Experiencia de Dios en los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Theodore Wiesner, C.M. · Translator: Jaime Corera, C.M.. · Year of first publication: 1988 · Source: Vincentiana, 1988, 3.

Theodore Wiesner nació en 1934 y fue ordenado sacerdote en 1960. Aunque los años ya quedan un poco lejanos y no había oído hablar de él desde que dejamos de vernos en 1958, aún le recuerdo entre el numeroso grupo de estudiantes norteamericanos y españo­les que hicimos la teología por aquellos años en Perryville. Le re­cuerdo tranquilo, con tendencia a ser callado, muy amable, estu­dioso. Después de su ordenación ocupó diversos cargos y oficios en casas de formación, entre ellos el de Superior de la misma casa de Perryville. Fue destinado a Kenya en 1984, donde trabajó en un seminario junto con el P. Richardson después de que éste termina­ra sus doce años de Superior General. Theodore Wiesner falleció el 27 de mayo de 1987. No podía haber dejado mejor testamento y herencia que el presente artículo, publicado en VINCENTIANA, 1988, 3.


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Los escritores espirituales han descrito el progreso en la vida espiritual por metáfo­ras tales como la del castillo, la escala, la ascensión al monte. Santo Tomás usó la me­táfora de los estadios del desarrollo humano desde la infancia a la adolescencia y ma­durez. Todo ello dio origen a la idea de los tres grados o vías de la vida espiritual des­critos en los manuales de teología ascética. El P. Reginald Garrigou-Lagrange, en su Las tres vías de la vida espiritual, describe el progreso en la vida espiritual como la vía purgativa de los que comienzan, la vía iluminativa de los que avanzan, y la vía unitiva de los perfectos. En el umbral de cada día hay momentos de transición o crisis, deno­minados respectivamente primera conversión, segunda conversión y tercera conversión. Con algunas variaciones en la terminología, ésta ha sido la descripción tradicional del progreso en la vida espiritual. Sin embargo, los tratados, al exponer este punto de gra­dos o vías, se refieren casi exclusivamente a la oración (meditación, oración afectiva, contemplación) y a las virtudes (morales, teológicas, dones del Espíritu Santo). Pocas menciones se encuentran en ellos de otras formas de espiritualidad más activas o apos­tólicas. Por ejemplo, el P. Garrigou-Lagrange dice lo siguiente al hablar de la vía ilu­minativa: «Se manifiesta de dos maneras, una netamente contemplativa, como sucede en muchos santos del Carmelo; otra, activa, como en San Vicente de Paúl. Es ésta una contemplación que por la luz de los dones de sabiduría y consejo ve continuamente a los pobres y abandonados como miembros sufrientes de Cristo.» A continuación pasa a describir las características de la vía iluminativa, pero no desarrolla su aspecto activo.

Hoy hay mucha gente que se esfuerza por vivir una vida espiritual que «ve a los pobres y abandonados como miembros sufrientes de Cristo», una vida espiritual que busca la paz y la justicia, que intenta vivir en solidaridad con los pobres. Este artículo intenta dar los elementos fundamentales de esta clase de progreso espiritual. El modelo que usamos es el tradicional de los tres grados o vías, en cada uno de los cuales se ingre­sa a través de una transición o conversión.

Primera conversión

El momento en que se empieza el camino espiritual que ve a los pobres en Cristo y a Cristo en los pobres es el momento de la primera conversión. No es fácil, sin embar­go, saber cuándo sucede esto exactamente, como no sea a veces mirando en la vida de uno hacia atrás. A veces sucede en una experiencia de relación con los pobres, con los que sufren, con los abandonados. Otras veces es el resultado de unos ejercicios, de un retiro, de un cursillo; otras, alguna experiencia personal de opresión o sufrimiento. Como quiera que sea, advertimos en la experiencia la iniciativa y la invitación de Dios, y ése es el primer aspecto de la conversión. Luego tomamos una decisión, segundo aspecto de la conversión, de orientar nuestra vida hacia los pobres de alguna manera, de tomar una opción por los pobres aunque aún sea limitada. Una vez que empezamos a obrar con la fuerza de esta decisión podemos reflexionar sobre la experiencia original y em­pezamos a verla como el punto de cambio de dirección en nuestra vida. Vemos también la acción e iniciativa de Dios en medio de nuestra experiencia, de manera que conside­ramos todo ello como gracia de conversión. De este modo nos introducimos en el pri­mer grado o vía, que denominaré vía de reconocimiento.

Vía de reconocimiento

La primera característica de esta vía es la experiencia de la vida de los pobres. Ob­servamos sus sufrimientos, oímos sus quejas, estudiamos su carácter, sus modos de ac­tuar, su situación. Este contacto directo es imprescindible para el progreso en este esta­dio de la vida espiritual, y es nuestra respuesta a la gracia de la primera conversión. Puede manifestarse de muchas maneras: servicio en un comedor de transeúntes, visitas a un hospital de enfermos incurables, un viaje a algún país del Tercer Mundo, trabajo o ministerio en las cárceles. Sea cual sea su forma, esta experiencia de contacto directo es muy importante, pues nos resulta tan fácil protegernos y aislarnos de las duras reali­dades del hambre y de la opresión, del mal olor de los suburbios, del potencial de vio­lencia de la noche. Podemos, por supuesto, tener alguna experiencia de estas cosas por medio de libros, películas y medios semejantes. Pero no hay nada que pueda sustituir al contacto directo con los pobres y la experiencia directa de su vida.

Esta experiencia lleva a la compasión, o puede al menos llevar a la compasión si la dejamos desarrollarse. Debemos evitar el poner obstáculos al sentimiento de compa­sión, y eso se hace cuando vemos la pobreza y el sufrimiento de los pobres como un efecto de su pereza o ignorancia, cuando nos lavamos las manos en sus problemas o cuando pretextamos impotencia para resolverlos. Hay que alimentar el sentimiento de compasión simpatizando con los pobres tan agudamente como podamos. Hay que ver la compasión simpatizando con los pobres tan agudamente como podamos. Hay que ver la compasión como uno de los atributos de Dios, el sentimiento que Dios siente hacia el mundo. La meditación del evangelio de San Lucas puede ayudarnos a hacer crecer esta compasión hacia lo que vemos y oímos del sufrimiento de los pobres. La compasión cristiana nos abre el alma al misterio de la identificación de Cristo con los pobres, y nos ayuda a ver el rostro de Cristo y oír su voz en los que sufren.

Según se desarrolla, la virtud de la compasión se manifiesta en obras de misericor­dia. Llegados a este punto empezamos a asistir a los pobres en su desvalimiento, no nos contentamos con observar y conocer su sufrimiento. Actuamos en su favor para expresar nuestra compasión y para ayudarles de alguna manera. La ayuda puede ser algo sencillo como darles comida, ropa o dinero; puede ser algo tan complicado como comprometerse con los pobres del barrio o en algún tipo de ayuda internacional contra el hambre. La compasión nos lleva además a simplificar nuestro modo de vida. Empe­zamos a sentir la necesidad de vivir con mayor sencillez, a desprendernos de posesiones superfluas, a mirar con ojo crítico nuestra forma de vivir comparada con, y a veces a expensas de, la forma de vida de buena parte del mundo.

Cada una de estas características de la vía de reconocimiento —experiencia, compa­sión, obras de misericordia, sencillez en la forma de vida— es importante para crecer espiritualmente en la solidaridad con los pobres. Pero aunque son indispensables, son sólo el comienzo de una vida verdaderamente cristiana. Aunque relacionadas con el pobre, están dirigidas a mejorar la propia vida espiritual. Los pobres son vistos como el objeto de nuestros esfuerzos. Se habla de los pobres, pero rara vez se habla con ellos; se trabaja por los pobres, pero rara vez se trabaja con ellos. Nuestra posición en la vida sigue en realidad por encima de la de los pobres. Ellos siguen siendo «otra cosa», muy diferente de lo que somos nosotros. No decimos todo esto para desprestigiar esta vía de reconocimiento, sino sólo para insistir en que es solamente un comienzo. Es importante que veamos esto y nos decidamos a seguir avanzando.

Los que están en esta vía de iniciación, así como los que los dirigen, deben darse cuenta de que una experiencia de los pobres tan profunda y amplia como sea posible, es esencial para crecer espiritualmente en este estadio, pero que no basta. Se debe aña­dir una reflexión meditada sobre la experiencia que se vive y sobre la experiencia de Jesús en el evangelio. Se debe añadir además la oración ferviente para que crezca el corazón en compasión, para poder descubrir a Jesús entre los pobres y en sus rostros.

Segunda conversión

San Juan de la Cruz enseñó que el paso de la vía purgativa a la iluminativa está señalado por la noche del sentido. Esto es la segunda conversión. Síntomas de esta noche son cosas tales como falta de gusto en la oración e incapacidad para la meditación discursiva. De manera semejante, los que queremos vivir una vida espiritual orientada por la búsqueda de Dios en los pobres pasamos por una crisis o segunda conversión. Como resultado de nuestro servicio o trabajo por los pobres llegamos a experimentar la pobreza no sólo como problema individual sino también como problema estructu­ral. La pobreza es el resultado no tanto de la falta de talento o iniciativa de los pobres cuanto de programas políticos y económicos planificados. Se ve entonces la pobreza como explotación deliberada de algunas gentes y aun de naciones enteras en favor del poder económico y militar de otras. La pobreza se convierte en un asunto de injusticia y opresión, y deja de ser simplemente una situación desafortunada pero inevitable. La pobreza es un problema estructural, un problema de instituciones y de sistemas injus­tos y opresivos, y descubrimos que formamos parte de él.

Nuestra reacción primera ante esta consciencia agudizada es una reacción de ira, de rabia contra los ricos, los poderosos, las grandes empresas, los políticos, los gobier­nos. Esta ira es parte de la crisis de la segunda conversión. Hay que admitirla y expre­sarla de manera apropiada. Se nos desafía a ensanchar el campo de la virtud de la com­pasión para incluir en él no sólo a los que son oprimidos injustamente sino también a los causantes de la opresión, contra quienes sentimos sentimientos tan fuertes de ira.

Según nos vamos haciendo conscientes de la naturaleza estructural de la pobreza, algunos sufren en ese punto una frustración total. Lo que comenzó como un hecho sencillo de bondad cristiana hacia algunos pobres que vinieron a nosotros pidiendo pan porque sentían hambre, aparece ahora a nuestros ojos como el muy complejo proble­ma estructural del hambre en el mundo. No sabemos a dónde acudir; el problema nos abruma. No sabemos cómo canalizar la tremenda energía liberada por nuestra rabia, y así se convierte en sentimientos de culpabilidad. Quedamos paralizados. O bien nos lanzamos a una actividad frenética y dedicamos cantidades enormes de tiempo y ener­gía para trabajar por el cambio social y político esperando transformar las estructuras y sistemas que producen la pobreza. Es ahí, en ese preciso momento, cuando podemos empezar a desanimarnos. Cedemos a la parálisis, abandonamos la lucha, tal vez nos retiramos a alguna forma de quietismo. O bien cedemos a la tentación del activismo y acabamos por encontrarnos totalmente quemados y exhaustos. Es verdaderamente una noche del sentido. Pero mientras la atravesamos, o más bien mientras Dios nos conduce a través de la noche, entramos poco a poco en el segundo estadio de progreso espiritual, la vía de diálogo.

Vía de diálogo

Llamo a este estadio la vía de diálogo porque en ella se entra en un nuevo tipo de relación con los pobres. En la vía de reconocimiento se hablaba acerca de los pobres, se hacían en su favor obras de misericordia. Ahora se comienza a desarrollar una rela­ción más personal con los pobres. Les llamamos por su nombre, se forman amistades mutuas. Ahora buscamos la persona de Cristo en la persona del pobre. Esto es algo muy diferente de estudiar a los pobres, leer informes sobre la pobreza, analizar sus lu­chas, diseñar estrategias en su favor. Ahora se trata más bien de vivir la experiencia de entrar en su mundo personal, como si preguntáramos a los pobres «¿dónde vives?», y ellos contestaran «ven y lo verás». Comenzamos a ver a los pobres como en casa, empezamos a sentir el ritmo de sus vidas, a poseer una comprensión experimental de las raíces de su pobreza. Nos sentimos como uncidos con ellos y tirando del carro en la misma dirección.

El trabajo en esta vía de diálogo es más bien actividad en favor del cambio social. Nos interesamos más que antes en dedicar nuestras energías a trabajar con los pobres por el cambio estructural. El énfasis se pone más bien en actos de justicia que en obras de misericordia en favor de los pobres, aunque sean éstas siempre parte de la vida cris­tiana. Ya no está dirigida tanto nuestra actividad hacia nuestro propio crecimiento y la profundización de nuestra propia experiencia, cuanto hacia lo que se puede hacer por y con los pobres. Nos introducimos con mayor intensidad en la vida de los pobres. No es que pensemos necesariamente como ellos y tengamos sus mismas ideas y opinio­nes. Pero nuestra acción en favor de la justicia se une a su acción. Aunque nuestro trabajo sea intenso, intentamos más bien estar con los pobres que trabajar por ellos.

Cuando nos introducimos en el mundo de los pobres y llegamos a palpar el corazón de sus vidas, ellos mismos llegan a tocar el corazón mismo de la nuestra. Entonces ha­cemos un gran descubrimiento: la conciencia de nuestra propia pobreza. Eso es algo así como una iluminación experiencial, no adquirida por raciocinio sino concedida por la gracia de Dios. Comienza con la consciencia de que los pobres son los sujetos de su propia liberación, no el objeto de los esfuerzos de los concienciados, gente de clase media y líderes. Descubrimos que hasta ahora habíamos estado viendo a los pobres co­mo necesitados a los que debíamos dedicarnos de alguna manera para salvarlos. Tal vez cooperábamos con los pobres, o les enseñábamos a ayudarse a sí mismos, pero en el fondo les hemos estado tratando como necesitados. Ahora nos damos cuenta de que los pobres son perfectamente capaces de resolver sus problemas, saben qué hacer y có­mo hacerlo, y que están de hecho en una posición mejor que la nuestra para tratar de conseguir un cambio estructural. Aprendemos que los cambios necesarios en los siste­mas e instituciones sólo pueden proceder de los pobres mismos, de los oprimidos, del Tercer Mundo. Nos damos cuenta de que no somos necesarios como creíamos; de que más bien debemos aprender de los pobres, aprender de su sabiduría, dejarnos evangeli­zar por ellos. El Señor «dispersa a los soberbios de corazón, derriba a los poderosos». El Señor ha escogido a los pobres como instrumentos de su obra, y los usa en Cristo para salvarnos a todos. En diálogo con los pobres y en oración con Dios empezamos a experimentar a Dios de una manera nueva. Dios no está presente en los pobres sólo como el objeto de nuestra compasión y piedad, ni está Dios sólo como Cristo contem­plado en los rostros de sus miembros sufrientes. Dios empieza a ser experimentado en los pobres como presente en ellos y actuando en ellos para salvarnos a todos los demás. Pero este descubrimiento, esta verdadera imagen del pobre, tiene en sus entrañas la se­milla de una nueva crisis de crecimiento espiritual. Tal vez sin darnos cuenta estamos ahora en el umbral de una tercera conversión. Pero antes digamos una palabra sobre d estilo de vida en este estadio.

En esta vía de diálogo seguimos identificándonos con los pobres en nuestra manera de vivir. También nos comprometemos en la lucha por el cambio social. Esto lleva de ordinario a comprometernos en cosas tales como protestas, boicots, manifestaciones, actos de resistencia, incluso de desobediencia civil. Nos convertimos en miembros de lo que a veces se denomina comunidad de resistencia, un grupo de personas con ideales y propósitos similares. Como resultado de este compromiso vivimos la experiencia de que otros —amigos, parientes, familiares, miembros de la comunidad— simplemente no entienden lo que tratamos de hacer. Nos sentimos malinterpretados, alienados, cri­ticados, incluso perseguidos. Esta experiencia, junto con los esfuerzos por vivir con mayor sencillez, se convierte en un aspecto fundamental de nuestro estilo de vida.

Tercera conversión

Así como el paso de la vía de oración afectiva y contemplación adquirida a la vía unitiva de contemplación infusa está señalado por una purificación o noche oscura del espíritu, así también la transición de la vía de diálogo viene señalada por una tercera conversión. En la vía de reconocimiento nos veíamos como quien va hacia los pobres por medio de actos de compasión. Sin darnos cuenta nos colocábamos por encima de los pobres como quien les ayuda desde arriba. Necesitamos que se nos baje del pedestal para poder entrar en una relación de diálogo genuino con los pobres. En ese momento, a lo largo de la vía de diálogo, tendemos a colocar sobre el pedestal a los mismos po­bres. Se les idealiza románticamente, se les ve como favorecidos de Dios, como dota­dos de una sabiduría casi innata. Si son pobres salidos de un país del Tercer Mundo se les considera automáticamente como expertos en el análisis de la opresión en el mun­do, de economía mundial, de problemas sociales. Esta idea romántica del pobre lleva a la crisis de este período de transición. Pronto nos damos cuenta de que los pobres no están a la altura de la imagen que tenemos de ellos. Acabamos viéndoles también a ellos como gente con pies de barro. Hasta puede ser que sean tan egoístas y depreda­dores, tan faltos de compromiso y visión política, tan débiles y pecadores como la gen­te de clase media. Llegamos así a una crisis de desengaño. Cuando vemos que los po­bres no han estado a la altura de lo que esperábamos de ellos perdemos la ilusión y nos desanimamos. No son los pobres la figura de Cristo que nos imaginábamos; no gozan de ninguna sabiduría especial. Nos damos de bruces con una crisis de fe. ¿Son ellos de verdad los favorecidos de Dios? ¿Se puede experimentar la imagen de Dios en imágenes tan imperfectas? Necesitamos pasar por esta crisis de desilusión para ser ca­paces de ver a Dios en esta frágil vasija de arcilla que es el pobre.

Este descubrimiento nos sitúa en una actitud de espera. Así como Santo Tomás dice que la vista, el tacto y el gusto nos fallan ante la realidad escondida del pan eucarístico, así nuestros sentidos nos fallan ahora, y nace en nosotros el deseo y la esperanza de la visión y de la gracia de la fe. A su luz comprendemos el misterio del amor de Dios por los pobres, el hecho de que la misma arcilla es algo de gran valor para Dios. Es una visión ésta muy similar a la de la contemplación infusa. Podemos desearla, pode­mos pedirla, pero tenemos que esperar a que Dios nos la dé como un regalo, una gra­cia. Dijo San Vicente de Paúl: «No debemos juzgar al pobre por su vestido y por su apariencia exterior, ni por su capacidad, pues con frecuencia son ignorantes y rudos. Pero si se mira a los pobres a la luz de fe, entonces se verá que están en lugar del Hijo de Dios, que escogió ser pobre.» Según crece la iluminación por este don de fe y segui­mos viviendo este camino de transición, vamos también entrando en el tercer estadio, la vía de solidaridad.

Vía de solidaridad

El P. Damián llevaba ya doce años trabajando en Molokai. Cuando en 1885, a la edad de cuarenta y cinco años, comenzó su sermón no con el acostumbrado «mis que­ridos hermanos», sino diciendo «nosotros, los leprosos», inauguró un nuevo tipo de relación con su gente. Del mismo modo nos integramos en una verdadera solidaridad con los pobres cuando ya no hay distinción entre ellos y nosotros. La distinción se di­suelve y también nosotros somos pobres, uno entre ellos. Tenemos, ciertamente, talen­tos diferentes, diferentes experiencias. Pero lo fundamental es que ahora estamos uni­dos, con las mismas ideas y sentimientos en medio de las estructuras políticas, econó­micas y sociales opresoras. Nos relacionamos con el mundo desde la misma perspectiva de los pobres. Lo hacemos con conciencia clara de las diferencias de origen, con con­ciencia de nuestra debilidad pecadora, de nuestras limitaciones, pero con amor mutuo y unidos en una causa común.

La experiencia de Dios en esta vía de solidaridad es la experiencia de la justicia de Dios. Nos sentimos en solidaridad con el Dios de los pobres en Jesucristo. Nos hemos liberado por fin de nuestro sentimiento de superioridad, de nuestras falsas ilusiones, de nuestros desalientos y desánimos, de nuestros complejo de culpabilidad y de nues­tras ideas románticas acerca de los pobres. Además de todo ellos nos hemos liberado y hemos abierto nuestras almas para Cristo en la persona de los pobres. Esto es en ver­dad una gracia de Dios, como la contemplación infusa es una gracia de Dios. No impli­ca esto, ni tampoco la contemplación, que estemos ya por encima de luchas y sufri­mientos, o que estemos protegidos contra malentendidos o incluso contra la persecu­ción. Pero sí implica que tenemos al fin experiencia del Dios que nos dice: «Bienaven­turados los pobres… porque veréis a Dios.» Seguimos haciendo los mismos trabajos con los pobres. Nuestra actividad sigue siendo prácticamente la misma en esta vía de solidaridad. Puede que aún sigamos ayudando en un comedor para transeúntes, o tra­bajando en algún proyecto de barrio, o tratando de influir en los programas de alguna compañía multinacional hacia el Tercer Mundo. Estas obras de misericordia y de justi­cia siguen siendo parte de nuestras vidas. Lo que ha cambiado ha sido nuestra relación con los pobres, nuestro estar con ellos, y a través de ello ha cambiado también nuestra relación con Dios. Experimentamos nuestra solidaridad con los pobres y con Dios. Tal vez experimentemos esto raras veces como una especie de sentimiento de unidad y de paz en el fondo de nuestro ser; tal vez seamos conscientes de esta unidad más o menos habitualmente. Pero ella dirige nuestra vida y nuestros actos, nos da energía, y se ex­presa en una paz interior que es la consecuencia de una reconciliación con nosotros mismos, con los pobres y con el Dios de los pobres. La meditación del evangelio sigue siendo uno de los modos de nuestra oración, pero con mayor frecuencia meditamos Sobre incidentes del evangelio desde el punto de vista de los pobres, y menos desde la perspectiva de quien cuida de las necesidades de los pobres. Puede que además o bien dos vivir entre los pobres, o incluso lo hagamos como una nueva expresión de solidaridad. La solidaridad se convierte en el motivo y estilo de nuestra manera mundo y de vivir en él, y también de nuestra experiencia de Dios.

Conclusión

Los escritos espirituales suelen advertir que no se interpreten con rigidez los diver­sos pasos en el progreso de la vida espiritual. En la práctica uno se mueve de un estadio a otro con mayor fluidez que la que sugieren las descripciones de la teología ascética. Tampoco en nuestra perspectiva se debería interpretar con rigidez el paso de un estadio a otro. La presente descripción de las tres vías de la experiencia de Dios en los pobres no debe servir más que como un modelo. En él la experiencia de Dios en los pobres es vista como un proceso de crecimiento espiritual. El modelo nos puede ayudar a com­prender a los que están en este proceso de crecimiento. Así podemos ver que no todos estamos en el mismo estadio de progreso. También puede ayudarnos el modelo a dar­nos una idea del grado de nuestro propio progreso espiritual, así como una conciencia anticipada de los peligros y problemas que podamos encontrar en el camino.

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