LIX. Decretos de la asamblea de 1703.
Esta asamblea, después de las sesiones necesarias para la elección de un general, se dedicó en las siguientes a dar algunos decretos para regular ciertos artículos que le parecieron de alguna consecuencia. En ellos se dijo que la intención de la asamblea que ningún sacerdote que hubiera pasado doce años después de los votos en la CM fuera excluido del derecho de voz pasiva al generalato, era para contentar a los extranjeros que temían que se hiciera algo parecido a lo que había ocurrido en la asamblea precedente para la exclusión del sr. Faure. Con respecto a las facciones, o maquinaciones en las asambleas, domésticas y provinciales, las reglas de los superiores y visitadores, con las constituciones, dicen lo suficiente para impedirlas y, si se dan, castigarlas con severidad, habiendo producido siempre gran horror en la CM. Aunque se haya garantizado hasta el momento que no exista la menor sospecha de novedad y en particular de la herejía janseniana, se había creído prudente en este tiempo en que estos errores se han deslizado en muchos lugares, recomendar a todos los súbditos de la CM el alejamiento de toda novedad peligrosa; y, si se conociera a alguien que estuviera tachado de ello o que las favoreciera, se estaría en la obligación de avisar al general en primer lugar, con el fin de aplicar un pronto remedio; de vigilar también para que los profesores no enseñen nada a los estudiantes de la Co, ni en los seminarios externos, que se resienta de novedades por poco que sea; en alabanza y aprobación de la carta del sr. Pieron, enviada con ocasión de la condena del Caso de conciencia censurado por el Papa. El sr. Water elegido ya general hizo observar exactamente este decreto, mandando retirar a los profesores los libros por poco sospechosos que fueran y ordenando a los superiores guardarlos cerrados. Se preguntó en esta asamblea con relación a los Misioneros que se hallan en casas, sucursales u hospicios, dependientes de otras casas y no pueden o no quieren asistir a la asamblea doméstica, si deben enviar sus sufragios por escrito, para la elección del diputado; así se había hecho en Valfleury, lugar dependiente de Lyon, donde habitaban siete u ocho sacerdotes que se habían reunido primero para dar sus votos, luego los habían enviado sellados a Lyon. Se decretó que no se podía hacer, sino que había que convocar a todo el mundo a la asamblea de la casa, para que acudan, si quieren gozar del derecho a dar su sufragio. Se tenían dudas sobre qué oficio de difuntos estaban obligados a decir los clérigos y hermanos por los difuntos de la CM. La asamblea declaró que eran los tres Nocturnos con las Laudes y que los que no sabían leer debían recitar el rosario o tres misterios. Esto en cuanto a los decretos latinos de esta asamblea.
Como no hacía tanto tiempo que se había celebrado la precedente, los diputados para terminar las cuestiones que en ella se exponen no hallaron materia que dejar al superior general de las preguntas que responder tomándose su tiempo, para luego instruir a la CM. Sin embargo, no faltaron ciertas quejas contra las infracciones de las reglas. Se rogó al sr. Wáter que pusiera algún remedio, y así lo hizo en la carta que escribió el 12 de septiembre del 1703 a un mes más o menos de su elección, de la que ya había dado aviso en carta más breve.
Ya conocen ustedes, dijo, el feliz suceso de nuestra última asamblea general, y Dios ha querido derramar sobre ella muchas bendiciones; es mi deber exhortarles a agradecérselo a Dios. Se han dado pocos decretos, pero se ha manifestado ardientemente que los de las asambleas anteriores sean mejor observados, lo mismo que los avisos e instrucciones dados en su momento. Se me ha encargado que recomiende el cuidado de los enfermos, que nada de lo necesario les falte, según nuestra costumbre. Ha habido muchas quejas sobre lo que se ve en muchos de los nuestros y sobre todo en los jóvenes que el espíritu primitivo de la CM se ha debilitado mucho, hasta el punto de que algunos no contentos con abandonar los usos y prácticas introducidas, desde el tiempo del sr. Vicente, parecen para colmo hacer poco caso de ello, y despreciarlo. Ya ven ustedes con facilidad adónde nos puede llevar, luego entrando en más detalles dice: Los hay que se dispensan de tratar espléndidamente a los nuestros, con externos en casas de campo, recibiendo el mismo trato de estos externos a cuyas casas van alguna vez a alojarse, aunque haya casas en el lugar, o bastante cerca. Otros que se encuentran en casas, poco distantes unas de otras, se regalan entre sí, dándose citas a este efecto. Todo esto, si no se remedia, tendría consecuencias funestas. Se debe tratar a aquellos de lo nuestros que vienen de fuera del modo prescrito por la asamblea de 1673. Se ha sabido que ha habido excesos en algunos lugares. Se ha deslizado en algunos, no sé qué libertad, de emplear sus bienes patrimoniales, o de beneficio, en usos vanos, e inútiles, olvidándose de que han hecho voto de pobreza. No está permitido hacerlo sino en obras pías, con el permiso del superior. Es falta contra la pobreza recibir, o procurarse regalos, que se apropien el disponer a su capricho de las limosnas y retribuciones de misas, los superiores deben cuidar de que se escriba el nombre de la casa sobre los libros que dejan comprar a los particulares, sin que puedan llevárselos de una casa a otra. De igual manera ha habido quejas de que muchos se acomodan a las modas de la gente del mundo, poco convenientes en las personas de nuestro estado, usando tabaco sin permiso, y delante de los cohermanos, y de los externos que no se sienten edificados. La asamblea desea que los superiores y visitadores impidan que avancen estos abusos, por toda clase de medios, y que no cambien nada en la forma y color de las ropas, tanto de los sacerdotes como de los hermanos en la manera de llevar el pelo, la barba, etc. Algunos escriben en cartas cosas que la prudencia y la caridad deberían tener ocultas. Otros envían estas cartas por gente confidencial y las reciben lo mismo sin la participación de los superiores. Conviene que lo superiores para prevenir estos desórdenes lean con cuidado las cartas que los inferiores escriben o reciben, y traten de descubrir luego estas malas prácticas, teniendo cuidado además de que no se cambie en el modo de comenzar las cartas, prescrito en la carta circular del difunto sr. Almerás.
Se habló después de las misiones. Se desea que los directores presten especial atención en tratar a los párrocos, y demás eclesiásticos con todo el respeto y deferencia que les son debidos, acordándose de los avisos y de los ejemplos del sr. Vicente sobre esta materia, cuidarse de que nadie dé lugar a creer que se viola el secreto de la confesión, v.g., obligando a los penitentes a declarar a sus cómplices al superior, o aceptando la comisión de descubrirlos lo que no se debe hacer nunca, sino en última necesidad. De otra forma sería hacer a los misioneros muy odiosos, y las misiones muy infructuosas. Los mismos directores vigilarán para que se observen los reglamentos con más exactitud sobre todo en lo que se refiere al tiempo de oír las confesiones, dando ejemplo a los demás. Impedir en cuanto se pueda a los nuestros cantar canciones, plantar cruces durante las misiones. No es nuestra costumbre recibir a hombres en la cofradía de la Caridad, excepto el que es elegido para procurador. Tampoco se ha de introducir la costumbre de los retiros por equipo antes de la misión, ni en las iglesias o capillas, donde no confesamos de ordinario a los externos, no se podría recomendar demasiado la correspondencia entre los misioneros, y la dependencia que .los inferiores deben tener de sus superiores. Siendo estas dos cosas la base y el apoyo de las comunidades, así como constituyen le felicidad. Por eso se prestará una atención particular para que nadie emprenda nada de importancia sin escribirle al superior o al general, y que los individuos en particular los procuradores no hagan nada de por sí, que sea extraordinario. La obediencia atrae las bendiciones del cielo sobre nuestras empresas. Se ha observado que algunos superiores se han entregado con facilidad a dar los ejercicios espirituales a religiosas, fuera del curso de las misiones, a realizar visitas en sus casas, con el poder de los obispos. Deben excusarse y los prelados recibirán fácilmente sus excusas, si quieren exponerles con todo respeto, pero con firmeza las razones que se tienen para no aceptar tales empleos.
También hubo quejas de que otros dan paseos a menudo y viajes algunos días a los campos sin necesidad, y ello con gastos inútiles, y pérdida de tiempo, sin hablar del mal ejemplo que dan a sus inferiores. Se dijo que algunos se descuidan en oír las comunicaciones, que otros emprenden cosas de bastante importancia, sin hablarlo con los consejeros. Otros permiten que los que hablan en las conferencias y repeticiones de oración digan cantidad de cosas contrarias a la caridad, acusando con términos generales a personas de la CM. Y otros hacen reproches encubiertos a los que podrían haber escrito sobre su conducta a los superiores mayores, en lugar de obedecer la regla que les obliga a declarar de vez en cuando a su familia, que les agradará que se advierta al superior de sus defectos, y que se puede hacer con toda libertad. Otros no tienen cuidado en mandar leer las ordenanzas de las visitas, decretos de asambleas y cartas circulares que son de alguna importancia. Los hay que se descuidan en mandar renovar los votos a los que no tienen aún seis años de vocación, después de hacerlos. Finalmente se advirtió que algunos se dirigen a su familia de una forma demasiado imperiosa, que nada tiene que ver con la dirección dulce y caritativa del hijo de Dios que fue imitado con tanta perfección por nuestro Venerable padre, lo que sin embargo no debe dar ocasión a los inferiores a desaprobar la firmeza que deben tener los superiores para mantener el buen orden. Esto es, concluye el sr. Wáter, lo que la última asamblea me ha rogado que les escriba, para impedir que la CM caiga en la relajación. Les ruego que reciban todos estos avisos con el mismo espíritu en que les han sido dados, que no es otro que el espíritu de caridad. Es muy justo prevenir todos estos defectos, y corregirnos de ellos si somos culpables, con el fin de recuperar en nosotros, o conservar, el primer espíritu de nuestro instituto, sin que se pueda decir lo contrario de los defectos parecidos a los que se señalan en esta carta, que le daban un gran alcance. No se observa que en las otras asambleas, se advirtieran cosas tan esenciales en los superiores, cuando éstos caigan (cayeron) en tales desórdenes. La CM irá pronto en decadencia, sin poder sostenerse más que por la observancia de las reglas, la cual depende siempre de los que llevan la dirección inmediata de las casas.







