Gerard Brin (1618-1676?) (Parte Primera)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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1.- Noviciado. Le Mans. Paris.

El Sr. Gérard Brin había nacido en 1618 en un pequeño pueblo vecino de la ciudad de Cashel en Irlanda, y había sido recibido en la Congregación de la Misión, en París el 14 de octubre de 1639; apenas había cumplido veintiún años. Admitido a pronunciar los votos el 2 de noviembre de 1642, fue ordenado sacerdote en el curso del año 1664. Su tierna piedad, no menos que su amor por el estudio, le señalaron muy pronto a la atención de sus superiores y le atrajeron de su parte un gran testimonio de confianza.

En 1645, san Vicente había establecido a sus sacerdotes en la diócesis de le Mans; el 30 de junio, el Sr. Guillaume Gallais había tomado posesión, en su nombre, de la colegiata de Coefort, donde había instalado a los misionero venidos de París. El 18 de noviembre siguiente, el obispo quiso también confiarles su seminario. El Sr. Gallais no podía sin embargo aceptar la administración sin restringir sus misiones; deseando conciliarlo todo, Vicente de Paúl decidió que éste último continuara sus trabajos como en el pasado, y que el Sr. Brin se ocupara únicamente del seminario y de los retiros para los ordenandos.

El joven sacerdote puso toda la entrega y todo el celo de que era capaz en el ejercicio de este nuevo ministerio; lo cumplió a entera satisfacción del Sr. Portail, llegado a le Mans de visita hacia el mes de abril de 1646. San Vicente informado de estos felices comienzos escribió al punto el 3 de mayo: «El Sr. Brin podrá continuar al cuidado de los seminaristas, si lo puede hacer como había comenzado».

No obstante, esta alma ardiente aspiraba a grandes sacrificios; ardía por darse entera a la conversión de los herejes o de los infieles. Movido por estos pensamientos, el Sr. Brin abandonó bruscamente le Mans, y llegó a París el 22 o el 27 de junio; esta súbita partida dio lugar a algunas sospechas acerca de la firmeza de su vocación en el espíritu de varios misioneros, en particular del Sr. Portail. Pero el bueno del Sr. Vicente se esforzó pronto en destruirlas: «Lo que os han escrito del Sr. Brin, decía al Sr. Portail, no es verdad. Se vino de le Mans directo aquí, donde la experiencia nos ha hecho ver que la sola providencia le ha retirado de ese lugar, …y el dicho Sr. Brin vive entre nosotros con grande edificación».

Se quedó pues en París, preparándose, con la meditación y la plegaria a las duras labores que le veremos emprender muy pronto. Querido de san Vicente, iba alguna vez a ocupar su lugar con los que habían sabido conquistar su afecto; ése es el único motivo de las visitas del Sr. Brin a Michel de Marillac, durante el mes de agosto de 1646: el hijo de la Srta. Le Gras estaba por entonces gravemente enfermo.

II.- Misión de Irlanda.

Entre tanto, por razones que sería superfluo recordar aquí, se decidió la misión de Irlanda. La mies era abundante, pero espinosa en extremo; exigía operarios entregados, preparados a derramar su sangre por la fe. Los Srs. Brin y Barry y los hermanos Aubriez, Le Clerc y Patriarche, de la casa de San Lázaro, fueron designados para esta noble empresa. Al enterarse de la noticia de su próxima partida cayeron de rodillas ante su venerado Padre para darle gracias por elegirlos y suplicarle que les diera la bendición por última vez. El humilde Vicente de Paúl, creyéndose indigno, pidió al Dios de las misericordias que se dignara bendecirlos él mismo: » Estad unidos, les dijo, y Dios os bendecirá; pero que sea por la caridad de Jesucristo; toda unión que no está cimentada con la sangre de este divino Salvador no puede subsistir. Es pues en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo como debéis estar unidos unos con otros. El espíritu de Jesucristo  es un espíritu de unión y de paz: ¿cómo podríais atraer a las almas a Jesucristo si no estuvierais unidos entre vosotros y con él mismo? Eso no podría ser. No tengáis pues más que un mismo sentimiento y una misma voluntad; de otra manera, sería hacer como los caballos, estando uncidos a un mismo carro, tirarían unos por un lado y otros por el otro, y así lo estropearían romperían todo. Dios os llama para trabajar en su viña, id pues como si tuvierais un mismo corazón y una misma intención y, de esta forma, recogeréis fruto.

Les recomendó luego la obediencia al Soberano Pontífice, tan necesaria en un país en el que la política inglesa empujaba al clero a la revuelta. Les recordó su conducta en el viaje y después de llegar al teatro de su misión exhortándoles a comenzar su apostolado por los catecismos, y añadir más tarde alocuciones sencillas, claras y patéticas.

Después de la despedida tan emocionante, el Sr. Brin recibió para el obispo de Limerick una misiva en la que san Vicente anunciaba al prelado el envío de ocho misioneros: «Unos y otros, añadía él, temen y aman a Dios y tienen celo por la salvación del prójimo, con la gracia de Nuestro Señor. Van a postrarse a vuestros pies, Monseñor, o ofrecerse al servicio de Vuestra Señoría Ilustrísima y de nuestros señores los prelados, a quienes puedan rendir algunos pequeños servicios, con el tiempo «.

Llenos de un santo entusiasmo, el Sr. Brin y sus compañeros se alejaron de París hacia mediados de octubre de 1646. Al pasar a le Mans, el pequeño grupo se aumentó con los Srs. Leblanc y Duiguin, y el hermano Le Vacher. El sr. Bourdet que debía ir a reunirse con ellos en Nantes, en calidad de superior, dudó en volver a su puesto, y fue reemplazado por el Sr. Duchesne, entonces ocupado cerca de Tréguier. Este retraso y la violencia de los vientos prolongaron en Nantes la estancia de los misioneros; se dedicaron al servicio de los pobres y de los enfermos en los hospitales, e instruyeron, en algunas conferencias, a las damas de la Caridad de las parroquias.

Lo mismo hicieron en Saint-Nazaire, donde debían embarcarse en un navío holandés. Dieron a los numerosos pasajeros una especie de misión y como primicias de su próximo apostolado, convirtieron a un gentilhombre inglés quien, herido de muerte, tres días después expiró bendiciendo su caridad y la misericordia de Dios.

Se embarcaron por fin el 18 de noviembre, y después de escapar de las tempestades en el mar, en busca de la tierra, de muerte bajo diversas formas, llegaron al destino. Allí, se repartieron entre la diócesis de Limerick y la de Cashel; en ambas partes, hicieron sus ejercicios ordinarios con un éxito que sorprendió a los obispos de Irlanda; allí,  como en todas partes,  clero y  pueblo quedaban transformados por igual. Pero entonces estalló la persecución.

El 14 de febrero de 1647, san Vicente, a quien entristecía esta desgracia, escribía con dolor » Las miserias del país de Hibernia son grandes  en todos los aspectos, y los enemigos cercan el lugar donde viven nuestras gentes; de manera que cuando van a misiones están en peligro «. Los mismos sentimientos le dictaban, algunos meses más tarde las siguientes líneas: «Tenemos noticias de nuestros señores de Hibernia. Me dicen que la guerra y la pobreza del país les son impedimentos grandes; no obstante, habiendo dado una misión, la asistencia de pueblo ha sido tan grande, que no había suficientes ayudas para las confesiones, aunque fuera cinco o seis confesores, a causa de que varios de los lugares vecinos  han acudioo al ruido de la palabra evangélica, y algunos a la distancia de unas diez leguas, han esperado cuatro y cinco días para poder confesarse.

Tan hermosas esperanzas no tardaron en desvanecerse ante el furor siempre creciente de los Parlamentarios; sus milicias indisciplinadas paseaban el hierro y el fuego por los campos, y cerraban el acceso al celo de los misioneros, hasta tal punto que san Vicente tuvo que llamarlos a Francia. Abandonada así, la misión de Irlanda parecía avocada a una ruina inminente ; pero el Sr Brin hizo delante de Dios el sacrificio de su vida; concibió la generosa resolución de no abandonar a sus compatriotas desdichados ; para compartir sus labores, y tal vez su martirio, se quedó tan sólo con dos sacerdotes y un hermano. No obstante, como la obediencia le imponía un deber de obtener, para su piadoso plan, el beneplácito de san Vicente, rogó a aquellos de sus compañeros que se marchaban que le presentaran su petición una vez llegados a París.

A la espera de una respuesta favorable, el Sr Brin no se quedó inactivo; al comienzo del año 1650, abrió los ejercicios de una gran misión en Limerick que incluidos los campesinos refugiados, no contaba con menos de veinte mil comulgantes. A pesar de la desproporción entre la enormidad del trabajo y el corto número de los obreros, no perdió el ánimo; poniendo toda su confianza en Dios, que solo tiene el poder de tocar los corazones, se puso a predicar con fuerza y convicción los terrores del juicio y la inmensidad de la misericordia divina ; sus palabras penetraron hasta el fondo de las almas, donde causaron saludables heridas y excitaron grandes sentimientos de temor y de compunción. Los resultados fueron maravillosos; de veinte mil personas capaces de aprovecharse de la misión, ninguna dejó de hacer su confesión general; ancianos sumidos desde hacía mucho tiempo en el desorden manifestaron señales inequívocas de una sincera conversión ; herejes obstinados abrieron los ojos a la luz de la fe ; usureros renunciaron públicamente a su culpable avaricia : el pueblo entero transportado por un mismo impulso hizo penitencia y vino a implorar la misericordia del Dios de paz. Es verdad, sin embargo, que se ha de añadir el buen ejemplo de la nobleza, y sobre todo la firmeza de los magistrados contribuyeron poderosamente al éxito; estos últimos no contentos con asistir con asiduidad a todos los ejercicios, usaron de su autoridad para desarraigar el vicio y emitieron leyes penales contra la blasfemia, el juramento ilícito y el escándalo; Dios pareció él mismo aprobar tales medidas, castigando con penas inmediatas a algunos blasfemos incorregibles.

El mejor elogio que se puede hacer del celo y de la caridad del Sr. Brin, en esta circunstancia es contar lo que el obispo de Limerick declaró a Vicente de Paúl: » A menudo he escrito a Vuestra Reverencia el éxito de vuestros misioneros en este reino. Es tal, a decir la verdad como está ante dios, que jamás en la memoria de los hombres hemos oído decir que se hayan hecho tales progresos en la fe católica como los que constatamos que se han hecho estos últimos años por su sagacidad, su piedad y su asiduidad. La misión sobre todo que hemos abierto al comienzo del año en esta ciudad, en la que no hay menos de veinte mil comulgantes, se ha dado con tanto fruto y aplauso de todos los habitantes, que no dudo que, gracias a Dios, la mayor parte hayan sido liberados de las redes de Satán, por el remedio que se ha puesto a tantas confesiones defectuosas, a tantas borracheras, juramentos, adulterios y demás desórdenes que han quedado abolidos del todo; de suerte que la ciudad ha cambiado de rostro, y se ha aprovechado de la peste, del hambre, de la guerra y de los otros peligros que nos oprimen por todas partes, para recurrir a dios por la penitencia.

» La bondad de Dios, que nos castiga con estas plagas, nos ha dado la gracia, aunque no seamos más que siervos inútiles, de emplearnos en esta buena obra. Es cierto que los comienzos han sido difíciles, y que algunos incluso han creído que no podríamos lograrlo ; pero Dios se ha servido de los débiles para confundir a los fuertes de este mundo.

» Los primeros de esta ciudad acuden tan asiduamente a las predicaciones, a los catecismos y a todos los demás ejercicios de la misión, que apenas la iglesia catedral resulta lo suficiente grande. No podremos aplacar mejor la cólera de Dios que extirpando los pecados que son el principio y la fuente de todos los males. Y ciertamente, no tenemos nada que hacer, si Dios no nos tiende la mano, a él pertenece impartir misericordia y perdonar.

«Padre mío, confieso que es a vuestros hijos a quienes debo la salvación de mi alma. Escribidles algunas palabras de consuelo. Yo conozco bajo el cielo otra misión más útil que la de Hibernia», etc.

Al leer el relato de tantas bendiciones, Vicente de Paúl no dudó ni un momento en aprobar la generosa resolución del Sr. Brin, a quien dirigió estas pocas líneas el mes de abril de 1650: Nos hemos sentido grandemente gratificados con vuestra carta viendo en ella dos efectos excelentes de la gracia de Dios. Por uno, os habéis dado a Dios para manteneros firme en el país en que os veis en medio de los peligros, prefiriendo exponeros a la muerte que dejar de asistir al prójimo; y por el otro, os entregáis a la conservación de vuestros cohermanos, enviándolos a Francia para alejarlos del peligro. El espíritu del martirios os ha llevado al primero, y la prudencia os ha hecho hacer el segundo; y los dos nacen del ejemplo de Nuestro Señor, el cual, en el momento en que iba a sufrir los tormentos de su muerte por la salvación de los hombres quiso salvar a sus discípulos y conservarlos, diciendo » Dejad ir a éstos y no lo toquéis». Así es como habéis obrado, como un verdadero hijo de este adorable Padre, a quien doy gracias infinitas por haber producido en vos actos de una caridad soberana,  que es la cima de todas las virtudes».

» Le ruego que os llene de ella, a fin de que ejerciéndola en todo y siempre, la pongáis en el seno de los que no la tienen. Y como estos otros señores  que están ahí tienen la misma disposición de quedarse, por grande que sea el peligro de guerra y de contagio, estimamos que les conviene dejar. ¿Qué sabemos nosotros de lo que quiere hacer Dios con ellos? Ciertamente, él no les da en vano una resolución tan santa. Dios mío, qué inescrutables son vuestros juicios. Vemos que al cabo de una misión de las más fructuosas  y tal vez de las más necesarias que hayamos visto, detenéis, como tal parece, el curso de vuestras misericordias en esta ciudad penitente, para dejar caer el peso de vuestra mano sobre ella, añadiendo a la desgracia de la guerra la plaga de la enfermedad. Pero es para cosechar a las almas bien dispuestas, y reunir el buen grano en vuestros graneros eternos. Adoremos pues las conductas del Señor», etc

En efecto, a la guerra venía a unirse un contagio tan violento que se llevó a ocho mil personas en Limerick

De este número fue el hermano del obispo, que se había entregado con los misioneros al servicio de los apestados. Por lo demás, todos morían contentos; ya que, decían, «Dios nos ha enviado a unos ángeles para reconciliarnos con él». Y el obispo, en su gratitud, no cesaba de repetir: «Ay, aunque el Sr. Vicente  no hiciera nunca por la gloria de Dios más que lo que ha hecho a estas pobres gentes, bien feliz debe sentirse». –Collet, II, 470.

Pero la guerra misma acabó con esta desdichada ciudad asediada el 11 de junio de 1651 por el feroz Ireton, y capituló el 27 de octubre siguiente. El lugarteniente de Cromwell ensució su victoria con las más atroces crueldades: veintidós individuos debieron abandonarse a merced del vencedor, entre los cuales el obispo de Emily, refugiado en sus muros y su alcalde, sir Thomas Stretch. Sir Thomas había sido elegido alcalde al salir de un retiro con los sacerdotes de la Misión, y había aceptado por entrega este peligroso honor.

La noticia de la capitulación de Limerick y de las masacres que le habían seguido vino a sembrar la confusión en el alma de Vicente: el 21 de diciembre declaraba su dolor al Sr. Lambert: «He aquí una noticia dolorosa, si es verdad, lo que se dice que Limerick ha sido tomada por los parlamentarios, y que han mandado prender al obispo y a una treintena de eclesiásticos, entre los cuales tenemos motivo de temer que se hallen los Srs. Brin y Barry. Esperamos mayor certidumbre».

El regreso inesperado vino a calmar  las angustias de este buen Padre sobre la suerte de sus hijos; por lo que se dio prisas en escribir al Sr. Lambert, el 22 de marzo de 1652: «…Añado a estas noticias las que hemos recibido de nuestros cohermanos de Hibernia, los que creíamos que habían sido del número de los que los ingleses han matado tras la toma de Limerick: pero, gracias a Dios, él los ha sacado de sus manos. Esto es seguro del Sr. Barry que acaba de llegar a Nantes, y a quien esperamos aquí; y tenemos razones de esperarlo, del Sr, Brin, aunque no estemos seguros. Salieron juntos de Limerick, con cien o ciento veinte sacerdotes y religiosos, todos disfrazados, mezclados con los soldados de la ciudad, que se salieron el día que los enemigos debían entrar en ella. Nuestra gente había pasado la noche disponiéndose a la muerte, porque no había lugar para los eclesiásticos, pero Dios no permitió que fuesen reconocidos como tales. Al salir, se separaron, tirando uno por un lado, el otro por el otro, no sin gran dolor; pero creyeron que había que hacerlo así, para que si uno perecía, el otro estuviera al menos en situación de salvarse. El Sr. Brin tomó la ruta de su región con el gran vicario de Canna, su buen amigo, y el Sr. Barry miró hacia ciertas montañas, donde al encontrase con una señora caritativa, ésta le recibió; allí ha pasado dos meses, al cabo de los cuales se le presentó por casualidad una barca que venía a Francia, y se embarcó, sin saber nada del Sr. Brin, desde su separación. Cree sin embargo que no le habrá resultado fácil volver a Francia, bien porque los ingleses ocupan el mar como a causa  de que ellos están en su región, de manera que necesita rezar. Con todo, el Sr. Vicente no estaba seguro del todo sobre los peligros a los que el Sr. Brin estaba expuesto en un país ocupado por los herejes; en Cashel sobre todo podía ser reconocido, traicionado y, desde entonces su muerte era segura. Por eso, el 3 de mayo, este buen Padre se lamentaba al Sr Lambert por no tener ninguna noticia del Sr.Brin.

Éste se vio por fin obligado a ceder ante las circunstancias viendo la inutilidad de su ministerio y juzgando temerario exponerse sin necesidad al furor de los ingleses, pensó en regresar. Hacia el mes de julio, la Providencia le ofreció la ocasión y pasó a Francia.

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