XVIII. Nuevos cuidados del sr. Almerás por las ceremonias de la Iglesia
El superior general tenía tal celo por mantener en la CM la regularidad y la exactitud en todas las ceremonias de la Iglesia que, no contento con haber mandado imprimir un manual, envió también antes una carta circular para recomendar su observancia. Escribió otra con fecha del 27 de marzo de 1670 donde dice: habiéndose agotado totalmente el manual de las ceremonias romanas en pocos años, el impresor nos ha pedido con insistencia reimprimirlo, siguiendo el deseo de varios eclesiásticos, lo que hemos mandado hacer con todo cuidado, aunque diversas ocupaciones nos hayan obligado a interrumpir con frecuencia este trabajo y tras varias conferencias sobre el tema, en las que se ha pesado con madurez todos los consejos recibidos de las casas de la CM, de otras personas inteligentes y sobre todo de los principales ceremoniales de Roma y de París, se ha tomado por fin la resolución de imprimirlo para hacer una segunda edición de la que les envío un ejemplar, pocos cambios se encuentran en ella de lo que existe en la primera en cuanto se refiere a la sustancia de las cosas, y tan sólo en algunos lugares, donde ha habido que hacerlo, ya para conformarse a las reglas del misal y del ceremonial de los obispos y de la práctica general de las principales iglesias de Roma, como para no oponernos sin razón a las opiniones de los buenos autores, además de una mayor exactitud que se ha añadido en diferentes puntos. En esta segunda edición, se ha perfeccionado también este manual de diversas maneras, 1º se le ha dado un orden más claro y más preciso en las materias que se han tratado, 2º se ha dado una explicación más exacta de las menores acciones, y de las menores ceremonias, según se podrá advertir fácilmente, 3º se añaden varias dificultades con su solución y alguna función importante omitida o pasada a la ligera en la primera edición a causa de la brevedad en ella impuesta, se esperaba, prosigue el sr. Almerás, dar al propio tiempo un segundo tomo en el que las ceremonias de los ministros del altar y del coro se explicaran por separado, con las de las solemnidades particulares que se encuentran en el curso del año, para tener de esta manera en dos tomitos un cuerpo bien cumplido de las ceremonias que se ejercitan en la Iglesia, pero habiendo retardado diversas ocupaciones este trabajo, hemos pensado dar este tomo primero que comprende todos los oficios ordinarios cuyo conocimiento es tanto más necesario cuanto mayor es su frecuencia. Ruego a cada uno que lea atentamente este manual y lo observe y lo guarde así como miembros del mismo cuerpo una entera uniformidad en este ejercicio importante de la virtud de religión, y dé en ello, según el deber de nuestro estado, el ejemplo del celo del honor de Dios que espera de nosotros.
Quien ha hecho público el estado de la ciudad de París y de las funciones a las que se entregan las diversas comunidades en esta gran ciudad ha creído decir quizás algo despreciativo a cuenta de San Lázaro, señalando que allí se enseña a los jóvenes clérigos a hacer las ceremonias de la Iglesia, habría podido alegar otras funciones tan importantes; pero siempre se ha incluido ésa entre las más importantes y no se menosprecia nada en esta numerosa comunidad para tratar como se debe las cosas más ligeras sobre esta materia, las demás casas de la CM se dirigen a ella para informarse bien sobre sus dudas. Se ha tenido por principio que se había de guardar en cada casa de la Co, aunque fundadas en diversas diócesis, las ceremonias romanas en cuanto a la sustancia y a los principales modos de practicarlas, con la sola excepción de aquellas que están tan universalmente recibidas por la costumbre de los lugares, o tan absolutamente ordenadas por los prelados, que existiría una especie de escándalo o murmuraciones en no acomodarse a ellas, lo que se debe decidir por la prudencia de los que están en los lugares, después de consultar a las personas inteligentes y proponer la dificultad a los visitadores. Máxime cuando se advierte que es según la intención de N(uestro) S(anto) P(adre) el Papa, quien expresándose sobre su deseo de lograr que se reciba su ceremonial en todas partes, con todo no desaprueba las ceremonias recibidas, como se ve por estos términos: Pro more locorum secundum laudabilem consuetudinem, etc. (En favor de lo que se estila localmente según una laudable costumbre). Si los Misioneros no obraran de esta manera parecerían singulares o al menos poco útiles al clero en materia de ceremonias.
Se hizo una lista de los lugares del ceremonial de los obispos que se había resuelto no seguir en la CM y que no encuadraban efectivamente con los usos recibidos en toda Francia; se señalan en primer lugar tres o cuatro clases de ceremonias, unas totalmente propias de los obispos u otros prelados cualificados; otras también propias, pero no con tanta seguridad anexas a los oficios pontificales, como estar de rodillas cuando el obispo bendice al diácono para ir a cantar el evangelio, recibir la paz hablando de los ministros sagrados después de comulgar, tras lo cual el diácono dice el confiteor para los que deben comulgar, y mantiene durante la comunión el Sto. Ciborio, otras también propias de los canónigos como hacer inclinación solamente al obispo y a la cruz del altar antes de los oficios, no besar la mano del oficiante, llevar la sede del oficiante bien a un lado del coro, bien al otro, por fin otras comunes a quienes hacen los oficios según el Romano, y de éstas se dejan algunas porque el uso en Francia es contrario, o en las diócesis donde se encuentra.
Tales son como marca el ceremonial de los obispos que los más dignos entran los primeros al coro cuando el oficio no es solemne, que un sacerdote entra cuando el oficio comienza todos menos el celebrante, el superior y los de capa se levantan para saludarlo, se descubren solamente en Francia a menos que sea un cardenal, o un prelado, hacer la señal de la cruz sobre sí cuando se entona el Magnificat, invitarse mediante una inclinación antes de recibir la incensación. Esto lo observa tan sólo el celebrante que oficia ante un obispo, ya que los de capa y otros son incensados en particular. Para los demás se inciensa al coro indistintamente con el incensario tomado de las manos del turiferario por el ceremoniero a la derecha del diácono para incensar el libro en las misas pontificales. Esto se hace también en las otras misas solemnes. Simples acólitos dan al obispo para lavarse las manos en las misas de difuntos, como en las otras misas, y no a los ministros, se hace en Francia, no estando ocupados entonces, que no hay más que las dignidades de una catedral que lleven capas en las misas mayores, y que no se tocan las campanas para el oficio de difuntos y días feriados; en Francia está en uso lo contrario, los prelados podrían quizás formalizarse, aunque las alfombras que se colocan delante de ellos sean de diferente color; dar la purificación a los comulgantes, no se hace en San Lázaro.
Se hace igualmente entonar el primer versículo de cada salmo entero a los dos chantres contra la disposición del mismo ceremonial, y hasta el uso bastante común en Francia, porque de otra forma sería fácil embrollar el final de la salmodia, en cuanto al canto se regula por todas las casas para la epístola, evangelio, vísperas, oraciones y lecciones, según la costumbre de las diócesis, pero en los prefacios, antífonas, y lo demás, según los libros romanos; sin embargo en las parroquias se puede tomar todo el canto de la diócesis si el obispo lo desea, el ceremonial de los obispos señala el canto del confiteor antes de la comunión, en Francia no se canta, las reglas así redactadas por los cuidados del sr. Almerás para la uniformidad de las ceremonias entre los misioneros fueron enviadas a todas las casas.







