Eugenio Emilio Miel (1825-1896)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1898 · Source: Anales españoles.
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Biografias PaúlesCAPÍTULO I

El Sr. Eugenio Emilio Miel nació en el lugar de Samery, cerca de Tounerre, departamento del Jurne, Diócesis de Sens; era hijo único de Juan Miel y de María Reinant.

Desde sus más tiernos años se empezó a notar en este niño un carácter dulce y amable, que fue la señal que le distinguió durante toda su vida. La piedad germinó temprano en su corazón; según el testimonio de un Sacerdote venerable, al presente Canónigo titular de la Metropolitana de Sens, el joven Miel se apartaba del mundo, cuyos peligros conocía; se complacía en la compañía de los señores Curas vecinos a su parroquia, viendo todos en este particular atractivo una señal de su vocación al estado eclesiástico.

Comenzó el Sr. Miel sus estudios clásicos en un colegio seglar en la villa de Ervy, departamento del Auba, no lejos de su país natal, y algunos años después vino a continuarlos en el Seminario menor de Auxerre. En este establecimiento, puesto bajo la dirección de maestros distinguidos por su talento y sus virtudes sacerdotales, su vocación se declaró de una manera más sensible, su piedad tomó de nuevo vuelo y su conducta ejemplar daba a todos la consoladora esperanza de que Dios le señalaba con su dedo para el Sacerdocio. Terminados sus estudios en el Seminario menor de Auxerre con el feliz éxito que podía esperarse de un sujeto inteligente y estudioso, el Sr. Miel se dirigió al Seminario mayor de Sens para seguir allí los cursos de Filosofía y Teología.

Allí, en aquel asilo de recogimiento y oración, la gracia continuaba su obra en el corazón del joven levita, el cual hallábase en su elemento, y se ensayaba a la vista de Dios  y bajo la vigilancia paternal de sus nuevos maestros en las virtudes del Sacerdocio, uniendo en amorosa lazada la vir­tud y la ciencia, que son el adorno del Ministro de Dios. La verdad, unida a una amable benevolencia, comunicó a su singular modestia un nuevo encanto; sus modales, llenos de finura, juntándose a un exterior agradable, le abrían todos los corazones; maestros y discípulos se complacían en reconocer que el carácter del Sr. Miel era significado objeto del nombre que llevaba. Estuvo tres años en el Seminario mayor de Sens, y al cuarto año fue enviado como Profesor al Seminario menor de Auxerre.

Cuando el Sr. Miel llegó al Seminario mayor de Sens, los sacerdotes Lazaristas, que habían sido arrojados durante la Revolución, volvían a tomar la dirección de dicho estamiento a petición del Ilmo. Sr. de Cosnac. En los designios de Dios, que nada obra casualmente, esta circunstancia no dejó de tener cierta influencia sobre los destinos del joven Miel.

Tenía en aquel tiempo dicho gran Seminario por Superior a un digno Sacerdote, cuyas felices cualidades de espíritu y de corazón eran universalmente estimadas en la Diócesis. El sr. Fragel tenía el don de hacer que se amase en su persona a la Congregación toda entera; bajo el encanto de su palabra, en la cual se revelaba su corazón, el alma se entregaba a sentimientos generosos, y los espíritus se hallaban bajo la influencia de un soplo divino que los dirigía muchas veces hacia la familia de San Vicente de Paúl.

Ahora bien: hacia el fin de las vacaciones del año 1845, tres jóvenes seminaristas, que se habían convenido entre sí, dando un generoso a-Dios a su familia, tomaron con valor la diligencia y llegaron los tres juntos a la Casa-Madre el 27 de Septiembre para ingresar en el Seminario interno; estos tres jóvenes animosos eran: el Sr. Julio Chevalier, actual Asistente primero de la Congregación; el Sr. Adolfo Poulin, Profesor del Seminario mayor de Sens, muerto hace algunos años, y el Sr. Miel.

El Sr. Miel era Diácono cuando entró en la Congrega­ción. Su formación, comenzada felizmente en el Seminario mayor de Sens, iba a recibir nuevo impulso bajo la direc­ción del Sr. Pedro Martín, a la sazón Director del Semi­nario interno, el cual formó para la Compañía excelentes Misioneros, imprimiendo generalmente en su vida el temple de su firme dirección. El Sr. Miel, por otra parte, ofrecía fácil trabajo a la acción de la gracia; de natural dócil, espí­ritu flexible, se entregaba con confianza a la persona que le dirigía. Piadoso, observante, amable y querido de sus compañeros, revelábase en su trato el contento que experimentaba en su vocación. En las Órdenes de Trinidad de 1846 recibió el Presbiterado, y en el mes de Septiembre del mismo año 46 era enviado para Profesor de Filosofía al Seminario de Chalons.

Sus estrenos, según refiere un venerable Sacerdote quo fue alumno, penitente y ayudante de Misa del Sr. Miel, fueron muy felices: explicaba el curso con gusto y con atractivo; todos sentíamos gran contento en trabajar baja su dirección. Como por desgracia era de temperamento delicado, al cabo de tres meses le obligó a dejar la enseñanza una tos persistente, y el Superior, Sr. Eugenio Vicart, que hacía mucho aprecio de sus cualidades y Tulla conservarle, le quitó la Filosofía, confiándole la procura y la clase de Liturgia. Más tarde, habiendo su salud mejo­rado, se le encargó el curso de Dogma.

En todos estos empleos el Sr. Miel estuvo siempre a la altura de su posición. Su dirección, en la cual la firmeza y dulce se hallaban en su justa medida, era apreciada unánimemente; era el hombre de confianza de los seminaristas, que acudían a él en sus dificultades, persuadidos de hallar siempre una resolución sabia y precisa. Su dulce y comunicativa piedad, sus finos modales, llenos de cierta gracia espiritual, daban a entender que en el joven Profesor se habían con­venido la naturaleza y la gracia para adornar su espíritu y corazón con todos los dones necesarios para la educación de los Sacerdotes. Dotado de ameno y exquisito tacto para tratar con los Eclesiásticos que venían al Seminario mayor, gozaba de la estimación de todo el Clero. Para mí, continúa el digno Sr. Chapiteau, uno de mis mejores recuerdos será haber sido niño de coro de mi buen P. Miel.

Las singulares cualidades del Sr. Miel llamaron natural­mente la atención de sus Superiores; por esto durante las vacaciones de 1857 el Sr. Etienne, entonces Superior Ge­neral, le llamó a París para encargarle una misión para Portugal.

Una de las grandes máximas que dirigían a San Vicente en todas sus empresas, era que es necesario esperar la hora de Dios, sin adelantarse jamás al llamamiento de la Divina Providencia. Desde el Cielo, pues, nuestro bienaventurado Padre debió de dirigir sus dulces miradas hacia los Misioneros y las Hijas de la Caridad, que se embarcaron para Portugal el 20 de Octubre de 1857, llevando consigo el valor de su sacrificio: Dios era quien los llamaba, su divina mano les conducía a esta tierra, en donde les aguardaba una rica cosecha de trabajos, sacrificios y sufrimientos.

Portugal, en efecto, pasaba por una cruel prueba. En 1856 el cólera visitaba a Lisboa, extendiendo rápidamente sus furores por gran parte del reino, esparciendo por todas partes la consternación y la muerte, mermando las poblaciones, extinguiendo familias enteras, no dejando a su paso más que el duelo y lágrimas. Después de esto, el año si­guiente, 1857, la fiebre amarilla, traída del Brasil, se cebó a su vez y vino a consumar el exterminio comenzando por el cólera. Para colmo de males, los recursos de que se podía disponer no correspondían a tan triste situación.

En estas críticas circunstancias el Cielo quiso recordar el sentimiento de la justicia y humanidad a los que presiden los destinos de los pueblos. En 1831 una Real orden ha­bía abolido y expulsado de todo el territorio portugués todas las Comunidades religiosas, cuyo concurso hubiera si do de mucho valor en presencia de la epidemia.

Una sola Comunidad había sido exceptuada por el de­creto de expulsión: era la Congregación de las Hijas de la Caridad, instalada en 1822, en virtud de Reales órdenes y con la aprobación de la Autoridad eclesiástica. Las Her­manas eran procedentes de la Casa de Barcelona, de la cual habían tomado las Reglas y las costumbres. a estas buenas Hermanas no les faltaba ni el valor ni el espíritu de sacrificio; pero había ya llegado el tiempo de repetir las palabras del Divino Maestro: Messis quidem mul­ta, operaria autem pauci. Mucha es la mies y pocos los obreros.

A vista de tantas calamidades, de un incalculable nú­mero de huerfanitos que quedaban sin apoyo y sin abrigo, de muchos miles de enfermos y moribundos privados de todo cuidado, apoderábase de todos los corazones la compasión y la lástima. Fundáronse Asociaciones caritativas, compuestas de las principales señoras del reino, entre las cuales figuraba la Emperatriz heredera del Brasil, para ayu­dar a las Hermanas, que sucumbían bajo el peso de las fatigas; pero todos estos esfuerzos reunidos no eran bastante para atajar el mal y atender a las necesidades siempre crecientes. En tales extremos, las señoras resolvieron dirigirse al Superior General de las Hijas de la Caridad, residente en París, pidiéndole les enviase refuerzo.

Como se verá en el curso de esta relación, la Providencia complace frecuentemente en sacar bien del mal. En los designios de Dios esta epidemia era la señal de una época de regeneración para Portugal, y muy luego veremos surgir como por encanto, bajo el soplo de la caridad, las obras de beneficencia en todas las partes del Reino.

El Sr. Etienne acogió esta petición como podía esperarse de un sucesor de San Vicente de Paúl; un pueblo reducido a gran necesidad extendía hacia él sus manos implorando so­corro, y no era necesario más para mover su corazón, pa­tente siempre al grito del sufrimiento. Queriendo juzgar por sí mismo de la extensión del mal para ponerle remedio según le fuese posible, partió para Portugal el mes de Junio sir 1857, llegando a Lisboa cuando la epidemia se hallaba en su período álgido. La llegada de este buen Superior a esta consternada ciudad fue un rayo de esperanza que venía a dar luz a esta desgraciada población, sumergida en todos los horrores de la muerte.

El Sr. Etienne, con la seguridad de juicio que le distin­guía, comprendió prontamente que se abría un espacioso campo al celo y abnegación de los hijos de San Vicente. La caridad era grande, pero carecía de dirección y de brazos y sobre estos dos puntos él dirigió su atención; era necesario, ante todo, aumentar los socorros, y después establecer un vínculo de unión entre todos las actos de caridad individual, reuniendo todos los sacrificios bajo una dirección eficaz.

La Providencia Divina secundó de un modo maravilloso estos proyectos. Desde mucho tiempo las Hermanas de Portugal deseaban unirse a las francesas. Este asunto fue objeto de una negociación entre el Gobierno portugués, la  Autoridad eclesiástica y el Sr. Superior General de las Hijas de la Caridad, que se terminó felizmente. Arreglado este primer punto, se determinó que cierto número de Hijas de la Caridad francesas viniesen a juntarse con sus nuevas compañeras de Lisboa para trabajar todas juntas bajo la dirección de los Lazaristas.

El 25 de Octubre de 1857 desembarcó en Belén, cerca de Lisboa, el primer grupo de Hermanas francesas, bajo la dirección de tres Misioneros, los Sres. Fongerai, Sipolis y Miel. Como la epidemia continuaba haciendo numerosas víctimas, se hicieron mil instancias a las Hermanas, para que descansasen en la campiña antes de entrar en la atmós­fera emponzoñada de la ciudad; pero estas nobles Hijas, fieles a su divisa: La caridad de Jesucristo nos urge, no quisieron que se esperase más largo tiempo su sacrificio para con esta desgraciada población, probada tan cruel­mente, instalándose la misma tarde de su llegada en el Hospicio de Cardaes.

Desgraciadamente, los temores que se habían manifes­tado al tiempo del desembarque no tardaron en cumplirse. Apenas instalados en el foco de corrupción, el Sr. Miel y una Hermana cayeron atacados de la fiebre amarilla; la Hermana fue arrebatada en pocas horas, y se temía el mismo suceso en cuanto al Sr. Miel. Pero el Cielo velaba por la vida de este buen Misionero, que debía ser, por dis­posición de Dios, el instrumento de tanto bien, triunfando el amado enfermo, contra toda esperanza, de las terribles congojas de dicho mal, que a nadie perdona.

Aproximábase, sin embargo, la hora en que la Divina Providencia iba a colocar al Sr. Miel sobre un espacioso campo de trabajo. Su Superior, el Sr. Fongerai, muy de­bilitado por una enfermedad contraída en las misiones del Oriente, se veía obligado a dejar a Portugal para busca, en el clima de Argel la conservación de una salud alterada hacía mucho tiempo; y como era consiguiente, su marcha obligó a los Superiores a poner al Sr. Miel al frente de la empresa confiada a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad.

Durante el primer año de su permanencia en Lisboa, el Sr. Miel había obrado en un círculo limitado y casi desconocido, desempeñando modestamente los empleos que le confiaran en las casas de las Hermanas. Después de la marcha del Sr. Fongerai, pudo dar libre expansión a su do y poner al servicio de Dios y de las almas todos los recursos de su espíritu y las riquezas de su corazón.

Las diez mil víctimas de la fiebre amarilla habían dejado gran número de huérfanos, que no tenían otro apoyo que Providencia; nuevo Vicente de Paúl, este santo Misionero llevó la causa de estos seres abandonados delante de grandes del Reino y de los principales personajes de la Corte, siendo el efecto admirable. Al oír sus palabras, cuyos acentos conmovidos electrizaban las almas, los ojos se abrían a las lágrimas y los corazones a la compasión; la caridad excitó santa emulación entre la nobleza de Portugal; todos los ricos querían contribuir a extinguir el foco de miseria que desolaba el país; de todas partes llegaba dinero, uniéndose todas las ofrendas en las manos del apóstol de la caridad para recibir de él la dirección debida. Bien pronto, bajo el impulso de la fe de su corazón, se formaron asilos de hospitalidad; levantábanse hospicios y hospitales en diversos puntos de Lisboa. La familia Real fue la primera en dar ejemplo de generosidad, poniendo a disposición del Sr. Miel el antiguo palacio de Azuda, el cual transformado en un Asilo modelo, objeto de la admiración de todos; el Rey, la Reina y los Infantes se complacían visitarlo, no tanto para admirar la hermosa disposición de todo, cuanto para animar a los desgraciados en él recogidos. En el mismo tiempo la Emperatriz, heredera del Brasilo abría en Funchal, en la isla de la Madera, un Hospid magnífico, en donde los enfermos y moribundos recibían todos los auxilios corporales y espirituales que su estado exigía. Por su parte la Infanta Doña Isabel fundaba en Bemfica una Casa de Socorros, donde cada día se repartían abundantes limosnas a las familias necesitadas. La Duquesa de Palmella, igualmente, secundaba los progresos de la ca­ridad, fundando y sosteniendo a sus expensas un Hospital para niños enfermos.

Esas nuevas fundaciones habían hecho necesario el envío de un número bastante crecido de Hermanas francesas; eran sesenta, distribuidas en aquellos establecimientos, donde hacían prodigios de abnegación; formaban una pro­vincia, bajo la dirección de Sor Ville, Visitadora. La cari­dad por fin triunfa del mal; de todos los pechos sale un suspiro de consuelo, y la población agradecida se hace lenguas para bendecir al hombre caritativo y a las mujeres heroicas, a quienes, después de Dios, deben el alivio y la vida tantos desgraciados.

Pero el sello de las obras de Dios es el ser perseguidas; parece que les faltaría su carácter esencial si no recibían la consagración de la prueba.

La gracia iba abriéndose paso, creciendo en todas partes la buena semilla; la mies presentábase rica y abundante sobre aquella tierra, azotada en parte hasta entonces con la esterilidad. No obstante, el enemigo de todo bien, el hombre enemigo, inimicus homo, Satanás, preparaba oculta­mente la ruina de aquellos establecimientos que ofrecían tan bellas esperanzas. En vista de aquel movimiento en favor de las ideas religiosas y de la conversión de las almas, se enciende un odio mortal en su corazón contra los Misio­neros y las Hijas de la Caridad; juró su total ruina, encar­gándose de la ejecución la secta masónica.

A la voz de alarma reúnense los afiliados y sus amigos; combinan sus planes, formulan la opinión minando oculta­mente el terreno bajo los pies de los Misioneros y de las Hermanas, para que, cuando todo esté preparado para la explosión, puedan quitarse la máscara y desde sus antros tenebrosos dar abiertamente el grito de guerra. Esa es la persecución manifiesta.

Los que fueron objeto de ella son los únicos que po­drían decir lo que tuvieron que padecer en tiempo de aquella tempestad deshecha, en medio de aquella orgía de ultrajes, salidos de las heces de la sociedad; ni Misioneros ni Hermanas podían presentarse en público sin ser objeto de los más groseros insultos de aquellos satélites del demo­nio. Los buenos gemían y defendían a sus bienhechores y a sus bienhechoras por todos los medios posibles; pero ¿qué valían aquellas tímidas protestas delante de la osadía de los malos? Las víctimas no correspondían a las injurias sino con el silencio, con el perdón y con nuevos beneficios, esperando triunfar del mal por medio del bien: Vince in bono malum; pero aquellos prodigios de virtud eran estímulos para acrecentar el odio de los perseguidores.

Entretanto Dios no deja de velar desde lo alto del Cielo. Al ver tantos y tan bellos establecimientos, frutos de generosos sacrificios, en vísperas de ser destruidos, la secta se daba el parabién del pretendido resultado; proclamaba alto que todo iba a concluir: ¡Insensatos! Os equivocáis, precisamente desde ahora todo va a comenzar.

El Sr. Miel estaba encargado de hacer interinamente las funciones de Capellán de San Luis de los Franceses; seis meses después, por efecto de un acuerdo entre el Gobierno y la Congregación, lo provisional venía a ser definitivo. Desde entonces el Sr. Miel se hallaba al abrigo de la bandera francesa; estaba de alguna manera en un terreno fran­cés. Por aquella disposición del Cielo, San Luis vino a ser la cuna de nuevas obras de fe y de caridad para Portugal.

Pero el reino de Dios no se establece sin contradicciones. Los Misioneros, no solamente tuvieron que luchar contra la persecución, sino también contra la pobreza; era necesario que la mano de Dios se manifestase visiblemente en la obra que emprendían: In virtute Dei. Al instalarse en San Luis se hallaron entre cuatro paredes completamente desnudas, sin mueblaje, sin ajuar, ni un pedazo de pan seguro. Su primer recurso fue un saco de arroz y otro de alubias, donativo de una persona caritativa; pero el buen humor y la alegría que da el espíritu de sacrificio suplie­ron fácilmente lo poco brillante de aquella situación. Mu­chas veces la Visitadora de las Hijas de la Caridad, mo­vida de compasión, les envió su comida; el primer día, el Sr. Miel, al darle gracias de aquella atención bienhechora, le escribía jovialmente: «Como tenemos tanta necesidad del continente como del contenido, nos quedamos con todo.» De modo que la sopera y los platos de la buena Sor Ville fueron la primera vajilla de San Luis.

No era menor la pobreza de su capilla; pues, a lo mejor, la lluvia caía sobre el altar. Sólo había ruinas que reparar con dinero, y llagas morales que curar con paciencia; así y todo, aún eran menester dificultades mucho mayores para desconcertar el ardor del valiente capellán de San Luis.

Puso manos a la obra con una fe capaz de trasladar las montañas, pero al mismo tiempo con una perfecta prudencia, haciendo el mayor bien con el menor ruido posible, adelantando lentamente pero con seguridad y como él decía familiarmente: «trabajando como el topo», para no llamar la atención de la secta, que no aguardaba más que un pretexto para levantar la opinión: et ipsi observabant eum.

El Sr. Miel inauguró su ministerio en San Luis con el establecimiento de la devoción del Mes de María; aquello fue una feliz inspiración; bajo el patrocinio de la que es la Madre y la dispensadora de la gracia, Mater divinae gratiae, lo podía esperar todo de Dios, hasta milagros Sostenido por el piadoso concurso del Sr. Duque de Be­llune, Secretario de la Embajada, que dio la alfombra de su salón para adornar la tarima del altar, pagó los gastos del alumbrado y quiso ayudar a la decoración de la capilla, llegó a transformar la pobre iglesia en un gracioso templo, en el cual todo hablaba a los ojos y al corazón.

De lo alto de su trono, radiante de luz, situado en medio de un bosquecillo de flores y de arbustos que había pro­porcionado el jardín de la Infanta Doña Isabel, María Inma­culada parecía sonreír a sus hijos, y les extendía sus bra­zos para estrecharlos contra su corazón.

Puede decirse que el Mes de María fue la benéfica au­rora tras la cual amaneció el bello sol de la piedad sobre aquella sociedad indiferente. Cada uno de los días de aquel hermoso mes acudían el personal de la Embajada, las fa­milias nobles, las jóvenes de toda edad y condición, complaciéndose en oír la palabra del santo Misionero, cuya unción penetrante encendía en sus corazones el fuego del amor divino. Hasta entonces apenas eran conocidos aquellos ejercicios de piedad en las iglesias de Lisboa; una Misa rezada, celebrada aprisa, a esto se reducía muchas veces toda la santificación del Domingo. El Mes de María vino a ser el despertador de la fe y de las prácticas re­ligiosas.

Mientras Satanás rabiaba y proseguía con encarniza­miento su obra del mal, el Sr. Miel continuaba con calma y tranquilidad su obra del bien. En medio de la penosa crisis que atravesaba, no veía salvación sino en Dios. Por este mismo tiempo empezó a promover una nueva devoción, con la cual mantuvo y desarrolló el bien, tan felizmente comenzado con el Mes de María; esa devoción no era otra que la Asociación, llamada «Unión de oraciones a los Dolorosos Corazones de Jesús y de María». Esta Asociación dio bien pronto los más consoladores resultados: extendióse rápidamente en todo Portugal y en sus posesiones de Ultramar, donde cuenta cien mil asociados. El Padre Santo Pío IX quiso ser uno de los primeros asociados; aprobó la obra por un Breve de Septiembre de 1859, y la enriqueció de  preciosas indulgencias.

El fin de la Asociación era atraer la bendición de Dios sobre los asociados, sobre sus familias y sobre sus países.

En las reuniones, que tenían lugar en San Luis, las ins­trucciones, que se hacían en portugués, atrajeron un gran concurso de fieles; las oraciones para las intenciones re­comendadas obtuvieron innumerables reconciliaciones con Dios; de manera que la Comunión de los piadosos asocia­dos, que solía tener lugar en la Misa, parecía todas las veces la Comunión general. De esta manera se habituaron a la frecuencia de confesión y comunión, que puede de­cirse no se había practicado hasta entonces en Lisboa. En aquella populosa ciudad casi nadie comulgaba fuera del tiempo pascual; en el día se cuentan un gran número de confesiones y comuniones de devoción. Sobre esta obra han venido como a injertarse todas las asociaciones funda­das por el Sr. Miel, y que al presente se extienden por toda la capital, como preciosa red de piedad y de santas obras.

«La Unión de oraciones», escribe una señora portuguesa, ha sido un beneficio del Cielo. ¡Cuántas almas se han reconciliado con Dios! ¡Cuántas familias le deben la paz y su bien pasar! ¡Cuántas gracias de preservación ó de arrepentimiento! ¡Cuántos jóvenes le son deudores de su colocación temporal ó de su vocación al sacerdocio! ¡Cuán­tos favores insignes ha obtenido nuestra patria de los Sa­grados Corazones de Jesús y de María en la iglesia de San Luis! Allí era donde, sobre todo, se descubría el corazón grande y el espíritu del santo Misionero que renovó la faz del país mediante el Apostolado de la Oración».

Además, entre las obras salidas de las manos del celoso Rector de San Luis, hay una que, bajo una forma modesta, tuvo también su buena parte de influencia en el bien reali­zado: la fundación de una escuela. Hasta entonces San Luis carecía de ella, y ese vacío no podía ocultarse por mucho tiempo al espíritu creador del Sr. Miel. Por pronto no fue más que una pequeña escuela primaria para los niños pobres de la colonia; pero no tardaron los hijos de algunos representantes de Francia en querer aprovecharse de la instrucción que en ella se daba; siguieron el ejemplo muchas familias nobles; tal era la confianza que les inspiraba el Sr. Miel, que no dudaron en entregarle sus hijos. Y al presente esos niños forman una escuela modelo, donde se emplean todos los medios para ponerles en estado de entrar un día en las escuelas superiores del Estado. Los Domingos, la presencia de aquellos niños en la iglesia aumenta con su servicio de ángeles la hermosura y la pompa del culto divino; sus padres sienten gran satisfacción en verlos servir en el altar con su gracioso traje de niños de coro.

La iglesia de San Luis ya no era un desierto, una tierra abandonada, sino un suelo de maravillosa fecundidad, un centro vivo de piedad y celo, donde todas las obras buenas daban la cita. Desde entonces juzgó el Sr. Miel que ha llegado ya el tiempo de restablecer el culto divino; celébranse los Oficios con una dignidad que inspira devoción a todos los corazones; las sagradas ceremonias se ejecutan con aquel religioso respeto que es tradicional en San Lázaro de París, y el canto de los niños de la escuela da las solemnidades del Domingo un aire de novedad y atractivo verdaderamente encantador.

San Luis puede rivalizar con las mejores parroquias de vicia; los fieles acuden con afán a los Oficios del Domin­go personal de los Consulados acreditados en Lisboa viene festivo a tomar lugar al lado del Consulado de Fran­cia, entre nuestros paisanos; los personajes de la Corte se distinguen allí por su piadoso recogimiento; la misma Reina Amalia asiste gustosamente a los Oficios de San Luis, y todos, nobles y plebeyos, escuchan con inefable placer al «buen Padre», cuya palabra sencilla y simpática se abre camino para llegar a todos los corazones.

Otrai obra eminentemente parroquial imponíase con urgencia, a saber: el restablecimiento de la catequística. Ese género de instrucción religiosa estaba totalmente olvidado en Lisboa. El Sr. Miel atacó el mal en su raíz con el esta­blecimiento de la enseñanza del Catecismo, que dio un resultado más feliz de lo que se podía esperar.

A fin de ponerse al alcance de todas las inteligencias, confió a uno de sus compañeros el cuidado de instruir en por­tugués a los niños pobres de los diversos barrios de la ciu­dad, reservándose él la enseñanza de los niños de la Emba­jada y de la colonia francesa. El Sr. Miel tenía dotes espe­ciales para ese género de instrucción, talento particular para instruir a los niños y tenerlos atentos, palabra clara, expre­siva, espiritual, que, dando a sus explicaciones un atrac­tivo interesante, tenía a su joven auditorio colgado de sus labios; por medio de una comparación tomada de la natura­leza, la verdad religiosa tomaba una forma sensible, que­dando perpetuamente grabada en el espíritu impresionable de los niños; sabía instruir y dar importancia a su doctrina; sobre lo cual nos escribe una persona que asistía frecuente­mente a aquellas instrucciones infantiles: «¡Cuánto gustaban las explicaciones del Padre Miel! Las grandes familias envia­ban allí a sus hijos, y muchas veces en la semana las jóvenes de la alta nobleza se juntaban con las pobres, y hasta fa­milias enteras tomaban asiento en los bancos de la Escuela de Doctrina. Con seguridad puede afirmarse que las generaciones enteras deben agradecer al humilde hijo de San Vi­cente de Paúl el beneficio de su instrucción cristiana».

El establecimiento de la catequística en San Luis fue coronado con una función que excitó un verdadero entu­siasmo religioso en toda la ciudad de Lisboa; me refiero a la primera Comunión. En Portugal era desconocida la so­lemnidad de la primera Comunión como se practica en Francia. Cuando un muchacho llegaba a la edad de pre­pararse para la primera Comunión, le enseñaban en casa o en la escuela el Catecismo, la letra desnuda, casi sin explicación; llegado el tiempo pascual, le enviaban a confesar; el Confesor le hacía algunas preguntas sobre la Doctrina; si las respuestas eran satisfactorias, el muchacho era admi­tido a la primera Comunión; al retirarse del confesonario se dirigía al comulgatorio con el común de los fieles; y de esa manera, aquel día, que ordinariamente hace época en la vida del hombre, quedaba desapercibido para los niños.

Esa falta de solemnidad en una acción tan memorable inspiró al Sr. Miel una nueva idea de las más felices, que demuestra su profunda fe, como igualmente su sagacidad en atinar con la fibra más sensible de aquella población Impresionable: rodeó la primera Comunión de los niños de la solemnidad extraordinaria, como se practica en Francia. Fijóse la función para el 31 de Mayo, fin del Mes de María, que es el tiempo de disponerse para la primera Co­munión; y todos los años, el bello Mes de María y la primera Comunión, que es su coronamiento, conmueve toda la ciudad; habiendo venido a ser el 31 de Mayo una gran fiesta en Lisboa.

Todas las familias que desde hace cuarenta años han recibido la instrucción cristiana en San Luis se dan allí, en aquel día, un piadoso parabién para avivar su fe y renovar las promesas que en su primera Comunión emitieran. «¡Qué dulces lágrimas — refiere uno que tuvo la dicha de ir presente en aquella fiesta— hemos visto derramar, a la vista de aquellos pequeños ángeles, modestos, recogidos, con sus frentes radiantes de pureza y de inocencia, que se acercaban al Sagrado Banquete! ¡Qué afectos se excitaban en todos los corazones al ver aquellos jovencitos, cuando estando en pie frente a la Cruz de Jesucristo, puesta la mano sobre los Santos Evangelios, en presencia de sus padres, renovaban las promesas del Santo Bautismo!».

El Ilmo. Sr. Nuncio viene con mucho gusto todos los realzar con su presencia aquella tierna ceremonia, que termina siempre por la administración del Sacramento  de la Confirmación. Terminado tan santo acto, se sirve a los niños un modesto desayuno, donde los humildes clientes de Dios y los ricos están sentados a la misma mesa, como en los santos ágapes de los primeros cristianos.

Tales espectáculos son muy a propósito para mover los corazones y conducirlos a Dios. ¡Qué movimiento también y qué vida se nota en aquella iglesia de San Luis, en otro tiempo tan triste y desierta! ¡Cómo se siente que Dios ha­bita en aquel lugar! ¡Qué perfume de fe y de piedad se res­pira en aquel templo! Cada día, y sobre todo cuando se acercan las fiestas, apenas tienen tiempo los Misioneros para oír en confesión a los penitentes que se presentan; en tiempo de Cuaresma, millares de fieles asedian los confeso­narios. Grupos de paisanos, hombres, mujeres, bajan de sus montañas, llevando en sus brazos tiernos meninos; salen de sus casas a media noche, en ayunas, y llegan a la aurora a la puerta de la iglesia de San Luis para confesarse y comulgar. Después de cumplidos sus deberes, entran en la sacristía para recibir la cédula de confesión, que el buen Padre de ordinario sazona con algunas palabras amorosas y a me­nudo espirituales. Muchas veces, manifestando sus senti­mientos de satisfacción, aquellas buenas gentes le dicen con sencillez: » El venir aquí a confesarnos nos tiene mucha cuenta, porque, entre otras cosas, se pueden decir todos los pecados sin costarnos nada; mientras que entre nosotros, apenas hemos dicho dos ó tres, cuando nos detienen para pedirnos los cuatro cuartos de la cédula de confesión. Y habiendo oído del Padre algunas buenas palabras, que en tono risueño les dirige, aquellos buenos paisanos cm. prenden, contentos y satisfechos, el camino de sus montañas.

Seguidamente de esta exposición de las obras parroquiales, tan felizmente planteadas por el Sr. Miel, digamos algunas palabras sobre lo que hizo este santo Misionero como director de las almas; y aquí dejaremos hablar a una persona autorizada que le vio ejercer este cargo. (Director admirable de las almas, de un juicio seguro y recto, de una gran sutileza de discernimiento, las dirigía suavemente pero con firmeza.

Su prudencia en dirigir no era menor que su abnegación. Siendo Cura de los Franceses, era verdaderamente el buen  Pastor, que se tomaba un cuidado afectuoso por sus amadas ovejas, yendo en busca de la oveja extraviada, sin descan­sar hasta haberla vuelto a su redil.

¡Cuántos franceses atacados de la enfermedad le debe­n sus últimos consuelos! ¡Cómo sabía alegrar sus largas horas de padecimientos! ¡Cómo sabía hacer que asomase en sus labios, casi helados con el soplo de la muerte, una son­risa de resignación! Y sobre todo, ¡con qué gracia les ha­blaba del Cielo, y cómo excitaba en ellos el deseo de llegar a él! Tenía un don especial para derramar el bálsamo divino de la caridad en las almas, oprimidas bajo el peso del padecimiento y agobiadas por la pena de estar ausentes de la familia.

Si bien se considera, será fácil comprender que el plantear tantas obras no pudo hacerse sin luchas y combates; debía contar con la secta satánica, la que, para paralizar su celo, trató más de una vez de atentar contra su honor: frecuentemente se vio el Misionero víctima de las excitaciones odiosas de una mala prensa. Pero él era un luchador pru­dente y pacífico; a un odio implacable correspondía con una caridad constante».

El elogio del Sr. Miel son sus obras, y una alabanza que nadie pensará en desmentir es que, por su infatigable actividad, por espacio de cuarenta años, hizo florecer en Portugal el espíritu de San Vicente de Paúl, y con él el amor de Dios en las almas.

Reconstituida la parroquia de San Luis, restablecidas las parroquiales y el culto divino, se abría un nuevo campo al celo y a la actividad de los Misioneros.

Mas, todavía San Luis no poseía ningún Instituto de caridad; la colonia francesa no tenía Hospital para sus paisanos. En caso de enfermedad, los pobres estaban reducidos a entrar en los Hospitales portugueses y a ponerse en ma­nos mercenarias; cuando se desembarcaba a un marino ó a un viajero enfermo, tomaban el camino de aquellos tristes Asilos del padecimiento como si fuesen a la muerte. El se­ñor Miel, a quien la necesidad de sacrificarse tenía constan­temente en vela, no podía menos de ocuparse en mejorar semejante situación.

Tenido ya en mucho aprecio por la Embajada y el Consulado, por su afabilidad y por su habilidad como Admi­nistrador, se ganaba las simpatías de todos. Confiado en la influencia de que gozaba en el seno de la colonia, resolvió, pues, de consuno con el Sr. Conde de Gontaud, Ministro de Francia, abrir un pequeño Hospital para los franceses. Instalóse, por de pronto, en una casa de alquiler y confián­dolo al cuidado de tres Hijas de la Caridad. Como aún no se hubiesen reunido fondos, la Comunidad tuvo que hacer los gastos de instalación, por lo que tocaba a las Hermana% para lo demás se contaba con la Providencia; y cuando, en el mes de Septiembre de 1860, se presentó el primer en­fermo, el Sr. Miel tuvo que escribir a una señora francesa para pedirle un par de sábanas. ¡Qué admirables son los designios de la Providencia!

En el pensamiento de Dios, aquella pobre y pequeña Casa de tres Hermanas debía ser el áncora de salvación en tiempo de la tormenta, el último refugio de las Hijas de la Caridad en medio de la misma de todos sus establecimientos: si esta pequeña Casa no hubiese existido, es probable que las Hijas de la Caridad jamás habrían vuelto a Portugal. El Hospital francés, en efecto, debía sobrevivir al llamamiento de las Hermanas; y ese es el núcleo del cual nacerá un día la nueva Provincia de las Hijas de la Caridad, y esta segunda Provincia será más floreciente aún que la primera.

Un rasgo, que caracteriza el talento administrativo del Sr. Miel, es el haber sabido establecer, entre las fundacio­nes salidas de sus manos, una verdadera solidaridad: todas están unidas entre sí con un interés común, sosteniéndose y fortificándose unas a otras.

El Hospital francés no existía sino de nombre; nada poseía. Mueblaje, ropa, medicamentos, todo faltaba; y sus fondos, por todo haber, hacían la suma de cincuenta y cinco céntimos que había dado una buena Hermana. Con el fin de asegurar la existencia de la obra, el Sr. Miel fundó una Asociación, llamada «Sociedad de Beneficencia», la que se encargó de los gastos del consumo del Hospital; él mismo nombró los miembros, redactó los estatutos, y, gracias a los donativos generosos que llegaron de todas partes, el local llegó a ser insuficiente; entonces fue cuando el Hospital francés fue trasladado a Cardaes. En adelante veremos cuán fecunda fue la pequeña limosna de cincuenta y cinco céntimos.

CAPÍTULO II

Pero la colonia francesa en Portugal iba a recibir bien pronto un fatal golpe. Hacía dos años que las Hijas de la Caridad sacrificaban su salud y su vida en favor de los enfermos y de los desamparados en los establecimientos confiados a su solicitud, cuando, en el mes de Junio de 1862, a consecuencia de una campaña preparada por la francmasonería y sostenida por la mala prensa, el Sr. Etienne, Superior General, creyó que estaba en el caso de tomar una medida extraordinaria, a saber: la de llamar a Francia Hermanas y Misioneros; todas las Hermanas habían de salir de Portugal, a excepción de las tres que servían en el Hospital de los franceses. El 9 de Junio de 1862 será un día tristemente memorable para la colonia francesa en Portugal. El sr.Miel recordaba frecuentemente esa fecha, y siempre con gran sentimiento.

Desde la mañana hallábanse reunidas todas las Hijas de la Caridad en la sala mayor de la Casa central de Bemfica. Muchas señoras, amigas de las Hermanas, habían venido á visitarlas, manifestándoles su adhesión y la pena que les daba aquel acontecimiento. Muy de mañana el Sr. Miel celebró la última Misa que las Hijas de la Caridad habían de oír en Portugal. Todas comulgaron en ella; y pen­sando, sin duda, en el bien que habían hecho, en esperan­zas desvanecidas, en sus amados enfermos y en sus huérfa­nos, de los cuales se veían obligadas a separarse, derrama­ron abundantes lágrimas. ¡Dios sabe lo que pasó en aquel instante solemne!

«Antes de la Comunión, como refiere la digna Visitadora Sor Ville, el Sr. Miel nos hizo recordar que en aquel mismo día hacía cinco años que el Sr. Superior General, lleno de esperanza sobre el feliz resultado de la obra de la Misión, llegaba a Portugal para poner los primeros fundamentos de nuestra obra; y hoy precisamente — añadió — viene todo al suelo. Nuestras bellas esperanzas, fundadas sobre la buena voluntad y el celo de la flor de la sociedad portu­guesa, quedan desde este momento desvanecidas. Esas almas generosas, que sacrificaban su reposo y su fortuna para procurar una educación cristiana a la juventud, alivio al infortunio, ven en un momento desaparecer tan precio­sas obras, fruto de muchos sacrificios, establecidas en me­dio de la misma persecución. La pena que esto les causa, para ellas tan grande, no es menos dura para vosotras. No obstante, a pesar del vivo dolor y amargo sentimiento que ha producido en vosotras la triste noticia de vuestra partida y la dura necesidad de abandonar a vuestros pobres, a vuestros niños, mostraos generosas y sumisas; no olvidéis que sois Hijas de la Caridad; manteneos en la altura de vuestra santa vocación; apreciadla, amadla todavía más, si es posible, puesto que a ella debéis el glorioso privilegio de seguir a Jesús más de cerca y de sufrir como Él persecución por la justicia.

En el momento de uniros al Dios de amor en la sagrada Comunión, ofrecedle el sacrificio de todo lo que amáis en esta Misión tan querida, que ya desde ahora deja existir. Rogad por este pobre pueblo; rogad por nuest­ros generosos bienhechores, para que el Señor los fortifique; rogad por vuestros pobres, por vuestros niños, a fin de que Dios los preserve de los tiros que les asestarán de todas partes. Rogadle con amor, con agradecimiento, en esta capilla donde por última vez os halláis reunidas!

Después de estas breves palabras, interrumpidas por la pena que embargaba su corazón, el Sr. Miel dio a las Her­manas su bendición de despedida, y todas, en compañía de la digna Visitadora Sor Ville, se dirigieron hacia los veinte coches preparados por encargo del Sr. Ministro de de Francia.

En el muelle, el Sr. Conde de Comminges Gontand, Minist­ro de Francia, y el Sr. Breuil, Cónsul, rodeados de todo el personal, esperaban a las Hermanas. La señora Condesa Gontand se hallaba también allí para darles la última prueba de aprecio y de afecto. El Comandante de la fragata de guerra L’ Orenoque , había venido de uniforme a recibir a las Hijas de la Caridad y a poner al mismo tiempo bajo pabellón francés a las Hermanas portuguesas, que quisieron expatriarse antes que abandonar su santa vocación. Lo que pasó en el corazón del Sr. Miel, al ver éste alejarse el Orenoque, sólo él hubiera podido decirlo. Pero  el sr. Miel era un alma fuerte, esperaba contra toda esperanza y, aunque con el corazón partido de dolor, continuó la obra, bien persuadido de que, en aquel negocio, el Cielo no había dicho aún la última palabra.

Según la orden recibida de París, no quedó con el señor más que un Misionero y un Hermano; ¡qué vacío a su alrededor, y qué mirada tan triste y lastimosa echaba pasando aquellos establecimientos, poco antes tan animados, ­tan florecientes y al presente desiertos y cerrados! Anima lo mejor que puede a las tres Hermanas que han quedado en el Hospital francés, las exhorta a la paciencia y a la confianza les recomienda una gran prudencia y les prodiga consuelos que él mismo necesita. Pero en las al­mas de ese carácter la fe es más fuerte que el dolor.

Acostumbrado a ver en todo la mano de Dios, le ofrece generosamente su sacrificio, y emprende de nueve con nueva forma su obra destrozada. Se resuelve a crear suave­mente, sin ruido, y como sin que se conozca, una multitud de modestas obras, que harán penetrar su acción en todas las clases de la sociedad; esas obras serán como otros tan­tos riachuelos, que harán circular la vida divina en todos los barrios de la populosa ciudad de Lisboa.

Desde luego tenemos la Asociación de señoras de la Ca­ridad. En una reunión de las señoras de la Sociedad de Be­neficencia, después de la salida de las Hermanas, el señor Miel las había dicho: «Ahora que las Hermanas se han ido, ustedes deben sustituirlas; ustedes deben ser las Hijas de la Caridad.» Aquella idea fue luego bien acogida. En la re. unión siguiente, del 5 de Agosto de 1862, insiste de nuevo; y a su voz, que era como un eco de la grande voz de San Vicente de Paúl abogando por la causa de los desgracia­dos delante de las señoras de la Caridad de París, acepta­ron la proposición con entusiasmo. Sin pérdida de tiempo, el Sr. Miel apunta los nombres, forma la lista de los miembros, y la Cofradía de señoras de la Caridad queda fundada en esta misma sesión. El día siguiente ponen manos a la obra, perseverando con tal espíritu de fe, de caridad y de celo, que poco tiempo después podía decirles el Sr. Miel:»Mi corazón rebosa de alegría en vista de vuestras obra creo que difícilmente en otra parte se habría hecho tanto y tan bueno como aquí han realizado ustedes, y en tan corto espacio».

El año siguiente San Luis veía nacer otra Asociación, la eminentemente social como sólidamente cristiana: la Archicofradía de Madres cristianas. Esta obra, cuyo objeto el hacer entrar a Dios en la familia, hacer reflorecer en ella el espíritu cristiano, las prácticas religiosas, la educac­ión cristiana de los niños, la santificación del Domingo; dio desde el principio las más dulces esperanzas, y en nues­tros días produce frutos los más consoladores.

Aquel mismo año de 1863 vio renacer también la Aso­ciación de las Hijas de María. Esta Asociación había sido erigida el 21 de Noviembre de 1862 en los establecimientos abandonados por las Hermanas; pero la salida de éstas podía comprometer esta obra tan interesante; y como un gran número de jóvenes pedía el formar parte de esta Aso­ciación, el Sr. Miel reunió las antiguas Hijas de María a las nuevas aspirantes, reconstituyendo la Asociación con los reglamentos y privilegios que le son propios.

Como las reuniones mensuales de aquellas varias Asocia­ciones se hacían en el Hospital francés, y el número de las asociadas iba siempre en aumento, el local había llegado a ser insuficiente; mas por entonces, como antes hemos dicho, trasladóse el Hospital a «Cardaes de Jesu», en un inmueble prestado por la Sra. Marquesa de Ficalho, en 1863.

Este nuevo local, al mismo tiempo que favorecía el des­arrollo de las obras allí establecidas, ofrecía además la ventaja de poder establecer también una escuela; el señor Miel trató luego de fundar dos clases: una de muchachos y la otras de doncellas, para los hijos de la colonia; y el 30 de Marzo de 1863, a petición del Sr. Miel, dos Her­manas francesas se encargaron de la dirección de esas clases. En los primeros quince días no tuvieron más que un aula. Pero Dios bendijo la paciencia y la humildad de aquellas santas Hermanas; después de esperar algunos días vieron llegar tantas alumnas cuantas podían contener las clases, y así la obra fue coronada con el mejor suceso.

Pero la apertura de una escuela no se hace sin gastos. Era necesario proveer de libros de texto y otros objetos  de primera necesidad, porque la mayor parte de los niños de la escuela eran pobres; ahora bien, una nueva obra viene en auxilio de la primera: el Sr. Miel organiza, entre las jóvenes francesas de las mejores familias, una pequeña Asociación con el nombre de «Obra de las Clases», cuyas celadoras cubrieron, por medio de modestas suscripciones personales, los gastos de los niños pobres.

Poseía el Sr. Miel una especie de intuición interior del bien que se había de realizar; su pensamiento, bajo los impulsos de su corazón, se extendía a todas las necesidades de la sociedad; nada se le escapaba: ¿y cómo era posible no reparase en un mal que es fuente de otros muchos, cual es el de las uniones ilegítimas? El Sr. Miel le puso re­medio mediante la Obra de Rehabilitación de los Matrimo­nios; esta Asociación, creada sobre todo en favor de loa pobres, dio los mejores resultados: mediante la pequeña contribución mensual de 20 céntimos por cada uno de los asociados, juntamente con su espíritu de sacrificio, consiguiéronse maravillas.

Examinemos además otra obra que, aunque pequeña, es bien digna del gran corazón que la concibió. Entre los niños de primera Comunión hay muchos que no tienen recursos para comprar un vestido digno de este día, tan importante en la vida del hombre, y a ello proveyó el Sr. MieI fundando un Ropero. Las señoritas protectoras de la Obra compran paños, cortan los vestidos, los hacen ellas mismas o lo encargan por su cuenta a obreras de taller, y de esta manera pueden los niños pobres alternar contentos con los bien acomodados de su edad.

En fin, citaré la Obra de la Sopa, que cada mañana atrae al Hospital una multitud de pobres, los cuales con estos socorros pueden pasar el día sin sentir demasiado lo rigores de la pobreza.

Todas estas obras, bajo la prudente dirección del celoso Misionero, marchan sin choques ni confusión, con perfecto orden y conformidad de afectos, viniendo a formar todo un sistema de beneficencia cristiana, en que las obras se suceden la una a la otra sin interrupción, y se sostienen mutuamente, siendo el genio del Sr. Miel el principio, mo­tor y resorte a cuyo movimiento obedece todo el sistema. Además de las reuniones mensuales, en que su fervorosa palabra comunicaba a los corazones de sus oyentes el fuego que le consumía, había establecido en la iglesia de San Luis unas tandas de ejercicios espirituales para las señoras de todas las Asociaciones reunidas; allí es donde desplegaba toda su actividad, y donde aparecía ser él mismo el alma de todas las fundaciones salidas de sus manos.

Todo marchaba, pues, viento en popa y con seguridad, cuando en 1866, habiendo terminado el plazo concedido al Hospital de Cardaes, advirtió el propietario que en ade­lante se reservaba la mitad de la casa. Siendo insuficiente la otra mitad, el Sr. Miel manifestó a la Sociedad de Beneficencia el inconveniente que había en tener una casa alquilad­a, insistiendo en la importancia de procurarse una que fuese propia de la Sociedad.

Apoyado en los representantes de Francia, cuya estima y confianza jamás le faltó, el Sr Miel prosiguió su proyect­o, pudiendo decir en 1868 el Presidente de la Sociedad de Beneficencia que «el Sr. Miel había sido quien había hallado casa, quien había negociado su compra, quien había allegado recursos, en una palabra, quien lo había hecho todo». Este establecimiento llegó a costar 100.000 francos; trasladóse a él el Hospital francés, conociéndose desde en­tonces con el nombre de Asilo de San Luis.

Sobre él cayeron abundantes bendiciones del Cielo, tomando las obras tal incremento, que pronto fue necesario elevar más el edificio. El Asilo de San Luis consta de un Hospital para los franceses de ambos sexos, un pensionado para niñas francesas y portuguesas, y dos clases de externos para ambos sexos. Todo el inmueble, que vale 150.000 francos, no ha costado a la Sociedad más que los módi­cos gastos de reparación.

En vista de todo esto, el Sr. Miel no tenía expresiones con qué manifestar su agradecimiento hacia la Divina Pro­videncia. En una de las reuniones de las señoras de la Ca­ridad, en la que ponía todo su espíritu por inspirar el amor que San Vicente tenía hacia los pobres, exclamó una vez en un arranque de entusiasmo: «Quién hubiera sospechado jamás que se realizaría lo que hoy está sucediendo? En 1862, una pobre Hija de la Caridad, para formar los primeros fondos de la caja de vuestra Asociación, dio todo lo que poseía: ¡55 céntimos! Esta suma tan insignificante arrojada en la caja, permaneció en ella sola por espacio de seis me­ses. ¿Y qué hacía sola durante este largo tiempo? Dormía, pero su sueño se semejaba al del grano de trigo caído en la tierra. Dejad que llegue el tiempo de la primavera, y veréis cómo mediante el suave calor del sol brotará una caña que llevará como corona una abundante espiga».

Sin embargo, el Sr. Miel dirigía frecuentemente sus mi­radas hacia las casas de Hermanas que permanecían cerradas, suspirando con todo el fervor de sus deseos por el dichoso día en que pudiese devolverles su primitivo esplendor. Mientras tanto, lo encomendaba mucho a Dios, se informaba, sondeaba el terreno, se valía de todos los que podían tener alguna influencia para los intereses de la Obra cuya realización perseguía, no queriendo emprender nada sin el beneplácito del poder público; y después, cuando tenía la seguridad de no encontrar hostilidades por esta parte, echó manos a la Obra con todo el ardor que se deja comprender.

En un principio dirigió toda su atención hacia la isla de la Madera; en 1871 se convino con la Emperatriz del Brasil, Doña Amalia, para abrir de nuevo el hospital de Funchal, fundado antes por esta piadosa Princesa. Al principio entraron sólo cuatro Hermanas, las cuales se captaron la estimación de todos; pero habiendo muerto en seguida la Em­peratriz, dejó aquella Obra confiada a su hermana Josefina, Reina de Suecia. También ésta murió luego, dejando sus­pensa la Obra, siendo necesaria toda la habilidad y toda la paciente perseverancia del Sr. Miel para salvar el establec­imiento de la Madera, que no se terminó definitivamente hasta 1878.

En el mes de Mayo de 1872, el Sr. Miel tuvo el consuelo de volver a abrir la antigua Casa de Hermanas portuguesas de Santa Marta, queriendo con este objeto fundar un Hos­pital español, encargándose de él tres Hermanas que sabían la lengua española. Pero tan buen pensamiento no pro­dujo los resultados que se esperaban, a causa de ciertas dificultades; mas cambiando luego de objeto, siguió adelante la fundación, encontrándose al presente en mucha prospe­ridad.

En el mes de Agosto de 1877, las Hermanas volvían a tomar posesión de su antigua Casa de Bemfica. La vuelta de las Hermanas a esta Casa, que en un tiempo fue habitada por San Pedro de Alcántara, fue una de las mayores glorias del Sr. Miel. Algunos años después dio principio,

en la parte destinada a los Misioneros, a un Seminario interno o Noviciado.

Desde hacía algunos años poseían los Misioneros un Colegio cerca de Felgueiras, en Santa Quiteria ; y esta obra, llamando a otras, fue ocasión para que se encargase a las Hermanas un Colegio de niñas jóvenes, del que tomaron posesión en Enero de 1882 y al presente ofrece muchas esperanzas.

En el mes de Febrero de 1889, el Sr. Miel concibió el proyecto de abrir en Rego un Hospital para los niños pobres; era esto resucitar la idea de la Señora Duquesa de Palmella, que había obtenido tan buen resultado en el Hospital de Boa Morte. Su hija, la señora Duquesa actual,
acogió con satisfacción tan buen proyecto, y después de la muerte de la Presidenta, señora Marquesa de Ficalho, se ocupó con ostensible afecto en esta Obra tan interesante.

El número de enfermas está siempre completo. Su Ma­jestad la Reina honra todos los años con su presencia este pequeño Hospital, al cual se han añadido dos clases para los niños pobres del barrio.

El 2 de Febrero de 1891, la señora Condesa de Penha Longa fundaba en Gandarinha un Asilo para cien niños, el cual confió a las Hermanas, las cuales, habiéndolo perfec­tamente organizado, está dando hoy día resultados de gran consuelo.

En fin, el día 2 de Julio de 1894, las Hermanas se encar­gaban de la dirección del Hospital de Amaranto, gracias a la actividad del Sr. Miel, como lo habían suplicado las Ad­ministraciones civil y militar. De mucho aprecio es esta Casa, pues las Hermanas podrán recoger abundante mies de buenas obras.

Alimentaba el Sr. Miel en su corazón la esperanza de que las Hermanas volverían algún día a las Casas que les habían hecho abandonar con tanto sentimiento; de la cual esperanza procuraba hacer participantes a las tres Hermanas que había en el Hospital francés, para consolarlas y animarlas. Justo es confesar que su esperanza no fue frustrada, pues gracias a su actividad y a su acierto, las Hermanas han vuelto a poner sus plantas en la corte y reino de Portugal, siendo al presente en número de setenta y teniendo a su servicio tres establecimientos importantes. Con esto ha quedado reconstituida su Provincia y la Casa central de Lisboa.

Mas el celo que ejercitaba nuestro llorado Hermano por el restablecimiento de las Hijas de la Caridad no le hacía olvidar los intereses de nuestra Congregación, pues a éste se debe la fundación de algunas Casas en que los Misioneros se ocupan en las funciones propias de nuestro estado.  Además de San Luis de los franceses, los nuestros se encuentran establecidos: 1º en Santa Quiteria, donde tienen a su cargo dicho Santuario, con un Colegio y Escuela Apostólica; 2.º en Funchal (isla de la Madera), donde en­tre otros ministerios tienen el del Hospital María Amalia; 3.º, en esta misma ciudad de Funchal, donde dirigen el Seminario mayor; 4.°, en Bemfica, donde tienen una Casa de estudios y el Seminario interno; 5.º en Amaranto, donde, entre otras funciones, una es el servicio religioso del Hos­pital. Estas son las Casas que componen al presente la Provincia portuguesa. El Sr. Miel fue nombrado su Visitador
en 1893, siendo la Casa central San Luis de los franceses.

En vista de una vida tan bien aprovechada como la de este fervoroso Misionero, que formará dignas páginas en Historia de, la Congregación, no puede uno menos de preguntarse: «Tal vida ¿es obra del hombre, o es obra Dios?» Es uno y otro, pues el Sr. Miel no era solo, sino que Dios estaba con él y dirigía todas sus acciones; Dominus erat eum illo, et omnia opera ejus dirigebat. En la formación de este hombre había concurrido la naturaleza y la gracia para hacerle digno instrumento del bien. Indudablemente hay que atribuir una parte muy importante a la gracia, pues siempre será verdad que, en las obras de Dios es la gracia la que tiene el principal lugar: Deus est qui operatur velle et perficere; el hombre no es sino un instrumento de sus manos; sicut lima in manibus fabri. Pero también es necesario, en las obras, hacer el oficio de instrumento.

Dios Nuestro Señor había favorecido largamente el alma Sr. Miel de los dones de espíritu y de corazón, los cuales preparan el camino a la gracia, y estaba admirable­mente dotado de cualidades para hacer el bien. De carácter manso y afable, parecía que la bondad había nacido él. En las diversas situaciones de su vida supo cap­tarse constantemente las simpatías de las personas con quien tuvo ocasión de tratar. Contrajo amistades sinceras que le permanecieron fieles hasta la muerte, y de que él sabía aprovecharse para hacer el bien, contando entre ellas algunos personajes de todas las clases de la sociedad. A la primera vista se sentía uno subyugado; no había más que presentarse para ver abrirse el corazón delante de él. Así es que el digno Visitador de Lisboa era apreciado uni­versalmente; todos los Ministros franceses que se sucedie­ron en San Luis, reconocieron en él un amigo, y aun en muchas circunstancias un consejero. Los Sres. Nuncios enviados cerca del Gobierno de Portugal mantenían con él íntimas relaciones, le prodigaban los más tiernos consuelos en las pruebas que sufrió, y le alentaban en las contradic­ciones que debió sufrir para hacer el bien. Ejercía pode­rosa influencia, no sólo en la colonia francesa, sino también en la sociedad portuguesa, gracias a su bondadoso carác­ter, a su mucha experiencia y a su habilidad. Se tenía en gran estima su amistad y sus relaciones, y se buscaba fre­cuentemente la luz de sus consejos para el arreglo y buen término de los negocios.

Mas a los dones de naturaleza se unían en el Sr. Miel, a un tiempo, los de la gracia; cuantos le trataban de cerca notaban el invencible ascendiente de sus virtudes. Todos veían en él un digno hijo de San Vicente de Paúl.

A semejanza de nuestro bienaventurado Padre, que en medio de las delicias de la Corte de Luis XIV permaneció siempre el humilde Vicente, el Sr. Miel, no obstante sus continuas relaciones con los representantes de Francia, la nobleza y personajes de Lisboa, se portó siempre como humilde Sacerdote de la Misión, bondadoso para con todos y solamente austero para consigo mismo y hombre de re­gla. Hace algunos años que, hablando un día con un amigo de sus largos insomnios, en que el sueño le llegaba preci­samente a la hora de levantarse, este amigo le decía: «¿Por qué se levanta usted a las cuatro de la mañana?» A lo que respondía sencillamente el Sr. Miel: «Esta es la Regla».

La cual expresión contiene cuanto de su regularidad puede decirse.

El Sr. Miel no era santo solamente para sí; lo era tam­bién para los demás. En él el celo era como una nueva facultad añadida a las de la naturaleza, y sintió como una necesidad, tan imperiosa como el respirar, el trabajar por la salvación de las almas. Cuando llegó a Lisboa, a seme­janza de San Pablo cuando llegó a Atenas, delante del altar donde se daba culto al Dios desconocido, sintió un estremecimiento de celo en su corazón: Incitabatur spiritus ejus. Aunque estaba siempre sobre la brecha, creía, sin em­bargo, no haber hecho nada cuando le quedaba algo que hacer; no se sabrá sino en el Cielo las almas que ganó para Dios. Y si hoy las almas deseosas encuentran celosos pastores que les distribuyan el pan de la divina palabra, no han tenido en esto la menor parte los ejemplos salidos de San Luis.

Al lado de este celo infatigable encontramos también el digno Misionero una consumada prudencia, virtud necesaria al Misionero, muy particularmente en Lisboa, ya por las preocupaciones, que no pueden combatirse directamente, ya por las falsas doctrinas que corren por este país, ya por los enemigos de la religión, sumamente prontos a irritarse. Con una mirada que jamás le engañaba, el Miel sabía formarse un juicio exacto de la situación; sabía aguardar cuando convenía; y si creía que debía obrar, lo hacía con tal circunspección, que desbarataba los planes, hasta los más atrevidos, de los malos.

Lo que también se admiraba en el Visitador de Portugal era notable claridad de discernimiento de espíritu. Se ha dicho de un célebre Cardenal que era necesario abstenerse de pensar en su presencia, si no se quería que averi­guase el pensamiento. En la mirada del Sr. Miel había algo de aquella perspicuidad, que penetra hasta lo más secreto del corazón; juzgaba pronto y con rectitud. Una de las virtudes en él más sobresalientes era su grande discreción, la que era muy estimada de las personas del Consulado. Era dueño de su palabra, no diciendo sino lo que quería; pudiéndose decir de él que había puesto una guarda a sus labios para no excederse en palabras: Pone, Domine, custodiam ori meo.

Otra virtud que el piadoso Misionero tuvo ocasión de ejercitar con frecuencia, era la longanimidad y la facilidad en perdonar. A semejanza de nuestro Santo Padre, bas­taba el haberle sido desagradecido o hecho alguna ofensa para sentirse él como obligado a dispensar algún nuevo favor; durante su ministerio de caridad, y en especial sus veinte primeros años de permanencia en Lisboa, era su ex­presión favorita: «no son rosas todo»; mas en su corazón todo era caridad.

Después de su vuelta de las aguas de Cauterets (1896), que no le fueron de provecho, su salud se debilitó de día en día; sus fuerzas se disminuían sensiblemente; a su ale­gría y buen humor ordinario había sucedido un estado de somnolencia y postración que causó inquietud a sus herma­nos. Pudo decir Misa el 27, día de la Medalla Milagrosa, y el 29, primer Domingo de Adviento; pero la tarde de aquel mismo día le sobrevino un ataque de nervios tan violento, que le obligó a echarse en cama para no levantarse más, pues era una fluxión de pecho lo que le trabajaba. Rápidamente se presentó su estado tan grave, que el Médico juzgó que era tiempo de administrarle los Santos Sacramentos, los cuales recibió con todo conocimiento y gran piedad, prestándose a las sagradas Unciones, asistiendo la Comunidad consternada. Era tal la violencia de la calentura, que no le dejaba hablar, ni pudo decir sino «gracias» al Sacerdote que acababa de administrarle los Santos Oleos. Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, entregaba el señor Miel su hermosa alma al Criador.

Tan inesperada muerte causó profunda sensación en toda la ciudad. El Ministro de Francia se encontraba entonces en París, donde recibió el telegrama que le anunciaba la triste noticia. Inmediatamente fue a la Casa Madre para dar el pésame al Sr. Superior General, y en seguida mandó a los Misioneros de San Luis el siguiente telegrama: «Pro­fundamente impresionados, les manifestamos y ofrecemos nuestro sentimiento; lloramos con ustedes al santo Sacer­dote, al excelente compatriota, que honraba nuestra colo­nia, y que siempre distinguimos con nuestro respetuoso trato.—Firmado: Conde y Condesa de Ormesson.» El señor de Laboulaye, antiguo Embajador de Francia en Lisboa, manifestaba los mismos sentimientos: «Ustedes saben-escribía- el respetuoso afecto que yo tenía a vuestro  Superior; es un verdadero dolor para mí el pensar que ha fallecido».

El Cardenal Luis Masella, antiguo Nuncio en Lisboa y después Prefecto de la Congregación de Ritos, no manifestab­a menos afecto, simpatía y admiración: «No puedo de­cirles—escribía—cuánto me ha entristecido la muerte del muy digno y caro Sr. Miel, y cuánto siento la pérdida que por ella padece la Congregación: Lisboa debe erigirle un aumento».

Citemos, además, una carta del Cardenal Jacobini, que también había sido Nuncio en Lisboa: «La noticia de la muerte del muy amado Padre Miel ha sido para mí como un rayo; no podéis imaginaros mi sentimiento; su principal mérito ha sido introducir la piedad en Lisboa».

Terminemos estos testimonios de sentimiento con un extracto de la carta del Sr. Arzobispo-Obispo del Algarbe: «Me hallo profundamente impresionado por la nueva de la muerte del Sr. Miel, el Sacerdote ejemplar, a quien tenía mucha estima y veneración».

Luego que murió fue colocado en la grande sala de San llamada Sala de los Reyes, que se convirtió en capilla, hasta que comenzó el entierro.

Fue inmenso el concurso de los fieles, que acudió a visi­tar el cuerpo del digno Sacerdote, y contemplar por última vez su simpática fisonomía. A las tres bajóse el cadáver a la capilla y se cantó el Oficio de difuntos. El Lunes, a las diez, Mons. Vico, Auditor de la Nunciatura, encargado de Negocios, cantó la Santa Misa y echó el Responso, asis­tido de los Sres. Pragués y Souza. En defecto del Emba­jador, presidió su Secretario, Sr. Allisé, juntamente con el Sr. de Fontenay, segundo Secretario, teniendo a su lado al Representante del Cardenal Patriarca de Lisboa. El coro estaba ocupado por la Embajada, vestida de uniforme, el Consejo de Fábrica, un crecido número de Sacerdotes del Clero secular y regular y muchos seglares distinguidos. Las Hijas de la Caridad, las señoras de la Embajada y de la colonia y una multitud de fieles llenaban la nave. A las once el acompañamiento se puso en marcha: más parecía un triunfo que entierro. Seguía al féretro, adornado con los colores nacionales, una inmensa muchedumbre; tenían los cordones tres franceses y tres portugueses. Llegóse al cementerio «dos Braseses», donde la Emperatriz del Brasil, María Amalia, había hecho cavar una cripta para las dos familias de San Vicente de Paúl. Allí el Sr. Allisi, Encar­gado de Negocios de Francia, pronunció en voz conmove­dora las siguientes palabras, que causaron profunda impre­sión en los asistentes:

«¡Inclinémonos respetuosamente, señores, delante de este féretro, pues encierra los restos mortales de aquel que, durante cuarenta años, fue nuestro digno Capellán y el amigo fiel de nuestra colonia, y que muriendo nos lega el ejemplo de una vida laboriosa, toda consagrada a la cari­dad y al bien! Su amor por las almas, su austeridad, su fervor, eran tales, que ganaba el afecto y la admiración de todos. Así es que esto no le ha faltado en esta tierra de Por­tugal, donde encuentra y hace eco todo lo que es grande y generoso; y el último homenaje que venís a rendirle prueba bien que lo había sabido conquistar…, y de los más dignos y de los más nobles. Debo recordar que los deberes y las cargas de su apostolado no le han hecho olvidar ja­más de su lejana patria. Amaba la Francia con toda su energía y con todo su corazón. En nombre, pues, de la le­jana patria, en nombre de nuestra querida Francia, señores, hoy día le dirijo el último A-Dios.»

A este elogio tan noblemente expresado no añadiré sino una palabra, que compendia esta vida tan bien em­pleada: Este digno hijo de San Vicente de Paúl ha derra­mado el bien a precio de sus sudores y a veces de sus lá­grimas, y hoy tenemos la segura confianza de que recoge, en el seno de las eternas delicias, el fruto de sus trabajos: Qui seminant in lacrymis in exultatione metent.

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