Historia general de la C.M., hasta el año 1720 (64. Decretos de la asamblea de 1711. Seminario de renovación)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Claude Joseph Lacour, C.M. · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1731.

Fue escrita por el Sr. Claude Joseph Lacour quien murió siendo Superior de la casa de la Congregación de la Misión de Sens el 29 de junio de 1731 en el priorato de San Georges de Marolles, donde fue enterrado. El manuscrito de l’Histoire générale de la Congrégation de la Mission de Claude-Joseph LACOUR cm, (Notice, Annales CM. t. 62, p. 137), se conserva en los Archivos de la Congregación de París. Ha sido publicado por el Señor Alfred MILON en los Annales de la CM., tomos 62 a 67. El texto ha sido recuperado y numerado por John RYBOLT cm. y un equipo, 1999- 2001. Algunos pasajes delicados habían sido omitidos en la edición de los Anales. Se han vuelto a introducir en conformidad con el original.


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San Vicente de Paúl
San Vicente de Paúl

LXIV. Decretos de la asamblea de 1711. Seminario de renovación

La asamblea en que fue elegido el sr. Bonnet es la octava de las asambleas generales. Se dieron algunos decretos en latín, como en todas las otras. Se preguntó si no era tiempo de ejecutar el plan tomado bajo el sr. Vicente de hacer pasar a los miembros que hubieran ya cumplido algunos años después de los votos en una casa de retiro para renovarse espiritualmente y adquirir un mayor conocimiento de las funciones. Después de alegar las razones de una parte y de otra, se concluyó no diferir por más tiempo la cosa, por otra parte tan necesaria, cuya ejecución no era ya demasiado difícil, en vistas del estado presente de los asuntos y de los miembros de la Co, que se debía hacer lo antes posible, en la casa que juzgara el general como más cómoda para ello. El sr. Bonnet ejecutó este decreto a partir del año siguiente: determinó a este efecto la casa de St.-Charles, vecina de San Lázaro, donde se había educado anteriormente a jóvenes, y nombró al sr. Faure primer asistente, para ocuparse de este seminario de renovación. El general se lo escribió a la CM el mes de enero de 1712. Pensamos eficazmente comenzar este seminario de renovación, que había sido detenido por el difunto sr. Vicente, en la primera asamblea que tuvo en San Lázaro en 1642. Por donde se ve cuánto tiempo llevaba la CM pensando en renovarse en el espíritu y la gracia de su vocación. Alega las propias palabras de esta asamblea; a saber: La CM ha resuelto dos cosas. 1º que en adelante se haría una segunda probación en San Lázaro, o en otra parte, a gusto del general; 2º que duraría un año, y no se tendría (26º cuaderno) más que al cabo de seis o siete años después del Seminario, sin por ello limitar el poder del general, para adelantar o retrasar este tiempo, a su juicio, para el bien de los particulares y de la CM. El sr. Bonnet continúa: La asamblea de 1668, bajo el sr. Almoras, restringió esta duración a seis meses, señalando que habría que comenzar cuando el estado de la CM lo pudiera permitir, y habiendo pensado la última asamblea que esta probación más necesaria ahora que nunca, no era impracticable, hemos establecido los reglamentos para comenzar el primero de julio próximo, sin saber si será en San Lázaro o en otro lugar. Algunos superiores ya han deseado ser admitidos; me gustaría que los que sienten tal deseo nos lo hagan saber, a fin de que esta fundación sea puesta en marcha por gente de buena voluntad, lo que no nos impedirá llamar a los que lo necesiten verdaderamente. Varios Misioneros pidieron acudir los primeros; y el sr. Bonnet llamó a doce a París que fueron en la primavera de 1712. No entraron enseguida. Comenzaron sólo los ejercicios en el mes de octubre y no pudieron salir hasta el invierno. Algunos no se quedaron los seis meses enteros. El general los devolvió a todos a las casas de donde habían venido. Porque no quería retenerlos en San Lázaro, ni enviarlos a otra parte, por miedo a que algunos se imaginaran que cuando se los llamara al Seminario, se aprovecharía la ocasión para sacarlos de su puesto, y que por ello no obrarían de buena voluntad al pedir asistir. Los primeros regresaron bastante contentos, sin embargo habían deseado que se les hubiera dado un director como segundo algo más experimentado.

El general habla del éxito de estos primeros ejercicios del Seminario de renovación en una de sus cartas, así: Nosotros abrimos el Seminario de renovación en St.-Charles, el día de la Asunción de la santísima Virgen. Nueve de nuestros sacerdotes lo han comenzado y ha tenido éxito gracias a Dios; estos señores han salido muy contentos y edificados, y nosotros igualmente. En adelante no se tendrá el Seminario en invierno, sino tan sólo a partir de la semana del buen Pastor después de Pascua hasta San Lucas para que los obreros estén en condiciones de retomar sus trabajos de las misiones y de los seminarios.

No recibimos cada vez más que a diez o doce personas todo lo más, bien porque este número es suficiente, bien porque la dedicación de estos señores a las funciones no deja de producirnos algún problema para la dirección, a causa de las medidas que se han de tomar para reemplazarlos en su ausencia. De esta manera fue como empezó este Seminario y duró los meses siguientes, hasta 1720 inclusive. Con todo se vio que diversas personas bastante jóvenes pidieron ir, y fueron llamadas, teniendo más en consideración como se creyó contentar su curiosidad por ver París, o su inconstancia por cambiar de casa, que por verdaderas ganas de pensar en su renovación interior.

En 1720 las casas sufrieron mucho. En primer lugar fue por la introducción general de los billetes en Francia que fueron casi inmediatamente desacreditados; y por otra parte, la peste que hizo ese año muchos destrozos; hizo difíciles los caminos, lo que causó la interrupción de este seminario en 1721. Al principio las casas particulares donde se quedaban las personas que iban soportaban los gastos, tanto de los viajes como de la pensión de los seis meses de estancia en San Carlos. Luego, el sr. Bonnet juzgando que eso cargaría demasiado las casas un poco alejadas de París, repartió los gastos necesarios para la pensión de estos señores, por cada casa, según sus facultades, como se lo dijo a la CM en una carta; pero los viajes se hicieron siempre a expensas de las casas de las que estos señores venían. Lo que no dejó de incomodar más a aquellas que estaban lejos de París, todavía más que las otras. Hemos referido aquí todo cuanto se refiere al Seminario establecido según lo que se había resuelto por esta asamblea; vamos ahora con los demás decretos.

Se recomendó que en la asamblea provincial se atuviera cada uno a lo que está reglamentado en las constituciones en este aspecto, sin añadir nada ni recortar; sobre todo que se concluyeran en siete u ocho días lo más; que no se vean venir inútilmente los procuradores, so pretexto de tratar los asuntos de la provincia; es que algunos venían con este pretexto por curiosidad, o para ver lo que pasaba en la asamblea; que no se dé ningún decreto; decidiendo sólo lo que se juzgue deber ser propuesto a la asamblea general, o al superior general; que se envíen las actas enteras con las preguntas aprobadas; es el visitador quien preside; a quien le pertenece según las constituciones comenzarlas y acabarlas. Establecido igualmente por la asamblea sobre la pregunta propuesta, a saber: Si los asistentes del general deben tener su residencia en las casas o al menos en las ciudades donde el general tiene la suya; que esto debía ser así según las constituciones, y que no se podía enviarlos a otra parte por un tiempo notable sin una necesidad muy grande, en cuyo caso de les sustituiría por vice-gerentes. Se ve de sobra la utilidad de este decreto.

La asamblea no da asistentes al general más que para que le sirvan de consejo. Son los únicos oficiales que él no elige, y todos los demás están enteramente a su discreción. No se había observado hasta ahora con exactitud, y después se ha seguido faltando. De tal forma que hoy el general no tiene a su lado a ninguno de los asistentes que fueron nombrados en la asamblea, excepto el que hace este oficio por la nación italiana.

Se preguntó si los que tienen voz pasiva en la asamblea doméstica o provincial, para la elección de un diputado, pueden antes y después del escrutinio destinado para hacer la elección renunciar a su derecho antes o después de haber sido elegido. Se resolvió que no estaba permitido sin razón que fuera aprobada por la asamblea, por varios motivos que se expusieron entonces. Se habló de lo que dicen las reglas del superior local, c.7, s..4, c. 5, donde se trata de la elección de los diputados a la asamblea, sea provincial, sea general, que después de haber intentado inútilmente 4 o 5 escrutinios, en los que bien sean dos, bien sean varias las personas que tienen siempre el mismo número de votos, se puede recurrir a la elección de 2, 3, o 5 compromisarios, si todo el mundo consiente. Pero si uno o varios electores no quieren consentir en este compromiso, la asamblea determina que en tal caso el consentimiento de los dos tercios es suficiente, conforme a lo que se señala en las constituciones particulares sobre la elección de los compromisarios para la elección del general. Se dijo que pertenecía a los directores de misiones, durante el curso de las misiones, leer las cartas que se escriben a los misioneros del equipo y también las que ellos escriben a menos que estén selladas con el sello del superior, o que el superior mismo o el asistente se encuentre en misión. En tal caso, tal derecho les pertenece. Además prohibido expresamente a quien quiera que sea, fuera del superior general, servirse de carroza pequeña o grande, perteneciéndole a él o a cualquiera de las casas de la Co, o preparada para él bajo otro nombre. Siendo este uso totalmente opuesto a la primera pobreza y sencillez de los antiguos misioneros. Prohibido también servirse de carrozas de alquiler, sino en casos de necesidad con permiso del superior. Porque el sr. Huchon, primer asistente, a quien el sr. Wáter había nombrado párroco de Versalles, cuando el sr. Hébert fue nombrado obispo de Agen, sintiéndose incómodo y sin poder andar a caballo con facilidad, se servía de una pequeña silla de ruedas, para venir a San Lázaro para cumplir con su oficio de asistente, y los demás misioneros no lo habían aprobado. Sobre la propuesta hecha de renovar el decreto de las asambleas precedentes que recomienda la uniformidad en la barba, el pelo, los sombreros, los vestidos y la manera de actuar, esta asamblea lo hizo con un octavo decreto urgiendo a los visitadores y superiores mantenerse firmes con todos sus inferiores y si alguien no quiere obedecer, decírselo al general. El noveno dice que el secretario de una asamblea debe ser elegido por el número de los que la componen, y que una misma persona en ningún caso puede tener dos voces activas, aunque sea a la vez diputado y sustituto en lugar de otro. Lo que no está permitido. Finalmente, la asamblea rogó justamente al general que no concediera nunca, a quienquiera que fuere, el permiso de ir a ver a sus padres, y de desviarse para visitarlos, a menos en caso de necesidad que apremia. No se ha visto sin embargo nunca tanta clase de permisos en el campo, como desde esta última asamblea, y otros misioneros que sin permiso han hecho tales viajes, no han sido castigados en consecuencia.

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