III. LA RECUPERACIÓN DE LOS CUATRO VOTOS VICENCIANOS (estabilidad) (V)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1993 · Source: CEME.
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vocaEn esta sección voy a seguir el orden del artículo 28 de las Constituciones y del Programa para la Formación Vicenciana en el Seminario Mayor. El orden seguido en estos documentos recientes es diferente del de las Reglas Comunes, y refleja, al menos hasta cierto punto, una perspectiva diferente sobre los votos.
Al reflexionar sobre cada voto en particular presentaré ideas «para una teorización moderna» y para «una práctica moderna». Mucho me agradaría el que esto estimulase el diálogo, así como otros escritos relacionados con tal teorización y tal práctica. Al escribir esto soy consciente, como lo advierten muchos documentos recientes, de que las consideraciones teóricas de este tipo tendrán una influencia real sobre otros, en especial si están en tiempo de formación, sólo si se las acompaña con el testimonio de sabios y sanos modelos, cuyas vidas hablan con voz más fuerte que su enseñanza.
Como última observación preliminar diré aquí (para evitar repetirlo una y otra vez) algo sobre la importancia de dos factores para la reinterpretación de los votos hoy. Ambos reciben mucho énfasis en documentos contemporáneos de la Iglesia y ambos fueron de una gran importancia para san Vicente: 1) la dimensión misionera de los votos, que ha recibido mucha atención desde Evangelii nuntiandi; y 2) la opción preferencial por los pobres por parte de la Iglesia, así como su llamada profética por la justicia en solidaridad con ellos. Un escritor de hoy expresa ese punto de la siguiente manera:
«Es tan crucial la cuestión de la justicia para los pobres que la revitalización de la vida religiosa es impensable hoy si no hay preocupación por la explotación de la gente humilde de este mundo. Los religiosos tienen que ser cristianos más radicales, en el sentido de tener que esforzarse por vivir la vida y la santidad de la Iglesia en toda su radical integridad. No puede haber radicalidad sin preocupación por los pobres».
1. Estabilidad
Hacia una comprensión moderna.
a) En los tiempos primeros de la historia de la vida religiosa’ (así como en los tres primeros años más o menos de la Congregación) no se hacían votos de una manera explícita.
En los comienzos de la historia de la vida religiosa una persona se incorporaba a una comunidad cuando tomaba la decisión voluntaria de entrar en un grupo concreto; era aceptado (después de un tiempo de prueba) por un superior, y se le daba el hábito religioso. Una ceremonia sencilla y sobria, que incluía esos tres elementos, expresaba la disposición de la persona a renunciar a todo por el Señor y por su reino. No había votos, sino un sólo compromiso básico (expresado en la ceremonia de recepción): una dedicación explícita y total al servicio del Señor tal como se vivía en esa comunidad. Implícitamente todo ello incluía una vida de castidad, pobreza y obediencia.
Podríamos denominar a esta realidad básica que se encuentra en el alma misma de la vida religiosa como «el voto único» (que más tarde se hizo explícito en tres o cuatro votos). La esencia de ese «único» voto incluye: 1) centrar la vida sólo en el Señor; 2) un compromiso firme de seguir a Cristo y sus exigencias radicales (renuncia a lazos humanos, a los bienes del mundo, a las preferencias personales, hasta a su propia vida, para dedicarse al servicio del reino de Dios; 3) la primacía del ágape, amor de amistad y de servicio; 4) fe y esperanza del Reino, de la vida que vence a la muerte.
Con el paso del tiempo este «voto único», por así llamarlo, vino a tomar forma concreta en varios votos.
Esto fue, por un lado, un desarrollo natural. Los grupos sociales y los individuos tienden a hacer más explícitos, con la esperanza de hacerlos más firmes, compromisos que al principio se presentan como implícitos. Así por ejemplo, en algunos noviciados antiguos se leía una regla de vida a los miembros recientes, y comenzó a pedírseles una promesa de obediencia. En tiempo de san Basilio encontramos ya una promesa pública de virginidad. Más tarde surgieron diferentes temas de promesas. Con san Clímaco encontramos referencias a una profesión de pobreza, castidad y obediencia.
Pero el proceso tuvo también un carácter defensivo, especialmente en tiempo de san Basilio y de san Benito. Al surgir abusos, se pedía hacer una profesión explícita de lo que antes se había dado por supuesto. De esta manera nadie podría decir que no sabía a qué se comprometía.
Vistos así, los tres o cuatro votos son en realidad sólo una manera de expresar una realidad más profunda. Esto nos ayudará a entender el papel de los votos en la intención de san Vicente. Fundamentalmente él los veía como una manera de radicalizar y profundizar el compromiso de los misioneros para seguir a Cristo evangelizador de los pobres (función positiva de los votos) y también de dar estabilidad a nuestro compromiso con la compañía, con su vida y su fin apostólico (función defensiva).
b) Si se examinan con más detalle es evidente que los votos tienen un aspecto encarnacional y un aspecto escatológico.
Vistos desde el punto de vista encarnacional, nuestros cuatro votos, como gustaba de señalar san Vicente, están enraizados en la humanidad de Cristo. Por el voto de estabilidad nos comprometemos a seguir a Cristo evangelizador de los pobres, en cuanto miembros de la congregación, por el resto de nuestras vidas. El voto de pobreza nos lleva a compartir, junto con Cristo pobre, con los pobres lo que tenemos, y a tener todo en común con nuestros hermanos en comunidad. La vida de celibato nos da la oportunidad, como se la dio a Jesús, de una mayor movilidad, tiempo para orar, y la libertad para servir a muchos. La obediencia en seguimiento de Cristo nos ayuda a descubrir, como comunidad apostólica, la voluntad del Padre, movilizar nuestras fuerzas y concentrarlas en nuestro fin apostólico.
Desde el punto de vista escatológico la pobreza nos coloca en una dependencia radical de Dios, que es la fuente de toda verdadera felicidad. El celibato es un signo de nuestra fe en un futuro que va más allá de la familia y de los hijos. La obediencia significa nuestra vo-luntad de ser servidores del reino. La estabilidad proclama que la vida tiene un sentido que va más allá de lo que aparece en su superficie, que existe un orden de cosas que anula la sabiduría convencional, que los pobres son los verdaderamente ricos en el reino de Dios. En este ¡temido los votos van en contra de la «sabiduría convencional». Nos hace diferentes del «mundo», y al hacerlo, los votos desvelan el sentido más profundo del mundo.
No se pueden distinguir del todo los aspectos encarnacional y trascendental de los votos. Por ello es un error el separarlos, o descuidar el uno o el otro en una forma de vida espiritual. Por sí solo ninguno de los dos expresa el total sentido de los votos. De hecho lo trans-cendente puede sólo expresarse a través de lo encarnado, mientras que esto segundo tiene su fundamento último y su plenitud en lo trascendente.
Pues los votos tienen una dimensión profunda trascendental se dice a veces que tienen una tendencia «contra-cultural». Tal vez esta terminología no sea del todo adecuada, pues uno de los aspectos más profundos del catolicismo es el mantener un diálogo continuo y una continua relación con la cultura; por ello, en la tradición católica, la pregunta decisiva en relación a una cultura concreta es siempre: ¿qué aspectos hemos de apreciar y guardar, y qué otros aspectos se han de oponer y rechazar?. Pero, dejando de lado la terminología, es muy cierto que los que pronuncian los votos deben afrontar, en el contexto de su propia cultura, la renuncia que suponen los votos. En una sociedad que tanto promueve en los medios de comunicación la «gratificación instantánea» en cuestión de bienes materiales, placer sexual y auto-promoción, la «gratificación pospuesta» que va incluida en unos votos vividos fielmente va muy en contra no sólo de lo que propone la sociedad, sino de lo que quiere el individuo que asume el compromiso de los votos. Por ello los votos incluyen una vida ascética que se debe vivir con gozo como una respuesta al don de Dios.
c) Con estos presupuestos se entiende mejor por qué san Vicente consideró la estabilidad como fundamental. El veía que muchos hombres generosos venían a servir a los pobres en la congregación; pero pronto vio que muchos, ante las dificultades, la dejaban con facilidad. Así que casi durante veinte años se esforzó por introducir un elemento de estabilidad en la espiritualidad de sus cohermanos, elemento que les daría fuerza para dar no ya uno o dos años de su vida en el seguimiento de Cristo evangelizador de los pobres, sino la vida entera. Visto así, el voto de estabilidad era el fundamental para san Vicente.
d) Para describir este compromiso el «Programa para la formación vicenciana en el seminario mayor» dice que hacemos voto:
… de estabilidad, que implica fidelidad a Dios, que nos llama a comprometernos en la evangelización de los pobres en la comunidad vicenciana durante toda nuestra vida.
Como todos los votos hechos en todas las comunidades de la Iglesia, la estabilidad incluye fidelidad a Dios, así como fidelidad a la palabra dada en presencia de la comunidad. El contenido específico de esta palabra dada es la promesa de: 1) evangelizar a los pobres; 2) en la Congregación de la Misión; 3) hasta la muerte.
Hacia una práctica moderna
La estabilidad en el cumplimiento total de compromisos aparece hoy como particularmente difícil, no ya sólo en la vida religiosa sino también en el matrimonio. Hoy han desaparecido muchos de los soportes sociales que en otros tiempos reforzaban los compromisos hechos. Desde 1965 muchísimos religiosos han abandonado sus congregaciones. Este fenómeno ha disminuido algo en los últimos años, pero aún queda un ritmo de abandonos algo más lento. Las razones para abandonar son variadas y complejas. Dejo a otros el examinarlas con detalle. Pero, dejando de lado las razones concretas, el hecho permanece: el reto de la estabilidad es hoy un reto difícil. Más adelante, al tratar del celibato, mencionaré seis elementos de estabilidad que ayudan mucho para ser fiel al compromiso de los votos con perseverancia y con alegría. Además de esos mencionaré aquí otros medios para afirmarse en la estabilidad
1. Aceptar el amor del Señor
Muchos superiores y responsables de los programas de formación son testigos de que la raíz de muchos problemas con los que luchan muchos miembros de comunidad es una imagen negativa de sí mismos. Siendo las cosas así sugeriría que, además de sanas y afectuosas relaciones humanas, el aceptar el amor del Señor es un factor clave en la aceptación de sí mismo que da solidez a la estabilidad. Para muchos, el trabajo o los éxitos personales o la posición de prestigio juegan papel excesivo en el sentirse valorados como personas. Pero a la larga la verdadera auto-estima debe fundarse en una conciencia del profundo amor personal del Señor como creador y redentor.
Una buena ayuda para ser cada vez más conscientes de ese amor sería la meditación de algunos notables textos de la Escritura que hablan del amor personal que tiene el Señor por nosotros. En sus esfuerzos por ser fiel Moisés, que pedía luz y fuerza, oyó estas palabras del Señor (cf. Ex. 33, 7-17):
Cumpliré también la petición que me has hecho, porque has encontrado mi favor y tú eres mi amigo íntimo.
John Donne expresa bellamente la relación entre la estabilidad y el ser capturado por Dios:
Llévame a ti, aprisióname, pues yo,
si no me haces tu esclavo, nunca seré libre,
ni nunca casto si no me raptas.
2. Ser agradecido a los dones de Dios, sobre todo por la llamada a servir a los pobres.
San Vicente estaba del todo convencido de que debemos ser agradecidos por nuestra vocación. «Demos gracias a Dios por esta feliz elección», exclama el 6 de diciembre de 1658, en la conferencia sobre el fin de la congregación. Participaremos de la suerte de los pobres en la solidaridad con ellos, y al hacerlo participaremos también de la promesa de las bienaventuranzas: son en verdad bienaventurados los que son pobres de espíritu, los que tienen hambre y sed de justicia. El Señor bendice no sólo a los pobres, sino también a los que son sus amigos.
El expresar nuestra gratitud al Señor es el sentido fundamental de lo que hacemos cuando celebramos la eucaristía. La participación activa con un corazón agradecido expresará y profundizará a la vez la dependencia que tenemos de El.
El expresar a otros una gratitud similar por nuestra vocación será una señal de que creemos realmente en el «nuevo orden de cosas» en el que los pobres son los primeros, y en el que servirles es un don que hemos recibido con fe gozosa.
Uno de los signos prácticos de gratitud por nuestra vocación es la disponibilidad para compartir el don animando a otros a unirse a nosotros en la misma llamada gozosa. Vista así, la promoción de vocaciones expresa y a la vez profundiza nuestro compromiso para servir a los pobres en la congregación durante toda la vida.
Otro signo práctico de gratitud por nuestra vocación es ayudar a los que están en dificultades. La experiencia enseña que casi todo el mundo se encuentra, en una época o en otra, confuso, inestable, sin saber a dónde acudir. Dante lo expresa de maravilla hablando de los años de la «segunda edad»:
A mitad del camino del correr de nuestra vida
me hallé en medio de una selva oscura,
que la senda derecha acabó perdida.
Decir cómo era, ¡ay! es cosa dura,
esta selva salvaje, recia y bravía
que en el pensarla rejuvenece el miedo.
Tan amarga casi como la muerte.
En tales ocasiones un oído y una amistad acogedora por parte de alguien que se sienta agradecido por su propia vocación puede convertirse en una fuerza que ayuda a otros a perseverar. Puede también ser una fuente de madurez para el que escucha.
3. Evitar la crítica amarga y negativa
Uno de los enemigos peores de la vida en común es la amargura y la crítica negativa, pues corroen el corazón del individuo y la vida de la comunidad. San Benito lo sabía esto tan bien que mandaba azotar a los que se quejaban habitualmente'». También san Vicente sabía que eso era como una plaga cuyo contagio debe evitar la congregación'».
Es, pues necesario aprender desde el comienzo mismo a dar cauces para asimilar la crítica de manera constructiva, no dejar que cosas de poca importancia se conviertan en heridas sangrantes, y crear cauces de diálogo constructivo. Hablaremos de esto en más detalle al tratar de la participación activa que pide de nosotros la obediencia en el mundo de hoy.
4. Renovar con frecuencia el compromiso personal
Un buen medio usado por muchos en la historia de la congregación y la de otras comunidades es el renovar con frecuencia el compromiso de los votos. Algunos lo hacen incluso cada día, con sus propias palabras o con palabras de los santos. Hay muchas oraciones y fórmulas para ese fin. A algunos, por ejemplo, les atraería esta oración de san Vicente:
Somos débiles, Dios mío,
y capaces de sucumbir al primer asalto.
Nos has llamado por pura misericordia;
que nos conserve tu infinita bondad, si así lo quieres;
por nuestra parte, mediante tu santa gracia,
contribuiremos con todo nuestro esfuerzo
a rendirte todos los servicios
y toda la fidelidad que esperas de nosotros.
Danos, pues, Dios mío,
la gracia de perseverar hasta la muerte.
Es lo que te pido,
por los méritos de nuestro Señor Jesucristo,
con la confianza de que me lo concederás.
Otros no encontrarán dificultad en identificarse con la manera usada por san Ignacio de renovar su compromiso, manera recomendada con frecuencia por la Iglesia:
Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad.
Todo mi haber y mi poseer.
Vos me lo disteis,
a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro,
disponed a toda vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia,
que ésta me basta.

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