El Sr. François Dupuich había nacido el 7 de julio de 1616, en Arras y fue recibido en la Congregación el 19 de abril de 1641; era ya sacerdote hacía un año cuando entró en la Compañía. San Vicente, antes de recibirle, había querido probar su celo y su caridad, pues le encontramos, en 1640, en Bar-le-Duc, asistiendo en su pobreza a los desdichados habitantes de la Lorena. Fue enviado pronto a Troyes, donde trabajó durante veintidós años. Siguió incluso de superior de esta casa desde 1658 hasta 1665. Por esta época, fue enviado a Marsella, donde estuvo hasta el momento en que el Sr. Alméras creyó oportuno enviarle a Polonia para dirigir allí a nuevos obreros y una colonia de Hijas de la Caridad.
El Sr. Dupuich, nos dicen las memorias del tiempo, era muy conocido por su sencillez. Su amor a la pobreza le hizo rehusar, antes de partir para Polonia, un reloj –era por entonces un objeto de lujo- que le ofrecía el Sr. Jean Levacher, de vuelta de Túnez. El Sr. Alméras decía de él: » Tiene celo, fidelidad y prudencia «. Es probablemente debido a estas cualidades por lo que el Sr. Alméras le envió a Polonia donde la Congregación era el objeto de favores y de estima de los grandes, pero estaba al mismo tiempo expuesta a perder algo de sus principales virtudes.
El Sr. Dupuich, colocado en la casa de Metz, fue su tercer superior, de 1671 a 1676. (El Sr.) A(lméras) le nombró superior en Richelieu, y es allí donde estaba cuando le envió a Polonia para que resolviera algo de la mayor importancia. Contaremos el hecho con algunos detalles, a causa de la enseñanza que tiene. Se verá cómo puede la ambición poner a un hombre fuera de su deber, arrojándole a las intrigas, hacerle peligroso, y por último arrastrarle fuera del camino por el que se había comprometido por votos. Se verá en ello también la habilidad y la entrega a la Congregación del Sr. François Dupuich.
San Vicente, al enviar a un misionero a Polonia, en 1654, le había unido a tres estudiantes que, ordenados sacerdotes en aquél país fueron obligados como consecuencia de la guerra a regresar a París. Uno de estos tres era el Sr. Éveillard, joven de talento que, de regreso a San Lázaro, fue encargado por san Vicente de enseñar en el pequeño seminario de San Carlos, fue incluso nominado al superiorato de esta casa por el Sr. Alméras en 1662, luego el mismo año transferido al seminario de los Bons-Enfants, donde fue superior hasta 1674.
En esta última casa había tenido bajo su dirección al abate Denhof, noble polaco. Éste volvió a Polonia; el Sr Éveillard mantuvo correspondencia con él y, por su mediación, se hizo llamar a este país. El Sr. Jolly, cediendo a las instancias que le fueron hechas, consintió en enviarle. Pero Dios no bendijo esta conducta del Sr. Éveillard, que estaba basada en la prudencia y en Varsovia el oficio de superior. Él comenzó incluso un seminario interno en Santa-Cruz, en 1678.
No obstante, como se había introducido por sí mismo en este cargo que consideraba al modo de la gente del mundo, Dios no le dio la gracia para la dirección de sus inferiores. Sintiendo bien que éstos no estaban contentos con él y temiendo perder el cargo de superior, quiso mantenerse en él por el crédito de los grandes. Se empleó para ello ante el marqués de Béthune, entonces embajador de Francia en Polonia y pariente próximo de la reina, esposa del rey Jean III, Sobieski.
El Sr. Jolly, informado sobre su manera de gobernar, resolvió retirarle el año 1679. Fue entonces cuando propuso al Sr. Dupuich, que estaba entonces en Richelieu, un segundo viaje a Polonia, pero dejando en sus manos que debía serle penosa, ya por su edad, ya por la dificultad del asunto en sí mismo.
Este virtuoso misionero, ya de sesenta años, aceptó después de todo esta comisión y partió de París con los poderes de visitador que le confería el superior general. Se puso en camino el mes de mayo de 1679, visitó de paso la casa de Culm. Luego se fue a Varsovia donde se quedó hasta 1680. El Sr. Éveillard, que era hombre de espíritu, no dejó de sospechar que se trataba de él por la estancia tan prolongada de un visitador en Polonia. Quiso tratar de suavizar al Sr. Jolly respecto a él y le escribió varias cartas muy humildes, pidiéndole como una gracia que le descargara del superiorato, le retirara de Polonia y le llamara a Francia. El superior general le tomó la palabra y le escribió que se dirigiera a Metz, diciéndole que encontraría allí cartas que le dirían a dónde debía ir. Esta orden, por supuesto, no era lo que buscaba el Sr. Éveillard, pues mientras escribía al Sr. Jolly cartas llenas de sumisión, él interesaba en su favor a todas las potencias eclesiásticas y seglares de Polonia y hasta al rey Sobieski, quien no sólo escribió al Sr. Jolly para pdeirle que dejara al Sr. Éveillard en Varsovia, sino que escribió también en el mismo sentido al propio Luis XIV.
El Sr. Jolly respondió al rey de Polonia suplicándole que le dejara la libertad de regir la Congregación según sus reglas y sus costumbres.
Lemntablemente, el Sr. Dupuich se vio atacado de una fuerte fiebre y, por miedo de que sus papelas cayeran en manos del Sr.Éveillard, escribió a Varsovia al Sr. Godquin, excelente misionero, que estaba en Culm, para que viniera verle lo antes posible. Éste llegó rápidamente y, el día mismo de su llegada, se recibieron cartas del Sr. Jolly que le nombraban superior de Santa Cruz. Algunos días después, el Sr. Dupuich se curó y los dos juntos fueron a ver al Sr. Obispo a su casa de campo, y el asunto se concluyó sin dificultad.
El Sr. Éveillard, indignado de ver todos sus proyectos anulados, declaró que se quería salir de la Congregación. Se había previsto esta petición y se tenía ya listo todo para su despido de la Compañía. Se le concedió incluso todo lo que quiso, libros, hábitos, ropa, dinero, para retirarse, y él se fue a ver al abate Denhof, que algo más tarde fue cardenal. Así el Sr. Dupuich había cumplido, según las intenciones del Sr. Jolly, la difícil comisión que se le había encomendado, y la Congregación, en Polonia, estaba preservada, por la medida enérgica que se había tomado, de las funestas consecuencias que podía tener el abandono de las máximas de san Vicente en sus obras y en sus empresas.
El Sr. Dupuich reemprendió el camino de Francia. No hallando manera de hacer el viaje por tierra, buscó la vía del mar y se dirigió a Dantzig para embarcarse. Dios le preservó durante este viaje de varios peligros grandes ya que, yendo de Varsovia a Culm, su vehículo volcó sobre las orillas del Vístula, pero a él no le pasó nada. La embarcación en la que se embarcó en Dantzig aguantó una furiosa tempestad en el Sund y fue arrojada las costas de Noruega; el Sr. Dupuich escapó también sano y salvo de este naufragio y regresó por Amsterdam y Bruselas hasta París. El Sr. Jolly le felicitó por su buena dirección y su firmeza; él le había repetido varias veces antes de su partida que prefería que la Congregación perdiera todas su fundaciones en Polonia antes que permitir que los superiores se declararan allí independientes.
El Sr. Dupuich conservó el título de visitador de Polonia, y asistió pues en calidad de tal a la cuarta asamblea general convocada por el Sr. Jolly, en 1685, con los dos deputados que llegaron de Polonia, los Srs. Desdames y Monmejean.
La asamblea terminada, el Sr. Dupuich volvió a su antigua casa de Richelieu, siendo superior en ella hasta 1693, año en el que murió, a la edad de setenta y siete años. –Memorias de la Congregación de la Misión.







