Espiritualidad vicenciana: Religiosos

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1995.

San Vicente y el estado religioso: elementos cons­titutivos en la teología y el derecho canónico. El aprecio de san Vicente por el estado religioso. Conocimiento de san Vicente de las comunidades religiosas de su tiempo. San Vicente y la reforma de los religiosos. San Vicente y las religiosas de la Vi­sitación. San Vicente y la Compañía de Jesús.


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Las relaciones que san Vicente mantuvo con los religiosos son muy variadas. Vamos a esco­ger algunas de ellas para dar una visión amplia.

Elementos constitutivos del estado religioso en tiempo de san Vicente

Como la teología y el derecho del tiempo de san Vicente enseñaban, los religiosos estaban dentro del estado de perfección «adquirendae». El elemento constitutivo principal de este estado era el compromiso de vivir conforme a los con­sejos evangélicos de pobreza, castidad y obe­diencia, asumidos por voto. Ordinariamente, se hablaba de votos «sustanciales» a los votos que emitían los religiosos en las distintas comu­nidades: órdenes monásticas, mendicantes, ca­nónigos y clérigos regulares.

En tiempos de san Vicente se discutía si era necesario que el voto fuera solemne o que gozase, al menos, de alguna solemnidad (aliqua solemni­tate), como enseñaba santo Tomás de Aquino, para que fuera elemento constitutivo del estado religioso o de perfección «adquirendae». El efecto principal de la solemnidad del voto es que no podía ser dispensado ni por el mismo Papa. San­to Tomás en la Summa Theologica (II, II, q. 88, II, c. 1) defendió la indispensabilidad del voto so­lemne, basado en una decretal de Inocencio Sin embargo, en el Comentario a las Sentencias dio como probable la dispensabilidad (Dist. 38. q. 1, art. 4. qle 1 ad 3). De hecho, la solemnidad era muy discutida en cuanto al origen de la misma, en cuanto al grado y en cuanto a los efectos, prin­cipalmente en cuanto al efecto de la dispensabi­lidad o indispensabilidad.

En 1298, Bonifacio VIII dio un duro golpe a dicho efecto de indispensabilidad del voto so­lemne, porque enseñó que la solemnidad y sus efectos dependían de la autoridad de la Iglesia (Le­moine, R., L’époque moderne (1563-1789). Le monde des religieux, CUJAS, Paris 1976, p. 4). Más tarde, el Papa Gregorio XIII concedió a la Compañía de Jesús, mediante la constitución «Ascendente Domino», el que algunos de ellos emitieran vo­tos simples y, no obstante ello, serían conside­rados como verdaderos «religiosos». La razón alegada por el Papa es que la solemnidad del vo­to depende sólo de la autoridad de la Iglesia y que los tres votos emitidos en la Compañía de Jesús, aunque simples, eran suficientes para constituir el estado religioso. A tales votos simples emiti­dos en la Compañía de Jesús, se los considera­ban como votos sustanciales religiosos.

Concesiones pontificias posteriores hicieron que la solemnidad del voto perdiera fuerza y apa­reciera otro aspecto de los votos: la publicidad del voto, es decir, si era aceptado oficialmente por la Iglesia como voto religioso. Va tomando cuerpo además de la categoría de votos solemnes, que hacen los actos contrarios inválidos, y simples, que sólo los hacen ilícitos, otra categoría: la del voto público, cuando es aceptado por la Iglesia y la del voto privado cuando no lo es.

La aprobación oficial y expresa de los votos por la Iglesia en una determinada religión era otro elemento necesario para conocer la naturaleza de los votos y sus efectos. Para que el voto fue­ra elemento constitutivo del estado religioso, era necesario que la Iglesia lo aprobara como voto de una religión canónicamente constituida.

Si la doctrina común, con las discusiones ex­puestas, era la anteriormente indicada, San Vi­cente conocía también el pensamiento particular en este campo de san Francisco de Sales, según el cual, están en estado de perfección «adqui­rendae» los que se entregan a Dios mediante vo­to simple o por el acto de entrega o por declara­ción pública y, no obstante ello, tales personas no se han de considerar como canónicamente reli­giosas o pertenecientes al estado canónico de perfección (Oeuvres completes, Annecy 1897- 1932, t. xxv, p. 293-300).

Resumiendo, en tiempos de san Vicente el es­tado de perfección estaba constituido por la emi­sión de votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia, aprobados por la Iglesia. Igualmente, el voto simple de pobreza, castidad y obediencia, aprobado por la Iglesia para una religión, era su­ficiente para hacer religioso al que lo emitía y lo colocaba dentro del estado canónico de perfec­ción. El voto simple que no era aprobado por la Iglesia para una religión no se consideraba como elemento constitutivo del estado canónico de per­fección y, por tanto, no hacía religioso al que lo emitía.

El estado canónico de perfección «adquiren­dae» llevaba consigo otros muchos medios para vivir la perfección cristiana: una propia espiri­tualidad, reglas, consuetudinarios, constituciones, estatutos, prácticas y devociones especiales. Era un estilo de vida cristiana muy distinto al estilo de vida cristiana del laico, del sacerdote secular o de comunidades y grupos no religiosos, como los miembros de ciertas asociaciones, cofradías, y terceras órdenes.

San Vicente expone la doctrina común de su tiempo: «Hay que distinguir los estados: Se dice que los obispos y los religiosos están en estado de perfección. Los primeros están en un estado de perfección adquirida, o que ha debido de ser adquirida, ya que nuestro Señor los escogió pa­ra perfeccionar a los demás… Los religiosos no están en un estado de perfección adquirida, sino por adquirir. ¿Cómo? Porque los religiosos están en un estado en el que todo los lleva a la per­fección, como son las reglas, constituciones, vo­tos, sacramentos, lecturas, etc. Los laicos y las gentes del mundo no tienen estos medios, por el contrario, se ven metidos en un ajetreo de ne­gocios, cuidado de la familia, etc.» (XI, 640-641).

Aprecio de san Vicente por el estado religioso

El que san Vicente optara por colocar a la Con­gregación de la Misión fuera del cuadro canóni­co del estado religioso por razones eclesiales del momento y pastorales, no significa que san Vi­cente, hombre espiritual y sensible a los valores teológicos y espirituales, no apreciara, en gran manera, el estado canónico religioso.

Este estado, en cuanto lleva consigo la prác­tica de los votos, reglas, constituciones, vida sacramental, lecturas, liberación de los negocios del mundo lo quiere san Vicente para sí y para los misioneros porque es una cosa buena. Si los lai­cos no están en ese estado, «nosotros sí esta­mos en un estado de perfección por adquirir, si nos servimos de los medios que tenemos para ello…» A continuación añade: «Al estado de per­fección, se entra por medio de la pobreza, de cas­tidad y de obediencia». San Vicente, en la conferencia del 7 de noviembre de 1659 en la que trató sobre los votos, puso de relieve los valores constitutivos del estado religioso y los vio como muy apropiados para el misionero. Sin embargo, cuando bien entrada la conferencia se pregunta: «¿Es ése el estado al que Dios nos ha llamado? No, porque nosotros somos sacerdotes secula­res que nos colocamos en ese estado que nues­tro Señor escogió para sí mismo, renunciando a los bienes, honores y placeres. .» Presintió algu­nas objeciones de los presentes. La contradic­ción parecía obvia: tenemos todo lo que tienen los religiosos y, sin embargo, no somos religiosos. La respuesta, según san Vicente, es que los religio­sos se comprometen a practicar la pobreza, cas­tidad, obediencia, reglas, etc, mediante el voto so­lemne y los misioneros no emiten los votos so­lemnes. Los votos de los misioneros no tienen las notas necesarias al voto solemne (cf. XI, 643 y ss.).

El aprecio del estado religioso, teológica y es­piritualmente considerado, es indiscutible por lo que se refiere a san Vicente, como es indiscuti­ble la pena que sintió cuando fue vituperado: «Aquí, es una pena que todo el mundo sienta tanto recelo contra este estado… Antes también, la religión cristiana levantaba contradicciones por todas partes, a pesar de que era el cuerpo místi­co de Jesucristo; y dichosos aquellos que con-fusione contempta, abrazan ese estado» (II, 28). Cuando san Vicente consiguió la aprobación de los votos y que la Congregación no fuera consi­derada como «religiosa», escribió lo siguiente: «La providencia de Dios ha inspirado, finalmente, a la Compañía esta santa invención de ponernos en un estado en el que tengamos la felicidad del estado religioso gracias a los votos simples, pero siguiendo entre el clero y en la obediencia a los señores obispos, como los más humildes sacer­dotes de su diócesis en cuanto a nuestros traba­jos» (III, 224-225).

El aprecio de los religiosos supo conjugarlo con la humildad de comunidad que san Vicente culti­vó y propuso a sus misioneros. Para san Vicen­te, las grandes órdenes antiguas y las más mo­dernas son los grandes cosechadores, mientras que sus misioneros no son más que unos espi­gadores. De él, son las siguientes palabras: «Her­manos míos, ¿no es para nosotros una felicidad copiar de manera tan sencilla la vocación de Je­sucristo? Pues ¿quién continúa mejor que los mi­sioneros la vida que Jesucristo llevó sobre la tie­rra? Y no me refiero sólo a nosotros, sino a los Misioneros del Oratorio, de la Doctrina Cristiana, a los Capuchinos, a los Jesuitas. ¡Oh, hermanos míos! Ésos son los verdaderos misioneros a cu­yo lado nosotros somos una sombra[/note] (XI, 55-56). «Nosotros somos los que llevamos el saco, esos pobres idiotas que no aciertan a decir nada, esos que van detrás de los grandes segadores. Agra­dezcamos a Dios que se haya dignado recibir nuestros servicios, ofrezcámosle las grandes mie­ses de los otros con nuestros pequeños haces» (XI, 89). Una consecuencia del aprecio es que de las órdenes religiosas nunca un misionero debe hablar mal (RC VIII, 11).

Conocimiento de san Vicente de las Comunida­des religiosas

San Vicente citó con frecuencia en sus cartas y en sus conferencias a las órdenes religiosas, tan­to masculinas como femeninas: Agustinos y Agus­tinas, Agustinos de la reforma de Chancelade; Barnabitas; Benedictinos y Benedictinas; los Ber­nardos; Brígidas; Capuchinos; Carmelitas religio­sas y religiosos; Cartujos; Clarisas; Dominicos y Dominicas; Fatebene fratelli o Hermanos de san Juan de Dios; Hospitalarios de la Caridad; Fran­ciscanos; Hijas de la Cruz; Hijas de la Providen­cia; Hijas del Avemaría; Hospitalarias; Jesuitas; Visitandinas o Salesas; Maturinos, Trinitarios; Mer­cedarios u orden de la Merced; Hermanos del Ni­ño Jesús; Premonstratenses; Recoletos; Clérigos regulares de san Pablo; Canónigos regulares; Re­ligiosas de santa María; Somascos; Temple; Te­atinos; Ursulinas (cf., cada uno de estos nombres en el tomo XII, Indice). Estuvo al tanto de los pro­blemas que surgían en los conventos, principal­mente de los más llamativos, como fueron los ca­sos de posesión o parecidos de Louviers (II, 345), Cognat (VII, III), De Chinon (II, 58, 70, 82), de Loudun (I, 581; II, 345; IX, 945).

El Fundador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad conoció bien el espí­ritu o, como se diría hoy, el carisma de las co­munidades reconocidas por la Iglesia y con gran historial. De los Benedictinos, aprendió que exis­te el voto de estabilidad, más aún, que sólo son necesarios dos votos para ser una orden religio­sa: el de estabilidad y el de conversión de cos­tumbres (II, 104). El espíritu de pobreza es la ca­racterística de los Capuchinos (IX, 524; XI, 553). En los Cartujos, la característica es el espíritu de soledad (IX, 524; XI, 553), son modelos de uni­formidad ( (XI, 549). Algunas prácticas de la Con­gregación de la Misión están inspiradas en las de los Cartujos: el voto de estabilidad (II, 104); sólo los oficiales de la casa asisten al consejo (XI, 439); todas las cartas pasan por el superior (IX, 973). El fin principal de las Carmelitas es el espíritu de oración (IX, 740, 947). Los Dominicos enseñaban al pueblo a rezar el rosario (IX, 1146). Los Fran­ciscanos tienen un gran amor a la pobreza (IX, 448, 889). San Vicente colaboró mucho con los frailes de la Merced en la redención de los cautivos en Argel (II, 329, 402, 431, 455, 470, 494, 554). Re­conoció la buena formación pedagógica de las Ursulinas y permitió que las Hijas de la Caridad fueran a formarse con ellas (I, 447).

San Vicente y la reforma de los religiosos

En tiempos de san Vicente, el estado reli­gioso no estaba en el momento más glorioso de su historia. Sin quitar nada a los muchos y bue­nos religiosos que dieron su vida por reformar las respectivas órdenes, existían grupos de religio­sos, monasterios, conventos y residencias que dejaban mucho que desear en su comporta­miento personal y comunitario. Había necesidad de una reforma. El Cardenal Richelieu empezó la reforma deseada, seguida después por Mazari­no. San Vicente, desde el Consejo de Concien­cia, prestó una gran ayuda a la reforma de los re­ligiosos, sobre todo, contribuyendo a la elección de buenos Abades y buenas Prioras, la supresión de escándalos y la vuelta a la observancia primera. Según Coste, san Vicente dio confianza de po­der reformar las órdenes religiosas, después de la muerte de Richelieu (Coste, P., El Señor Vi­cente, II, 262).

Abelly prueba el amor y aprecio de san Vi­cente por el estado religioso exponiendo, aun­que de una manera bastante genérica, salvo la descripción de algunos casos, la contribución de san Vicente a la reforma del estado religioso: «La estima y el afecto que el Sr. Vicente sintió por el estado religioso, lo llevó a prestar grandes y vo­luntarios servicios tanto a las personas religiosas como a las mismas órdenes cuando se trataba de mantener el buen orden en sus respectivas ca­sas… Se puede decir sin exagerar que todas las órdenes religiosas que existían entonces en Fran­cia han recibido algún efecto de la caridad de san Vicente sea para la Orden en general, sea para al­guno de sus miembros en particular».

San Vicente apoyó la reforma de la Orden be­nedictina de los monasterios de san Mauro, de san Bernardo, de san Antonio, de los Canóni­gos regulares de san Agustín, de los Premons­tratenses y de Grandmont, etc., (Abelly, II, c. último, sec. vil y ve, p. 456-466). Ayudó a los re­formadores, P. Tarrisse, a Alano de Solminihac, a Carlos Fremont, artífice de la reforma de Grand­mont, al Cardenal de la Rechefoucauld, encar­gado de llevar a buen término la reforma de los religiosos.

Por lo que a la reforma de las religiosas se re­fiere, la Sagrada Congregación de Regulares en­cargó a san Vicente que visitara a las monjas de Longchamp. Se conserva el informe que san Vi­cente hizo de su visita (IV, 464-472).

Además de trabajar por la reforma de las ór­denes religiosas, san Vicente prestó la ayuda que pudo para que otras nuevas comunidades pudie­ran superar las dificultades en su nacimiento y pro­greso. Tal fue el caso de las Hijas de la Cruz. San Vicente acudió a ayudar a la Fundadora, la Seño­ra de Villeneuve (III, 247, 342).

San Vicente Superior de las religiosas de la Visitación

San Vicente tuvo gran estima de San Fran­cisco de Sales (1568-1622), el bienaventurado Pa­dre, como gustaba decir. Y no menos con la M. Chantal, Santa Juana Francisca Fremiot de Chan­tal (1572-1641).

Con san Francisco de Sales, se encontró ha­cia 1618. No sólo san Vicente se honró de su amistad, sino que se enriqueció espiritual y apos­tólicamente con ella. Con mucha frecuencia, san Vicente cita el ejemplo o las palabras de san Fran­cisco de Sales a los misioneros y a las Hijas de la Caridad. Los escritos de san Francisco de Sa­les: la Vida devota, el Tratado del amor de Dios, las Conferencias a las religiosas de la Visitación y las Constituciones. Quizás, lo más importante que San Vicente debe a san Francisco de Sales es la idea germinal de la fundación de las Hijas de la Caridad. San Francisco de Sales intentó fun­dar una comunidad que no estuviera tan someti­da a las leyes de la clausura y pudiera visitar a los pobres armonizando el quehacer contemplativo con el activo. No tuvo la suerte de superar las di­ficultades que de las leyes eclesiásticas le sur­gieron. Parece ser que humorísticamente dijo que no era el padre, sino el padrino de las religiosas de la Visitación (Lemoine, R., Le droit des reli­gieux du concile de Trente aux instituts séculiers, DDB, Paris 1955).

La relaciones de san Vicente con la Madre Chantal tuvieron otro tono. La Madre Chantal fue dirigida espiritualmente por san Vicente a la muer­te de san Francisco de Sales. A veces, parece que ella es la consultada por el mismo san Vicente so­bre asuntos que le interesan. En la carta del 14 de julio de 1639, le informa sobre lo que es la Compañía de la Misión: su finalidad, el estilo de vida que en ella se vive, los votos que se emiten, la relaciones con los obispos, cómo se compor­tan durante las misiones, etc. (I, 549-553).

La amistad de san Vicente con los fundado­res de la Visitación y el concepto que ellos te­nían de san Vicente hicieron que pensaran en él como Superior eclesiástico de las religiosas de la Visitación de París. Varias veces, san Vicente afir­ma que asumió el cargo porque se lo pidió san Francisco de Sales: «Me había encargado su san­to Fundador» (IV, 277). Cuando alguien le objetaba, o le podría objetar, que no cumplía lo determina­do en la Congregación de la Misión de no asistir espiritualmente a las religiosas porque se dedicaba a atender a las religiosas de la Visitación, solía dar la respuesta que dio al Superior de la Misión de Richelieu. P. Beaumont: «Ya fin de prevenir la ob­jeción que podrían hacerme de que yo soy el pri­mero en no cumplir esta regla, ya que soy el Pa­dre Espiritual de los Monasterios de Santa María de París, puede Vd. decirle que lo era antes de que existiese la Misión, pues me comprometió a ello su mismo fundador, el bienaventurado Obis­po de Ginebra; luego, me he visto obligado a con­tinuar por orden de mis superiores, a pesar de que he hecho en varias ocasiones muchos esfuerzos para que me dispensen de ello y sigo estando en la misma disposición» (V, 571-572).

Las funciones del Superior eran varias a tenor del derecho canónico y del derecho particular de la Visitación. Entre ellas, podemos enumerar las siguientes: presidir el capítulo mensual, hacer las visitas canónicas, animar a las religiosas espiri­tualmente mediante pláticas, asistir a las elec­ciones, dar su parecer en muchos asuntos ordi­narios y extraordinarios.

El oficio de Superior religioso de la Visitación puso a san Vicente en contacto con personas de la nobleza y de influencia en la sociedad porque muchas religiosas venían de esa capa social. El orgullo de estas clases no dejó de crear algunas dificultades a san Vicente. En cierta ocasión, ne­gó el permiso de entrar en un convento a una de las damas de la Reina de Austria. Por estas difi­cultades y por la antes aludidas de dar ejemplo de no atender a las religiosos tomó la resolución en los ejercicios espirituales de 1646 de dimitir de este oficio, pero por influencia de una dama de la nobleza, el Arzobispo Coadjutor de París le obligó a seguir en el cargo. De hecho, san Vi­cente mantuvo el oficio durante 38 años, hasta el final de su vida.

San Vicente y la Compañía de Jesús

El P. Román, J. M. escribió en 1960 un estu­dio casi exhaustivo bajo el título de «San Vicen­te de Paúl y la Compañía de Jesús» (en Razón y Fe, (1960) 303-318; (1961) 399-416).). Después de una breve introducción, el autor trata sobre el conocimiento y estima que el Fundador de la Con­gregación de la Misión tuvo de la Compañía de Jesús. En cierta ocasión, san Vicente asegura ha­ber leído la historia de la Compañía de Jesús (III, 357) lo cual parece cierto dado el conocimiento detallado que tiene de los usos, costumbres, nor­mas y trabajos apostólicos de los jesuitas.

Al conocimiento que de la Compañía de Jesús tuvo por lo que había leído, hay que añadir el que alcanzó por el contacto personal que mantuvo con muchos y venerables miembros de la Compañía de Jesús. Con frecuencia, san Vicente fundamentó lo que decía en la autoridad de algún jesuita: «un jesuita me ha dicho», «lo que oyó conversando con un jesuita» (VI, 446). Más importante es, si cabe, los juicios de valor que manifestó sobre la Com­pañía de Jesús: «santa Compañía», «santa y útil Compañía», «grande y santa madre Compañía» (II, 226, 266; III, 158).

La estima y el conocimiento que de la Com­pañía de Jesús tuvo el Fundador de la Congre­gación de la Misión hizo que la Compañía fuera un punto de referencia para muchos aspectos de la vida y labor apostólica de los misioneros. Es pa­tente que un campo en el que san Vicente se inspiró fue el de la normativa. Era obvio, una co­munidad dada enteramente al apostolado como la Congregación de la Misión no podía menos de fijarse en otra comunidad, como la Compañía de Jesús, que tantos frutos apostólicos había logra­do y eran conocidos en toda la Iglesia. Lo que pa­ra la Compañía de Jesús fue bueno, había gran probabilidad que lo fuera para la Congregación de la Misión. Naturalmente, cuando un fundador to­ma una norma de otra comunidad anterior, no lo suele hacer de una manera mecánica, sino des­pués de un prolongado discernimiento. En las Constituciones Mayores y en Constituciones Se­lectae y en las Reglas Comunes de la Congrega­ción de la Misión es fácil constatar que la fuente es el cuerpo normativo de la Compañía de Je­sús. San Vicente recomendó a los misioneros algunas prácticas de los jesuitas: la corrección fraterna, los avisos y las penitencias hechas en público, el oficio del Admonitor, las relaciones del enfermo con el médico, la entrega de la corres­pondencia al Superior, tanto la llamada activa co­mo la pasiva, el modo de recibir a los externos, el no salir de la habitación, si no se está vestido decentemente, etc.

La colaboración apostólica entre los misione­ros y los padres de la Compañía fue con fre­cuencia estrecha y humanamente cálida. Un ca­so edificante fue la ayuda que la Comunidad del Colegio de los jesuitas de Bar-le-Duc prestó con ocasión de la muerte del joven misionero, P. Mon­tevit. Los jesuitas permitieron fuera enterrado en la Iglesia del Colegio, junto al confesionario don­de había contraído la enfermedad. San Vicente res­pondió con una conferencia a los miembros de san Lázaro sobre el agradecimiento (II, 23). Otro ca­so de colaboración se llevó a cabo durante la pes­te en la ciudad de Génova, donde las residencias de ambas comunidades se pusieron al servicio de los apestados (VI, 313).

No considero el lugar para extenderme más en las relaciones personales de San Vicente con los jesuitas o de la Congregación de la Misión con la Compañía de Jesús. Pero no es posible pasar por alto la gran cuestión del Jansenismo. San Vicente, siendo amigo de uno de los protago­nistas del Jansenismo, el Abad de Saint Cyran, se puso razonablemente al lado de los jesuitas. San Vicente nunca pudo estar conforme con las intenciones del Abad de Saint Cyran y de Jan­senio que no eran otras que desprestigiar a la Compañía de Jesús. Escribiendo al P. Dehorgny le dijo: «M. de Charigny decía hace unos días a un íntimo amigo suyo que este buen señor (Saint Cyran) le había dicho que él y Jansenio habían em­prendido su labor con el propósito de desacredi­tar a esa santa orden en lo referente a la doctri­na y a la administración de los sacramentos. Y yo le he oído pronunciar casi todos los días palabras en todo conformes con esta idea» (III, 298).

No podemos decir que san Vicente no fue crí­tico ante muchos comportamientos de los jesui­tas. Tuvo conflictos con ellos, no tuvo reparo en decir lo que sentía y supo defender su postura, sin que el respeto y la estima por la Compañía de Jesús disminuyera.

El comportamiento de san Vicente con el es­tado canónico religioso o estado de perfección, hoy llamado «institutos de vida consagrada» muestra en el fundador no sólo respeto y aprecio, sino también un sentido eclesial admirable. Vio con claridad la diversidad de dones en la Iglesia, los ad­miró y aprendió de ellos cómo engarzar en el man­to de la Iglesia los propios dones que, como fun­dador, había recibido del Espíritu Santo.

Bibliografía

LEMOINE, R., Le monde des religieux, l’époque moderne (1563-789), t. XV, v. II, Edit. Cujas, Paris. IDEM, Le droit des religieux du Concite de Trente aux lnstituts Séculiers, Desclée de Brouwer, Paris, 1955. FRANCISCO DE SALES, Oeuvres completes, Annecy, 1897-1932. RO­MÁN, J. M., San Vicente de Paul y la Compa­ñía de Jesús, en Razón y Fe (1960)303-318) y (1961)399-416.

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