I.— Nacimiento
Como un mes después del nombramiento de san Vicente de Paúl para el cargo de capellán real de todas las galeras de Francia (8 de febrero de 1619), venía al mundo un niño a quien la Providencia le reservaba para la realización de sus intenciones caritativas para con los galeotes y los pobres esclavos de Berbería. Este niño era Jean Le Vacher; nació en Écouen, pueblo de la diócesis de París. Su padre, Philippe Le Vacher, y su madre, Catherine Butefer, tuvieron siete hijos de su matrimonio, cuatro niños y tres niñas. Jean Le Vacher, cuya vida resumimos, era el mayor. Entró en la Congregación de la Misión con su hermano siguiente Philippe. Sus otros dos hermanos se quedaron en el mundo, lo mismo que dos de sus hermanas; la tercera, a ejemplo de sus dos hermanos mayores, se consagró a Dios. Entró, en Paris, a las religiosas de la Visitación, en el monasterio de Santa María, fundado por san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal, y dirigido por san Vicente de Paúl. Esta familia contaba en el número de sus parientes al Sr. Duval, doctor y profesor de Sorbona, que era el amigo íntimo y el consejero de san Vicente de Paúl.
II.— Primeros años
Educado cristianamente por sus padres, Jean respondió a los cuidados que le prodigaron con su docilidad y tierna piedad. Muy temprano fue colocado donde un eclesiástico de los alrededores de Rouen quien, al iniciarle en los elementos de la lengua latina, se aplicó sobre todo a formar su corazón en la virtud y a darle una instrucción sólida sobre nuestra santa religión. Después de algunos años de estudio, Jean volvió a su familia que le recibió con gozo y consuelo. Su padre, encantado por sus buenas cualidades y su aptitud hacia las ciencias humanas, se dejó llevar fácilmente por la idea de que un brillante porvenir le estaba reservado; por eso, sin dudar que sus méritos le harían muy pronto notar, se determinó a enviarlo a París, dejándole libre de continuar sus estudios para la carrera hacia la cual se sintiera más inclinado.
En esta capital, donde su hermano Philippe ya le había precedido para disponerse al estado eclesiástico, llevó, en medio de los peligros que le rodeaban por todas partes, una conducta edificante y en relación con la educación cristiana que había recibido. Sus gustos no parecían llevarle a consagrarse al servicio del Señor, y a seguir el ejemplo de su hermano Philippe, en efecto, a fin de estar en condiciones de corresponder mejor a los designios del Altísimo, había entrado en el colegio de los Bons-Enfants, y Jean iba a menudo a visitarle. Tal vez incluso una grande deferencia por los deseos conocidos de su padre como su timidez le impedían manifestar sus inclinaciones.
III. — Vocación
Las raras cualidades de que estaba dotado y que se manifestaban a pesar de su modestia, atrajeron sobre Jean la atención de mucha gente y la estima de todos los que le conocieron; se le propusieron incluso partidos ventajosos. El estimable joven prestó el oído a estas propuestas y fijó su elección; los votos del padre iban así a ser realizados, y se fijó el día del contrato de su matrimonio. Pero el Señor que se complace en deshacer la sabiduría humana, en hacer servir a sus designios a los medios que parecen más opuestos a su cumplimiento. Le esperaba allí para manifestar su voluntad y llamarle a una vocación más sublime. En la determinación de las condiciones del contrato, surgió un diferendo entre los partidos y le hizo posponer.
Este incidente, que hubiera sido bastante indiferente para muchos, fue para Jean Le Vacher la ocasión de reflexiones serias y hasta de grandes inquietudes acerca de su vocación. Se fue a comunicárselo a su hermano a los Bons-Enfants. Éste como hombre prudente no quiso decidir nada ni dar un consejo sobre un punto tan importante como como el de la elección de un estado de vida. Además, tenía a su lado a un hombre al que su experiencia y su santidad ponían en condiciones de dar sabios consejos sobre un asunto tan delicado: era san Vicente de Paúl.
Acogido por san Vicente con su benevolencia ordinaria, Jean le expone lo que acababa de pasar, la irresolución en que se veía su alma desde este incidente, y hasta las inquietudes que se habían manifestado sobre su primera vocación. Al cabo de unos momentos de reflexión, san Vicente, iluminado sin duda de lo alto, adivinó, bajo esta débil envoltura, un alma de apóstol, y le dijo sin dudarlo:
«Dejad el mundo, y venid con nosotros a San Lázaro, el Señor os llama a anunciar su santa palabra». Para quien conoce a san Vicente, esta decisión debe parecer bien sorprendente; ya que es la primera y tal vez la única vez que haya hecho oír un lenguaje semejante. Este santo hombre tenía por máxima la de no atraer a nadie directa ni indirectamente, a lo que él llamaba la pequeña Compañía; máxima que ha pasado a las tradiciones de la Misión y que ha sido observada siempre fielmente.
IV.— Colegio de Bons-Enfants. — Entrada en la Congregación
El Sr. Jean Le Vacher no tardó en dar a conocer esta decisión a su hermano quien, por su parte, le instó con fuerza a caminar por esta vía en la que el Señor quería introducirle. Jean, después de poner en orden sus asuntos, se dirigió pues al colegio de los Bons-Enfants, donde pasó tres años en el estudio de las ciencias eclesiásticas. El Sr. Philippe Le Vacher se decidió igualmente a entrar en la Congregación; y estos dos hermanos, que se querían mucho, y que estaban ya tan unidos por los lazos de la sangre, resolvieron unirse más estrechamente todavía por los lazos del parentesco espiritual el 5 de octubre de 1643, ellos fueron a ofrecerse a san Vicente.
Su ofrecimiento generoso fue aceptado, y comenzaron su seminario o noviciado. Los dos hermanos pasaron con mucha piedad y edificación este santo tiempo de retiro, que era de dos años, después de los cuales fueron admitidos a hacer los votos en 1646. El Sr. Jean Le Vacher pagó el tributo, como consecuencia de su asiduidad al trabajo, una enfermedad que produjo inquietudes, sin que se prolongara demasiado después de todo. Pero su convalecencia por poco le resulta más funesta que la propia enfermedad. Para favorecer el restablecimiento de la salud del enfermo, el médico había creído deber ordenarle baños de río, y el Sr. Jean Le Vacher fue enviado a la isla de Louvier, cerca del arsenal, lugar ordinario en el que se tomaban esta clase de baños. Bueno pues, sucedió que habiendo cometido la imprudencia, sin saber nadar, de meterse río adentro, perdió el equilibrio, fue arrastrado y llevado por la corriente hasta el puente Marie. Allí, nuestro infortunado bañista se hubiera perdido sin remedio si no se le hubieran prestado prontos socorros. Cuando le sacaron del agua estaba sin conocimiento; por un momento se le creyó muerto. No obstante, recobró poco a poco los sentidos, y este accidente no tuvo consecuencias malas que se podían temer. Fue en 1647, cuatro años después de su entrada en San Lázaro, cuando este digno hijo de san Vicente fue promovido al sacerdocio.
La vida santa y regular del Sr. Le Vacher en el seminario y en los estudios, las grandes virtudes que había demostrado constantemente, indicaron que poseía ya en alto grado el espíritu y las cualidades de un buen Misionero, así como justificaron la llamada que san Vicente había hecho de este joven discípulo, de manera que el Superior de la Misión no tardara en darle una prueba de su confianza enviándole a una misión más peligrosa y más importante de lo que parecían pedir la edad y la inexperiencia de un joven sacerdote.
V.— Los esclavos cristianos en Túnez
Después de las breves y raras apariciones que hacían en Berbería los religiosos de la Trinidad y de la Merced, para rescatar a algunos esclavos con el producto de sus colectas, los esclavos cristianos apresados en el mar por los infieles se hallaban abandonados por completo, y privados de todo consuelo. Con demasiada frecuencia, en su desesperación, para sustraerse a los males que los abrumaban, abjuraban la religión cristiana y abrazaban la de Mahoma; o bien, se precipitaban a toda clase de desórdenes, buscando, en la satisfacción de sus pasiones brutales, una especie de compensación por la libertad que no tenían, cuando no ponían fin a sus días de la manera más trágica. Habiendo sido él mismo testigo de todos estos desórdenes, y habiendo experimentado la dureza de la tiranía que hacía sufrir a los pobres cautivos el capricho de estos amos inhumanos, san Vicente se ocupaba desde hacía tiempos de socorrer a estos desafortunados, y mendigaba los medio que tomar para hacer pasar a un sacerdote a estas comarcas bárbaras. Enterado de que los tratados, concluidos por Francia con la Puerta, autorizaban al Rey a mantener a un capellán con los cónsules, obtuvo del Sr. Martin, quien gestionaba por esa época el consulado de Túnez, que le enviara, en noviembre de 1645, al Srt. Guérin, uno de sus sacerdotes, con el hermano Francillon. Apenas hubo aparecido el hombre de dios en medio de los desdichados esclavos, cuando vio su entrega bendecida y coronada con un pleno éxito. No hacía más que dos años que se entregaba al alivio de sus miserias, y ya había llevado la paz y la felicidad a un gran número de almas, y aligerado los hierros de cantidad de cautivos, procurando a estos desafortunados la paz del corazón, enseñándoles a santificar sus penas, y suavizando en lo posible, las privaciones a las que estaban sometidos.
Pero este buen Misionero, a pesar de su celo y de su entrega, tenía demasiadas almas que consolar, demasiadas miserias que aliviar, para desempeñarse solo, y para responder a las voces que le llamaban de todas partes. En estos apuros, rogó a san Vicente que le enviara un segundo Misionero para ayudarle a recoger la abundante mies que le estaba confiada y que iba siempre creciendo. El santo fundador de la Misión accedió sin pena a esta demanda; y sabiendo que se necesitaban en aquellas regiones obreros prudentes, entregados, y sobre todo virtuosos, sus ojos se fijaron en el Sr. Jean Le Vacher.
VI.— El Sr. Vacher es enviado a Túnez
No debemos omitir aquí una circunstancia notable que tuvo lugar a su salida de San Lázaro, circunstancia que debe ser considerada como un signo visible de que el Señor aceptaba la vocación del Sr. Le Vacher y su piadosa entrega. El 18 de agosto el Sr. Le Vacher, acompañado de san Vicente, iba a franquear el umbral de la casa de San Lázaro, cuando, de repente, fueron detenidos por una visita tan agradable como inesperada. Era el Nuncio del Papa que venía a ver a san Vicente. Éste se sintió feliz por este encuentro con el prelado, y después de saludarle, le dijo, con su sencillez ordinaria: «Monseñor, venís a propósito para dar vuestra bendición a este buen sacerdote que parte para la misión de Túnez». El Nuncio, al ver al Sr. Le Vacher, se sorprendió al verle tan joven, despeinado a una misión que exigía obreros experimentados y consumados en virtudes. Volviéndose entonces hacia san Vicente, le dijo «Cómo, este niño? –Monseñor, le respondió san Vicente, él tiene la vocación para ello». Por último, el Nuncio, después de algunas palabras de felicitación y de ánimos, dio su bendición al joven Misionero, quien se puso en camino para Marsella.
Llegado a esta ciudad, donde la Congregación tenía una casa, el Sr. Le Vacher cayó enfermo. Unas semanas después, el Sr. Chrétien, superior de la casa, no observando mejora, informó a san Vicente que esta indisposición no permitía al enfermo continuar su viaje; no pudo tampoco callar su juventud para un puesto como el de Berbería. Pero san Vicente hizo poco caso de las reflexiones que le eran transmitidas, y persistió en querer que el Sr. Le Vacher pasara a África sin más tardar, y respondió al superior de la casa de Marsella, obligándole que hiciera partir lo antes posible al Sr. Le Vacher para Túnez: «Si vuestro enfermo está débil de manera que no pueda ir a pie al barco, hay que llevarle, y cuando haya hecho algo de camino por el agua, si no puede soportar el mar, que lo arrojen a allí». Esta respuesta da motivos de sorprender por parte de un santo tan benevolente como el fundador de la Misión con respecto de sus hijos, y tan compasivo con sus enfermedades; pero quería enseñar a este Misionero que debía abstenerse de juzgar la conducta de los demás, sobre todo de sus superiores, y limitarse a ejecutar las razones que recibía de ellos. San Vicente escribió también al Sr. Le Vacher, pero en un tono más suave; tan sólo le comprometía a hacer lo posible para acelerar su partida, y a no hacerse a la mar hasta que sus fuerzas se lo permitieran. Éste, comprendiendo bastante las intenciones de su venerado Padre, aprovechó la primera ocasión que se presentó, a pesar del deterioro de su salud. Apenas hubo hecho veinte o treinta leguas en el mar, cuando comenzó a sentirse mejor, y desembarcó en Túnez el 22 de noviembre de 1647, con bastante buena salud.
VII. — El trabajo apostólico en Túnez .- Enfermedades
Los dos misioneros, según la medida de sus fuerzas, rivalizaron en celo y en dedicación. En esta época, la peste hacía estragos entre los turcos y los esclavos cristianos. La ocasión no podía ser más hermosa para el Sr. Le Vacher para inaugurar su ministerio apostólico. El Sr. Guérin se cuidaba de moderar el celo y la caridad de su cohermano, pero él mismo no se cuidaba ni de noche ni de día. Tantas fatigas le trajeron una indisposición, sin llegar a las consecuencias que se podían temer; algunos días después, pudo, en efecto, volver al ejercicio de su ministerio de consuelo entre los enfermos, aunque sus primeras fuerzas no se hubieran recuperado.
Con una salud frágil y delicada, el Sr. Le Vacher no descuidó nada para que los enfermos de las mazmorras y los que se hallaban en las casas particulares no tuvieron que sufrir por la indisposición de su cohermano y, en poco tiempo, había adquirido la confianza y la admiración de todos.
«Los pobres esclavos, contaba san Vicente, se alegraban cuando iba a visitar las galeras. Se precipitaban donde él, le cogían las vestiduras, de manera que apenas lograba abrirse camino».
Todos estos trabajos cumplidos de la mañana a la noche, sin tregua ni descanso, el aire corrompido que respiraba continuamente, el cambio introducido en su modo de vivir debilitaron no su celo, sino las fuerzas del joven Misionero, hasta el punto que se podría creer por un instante que había llegado la hora para él de ir a recibir en el cielo la recompensa de su caridad. Pero las súplicas de los que había santificado y devuelto a la vida de la gracia, las oraciones de los desdichados a quienes había introducido en el seno de la gloria, hicieron una sana violencia al Señor, y el contagio lo perdonó; al cabo de unos días, pudo volver a los trabajos caritativos. Esta curación fue tanto más agradable para el Sr. Guérin, que el temor de perderle le había sido de los más sensibles. Pero la alegría del Sr. Guérin no duró mucho. El Sr. Le Vacher apenas comenzada la convalecencia, y no haciendo más caso que de su celo, se volvió al trabajo con nuevo ardor, queriendo compensar de alguna forma para con los enfermos los cuidados que su enfermedad le habían impedido dedicarles.
El 27 de abril de 1648, se vio obligado a detenerse, le agarró la peste como consecuencia de las visitas seguidas hechas, durante varios meses, a algunos cristianos atacados del mal contagioso.
El Sr. Le Vacher quedó pronto reducido a tal extremo que se le dio por muerto; el Sr. Guérin, aprovechando la salida de un barco para Marsella, transmitió a san Vicente la noticia del fallecimiento de su cohermano, y preparó la ceremonia de los funerales, dejando al hermano Francillon a su lado. Éste, sumido en lágrimas y dolores, no podía apartar su vista del querido Misionero, y una voz interior le decía sin cesar que no estaba muerto. Llevado por este sentimiento, antes de colocarle en el ataúd, quiso asegurarse de nuevo del fallecimiento del Sr. Le Vacher, se acerca a él y, con la ayuda del mango de una cuchara de plata, trata de separarle los dientes. Mientras se hallaba ocupado en esta operación, una señal de vida se manifiesta de pronto. Al verlo, el buen hermano, siente latir su corazón de temor y de esperanza, corre a buscar un licor específico y se lo da al enfermo que comienza poco a poco a recobrar los sentidos. Esta feliz resurrección cambió la tristeza en de los espectadores en un júbilo indecible. Es más fácil, en efecto, comprender que explicar la felicidad que experimentaron el Sr. Guérin y el hermano Francillon al ver revivir al cohermano a quien creían haber perdido sin remedio.
VIII. — La muerte del Sr. Guerin. – Visitas a los esclavos
Devuelto a la vida, el Sr. Le Vacher fue recuperando las fuerzas poco a poco, pero pocos días después, el buen hermano mismo cae enfermo de una doble peste. El Sr. Guérin obligado a multiplicarse en el servicio de los apestados, y de sus dos cohermanos, no teniendo, en un tiempo en que la guerra interrumpía el comercio, en que el hambre se añadía a la peste, más que malos y pobres alimentos para sobrevivir, cayó enfermo también del mal contagioso. Hemos visto ya cómo el hermano Francillon en lucha con la enfermedad se entregó para cuidar a los dos sacerdotes; pero no pudo salar más que al Sr. Le Vacher. La enfermedad del Sr. Guérin siguió avanzando y una muerte preciosa delante de Dios no tardó en coronar sus caritativos trabajos, el 13 de mayo de 1648.
El Sr. Le Vacher debió pues a su vez, pero lamentablemente con más fundamento, comunicar a san Vicente el fallecimiento del Sr. Guérin. No obstante, hallándose aún demasiado débil para escribir, tuvo que servirse de una mano extraña para anunciarle esta triste noticia; él no hizo más firmar la carta, y aun así de manera tan poco legible, que resultaba fácil de ver el estado de debilidad en que se hallaba. Esta carta le llegó a san Vicente pocos días después de la expedida por el Sr. Guérin. Estas dos misivas le hundieron en una ansiedad extrema y no sabía qué pensar sobre estas extrañas noticias, no habiendo sido avisado previamente de la enfermedad del Sr. Guérin. Lo que aumentaba su dolor era ver el modo como estaba firmada la carta del joven Misionero cuya escritura no reconocía. Las inquietudes y las confusiones que le producían estas cartas, afirmando y contradiciendo lo que contenían, duraron hasta que hubo recibido del Sr. Le Vacher una carta que contenía detalles más precisos una vez que éste estuvo en condiciones de escribir por su propia mano.
En el mes de junio de ese año de 1648, el Misionero se dirigió a Bicerta. Se armaban allí dos galeras para faenar, y preparó a los cristianos que debían formar parte de la expedición a la recepción de los sacramentos. «Antes de nuestra separación, comunicó a su venerado Superior, preparé un pequeño festín para más de quinientos esclavos cristianos que las montaban; compré dos bueyes, que les distribuí con otros quinientos panes; y además, mandé poner en cada galera un quintal de bizcocho blanco para ser repartido entre los que cayeran enfermos durante el viaje.
«De allí me fui a visitar a los esclavos de Sidy-Regeppe. Los encontré sin cadenas, por lo que reconocí que su patrón me había guardado la palabra; porque la última vez que le había visto, me había prometido descargarlos de esos hierros insoportables.
IX. — El consulado de Túnez
Fue en el curso de estas ocupaciones en Bicerta, a comienzos de julio de 1648 cuando el Sr. Martin, cónsul, encontrándose indispuesto, le envió por su intermediario la orden de venir a verle. Comprendiendo la importancia de un sustituto capaz, íntegro y entregado, El Sr Martinde Lange propuso a l Sr. Le Vacher que aceptara su empleo, en caso de que el Señor dispusiera de él y hasta que se dignara el rey designar a un sucesor; el Misionero se excusó. Pero habiendo muerto el cónsul poco después, el bey encargó al Sr. Le Vacher ejercer las funciones del consulado.
Único encargado de la salvación de cinco o seis mil esclavos y, en este tiempo de peste y de hambre, de una parte de su subsistencia material, el Sr. Le Vacher temió que no podrías sostener este peso de más. Por eso pidió a san Vicente que hiciera lo posible para librarle de ello. El consulado era entonces un cargo que se podía comprar como los oficios de judicatura, y que pagaba canon al Estado, en lugar de no recibir nada de él. Como se podía ejercer el poder sin control, requería una gran probidad; por otra parte, y aunque fuese una función puramente secular, tocaba, en muchos de sus deberes, a los intereses de Dios. Por ello la duquesa de Aiguillon quien, dos años antes, había comprado el consulado de Argel, y sabía todo el bien realizado por el Sr. Philippe Le Vacher, realizó la adquisición del de Túnez, que ofreció, con el permiso del rey, a la Congregación de la Misión, rogando a san Vicente que él mismo nombrara para este puesto.
El Superior general de la Misión, a pesar de su distanciamiento en lo que se refiere a los asuntos temporales, aceptó este consulado, con el único fin de utilizarlo como medio muy eficaz de avanzar el bien de la religión y de procurar la santificación de los esclavos. En efecto, cónsules elegidos por él, sin otro interés que el servicio de Dios y del prójimo, que una misma intención con sus sacerdotes, podían ser infinitamente útiles a la obra de esta misión. Todos, sacerdotes y cónsules, debían vivir juntos como hermanos, poner todo en común, sostenidos por el consulado y limosnas enviadas de Francia y, después de descontar su modesto mantenimiento, consagrar todo lo demás a la asistencia corporal y espiritual de los pobres cristianos cautivos, y a la liberación de los que, por falta de algunas piastras, no tenían elección más que entre una perpetua esclavitud o la apostasía. La necesidad era tanto más acuciante cuanto que esta desgracia había sucedido varias veces, desde el año 1644, en que los Trinitarios y los Maturinos habían interrumpido sus redenciones.
X. — El Sr. Vacher, cónsul. – Su encarcelamiento
San Vicente consintió pues en designar, para el consulado de Túnez, como lo hacía para el de Argel, a las personas más propias para su plan, y señaló al Sr. Higuier para el de Túnez. A pesar de sus eminentes cualidades, éste no pudo hacerse aceptar entre los turkos, que quisieron conservar al Sr. Le Vacher y encadenaron al Sr. Huguier; su cohermano debió dar mil cien libras para obtener su libertad. Después de pasar algún tiempo en Túnez para aliviar al Misionero en su cargo, el Sr. Huguier regresó a Francia y más tarde a Berbería. El Sr. Le Vacher debió pues al trabajo y hacer frente a las dos funciones de cónsul y de misionero; así las cosas hasta 1653.
Durante el tiempo que el Sr. Le Vacher estaba solo en Túnez, llegó a tres o cuatro leguas de esta ciudad una barca de esclavos recientemente apresados. Creyó que era su deber visitarlos para proporcionarles los auxilios que su estado podía reclamar y prodigarles los consuelos que necesitaban; pero, temiendo experimentar retraso o una negativa, se descuidó en proveerse de una autorización del bey para salir de la ciudad. Éste no bien se enteró de la salida del Misionero que le mandó arrestar y llevar a la prisión; pocos días después, el bey cayó gravemente enfermo y se le hinchó considerablemente todo el cuerpo. Pues bien, hablando durante su enfermedad sobre el arresto del Sr. Le Vacher con uno de los que le atendían, éste que tenía, aunque musulmán, una alta idea de la virtud del Misionero y de la rectitud de sus intenciones, le expresó que no salió más que para llevar socorros a unos desgraciados; el bey, impresionado por estas consideraciones, ordenó su puesta en libertad y mandó que le entregaran un regalo de mucho valor. El Misionero, manifestando su agradecimiento por la benevolencia del bey, se excusó de aceptar el presente. Informado el bey de este acto de desinterés, se sintió muy conmovido y concibió una gran veneración por el siervo de Dios. Pero toda la gracia estuvo en el alivio súbito que experimentó el bey, en su enfermedad; ya que apenas hubo ordenado que no se tuviera más al Misionero en prisión cuando sintió que se le calmaron los dolores, y la hinchazón disminuyó hasta tal punto que al día siguiente pudo pasear por su jardín. Esta mejora de su salud le sorprendió de tal manera que le contó el efecto al Sr. Le Vacher. Le envió a buscar y le dijo que le concedía en adelante ir, con toda libertad y sin necesidad de pedirle ningún permiso, a todas partes donde quisiera y sin preocuparse de nada; se declaró su amigo sincero, añadiendo que, si necesitaba escolta, se la daría de su guardia.
Las promesas del bey no fueron vanas ya que poco tiempo después, como hubiera llegado a una nueva galera cargada de esclavos cerca de Túnez, el Sr. Le Vacher pudo ir con toda facilidad a socorrer a estos desdichados y ejercer entre ellos el celo de su caridad compasiva, sin que nadie pusiera el menor obstáculo al cumplimiento de su obra.
XI. — Le despojan del consulado
El Sr. Jean Le Vacher hubiera querido pasar sus días enteros en las mazmorras, yendo a consolar por las casas de los particulares a los esclavos a quienes su presencia les podía ser útil, para afirmarlos en la fe, enseñarles a santificar sus tribulaciones, y animarlos en las luchas que muchos tenían que sostener contra amos crueles. Hubiera querido también multiplicar sus excursiones por las macerías para instruir a los esclavos y procurarles con mayor frecuencia el favor de participar en los santos misterios. Deseaba ardientemente poder hallarse a la llegada como a la salida de las barcas corsarias, para prodigar los cuidados del alma y del cuerpo a los infortunados que las superaban, y adelantarse así a una funesta desesperación. En una palabra, su celo le llevaba a entregarse del todo a la misión de paz y de caridad para lo cual había sido enviado a estas regiones bárbaras. El consulado reclamaba también sus cuidados y repartía sus jornadas, al mismo tiempo que aumentaba considerablemente sus solicitudes; por eso, en todas sus cartas, al hacer el relato de sus ocupaciones y de las bendiciones con que el Señor acompañaba sus trabajos, hacía renovadas instancias ante su venerado Padre, para que le enviara una ayuda con la que pudiera descargarse de los cuidados temporales. Por su parte, san Vicente comprendiendo cómo estaba interesada la gloria de Dios en que dejara al misionero exclusivamente entregado a las funciones de su santa vocación, están buscando a un sujeto capaz de gestionar el consulado. Por fin creyó haber encontrado al hombre que buscaba, iba a hacer pronto cuatro años, en la persona del Sr. Martin Husson, abogado en el Parlamento de París, que residía en este momento en sus tierras de Montmirail.
Desprendido del cuidado del consulado, el Sr. Le Vacher pudo a partir de entonces consagrar todo su tiempo a la salvación de los cautivos, y llevar, con toda la prudencia exigida por las circunstancias, a los desdichados que, para sustraerse a su dura esclavitud, habían abjurado de su religión. Los trabajos del Misionero fueron coronados con tanto éxito que el bey, ante esta noticia, montó en cólera y llamó al Sr. Le Vacher. Apenas llegado el Misionero a su presencia, cuando el bárbaro le dijo sin más preámbulo: «Sal de la ciudad, y no vuelvas a poner los pies en ella; porque me he enterado de que, con artificios, impides a los cristianos que piensan en cambiar de religión hacerse turcos y abrazar la ley de Mahoma».
XII.— Nuevas tareas apostólicas
El Sr. Le Vacher obedeció y partió inmediatamente, acompañado de un guarda y de un intérprete, para Bicerta. Dos barcas cargadas de esclavos le habían precedido hacía pocos días, y la Providencia se había servido del bey de Túnez evidentemente para enviarle a socorrer a estos desdichados. Logró de su amo que fueran desencadenados.
El celo del Sr. Le Vacher, en Bicerta, no fue inactivo. Dio a los esclavos de las cinco mazmorras de esta ciudad todos los cuidados que dependían de él. «Encontré, escribía a su venerado Padre, a cuarenta encerrados en un establo tan pequeño y tan estrecho, que apenas se podían mover. Sólo recibían aire por un tragaluz cerrado de una reja, que está en lo más alto de la bóveda. Todas están encadenados de dos en dos y continuamente encerrados, y no obstante trabajan moliendo trigo en un pequeño molino de mano, con la obligación de moler cada día una cierta cantidad impuestas, que sobrepasa sus fuerzas. Ciertamente, esta pobre gente se alimenta de verdad con el pan del dolor, y pueden decir que se lo comen con el sudor de su cuerpo en este lugar caluroso y con un trabajo excesivo».
De vuelta a Túnez, el Sr. Le Vacher siguió con sus trabajos caritativos en la ciudad y sus carreras apostólicas por los alrededores; pero nuevas dificultades, otras persecuciones le esperaban allí. Al oponerse a la introducción de mercancías de Europa cuya exportación a los países infieles estaba prohibida por los cánones de la Iglesia y por las leyes civiles, fue expulsado de nuevo de la ciudad. Pero, con los informes que llegaron al bey de que el Rey de Francia podría muy bien pedirle cuentas por este trato infligido injustamente a sus súbditos, le permitió regresar.
Los esclavos cristianos, al conocer su regreso, fueron en masa a su encuentro con un ansia indecible. Aquella pobre gente, al volverle a ver, no sabían qué hacer para manifestarle su alegría; le llamaban su padre, su salvador.
Tantos actos de caridad evangélica y de entrega tan absoluta en procurar el alivio espiritual y corporal de los esclavos, excitaban la admiración de los turcos. El Sr. Le Vacher no conocía menos a pesar de todo las malas ideas del bey.
XIII. — Afrentas suscitadas contra el sr. Le Vacher. –Dimisión del Sr. Husson.
El bey necesitaba para sus embarcaciones tela para velas; y como no se fabricaban casi en ninguna parte sino en Francia, quiso que el Cónsul se encargara de conseguirlas. El Sr. Husson que sabía que estaba prohibido por las leyes de la Iglesia y del Estado comerciar esta mercancía con los infieles, rechazó la comisión. El bey, entonces, se dirigió a un mercader de Marsella que no fue tan escrupuloso y prometió al bey todo lo que quiso. El Cónsul, enterado de ello, se fue a buscar al mercader para informarle que obraba contra su conciencia y contra las leyes del reino, que por lo tanto ofendía a Dios y se exponía a ser severamente castigado; mas, a pesar de estas reprensiones, el mercader no quiso desistir de su plan. Entonces el Cónsul se vio obligado a redactar un proceso verbal sobre este asunto y enviárselo al Rey, quien a continuación dio órdenes a los oficiales de los puertos de Provenza y de Languedoc de vigilar cuidadosamente para que no se cargara ninguna mercancía de contrabando para Berbería.
El bey, ni viendo llegar cotonine, sospechó que se habían obstaculizado sus planes; al punto echó las culpas al Sr. Le Vacher y, habiéndole mandado llamar, le produjo una escandalosa afrenta. No sabiendo cómo castigarle, «Quiero, le dijo, que me pagues 275 piastras que me debe el caballero de la Ferrière; ya que tú eres de una religión que pone en común los bienes y los males, por eso quiero culparte a ti». A esto el Sr. Le Vacher respondió que los cristianos no estaban obligados a pagar las deudas unos de los otros. Además, no siendo más que un pobre morabito de los cristianos y teniendo a penas para vivir, no podía pagar las deudas que podían hacer un caballero de Malta y un capitán de navío. «Di lo que quieras, le replicó el bey; pero quiero que se me pague»; y a eso añadía amenazas, en caso de negativa; por último le obligó a saldar esta suma.
Pero aquello no era sino el comienzo de una venganza brutal y de la amargura de su resentimiento. Aguardó la ocasión de vengarse más directamente del Cónsul; ésta se presentó pronto. Los navíos del gran duque de Toscana se apoderaron de un barco tunecino dotado de trece turcos y los llevaron a Livorno. Era suficiente para culpar al Sr. Husson. «Es necesario, le dijo, que te obligues a hacerme devolver a mis súbditos. –En buena hora, si fuera en Francia, responde el Sr. Husson; pero un «cónsul francés no tiene nada que prescribir al duque de Toscana».
Por buena que fuera esta razón, no podía nada frente a la pasión irritada del bey, tanto menos por sentirse apoyado por los ingleses y hasta por los nacionales del Cónsul. Sin otra forma de proceso, el bey expulsó ignominiosamente al Sr. Husson de Túnez, en abril de 1657.







