Introducción a la espiritualidad vicenciana laical

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores, C.M. · Year of first publication: 1997 · Source: Encuentro de la Familia VIcenciana.
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1. Lo que pretendo

sanvi_famviDe momento, en este trabajo, no pretendo ofre­cer un tratado perfecto y acabado de la espiritua­lidad vicenciana laical, sino más bien asentar unos principios a modo de introducción. El pro­yecto es ofrecer algunos criterios que puedan ayudar al laico vicenciano a vivir su condición de cristiano, hombre de Cristo, desde la opción de haber tomado a san Vicente como maestro y guía. Trabajos posteriores irán completando lo que con­sidero los contenidos de la espiritualidad laical vicenciana. Confieso, por una parte, que mi con­dición de clérigo me advierte del riesgo y, por otra, mi condición de misionero vicenciano me impele a sembrar una semilla que, ojalá pronto, un laico vicenciano consiga hacerla granar.

2. Resurgir del laicado vicenciano

No es fácil comprender profundamente las leyes por las que el Espíritu guía a la Iglesia. Si por una parte es perceptible que las instituciones eclesiales están sometidas a las leyes históricas del desgaste, de la decadencia, del envejeci­miento y hasta de la muerte, hay que reconocer que la Iglesia, realidad teologal, goza también de las leyes del rejuvenecimiento propio del Espíritu Santo, siempre dador de vida. El resurgimiento del laicado en la iglesia ha surgido con tal empuje y vigor que difícilmente se puede explicar como fruto del esfuerzo de la misma Iglesia. El resurgi­miento del laicado aparece con claridad como un nuevo regalo que el Espíritu Santo otorga benig­namente a la Iglesia.

¿Se podrá afirmar lo mismo por lo que se refie­re al laicado vicenciano y verlo como un buen regalo dado por Dios a la Iglesia a fin de que el carisma vicenciano continúe en ella siendo signo de la presencia de Cristo evangelizador y servidor de los pobres? Pienso que sí, reconociendo, no obstante, la distancia que hay entre la Iglesia glo­balmente considerada y uno de sus carismas, como es el carisma vicenciano; entre la gran Insti­tución que es la Iglesia y las modestas institucio­nes vicencianas creadas para ser apoyo y cauce del carisma vicenciano.

3. Destinatarios

Al escribir este trabajo pienso en el laicado vicenciano. ¿Quiénes integran el laicado vicenciano? No es fácil hoy precisar las fronteras. Para algunos, es laico vicenciano todo cristiano, hom­bre o mujer, que forma parte de alguna de las ins­tituciones vicencianas laicales, como son las Voluntarias de la Caridad de san Vicente de Paúl, la Juventud Mariana Vicenciana, la Asociación de la Medalla Milagrosa y los miembros, masculinos y femeninos, de las Conferencias de San Vicente de Paúl, también conocidas como las Conferencias de Ozanam.

Otros, en cambio, consideran muy reducida esta visión de laico vicenciano. El mismo Supe­rior General de la Congregación, uno de los máximos responsables «oficiales» de hacer que el carisma vicenciano se mantenga, crezca y se actualice siempre en sintonía con el Cuerpo de Cristo, considera laico vicenciano, no sólo a los miembros de las instituciones vicencianas antes mencionadas, sino a todos los que trabajan en obras vicencianas, y todos los cristianos laicos, incluso no católicos, que han escogido a san Vicente como guía y maestro de su vida cristiana, espiritual y apostólica.

4. Lo que entendemos por espiritualidad

Hay términos, como el de espiritualidad, que son muy discutidos entre los teólogos de la vida espiritual. Las observaciones que nos ofrecen estos teólogos son, sin duda, interesantes, pero, dado el fin que me propongo, no creo que sea necesario meterse en el enmarañado bosque de las distintas opiniones. Creo suficiente exponer el concepto de espiritualidad más sencillo, más fácil de entender y el que, según el parecer de la mayor parte de dichos teólogos, es el que más próximo está a la realidad de la vida.

Espiritualidad es un estilo de vivir cristiana­mente. Todo cristiano debe tener su propia cristo­logía, su propia visión de Cristo, fuente de inspi­ración de la propia vida. Los rasgos de Cristo que el cristiano escoge para inspirarse y realizar ple­namente su vocación cristiana constituyen los elementos de la propia espiritualidad. La espiri­tualidad parte, pues, de la contemplación de Cris­to que cada cristiano hace y la constituyen los distintos aspectos de la vida y doctrina de Cristo que el cristiano asume como criterios de su con­ducta. A partir de la visión de Cristo se escogen las expresiones que se consideran más adecua­das, los cauces más apropiados y se crean las instituciones que se estiman más eficaces. Este concepto de espiritualidad vale para todo cristia­no, sea clérigo, laico, casado o célibe por el reino de los cielos.

5. Diversidad de espiritualidades

Las espiritualidades pueden ser muchas. De hecho son muchas, tantas cuantas puede inspi­rar la inagotable riqueza del comportamiento y doctrina de Jesús. A Jesús se le puede contemplar en el Tabor o en el Calvario, predicando o curando, acariciando a los niños o consolando a la madre que ha perdido a su hijo, en oración o en plena actividad apostólica, ofreciendo crite­rios para saber lo que hay que dar a Dios y lo que hay que dar al Cesar, enseñando el respeto a la ley y a la persona, porque el sábado se instituyó para la persona.

Si los mismos rasgos contemplados en Cristo los asume un grupo de personas, decimos que esas personas viven la misma espiritualidad. Cuando un grupo de cristianos asume determina­dos rasgos de Cristo contemplados por un santo, por un fundador o por otra persona dotada de una rica espiritualidad, decimos que viven la espiritua­lidad del santo o del fundador o de la persona. Tal es el caso de la espiritualidad vicenciana. La cris­tología de san Vicente, los rasgos que san Vicen­te contempló en Cristo, los que más le atrajeron, los que más le interpelaron, los que proyectó en su doctrina y vida son los elementos que constitu­yen lo que llamamos espiritualidad vicenciana.

Dentro de una misma espiritualidad, por ejem­plo, dentro de la espiritualidad vicenciana, pue­den originarse algunas diversidades como exi­gencia del estado del vicenciano, si el vicenciano es misionero, sacerdote o hermano de la Congre­gación, si es hija de la caridad o laico vicenciano. En estos casos, se trata más bien: o de aplicar la misma espiritualidad conforme a las exigencias de la propia vocación o del propio estado o de realzar, por la misma razón, unos valores vicen­cianos más que otros.

6. Las formulaciones de la espiritualidad

Las formulaciones de la espiritualidad, aún la de aquella cuyos elementos esenciales son los mismos, pueden ser, y de hecho son, diferentes. Los Sacerdotes de la Misión, a partir de la visión que san Vicente tuvo de Cristo evangelizador de los pobres, han formulado su propia espiritualidad. Tratan de seguir e imitar a Cristo, lleno de reve­rencia y estima para con Dios, su Padre; lleno de caridad, compasiva y eficaz, para con los pobres y siempre atento y dócil a los signos de la divina Providencia. Igualmente, las Hijas de la Caridad, partiendo de una misma fuente, han formulado su propia espiritualidad: ellas contemplan a Cristo adorador del Padre, signo del Amor de Dios a la humanidad y evangelizador de los pobres.

¿Se puede formular la espiritualidad propia del laico vicenciano? Eso es lo que se pretende: ofrecer una fórmula de la espiritualidad vicenciana que sirva al laico vicenciano, al menos en sus elementos comunes, ya que, después, cada grupo vicenciano, o cada vicenciano, por exigencias de su identidad —siempre intocable— pueden añadir elementos espi­rituales propios o insistir en unos más que en otros.

7. El carisma vicenciano, carisma de vida y de acción

Si en toda espiritualidad, la distinción entre vida y acción hay que darla por superada, con más razón, si cabe, hay que darla por superada al tratar de la espiritualidad de san Vicente de Paúl. Lo esencial del carisma vicenciano es seguir e imitar a Cristo evangelizador de los pobres desde cualquier condición o estado cristiano, hombre o mujer, joven o adulto, clérigo o laico, católico o no, casado o célibe por el reino de Dios.

Una de las primeras páginas en las que se comienza a esbozar la espiritualidad de san Vicente la tenemos en el Reglamento que san Vicente dio a las primeras Señoras de las Cofradí­as de la Caridad. El Reglamento está escrito para señoras del mundo, casadas y solteras, que quie­ren ser buenas cristianas mediante la acción de servir a los pobres enfermos. Es, por tanto, un Reglamento de vida cristiana y de acción caritati­va que se lleva a cabo para honrar a Nuestro Señor sirviendo a los pobres enfermos. Las Seño­ras o Señoritas de las Cofradías no se limitaron a honrar a nuestro Señor mediante un culto mera­mente religioso. Nunca es suficiente decir, Señor, Señor, es necesario cumplir la voluntad del Padre que manda amar a Dios y al prójimo. El servicio caritativo de aquellas Señoras y Señoritas dio autenticidad a su culto religioso.

Todo vicenciano, siguiendo e imitando a Jesús, no sólo da culto a Dios mediante los actos cultua­les comunes, sino también mediante el servicio que prestan a los pobres. El servicio es una mane­ra «cultual» de honrar a Cristo. Merece la pena transcribir el párrafo primero del mencionado Reglamento:

 «Porque la caridad con el prójimo es una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios y porque uno de los principales actos de caridad es visitar y dar de comer a los pobres enfermos, por eso, algunas piadosas señoritas y algunas virtuosas señoras de la villa de Chatillon…, deseosas de obtener, por la misericordia de Dios, ser verda­deras hijas de Dios, se han reunido para asistir espiritual y corporalmente a los enfermos de la villa» (X, 574).

Está claro, el gran don de ser cristiano, de ser hijo de Dios, se muestra de una manera infalible mediante la actividad caritativa, llevada a cabo de una forma de actividad o de otra, con tal de que la actividad esté convincentemente marcada por la virtud de la caridad.

8. La espiritualidad vicenciana, espiritualidad de acción

La expresión «espiritualidad de vida activa» tiene una larga historia en la teología espiritual, opuesta, a veces, a la llamada «vida contemplati­va». El quehacer contemplativo y el quehacer acti­vo, lejos de oponerse, se complementan; lejos de excluirse se exigen mutuamente, son dos aspectos inseparables, como dos caras de la misma moneda.

El verdadero cristiano necesita de ambos a fin de que sus relaciones con Dios, con los demás y con el mundo, sean personalmente armoniosas, espiritual y apostólicamente eficaces, eclesial y socialmente convincentes. Por tanto, cuando se habla de espiritualidad activa o de acción, lo que se quiere indicar es que la acción es el punto de referencia a la hora de indicar las fuentes inspira­doras de las que beber, las metas que se preten­den lograr, las motivaciones más convincentes que hay que asumir, los medios más adecuados de los que hay que servirse y las características de las instituciones y obras que hay que crear.

Si nos centramos en la espiritualidad vicen­ciana referida al laico vicenciano, no es difícil concretar algunos de los aspectos antes men­cionados.

  • Meta que se pretende alcanzar: honrar a Cristo, evangelizador y servidor de los pobres, es decir, al Cristo activo, al Cristo que se relaciona­ba con la gente, que acariciaba a los niños, que curaba a los enfermos, que se enfrentaba con los escribas, fariseos y demás grupos sociales o reli­giosos que hacían mal al pobre pueblo, impo­niéndoles cargas que ellos no tocaban ni con la punta de los dedos, al Cristo comprometido social y religiosamente.
  • Fuentes inspiradoras: la doctrina de Cristo, evangelizador y servidor de los pobres, sus senti­mientos y afectos, sus ejemplos y sus gestos, su modo de proceder, sus prioridades, por ejemplo, Jesús empezó a «actuar antes que a enseñar». Dio indiscutible prioridad a la acción que a la doctrina. Avaló la doctrina con gestos indiscutibles de su amor al padre y a los pobres.
  • Motivaciones que hay que asumir: las mis­mas de Cristo, evangelizador y servidor de los pobres: cumplir la voluntad del Padre, ser fiel a la misión que le confió el Padre de ser signo de su amor a los hombres, de una manera especial a los pobres; cumplir el designio que Dios tiene de cada uno de nosotros. Todos somos un designio del amor de Dios. Todos debemos amar a nues­tro hermano y cuidarlo. Dios juzgará a todos por el amor y el servicio prestado a los demás: «Tuve hambre, sed…. estuve desnudo… encarcelado… Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os tiene preparado desde el origen del mundo» (Mt 25, 31-46).
  • Medios que hay que usar: los mismos que usó Cristo, evangelizador y servidor de los pobres, es decir, practicar las virtudes de Cristo, de una manera especial las que repercuten, no sólo en la perfección de la persona, sino en la evangeliza­ción y en el servicio a los pobres. Seguir e imitar a Cristo en la práctica de las virtudes sociales. Seguir e imitar a Jesús en las relaciones interper­sonales, las virtudes que calificamos de virtudes familiares, aunque se trate de aquellas virtudes calificadas por alguien, no buen conocedor de ellas, de virtudes pasivas.

Por lo expuesto, se ve claro que la conducta y la acción de Cristo, evangelizador y servidor de los pobres, son el punto clave de todos los demás elementos que entran en juego en la espiritualidad vicenciana.

9. El ejercicio de la caridad, característica de la espiritualidad de acción vicenciana

Es común sentir entre los teólogos de la vida espiritual que la espiritualidad de la acción es la que lleva a servir a Dios y que el fundamento de la misma es la caridad. La caridad provoca la acción para cumplir el designio de Dios en las situacio­nes del momento con el fin de responder a lo que Dios quiere, y Dios quiere que le amemos a él y que amemos al hermano, y transformemos el mundo para su gloria y bien de toda la creación.

El ejercicio de la caridad, por el que se con­creta la espiritualidad de la acción, debe estar adornado de varias cualidades.

  • Respuesta a la llamada. La práctica de la caridad debe ser respuesta a una llamada actual. La práctica de la caridad exige una atención especial a lo presente, debe responder a llama­das concretas, a remediar necesidades presentes en sí mismas o en sus causas. Al hombre de acción se le puede comparar con el buen servidor siempre atento a lo que mande el Señor o como el buen Samaritano que atiende al malherido que ha encontrado en el camino. Jesús respondió siempre a llamadas concretas, a los que tenían hambre, a los que le pedían un favor, a los que le rogaban que se compadeciera de ellos: «Hijo de David, ten compasión de mí…» (Mt 9, 27). «Hoy estarás con­migo en el paraíso» (Lc 23, 43). La práctica de la caridad vicenciana no debe ser apriorística, fruto de la imaginación o de la sensibilidad del que la practica, sino realista y que responda a la llamada de la persona, de la situación o de los signos de los tiempos.
  • Trasformadora del mundo. La segunda nota es que debe ser una caridad que, sin quitar su valor benéfico inmediato, tienda a transformar el mundo. La práctica de la caridad, exigencia de la espiritualidad vicenciana, debe ser expresión de la misión fundamental del laico, que, como se enseña en la Lumen Gentium, 31, «es buscar el reino de Dios, tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, en todas y en cada una de las actividades y profesiones del mundo, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida». Los laicos están llamados por Dios a ser levadura para la santificación del mundo y signos de la presencia de Cristo brillan­do como testigos de la fe, de la esperanza y de la caridad. «A ellos corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que estrecha­mente están vinculados, de tal manera que se rea­licen continuamente según el espíritu de Cristo, se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor» (LG, 31).
  • Libre de todo reduccionismo. San Pablo expo­ne ampliamente cómo la caridad no tiene reduccionismo. Aunque un cristiano repartiera todos sus bienes, si no tiene caridad, no es nada. La caridad no acaba nunca. La caridad está sobre la fe y la esperanza. San Pablo termina su himno sobre la caridad exhortando a buscarla, sin despreciar otros dones espirituales (cfr. 1Cr 13, 14). La cari­dad es mucho más que la justicia. La justicia no es más que el umbral de la caridad. El vicenciano debe dar por supuesto que las exigencias de la justicia están cumplidas. Solamente a partir de esa certeza se abre la puerta a la caridad.

10. El sentido laical de la espiritualidad vicenciana

La espiritualidad laical vicenciana es una ex­presión de la espiritualidad cristiana laical común, orientada a que todo laico cristiano, desde su pro­pia condición, impregne y perfeccione el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testi­monio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejerci­cio de las tareas seculares (cf. LG, 31; AA, 02-4, 7; GS, 43). Así como la espiritualidad vicenciana añade «color y sabor vicenciano» a la espirituali­dad cristiana común, así la espiritualidad laical vicenciana da «sabor y color laical» a la espiritua­lidad común vicenciana.

Si comparamos lo que san Vicente enseñó a las Señoras de las Cofradías y Caridades con lo que enseñó a las Hijas de la Caridad, nos percatare­mos de que hay elementos doctrinales comunes:

  • Seguir e imitar a Cristo, evangelizador y ser­vidor de los pobres, fuente y modelo de toda caridad.
  • Ver a Cristo en el pobre y al pobre en Cristo.
  • Suscitar en el corazón los sentimientos que sintió Jesús ante los pobres: respeto, compa­sión, devoción y caridad eficaz.

Pero, al mismo tiempo, notamos que san Vicen­te tuvo en cuenta la situación de las personas. Una Hija de la Caridad está consagrada a pleno tiempo al servicio de los pobres. Una Señora o Señorita de la Caridad tiene compromisos fami­liares que no los puede desatender sin el discer­nimiento conveniente. Aunque hable de la misma virtud a una y a otras, la aplicación siempre debe ser distinta. Esto que parece obvio es de suma importancia, si queremos descubrir el valor laical de la espiritualidad vicenciana.

Un ejemplo lo tenemos en cómo san Vicente habló a las Señoras de la Caridad en la conferen­cia del 11 de julio de 1657, una de las más logra­das y más inspiradoras para comprender el senti­do laical de la espiritualidad vicenciana.

El tema central de la conferencia era cómo mantener las obras de caridad a pesar de las dificultades. San Vicente inició la conferencia exponiendo la situación de las obras, los ingre­sos y los gastos; recordó a los miembros de la Asociación ya fallecidos y aludió a los nuevos. Descrita la situación, exclamó. «¡Bendito sea Dios, Señoras, por haberles concedido la gracia de servir a nuestro Señor en sus pobres miem­bros!… ¡Cuántas gracias tenéis que darle por haber recibido de él la inspiracion y los medios para atender a estas grandes necesidades!» Hay que seguir con estas obras, no obstante las dificultades. Entre los motivos que alega san Vicente para continuar las admirables obras lle­vadas a cabo en servicio de los pobres: «la Cofra­día-dijo– es obra de Dios y no de los hombres…; sería una gran desgracia que tales obras deja­ran de existir, sería una desgracia tan grande como la gracia que Dios os ha concedido de servirse de vosotras para una obra admirable… La historia dice que nunca ha sucedido esto ni en España, ni en Italia, ni en ningún otro país. Estaba reservado esto para vosotras, las que estáis aquí…» (X, 947 y ss.).

Puestos a indicar los medios, san Vicente no dudó en poner como primer medio la fidelidad al compromiso cristiano, teniendo siempre el deseo cordial, ardiente y perseverante de agradar y de obedecer a Dios. Las Señoras se entregan a Dios para observar los mandamientos y las leyes de la justicia: «las casadas obedeciendo a sus maridos, las madres cuidando a sus hijos; las amas, de sus criados y criadas, y finalmente, -añadiendo a todo lo dicho- las prácticas de la Cofradía… Lo más importante es no tener más que un solo corazón para Dios, ni más voluntad que la de amarle, ni más tiempo que para servirle. Si una esposa se complace en su marido, es por Dios; si una madre se preocupa de sus hijos, es por Dios; si una ama de casa se dedica a sus nego­cios, es por Dios… Este es vuestro oficio, Seño­ras, esta es vuestra herencia. Bendecid a Dios porque os ha llamado a este bienaventurado estado y vivid como aquellas santas mujeres que siguieron a Cristo y le servían», según nos lo dice san Lucas (Lc 8, 3) (X, 957).

11. Rasgos de la espiritualidad vicenciana laical

De todo lo dicho se pueden indicar los ele­mentos fundamentales de la espiritualidad vicen­ciana laical. O dicho de otro modo: qué elementos de la cristología vicenciana son los más adapta­dos al cristiano laico que desea tomar a san Vicente como guía y modelo en su compromiso de seguir e imitar a Cristo servidor de los pobres.

  1. Ver a Cristo enviado por el Padre al mundo para evangelizar y para servir a los pobres. Este rasgo de Cristo es el punto de partida de la espiritualidad vicenciana, teniendo en cuenta la triple faceta:
    • enviado por al Padre,
    • encarnado en el mundo,
    • como evangelizador de los pobres.
  2. Ver a los pobres como personas amadas de Dios, sacramento de Cristo, en el realismo de su propia existencia de pobreza, de marginación, de abandono, de soledad, etc.
  3. Sentir la compasión evangélica, que se traduce en solidaridad en favor del necesitado.
  4. Poner de su parte, voz o acción, para que la solidaridad sea eficaz y el pobre respetado en su dignidad.
  5. Poner la voz y la acción como miembro de la Iglesia, sacramento de salvación.
  6. Poner la voz o la acción como cristiano y vicenciano laico encarnado en el mundo, es decir, desde su condición laical y su pro­pio estado secular, sin perder nada de su laicidad.

12. Una espiritualidad en estado de renovación continua

Dios inspiró a san Vicente el carisma de fundar mediante la interpelación de las realidades socia­les y eclesiales. La inspiración le vino de sus experiencias pastorales, como párroco, como capellán de los Señores de Gondi y misionero de las gentes que trabajaban en los campos de dichos Señores, abandonados pastoralmente. La experiencia de Chatillon-les-Dombes fue decisiva para promover la práctica de la caridad entre los feligreses. Se dio cuenta de que los efectos de su sermón sobre la caridad fueron buenos, pero desorganizados, y comprobó que había hombres y mujeres que eran sensibles a las mismas preo­cupaciones que él sentía.

Sus fundaciones fueron fundaciones de «cho­que». Con ellas quiso san Vicente salir cuanto antes al encuentro de necesidades materiales y espirituales que afectan profundamente a la gente pobre. San Vicente era sensible a las voces de los pobres y de muchas personas buenas. No fue un mero observador que, desde la orilla, contempla­ba cómo corría el agua de la vida. Se zambulló en la corriente y, valga la expresión, se mojó.

San Vicente, por fidelidad a la idea de que el laico debe comprometerse en la acción y, de una manera especial, en la acción caritativa, afrontó el reto de pasar de la inspiración a la plasmación de la misma. Las virtudes pensadas y no practicadas son, según él, más vicios que virtudes. Así tam­bién, las grandes ideas, si no se llevan a la prácti­ca, sirven para muy poco. San Vicente tuvo el don de la creatividad, de la adaptación y de la actuali­zación. Gozó de la gracia y del arte de saber poner ruedas a sus ideas y deseos, de pasar con efica­cia de la inspiración a la plasmación e institución de las ideas.

La herencia mejor que san Vicente ha legado, no son las instituciones que él fundó, las obras de caridad que sus fundaciones han venido realizan­do durante siglos, lo mejor de su herencia es su espiritualidad, capaz de animar a todo cristiano en el seguimiento e imitación de Cristo, evangelizador y servidor de los pobres, capaz de crear un estilo de santificación y de apostolado. Una prueba de ello es que, como anota el vicencianista P. André Dodin, las múltiples comunidades que se nutren de la VIGOROSA savia de la espiritualidad vicenciana: 3.600 misioneros paúles, 26.000 Hijas de la Caridad, 900.000 miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, 260.000 Voluntarias de la Caridad, los 200.000 jóvenes que integran el Movimiento de Juventud Mariana Vicenciana. A las cifras indicadas hay que añadir los miembros de la Asociación de la Medalla Milagrosa y el número imposible de enumerar de los colabora­dores en las obras vicencianas, que se sienten animados y guiados por el espíritu de san Vicen­te de Paúl.

Conclusión

Al final de este trabajo y a modo de conclusión, se puede exponer de una manera resumida los grandes rasgos de la espiritualidad laical vicen­ciana: Es una espiritualidad cristiana de vida y acción, inspirada en Cristo, evangelizador y servi­dor de los pobres, en sintonía con la Iglesia, cen­trada en la práctica de la caridad como valor supremo del evangelio, preferentemente por los pobres, actual y testimonial, animada por las virtu­des de la sencillez, de la humildad y del celo, atenta a los signos de los tiempos, a las llamadas de la Iglesia y al clamor de los pobres.

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