Isabel Ana Bayley Seton. Mujer de misión (III)

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Betty Ann McNeil, H.C. · Año publicación original: 2001 · Fuente: Ecos 2001.
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La espiritualidad de Santa Isabel Ana Seton tomó raíces en su amor a Dios y a su familia. Ya de muy joven, gustaba leer la Biblia y se servía de ella como fuente de oración. Tenía predilección por el Salmo 23. Episcopaliana y católica a la vez, Madre Seton apreciaba el oficio litúrgico y se mostraba una ferviente «comulgante». Su vida de oración la llevó al servicio del prójimo y de los pobres especialmente por medio de sus actividades educativas.

Los temas de la espiritualidad setoniana son numerosos: el amor a la Eucaristía, la Sagrada Escritura, la búsqueda de la voluntad de Dios, el anhelo de la eternidad, y la devoción a María, la Madre de Dios. El camino espiritual de Madre Seton era el de la mutualidad. En ese camino involucró a otros: a sus consejeros, amigos, colaboradores, y a aquéllos a quienes servía. Discernía la voluntad de Dios a través de lo que ellos le hablaban, sobre todo sus directores espirituales, a quienes ella consideraba como puestos por Dios en su camino. Tenía una confianza inquebran­table en la Providencia Divina. Socorrer a los pobres era prioritario, incluso anterior a su conversión. Isabel fue una mujer de la Palabra y de la Eucaristía que vivió el Misterio Pascual a través de las múltiples pruebas de su vida, pruebas salvadoras, consideradas a la luz de la eternidad.

Los temas espirituales

Isabel vivió íntimamente unida a su Dios, un Dios misericordioso, quien hizo que su vida estuviera llena de amor y de esperanza, una vida en la que se mezclaron alegrías y penas y también consuelos. Isabel vivió una vida ordinaria de una manera extraordinaria. La Palabra de Dios y la Eucaristía eran los pilares sobre los que cons­truía su vida. Éstos le dieron la fuerza y la capacidad de ser una persona que:

  • amaba a Dios, a su esposo, a sus amigos, a sus alumnos, a sus consejeros espirituales, a sus compañeras, a los pobres y a todo lo que Dios ha creado;
  • hacía fielmente obras de caridad y de justicia, se ocupaba de los huérfanos, de las viudas, de las familias pobres y de las personas necesitadas;
  • se preocupaba de los demás, tratando de solucionar las necesidades que en­contraba en las personas que vivían en la pobreza y entre los niños privados de instrucción, especialmente en lo relativo a la educación religiosa;
  • amaba la naturaleza y caminaba humildemente con su Dios en la oración, por los caminos del Espíritu.

Isabel Bayley Seton llegó a ser santa, no debido a su conversión al Catolicismo romano, sino por su modo de buscar y responder a la voluntad de Dios a lo largo de su vida. Sus raíces episcopalianas desarrollaron su santidad. Su vida de oración y meditación estaba ritmada fielmente sobre los modelos de la vida litúrgica de la co­munión anglicana en la Iglesia Protestante Episcopaliana de Nueva York. Fue una cristiana que comulgaba fervientemente en la Parroquia de la Santísima Trinidad y gustaba dedicar tiempo a orar en la Capilla de San Pablo que se hallaba cerca.

Aunque el conocimiento inicial de la joven Isabel se limitaba a la visión de un Dios juez, fue superando sus miedos a medida en que crecía en una relación más personal con Dios-Amor. Su anhelo de la Eternidad comenzó ya desde su infancia. En medio de las situaciones, incluso las de mayor prueba, podía decir: «Oh, pueda yo verdaderamente amar Dios, pueda mi alma esforzase en serle agradable, pues incluso un ángel difícilmente podría expresar lo que Él ha hecho y continúa hacien­do por mi. Mientras vivo y mientras tenga vida, permitidme cantar las alabanzas de Dios hasta la eternidad».

El Salmo 23 fue una de las primeras oraciones de Isabel, de ella sacaba fuerza y consuelo. Durante toda su vida, este Salmo fue un tesoro de ayuda. «Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré porque tu estás conmigo (versículo 45). Su segundo superior en Emmitsburgo con quien tuvo muchas dificultades, el Rvdo. P. Juan Bautista David, S.S., le escribió: «Las Cruces, privaciones, y aflic­ciones parecen ser el lote que el Señor ha preparado a su alma. Ánimo, estimada Madre, son las preciosas joyas con las que el Esposo Divino se complace en adornar a su esposa».

Las diferentes facetas de la vida de Isabel Bayley Seton comprenden sus co­metidos de hija, esposa, madre, bienhechora, viuda, educadora, religiosa, y funda­dora. Algunos de los principales temas espirituales que impregnan su vida y sus escritos, tratan de la búsqueda de la voluntad de Dios, de la dependencia la Pro­videncia Divina, del servicio a Jesucristo en la persona de los pobres, de la manera de vivir el Misterio Pascual, del hecho de ser hija de la Iglesia, del hambre de la Palabra de Dios, de la confianza en María, Madre de Dios, y de su gran deseo de tender hacia la eternidad.

La voluntad de Dios

La búsqueda de la voluntad de Dios era el aspecto más importante de la vida de Isabel. Estaba profundamente convencida de que esto constituía el centro de su es­piritualidad. Veneraba siempre los designios del Todopoderoso. Su capacidad de amar crecía a medida en que profundizaba su conocimiento de Dios. Según sus pro­pias palabras: «Si hacemos buen uso de Su Voluntad, encontraremos la verdadera felicidad. Mediante nuestra perseverante sumisión, obtendremos su Amor infinito que es la mejor bendición». El haber vivido esta actitud la preparó para una situación crucial que le tocaría vivir: como Católica Romana, experimentó el rechazo de su familia y de sus amigos, lo que dificultó su capacidad de sostener a los suyos.

Isabel, hija de un médico que a menudo estaba ausente del hogar, pasó su niñez privada de la presencia de su madre, aislada y rechazada por su madrastra. Ella y su hermana pasaron muchos veranos felices con su tío Will Bayley en New Rochelle cerca de Long Island Sound, cuyas playas le hicieron descubrir las belle­zas de la naturaleza, en las conchas, los pájaros, las flores,… Siendo adolescente, con problemas, Isabel expresaba sus conflictos interiores y sus sentimientos en su diario íntimo.

La Divina Providencia

A pesar de las pruebas y desgracias, Isabel confiaba en la Providencia, creyen­do firmemente que «nuestro Dios tiene sus tiempos y momentos para todo». Esta mujer, esposa de William Magee Seton, dio nacimiento a cinco hijos en siete años. Los sueños e ilusiones del matrimonio se vieron pronto truncados por problemas familiares: enfermedad y preocupaciones surgieron después de sólo ocho años de felicidad. Sin embargo ella permaneció fielmente entregada a sus obligaciones familiares. El camino espinoso por el que Dios la llevó, incluyó los cuidados que hubo de prodigar a los miembros de su familia enfermos y moribundos, el hacerse cargo de los huérfanos de la numerosa familia, el apoyo a su marido en medio de los reveses de fortuna en los asuntos que por fin terminaron en quiebra. Isabel se preocupó del estado de salud de su marido durante sus viajes, debido a la epidemia de fiebre amarilla que hacía estragos en Nueva York. A los veintisiete años, cuando estaba muy comprometida en las obras caritativas y sociales de su parroquia, su marido comenzó a mostrar las primeras señales de tuberculosis.

Ver a Cristo en los Pobres

Servir a los pobres, especialmente a las mujeres y a los niños necesitados y en quienes veía a Cristo, era importante para Isabel y para otras feligresas devotas de la Iglesia Episcopaliana de la Santísima Trinidad de Nueva York. Su vida de oración la condujo al servicio cristiano de su prójimo mediante el servicio a los pobres, especialmente a través de la enseñanza en la escuela. Tenía una sed innata de obras de caridad y de justicia. En 1797, junto con otras feligresas devotas de la Iglesia Episcopaliana de la Santísima Trinidad de Nueva York, creó una Asociación para socorrer a las Viudas pobres y a sus hijos. Había quién llamaba a sus miem­bros «las Hermanas protestantes de la Caridad». Fue la primera organización ca­ritativa de los Estados Unidos llevada por mujeres. Esta asociación fue erigida no solamente para socorrer a familias necesitadas, sino también para promover la educación escolar de los niños, crear empleo para sus madres, y ofrecer ayudas a las familias pobres con débiles ingresos. Isabel no descuidaba ningún detalle en la organización de las tareas, y cuando desempeñó el cargo de tesorera se hicieron patentes sus cualidades de líder.

El Misterio Pascual

Isabel tuvo que vivir muy pronto el Misterio Pascual en su propia vida, obligada a hacer frente a la viudez en tierra extranjera a la edad de veintinueve años. El matrimonio Seton, puesto en cuarentena en el lazareto, tuvo que pasar por el crisol del sufrimiento que les dio la posibilidad de abrazar la cruz de Cristo bajo diversas formas: pobreza, enfermedad, e injusticia. Todo esto se convirtió para ella en un trampolín hacia la santidad. Durante este tiempo de agonía, escribía: «Dios está con nosotros y, si los sufrimientos abundan, sus consuelos van a sobreabundar y superar todo lenguaje humano… No solamente estaba dispuesta a tomar mi cruz, sino también a abrazarla».

Después de la muerte de su marido a quien amaba de verdad, Isabel, única responsable de la familia, ya no podía vivir según sus opciones, sobre todo cuando se hizo católica. Mientras luchaba para sobreponerse a su propia pena, se vio reducida a depender de los demás para atender a las necesidades de su familia. Rota por el dolor, Isabel encontró muchos obstáculos con relación a la comida, al vestido para sus cinco hijos (de edades comprendidas entre tres y diez años) y a su educación escolar. En su profundo espíritu de Fe, escribió:

«Si no hubiéramos conocido y amado a Dios, no hubiéramos experimentado sus consuelos y abrazado la reconfortante esperanza que Él ha colocado ante nosotros. Si no hubiéramos encontrado nuestras delicias en el estudio de Su

Palabra y de Su Verdad, ¿qué hubiera sido de nosotros?.

Hija de la Iglesia

Ferviente episcopaliana durante largo tiempo, Isabel recibía la santa comunión en memoria de la última Cena y veneraba la santa liturgia. La creencia católica romana en la presencia real en la Eucaristía llevó a Isabel a la búsqueda de la verdad.

Oraba para estar en la verdadera Fe si es que no estaba aún. Para ella, la Fe era un regalo enraizado en el corazón y no en la cabeza. Su decisión de convertirse tenía consecuencias de un alcance considerable. El precio que había pagado por ello hacía resonar en su corazón cánticos de alabanza a Dios por el don inestima­ble de la Fe. En las últimas horas de su vida, exhortaba a cuantos estaban reunidos en torno a ella, repitiendo: «Sed hijos de la Iglesia, sed hijos de la Iglesia».

Como católica romana, el amor de Isabel hacia Jesús en la Eucaristía la sostuvo en su servicio al prójimo y en su misión de caridad. Su devoción a la Eucaristía y su fe en la presencia constante de Dios nutría su imitación de Jesucristo, fuente y modelo de toda caridad. En definitiva, Isabel se consagró a Dios para servirle en la persona de los enfermos, de los pobres materialmente y de los niños no esco­larizados.

La Palabra de Dios

Isabel tuvo hambre de la Palabra de Dios durante toda su vida. La Biblia la acompañó a lo largo de todo su caminar en la Fe. A través de las alegrías y combates de la vida, oró con un acento bíblico que revelaba su relación personal con Dios, al mismo tiempo que le ayudaba a llevar a los demás por los caminos del Espíritu. Su enraizamiento en la Palabra de Dios hizo a Isabel capaz de vivir los acontecimientos como se presentan, desde la serenidad, y de enseñar a los demás que: «la pequeña lección cotidiana consiste en permanecer discreta y apa­ciblemente en la presencia de Dios; … alabarlo y amarlo en días de nubarrones y en días sol, es —decía— todo mi interés y toda mi preocupación».

La Madre de Dios

Isabel trataba de imitar la maternidad de María, Madre de Jesús, cuyo ejemplo la llevaba a comprender su cometido en la Iglesia: «Jesús en María, María en Jesús en nuestras oraciones…, —su nombre tan a menudo pronunciado en el Divino Sacrificio—». Isabel consideraba a María en relación con su Divino Hijo.

«A la Madre de la Santísima Trinidad desde toda la eternidad… la honramos siempre junto a Jesús. Durante los nueve meses que vivió en ella, ella sola Lo conocía, ella era su único tabernáculo. María, llena de gracia, Madre de Jesús. Amamos y honramos a Jesús cuando la amamos y honramos a Ella … María nos conduce al amor a Jesús, nuestras oraciones pasan por su corazón lleno de amor, Jesús se alegra de recibir nuestro amor embellecido y purificado a través del corazón de María, como viniendo del corazón de un amigo».

La eternidad

Desde sus años más jóvenes y a pesar de los dolores y cruces que encontró en su camino, Isabel se consideraba en su vida como una «pasajera» que abordaba cada día con «la felicidad de un alma que se dirige hacia la eternidad», a través de su viaje en la tierra. El P. Bruté, confesor de Madre Seton y consejero espiritual, tuvo trato casi cotidiano con ella durante diez años. Después de la muerte de Isabel, él escribió sus impresiones: «Creo, en verdad, que ha sido una de esas almas realmen­te escogidas que, si se hubiera encontrado en circunstancias parecidas a las que conocieron Santa Teresa o Santa Juana Francisca de Chantal, hubiera sido tan nota­ble como ellas en la «escalera» de la santidad. Pues me parece imposible que pueda existir una mayor elevación del corazón, mayor pureza de amor a Dios, deseo del cielo y de las realidades sobrenaturales y eternas, que las que se podían encontrar en Madre Seton. ¡Oh, qué sensible era a la grandeza de Dios!

Marcas específicas de su espiritualidad

Para Madre Seton, mujer de muchas relaciones, las amistades fueron importan­tes y a menudo comportaban una dimensión religiosa. El aspecto relacional de su espiritualidad era un don natural que la ayudó en su misión de guía y animadora de Comunidad. Sus cartas a sus amigos están llenas de referencias de la Sagrada Escritura. Madre Seton buscó activamente una dirección espiritual; estaba conven­cida de que la voluntad de Dios le sería manifestada a través de otros, especialmente de los consejeros espirituales. Entre sus amistades espirituales más profun­das se encuentran las de Rebecca-Mary Seton, una de sus cuñadas; la de Antonio y Filippo Filicchi, y la del P. Simón Bruté, su confesor y director espiritual durante los últimos años de su vida.

Sus numerosas amistades fueron profundas y fieles. La primera fue la de su esposo, William Magee, y la de las hermanas de éste. Entre sus amistades de Nueva York, tuvo durante toda su vida la de Julia Sitegreaves Scott (más tarde en Filadelfia), Eliza Craig Sadler, Catherine Mann Dupleix y su marido George, y la familia Filicchi de Liorna en Italia. Durante los años pasados en Maryland, Madre Seton estableció y desarrolló relaciones duraderas con George Weis de Baltimore, con Matthias O’Conway de Filadelfia, que era el padre de la primera Hermana de la Caridad de América y su guía seguro para los asuntos financieros y legales, Robert Goodloe Harper de Carroll Manor cuyos hijos fueron educados en la Aca­demia San José de Emmitsburgo.

La herencia espiritual de Madre Seton comprende la educación católica y, en particular, la educación especialmente gratuita o a precio reducido para los alumnos pobres, confiados a las Hermanas Americanas de la Caridad y a las Hijas de la Caridad de los Estados Unidos. La familia vicenciana y setoniana en América colabora para promover un interés activo con relación a su carisma y a su herencia espiritual desde 1947, época en que las seis Congregaciones que tienen su origen en la de Madre Seton fundaron la ‘Federación de las Hijas de Madre Seton para trabajar juntas en la causa de canonización. Hoy hay trece Congregaciones miem­bros de la Federación de las Hermanas de la Caridad de tradición vicenciana y setoniana.

Todas estas Congregaciones se enraizan en las Reglas Comunes de las Hijas de Caridad y se comprometen en diversas formas de colaboración, sobre todo en el campo de la formación continua y el trabajo en favor de la paz y la justicia. Algunas de las vías en que las Congregaciones trabajan juntas son, por ejemplo, un Noviciado intercongregacional, la formación continua, programas como Seton Vision, Caridad 2000 y después del 2000, reuniones periódicas del personal de formación, la elabo­ración de las Connexions Seton (guía para la reflexión sobre aspectos contemporá­neos del carisma), y la publicación del conjunto de textos «Seton» titulado Obras Complotas do Isabel Bayley Seton (Prensa de la Nueva Ciudad, Nueva York 2000). En un esfuerzo para obtener una política social más justa, la Federación está inscrita como Organización No Gubernamental ante las Naciones Unidas y tiene un represen­tante que informa a las Congregaciones miembros de las oportunidades de interven­ción para trabajar en lavar de ciertas decisiones.

Madre Seton fue una escritora prolífica, no sólo de cartas, sino también a través de sus Diarios íntimos y sus agendas, sus traducciones, sus instrucciones y me­ditaciones; sus anotaciones en el margen de las Biblias, sus poesías, himnos, escritos espirituales en verso, sus notas y loe documentos de la Comunidad primitiva. Entre sus memorias se encuentra: Dear Remembrances, un informe retrospec­tivo de su vida. Contiene el relato de sus amistades, la lista de largos viajes, incluidos los viajes espirituales. Por ejemplo, escribió numerosas y largas cartas evocando las situaciones vividas durante el viaje que hicieron para que su marido recobrara la salud, sus intentos y experiencias; llevaba un diario de los aconteci­mientos ocurridos en épocas de ausencia prolongada. Muchas de sus meditacio­nes, que se han conservado, son textos originales; otros son copias, hechas por ella misma, de conferencias espirituales o de autores de su época, especialmente durante los tiempos litúrgicos como el Adviento y el tiempo de Navidad.

Madre Seton escribió instrucciones sobre los sacramentos, las virtudes, sobre temas bíblicos, principalmente sobre los profetas; y sobre los santos, incluido San Vicente de Paúl. Escribió instrucciones no sólo para las Hermanas de la Caridad, sino también para los alumnos de la Academia de San José, sobre todo para los niños que se preparaban a su Primera Comunión. Entre sus escritos más memo­rables relativos a la vocación de las Hermanas de la Caridad hay que citar los que tratan del servicio de la caridad, de María, de la eternidad. Dejó también para las Hermanas instrucciones escritas sobre el Santísimo Sacramento y extractos de los Padres de los Concilios. Al morir expresó el deseo de que las Hermanas de la Caridad fueran siempre «Hijas de la Iglesia».

Entre los escritos más importantes de Madre Seton, encontramos la traducción de la Vida de la Señorita Le Gras, de Nicolás Gobillon. Este texto es la primera de las traducciones en inglés de una biografía de Luisa de Marillac. Otras de sus traducciones significativas son: una selección de Conferencias de Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad, de pasajes de La Vida de Vicente de Paúl de Abelly, y las Notas sobre la vida de Sor Francisca Bony, Hija de la Caridad (1694-1759). Madre Seton tenía una gran devoción a San Francisco de Sales y tradujo algunas de sus conferencias. Tradujo también una selección de extractos de la vida de Santa Teresa de Ávila y de San Ignacio de Loyola. Isabel amaba la poesía, copió muchos poemas y compuso otros ella misma.

Documentos muy valiosos entre los de la Comunidad primitiva, escritos por Madre Seton, son: las Minutas del Primer Consejo (Agosto 1809); las Reglas de la Academia San José y una serie de acontecimientos ocurridos en San José. Otros informes de los orígenes han sido conservados para la posteridad por Sor Margaret Cecilia George, una Hermana de la Caridad competente y de valor, que desempeñó muchas funciones de dirección. Tenemos de su mano una lista completa, con anotaciones, de los seiscientos primeros miembros de la Comunidad.

Isabel Bayley Seton fue una «Misionera» cuya visión de Fe es una preciosa herencia, especialmente para la familia vicenciana. Sus hijas espirituales están llamadas a seguir siendo conscientes de que su camino es también el suyo. Sor Isabel Ana Seton es un bello modelo que todos los cristianos pueden imitar, una amiga en el camino que conduce a la eternidad. Para ella y para nosotros, el camino hacia la plenitud y la santidad es un camino de gracia:

«La Fe eleva al alma vacilante,
La Esperanza la sostiene,
La experiencia dice: «Esto debe ser»,
Y el Amor dice: «Que esto sea».

Conclusión

Que el Amor a Cristo nos impulse a apreciar más profundamente nuestra iden­tidad vicenciana y setoniana, de manera que las diversas ramas salidas del gran árbol de la Familia Vicenciana se extiendan de formas nuevas por el mundo de hoy, sembrando el pequeño grano de mostaza por todo el mundo, a fin de que los pobres, los enfermos, los oprimidos, las víctimas de la injusticia, etc. puedan cono­cer el sabor del reino y el calor del Amor que Dios tiene hacia ellos.

Vicente de Paúl, reflexionando sobre la parábola del grano de mostaza, decía: «Así espero que, si la compañía es muy fiel… irá avanzando poco a poco en las gracias de Dios». Y Luisa escribía en su diario: «lo sembraré en la tierra de mi corazón y para que crezca y se perfeccione, rogaré a Dios que abone esa tierra con su cálido Amor y la riegue con la preciosa Sangre de mi Salvador». Solamente de esta manera seremos las verdaderas Hijas de la Caridad que pretendernos ser, siervas de los pobres enfermos. Vicente nos recordaría, sin duda, que «Dios pensaba en ello por nosotras», y que es Él el Autor de esta rama de la Familia Vicenciana en América del Norte. Él nos diría:

«He aquí, hijas mías, cuál fue el comienzo de vuestra Compañía; como enton­ces no era lo que es actualmente, hemos de creer que tampoco es ahora lo que será luego, cuando Dios la haya situado en el puesto en que la quiera».

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