El hermano Jean Lostalot nació en Dax, el 17 de febrero de 1668 y nosotros sabemos que antes de su entrada en la Congregación de la Misión » había estudiado con éxito y aplausos de sus maestros y condiscípulos, en filosofía y en teología «.
Había sido precedido en la Misión por un hermano llamado Guillaume, quien, recibido en París, a la edad de veinte años, el 27 de mayo de 1680, cumplio en 1694 las funciones de superior del seminario de Pau.
Jean hizo su noviciado en Cahors donde fue admitido el martes 19 de abril de 1689. Desde los primeros días se destacó por su piedad y su regularidad; por ello le encargaron de poner a los nuevos seminaristas al corriente de todas las costumbres y de todas las prácticas del noviciado. El 21 de abril de 1691, pronunció sus votos en esta casa de Cahors, que abandonó pronto para ir a París, según el deseo que había manifestado.
En París como en Cahors, Jean Lostalot edificó a la comunidad por su piedad y su amabilidad. Los sufrimientos llegaron a poner trabas a su amor por el trabajo. Le enviaron una temporada a Versalles. Estando encargados los misioneros del servicio de la capilla real, tenían siempre en esta residencia algunos clérigos jóvenes. Versalles era como una casa de convalecencia para los estudiantes cuya salud dejaba que desear. Lostalot no se mejoró, y debió regresar a San Lázaro. Allí, se le colocó en la enfermería, donde se esforzó por prestar una cantidad de pequeños servicios a los demás enfermos. Al final de la primavera del año de 1693, fue enviado de nuevo a las afueras de París, a una granja de la Congregación. Entre sus compañeros se hallaba un joven sacerdote enfermo, el Sr. Bonnet, que fue, dieciocho años más tarde, superior general y que ha dado este testimonio del hermano Lostalot: «Nunca he conocido alma más pura, más sencilla, más desprendida de las cosas creadas». Este cambio de aires no resultó tampoco: escupir sangre hizo que volviese a la enfermería a primeros de julio.
Nada hacía prever un final próximo cuando, el jueves 13 de agosto, por la tarde, el enfermo hizo llamar al Sr. de la Salle para hacer su confesión general. Al día siguiente por la mañana, se hallaba sufriendo más todavía y le dieron la extrema unción. Reclamó el santo viático. Hacia la una de la tarde, los que estaban allí creyeron que se dormía, pero era el sueño de la muerte.
Era la víspera de la Asunción de la Virgen, por quien había sentido siempre una devoción especial. El mismo día de la fiesta, hacia las diez, fue enterrado en la iglesia, en la capilla de San Lázaro, cerca de las gradas del altar, al lado de la epístola.
La semana siguiente, la comunidad tuvo una conferencia sobre las virtudes del difunto, a quien se rindió este testimonio que había vivido de una manera perfecta, y en especial que nunca se le había oído pronunciar la menor palabra en detrimento de la reputación del prójimo. El Sr. Edme Jolly, superior general, que presidía la reunión, concluyó la charla con estas palabras: » éste es un santo joven a quien Dios acaba de llamar a él para recompensar su fidelidad…Hagamos lo que él hace, y esperemos poseer lo que él posee; él nos conseguirá gracias para hacerlo».
Noticia manuscrita.







