora implique a sus amigas y, con permiso del párroco, hagan colectas en las fiestas y en los primeros domingos de cada mes. Ciertamente, la colecta sería pequeña en cada iglesia, pero «todas juntas significará algo».

1649: París cercado

Mientras Luisa atendía a las Hermanas, Ana de Austria y Mazarino, presionados por el Parlamento y las barricadas del pueblo, cedieron y libertaron a Broussel y Brancmes­nil, pero no olvidaron la humillación. Por su parte, el Parlamento continuó reuniéndose y controlando los decretos económicos del rey, obstaculizando la marcha de la guerra. La reina, herida, sólo pensaba en la manera de castigar a los culpables. Durante la noche del 5 al 6 de enero, escapó sigilosamente a Saint-Germain-en-Laye con la sola idea de cercar la capital y rendirla por hambre. La Corte la siguió. Desde el mismo día seis, Condé al frente del ejército real comenzó el bloqueo. París se preparó para el asedio. La mayoría de los príncipes, con excepción de Condé, se unió a los fronderos. El recuerdo de las ca­lamidades de las Guerras de Religión, de finales del siglo XVI, se apoderó de los parisi­nos. Todas las culpas se las echaron a Mazarino y su nombre se hizo odioso. Se le culpa­ba de todos los males y se lo hizo el centro de todos los escritos difamatorios.

El 14 de enero, en una noche de peripecias para cruzar las líneas defensivas y el blo­queo de París, Vicente de Paúl se presentó en Saint-Germain y pidió a la reina que volvie­ra a París y diera la paz. Con valentía, le pidió a Mazarino que se alejara de la Corte. No logró nada y Mazarino nunca le perdonó tal atrevimiento. Por un tiempo, Vicente de Paúl no pudo volver a París. Hasta el 13 de junio, vagó por Villepreux, Fréneville, Angers, Saint Méen, Nantes y Richelieu, visitando las comunidades de paúles y de Hijas de la Caridad.

Luisa quedó inactiva en París cercado y sin correo. Entre febrero y marzo, pudo escri­bir a Vicente de Paúl y al abad de Vaux sobre la marcha de la comunidad de Angers. En París, a pesar del movimiento de caridad que se organizó y la cantidad de limosnas que se recogió, escaseaba el pan y el hambre se extendía por las calles. El populacho amenazó las casas donde se suponía que había víveres. San Lázaro fue saqueado. Por los alrededores de París, los soldados se lanzaban al pillaje de las casas de la campiña. Desde el exilio, Vi­cente de Paúl intentaba que a los niños de Bicétre no les faltara dinero ni víveres. Tan só­lo, pudo escribir al P. Lamberto, superior de San Lázaro y a las Damas de la Caridad. Re­conocía los maravillosos y generosos esfuerzos de las Damas, pero, casi desesperado, les preguntó: «¿Acaso habéis resistido hasta derramar sangre? o al menos ¿habéis vendido una parte de vuestras joyas?» Les aconsejó que pidieran un préstamo en el que se comprome­terían también los padres paúles. Hombre pragmático, concretó: «Le he pedido al P. Lamberto que les envíe algo de trigo [a Bicétrel, y le he escrito a la señora presidenta de La­moignon que acepte tratar con las autoridades de la ciudad para que, dentro y fuera de ella den escolta al trigo. Tampoco sé si se ha hecho. Si no se ha hecho, les ruego al uno y a la otra por medio de esta carta que procuren hacerlo cuanto antes».

Bicétre fue en estos meses también la preocupación de Luisa. Al igual que San Vicente, hizo esfuerzos sobrehumanos para solucionar el hambre, pero también era mujer; por su mente, chocaron, horrorizada, escenas escalofriantes. Bicétre, Saint-Denis estaban en la campiña, justamente en medio del cerco. En Saint-Denis, solamente había Hermanas, aun­que algunas jóvenes; pero en Bicétre, había Hermanas jóvenes, empleadas y niñas ado­lescentes. Un terror se apoderó de Luisa. ¿Qué les podría pasar si caían en manos de la soldadesca? Se las imaginó violadas y asesinadas. Con toda urgencia, escribió a Sor Mag­dalena, la superiora: «Procure tener juntas a las Hermanas y tengan mucho cuidado con la niñas mayores, a las que deben tener siempre a la vista o encerradas en la escuela, aun­que con ello no puedan emplearlas en ningún servicio». Las aconsejó que hicieran una bue­na confesión general; aunque dándose cuenta del terror que podría haberlas causado, in­tentó animarlas: No, no iban a morir, «de ninguna manera, sino que era para ayudarlas a estar siempre en gracia de Dios».

El peligro, sin embargo, era real y continuo. Por fin, Luisa pudo traer a París a todos los niños y a las Hermanas de Bicétre. Fue hacia mediados de marzo. Lo hizo sin poder consultar con el superior Vicente, aunque más tarde supo que era el mismo parecer del santo.

La paz

Por fin, el 1 de abril, se firmó la paz entre la Corte y el Parlamento. Con todo, la Fron­da continuó los meses de abril y mayo en Provenza, Guyena, Poitou, Bretaña y Norman­día. En París, reinaba una paz relativa. Las dos partes mantenían sus posturas: el Parla­mento, reformar el Estado afianzando su influencia; la regente, dominar las cuatro cortes soberanas, reforzando el absolutismo del rey. En el centro, estaba Mazarino. Los meses siguientes, la desconfianza y el malestar de los dos bandos invadió las calles en una pro­paganda escrita a favor y en contra del Cardenal. Contra el Cardenal ministro, fueron fa­mosas las mazarinadas, repletas de insultos, verdades y calumnias.

El P. Alméras, en Roma, consideró un milagro que las Hijas de la Caridad no sufrie­ran más que algunos sustos. El hambre que pasaron las Hermanas de París no fue exage­rado. Tanto ellas como sus bienes fueron respetados; respetaron hasta la pequeña granja que tenían junto a la Casa de San Lorenzo.

Con la paz, Luisa salió de la Casa, en el arrabal de Saint-Denis, fuera de las murallas, y fue a pasar unos días dentro de la ciudad. Quería ver con sus ojos a las Hermanas y a las Damas de la ciudad. Después de tres meses de guerra civil y del asedio, quería ani­marlas y reorganizar las Caridades; urgía hacerlo con la Caridad del Gran Hospital de la que dependían económicamente los niños abandonados. Exiliado Vicente de Paúl, lo te­nía que hacer ella. Mientras visitaba a las grandes señoras, en los tiempos libres, tenía pre­sente a la Compañía. Casi diariamente, escribió cartas a Sor Hellot y a Sor Loret, que, co­mo en agosto anterior, habían quedado al frente de la Casa. Cada una de las cartas es un catálogo de encargos y recomendaciones. Y en todas, pedía oraciones por la salud y el pronto regreso del superior Vicente de Paúl, así como por la paz definitiva. No había pro­blemas serios y pronto volvió a San Lorenzo.

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