Espiritualidad vicenciana: Pobreza

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1995.

PUNTO DE PARTIDA. cambio en la concepción actual de la pobreza; limitaciones de la teología de la pobreza; pobre­za e intereses económicos y políticos; pobreza y credibilidad de la Iglesia. Pobreza vicenciana y misión vicenciana. VIRTUD y VO­TO DE POBREZA: Valor de los bienes materiales. Lo que san Vi­cente entendió por pobreza. Las motivaciones: cristológicas, comunitarias, funcionales y morales. Los medios: principios de po­breza interior y medios prácticos para guardar la pobreza. Po­breza y administración. Pobreza y trabajo. ESTATUTO FUNDAMEN­TAL DE LA POBREZA. Anotaciones finales.


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Punto de partida

Estudiar el tema de la pobreza, hoy, es como entrar en un bosque enmarañado y sin horizon­tes precisos. No sólo ha cambiado el plantea­miento, también el campo se ha extendido tan ilimitadamente que es moralmente imposible es­tablecer las lindes. Santo Tomas de Aquino no consideró la pobreza como una virtud propia den­tro del esquema de las virtudes porque el objeto material de la pobreza, los bienes materiales, son también objeto de otras virtudes. Muchos teólo­gos afirman hoy que la pobreza no es, propia­mente hablando, una virtud, sino una actitud cristiana ante los bienes materiales que lleva con­sigo un cúmulo de virtudes.

Si a la amplitud del tema, añadimos los cam­bios profundos que se han dado sobre cómo en­tender y cómo practicar la pobreza, las dificulta­des aumentan de una manera desmesurada.

Para delimitar bien el campo del presente es­tudio, considero conveniente delinear, aunque só­lo sea a grandes rasgos, la situación en la que ac­tualmente se encuentra el tema de la pobreza.

a) Cambio de visión de las realidades temporales

No obstante la matización de la frase, choca leer de la pluma de san Vicente que el «deseo ávi­do de las riquezas es la ruina de casi todo el mun­do». Cierto, san Vicente se refirió al deseo «ávi­do», lo que moralmente es malo, y en cuanto a los efectos, la ruina afecta a «casi» todo el mun­do. Dejando a un lado las razones de estas mati­zaciones, barruntamos, sin embargo, que, según san Vicente, no todo deseo de riqueza es malo, ni el deseo ávido de riqueza causa ruinas tan ex­tensas.

El cristiano actual, laico o consagrado, tiene una visión positiva de las realidades temporales. El pesimismo sobre el mundo se ha cambiado en optimismo. Las cosas no son rémoras para ir a Dios, fueron creadas por Dios y todas ellas pre­dican sus maravillas. El amor a Dios lleva con­sigo el amor a las cosas creadas y no se ve la ra­zón para considerar los bienes materiales como contrarios a Dios. Aunque el destino del hombre no está definitivamente en este mundo, debe ca­minar por este mundo para conseguir el destino eterno. Un pensador cristiano ha escrito: «Dios en ninguna manera quiere ser amado por noso­tros en oposición a lo creado, sino que partiendo de las criaturas y a través de ellas es como es- pera él que lo glorifiquemos» (cf. González de Cardedal, ¿Crisis de seminarios o crisis de sa­cerdotes?, Marova, Madrid 1967. He tomado la cita que es de Marcel, G., Etre et avoir, Paris 1935, p. 196s}.

Un efecto importante del optimismo con que se contempla al mundo se ha sentido en el cam­po de la ascética: ¿Cómo se puede justificar la privación de lo que Dios ha creado para el hom­bre? ¿Cómo justificar la huida del mundo y el des­precio a las cosas creadas? ¿Cómo el hombre se puede realizar sin sintonizar con el mundo que lo envuelve? En este marco de estima por las rea­lidades terrenas, en este ambiente de amor a la creación ¿se puede hablar de pobreza? y, si se puede y se debe hablar de pobreza, ¿cómo hay que hacerlo y en qué sentido?

b) Limitaciones de la teología de la pobreza

Por muchas razones que se den en favor de la creación, y por buenos que se consideren los bienes materiales, no se puede perder de vista el misterio de la redención que supone el peca­do del hombre. El pecado ha perturbado las rela­ciones del hombre con la creación que aspira a ser redimida, como lo afirmó san Pablo (Rom 8, 22). La pobreza es, pues, la actitud que se tie­ne ante los bienes de la creación desde el mis­terio de la redención.

Sucede, sin embargo, que la teología sobre la pobreza no está perfectamente lograda. De ahí po­siblemente, surgen las dificultades tanto en el or­den de la vivencia espiritual de la pobreza como en el de la pastoral (Pigna, A., Consigli evangeli­ci virtú e voto, O. C. O., Roma 1990, p. 61). Ya desde el principio nos encontramos con la diver­sidad de significados que tiene el término po­breza: los teólogos, los sociólogos, los periodis­tas y hasta los mismos religiosos entienden el mismo término de muy distinta manera; el sen­tido relativo que tiene según el contexto social y económico; las expresiones de pobreza muy dis­tintas que nos ofreció Jesús, «que siendo Dios no retuvo ávidamente su condición divina, tomó la condición de esclavo, haciéndose hombre, apa­reció en su porte como hombre…» (Flp 2, 6-9); las diferentes interpretaciones que en la historia de la Iglesia se han hecho de la pobreza de Jesús y, por consiguiente, las diferentes expresiones prácticas. Todo lo dicho hace muy difícil dar una visión unitaria y completa de la pobreza.

c) Pobreza y los intereses económicos y políticos

A una teología de la pobreza no plenamente completa y unitaria, hay que añadir las nuevas di­mensiones que el término pobreza ha asumido en el campo de la política y de la economía de los pueblos. Por razón de la pobreza, se divide el mundo. No hay programa político a nivel local o mundial en el que no entre el contenido de la po­breza, significado de una u otra manera. Es lógi­co que los constructores de la ciudad temporal, los políticos, traten de los bienes materiales. La dificultad viene del valor que dan a dichos bienes, lo que exageran y lo que omiten, porque para construir la ciudad temporal no basta entender el progreso del hombre en una sola dirección: la económica, hay que tener en cuenta el valor éti­co del progreso, como ha dicho Juan Pablo II (So-Ilicitud° rei socialis n» 28). De lo contrario, tal pro­greso no beneficia al hombre.

d) Pobreza y credibilidad de la Iglesia

Las implicaciones que la pobreza tiene para la credibilidad de la Iglesia en su misión evangeli­zadora han suscitado nuevos aspectos en la con­cepción y en la práctica de la pobreza cristiana en general y muy particularmente en la práctica de la pobreza evangélica. Las dificultades de en­contrar expresiones de pobreza convincentes, so­bre todo comunitarias, en un mundo de bienes­tar y de continuo progreso, y las dificultades de unir armónicamente progreso material y pobreza evangélica plantean nuevas cuestiones, no fáci­les de responder: ¿Cómo salvar ese abismo que hay entre la pobreza sufrida por los pobres y la pobreza manifestada en la Iglesia por los que ha­cen voto de vivir pobres? ¿Qué significa Iglesia de los pobres u opción preferencial por los pobres en una Iglesia que es sacramento universal de sal­vación? Todo lo dicho justifica, de alguna mane­ra, la frase conocida: «la pobreza es nostalgia de algo imposible».

Pobreza vicenciana y misión vicenciana

La finalidad de lo dicho anteriormente no ha sido otra que ver la necesidad de limitar bien el tema cuando se trata de saber lo que un teólogo o santo dijeron sobre la pobreza y cómo la prac­ticaron y, sobre todo, cuando el teólogo o santo fue, además, fundador, maestro y superior de sus comunidades.

San Vicente no fue un místico de la pobreza, no se interesó tanto por la pobreza cuanto por los pobres o la pobreza de los pobres. Todo el inte­rés que tuvo por la pobreza, virtud o voto, fue por la repercusión que la práctica de la pobreza podría tener directa o indirectamente en los mi­sioneros y en las hermanas, dados a Dios para evangelizar y servir a los pobres. La pobreza vi­cenciana se justifica y se explica a la luz de la mi­sión vicenciana.

Para poder exponer con claridad lo que san Vi­cente pensó sobre la pobreza, distingo dos grandes apartados: virtud de la pobreza y voto de pobreza.

Virtud de la pobreza

1. Valor de los bienes materiales

Como sucede con frecuencia en san Vicente, lo primero que notamos es la diferencia entre lo que dijo y cómo se comportó. El san Vicente que va­mos a estudiar es el san Vicente fundador, el que ha dejado atrás el sueño de la honesta retirada (I, 86) y los largos años de lucha por ser rico como un clérigo de su tiempo lo podía ser, es decir, desde los puestos de influencia y desde la posesión de beneficios. Las aventuras de su juventud no tuvie­ron otro fin que conseguir afanosamente riquezas y beneficios para ser rico y mejorar económica­mente a su familia (X, 14-21; 27-34; 47-51; 71-74).1

Esta experiencia negativa hizo que san Vicen­te, una vez lanzado por el camino de la santidad dándose a Dios para servir a los pobres, revisara su actitud. El mismo día que firmó el Acta de aso­ciación de los misioneros donó sus bienes a los parientes, y en la misma Acta se estableció que los misioneros «renunciarán a todos sus cargos, beneficios y dignidades» (X, 240, 242-244).2

Sin embargo, san Vicente vio que era nece­sario poseer bienes para poder evangelizar y ser­vir a los pobres. La fundación de la Congregación se hizo mediante un contrato económico ( X, 237). Sin el dinero que este contrato aportó, no se hu­biera reunido el primer grupo de misioneros. Las hijas de la caridad tuvieron también suficientes medios para vivir y trabajar en favor de los pobres desde los mismos orígenes (X, 722).

San Vicente aceptó el priorato de San Lázaro, no obstante los reparos que surgieron desde la pobreza, porque, como escribió hacia 1631 «pre­fería permanecer siempre en la pobreza que des­viar los designios de Dios sobre nosotros» (I, 197).3 Desde la perspectiva, no ya de ser pode­roso, de ser rico y de gozar de este mundo, sino desde la perspectiva de imitar a Cristo y de ser­vir a los pobres, aceptó la carroza, su ignominia e infamia, signo de riqueza en el París de su tiem­po; se sirvió de un caballo para viajar; usó cale­facción en la habitación, cama con alfombra y de los buenos servicios de un hermano (V, 320; XI, 337-338; 544-545; 653). No dudó de tener a ricos como amigos y de pedirles el dinero que necesi­taba (I, 194; es un ejemplo de los muchos que se pueden aducir). Pleiteó para defender la granja de Orsigny (VII, 210, 219, 240) y administró can­tidad considerable de bienes.

En resumen: para san Vicente, los bienes ma­teriales son medios supeditados al logro de fines superiores. En la conferencia a los misioneros, del 6 de agosto de 1655, les dijo: «los bienes son lla­mados medios, pues no los queremos para te­nerlos a ellos, sino para obtener otra cosa».

La cuestión está en el fin que se pretende con los bienes. San Vicente se puso en esta pers­pectiva: «Los que los buscan y quieren pasar el tiempo, vivir cómodamente, ascender. ¡Oh Sal­vador! ¿Es esto ser misionero? ¿Es esto el espí­ritu de la Misión? No, no, él está fundado en la pobreza. El espíritu de pobreza es el espíritu de Dios, porque es despreciar lo que Dios despre­cia y estimar lo que él estima, buscar lo que él aprueba, aficionarse a lo que él ama… El espíritu del mundo, ese espíritu de propiedad, de como­didad, de buscar la propia satisfacción, ese espí­ritu de apego a las cosas de la tierra, ese anticristo, sí, anticristo, no el que ha de venir antes de nues­tro Señor, sino de ese espíritu de riquezas opues­to al de Dios, de esas máximas contrarias a las que ha enseñado el Hijo de Dios (XI, 140-141).

Los bienes materiales en cuanto medios no son ni buenos ni malos, depende de cómo se consigan y de cómo se usen. Sin embargo, las re­laciones del hombre con la creación quedaron perturbadas por el pecado, como antes dijimos. Fácilmente, ante los bienes terrenos se suscitan las pasiones de poseer, de dominar, de abusar de los bienes temporales, de convertirlos en objeto de adoración. Estos peligros fueron denunciados por nuestro Señor: «¡Ay de vosotros los ricos…!» (Lc 6, 24). «No se puede servir a dos Señores…» (Mt 6, 24). El afecto a la riqueza, dijo san Vicen­te, puede ser un manantial de situaciones espiri­tuales incompatibles con la vida del misionero y de la hija de la caridad ( XI, 149-150).4

Los bienes en las comunidades vicencianas se justifican por la necesidad de asegurar el sus­tento de sus miembros y por la gratuidad del ser­vicio que se presta a los pobres. En una palabra, como antes dijimos, por las exigencias de la mi­sión (Corera, J., Las bases económicas de la co­munidad vicenciana, en Diez estudios vicencianos, CEME, Salamanca 1983, p. 137).

2. Lo que san Vicente entendió por pobreza

Para san Vicente, la pobreza tuvo claramente dos significados: cuando se refiere a los pobres, pobreza equivale a carencia de los bienes que la persona necesita para vivir dignamente y también se refiere a la carencia de los medios más indis­pensables que todo hombre necesita para man­tener la vida espiritual: «los pobres se mueren de hambre y se condenan». El pobre para san Vi­cente es aquel que socialmente es considerado pobre: el hombre, niño, mujer o anciano a quien todo el mundo llama pobre. Pobreza es, por tan­to, la situación en la que se encuentran aquellas personas que carecen de lo necesario para vivir dignamente, como hombres y como cristianos. Si por una parte, la pobreza material referida a los pobres se entiende bastante bien, no es fácil, en cambio, marcar con precisión los límites de la po­breza espiritual. La pobreza es, además, algo re­lativo pues depende de otras circunstancias eco­nómicas, sociales y estructurales.

Otro sentido daba san Vicente a la pobreza cuando hablaba a los misioneros y a las herma­nas. Se refería en estos casos a la virtud de la po­breza y al voto de pobreza, es decir, cómo los mi­sioneros y las hermanas se habían de comportar con los bienes temporales, personales o comu­nitarios, cómo adquirir, usar y administrar los bienes materiales, teniendo presente a Cristo evangelizador de los pobres y a la pobreza de los pobres.

San Vicente se preguntó, en el curso de una conferencia, en qué consistía la virtud de la po­breza y respondió: «es una renuncia voluntaria a todos los bienes de la tierra por amor a Dios y pa­ra servirlo mejor y cuidar de nuestra salvación, es una renuncia, un desprendimiento, un abando­no». Distinguió entre renuncia exterior e interior. Ambas son necesarias, pero sobre todo la inte­rior, fuente y raíz de la exterior. Tanto es así que «renunciar exteriormente a los bienes de este mundo y mantener el deseo de tenerlos es no ha­cer nada, es burlarse y quedarse con lo mejor» (XI, 156, 650-652). Un valor central de la virtud de la pobreza para san Vicente es el desapego de las riquezas, en forma de renuncia, de desprendi­miento y de abandono. Pero, no para quedarse ahí, en lo negativo, sino para amar más a Dios, ser­virlo mejor, adquirir la libertad ante el acoso de los bienes temporales, ser libres ante ellos y no sen­tir la amargura si se carece de ellos.

Para san Vicente, los elementos constitutivos de la pobreza de los misioneros y de las hijas de la caridad son los siguientes:

  1. La imitación de la pobreza de Cristo evan­gelizador de los pobres.
  2. La comunidad de bienes, aun respetando el derecho a poseer y a administrar algunos bie­nes personales.
  3. El recto y moderado uso de los bienes, co­munitarios o personales, es decir, un estilo sen­cillo de vida, determinado por la vida comunitaria y la misión.
  4. La buena administración de los bienes pa­ra servir a los pobres. Los bienes de las comuni­dades vicencianas son «patrimonio de los po­bres».

Cada uno de estos principios contiene o ins­pira, como el mismo san Vicente dijo, innumera­bles actos o expresiones de pobreza que se de­terminan mediante el discernimiento oportuno ante la abundante casuística que se puede pre­sentar. Al conjunto de estos principios, llamamos pobreza vicenciana.

La pobreza vicenciana es, por tanto, más fun­cional que testimonial. Puede ser radical, mode­rada y pluriforme según lo exija la misión y el ser­vicio a los pobres. Si queremos trazar, aunque sólo sea, a grandes trazos los límites de la pobreza vicenciana, diríamos:

  • La pobreza personal tiene como límite mí­nimo lo mandado y como horizonte lo que el Es­píritu pida al misionero o a la hija de la caridad, sin perder de vista su pertenencia a la comunidad y a las exigencias de su vocación.
  • La pobreza comunitaria tiene como límite mínimo lo mandado, cumplir lo establecido sobre la adquisición de los bienes, poner los bienes en común, usarlos discrecionalmente, administrar­los conforme a las leyes, y como horizonte el que determinan las exigencias de una comunidad de personas dadas a Dios, a la evangelización y al servicio de los pobres.

3. Las motivaciones

Las motivaciones que san Vicente expuso pa­ra amar y practicar la pobreza tienen distintas fuentes. Distingo tres de ellas: las cristológicas, las funcionales y las morales.

1º. Motivaciones cristológicas

El motivo de la pobreza vicenciana, como el de toda pobreza cristiana, es el seguimiento y la imitación de Cristo pobre. Cristo expresó su po­breza de una manera muy diversa, dijo muchas cosas sobre la pobreza y ante auditorios diversos, vivió momentos muy distintos, desde la senci­llez de la vida de Nazaret hasta el despojo de la Cruz. Jesús dijo que no tenía en donde reclinar su cabeza, pero sabemos que tuvo amigos que lo hospedaron en sus casas. Puso en guardia con­tra el peligro de las riquezas, pero tuvo también su modesta bolsa. Avisó a los ricos, pero no des­deñó la amistad con muchos de ellos, ni el ser ayu­dado por mujeres ricas en algunos de sus viajes apostólicos.

La pobreza que nos presentó Jesús no fue mo­nolítica, uniforme, y por eso se ha interpretado de varias maneras a través de la historia de la Igle­sia: la primera comunidad cristiana, san Pablo, los fundadores de los monjes, de las órdenes medicantes, de las sociedades apostólicas, de los institutos seculares y de los laicos cristianos comprometidos en seguir e imitar a Cristo pobre. Unos, como san Pablo, han visto la pobreza des­de el quehacer apostólico, otros desde la comu­nidad de bienes, otros desde el despojo total de Jesús, otros desde la despreocupación de lo ma­terial, otros, en fin, desde el punto de vista tes­timonial y solidaridad con los pobres.

a) Rasgos de Cristo pobre

  • Pobreza de corazón

Ante todo, Jesús tiene corazón de pobre y entró de lleno en la categoría de los «mansos y humildes de corazón» (Mt II, 29), y de los «bie­naventurados los pobres de espíritu» (Mt 5, 3). Jesús es el siervo de Yahveh, el verdadero pobre de Yahveh que puso toda su confianza en Dios. Para él, Dios era todo, el absoluto, el único apo­yo de su vida.

  • Pobreza en el «ser»

El texto de san Pablo a los fieles de Filipo es muy significativo. San Pablo les presentó el di­namismo de la Encarnación, cómo Jesús «sien­do de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mis­mo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo obe­deciendo hasta la muerte y muerte de cruz». Es el rasgo más profundo de la pobreza de Jesús, despojarse de su rango, de lo que él era, Hijo-Dios igual al Padre-Dios, para ser esclavo, depender de otro, estar disponible a los planes del Padre. Aquí, la pobreza se confunde con la obediencia y san Pablo siguió esa lógica al unir despojo del propio rango con la plena y profunda obediencia.

El rasgo de esta pobreza ontológica de Jesús es el más interpelante. Jesús se dio a sí mismo, no dio sólo lo que tenía, sino lo que era. La po­breza convincente es la que llega a dar lo que uno es, más que la que da lo que uno tiene, so­bre todo cuando lo que se da es la vida, la propia existencia. No hubo ser humano tan rico como el de Jesús y nunca hubo una entrega tan total, ple­na, generosa y gratuita como la de Jesús, senci­llamente porque Jesús se dio totalmente al plan salvador de Dios en favor de todos los hombres.

  • Pobreza ambiental

Jesús, socialmente, fue pobre: escogió una fa­milia pobre (Lc 2, 22), trabajó para vivir modes­tamente (Mt 13, 55), se consideró pecador como los que fueron a recibir el bautismo de Juan (Mc 1 9), se dirigió a los pobres como los principales destinatarios de su mensaje (Lc 4, 17), dio como signo de su mesianidad la evangelización de los pobres (Lc 7, 18-22) no usó poder económico, ni político para difundir su idea, más bien se valió de su palabra avalada con los signos que hacía (Mc 1, 27-28).

Otro signo de la pobreza social de Jesús fue su opción por el estado celibatario. Optó por ser «eunuco a causa del reino de los cielos». Re­nunció al matrimonio por una causa que la mayor parte de la gente no entendía. Optó por ser céli­be y llevar consigo este signo de marginación en aquella sociedad.

  • Pobreza material

La pobreza material de Jesús es la que más contradicciones tiene. Ciertamente, no fue rico, tampoco fue miserable; no abundó en bienes ma­teriales, tampoco fue un vagabundo. Dijo que «las raposas tenían guarida y los pájaros nidos, pero que el hijo del hombre no tenía donde reclinar su cabeza» (Mt 8, 20), pero sabemos que esto no sucedió. Tuvo una modesta bolsa administrada por uno de sus discípulos y fue asistido por mujeres ricas que lo seguían (Lc 8, 2).

Puso en guardia contra la tentación de acu­mular riquezas (Lc 12, 13); señaló con claridad que las riquezas eran un obstáculo para seguirlo (18, 18-23); advirtió de la dificultad que los ricos tenían para entrar en el reino de los cielos (18, 24) y hasta los condenó: «Ay de vosotros los ricos por­que ya habéis recibido vuestra recompensa» (Lc 6, 24). A estas expresiones, se contraponen el he­cho de que Jesús tuvo amigos ricos (Jn 12, 1-4); llamó a un rico a que lo siguiera (Mt 9, 9); acep­tó asistir a banquetes preparados por gente de­sahogada en bienes materiales (Lc 5, 29); visitó las casas de algunos amigos ricos (Lc 19, 2).

  • Pobreza y disponibilidad.

Lo que se deduce de todo lo anterior es que Jesús se movió con gran libertad en aquella so­ciedad de ricos y pobres y, sin negar la prefe­rencia por unos, no se separó y condenó incon­dicionalmente a los otros.

Si se estudia atentamente el comportamien­to de Jesús, se ve que la misión es la que determina la variedad de opciones. Él ha venido para instaurar el reino de Dios, salvar al mundo, predicar el evangelio a los pobres, salvar lo que estaba perdido, morir por la redención de todos. Esta misión es la que le inspiró su conducta. Por eso, al reflexionar sobre la pobreza de Jesús, ne­cesariamente tenemos que prestar atención al momento que vive, al auditorio a quien predica, el signo que realiza, porque todo está determinado de alguna manera por la misión. «Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre y llevar a cabo su obra» (Jn. 4, 34).

b) El Cristo pobre contemplado por san Vicente

En las reglas a los misioneros, san Vicente presentó a un Jesús totalmente pobre, al Jesús que no tuvo donde reclinar su cabeza, siendo due­ño de todo: «Aunque verdadero dueño de todos los bienes, Cristo adoptó una vida tan pobre que no tuvo donde reclinar su cabeza». San Vicente completó el ejemplo de Cristo añadiendo otro as­pecto muy importante para los misioneros: «qui­so que sus Apóstoles o Discípulos que trabajaban con él en su misión vivieran en el mismo estilo de pobreza de modo que no tuvieran ninguna pro­piedad personal». La finalidad de seguir a este Cristo pobre y de aceptar como los discípulos su deseo de vivir con él no es otra que la de ser y estar libres para combatir con soltura lo que es la ruina de casi todo el mundo: el ávido deseo de las riquezas (XI, 139, 649; Constituciones y Es­tatutos de la CM, CEME, Salamanca 1985, p. 199).

En las reglas comunes de las hermanas, se limitó a decir que para «honrar la pobreza de nues­tro Señor se han de contentar sencillamente con las pocas cosas necesarias, considerando que son sirvientas de los pobres y que por eso han de vivir pobremente» (Pérez Flores, M., Reglas comunes de las HC, siervas de los pobres en­fermos, CEME, Salamanca 1989, p. 74s). La po­breza de las hermanas tiene como referencia a Cristo pobre y a los pobres. Con la práctica de la pobreza, la hija de la caridad honra, da culto a Cristo pobre y se dispone a servir a los pobres.

En la correspondencia y en las conferencias, no desarrolló el elemento cristológico; más bien mostró admiración de la pobreza de Cristo, a ve­ces lírica, para pasar inmediatamente a la prácti­ca de la pobreza. Con ocasión de la pérdida de un proceso, después de dar un ¡viva! a la justicia: ¡Viva la justicia! presentó el ejemplo de Cristo despojado y animó a todos a vivir más unidos a Cristo, confiando en la Providencia de que no les faltará en lo necesario (VIII, 140).

San Vicente mencionó con frecuencia la en­señanza de Jesús sobre la pobreza. Jesús fue el primer maestro de la pobreza: «¡Oh si (Dios) re­tirase por su gracia todos los velos que el mundo y nuestro amor propio nos ponen ante los ojos! Entonces, padres, quedaríamos embobados ante los encantos de esta virtud, que robó el corazón y los afectos del Hijo de Dios; ésta ha sido la vir­tud del Hijo de Dios,… fue el primero en enseñar­la, quiso ser el maestro de la pobreza. Dios no qui­so enseñárnosla por los profetas; se la reservó para venir él mismo a enseñarla» (XI, 155).

San Vicente puso de relieve tres aspectos de la enseñanza de Jesús sobre la pobreza:

  • La pobreza fue la primera virtud que prac­ticó al venir al mundo y la primera que enseñó, y por ser «la primera que brota de los labios es la que más llena el corazón» (XI, 650, 657).
  • El segundo aspecto que san Vicente recal­có en la enseñanza de Jesús fue que nadie pue­de ser discípulo de Cristo si no renuncia a todo lo que tiene (XI, 657-658).
  • El tercero es la promesa por parte de Dios que no abandonará a los que dejan casas, her­manos, padre o madre (XI, 659-660).5

San Vicente no está condicionado por un sis­tema teológico. Contempla a Jesús en todos los estados de pobreza que vivió y según las cir­cunstancias acude en su exhortación al ejemplo y a las palabras de Jesús que más iluminan la cuestión o el hecho que se tienen delante.

2º Motivaciones funcionales o comunitarias.

La historia de la Iglesia enseñó a san Vicente el mal que la riqueza había causado a la misma Iglesia, al estado clerical y a las comunidades re­ligiosas (XI, 665). Tuvo miedo de que después de su muerte aparecieran misioneros o hermanas que sucumbieran a la tentación de la riqueza: «Lo digo ad preventionem. Mucho antes de que el mal llegase, les decía el Hijo de Dios a sus discípulos: -Tened cuidado, ahí está; lo veo venir; está ya a la puerta, permaneced vigilantes-. Me gustaría de­círos lo mismo para que evitemos ese horrible monstruo, el más espantoso del infierno» (X, 840; XI, 152). La pobreza era para san Vicente:

  1. El nudo de las comunidades; el fundamento de la Congregación de la Misión y de la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad; la fortaleza inexpugnable. San Vicente usó otras expresiones: la pobreza apoyo de las comunidades, muro de sostén de todas las religiones, muralla que las de­fiende y conserva (IX, 820-821; 824; X, 840; XI, 138, 145, 772; Constituciones y Estatutos de la CM, CE-ME, Salamanca 1985, p. 199). A un superior le ad­virtió: «En nombre de Dios, padre, tengamos más interés por extender el imperio de Dios que nues­tras posesiones. Llevemos sus negocios y él lle­vará los nuestros. Honremos su pobreza, al me­nos con nuestra moderación, si no lo hacemos con una perfecta imitación» (III, 488-489).
  2. Sin la pobreza, no se puede perseverar en la vocación. San Vicente insistió mucho en es­te aspecto: «Acordaos de que jamás persevera una hermana sin la pobreza. Estad seguras de que no observar la pobreza, esta regla de la san­ta pobreza, es ponerse en peligro, no solamente de abandonar la vocación, sino de destruir la Com­pañía y de veros vosotras mismas abandonadas de Dios, ya que la pobreza es la base y el funda­mento que la sostiene y, si llega a fallar, todo el edificio se viene abajo» (IX, 824, 897).6 La mis­ma doctrina sostuvo referente a la vocación del misionero. En la conferencia del 13 de agosto de 1655, contó el final triste de dos misioneros que por haber faltado a la pobreza abandonaron la Compañía y terminaron sus vida de mala mane­ra (XI, 149, 154, 158).
  3. La Congregación de la Misión irá antes a la ruina por las riquezas que por la pobreza, por­que como dijo a un misionero «no somos lo bas­tante virtuosos para poder soportar el peso de la abundancia y el de la virtud apostólica, y temo que nunca lo seremos, y que el primero arruinaría al segundo». Puso el ejemplo del religioso refor­mado que le dijo: «Desde que quisimos inde­pendizarnos de la Providencia, tener buenos edificios, estar asegurados de todo lo necesario para la vida, comenzó el desastre de la casa» (II, 395, 397). Abelly nos ha trasmitido este dicho de san Vicente: «La Compañía no morirá por la po­breza. El miedo que yo tengo es que llegue a per­derse, si le falta la pobreza» ( XI, 817).7

3º. Las motivaciones morales

La fidelidad a la palabra dada, el buen ejem­plo, la coherencia fueron razones que san Vicen­te esgrimió con fuerza cuando se dirigió a los misioneros y a las hermanas. Insistió en la hon­radez del hombre, en la fidelidad a la palabra da­da a otro hombre. «Un hombre que no tiene palabra no es hombre, sólo tiene apariencia. Es un animal feroz que merece ser echado de la socie­dad humana». En la misma conferencia, encontra­mos estas otras expresiones no menos fuertes: «¿Qué es un hombre sin palabra? Es el peor, sí, el peor, el más detestable de los hombres… resultan odiosos a Dios y a los hombres» (XI, 146-149).

Si la infidelidad a la palabra dada al hombre su­pone la gran deshonra ¿qué no supondrá la infi­delidad a la palabra dada a Dios? San Vicente dio rienda suelta a su oratoria: «Si es insoportable ser llamado embustero por los hombres, ¿qué será cuando todos los hombres, todos los ángeles, to­das las criaturas reprochen nuestra perfidia? ¿Qué será cuando Dios nos diga: ¡Mírate, mírate, men­tiroso, villano, cobarde, desvergonzado, que has venido a mi casa, junto a mi altar, a darme tu pa­labra, para faltar luego a ella! Eres un pérfido que me has hecho voto, que ante mi altar me has he­cho una promesa para engañarme, traidor, que te has alistado bajo mis banderas para abandonarlas y seguir el partido de mi enemigo y servir al dia­blo. ¡Eres un traidor, traidor, traidor!» (XI, 148).

Cuando habló a las hermanas, argumentó igualmente con razones del orden moral. Es po­sible que alguna hermana pensara que única­mente las que habían hecho los votos estaban obligadas a guardar la pobreza. San Vicente salió al encuentro y les dijo: «Tenéis que saber que es­táis obligadas todas, tanto las que han hecho los votos como las que no los han hecho porque to­das las que vienen a la Compañía tienen o deben tener el propósito de servir a Dios». A continua­ción, san Vicente se refirió a la fidelidad de la es­posa. «Al entrar en la compañía, le disteis vues­tra palabra. Si él llevó una vida pobre, tenéis que imitarlo en esto» (IX, 816).

Otros motivos, basados en los ejemplos de la Virgen, de los apóstoles, de la Señorita Legras, de las buenas campesinas, de los misioneros pre­sentó san Vicente cuando habló de la pobreza a las hermanas (IX, 97, 100, 889, 1. 222).

4. Los medios

San Vicente fue generoso en ofrecer medios para ser fieles a la pobreza personal y comunita­ria. Teniendo en cuenta lo establecido en las Reglas comunes de los misioneros y de las her­manas, podemos agrupar los medios en dos gran­des apartados: los medios que tienen como fin animar e impulsar desde el interior la práctica de la pobreza y los medios concretos y prácticos. Hay que unir pobreza afectiva y efectiva . La M. Guillemin advirtió: «En nuestros días en los que tanto se insiste en la pobreza de espíritu, se co­rre el riesgo de olvidar, a veces, un poco la po­breza efectiva». Podemos aplicar lo que san Vi­cente dijo de la mortificación: quien no aprecia la mortificación externa es señal de que tampo­co aprecia la interna.

Antes de exponer los medios, es necesario tener muy presente que san Vicente quiso y pro­curó que no faltara nada de lo necesario a los misioneros y a las hermanas, dentro del estilo de vida propio de los que se han dado a Dios para servir a los pobres. Creó el oficio en la Congre­gación, posteriormente llamado en algunas pro­vincias «oficio de pobreza», para que todos pudieran pedir lo que necesitaban (IX, 878, 885, 889; XI, 87, 661). Partiendo, pues, de que cada uno tiene lo necesario, se puede exigir la po­breza interior y exterior.8

1º. Principios de pobreza interior:

  • Disponibilidad a dejar cualquier cosa cuan­do se lo mande el superior o simplemente lo in­dique (XI, 662).
  • No pedir ni rehusar nada, pero si hay nece­sidad de algo exponerlo sencillamente y con total indiferencia (IX 885, 888; XI, 84).
  • No buscar cosas superfluas o curiosas y moderar el uso de las cosas necesarias y el de­seo de ellas, de manera que el estilo de vida: ali­mentación, habitación, ajuar sean como convie­ne a un pobre (XI, 87, 91, 663).
  • Estar preparado a sufrir las consecuencias de la pobreza hasta el punto de aceptar con ale­gría que le den lo peor (XI, 662).
  • No quejarse si les falta algo de lo necesa­rio, al contrario, sentir con gozo la mordedura de la pobreza (IX, 813) .
  • Suprimir en nosotros hasta el menor rastro de propiedad personal (XI, 663, 672).
  • No aspirar a los beneficios y dignidades ecle­siásticas con la excusa de que se trata de un bien espiritual (VII, 158; X, 240, 392, 408; XI, 664).

2º. Medios prácticos para guardar la pobreza.

  • La gratuidad de las misiones y el servicio a los pobres.9
  • Poner todos los bienes en común a ejem­plo de los primeros cristianos, lo que se gana y lo que es de uso corriente a todos los miembros de la comunidad. El superior dará a cada uno lo que necesite (IX, 448, 813-815; XI, 88, 90, 248, 675).
  • Depender de los superiores: No disponer de los bienes sin permiso del Superior (IX 129, 579, 817; XI, 661). Nadie usará nada como si fue­ra suyo, ni se llevarán de una casa a otra, cosa al­guna sin permiso del Superior (VII, 241; XI, 663). Pedir permiso en todo lo referente a la aceptación, uso y disposición de los bienes comunes. La de­pendencia es una de las expresiones más claras de la pobreza vicenciana.10
  • Estilo de vida sencillo: vestido, mueble, co­mida, libros, ornamentos de la iglesia y evitar las desigualdades entre los miembros de la comuni­dad.11

En la correspondencia de san Vicente, se en­cuentran infinidad de detalles sobre la vida de po­breza, expuestos según las circunstancias de las casas y de los misioneros y hermanas, vg. : como procurar tener buen pan, tener un extraordinario en una fiesta y cuidar de los gastos de los viajes (I, 404; VII, 372). Todos estos detalles son muy significativos porque demuestran la sensibilidad de san Vicente por la práctica personal y comu­nitaria de la pobreza.

En resumen, de todos los medios antes di­chos, tienen importancia especial en la práctica de la pobreza vicenciana los permisos, la comu­nidad de bienes y el estilo de vida sencillo.

5. Administración de los bienes

Una de las expresiones del espíritu de po­breza y de la práctica convincente de la misma fue para san Vicente la recta administración de los bie­nes de la comunidad que, según una de sus fra­ses más significativas, eran bienes de los pobres, patrimonio de los pobres. De la buena adminis­tración, dependía, no sólo el buen nombre de la comunidad, sino el buen servicio, la confianza de los responsables y, en último término, la con­servación de la Compañía.

San Vicente tuvo cualidades de buen admi­nistrador, tuvo talento para los negocios y una capacidad enorme para casi llevar la contabilidad de todas las comunidades de la Congregación de la Misión, aliviado por santa Luisa en lo que se refiere a los bienes de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Los puntos claves de la administración de los bienes según san Vicente son:

1º. Necesidad de tener bienes

Ambas comunidades deben poseer bienes materiales porque no son mendicantes: «iDios mío! la necesidad nos obliga a poseer bienes pe­recederos y a conservar en la Compañía los bie­nes que Dios le ha dado». A las hermanas, les di­jo casi lo mismo: «El nervio de la Compañía es ese poco bien que tenéis, pero si eso os falla, no podréis manteneros… Insisto una vez más en que tenéis que tener mucho cuidado por conservar lo poco que tenéis» (XI 413; X, 818).

2º. Administración diligente

La posesión de bienes para la comunidad y pa­ra los pobres exige que se los administre bien, que se les haga producir, que se los defienda ante los tribunales, si fuera necesario, y que se eviten los gastos inútiles (VII, 348; VIII, 40; XI, 36, 85s, 242; cf. Corera, o. c. p. 145-149).

Como hombre de su tiempo, se atuvo al sis­tema económico de entonces y usó los medios de adquisición y administración entonces legíti­mos: propiedad de bienes muebles e inmuebles, donaciones, negocios, beneficios, fundaciones, rentas de fincas propias o de otros, inversiones, compraventa, etc.

3º. Obras económicamente sólidas

Las fundaciones vicencianas tienen ordinaria­mente una base económica sólida, fija, legalmente bien hecha, de tal manera que la carencia de me­dios o la angustia por mantener la obra no quite tiempo y vigor al servicio que se debe prestar a los pobres. A los mendicantes, les «basta plan­tar la piqueta para quedar fundados. Pero a no­sotros, que no recibimos nada del pobre pueblo, necesitamos rentas y esas rentas deben ser su­ficientes» (IV, 446; VII, 183).

4º. Contabilidad transparente

Otro capítulo es el de llevar bien la contabili­dad, con claridad y rendir cuenta a los responsa­bles y en los momentos oportunos. San Vicente comprendió que no siempre resultaba fácil llevar la contabilidad, principalmente a los misioneros que se ausentaban frecuentemente de casa: «Re­sulta difícil a los misioneros que van y vienen escribir con detalle todo lo que gastan en la ciudad y en el campo» (IV, 70). Si san Vicente fue exigente en la contabilidad interna, hizo todo lo posible para liberarse de rendir cuentas a los Obis­pos: «Temo que si empieza Vd. a presentar cuen­tas, se seguirá haciendo así y luego el señor cardenal y el arzobispo que le sucedan, al ver que así lo ha hecho, le obligue a continuar, y eso es precisamente lo que hay que evitar por encima de todo, por tratarse de una sujeción que mo­lesta (IV, 70).

6. La pobreza y el trabajo

El decreto Perfectae Caritatis del Vaticano II considera el trabajo como una expresión de la pobreza. La idea está recogida en las constitu­ciones actuales de los misioneros y de las her­manas. Las razones son el sentirse sujeto a la obli­gación común del trabajo, hacerse solidarios con los pobres que necesitan trabajar para vivir, po­nerse a nivel de ellos sometidos a las leyes de la competencia y de la inseguridad, sin dejar de con­fiar en la divina Providencia.12 Sin embargo, te­ner trabajo hoy, en una sociedad donde el traba­jo escasea, es una riqueza muy apreciable.

El concepto de trabajo que san Vicente tuvo, no equivale exactamente al que nosotros tene­mos. Trabajo para san Vicente era el trabajo ser­vil, el que se prohibía hacer en los domingos y días de precepto. Tuvo una conferencia a las her­manas sobre «el amor al trabajo» y otra a los mi­sioneros, sobre el «trabajo y el estudio». No era lo mismo trabajar que estudiar. Cuando san Vi­cente se dirigió a las hermanas, les expuso la ley del trabajo desde perspectivas distintas: como consecuencia del pecado y como un mandato de Dios. El justo debe vivir del fruto de su trabajo (IX, 439, 443).

Tuvo miedo de la ociosidad como madrastra de todas las virtudes. Dijo que un sacerdote de­bía tener más tarea que la que podía realizar.13 Abelly, nos ha trasmitido un pensamiento de san Vicente, posiblemente recogido de un contem­plativo: «lo nuestro es estar siempre ocupados», útilmente ocupados.14

San Vicente relacionó más el trabajo con el servicio que con la pobreza, al menos de una manera directa. Había que evangelizar y servir a los pobres gratuitamente. Los misioneros no po­dían recibir nada por razón de las misiones. El dinero debía venir por otros medios. Las herma­nas debían trabajar para ganarse el sustento y lo necesario, es más, incluso para hacer partícipes a los pobres del fruto de su trabajo o para que otras hermanas pudieran trabajar más desaho­gadamente por los pobres.15 Había que estar cer­canos a los pobres que necesitan trabajar para vivir. En esta cercanía, está la semilla de la soli­daridad con lo pobres y en la coincidencia en aceptar la ley universal del trabajo.

El voto de pobreza y el estatuto fundamental de pobreza

En la doctrina de san Vicente sobre la pobre­za, no es fácil distinguir los límites entre la virtud y el voto. En las Reglas comunes, no se habla del voto, sino de la virtud de la pobreza. En ge­neral, el voto abarca todo el campo de la virtud y añade los valores teológicos, morales y jurídicos propios del voto.

a) Origen del Estatuto fundamental

Hay cuestiones que se deben plantear prin­cipalmente, no exclusivamente, desde el com­promiso de guardar la pobreza por razón del voto que se ha emitido en la Congregación de la Misión o en la Compañía de las Hijas de la Cari­dad. En la Congregación de la Misión, existe el llamado Estatuto fundamental de pobreza de la Congregación de la Misión. En sentido estricto, tal Estatuto no existe en la Compañía de las Hi­jas de la Caridad, pero en la práctica, por apro­piación, ellas siguen exactamente lo que en él se establece.

Al principio, parece ser que los miembros de la Congregación cedían a la misma el usu­fructo y la administración de los propios bienes. No obstante el voto de pobreza, conservaban el dominio radical, podían adquirir bienes y dispo­ner del capital por testamento o donación. Si salían de la Congregación, recuperaban todos los derechos sobre sus bienes (IV 15-16; XI 223­224).

Después de la aprobación de los votos por el Papa Alejandro VII, mediante el breve Ex Commissa Nobis (22. 9. 1655), hubo cambios. Según la fórmula que establecía las condiciones primitivas del voto, dejaba de existir la obligación de ceder el usufructo de los bienes a la Congregación y la administración de los propios bienes. La leyes ci­viles prohibieron que se cedieran los bienes pro­pios a la comunidad de la que se era miembro. Las rentas de los bienes se podían emplear en fa­vor de los familiares pobres. Si abandonaban la Congregación, recuperaban todos los derechos so­bre los propios bienes, menos los ya percibidos por la Congregación (cf. Fernández, J., Extensión del voto de pobreza de la Congregación de la Mi­sión, Madrid, 1940, p. 9-12).

El 12 de agosto de 1659, se publicó el breve Alias Nos de Alejandro VII. En él, se contenía el Estatuto fundamental de pobreza en la Congre­gación de la Misión (VI, 409, 431 VII, 330; VIII, 30). San Vicente lo leyó a la comunidad y lo co­mentó en las conferencias del 14 de noviembre y del 5 de diciembre de 1659 (XI, 647, 669).

b) El breve Alias Nos

El contenido del breve Alias Nos se resume en los siguientes puntos:

  1. Los miembros de la Congregación retie­nen el dominio de los bienes inmuebles y de los beneficios simples16 que posean y puedan poseer en el futuro.
  2. Los frutos o rentas de los bienes propios no se pueden capitalizar ni usar en provecho pro­pio, deben emplearse con permiso del superior en obras pías en favor de los pobres.
  3. Si los padres o familiares están necesita­dos, el superior cuidará de que se les dé a ellos (X, 552).

El Estatuto se centra exclusivamente en los bienes inmuebles y en los beneficios simples. El misionero tiene poder sobre estos bienes, pue­de administrarlos, conservarlos, disponer de ellos, etc. sin permiso de los Superiores. Son bienes que, en principio, la Congregación deja a la res­ponsabilidad del misionero. Sólo el uso de los fru­tos o rentas están supeditados al permiso del su­perior y al espíritu de pobreza.17

Las Asambleas generales han ido resolviendo las cuestiones que suscitaba la aplicación de es­te Estatuto que sustancialmente ha pasado a las constituciones de 1954 y a las actuales, con una nueva interpretación en lo que se refiere el uso en provecho propio de los bienes personales.18

Como dije antes, la Compañía de las Hijas de la Caridad asumió por la práctica la normas con­tenidas en el Estatuto de la Congregación de la Misión hasta las Constituciones de 1954. Dichas Constituciones elevaron a categoría de ley lo que antes había sido sólo práctica.

Las Constituciones y Estatutos actuales de la Compañía de las Hijas de la Caridad recogen sustancialmente el Estatuto. La Instrucción so­bre los votos de 1990 desarrolla los principios y los aplica a las nuevas circunstancias (Instrucción sobre los Votos de las Hijas de la Caridad, Suce­sores de Rivadeneyra, Madrid, 1990 p. 70-71). Justo es decirlo, la interpretación que las her­manas han hecho al Estatuto es más fiel al pen­samiento de san Vicente y a toda la tradición de la Congregación de la Misión que la interpretación hecha últimamente por los misioneros, recogida en las Constituciones aprobadas por la Santa Se­de en 1983.

Anotaciones finales

A la pregunta sobre el valor actual de la en­señanza y práctica de la pobreza según san Vicente no es fácil responder. Una visión muy resumida podría darse teniendo en cuenta los siguientes aspectos:

  1. En el ámbito doctrinal, san Vicente se que­da corto, si comparamos lo que él enseñó con el desarrollo que actualmente tiene el tema de la po­breza. Se quedó corto en el desarrollo del as­pecto cristológico que podía haber ampliado más. Otros aspectos teológicos como el trinitario y el apostólico tampoco los amplió como hoy hubié­ramos deseado.
  2. Temas como la identificación con Cristo pobre, la solidaridad con los pobres, la comuni­cación de bienes, el trabajo como signo de po­breza, la pobreza testimonio, la armonización de progreso material y técnico con la pobreza, los me­dios de apostolado y la pobreza y otros, el senti­do social de los bienes, llamados por él patrimo­nio de los pobres, son valores que no podemos decir que estén totalmente ausentes, pero, como hijo de su tiempo, sólo los vislumbró por el sen­tido evangélico que dio a su doctrina, pero no los desarrolló como hoy están desarrollados. San Vi­cente no fue un profesional de la pobreza. La es­timó y practicó como consecuencia de su entre­ga a Cristo y a los pobres.
  3. Lo mismo hay que decir en lo que se re­fiere a la administración de los bienes, a la ad­quisición de los mismos. San Vicente se valió de las estructuras económicas y de la mentalidad de su tiempo. Muchas de aquellas estructuras económicas ya no existen. Sobre otras, muy en vigor en el mundo capitalista, se pararía y refle­xionaría sobre el sentido cristiano de tales es­tructuras. Ciertamente, sólo por amor a los pobres y a la luz del evangélico seguiría llamando a las puertas de algunos ricos, no de todos los ricos de este mundo. Seleccionaría las personas de los ri­cos como lo hizo nuestro Señor.
  4. En la pobreza comunitaria, vale aún para hoy todo lo que dijo y enseñó sobre el estilo de vida de los misioneros y de las hermanas. Es po­sible que insistiera más en la pobreza comunita­ria en cuanto a los edificios, capitalización, cómo armonizar el bienestar ambiental y los medios de apostolado con la pobreza. Sin duda, haría un gran esfuerzo para encontrar solución a las dificultades que en la pobreza comunitaria, hoy tienen sus comunidades.
  5. Válido es también lo que dijo y puso por práctica para ser fieles a la pobreza personal, que yo califico de doméstica, es decir, lo que san Vi­cente enseñó y estableció: dar lo que uno es y tiene, aceptar los efectos de la pobreza real en la alimentación, vestido, ajuar, viajes, habitación, lle­var un estilo de vida sencillo, dar a los pobres lo que uno posee, entregar a la comunidad lo que uno gana, pedir los permisos mandados, trabajar todo lo que pueda como signo de pobreza y de solidaridad con los pobres. No perderse en gran­des consideraciones y practicar la pobreza con alegría en las muchas circunstancias que ofrece la vida, dando gracias a Dios por todo lo que nos ha dado: el ciento por uno.
  6. Igualmente, sigue siendo válida la sensi­bilidad ante la pobreza del pobre y cómo la evan­gelización y el servicio debe tener aquel grado de pobreza que exige una evangelización eficaz y un servicio eficaz. Esto lleva consigo otro aspecto vá­lido: la reflexión ante los casos que se ofrecen y discernir, desde el evangelio, lo que en cada cir­cunstancia hay que hacer como seguidores e imi­tadores de Cristo pobre, evangelizadores y ser­vidores de los pobres.

Bibliografía

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  1. X, 14-21; 27-29; 29-30; 30-34; 47-51; 71-72; 73-74. En 1610, obtuvo el de la Abadía de san Leonardo de Chau-mes; en 1614, párroco de Gamaches; en 1615, canónigo de Ecouy; en 1624, el priorato de Grossessauve. Cito sólo los beneficios de los que obtuvo bienes materiales sin ejer­cer el oficio anejo al beneficio. Muchos años después, san Vicente escribió a un misionero que sería un escándalo te­ner más de dos o tres curatos, no tanto por la imposibili­dad de atenderlos bien pastoralmente, sino por la acumu­lación de bienes (IV 574).
  2. En las Reglas comunes, c. III, 5 de los misioneros establecerá más tarde: «Y como se puede violar la pobre­za con el deseo desordenado de bienes temporales, nos cuidaremos muy mucho de que este mal invada el corazón a través del deseo de algún beneficio con la excusa de que se trata de un bien espiritual. Por eso, nadie aspirará bajo pretexto alguno a adquirir ningún beneficio o dignidad ecle­siástica».
  3. Cf. J. K/P ROMÁN, San Vicente de Paúl, I. Biografía, BAC, Madrid, 1981, p. 223-239. El P. Román hace intere­santes reflexiones sobre la aceptación del Priorato de San Lázaro.
  4. XI, 149-150. En esta conferencia, san Vicente des­cribió la conducta de los misioneros que buscan la riqueza y el bienestar.
  5. San Vicente comentó los pasajes de Mt 19, 29, Mc 10, 29 y Lc 18, 29; cf. XI, 659-660.
  6. San Vicente dio mucha importancia a la falta contra la pobreza quitando dinero a la comunidad y, por tanto, a los pobres. Para el santo, esta falta destruía la vocación y el prestigio de la Compañía, cf. IX„ 824, 897.
  7. El texto de Abelly está recogido en XI, 817.
  8. Constituciones y Estatutos de la C.M., o. c. p. 200- 203. Pérez Flores, M., Las reglas comunes de las hijas de la caridad, o. c. p. 75-83. Recojo en primer lugar los me­dios establecidos en las Reglas comunes. Las citas poste­riores recogen los que san Vicente propuso en otras inter­venciones.
  9. I, 341, 442; III, 227, 253; VI, 144, 152; VII, 372; X, 238, 249, 258; XI, 413, 654. San Vicente resolvió algunos casos sobre la gratuidad. El principio general era que no se podía recibir nada por razón de la predicación de las mi­siones, pero se podía recibir por otras razones: 1, 194; V, 460; VI, 144; VII, 372.
  10. El decreto Perfectae caritatis 13 del concilio Vaticano II sigue reconociendo la dependencia como una expresión de la pobreza, pero añade: «No basta estar sometidos a los superiores en el uso de los bienes, sino que es preciso que los miembros sean pobres real y espiritualmente, tenien­do sus tesoros en el cielo (cf. Mt 6, 20).
  11. Comida: VI, 137; IX, 94, 292, 421, 938, 1. 199; Ro­pa: IX, 293, 633, 799, 886, 900; XI, 337; Edificios y ajuar: II, 320, 486, VIII, 40; Libros: XI, 662.
  12. Perfectae caritatis, nº 13. Constituciones y Estau­tos de la C.M., CEME, Salamanca 1985, p. 59. Constitucio­nes y Estatutos de las Hijas de la Caridad, p. 36.
  13. IX, 483; XI, 121; IX, 26, 124, 213, 450. Constituciones y Estatutos C.M., o. c., p. 207. Pérez Flores, M., Reglas co­munes de las Hijas de la Caridad siervas de los pobres en­fermos, CEME, Salamanca, 1989, p. 89 (en las Reglas co­munes de los misioneros y hermanas, la ociosidad está dentro del capitulo de la castidad y no de la pobreza).
  14. XI, 733. El contexto es el amor, es decir, si el amor no es efectivo, el afectivo no es completo y puede ser has­ta sospechoso.
  15. IX, 65, 99. Como el tema trabajo tiene su propio lu­gar en este diccionario, me contento con lo dicho por lo que a las relaciones que pueden existir entre el trabajo y la po­breza en san Vicente.
  16. Por beneficio simple, se entendía el oficio ecle­siástico por el cual se recibia una cantidad de dinero, pero no exigía residencia.
  17. Ni por exigencias del voto de pobreza, ni por el de obediencia, sino por prudencia, según mi parecer, se debe tener en cuenta el parecer de los superiores cuando se quiere prescindir plenamente de los bienes inmuebles re­cibidos por herencia o donaciones personales.
  18. Fernández J. Extensión del voto de pobreza en la Congregación de la Misión, Madrid, 1940. Coppo, A., L’e­volution du voeu de pauvreté des prétres de la mission jusqu’en 1659, Vincentiana (1972) 265-272.

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