Historia de la Causa de Canonización de San Francisco Régis Clet

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis CletLeave a Comment

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Autor: Roberto D'Amico, C.M. · Traductor: John de los Ríos, C.M.. · Año publicación original: 2000.
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regis clet 5En la Asamblea General de la Congregación de la Misión celebrada en París en 1835, a la propuesta presentada por la Provincia de Roma acerca de la introducción de la Causa de Beatificación del cohermano Francisco Folchi, muerto en 1823 en olor de santidad, se decidió cuanto sigue: «… unanimi voce reiecta est propositio…quia humilitati instituti nostri minus consenta­nea…»1

Tan autorizado decreto no permitió que se impulsaran, al menos por un siglo, los procesos de beatificación y canonización en Comunidad; tanto que todas las causas, de la mitad del mil ochocientos en adelante, se iniciaron muchos años después de la muerte de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad. Los postuladores, al presentar las «Positio» a la Congregación de las Causas de los Santos, adujeron como motivo del retraso de los procesos una cierta mentalidad vigente en la Comunidad debida a tal decreto.

Fue necesaria una nueva intervención, en 1931, de parte del Padre General, Francisco Verdier, para declarar sin vigor aquella norma.2 Pero del rigor de aquel decreto se excluyeron las causas de los mártires San Francisco Régis Clet y San Juan Gabriel Perboyre.

Las noticias bien detalladas del martirio de Francisco Régis Clet, acaecido el 18 de febrero de 1820, llegaron de inmediato a Roma y a París. El 10 de octubre de 1821, poco después del martirio, el P. Santucci, Superior del Colegio de los Chinos, de Nápoles, escribía así al Superior de Montecitorio, P. Baccari:

«Tengo el honor de enviarle una relación del martirio de Francisco Régis Clet, de su respetable Congregación, escrita por un cierto Francisco Mu, catequista, y que me ha llegado de Macao, junto con las cartas para este Colegio de los Chinos de Nápoles, del Procurador de la Misión de la China, P. Marchini. Por lo que a mí concierne, estoy muy contento, junto con mis cohermanos, por la gloria de Dios y por la que redunda a su Comunidad…Me place esperar que el glorioso nuevo mártir de Jesucristo se dignará interceder ante el Altísimo para obtener un aumento de fervor a sus celosos coherma­nos…»3

Después del martirio del venerado cohermano, era tal la fama de santidad y del martirio que los cristianos empezaron a recoger, en señal de veneración, todo cuanto le había pertenecido y que hubiera tocado su cuerpo, como preciosas reliquias: los vestidos manchados de sangre, los instrumentos de su último suplicio, las cadenas.

Estas reliquias se llevaron inmediatamente a París, y, en 1833, Juan Gabriel Perboyre, Director de los novicios, mostrándoselas a éstos, decía: «He aquí el hábito de un mártir, el hábito del Padre Clet, he aquí la cuerda con que fue estrangulado. Qué dicha para nosotros si un día tuviéramos la misma suerte.»

El ejemplo de Clet y la muerte de su propio hermano Luis en la ruta hacia la China como misionero, empujaron al mismo Perboyre a pedir y luego a ir a China, en donde el 11 de septiembre de 1840, a cuatro años apenas de su llegada, se hizo realidad aquel deseo expresado ante sus seminaristas, de dar la vida en testimonio de la fe con el martirio. La noticia de este nuevo martirio impactó profundamente la Comunidad vicenciana.

El Padre General, el Señor Nozo, en la circular del primer día del año 1841, al anunciar la muerte de Perboyre, escribía así:

Hemos derramado lágrimas de dolor y de gozo al recibir la noticia del martirio de nuestro cohermano, y al enterarnos de con cual generosa constancia dio su testimonio a Jesucristo, en medio de los más crueles tormentos, y con cual manifestación de fe y de amor abrazó la cruz ante jueces que querían que la pisotease…Su sangre, estoy seguro, será semilla de nuevos cristianos y hará surgir para esta misión, tan cara a su corazón nuevos operarios capaces de sucederlo…4

Por aquellos años era Prefecto de la Congregación de Propaganda Fide Su Eminencia el Cardenal Felipe Fransoni, que había tratado con la Comunidad la apertura de la Misión de Etiopía y estaba en buenas relaciones con el Procurador ante la Santa Sede, el P. Vito Guarini. Habiéndose enterado de este nuevo mártir, sugirió al Procurador de entonces abrir el proceso de canonización de ambos mártires.

Así, el 12 de junio de 1843, después de la petición formal presentada por el P. Guarini, se constituyó en el Vaticano la Comisión para decidir acerca de la apertura del proceso, y el 9 de julio, con el parecer favorable de la Comisión, el Papa Gregorio XVI declaró Venerables a los dos mártires, Clet y Perboyre, uniéndolos a otros 42 mártires de China examinados ya en 1840.

Se abrieron los procesos en China, en el Kiangsi y en el Honan, y los testimonios pusieron de relieve la igual fama de santidad y de martirio que los dos siervos de Dios tenían entre los cristianos chinos.

La causa de Juan Gabriel Perboyre se separó pronto de la de los otros mártires y llegó a la Beatificación en 1889.

Habiéndose presentado a la Congregación de la Causas de los Santos el proceso de Roma y los dos celebrados en China, el 22 de julio de 1893, en la congregación ordinaria, que se ocupó de la validez del proceso de Roma, de la validez de los procesos de China y de la obediencia a los decretos de Urbano VIII respecto del «no culto», se dio respuesta favorable a la primera y a la tercera cuestión; para los procesos de China se convino en pedir la convalida­ción del Papa para la «sanatio» de todo defecto de forma.

El Santo Padre, el 23 de julio de 1893, recibida la relación acerca de estos asuntos, confirmó las decisiones y convalidó los procesos desarrollados en China.

El 3 de febrero de 1900 se reunió la congregación particular para discutir acerca de la duda: an constet de Martyrio eiusque causa, necnon de signis seu miraculis martyrium ipsum illustrantibus in casu et ad effectum de quo agitur.

El 25 de febrero el Santo Padre dio su parecer favorable, es decir, que constaba del martirio, de la causa del martirio y de los milagros.

Finalmente, en la congregación general del 25 de marzo se respondió afirmativamente a la petición de si se podía proceder a la beatificación. El Santo Padre se reservó su juicio para implorar la ayuda divina.

El 8 de abril, Domingo de Ramos, hacía promulgar el decreto con el cual establecía que se podía proceder a la beatificación del Venerable con los otros mártires chinos.

El 7 de mayo se emitió el Breve de Beatificación, en el que se presenta a Clet con estas expresiones:

La Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, que abraza toda suerte de ministerios y de caridad y está tan difundida en los varios continentes, a los otros mártires dio por compañero en China al Venerable Siervo de Dios Francisco Régis Clet, el cual, no quebrantado por las fatigas apostóli­cas, ni espantado por los peligros, después de prolongados tormentos de dura cárcel, estrangulado y cruelmente golpeado, sostuvo con suma constancia el largo martirio.

León XIII, el 27 de mayo del mismo año, beatificó, junto con otros 77 mártires de la China y del Vietnam a Francisco Régis Clet. De estos mártires, 49 pertenecían a la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, 26 a la familia dominicana, y 1 era un franciscano italiano de los frailes menores.

En San Lázaro se celebró un Triduo solemne en honor del nuevo Beato, del 25 al 27 de junio.

La Canonización

Las primeras instancias, al menos en forma oficial, para canonizar juntos a todos los mártires beatificados de la China, se dieron por el interés del episcopado Chino de Taiwán.5

En 1984 se constituyó una comisión para promover la causa y los Obispos enviaron a la Congregación de las Causas de los Santos una petición formal.

Pero no se dio curso entonces a la instancia, ya que el Santo Padre, aunque adhería plenamente al proyecto de una canonización en común, no estimó que fuese el momento oportuno para seguir adelante, dada la situación político-religiosa extremadamente precaria de la China continental de aquel período. Se tuvo entonces el así llamado «Dilata».

En el consistorio del 29 de enero de 1996 se concluyó la causa del beato Juan Gabriel Perboyre, que se había llevado con el procedimiento normal e independiente, y se fijó la fecha del 2 de junio del mismo año para  la canonización.

La noticia movió al nuevo obispo de Kaohsiung, Paulo Shan Si, en su calidad de Presidente de la Conferencia Regional China de Taiwán, a recurrir de nuevo, el 28 de febrero de 1996, a Juan Pablo II para que declarase santos a todos los otros beatos mártires chinos.

Recurría, en efecto, en 1996, el 70º aniversario de la consagración de los primeros seis obispos nativos de la China, y el 60º aniversario de la constitución de la jerarquía católica en aquella nación golpeada durante medio siglo por una feroz persecución religiosa, sufrida por el clero y los fieles con heroica perseverancia a imitación de los beatos mártires. Motivos estimados pastoralmente válidos por la Iglesia de China y suficientes por lo mismo para pedir la dispensa del milagro global exigido por la ley canónica, siendo por lo demás imposible entablar encuestas diocesanas en la China continental sobre eventuales casos milagrosos.

A la carta del Presidente de la Conferencia le siguió, el 10 de abril, una súplica firmada por 9 obispos de Taiwán, en que se invitaba a Juan Pablo II a presidir la ceremonia en aquel mismo año, dedicado por la Iglesia local al estudio catequístico y a la evangelización, estudio favorecido por la traducción del Catecismo de la Iglesia Católica.

Con fecha 16 de abril respondió el Card. Ángelo Sodano, Secretario de Estado, que en la imposibilidad de retrasar la canonización del beato Perboyre para unirla a la de los otros beatos, la cuestión quedaba a estudio de la Congregación de las Causas de los Santos para una pronta y conveniente solución.

En realidad, el Santo Padre había juzgado oportuno levantar el «Dilata» de 1984 y había encargado al competente Dicasterio de examinar la propuesta de los Obispos.

Después de un primer encuentro en los primeros días de marzo entre los prelados de la Congregación de las Causas de los Santos y tres de los postulado­res, se juzgó oportuno una convocación de los siete interesados en los varios grupos de mártires.

En la reunión tenida el 10 de abril se decidió enviar a Juan Pablo II un «Supplex libellus» común, para pedir la unificación de todas las causas correspondientes a los grupos de mártires, con vistas a una sola canonización. Los postuladores adherían a las razones eclesiales de los obispos de Taiwán y se remitían al Santo Padre para el resto del procedimiento.

El mismo Santo Padre Juan Pablo II, en la homilía de la Canonización de Juan Gabriel Perboyre, el 2 de junio, se expresaba así:

Al recuerdo de Juan Gabriel Perboyre, que celebramos hoy, deseamos unir el de todos aquellos que han dado testimonio en el nombre de Jesucristo en tierras de China en el curso de los siglos pasados. Pienso en particular en los beatos mártires cuya canonización común, deseada por numerosos fieles, podría un día ser signo de esperanza para la Iglesia presente en medio de este pueblo, al que me siento tan cercano con el corazón y la plegaria…6

Los siete postuladores, animados por las palabras del Santo Padre, presentaron, el 15 de junio, algunas observaciones relativas al procedimiento, a las que adjuntaron dos colecciones de casos semejantes sobre la jurisprudencia adoptada por la Santa Sede acerca de la unificación de causas de beatos mártires para una sola canonización, y de la consiguiente dispensa del milagro.

Referida al Santo Padre la problemática estudiada para una puesta en marcha definitiva, la Secretaría de Estado, en carta de 31 de octubre de 1996, comunicaba al Dicasterio las condiciones a que había que sujetarse.

Los postuladores, informados pos la C.C.S., se empeñaron por lo mismo en preparar una colección de documentos o «dossier» para cada grupo de mártires, que respondiese a estos tres puntos:

  • necesidad de probar una continuada fama martyrii;
  • documentación a fondo para cada grupo de la así llamada fama signorum; y de los datos sobre la perseverancia de tantos cristianos en la fe y la supervivencia de la Iglesia en China, atribuible a la invocación y ejemplo de los mártires, como condiciones previas a la posibilidad de pedir al Santo Padre la dispensa del milagro;
  • eventual unificación de los 7 grupos de Beatos Chinos, consiguiente a la valoración de los requisitos.

El 27 de abril de 1997 se presentaron a la Congregación de las Causas de los Santos los varios «dossier» preparados por los siete postuladores.

En noviembre de 1999, tres consultores de la Congregación, después de haber estudiado a fondo los varios «dossier», dieron su voto favorable «ad ulteriora».

El 11 de enero de 2000 se tuvo el decreto de unificación de las Causas, y el 22 de los mismos el Santo Padre decretaba que se podía proceder a la canonización de los 120 Beatos.

El 10 de marzo Su Santidad Juan Pablo II, en el Consistorio Público, anunciaba la Canonización de los 120 Mártires de China para el 1º de octubre de 2000.

Culto al Santo Mártir

Los misioneros que habían trabajado en China afirmaban que Clet era muy venerado y conocido por su larga actividad apostólica, de cerca de treinta años, por sus virtudes, por su preparación cultural y, finalmente, por su glorioso martirio.

Inmediatamente después del martirio en U-tch’ang-fu, sus verdugos lo sepultaron cerca al lugar donde había sido ajusticiado, en el campo de los delincuentes. Pero los preciosos despojos no permanecieron allí mucho tiempo, porque los fieles, poniéndose de acuerdo entre ellos, los transportaron durante la noche a Hong-cian, o Montaña Roja, al cementerio de los cristianos, en donde fueron venerados con gran fervor de los creyentes.

Cuando, en 1843, se le declaró Venerable, junto al santo cohermano Juan Gabriel Perboyre, los Superiores de la Congregación de la Misión quisieron que los restos mortales de los dos mártires fuesen llevados a París a la Capilla de la Casa Madre de la Congregación, y se dirigieron para ello al cohermano Obispo en China Mons. Delaplace.

Los fieles chinos, conocedores de esta petición, enviaron una súplica a Mons. Delaplace conjurándolo a dejar en China las reliquias del Padre Lieu (éste era el nombre chino de Clet):

En nombre de todos los cristianos de Hu-kouang le enviamos la presente súplica, para que nos conceda poder conservar entre nosotros el santo cuerpo del Venerable Clet, para eterna memoria de su martirio…Le suplicamos igualmente considerar que si las reliquias de los santos que nos han dado ejemplos admirables no quedan en sus primitivos lugares, es de temer que con el pasar del tiempo se borren de la memoria. Por lo mismo le dirigimos humildemente esta súplica, implorándole que tenga en cuenta el afecto de toda esta grey de fieles, y les deje el cuerpo de su antiguo pastor.7

No obstante la petición, el 23 de mayo de 1853, los restos de Clet fueron exhumados ante Mons. Delaplace, vicentino, y Mons. Spelta, sucesor de Mons. Rizzolati, y llevados primero a Ningpo y luego a París.

El 30 de enero de 1869, después de un largo y aventurado viaje, fueron recibidas con gran fiesta en París las reliquias del heroico mártir en la Casa Madre de la Misión.

El 6 de septiembre de 1878, en la sala de las reliquias de  San Lázaro, en la Casa Madre, el Obispo Auxiliar de París, Mons. Richard, después de un riguroso examen practicado por dos médicos, concluyó el reconocimiento canónico de los restos mortales del Venerable.

Vueltos a París los restos mortales, se desarrolló su veneración de modo particular, y después de la Beatificación se dedicó un altar en su memoria.

La figura de Clet ha quedado un poco a la sombra de su cohermano Juan Gabriel Perboyre: habiendo sido éste escogido como protector de nuestros Seminarios, era más conocido, y por consiguiente más venerado.

En todas las iglesias de la Congregación y de las Hijas de la Caridad, junto a las capillas y altares dedicados a Perboyre, está la imagen o el cuadro que representa a Clet al pie de un patíbulo en forma de cruz y con una cuerda entre las manos, signo de su muerte por estrangulamiento.

En Grenoble, junto al bautisterio, hay una gran lápida que recuerda a los fieles el bautismo de su conciudadano mártir por la fe.

En el Archivo de la Casa Madre de París se conservan cartas que documentan algunas gracias obtenidas por intercesión del Santo: son diversas curaciones descritas a menudo por Hijas de la Caridad, que, prestando servicio a los enfermos en los hospitales, o por situaciones personales en los casos más graves, se encomendaban a la intercesión del Beato Francisco Régis Clet9 y eran oídas en sus oraciones.

El Arzobispo de Hankow, Mons. Dong Guang Ding (ya fallecido), afirmaba, en 1988, que el recuerdo de los mártires Clet y Perboyre permanecía vivo en la región.

En febrero de 1994 escribía: Al inicio de la revolución cultural, las estelas que se pusieron en China sobre las tumbas de Clet y de Perboyre fueron escondidas por los cristianos, por miedo de que fueran profanadas y rotas. Él las hizo buscar y se encontraron, la de Perboyre, entera, la de Clet en cambio incompleta, sin la inscripción china, y las hizo poner con honor en el seminario patriótico regional de Wuhan, a fin de que los futuros sacerdotes de la región se acuerden de aquellos que fueron sus padres en la fe.

Conclusión

El 1º de octubre del gran Jubileo del 2000, la Iglesia, en la canonización de los mártires chinos, ha querido exaltar la santidad y la constancia en la fe, no obstante las persecuciones, de la Iglesia china.

Ha sido hermoso que en la misma gloria se hayan exaltado juntos los cristianos ce China con los misioneros europeos.

Francisco Régis Clet, simpático, amable, cordial y disponible, de trato acogedor, amaba a los chinos y ellos lo amaban a él. La situación de extrema pobreza en que tenía que trabajar lo entristecía profundamente. El P. José Ly, que lo había conocido siendo niño, escribió con admiración: El corazón y el espíritu del Padre Lieu (nombre chino de nuestro mártir) era una gran linterna.

Con la canonización, la «gran linterna» sale de la sombra y alumbra a cuantos en la Iglesia se sienten llamados a anunciar el Evangelio a los pobres de hoy.

  1. Acta Conventuum Congregationis Missionis, p. 246; e Conv. Gen. XVIII, sess. 8, a. 1835.
  2. Cf. Carta Circular del 1º de enero de 1931 en la Colección de las Circulares de los Superiores Generales.
  3. Carta de Mons. Santucci, Superior del Colegio de los Chinos, de Nápoles, al P. Baccari, Superior de Motecitorio en Roma.
  4. Recueil des Principales Circulaires des Supérieurs Génèraux de la Congrégation de la Mission, t. II, p. 524.
  5. Los Beatos mártires eran 120, de los cuales 86 de nacionalidad china: 4 presbíteros, 2 seminaristas y 80 laicos de diversa extracción social. De 1648 a 1930, siete Comunidades religiosas tuvieron miembros martirizados en China: Franciscanos, Dominicos, Jesuitas, Misiones Extranjeras de París, Vicentinos, PIME, y Salesianos. Estos misioneros eran de nacionalidad italiana, francesa, española, belga, holandesa: 6 obispos, 20 presbíteros y 7 Hermanas Misioneras Franciscanas de María Inmaculada. San Juan Gabriel Perboyre, que en 1889 había sido el primer mártir de la China en ser beatificado; así, en 1996, precedió también a todos los demás mártires de la China en la Canonización.
  6. L’Osservatore Romano, 3-4 de junio de 1996.
  7. Cf. Annales de la Congrégation de la Mission, t. XXXIV, p. 306 ss.
  8. Cf. Annales de la Congrégation de la Mission, t. XXXIV, p. 306 ss.8Cf. Annales de la Congrégation de la Mission, 65 (585-587); 66 (145, 497); 67 (459-460); 68 (132). Los originales que se conservan en el Archivo de la Casa Madre están numerados… 27, 34, 39, 40…, y uno está sin número; son cartas dirigidas al Padre General.

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