La escucha como fundamento para la espiritualidad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1996 · Source: CEME.
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libro y gerberaHas notado alguna vez, qué poco énfasis «explícito» se da a la escucha en las «Reglas» de las Comunidades, en los «manuales» ordi­narios de la vida espiritual, e incluso en los clásicos? Es inútil buscar un capítulo sobre la escucha en los escritos de S. Benito o S. Ignacio, e incluso, en los escritos de santos más orientados a la acción, como Francisco de Sales y Vicente de Paúl. Lo mismo puede decirse de los escritos de Luis de Granada y Rodríguez, o en tratados de espirituali­dad más recientes y muy difundidos como Tanquerey. Es verdad, na­turalmente, que, en estos escritos la escucha entra implícitamente en el cuadro general bajo muy distintos títulos. Pero, si se considera la escucha como la base para la espiritualidad, como es el caso en este capítulo, se puede esperar con toda seguridad, que llame notablemen­te la atención.

Este capítulo tiene una meta muy modesta. Es mi intención pre­sentar algunas reflexiones preliminares sobre la escucha como funda­mento de la espiritualidad. Digo reflexiones «preliminares» porque todos los títulos que siguen pueden ser más ampliamente desarrolla­dos, como notará el lector. De hecho, el autor espera que alguno de los lectores, trabajando desde su propio campo de especialización: (filo­sófico, bíblico, teológico, al igual que miembros de otras congregacio­nes religiosas) puedan desarrollar esta tesis en una forma más amplia.

Para centrarnos y concretar la tesis, en este capítulo estudiaremos de forma preliminar: 1. la escucha en el Nuevo Testamento (Evangelio de Lucas); 2. la escucha como base para la espiritualidad; 3. algunas resonancias del tema en la tradición vicenciana; 4. contraste entre un tema implícito y explícito; 5. algunas consecuencias, hoy.

LA ESCUCHA EN EL EVANGELIO DE LUCAS

Una investigación más amplia del tema podría empezar, natural­mente, con el Antiguo Testamento, donde el tema de la escucha juega un papel vital, especialmente, en la tradición deuteronómica y proféti­ca. En éstas, Yahvé se queja con frecuencia de que mientras El habla, su pueblo «no escucha». Y a la inversa, los profetas son eminentemen­te oyentes; escuchan lo que Yahvé tiene que decir y luego hablan en su nombre. «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 S 3, 10), dice el joven Samuel al empezar su carrera profética.

El tema de la escucha aparece también y continuamente en el Nuevo Testamento, donde un estudio de la literatura joánica, por ejem­plo, nos revela la escucha como la llave para la vida eterna. «Todo el que es de Dios, escucha las palabras de Dios. La causa por la que no las escucháis es porque no sois de Dios… Si alguien acepta mi palabra, no morirá nunca» (Jn 8, 47, 51).

Con todo, aquí sólo ofreceré un breve análisis del Evangelio de Lucas, donde el tema de la escucha está muy explícito. Para Lucas, lo mismo que para todo el Nuevo Testamento, Dios toma la iniciativa por medio de su palabra, que irrumpe en el mundo como buena noticia: escucharla es la base indispensable para cualquier respuesta humana a esa palabra.

María oyente modelo

Al igual que casi todos los temas teológicos importantes en Lucas el tema de la escucha empieza en las narraciones de la infancia. Estas narraciones, a modo de prefacio, nos proporcionan un sumario de la teología que Lucas desarrollará a lo largo de su Evangelio. El tema de la escucha se encuentra entre los más prominentes motivos lucanos (a modo de paréntesis, se puede añadir que en el Evangelio de Lucas se desarrolla otro tema en muchas narraciones sobre la escucha, porque, en contra de las pautas culturales del tiempo del escritor, una mujer es el oyente modelo que se ofrece al lector).

María es evangelizada en los capítulos introductorios de Lucas. Es la primera en oír la Buena Noticia. Es el discípulo ideal, modelo para todos los creyentes. En las narraciones de la infancia, María escu­cha reflexivamente a:

Gabriel, que le anuncia la buena noticia de la presencia de Dios y le habla del niño extraordinario que de ella va a nacer (Lc 1, 26 ss); Isabel, que la proclama dichosa entre todas las mujeres, por haber creído que las palabras del Señor se cumplirían en ella (Lc 1, 39 ss); Los pastores, que le cuentan a ella y a los demás el mensaje, que les había sido revelado sobre el niño, la Buena Noticia de que un Salvador ha nacido, (Lc 2, 16 ss);

Simeón, que proclama un cántico y un oráculo: primero, un cánti­co de alabanza por la salvación que ha llegado para todas las nacio­nes; el segundo, una profecía que manifiesta el escándalo de la cruz (Lc 2, 25 ss);

Ana, que alaba a Dios en presencia de María y continúa hablando a todos los que están dispuestos a escuchar (Lc 2, 36 ss);

Jesús mismo, que le habla de su relación con su Padre celestial, la cual debe prevalecer sobre todo lo demás (Lc 2, 41 ss).

La actitud de alerta de María

Cuando la palabra de Dios irrumpe en la vida de María, ella escu­cha atentamente. Siguiendo un esquema estándar, Lucas describe a María escuchando la palabra con asombro, preguntándose qué quiere decir, decidiendo actuar según ella, y luego meditando en lo maravi­lloso de los caminos de Dios.

Escucha: «Al llegar, el ángel le dijo: «alégrate, llena de gracia. El Señor está contigo»» (Le 1, 28).

Asombrada: «Al oír estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué significaba tal saludo» (Lc 1, 29).

Pregunta: «¿Cómo será esto, si yo no conozco varón?» (Lc 1, 34). Actúa: (Aceptando y obedeciendo): «Hágase en mí según tu pala­bra» (Lc 1, 38).

Atesora y medita: «María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Le 2, 19, 51).

Historias del discípulo

Lucas usa tres historias cortas para ilustrar este tema central del discipulado: concretamente, que son verdaderos discípulos de Jesús los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.

«Vinieron a verlo su madre y sus hermanos y no podían acer­carse a él a causa de la muchedumbre. Y lo avisaron: tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte. Él contestó: «Mi madre y mis hermanos son aquéllos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»» (Lc 8, 19-21).

En este pasaje, Lucas cambia totalmente el énfasis de Marcos (cf. Mc 3, 31-35). Mientras Marcos devalúa el papel de madre de Jesús y el de sus parientes, Lucas lo exalta (haciéndonos eco de Lucas 1, 38, 2, 19; 2, 51): la madre de Jesús es el discípulo ideal que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica. Todos los que hagan lo mismo serán dichosos.

«Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer llama­da Marta lo recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María, que sentada también a los pies del Señor, escuchaba su pa­labra. Pero Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose delante dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude. Pero el Señor le respondió: «Marta, tú te preocupas y te in­quietas por muchas cosas. En verdad, una sola cosa es necesaria. Así, pues, María ha escogido la mejor parte, que no le será arreba­tada»» (Lc 10, 38-42).

Aunque la frase de Jesús sobre la cosa necesaria ha sufrido innu­merables interpretaciones, hay pocas dudas acerca del punto central de este pasaje dentro del contexto del Evangelio de Lucas. María ha elegi­do la mejor parte porque está sentada a los pies de Jesús, escuchando sus palabras, como lo haría cualquier buen discípulo. Aunque hay mu­chos otros temas en esta materia (tales como, una vez más, el papel de la mujer, y también el papel de la iglesia-doméstica en la cristiandad primitiva, que es reforzado aquí con una añadidura de Lucas). Lucas, una vez más, resalta lo que en definitiva sostiene el seguimiento de Jesús: escuchar la palabra de Dios. Ésa es la mejor parte (cf. Lc 8, 4-21).

«Mientras él estaba diciendo todo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él replicó: Bienaventura­dos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11, 27-28).

Este pasaje interrumpe, sorprendentemente, una serie de contro­versias en las que Jesús está metido durante su viaje a Jerusalén. Pero Lucas lo inserta aquí para dar a Jesús una ocasión más de aclarar el verdadero significado de su seguimiento: la auténtica felicidad no con­siste en la cercanía física a Jesús, ni en los lazos de sangre con él, sino en escuchar la palabra de Dios y cumplirla.

LA ESCUCHA COMO BASE PARA LA ESPIRITUALIDAD

Toda espiritualidad se desarrolla alrededor de la auto-trascenden­cia. Como definición de espiritualidad para este trabajo, podemos usar la que propone Sandra Schneiders, que la define como «La experiencia de esforzarse conscientemente por integrar la vida propia, no en tér­minos de aislamiento y autoabsorción, sino en términos de auto-tras­cendencia hacia el valor último que uno percibe».

En un contexto cristiano, la espiritualidad conlleva «revestirse del Señor Jesucristo» (Rm 13, 14), «regalando la propia vida antes que guardarla» (Mc 8, 35; Mt 16, 25; Lc 9, 24; Jn 12, 25), y otras frases que implican auto-trascendencia. El yo no es absorbido por la auto-trascendencia; por el contrario, alcanza una realización completa. Ésa es la paradoja cristiana, dándose uno, se encuentra a sí mismo. En ese sentido, el auténtico amor a Dios, al prójimo y a uno mismo se juntan.
Los distintos autores contemporáneos expresan esto de diferentes maneras. Para Bernard Lonergan, la autotrascendencia tiene lugar en la tendencia radical del espíritu humano, que suspira por el sentido, la verdad, el valor y el amor. La autenticidad resulta, pues, de un largo y sostenido ejercicio de la atención, la inteligencia, la razón y la responsabilidad’. Para Karl Rahner, la persona humana surge de la total automanifestación de Dios. En sus obras básicas, Rahner describe la per­sona humana esencialmente como un oyente, que está siempre a la es­pera de una posible palabra reveladora. Sólo en Jesús, autorrevelación de Dios, se halla la persona humana, totalmente completa. En lo más íntimo de la persona humana histórica, hay un hambre atormentadora de los otros y del valor absoluto. La espiritualidad individual es un modo concreto de expresar esta ansia de lo absolutos.

Pero esta añoranza interior por la verdad y el amor, este «intentar alcanzar» como lo expresa Henry Nouwen, solamente puede ser satis­fecha con una palabra exterior —dicha o encarnada— que revela lo que es realmente la humanidad. La disposición fundamental de la persona humana para recibir esa palabra o Palabra es la escucha.

No importa nada aquí que el libro de Génesis, la literatura sa­piencial, y la tradición joánica aprovechen el concepto de «Palabra» como el medio con que Dios inicia e irrumpe en la historia humana. La palabra creadora lleva dentro su propia respuesta inmediata: «Hágase la luz, y existió la luz» (Gn 1, 13). Pero la palabra dicha por la perso­na humana, que a imagen y semejanza de Dios gobierna con libertad sobre toda la creación, debe ser libremente escuchada y respondida.

Por supuesto, que aquí tomamos escucha en un sentido amplio. Incluye ver, oír, sentir, percibir. «Atención» puede servir como el tér­mino general que cubre los distintos modos en que la persona se abre para comprender lo que procede del exterior. La escucha, en este sen­tido, es una condición previa a la auto-trascendencia. Sin ella, la pala­bra que procede del exterior pasa sin ser oída, la verdad que la mente humana extrae de una visión que la desborda pasa desapercibida, el amor que intenta conquistar el corazón queda sin respuesta.

¿Es por esto por lo que los santos han dado tanta importancia a la escucha en la oración? ¿Es por esto por lo que la obediencia ha juga­do un papel tan influyente en la tradición de las comunidades religio­sas? ¿Es por esto por lo que el buscar consejo ha sido considerado siempre como señal de sabiduría? ¿Es por esto por lo que la Pala­bra-hecha-carne y la palabra de Dios en las Escrituras son el centro de toda espiritualidad cristiana? ¿Es por esto por lo que la lectura de las Escrituras en la eucaristía y la comunión con la Palabra misma en su amor de sacrificio y entrega son «la fuente y culmen» de la más genui­na entrega cristiana?

ALGUNAS RESONANCIAS DEL TEMA EN LA TRADICIÓN VICENCIANA

El lugar central de la escucha, dentro del contexto de la espiritua­lidad, no se ve explícito en las conferencias y escritos de san Vicente de Paúl. Pero la espiritualidad propuesta por san Vicente incluye algu­nos temas claves en los que es notable la importancia de la escucha.

La humildad como el fundamento de la perfección evangélica

San Vicente llama a la humildad «fundamento de toda perfección evangélica y el núcleo de toda la vida espiritual»6. Para él, la persona verdaderamente humilde, lo ve todo como don. Los humildes se dan cuenta de que Dios intenta entrar en sus vidas, cada momento, para poder hablarles. Por eso están alerta, escuchan la palabra de Dios, están ansiosos de recibir el amor salvífico de Dios. Los humildes saben que la verdad que les hace libres procede de fuera: de la palabra de Dios, del clamor de los pobres, de la Iglesia, de la comunidad en la que viven.

Probablemente, no hay otro tema que san Vicente acentuara más. Él describe la humildad como el origen de todo el bien que hacemos (IX, 607; cf. RC II, 7). Él les dijo a las Hijas de la Caridad: «Acorda­os de considerar a vuestras hermanas más perfectas que vosotras; creed que son buenas…si así lo hacéis, ¿qué ocurrirá? Que haréis de esta Compañía un paraíso y que se podrá decir con toda razón que es socie­dad de almas bienaventuradas en la tierra» (IX, 999-1000).

La humildad y la escucha están íntimamente relacionadas, y la escucha es la actitud básica de los que conocen que la vida verdadera, la salvación, la sabiduría, la verdad y el amor, proceden de fuera. El mano Robineau, secretario de san Vicente, cuyas reflexiones sobre el santo acaban de ser publicadas, advierte que esta actitud era especial­mente evidente en las conversaciones de san Vicente con los pobres, con los que se sentaba y conversaba con gran confianza y humildad.

San Vicente gozaba llamando a los pobres los verdaderos «amos y señores» (cf. IX, 125; IX, 917) en la Iglesia. Es a ellos, en especial, a quien tenemos que escuchar y obedecer. En el reino de Dios, el mundo de la fe, ellos son los reyes y reinas, y nosotros los siervos. Re­conociendo el lugar especial de los pobres dentro del nuevo orden es­tablecido por Jesús, la herencia vicenciana contemporánea apremia a los seguidores de san Vicente, como fundador, a estar «siempre atentos a los signos de los tiempos y a las llamadas más urgentes de la Igle­sia»8, «de modo que no sólo procuremos evangelizarlos, sino también ser evangelizados por ellos» (C 12, 3.°).

Leer la sagrada Escritura

San Vicente estaba convencido de que la palabra de Dios nunca falla. Es como «una casa construida sobre roca» (RC II, 1). Por eso, él empieza cada capítulo de las Reglas, e incluso muchos párrafos con­cretos, con una cita de las Escrituras. Pide que cada uno de los miem­bros de su Compañía lea un capítulo del Nuevo Testamento cada día. Lo que realmente quiere es que escuchen la palabra de Dios y que la conviertan en fundamento de todo lo que hagan:

«Cada uno de nosotros se esforzará por convencerse de esta ver­dad: que la enseñanza de Cristo no puede engañar nunca, mientras que la del mundo es siempre falaz» (RC II, 1).

En un pasaje lleno de color, Abelly hace notar lo devoto que san Vicente era de escuchar la palabra de Dios: «Parecía sacar mensaje de los párrafos de la Escritura lo mismo que un niño saca leche de su madre, así él extraía el meollo y la sustancia de las Escrituras para fortalecerse y alimentar su alma, y hacía esto de tal modo que en todas sus palabras y acciones parecía estar lleno de Jesucristo».

En una conferencia sobre «Las enseñanzas del Evangelio», dada el 14 de febrero de 1659, san Vicente acentúa lo bien que María escu­chaba la palabra de Dios. «Mejor que ningún otro», dice, «penetró en su sentido y las practicó» (XI, 428).

Obedecer a todos

La palabra «obediencia» (ob+audire = escuchar cuidadosamente) está emparentada etimológicamente con la palabra «oír» (audire). Para san Vicente, el papel de la obediencia en comunidad era a todas luces muy importante. Y además, él extendía la obediencia más allá de su al­cance ordinario, según el cual todos deben obedecer los mandatos le­gítimos de los superiores. Usando una noción amplia de obediencia, él anima a sus seguidores a escuchar y obedecer a todos, para oír con más exactitud lo que Dios les dice, y actuar de acuerdo.

«Nuestra obediencia no debe limitarse solamente a los que tienen el derecho de mandarnos, sino que tiene que pasar más adelante… Consideremos a todos los demás como superiores, y para ello pon­gámonos por debajo de ellos, incluso por debajo de los más pe­queños, mostrándoles respeto, condescendencia y haciéndoles toda clase de servicios» (XI, 757).

Pero la obediencia no es solamente deber de los «súbditos», sino también de los superiores. De hecho, los superiores deben ser los primeros en obedecer, escuchando a los miembros y pidiéndoles consejo.

«No había nada tan hermoso en el mundo, hija mía, que la Com­pañía de las Hijas de la Caridad si… en todas partes la obediencia se mantuviese en vigor, si la sirviente fuese la primera en obede­cer, en pedir consejo y en someterse» (IX, 492).

Un tema implícito contra uno explícito

Está claro que la escucha juega un papel significativo, aunque difuminado en cada uno de los temas descritos anteriormente. La importancia de escuchar no es, por lo tanto, «una verdad olvidada» (para usar la frase de Karl Rahner) ni en los escritos de san Vicente de Paúl, ni en toda la espiritualidad tradicional; pero, tampoco es un tema central. De esto, surgen dos peligros.

Primero, las verdades, que permanecen en un lugar secundario o que están implícitas, corren el riesgo de ser olvidadas o distorsionadas. El peligro de la distorsión podemos ilustrarlo, usando los mismos temas descritos más arriba.

La lectura diaria de un capítulo de la palabra de Dios, puede con­vertirse en cumplir una obligación o estudiar un texto, a no ser que la importancia de escuchar atentamente conserve su lugar de privilegio. Por supuesto que, en una espiritualidad sana, esto no sucederá; pero la distorsión ocurre cuando la espiritualidad empieza a perder su enfoque.

De igual manera, la práctica de la humildad, cuando se distorsio­na, puede convertirse en servilismo a las voces exteriores y sordera a las voces interiores, donde Dios también habla. En tal circunstancia, «la humildad» puede ocultar falta de valor para dar la opinión, poca confianza en uno mismo, o un concepto negativo de uno mismo.

Un énfasis distorsionado sobre la obediencia puede resultar en una situación donde «los súbditos» obedecen exclusivamente al supe­rior, sin dar importancia a lo que otras voces puedan decir, voces a las que incluso la conciencia nos manda escuchar. Por el contrario, podría darse una situación donde un superior dama, que él sólo tiene que «escuchar» los consejos de otros, no seguirlos (y en tales circunstancias, está clarísimo que él no escucha a casi nadie, a no ser a sí mismo).

Pero cuando la escucha guarda el justo medio, el peligro de la dis­torsión se minimiza. La lectura de la palabra de Dios, la práctica de la humildad y el obedecer, se ven como medios para escuchar lo que Dios está diciendo. El acento permanece en la atención.

Hay, además, un segundo peligro. Cuando la importancia de la escucha, como tal, se subestima, hay una tendencia oculta a centrarse en unas prácticas concretas, con detrimento de otras, o prestar atención a ciertas voces con detrimento de las otras. Por ejemplo, un miembro de una comunidad puede pedir con toda su alma, busca comprender lo que Dios le está diciendo, pero presta poca atención a lo que intentan decirle el superior o el director espiritual que conocen bien a la perso­na. Él o ella puede que escuchen bien «trascendentalmente» o «verti­calmente», por así decir; pero muestran poca preocupación por escu­char «horizontalmente». Siguiendo una línea parecida, un superior puede, para usar un ejemplo de la otra parte, estar muy confiado en que, por la gracia de su oficio, Dios le manifiesta cuál es su voluntad, mientras otro (más humano) imagina, que por la gracia de su oficio, está intentando desesperadamente manifestarle al mismo superior, que Dios está diciendo algo totalmente diferente. La simple verdad es que: hay muchas voces a las que debemos escuchar, dado que Dios nos habla de muchos modos. Algunos de estos modos son evidentemente privilegiados, pero ninguno tiene la verdad absoluta.

Algunas aplicaciones

En su maravilloso libro sobre la comunidad, Dietrich Bonhoeffer escribió:

«El primer servicio que uno le debe a los demás en la comunidad consiste en escucharlos. Lo mismo que el amor a Dios empieza por escuchar su Palabra, del mismo modo el principio del amor a los hermanos consiste en aprender a escucharlos. Es por el amor que Dios nos tiene por lo que Él no sólo nos da su Palabra, sino que tam­bién nos presta sus oídos. Por lo tanto, es obra suya lo que nosotros hacemos por nuestro hermano, cuando aprendemos a escucharlo. Los cristianos, especialmente los ordenados, con mucha frecuencia piensan que tienen que contribuir con algo, cuando se encuentran en compañía de otros, y que éste es el servicio que deben prestar. Olvi­dan que escuchar puede ser un servicio mejor que el hablar. Mucha gente anda buscando un oído amigo que los escuche. No lo encuen­tran entre los cristianos, porque estos cristianos hablan cuando debe­rían escuchar. Pero quien no puede escuchar a su hermano por más tiempo, pronto también, dejará de escuchar a Dios y no hará nada más que balbucear en la presencia de Dios, continuamente. Esto es el principio de la muerte de la vida espiritual».

Si la escucha es tan crucial para una espiritualidad sana, ¿cómo podrán, entonces, los miembros de las distintas comunidades, desarro­llarla, tanto personal como comunitariamente?

Escuchar como individuo

De la reflexión sobre la larga tradición espiritual de la Iglesia, se pueden recoger ciertas cualidades características de los buenos oyen­tes. Aquí, tocaré brevemente cuatro, que me parecen cruciales para cre­cer en la escucha.

Humildad

La cualidad indispensable para la buena escucha es la humildad. «Es el fundamento de toda perfección evangélica, y el núcleo de toda la vida espiritual», como dice san Vicente (RC II, 7). La persona hu­milde se siente limitada, necesitada de Dios y de las otras personas. Por eso escucha.

«La humildad reconoce que todo es don; y reconoce con toda cla­ridad que todas las cosas buenas proceden de Dios. San Vicente es­cribía a un sacerdote de la Misión (probablemente Roberto de Ser- gis o Lamberto aux Couteaux): «Y como reconocemos que esta abundante gracia viene de Dios, y que él la sigue concediendo a los humildes, cuando reconocen que todo cuanto ellos hacen viene de Dios, le ruego con todo mi corazón que le dé cada vez más el es­píritu de humildad» (I, 235).

El sentido de la propia limitación tiene otra dimensión más. No es «vertical» solamente, por así decirlo, sino que es también «horizontal»; no dependemos sólo de Dios directamente, sino también de todas las criaturas de Dios que nos rodean. La verdad, pues, procede no sólo de escuchar a Dios directamente, sino también a las personas a través de las cuales la presencia de Dios y sus palabras nos llegan inmediata­mente. El hambre de verdad y de amor que yace en el corazón del mis­terio de la persona humana sólo puede satisfacerse desde fuera. Somos intrínsecamente sociales, y vivimos en un complejo entramado de re­laciones con los individuos y con la sociedad.

Piedad y reflexión

Es sólo cuando se escucha y se medita, cuando se nos revela el sig­nificado pleno. La búsqueda de la verdad, por lo tanto, conlleva piedad y reflexión. De vez en cuando, uno puede oír a Dios hablar en medio de una multitud ruidosa, pero sólo es frecuente oír en el silencio las voces más profundas y captar la profundidad del significado. El Salmista nos apremia: «Rendíos, reconoced que yo soy Dios» (Sal 46, 11).

Los Evangelios, en particular el de Lucas, aclaran que Jesús se vuelve a su Padre continuamente en oración para escucharlo y para buscar su voluntad. La oración es, por lo tanto, uno de los medios pri­vilegiados de la escucha. Pero debe ser convalidado por la vida. Quien escucha «lo que Dios me dice» en la oración, pero presta poca atención a lo que los demás le dicen en la vida diaria es ciertamente sospecho­so. La oración debe estar en contacto continuo con la gente y con los sucesos, pues Dios no nos habla solamente en el silencio de nuestro co­razón, sino también (y frecuentemente lo primero de todo) por la gente que nos rodea.

Además, dado que la oración es un encuentro con Dios mismo, lo que nosotros decimos en la oración es mucho menos importante que lo que Dios nos dice. Cuando ponemos demasiado énfasis en lo que de­cimos o hacemos durante la oración, ésta puede convertirse en una buena obra, un éxito, un discurso, más bien que en gracia, un don, una palabra graciosa de Dios. Naturalmente, que la oración, como todas las actividades humanas, implica estructuras, autodisciplina, esfuerzo constante. Pero el énfasis debe estar siempre en la presencia de Dios personal, cuyas palabras debemos escuchar atentamente, cuando nos habla de la buena noticia de su amor por nosotros y por los demás.

En una época donde hay tanto ruido, donde los medios de comu­nicación, si así lo queremos, nos hablan durante todo el día, debemos preguntarnos: ¿Podemos distinguir la voz de Dios en medio de las mu­chas voces que nos hablan? ¿Puede la palabra de Dios decirnos «cosas nuevas»? ¿Conservamos la capacidad de maravillarnos? Como puede resultar evidente para el lector, la palabra wonder (=Maravilla) tiene un parentesco a través del alemán, con la palabra wound (que signifi­ca herida). ¿Es la palabra de Dios capaz de herirnos, capaz de penetrar la membrana que nos impermeabiliza, que nos encierra en nosotros mismos? ¿Puede Dios irrumpir en nuestra conciencia y cambiarnos?

Respeto a las palabras de las personas

Es en esto en lo que la tradición espiritual ha sido más pobre. Puso énfasis en la humildad. Acentuó la necesidad de escuchar lo que Dios dice, y de discernir su voluntad. Pero pocas veces se centró explí­citamente sobre la importancia de escuchar a las otras personas.

Muchos documentos contemporáneos ponen gran énfasis en la dignidad de la persona y en la importancia de escuchar los gritos que brotan de su corazón. Gaudium et Spes (en especial nn. 1, 12 y 22) y Redemptor hominis considera a la persona como el centro de la crea­ción. En un contexto algo diferente, Centesimus Annus, lo dice de manea sorprendente: «Hoy, la doctrina social de la Iglesia se centra especialmente en el hombre» (n. 54).

El respeto por la persona reconoce que Dios vive en el otro, y se manifiesta a sí mismo a través de él o ella. Reconoce que las palabras de vida proceden tanto del humilde como del poderoso. De hecho, san Vicente se convenció gradualmente de «que la verdadera religión, her­manos míos, la verdadera religión está entre los pobres» (XI, 462) y que debemos dejarnos evangelizar por ellos.

Muchos de los textos recientemente publicados del Hermano Louis Robineau manifiestan el profundo respeto de san Vicente por las personas de todos los tipos. Robineau hace notar lo bien que el santo los escuchaba: pobres y ricos, laicos y clérigos, campesinos o de la realeza.

En este contexto, el proceso de preguntar a las personas que va implícito en la búsqueda de la verdad recibe una nueva luz. Cuando hay un profundo respeto por la persona, el preguntar conlleva una bús­queda de aclaración, más que ser un modo oculto de acusar o refutar. El preguntar es un instrumento para llegar más hondo, para descubrir capas de sentido, para conocer mejor a la otra persona, para perforar hacia el núcleo de la verdad.

Al intentar desarrollar un respeto creciente por la persona, a modo de reto, debemos hacernos algunas preguntas. ¿Somos realmente capa­ces de escuchar el clamor de los pobres, de los más oprimidos: las mujeres y los niños, que son con frecuencia los miembros más pobres de la sociedad; aquéllos que son discriminados por raza, color, nacio­nalidad, religión; las víctimas del SIDA, que, regularmente, son rele­gados por sus familiares y por los sanos, aquéllos que están «al borde de la vida», los niños desamparados, y los ancianos abandonados, que son incapaces de expresarse por sí mismos? ¿Somos capaces de escu­char los consejos que los otros nos dan: el director espiritual, los miembros de nuestra propia comunidad, los documentos de la Iglesia y de la Congregación? ¿Somos sensibles a las contribuciones que pro­ceden de otras fuentes del saber humano (como economía, sociología, los medios audiovisuales, la masa de datos ahora disponibles en forma computerizada) que siempre nos hablan en concreto sobre las necesi­dades de los pobres, que nos pueden ayudar a encontrar y combatir las causas de la pobreza, o que pueden ayudarnos en la nueva evangeliza­ción que la Iglesia está pidiendo? ¿Estamos alerta, «escuchando» los «signos de los tiempos»: la creciente distancia entre los ricos y los po­bres y la repetida llamada a la justicia hecha por la Iglesia; el movi­miento hacia la unidad, dentro de una sociedad global que es acompa­ñada ahora por otro movimiento opuesto hacia el separatismo y el nacionalismo: el crecimiento de la Iglesia en el hemisferio sur, que contrasta con su disminución en muchos lugares del hemisferio norte?

Atención

Una de las más importantes señales de respeto por la persona hu­manas es la atención.

Los documentos actuales de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad ponen gran énfasis en la necesidad de la atención. Las Cons­tituciones de las Hijas de la Caridad la consideran como un prerrequi­sito para alcanzar la meta apostólica de la Compañía: «Atención, fun­damento indispensable de toda evangelización, es el primer paso hacia él, «el servicio de Cristo en los pobres)»..

Las Constituciones de los Misioneros la recalcan en el contexto de la vida de comunidad: «atentos con ánimo humilde y fraternal a los opiniones y necesidades de cada compañero» (C. 24, 3°). Las líneas de acción refuerzan esto: «la comunicación mutua es el medio indispen­sable para crear auténticas comunidades. Por esta razón, se recomien­da que los cohermanos, sincera y diligentemente, busquen modos de escucharse mutuamente y de compartir sus éxitos y fracasos.

De igual modo, la atención es de grandísima importancia cuando uno busca consejo. Robineau relata con cuanta frecuencia san Vicente pedía la opinión de otros sobre cosas ordinarias, «incluso del menor de la casa». Con frecuencia, le oyó decir que «cuatro ojos ven más que dos y seis mejor que cuatro.

Robineau relata un curioso incidente a este respecto:

Un día me dijo graciosamente que debíamos hacer nuestra prácti­ca, al consultar a alguien sobre cualquier materia, tener siempre en cuenta todo lo que fuese ventajoso para la parte oponente sin omi­tir nada, tal como si fuera el mismo oponente el que estuviese allí para dar sus razones y para defenderse, y que era de este modo como se debían hacer la consultas15.

La escucha en comunidad

Las reuniones, junto con las consultas y los cuestionarios de dis­tintas clases, se encuentran entre las principales maneras de escucha en comunidad.

Como casi todas las cosas, las reuniones son «para bien o para mal». Todos hemos experimentado que hay algunas que son muy úti­les; pero de otras, nos sentiríamos felices de poder olvidarlas. Dicho de otra manera, las reuniones pueden ser un tiempo de gracia o una oca­sión en que el pecado amenaza la gracia.

Las comunidades, lo mismo que los individuos, pueden verse en­redados en sí mismas. Una saludable preocupación por uno mismo puede convertirse gradualmente en una obsesión poco sana. La bús­queda de la seguridad propia puede sustituir al celo por los demás. Se puede liberar a las comunidades de estas situaciones, de una forma análoga a como se libera a los individuos, solamente mediante la hu­mildad corporativa, la búsqueda comunitaria para escuchar a Dios, y la atención comunitaria a las palabras de los demás.

Las reuniones como momentos en los que el pecado amenaza la gracia

Cuando la escucha no existe, las reuniones originan luchas y divi­siones. Separan más que unen. Intensifican la oscuridad en vez de ilu­minar. En las reuniones, mucho depende de la capacidad que los miem­bros tienen para escuchar. Cuando esta capacidad disminuye, entonces, las reuniones degeneran rápidamente, con resultados calamitosos.

Las luchas se encuentran entre las señales de que el pecado exis­te y obra en las reuniones. Cuando los participantes no escuchan, en­tonces surgirán inevitablemente las luchas, los resentimientos, las de­silusiones y la amargura. Las reuniones divididas terminan en desbandada. Cuando los participantes no escuchan, evitarán tomar de­cisiones importantes, en especial, aquéllas que exigen conversión; rehusarán escuchar a los profetas; buscarán refugio en el status quo. Las divisiones serán otra consecuencia. Cuando los participantes no escuchen, surgirán grupos terriblemente separados; las conversaciones «importantes» tendrán lugar en los pasillos y no en la sala de reunio­nes; la política, en el mal sentido de la palabra, ocupará el lugar del dis­cernimiento.

Las reuniones como oportunidad de gracia

Pero las reuniones también nos proporcionarán oportunidades maravillosas para escuchar y discernir. Las reuniones dan a las comu­nidades la posibilidad de tomar decisiones juntos, como comunidad. Para que esto no se haga realidad, los que se reúnen deben compro­meterse a compartir su herencia común, creando un clima de libertad para la discusión, y programando con coraje para el futuro.

Contar los sucesos del pasado (acción de gracias): En las reuniones en las que Dios está presente, recordamos nuestra herencia para renovarla. Escuchamos y narramos «nuestra historia». Volvemos a con­tar y oír los hechos del Señor en nuestra historia. Celebramos nuestra gratitud en la eucaristía y dejamos que nuestro corazón se llene de ac­ción de gracias, por haber oído las maravillas que ha hecho el Señor. Compartimos la oración y reflexión comunitarias porque creemos que la fe de los demás nos fortalece.

Crear clima de libertad (ambiente): El ambiente estará lleno de gracia, si todos se sienten ansiosos de escuchar. Si todos llegan sin tomar posiciones duras y sin prejuicios, convencidos de que el grupo debe buscar la verdad unidos, entonces el terreno estará preparado para que emerja ya la verdad.

Tomar decisiones para el presente (contenido): El contenido, sin importar lo concreto u ordinario que pueda parecer, estará lleno de gra­cia, si todos escuchan juntos la palabra de Dios, se escuchan al expo­ner las reflexiones personales sobre esa palabra, y toman decisiones partiendo de ella. Las decisiones de una comunidad que escucha flui­rán de su patrimonio espiritual, desarrollado a luz de las circunstancias actuales.

Las decisiones concretas no se reducirán a ser una repetición del pasado. Por el contrario, descubriendo los valores centrales de nuestro patrimonio, los concretizarán en un nuevo contexto.

Planificar para el futuro (previsión): Las reuniones tienen un papel muy importante que cumplir dentro de la providencia de Dios. Dios se preocupa del crecimiento de las comunidades por medio de sa­bias decisiones que gobiernan su futuro, en especial, la formación de los jóvenes, la formación continua de sus miembros, y el cuidado de los ancianos. Pero tales decisiones sólo pueden tomarse si los miem­bros de la comunidad están dispuestos a escuchar los datos que descri­ben su situación y preven sus necesidades futuras. La toma comunitaria de decisiones, basada en proyecciones reales, es una de las mane­ras en que la «providencia» influye en la vida de comunidad. El no prestar atención a los datos —por más difícil que resulte a veces el es­cucharlos con valentía— traerá como resultado una «ceguera y una sor­dera» lastimosas.

La persona que escucha y la comunidad que escucha se desarro­llarán, pues la escucha es el fundamento de toda espiritualidad. El que escucha recibe la verdad, la sabiduría, la seguridad de ser amado. Los que no escuchan crecerán en un mayor aislamiento.

Jesús, al igual que los profetas, sabía que la escucha es exigente y por eso, frecuentemente falta. Él lamentó esta ausencia: «Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane» (Mt 13, 15). También se alegró de su presencia: «Bienaventurados, en cam­bio,… vuestros oídos porque oyen» (Mt 13, 16).

En los últimos años, muchas congregaciones han intentado ayu­dar a los individuos, a las comunidades locales, y a las asambleas a es­cuchar mejor. En los Talleres, se ha puesto mucho empeño en fomen­tar las cualidades de la escucha práctica. Pero, ¿existen medios con los que las comunidades, en especial durante la formación inicial, puedan hacer más evidente la importancia de la escucha como fundamental para el crecimiento y desarrollo? Si la escucha es el fundamento de toda espiritualidad, que es la tesis de todo este capítulo, entonces, re­sulta crucial para el crecimiento de la persona y para la vitalidad de todas las comunidades.

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