La Congregación de la Misión, o «Nuestra herencia son los pobres»

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la Misión, En tiempos de Vicente de Paúl, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Varios Autores · Año publicación original: 1985 · Fuente: Imágenes de la Fe, número 195, año 1985.

Preparado por los padres paúles José Mª Ibáñez, Fernando Quintano y Celestino Fernández


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«Las guerras de religión» habían desga­rrado profundamente a Francia, hasta el punto de haber hecho de ella un «país de misión». La experiencia de Gannes-Folleville, agudizada por otras experiencias posteriores entre 1617-1624, hace constatar a Vicente de Paúl el bloqueo espi­ritual al que está sometido «el pobre pueblo» y la ignorancia de los sacerdotes. Algunos de ellos desconocen la fórmula de la absolución y otros muchos no saben ni leer ni escribir. Todo ello llevará a Vicente de Paúl a fundar, el 17 de abril de 1625, la Congregación de la Misión. Tres compañeros más se le unen. Los comienzos son sencillos, al estilo de quien los realiza. Y «Dios bendice estos comienzos humildes». El Papa Ur­bano VIII la aprobará el 12 de enero de 1633. Organizada para remediar la miseria de los cam­pesinos, se encargará más tarde de la formación y santificación del clero mediante los ejercicios a ordenandos, conferencias sacerdotales y organi­zación de seminarios.

La Iglesia de los pobres

Jesús vino a anunciar a los pobres la Buena No­ticia y la Iglesia es su continuadora. Pero si la Iglesia no lo hace, o no lo hace preferentemente, ¿cómo creer en ella?, ¿cómo creer que la guía el Espíritu Santo? En 1621, en Montmirail, tiene lugar una escena que conmueve profundamente a Vicente de Paúl. Un protestante, con quien conversa expresamente para atraerle a la Iglesia, le acusa: «Por una parte, se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obliga­ciones y que no saben siquiera lo que es la reli­gión cristiana, y, por otra parte, se ven las ciuda­des llenas de sacerdotes y de frailes que no hacen nada. Puede que solamente en París haya hasta diez mil, que dejan a estas pobres gentes del campo en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto esté bajo la dirección del Espíritu Santo? Jamás lo creeré».

Vicente le da unas explicaciones de circunstan­cias, pero sabe que está intentando justificar lo injustificable. No es cuestión de palabras. Es consciente de que sólo cabe una respuesta con­vincente: realizar con hechos la verdad de que la Iglesia de Jesucristo es preferentemente la Igle­sia de los pobres.

Un año después va a Marchais, un pueblo al lado de Montmirail, acompañado de sacerdotes de notable valía, para misionar a los campesinos. El protestante, un año antes rebelde a toda argu­mentación, acude por curiosidad a los actos de la misión. Allí constata el interés con que se instruye a los ignorantes y los efectos que produce en los misionados. «Conmovido hasta las lá­grimas», se presenta a Vicente de Paúl y le dice: «Estoy dispuesto a entrar en la Iglesia, cuando usted quiera recibirme».

Mucho tiempo después, al recordar las escenas de Montmirail y Marchais, Vicente declarará: «iQué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y santificación de los pobres!».

Evangelizar a los pobres o «hacer efectivo el evangelio«

La Congregación, que Vicente de Paúl orienta y organiza, tiene «por herencia a los pobres y se da totalmente a los pobres». «Como Cristo debe ha­cerse agradable a su Padre y útil a su Iglesia». Por eso dirá a sus misioneros: «Somos los sacer­dotes de los pobres. Dios nos ha elegido para ellos. Esto es lo capital para nosotros, el resto es accesorio». «La obra por excelencia de Nuestro Señor, ¿no fue evangelizar a los pobres? Nuestro Señor nos pide que evangelicemos a los pobres, eso es lo que El hizo y lo que quiere continuar haciendo por nosotros. El Padre eterno nos aso­cia a los designios de su Hijo, que vino a evange­lizar a los pobres y que lo dio como signo de que el Hijo de Dios, de que el Mesías, que se espera­ba, había llegado».

Estas y otras frases, que podrían citarse de Vi­cente de Paúl, nos permiten señalar que el objeti­vo de la Congregación de la Misión queda claro para siempre: «Dar a conocer a Dios a los po­bres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el Reino de los cielos y que ese Reino es para los pobres».

Vicente de Paúl enfoca la evangelización de los pobres por medio de la Congregación de la Mi­sión a través de las misiones. En torno a la con­fesión general no sólo intenta proporcionarles una somera instrucción y una mejor catequesis, sino iniciarles en la vida cristiana e introducirles en la conversión adulta, mediante el anuncio de la palabra, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad, que completa y verifica esta evangelización.

Todo esfuerzo despejado por Vicente de Paúl y sus misioneros en orden a la predicación misio­nera, de matiz catequético, gira en torno a favo­recer el desarrollo de la vida de Jesús en la vida de los hombres, de los pobres. Esta óptica les hace insistir mucho en el vínculo que une la fe a la caridad. Su predicación se desdobla en un es­fuerzo educativo y en una orientación profunda de la vida. Por eso, al terminar las misiones, Vicente y sus misioneros establecen la «Cofradía de la Caridad», un organismo abierto y flexible a todos los pobres para ayudarles a salir de su mi­seria.

La experiencia de Vicente, que transmite a sus sacerdotes, de lo que es «evangelizar», es tan no­vedosa como el Evangelio: «Evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñarles los misterios necesarios para salvarse, sino realizar las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el Evangelio», es decir, generador de vida, fermento de transformación, de libera­ción, de salvación del hombre. Por eso comenta a sus misioneros: «Si hay algunos entre vosotros que piensen que están en la Misión para evange­lizar a los pobres y no para aliviarles, para reme­diar sus necesidades espirituales y no las tempo­rales, les respondo que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, noso­tros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el Reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis». Hacer eso es evangeli­zar de palabra y de obra».

La Congregación de la Misión, hoy

Vicente de Paúl no limitó ningún espacio al apostolado de sus misioneros. El carácter inter­nacional de «la pequeña Compañía», animado por el fundador, no se ha desmentido nunca a lo largo de los 360 años de su historia. Sin embar­go, el «equilibrio inicial», querido por él, refe­rente a las obras —actividad misionera y forma­ción del clero— no siempre ha permanecido: es la señal de que al tiempo de la itinerancia refor­madora le substituye progresivamente una Igle­sia de estabilidades. Como la mayoría de las co­munidades, la Congregación de la Misión ha ca­minado entre luces y sombras. Ha dependido tanto de los poderes civiles y eclesiásticos, que han solicitado sus servicios, como del número y de la mentalidad de los que la han integrado.

Las Asambleas Generales, celebradas durante es­tos años postconciliares, han reflexionado sobre la fidelidad evolutiva y creadora a la intuición evangélica de su fundador y la encarnación de ese espíritu en sus obras. La concienciación de transmitir el espíritu vicenciano al resto de la Iglesia, el ofrecimiento a grupos cristianos de una experiencia y una reflexión junto al mundo de los desheredados, la opción primordial por los pobres, la puesta en marcha de las misiones populares renovadas, especialmente en el mun­do rural, son aspectos de fidelidad al objetivo que asignó Vicente de Paúl a la Congregación de la Misión: «el servicio a los más pobres».

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