No parece conveniente que pase en silencio la fecha clave de 1617 en la vida de San Vicente y de su Misión en la Iglesia y el mundo.
Enero de 1917. «Dios envía al Sr. Vicente una señal de su vocación». Un anciano colono de los Sres. de Gondí se confiesa con el Capellán, y es el Sr. Vicente, y manifiesta a la señora, que se hubiera condenado por haber hecho malas confesiones en toda su vida.
El Espíritu interpela a San Vicente, por medio de esta mujer sensible, piadosa: «Sr. Vicente: ¡Cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio se pone a esta situación?»
25 de enero de 1617. San Vicente se hace misionero de los campos y predica su primer sermón, para persuadir a los fieles cristianos de una buena confesión.
1 de agosto de 1617. Vicente ha huido de la «comodidad» y «honesto retiro» del palacio de Montmirail, con permiso de su Director, Berulle, y toma posesión de la abandonada Parroquia de Chatillon des Dombes, en el arzobispado de Lyon.
Segundo domingo de agosto de 1617. Dios habla al Sr. Vicente para confirmar su vocación de servicio caritativo al necesitado. La señora de Chasaigne le dice «que en una casa alejada de la villa todos están enfermos, nadie les ayuda». «Todo esto, refiere el santo, me llegó sensiblemente al corazón» (Coste, IX, 243). Predicó fervorosamente de la Caridad, y atendió espiritualmente a los enfermos. Vio la multitud de sus feligreses llevando auxilio al domicilio, reflexionó ante el copón que lleva aún en sus manos y halló la fórmula mágica: «He aquí una gran Caridad, pero mal organizada. Hay que ordenarla».
23 de agosto de 1617. Llama a las jóvenes y señoras de la feligresía, les presenta y explica un proyecto de organización de la Caridad Parroquial, y durante tres meses experimenta el servicio caritativo a domicilio por turnos de señoras, con felices resultados.
24 de noviembre de 1617. El Vicario general de Lyon aprueba el Reglamento de la Caridad Parroquial de Chatillon después de dos viajes del Sr. Vicente a la capital diocesana.
8 de diciembre de 1617. El Párroco Sr. Vicente erige en la capilla del hospital, dedicada al Nombre de Jesús, la cofradía de la Caridad o Caridad Parroquial, en el Día de la Inmaculada: «Invocando y tomándola por Patrona en estas cosas de tanta importancia, que redundan en gloria de su Hijo; irá todo bien infaliblemente» (XIV, 126).
24 de diciembre de 1617. Vuelve a la Casa de los Gondi, por obediencia a su Director, pero con plena libertad en dedicarse a la Misión y a la Caridad.
Un año decisivo y fecundo en verdad que orienta la vida posterior de San Vicente.
Había pasado ya la triple crisis de la vanidad, de la ambición eclesiástica y de la comodidad. Después de una noche oscura de tres años se había consagrado a Jesucristo en servicio total al pobre. Las señales providenciales y la organización incipiente de la Caridad y de la Misión abren el camino seguro de un destino extraordinario.
Desde 1617 ya no cesa de dar Misiones, organizar Caridades de hombres, de mujeres y mixtas, con múltiples reglamentos adaptados a las necesidades de cada situación. Ordenará la Caridad en Macon (1620) y prepara serenamente la organización de la Misión y de la Caridad, después de hacer dos veces ejercicios espirituales, – de consultar con San Francisco de Sales, Santa Francisca Chantal, de ponerse bajo la dirección del Dr. Duval, ya que Berulle no ve la vocación especial del Sr. Vicente y se cruzará en el camino.
Servir a la Iglesia-Caridad y a la Iglesia-Misión, preferentemente en los pobres, fue la Vocación y el Carisma personal y que transmitió a todas sus Instituciones.
El resto de su vida —cincuenta y siete años— lo dedicará a madurar su espíritu —la organización del Apostolado de Misiones y de Caridad—, a extender sus actividades personales y comunitarias por la Iglesia, interpretando sabiamente los «signos de los tiempos» y las «menesterosidades de los hombres», en tal forma que pudo decir el Obispo Enrique Maupas en la oración fúnebre: «El Sr. Vicente cambió casi totalmente la faz de la Iglesia».
A los trescientos cincuenta años la Iglesia y, como parte de ella, la Compañía de la Misión y la de la Caridad, se encuentran en plena renovación, después de un Concilio singular y preparando asambleas adecuadas a este fin. Volver la vista a estos hechos e instituciones, más que tricentenarios, es saludable como el beber en la fuente pura, después de haber seguido mucho tiempo el curso del río —a veces abandonando el cauce— enturbiado por el légamo de los modos pasajeros del «siglo».
Es admirable la santa ilusión con que Padres, Hermanas, Damas de la Caridad y Conferencias se entregan a preparar y a realizar esta «adecuada renovación», como he podido comprobar por España y en nuestra reunión estival de peritos en Roma.
Veremundo PARDO, C. M.






