François Frété (1663-1687)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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§ 1

   El Sr. François Frété nació en Normandía el 18 de febrero de 1663. Sus padres tuvieron gran cuidado de educarle en la piedad y en las letras. Durante los seis o siete años que estudió con los RR. PP. Jesuitas, bajo el R. P. Chauvet, se comportó siempre tan prudentemente que este buen Padre ha declarado con frecuencia que no conocía a otro joven más piadoso y más aplicado a su deber. Entre sus condiscípulos, no era familiar más que con dos o tres de los mejores y más virtuosos del colegio. Componía muy bien en versos latinos, y realizó buenos estudios de retórica para terminar sus humanidades.

Deseoso de aprender la ciencia de los santos, resolvió dejar el mundo para consagrarse por completo a Dios. Su primer plan fue retirarse con los Benedictinos. Pero Dios que quería que fuese Misionero puso obstáculos a su primer proyecto. Un amigo suyo, quien había prometido ayudarle en esta empresa, le faltó a la palabra, por eso volvió la vista hacia otra parte, y sin saber en qué acabaría, se ofreció a Dios para hacer todo lo que le fuera más agradable. En esto, su padre oyó hablar de los Misioneros; se fue a Beauvais a informarse con el Sr. Watebled sobre las condiciones requeridas en aquellos que quieren entrar en nuestra Congregación. Le declaró en primer lugar las intenciones de su hijo y sus cualidades. Luego se lo trajo. El Sr. Watebled se quedó encantado del candor del joven postulante, y se lo escribió a nuestro muy digno Superior general, el Sr. Jolly, quien respondió que sería bienvenido. El Sr. Francisco Frété tenía entonces sufrimientos; su padre le llevó a San Lázaro una vez que estuvo en condiciones de viajar, y se lo ofreció  a Dios de todo corazón; lo que es algo bastante raro en las personas de modesta fortuna, ya que, después de educar con trabajo a sus hijos en los estudios, desean que se queden en el mundo para alivio de la familia, incluso contra los planes que Dios tiene sobre ellos y con un evidente peligro de su salvación.

§2

   Cuando el Sr. Francisco Frété fue recibido en el seminario, en París, el 24 de octubre de 1680, tenía diecisiete años. Nada más entrar, comenzó con un nuevo fervor a entregarse a Dios. Su recogimiento era ejemplar, su conversación dulce y amable. Después de ocho o quine días de seminario, hizo su primera comunicación al Sr. Talec, su primer director con una sencillez particular y ese candor de espíritu que le era natural. Al cabo de seis meses, como se mostraba ejemplar en todo, y como se creyó que era conveniente darle algún empleo exterior que le distrajera un poco de su gran ocupación interior, le enviaron al hotel real de los Inválidos  atendido por los misioneros para regentar a los pequeños alumnos que hay en él. Allí no tuvo nunca dificultades con nadie, sino por ocupar el último lugar. Se informó en todo lo que había que hacer con estos pequeños, luego sd entregó a hacerles adelantar tanto en la piedad como en las ciencias. Sin ceder en nada del cuidado que había tenido hasta entonces  de avanzar más y más por el camino de la salvación, practicaba en los Inválidos todos los ejercicios del seminario que nl eran incompatibles con  sus otras ocupaciones . No perdía ni una de sus lecturas, ni descuidaba su oración, por el contrario, siguiendo la inspiración divina, la aumentaba a veces, con el permiso de sus superiores, esforzándose en hacerla todos los días con mayor perfección, lo que le hacía avanzar a grandes pasos  en todas las virtudes. Nuestros sacerdotes de esta casa le tenían como dotado de todas las virtudes; hasta le comparaban, , por su sencillez, de su modestia y de su fervor, con un antiguo sacerdote llamado el Sr. Duperroy, que había fallecido en esa casa, cargado de años y de méritos y lleno totalmente del espíritu de la Misión. Los superiores dieron de él este testimonio que, durante todo el tiempo que había estado allí no le habían visto ninguna falta, ni contra las reglas comunes de la Compañía ni contra las obligaciones de su empleo, habiendo llevado siempre una vida muy ejemplar, muy exacta y muy humilde.

 

§3

   Como se acercaba el tiempo de  hacer los votos, el hermano Frété fue llamado de los Inválidos a San Lázaro, el mes de septiembre de 1682. Allá, fue alojado en una habitación particular que se hallaba al extremo del seminario San Ambrosio, porque todas las plazas comunes estaban ocupadas. Este alejamiento no le impidió hallarse siempre de los primeros en todos los ejercicios, y el 25 de octubre de 1682, pronunció los votos en presencia del Sr. Bessière, quien era desde hacía poco director del seminario. Presentándose luego a humillarse y despedirse del seminario, según la costumbre. Él dio como medio de perseverar en su vocación, la fidelidad a la oración, la humildad y la dirección bien practicada.

Durante las vacaciones, nuestro joven estudiante se dispuso al estudio de la filosofía, aprendiéndose  bajo uno de sus cohermanos algún compendio o prolegómenos de lógica, para facilitarse  de esta forma la inteligencia de los detalles de esta ciencia. Se entregó al estudio metódico de la filosofía, luego de la teología, lo que se puede decir de los años y medio que empleó en el estudio de las ciencias necesarias  a los Misioneros, es que puso toda su diligencia y que su piedad y su regularidad no disminuyeron jamás.

Algún tiempo después  de Pascua 1687, el hermano Frété fue enviado por el Sr. Jolly a Versalles, cuya capilla real atendían los Misioneros, para regentar a los seminaristas. Al salir de San Lázaro, dijo sincera y amablemente a sus cohermanos que la sola voluntad de Dios le impedía dejarse caer en la tristeza y la pena, pensando que se iba a ver privado de su querida compañía y de sus buenos ejemplos. Añadió que, si sentía alguna alegría por ir a Versalles, era no por ir a ver al hermoso mundo, ni para tomar allí un nuevo aire, y menos aún por tener mayor libertad que en San Lázaro, sino tan sólo porque en esta casa, a causa del oficio que le fue confiado, se vería obligado a llevar la vida de un seminarista, viviendo y conversando con nuestros hermanos del seminario quasi unus ex illis,

Desde la muerte del Sr. Frété, el Sr. superior de la casa de Versalles, ha dicho que el puesto que le fue confiado era demasiado difícil; en efecto, es preciso estar siempre con los jóvenes seminaristas cuya virtud todavía tierna necesita ser ayudada con palabras y con ejemplos, y con sacerdotes del seminario para quienes se han de tener todos los miramientos que se les deben, a la par que se mantiene inviolablemente el reglamento haciéndoselo observar exactamente a unos y a otros. Así lo hizo él, para edificación e toda esta casa. Nunca han cometido menos faltas nuestros hermanos seminaristas como bajo su dirección. Los llevaba al paseo los días señalados, y los traía a las horas de los divinos oficios que son bastante frecuentes en la capilla de Versalles. Se encargaba él mismo del cuidado de regresar a la hora deseada, de suerte que en su compañía nuestros hermanos se divertían sin ninguna preocupación ni solicitud. Prestaba tantos servicios a todos y de una manera tan caritativa, que los Srs. sacerdotes le querían de todo corazón.

El ejemplo de los cortesanos, tan asiduos a los pies del rey, le animaba  vivamente a ser cada vez más fiel a Dios. Se puede decir que las calles de Versalles le servían de claustro. Caminaba siempre por entre las gentes del mundo y de las damas de la corte como por entre los árboles del bosque más desierto, como se lo ha confesado después  con sencillez a uno de sus cohermanos. Así se evitan los lazos de la vanidad del gran mundo elevándose siempre más alto hacia Dios: Frustra jacitur rete ante oculos pennatorum –En vano se echa la red a los ojos de las aves de rapiña. En cuanto a él, él redoblaba sus oraciones; y su fervor y su mortificación se aumentaban  cada día.

§4

    A su regreso de Versalles para ser ordenado sacerdote, el hermano Frété pasó, los primeros días, las recreaciones con los sacerdotes, siendo sólo diácono; demostraba gran gozo en oírles hablar de Dios, de la felicidad de su vocación y de las virtudes de la Compañía. Los tres días que precedieron a la ordenación fueron dedicados a los ejercicios espirituales, para disponerse así a la plenitud de la gracia del sacerdocio. Durante esta augusta ceremonia, pareció todo absorto en Dios. Cayó en un largo desmayo del que no se repuso más que a fuerza de remedios; era la consecuencia de su debilidad habitual y de sus recientes vómitos de sangre. Fue ordenado a pesar de todo y tuvo el gozo de recibir la gracia y el carácter del sacerdocio. Celebró la santa misa, al día siguiente, en la iglesia de San Lázaro, con un gran fervor, una modestia angelical y una libertad de acción que raramente se ve en un sacerdote que ejerce su ministerio después de mucho tiempo.

Pero Dios quería que con la mística hostia se inmolara él mismo: su debilidad cada vez mayor, no pudo celebrar  más de una docena de misas. Dios le iba a llamar a sí.

Cuando se había creído por un instante que el Sr, Frété comenzaba a reponerse, aumentó su mal tanto que se perdió en menos de dos días la esperanza de su recuperación. La imposibilidad de tomar alimento y el ardor de la fiebre le hundieron en el delirio. Pero el sábado último de mayo y el día siguiente, tuvo algunas horas de plena libertad de espíritu de lo que se aprovechó para confesarse de nuevo y recibir el santo viático. El Sr Hénin le había preguntado, antes de darle la comunión, si deseaba recibir a Nuestro Señor, él respondió simplemente que sí; luego recitó el Confiteor y respondió a las otras oraciones con gran presencia de espíritu. . Una vez que comulgó, se volvió a poner en oración para gozar de Nuestro Señor que él poseía, y quitándose la sobrepelliz y la estola pidió otra vez a quien se las quitaba que le ayudara a dar gracias a Dios por la inestimable que acababa de recibir.

Al día siguiente, hacia las once, le dieron la extremaunción. Recibió este último sacramento con pleno conocimiento, diciendo él mismo el Confiteor con muchos sentimientos de piedad y con tanta tranquilidad como si él le hubiera visto administrar a otro. Uno de nuestros sacerdotes habiéndole preguntado si no se sentía bien de morir para gozar de Dios, y si no esperaba el paraíso por su misericordia, él respondió: «Espero de verdad ver a mi Dios y gozar de él más perfectamente todavía en el cielo que en esta miserable vida». El Sr Talec, su primer director del seminario, le había dicho la víspera que no estaba todavía tan cerca del fin: Nondum habes faciem euntis in Jerusalem. –No tienes rostro de ir a Jerusalén. Al día siguiente, dejó al piadoso enfermo oír que Nuestro Señor no tardaría ya en llamarle a sí. Estas palabras no sorprendieron al santo enfermo; al contrario, agradeció al Sr, Talec con un movimiento de su cabeza y de sus ojos y con una sonrisa que éste llamó la sonrisa  de un bienaventurado. Reunió entonces el resto de sus fuerzas debilitadas  para renovar sus votos; pronunció con frecuencia el nombre adorable de Jesús y el de María, y expiró dulcemente.

Fue enterrado el martes 3 de junio, después del oficio solemne, en el coro de la iglesia de San Lázaro lateral de la epístola, frente por frente de la tumba del Sr. Vicente, a un pie de distancia de la del Sr. Alméras. Se habla todavía de sus virtudes en las conversaciones, y todos los que le han conocido han asegurado que el recuerdo de su pensamiento y de su manera de actuar, siempre igual y constantemente virtuosa, no podía dejar de ser de un gran socorro en la necesidad, y que  les había servido ya muchas veces de aguijón para su adelanto en la virtud.

He aquí algunos de los detalles edificantes citados en las tres conferencias  que se dedicaron a recordar la piadosa vida del Sr. Frété.

Jamás se le ha visto que diera poca importancia a una regla en práctica de la Compañía o a algunos consejos dados por un superior al contrario, cuando algunos estudiantes nuevos estaban a punto de cometer alguna falta por ignorancia, los instruía diciéndoles, por ejemplo «Nuestro superior nos ha prohibido hablar en el corral, nos ha recomendado no detenernos a hablar con los pensionistas».

Siempre amable, no tenía nunca palabras ridículas, pueriles o graciosas; no participaba en las charlas inútiles, sino para tener la ocasión de enderezarlas delicadamente y hacerlas fructuosas.

Aunque la modestia cristiana deba regular el alma así como el cuerpo, y que resulte muy difícil que mantenga con perseverancia al cuerpo en el deber, si el alma no está, ella también, sometida perfectamente, es verdad sin embargo  que  en el exterior del hombre es donde la modestia parece alcanzar su mayor esplendor. El Sr. Frété tenía un exterior agraciado; no se le podía mirar sin quererle, a causa de los encantos inocentes  que la modestia dibujaba en su rostro y sobre todo su exterior. Llevaba siempre el pelo corto y bien peinado, su tonsura afeitada, la cara limpia, los ojos bajos modestamente; el aire de su rostro no era ni triste ni demasiado alegre, sino afable; mantenía siempre el cuerpo firme a pesar de su debilidad.

En los estudios, fue siempre no sólo de los primeros en levantarse, sino el primero en levantarse de todos sus hermanos, y se encontraba en la sala, después de saludar a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen, incluso antes que nuestro hermano Alexandre. Pasaba en la oración  un largo tiempo arrodillado casi sin moverse.

Mientras que las clases se tenían en el corredor Santa María, salía un cuarto de hora antes, para ir a saludar a Nuestro Señor de paso. Desde que las cambiaron a la galería de San Felipe, pasaba este cuarto de hora  a los pies del crucifijo. Durante toda la clase, estaba modesto y silencioso como en la iglesia, teniendo a Dios presente en todas partes.

Cuando se encontraba con alguien cargado, le ayudaba a llevar el peso. Aliviaba no sólo a los de su condición, sino hasta a los buenos hermanos antiguos y débiles en toda ocasión. El hermano Valton le llamaba «su brazo derecho» porque le ayudaba a llevar las sábanas al edificio nuevo, y le traía todos los domingos la ropa de los estudiantes.

Cuando se trataba de algún oficio o práctica un poco humillante, era siempre de los primeros en ponerse a trabajar; los superiores estaban tan persuadidos de que el Sr. Savoye por entonces subasistente, queriendo, según las órdenes del Sr. Jolly, destruir una costumbre que se había deslizado hacía poco entre los estudiantes, de observar exactamente el orden de vocación en cuanto al rango de oficiales en el coro, creyó deber comenzar por el hermano Frété;  le puso dos o tres veces segundo chantre sin tener cuenta lo que se hacía anteriormente.

No se atribuía nada de los bienes de Dios y atribuía  a la virtud de nuestros Hermanos del seminario, sus discípulos, la paz y la concordia que reinaron  siempre entre ellos, mientras fue regente en Versalles.

Trataba a los que le sufrían con mucha caridad y los consolaba con mucha unción. El Sr. Baudoin se hallaba en su última enfermedad, vino a verle, le habló con mucha caridad y dulzura, le abrazó cordialmente limpiándole el sudor del rostro, asegurándole de sus oraciones continuas, felicitándole por la felicidad de morir en nuestra vocación con la esperanza de gozar pronto de Dios; todo ello con un aire tan vivo y penetrante que este buen señor que daba la idea de estar mejor. Durante todo el tiempo que estuvo en Versalles, no perdió ocasiones de ejercitar su caridad con los enfermos, sobre todo con los alumnos de quienes estaba encargado. Había siempre cinco o seis entre los cuales se halló nuestro querido hermano Boileau ya próximo a su fin.

La obediencia es, según dice san Bernardo, el patrimonio de la inocencia. El hermano Frété ha tenido una y otra en muy alto grado.

La primera y principal virtud que el Sr. Talec advirtió en él cuando hacía su seminario fue su obediencia ciega a todas sus voluntades y una particular docilidad que le facilitaba la dirección.

El Sr. Thibaut, entonces superior en la Casa de los Inválidos, decía de él que era obediente como un niño, y que no hacía la menor cosa sin decírselo, sea en cuanto se refería a su interior, sea en el modo de realizar sus empleos que ha tenido en los Inválidos

En aquel tiempo, y yendo a Meudon, se encontraba por los caminos a algún pobre anciano o a algún pequeño, no dejaba de instruirle en los principales misterios de la fe y de los sacramentos de la penitencia y de la Eucarístía; y les enseñaba a hacer actos de fe, de esperanza y de caridad. Hacía lo mismo, yendo a Pantin, sea con los pobres por el camino, sea con los niños del jardinero.

Mientras estuvo en Versalles, no omitió tampoco nada de lo que podía hacer por la salvación del prójimo; reprendía con gran dulzura a los soldados que blasfemaban el santo nombre de Dios, o que decían palabras sucias, llamándoles sus hermanos, haciéndoles reconocer suavemente su falta, pedir perdón a Dios y prometer corregirse.

Los días de salida, cuando encontraba a algún obrero en torno al castillo de Trianon, donde los clérigos venían a menudo a pasear, les enseñaba a trabajar por Dios y a santificar sus obras.

El Sr. de Jouhé, hablando del gran don de oración que nuestro difunto había recibido de Dios, dijo que no había aportado otras disposiciones  o preparaciones que una gran inocencia de vida y una extraordinaria fidelidad.

Desde su juventud, fue siempre muy modesto en las iglesias, muy asiduo en visitar a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento y en acercarse a menudo tanto a la comunión real, como a la comunión mental.  Una vez que entró en San Lázaro, esta feliz inclinación se perfeccionó más todavía. No se le ha visto nunca volver la cabeza, reír o hablar en la iglesia. En las visitas que hacía a Nuestro Señor, según la costumbre del Seminario,  se comportaba con un respeto, con una devoción y un recogimiento admirables. Ya en los estudios, aunque no hiciera esas clases de visitas más que como todos los demás hermanos, sin embargo, durante todo el tiempo que las clases se tuvieron en las salas del corredor Santa María, salía siempre de su habitación, de manera que tuviera  el consuelo de saludar a Nuestro Señor antes y no después de las clase. Hacía todas sus genuflexiones con tranquilidad y con modestia.

En Versalles, no dejaba mientras podía, con palabras  y ejemplos, que se cometieran irreverencias en la capilla; pasaba en ella, en las grandes fiestas, casi todo el día en los divinos oficios, sin casi levantar los ojos para mirar las cosas más raras y las más curiosas, lo cual  servía de edificación a los externos.

Un piadoso eclesiástico, doctor de la Sorbona, capellán de una muy virtuosa princesa, y jefe de comedor de la Señora ama de llaves de los Enfants de France, habiendo admirado este gran recogimiento que observaba nuestro difunto en la presencia del Santo Sacramento, se complacía en decir a los Misioneros de la casa de Versalles: «Dios mío, señores, tenéis un subdiácono que es muy interior»

Tenía una ternura verdaderamente filial para con la santísima Virgen; durante su seminario, hablaba con frecuencia de ella, exaltando sus méritos, sus virtudes y sus excelentes prerrogativas. Hacía lo mismo en los estudios, en las ocasiones favorables, sobre todo los sábados y las vísperas de sus fiestas, días en los que se renovaba interiormente, como en el pequeño retiro de un día que hacía una vez al mes. Desde la mañana, antes de la oración, iba al pie de su altar a ofrecerle su corazón y todas las acciones del día. La saludaba también después de la misa de las siete, después de las misas solemnes y las vísperas de los domingos y fiestas. Hacía sus acciones de gracias, después de la comunión delante de su altar; y, aunque evitara parecer singular en cualquier cosa, se le ha sorprendido no obstante por la tarde a la caída del día, prosternado ante el altar de esta buenísima Madre; esponjaba su corazón, con toda la ternura y el afecto de un hijo.

El Sr. Frété apreció, desde el principio, lo que nuestro señor director nos decía de vez en cuando del mérito, de las virtudes y de la piedad de nuestro difunto venerable padre, el Sr. Vicente, con el que había conversado largo tiempo. Tomó también en serio la lectura de su vida; se animaba con una gran confianza en sus poderosas instrucciones, por el ejemplo de un gran número de personas de todas las condiciones de la Compañía, que él veía todos los días prosternadas en su tumba, y fue fiel en ir allí varias veces todos los días a ofrecer  a Dios sus oraciones y sus votos bajo su invocación.

En la primera colección de actas de virtud de su vida, se había trazado un paralelo con la de los excelentes siervos de Dios, Nepociano, el bienaventurado  Luis de Gonzaga, el bienaventurado Estanislao de Kostka y el venerable Juan Berchmans; aquí, yo me contentaré con decir que poco tiempo después del fallecimiento de nuestro querido cohermano, los estudiantes, habiendo oído leer en el refectorio la vida del bienaventurado Luis Gonzaga, exclamaron todos a una: «Mirad, la vida del Sr, Frété». –Compendio de una noticia ms.; archivos de la Misión, París.

 

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