Historia general de la C.M., hasta el año 1720 (76. Asuntos temporales de la Congregación)

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Author: Claude Joseph Lacour, C.M. · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1731.

Fue escrita por el Sr. Claude Joseph Lacour quien murió siendo Superior de la casa de la Congregación de la Misión de Sens el 29 de junio de 1731 en el priorato de San Georges de Marolles, donde fue enterrado. El manuscrito de l’Histoire générale de la Congrégation de la Mission de Claude-Joseph LACOUR cm, (Notice, Annales CM. t. 62, p. 137), se conserva en los Archivos de la Congregación de París. Ha sido publicado por el Señor Alfred MILON en los Annales de la CM., tomos 62 a 67. El texto ha sido recuperado y numerado por John RYBOLT cm. y un equipo, 1999- 2001. Algunos pasajes delicados habían sido omitidos en la edición de los Anales. Se han vuelto a introducir en conformidad con el original.


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San Vicente de Paúl
San Vicente de Paúl

LXXVI. Asuntos temporales de la Congregación

Desde que hicimos mención en esta Historia de la elección del sr. Bonnet al generalato, tan sólo hemos hablado de las funciones espirituales ejercidas por los misioneros bajo su gobierno. Hay que decir ahora algo de lo temporal, cuyo conocimiento no es de desdeñar para los que desean conocer bien el progreso del Instituto. Las casas no se fundan más que para la subsistencia de un pequeño número de obreros necesarios para desempeñar las funciones para las que se les ha llamado en diversos lugares, sin que el coro, las misas, las homilías o demás empleos supongan ningún emolumento, como en las demás comunidades. Estas funciones consisten de ordinario en algunas pensiones o beneficios unidos, cuya renta alcance cien escudos por año para cada sacerdote, y menos para los hermanos, lo que debe abastecer para la subsistencia de los obreros, tanto en salud como en enfermedad, en los cambios, viajes, desembolsos comunes y otros gastos indispensables a un cuerpo compuesto de varias comunidades dispersas. La escasez de esta renta obligó a los primeros superiores generales y a los superiores particulares a vigilar con exactitud para conservar lo temporal, necesario por otra parte para mantener el buen orden y la regularidad entre los miembros, los cuales si no tienen lo necesario, murmuran indefectiblemente, y no saborean la observancia de la regla.

Todo esto temporal seguía bien bajo el general alto del sr. Wáter, tanto por parte de quienes debían pagar, como por parte de los misioneros, al cuidado de los que estaba confiada la administración. No ocurrió lo mismo exactamente bajo su sucesor. La muerte del rey Luis XIV introdujo desórdenes, y los gastos superfluos de algunos habían colocado a algunas casas en estrecheces. El sr. Bonnet, queriendo proveer a esta conservación, dio a las casas la orden siguiente, a las que escribió con este fin el 11 de marzo de 1716: Aunque no seamos ricos, sino más bien pobres en todas nuestras casas, no dejamos de creer que es preciso dedicarnos con seriedad a conservar lo poco que Dios nos ha dado, y no disiparlo en procesos mal planeados; y para ello hemos tomado la resolución de tener aquí en París un consejo de tres de los abogados más célebres, con los cuales consultaremos una vez al mes aquí todos nuestros asuntos temporales, los de las otras casas y hasta de los particulares, con el fin de defender los buenos, acomodar los dudosos y no emprender nunca los malos. De esta forma, cuando se quiera pleitear, sea para atacar, sea para defender, será preciso, a menos que se esté en apuros, enviar un sumario del asunto formulado por un procurador u otro hombre del oficio, para deliberar sobre él con estos señores, cuyo parecer se enviará a continuación. El sr. Vicente había dispuesto, ya en su tiempo, un consejo parecido y apenas trataba asunto alguno sin comunicárselo. Las principales comunidades de París así lo hacen, y esto causa un buen efecto en los tribunales donde se ha de litigar. Los jueces ven que no se emprende nada sino es por consejo de los abogados más hábiles. Están mas dispuestos a tratarnos favorablemente; en caso de que se dieran cuenta de que nos querellábamos a la ligera, se tomarían sus precauciones y tendrían más lugar a desconfiar. Esto pide un poco más de asiduidad y de diligencia, nos esforzaremos unos y otros para no faltar en esto.

Se ve que el sr. Bonnet, fuera de la atención que él parece prestar a lo temporal, quería poner en práctica todas las prácticas que estaban en uso bajo el sr. Vicente. No obstante esta forma de actuar del general en lo temporal, hubo quejas que en ciertas casas había disipación, hasta comprometer los fondos con préstamos, algunos decían incluso que en San Lázaro se habían hecho gastos en plantar árboles, etc., que no habían servido de gran utilidad. La mala administración levantaba protestas en otras partes hubo acusaciones ante los obispos, y hasta en los tribunales seculares, de disipar, y de no hacer buen uso del bien afectado al seminario. El sr. Bonnet se vio obligado a poner remedio escribiendo una carta circular a todas las casas sobre este asunto con fecha del 18 de mayo de 1719, donde declara que ajunos superiores disponían de lo temporal de su casa a su capricho, sin la participación de ninguno de los oficiales domésticos, y pretendían incluso tener derecho a disponer despóticamente, como lo hace un padre de familia, de los bienes que le son propios. Lo que había llevado a algunas casas a un estado lamentable, y se había puesto de por medio a fin de evitarles la vergüenza de una bancarrota, conservarles el crédito, y permitirles subsistir honrosamente después de estos informes, añadía que este desorden se debía con frecuencia a que los superiores reciben el dinero de la casa, en lugar de ser el procurador, según las reglas, sea porque habiéndole recibido se lo guardan en su habitación. Y es el procurador quien debe guardarlo en un cofre bien cerrado con dos llaves diferentes, de las que una esté en manos del superior y la otra en las del procurador como dicen las propias reglas, sea que disponen de este dinero sin saberlo el procurador y sin el parecer de los consejeros, y hacen gastos inútiles, y a veces poco convenientes a la frugalidad, modestia y pobreza de que se hace profesión. Cosa que las reglas del superior prohíben.

El general quiere que se remedie continuamente esto y que los superiores devuelvan al cofre fuerte el dinero de la casa, no guardándose más que una llave; que todo el dinero pase así al cofre y no se saque más que por el superior y el procurador a la vez, para destinarlo a las necesidades de la familia según la regla; sin disponer nunca de nada de importancia sino después de deliberar con los consejeros y obtenido el permiso del visitador o del general obedeciendo en esto a su regla; que en la consulta no se concluya nunca más que en gastos absolutamente necesarios o evidentemente útiles al mayor bien de la casa y, en caso de que los superiores se aparten de esta conducta, los oficiales de la casa escribirán sin dilación a los superiores mayores, para detener el desorden al principio, impidiendo que la mala administración degenere en una ruina completa de lo temporal y, por una consecuencia necesaria, de lo espiritual de su casa. Los visitadores en el curso de sus visitas no deben contentarse con dar el vº bº a los libros de ingresos, de gastos, de lo puesto y de lo sacado del cofre, sino examinar a fondo en qué estado están las casas en lo espiritual y en lo temporal, e informarse exactamente de las deudas activas y pasivas, para enviar su situación al general, siguiendo su propia regla. Después de todos estos medios, continúa el sr. Bonnet, que dependen de los oficiales, superiores y visitadores, queda uno más eficaz que los demás, en manos del general, es no dejar en el lugar a personas propias para arruinar a las familias a las que están obligadas a edificar en todos los aspectos, en lo espiritual como en lo temporal. No se puede poner en duda que el sr. Bonnet tuvo toda la razón del mundo en obligar así a todos los superiores a conformarse con exactitud a las reglas de los oficiales, y que todo lo demás es objeto de tentación, aun para la fidelidad, de ser el único en manejar y en disponer del bien de una comunidad, cuando no está permitido por los votos guardar o disponer de lo suyo propio sin dependencia. Hacia el final suaviza un poco su carta, la cual parece de un estilo vigoroso: Presumo de buen grado que no lo necesitan, pero como el mal se hizo en común pues no se veía en una sola casa, no se ha de esperar a ponerle remedio, a que se generalice y resulte irreparable. Repitió el mismo aviso en pocas palabras, en su carta del 1º de enero de 1719: Algunas casas, dice, se han endeudado, debido no sólo a los malos tiempos, sino también a empréstitos notables para cosas inútiles, y solamente por placer. Los superiores no los harán, en adelante, cuando sean de alguna consideración, sea por sí mismos, sea por el procurador, o los dos a la vez o sucesivamente, sin antes decirnos las razones y obtener nuestro permiso, en lo cual los visitadores se mantendrán firmes en el curso de sus visitas.

Otro accidente, como se dice anteriormente, perturbó lo temporal de las casas, a saber la muerte del rey Luis XIV, de quien todo el mundo sabía que fue, durante toda su vida, protector de la Congregación, a la que amaba y estimaba. Una gran parte de las casas tenían casi todo lo temporal en renta en la ciudad de París, y siempre había pagado con excepción de los últimos años de este largo reinado, en el que las grandes necesidades del estado obligaron a Su Majestad a retrasar los pagos. Tras la conclusión de la paz, el rey mandó publicar un edicto, en el mes de diciembre de 1713, con la erección, en el total, de estas rentas atrasadas, reducción de las susodichas rentas en adelante al 24 por ciento y supresión incluso de los dos quintos del fondo, en caso de que los contratos fuesen nuevos. Lo que comenzó a afectar a las casas de la CM. La de San Lázaro tenía antiguos privilegios para la sal y las entradas de vino en París. La CM tenía de igual modo en toda la extensión del reino sus causas encomendadas al Gran Consejo, al que se abocaban todos los asuntos que se suscitaban en provincias. Esto no agradaba al Parlamento ni al de Bretaña en particular; sea porque algunos de los superiores de las casas de esta provincia no hubiesen respondido honradamente a las notificaciones que se les habían indicado por parte del parlamento, sea porque recordó pasadas desavenencias que se habían tenido en la casa de St.-Méen, con ocasión de los religiosos de esta abadía donde otros Benedictinos, queriendo volver a las rentas, habían hecho intervenir al Parlamento para echar a los misioneros de allí, de lo que había habido algunos encarcelados, y se había interpuesto la autoridad real para concluir este asunto y sacar autoritariamente a los que estaban en prisión después de la muerte del rey. Estos señores escribieron pasándose un poco a Su Alteza Real el duque de Orléans, regente, para hacer cesar estos committimus odiosos en las cortes del país.

Hasta se suscitaron en esta casa de St.-Méen asuntos muy espinosos y se acusó a los misioneros de nada menos que haber sobornado a habitantes para entrar en posesión de la parroquia, corrompido a testigos para apoyar sus intereses, abusado de su ministerio, dominar despóticamente en lo temporal y espiritual de la parroquia. Los procedimientos fueron muy irregulares. La mayor parte de misioneros de la casa en estado de aplazamiento personal, sin ninguna información previa, y publicadas 16 monitorias sin hallar nada de qué acusar. El parlamento que estaba picado no dejó de condenar por decreto a las costas, especias, y retirada de decreto, y dar otros decretos deshonrosos, el sr. Hamon, superior de esta casa, defendió vivamente sus intereses; llegado a París con permiso del sr. Bonnet, presentó el requerimiento al Consejo privado del Rey para la casación de los susodichos decretos y mandar nombrar (llamar) a los calumniadores. Así se admitió, y luego significó al procurador general del Parlamento, quedando estos decretos solemnemente derogados. Esta corte fue también aunque de otra manera mortificada por este mismo tiempo, ya que habiendo intentado publicar un decreto (bando) como consecuencia de lo que había pasado en los estados, en los que no había sido aceptada la intención del rey de pagar los derechos, no obstante la prohibición so pena de concusión de hacer el dinero antiguo sin orden expresa de los estados, once consejeros fueron exiliados, quiénes por un lado, quiénes por otro, el consejo privado del rey abolió el decreto, y publicó el suyo, por un ujier de la reina, con orden de reunir las cámaras, tachar los registros de los susodichos decretos para colocar el del consejo, y publicarlo en las puertas de todas las habitaciones y del archivo del tribunal.

Enterado el sr. Bonnet de todas estas quejas que tenían lugar en provincias, subrayó, en una carta del 1º de enero de 1717, lo que le había expresado sobre el caso Mons. el canciller Voisin. Debo advertirle, dijo, que algunos Parlamentos no se han dirigido a Mons. el duque de Orléans para hacernos retirar o reformar nuestra evocación al Gran Consejo (apelación al Consejo General) so pretexto de abusos o demasiado grande alcance. Mons. el Canciller a quien se envió la queja, tuvo la bondad de advertirnos y he prometido a Su Ilustrísima que no nos vamos a servir de él más que en asuntos de importancia y cuando no tengamos otro remedio. Así pues les ruego, habla a los superiores de todas las casas, que no inicien en adelante ninguna causa sin nuestro permiso, y no entablarla por cosas de poca importancia, sino solamente por aquellas que valen la pena, arreglando vuestros asuntos amigablemente, lo más que podáis. Hizo tanto bien, que recibió nuevas cartas de apelación sobre las que informó a la CM el 1º de enero de 1719. Les envío, dice, dos ejemplares de nuestras cartas de apelación, que hemos mandado renovar, a ejemplo de la mayor parte de las comunidades de París. Y como algunos parlamentos se han quejado sólo por estos privilegios, sucedía a algunas de nuestras casas que intimidaban a las partes pobres, o las arruinaban con largos viajes a París. El sr. canciller Voisin, y luego su sucesor, el sr. Dargenson nos aconsejaron usar de esta gracia con mucha sobriedad para no entregarnos a reclamar, y no exponernos a las consecuencias del odio público. Renueva lo que había ya recomendado a los superiores de no pleitear sino sobre los asuntos importantes, con el permiso del general, y añade que a fin de que este comportamiento no dañe a la CM, el sr. Dargenson, ministro de Justicia, le había conseguido de Su Majestad poder apelar, de los juicios en que se hubiera salido perjudicados, al Consejo General, sin verse obligados a perseguir a las partes vencedoras en los tribunales superiores del lugar en los que estas partes hayan salido favorecidas en perjuicio de la CM. Esto era gozar de alguna forma de la gracia entera de la apelación, como hasta ahora la casa de San Lázaro recobró de nuevo los primeros privilegios para la entrada del vino, etc.

El general se lo dijo a la CM el 26 de noviembre de 1719, así: Su Alteza Real Regente del Reino ha tenido la bondad de devolvernos nuestro privilegio para la sal y el vino; el sr. Dargenson, ministro de Justicia, nos ha ayudado mucho a conseguir esta gracia; gozaba por entonces del favor del sr. Regente después de la desgracia del sr. canciller Daguesseau, y antiguo amigo de la CM, a la que había honrado con su protección mientras era lugarteniente general de policía de la ciudad de París.

Se ha podido advertir antes que, cuando el Rey cristianísimo murió el 1º de septiembre de 1715, el sr. Bonnet, general de la Co, estaba en Lyon en el curso de sus visitas; debía ir todavía a la de St.-Flour; pero esta triste noticia le obligó a regresar en diligencia a París. Una vez llegado, encontrándose el rey Luis XIV en minoría, se dirigió a ofrecer sus respetos a Su Alteza Real el duque de Orléans, regente, de quien fue bien recibido, y este príncipe tuvo la bondad de decirle que él tendría en mucho a la CM.

Presumíamos en primer lugar de que las rentas de la ciudad serían mejor pagadas que hasta entonces. El sr. Dusaray, por entonces aún procurador general de la CM, se lo escribió así a las casas; y, efectivamente, se comenzó a hacerlo pronto. Sin embargo el dinero que había vuelto a su valor intrínseco, fue raro después de la muerte del rey, y siguiendo varios consejos de los negociantes, el Regente lo volvió al estado en que se encontraba durante la guerra. Las grandes deudas de la corona entorpecieron el proceso. El Regente tasó, mediante una Cámara de justicia creada expresamente, a todos aquellos que se habían enriquecido en tiempo de guerra en los partidos, y se creía que esta tasa sería suficiente para atajar dichas deudas. Pronto después se juzgó oportuno recortar los privilegios de franco salado y de entradas a los cuerpos y a las comunidades; la de San Lázaro perdía en ello al año diez mil libras. La cosa no se quedó ahí; el famoso Jean Law, puesto a la cabeza del negocio, hizo probar su sistema sobre el crédito de los papeles que el pretendía hacer circular por el reino con éxito para el rey y los súbditos, de suerte que todo el dinero estuviese en manos del rey, que en ello (33º cuaderno) podría hacer la ganancia que hacen todos los negociantes juntos. Para ello, se aumentaron desorbitadamente las especies hasta casi la mitad de su valor, y más tarde todavía más; se resolvió pagar el capital de todas las deudas del reino, lo que se llevó a cabo en papel al comienzo del año 1720. Estos papeles fueron bien pronto desacreditados por un edicto del mes de mayo de 1720. Mucha gente había hecho una fortuna inmensa, pero una infinidad de otros, y sobre todo de las comunidades, se encontraron arruinados, al ser reembolsados en billetes. Las de la CM no corrieron mejor suerte que las demás: sólo la casa de San Lázaro perdió de golpe más de catorce mil libras de rentas, las otras en proporción, no habiendo casi nadie que no tuviera una gran parte de su fondo sobre la ciudad de París o sobre el clero , y todo se pagó en papel. El sr. Bonnet escribió el 1º de enero de 1718. Todas las casas de Francia están en apuros en cuanto a lo temporal y ésta en proporción más que todas las demás. Esperemos que Dios no deje que nos llegue a faltar lo necesario, lo que importa es que seamos fieles a nuestras reglas, a nuestros votos y a nuestros deberes. Y en 1719: Esta casa, aunque puesta en grandes apuros, no ha recortado nada de las bienes obras que se realizan en ella; somos aquí todavía 35 sacerdotes, 61 estudiantes, 35 seminaristas y 80 hermanos, todos, gracias a Dios, dedicados a las funciones ordinarias.

Al comenzar 1721, el sr. Bonnet escribió también a la Co: Esta casa, los mismo que la mayor parte de las otras de Francia, está muy degradada en lo que se refiere a lo temporal, extrañamente reducido en todas partes, y es que no se sabía qué hacer con todos estos billetes de los que se veían cargados. Algunas casas establecidas en las grandes ciudades hicieron adquisiciones; no se dio a las demás el tiempo de hacer lo mismo, a medida que el procurador general expuso que el sr. Bonnet dejara la libertad a las casas para sustituir así su capital; no se encontraba tampoco la comodidad en muchos lugares, y los fondos no tenían ya valor. Por lo tanto se vieron en la obligación de volver a poner de nuevo sus bienes en la ciudad, al tanto por ciento que quisiera asignar el rey. El sr. Bonnet continúa: Esperamos que Dios nos sostendrá si le somos fieles y que aumentará nuestros bienes espirituales, en la medida que han disminuido los otros. Además de la persona del rey, señalado protector de la Co, a quien todas las casas de Francia perdieron, la muerte se llevó algunos años después a la Sra. Françoise d’Aubigné, marquesa de Maintenon, fundadora en particular de la Casa real de St.-Cyr. falleció en St. Cyr, adonde se había retirado después de la muerte del rey, el 15 de abril de 1719, tras una larga vida de 83 años, que había estado llena de piedad en toda clase de buenas obras, muy desprendida del espíritu del mundo y de todas sus falsas máximas, siempre alejada del vicio y constante en la práctica de las virtudes: es el elogio que de ella hizo el sr. Bonnet, al encomendarla a las oraciones de la CM, la cual perdía a una amiga fiel y constante y a una protectora igualmente poderosa y llena de buena voluntad en todo tiempo y en toda clase de ocasiones. Al principio Dios dio a la CM a la Sra. Duquesa d’Aiguillon, sobrina del cardenal de Richelieu, todopoderoso en Francia, y el sr. Vicente había recurrido siempre a ella en sus apuros; la Providencia le dio también, más tarde, a la Sra. de Maintenon, la dama más acreditada en el espíritu del rey, y a ella se dirigían cuando la gente quería exponer algo a Su Majestad o recibir algunas gracias necesarias para unir beneficios a ciertas casas. La de Lyon que había hallado dificultades para obtener el consentimiento del sr. de Tessé, abate de Savigny, con el fin de proceder a la unión del priorato de Mornant, dependiente de esta abadía, la Sra. de Maintenon escribió sobre ello al mariscal, su padre, que estaba por entonces en España, el cual comunicó al sr. abate, su hijo, que hiciera todo lo que la Sra. de Maintenon deseara.

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